Flores Heladas: Su Esposa se Entrega al Amigo de Vacaciones

Laura, de 38 años, se entrega como puta a su amigo Damon delante de su cornudo marido de 42 mientras lo miran follarla salvajemente.

11 min read September 23, 2026New

El viento cortante de Bariloche azotaba los pinos cargados de nieve, pero dentro del chalet de troncos el calor de la chimenea convertía el aire en una caricia espesa. Gideon, ejecutivo de cuarenta y dos años que pasaba sus días entre balances y vuelos ejecutivos, observaba todo con el estómago apretado. Habían llegado esa misma tarde con su esposa Laura, de treinta y ocho años, y con Damon, su mejor amigo de treinta y cinco, entrenador personal cuyo cuerpo parecía tallado para provocar miradas. Las maletas aún estaban medio abiertas junto a la puerta cuando Laura decidió que el abrigo y los pantalones térmicos sobraban.

Se quedó solo con una camiseta de tirantes blanca, tan fina que sus pezones oscuros se marcaban como dos puntos duros cada vez que respiraba, y unos shorts de algodón gris que se le clavaban entre las nalgas. El calor del fuego le había enrojecido las mejillas y el cuello. Se movía por la sala descalza, sirviendo vino, inclinándose sobre la mesa baja para que sus tetas pesadas amenazaran con salirse del escote.

—Damon, cuéntame otra vez cómo haces que tus clientas suden tanto en el gimnasio —dijo ella con voz ronca, sentándose en el brazo del sillón donde estaba el entrenador. Su muslo desnudo rozó el hombro de él. La tela de los shorts se tensó y Gideon vio claramente la marca húmeda que empezaba a formarse entre sus piernas.

Damon sonrió con esa dentadura blanca y perfecta, dejando que sus ojos bajaran sin disimulo por el escote de Laura. —Es cuestión de presión adecuada… y de saber dónde tocar.

Gideon sintió los celos como un latigazo en la garganta, pero su polla, traidora, se hinchó dentro del pantalón hasta doler. «Está mojándose delante de mí», pensó. Conocía ese olor dulce y espeso que empezaba a flotar en el aire cálido del chalet. El coño de su mujer se estaba abriendo como una flor bajo las miradas de otro. Y lo peor —o lo mejor— era que esa imagen le endurecía la verga de una forma vergonzosa. Quería apartar la vista, pero no podía. Laura cruzó las piernas lentamente, frotando los muslos, y soltó una risa baja cuando Damon le rozó la rodilla con los dedos. El ejecutivo apretó los dientes, respirando agitado, mientras su mente repetía una y otra vez la misma frase: «Mi mujer se está poniendo cachonda por él… y yo me estoy poniendo cachondo viéndolo».

La cena fue un lento suplicio de roces. Laura se levantaba cada dos minutos para traer algo de la cocina, contoneando las caderas, dejando que los shorts se le metieran más entre las nalgas. En una ocasión se agachó delante de Damon para recoger una servilleta caída, ofreciéndole una vista completa de su coño marcado bajo la tela mojada. Gideon la vio morderse el labio inferior al incorporarse, las mejillas encendidas, los pezones tan duros que parecían querer perforar la camiseta.

Cuando por fin apagaron las luces principales y solo quedó el resplandor naranja del fuego, Gideon se tumbó en el sofá grande de la sala, tapado con una manta. Fingió dormir. Su corazón golpeaba tan fuerte que estaba seguro de que lo oirían. Pasó casi una hora hasta que oyó los pasos suaves de pies descalzos.

Laura apareció en la cocina iluminada solo por la luz de la nevera. Llevaba ahora solo la camiseta y las bragas. Damon estaba allí, torso desnudo, bebiendo agua. Los músculos de su espalda se movían bajo la piel bronceada. Laura se acercó por detrás y le rodeó la cintura con los brazos, pegando sus tetas contra él.

—Damon… no aguanto más —susurró, voz temblorosa de deseo—. Desde hace años fantaseo con que me folles. Me toco pensando en tu polla, imaginando cómo me partirías el coño mientras Gideon está en la misma habitación. Quiero que me uses como una puta barata. Esta noche. Aquí.

Damon se giró con rapidez, la agarró del pelo y la besó con violencia. El beso fue todo dientes y lengua, un choque húmedo y salvaje. Laura gimió dentro de su boca, abriendo las piernas para que él metiera el muslo entre ellas. Las manos grandes del entrenador bajaron hasta su culo, apretando las nalgas con fuerza, separándolas. Metió dos dedos por debajo de las bragas y las hundió de golpe en el coño empapado.

—Joder, Laura… estás chorreando como una perra en celo —gruñó contra sus labios, moviendo los dedos con rudeza, haciendo que los jugos le corrieran por la muñeca—. Este coño está pidiendo verga de verdad.

Laura jadeaba, montada en su mano, frotando su clítoris hinchado contra la palma. —Sí… méteme más dedos. Quiero que me trates como una zorra delante de mi marido. Quiero que me humilles, que me folles salvajemente mientras él mira cómo elijo tu polla en vez de la suya. Despiértalo. Ahora.

Damon sacó los dedos brillantes y se los metió en la boca a Laura, que los chupó con desesperación, saboreando su propia corrida. Luego la empujó suavemente hacia la sala. Gideon seguía fingiendo dormir, pero su polla estaba tan dura que la manta se levantaba como una tienda de campaña.

Laura se acercó al sofá, le quitó la manta de un tirón y le sacudió el hombro. —Despierta, cornudo. Abre bien los ojos. Tu esposa se va a entregar como una puta a tu mejor amigo y tú vas a mirar cada centímetro de polla que me meta.

Gideon abrió los ojos. Su cara ardía de vergüenza, pero no podía negar la excitación que le corría por las venas. Laura se quitó la camiseta delante de él. Sus tetas grandes y maduras rebotaron libres, pezones oscuros y duros. Se bajó las bragas despacio, mostrando el coño hinchado, los labios externos abiertos y brillantes de jugos que le corrían por los muslos.

Damon se bajó los pantalones. Su polla saltó pesada, gruesa, venosa, mucho más grande que la de Gideon. Laura la miró con hambre, se arrodilló y la tomó con las dos manos.

—Mírala bien, marido —dijo, lamiendo lentamente desde las bolas hasta el glande, dejando hilos de saliva—. Esta es la polla que voy a dejar que me destroce esta noche.

Damon la agarró del pelo y le metió la verga hasta el fondo de la garganta. Laura gorgoteó, lágrimas de esfuerzo en los ojos, pero no se apartó. La chupaba con ruido obsceno, saliva cayéndole por la barbilla, mientras miraba a Gideon directamente.

—Así, puta. Trágatela toda para que tu cornudo aprenda cómo se mama una polla de verdad —ordenó Damon, follándole la boca con embestidas cortas y profundas.

Después de varios minutos la levantó, la dobló sobre el respaldo del sofá, justo al lado de donde estaba sentado Gideon, y colocó la gruesa punta contra la entrada empapada. Empujó de golpe, metiendo más de la mitad de su polla de un solo golpe.

Laura soltó un grito largo, gutural, de placer puro. —¡Sí! ¡Qué grande! ¡Me estás abriendo entera!

Damon empezó a follarla con fuerza, sujetándola por las caderas, clavándose hasta el fondo con cada embestida. El sonido húmedo y carnoso de su polla entrando y saliendo del coño de Laura llenaba el chalet. Las tetas de ella colgaban y se balanceaban violentamente. Cada vez que él chocaba contra su culo, la carne temblaba.

—Dile a tu marido lo que eres ahora —gruñó Damon, dándole un azote fuerte que dejó la marca roja de su mano.

—Soy tu puta, Damon… —jadeó Laura, mirando a Gideon con los ojos vidriosos de placer—. Su polla me llega donde la tuya nunca llegó, cornudo. Mírame. Mírame cómo me entrego. Cómo elijo que me folle otro hombre delante de ti…

Las embestidas se volvieron más brutales. El coño de Laura soltaba chorros de jugos que salpicaban el sofá y los muslos de Gideon. Sus gemidos subían de tono, cada vez más agudos, más desesperados. Damon le tiró del pelo, arqueándole la espalda, follándola como un animal mientras la nieve seguía cayendo fuera, indiferente.

Y aunque el orgasmo de Laura ya estaba cerca, aunque la polla de Damon parecía hincharse aún más dentro de ella, ninguno de los tres tenía intención de parar. La noche apenas empezaba, y la entrega de Laura iba a ser mucho más profunda, mucho más sucia, delante de los ojos humillados de su marido.

Laura gritó cuando el orgasmo la atravesó como un rayo, su coño maduro contrayéndose violentamente alrededor de la verga gruesa de Damon, expulsando chorros calientes que salpicaron el sofá y los muslos de Gideon. El ejecutivo de cuarenta y dos años, con la cara roja de vergüenza y la polla tiesa como una barra de hierro, solo podía jadear mientras veía cómo su esposa de treinta y ocho años se corría como una perra en celo sobre la polla de su mejor amigo. Damon no se detuvo; siguió clavándola con embestidas cortas y brutales, alargando el placer hasta que las piernas de Laura temblaron.

—Suficiente por ahora —gruñó Damon, sacando su verga brillante de jugos y saliva. La polla quedó colgando pesada, venosa, apuntando al techo del chalet como un trofeo—. Nos vamos a la alfombra. Quiero que tu cornudo marido tenga una vista perfecta. Gideon, mueve tu culo a esa silla y siéntate. Manos en los reposabrazos. No te toques todavía.

Gideon obedeció con el corazón latiéndole en la garganta. Se levantó del sofá, las piernas débiles, y se acomodó en la silla de madera frente a la chimenea. El calor del fuego le quemaba la piel, pero nada comparado con la humillación que le ardía en el pecho. «Esto es lo que querías ver, ¿no? Mi mujer entregada como una puta barata», pensó, y su verga dio un salto traicionero cuando Laura se acercó gateando a Damon, que se había plantado en el centro de la alfombra de lana gruesa.

Laura, aún con las mejillas encendidas y los muslos brillosos de sus propios fluidos, se arrodilló frente al entrenador de treinta y cinco años. Sus tetas pesadas colgaban, pezones oscuros y duros como guijarros. Tomó la gruesa verga de Damon con ambas manos, mirándola con verdadera adoración antes de girar la cabeza hacia Gideon. Sus ojos se clavaron en los de su marido, llenos de lujuria y burla.

—Mírame bien, cornudo —susurró con voz ronca, y abrió la boca. Su lengua rosada lamió lentamente desde las bolas pesadas hasta el glande hinchado, dejando un rastro brillante de saliva. Luego, sin apartar la mirada de Gideon, se metió la verga hasta el fondo. El sonido fue obsceno: un gorgoteo húmedo cuando la polla le abultó la garganta. Laura chupaba con ansia, moviendo la cabeza con hambre, las mejillas hundidas, la baba cayéndole por la barbilla y goteando sobre sus tetas. Cada vez que sacaba la verga para respirar, jadeaba: —Es mucho más grande que la tuya… mucho más rica.

Gideon apretó los dientes, humillado hasta la médula, pero su mano derecha se movió por instinto hacia su propia polla. La vergüenza le quemaba las mejillas mientras veía a su esposa de treinta y ocho años, madre y mujer respetable en la ciudad, convertida en una zorra hambrienta que devoraba la verga de su amigo con ruidos de succión indecentes. «Dios, se está esforzando tanto… nunca me chupó así a mí», pensó, y empezó a masturbarse lentamente, sin atreverse a tocarla como le habían ordenado.

Damon la agarró del pelo y le folló la boca con más fuerza, empujando hasta que la nariz de Laura rozaba su pubis.

—Así, puta. Chúpala para tu marido. Que vea cómo se hace.

Después de varios minutos de mamada ruidosa, Damon la levantó y la puso en cuatro patas sobre la alfombra. El culo redondo y maduro de Laura se alzó, el coño abierto, rojo e hinchado, goteando hilos espesos. Damon se arrodilló detrás, le agarró un puñado de cabello oscuro y tiró con fuerza, arqueándole la espalda.

—Ahora te voy a follar como la zorra de tu marido que eres —gruñó, y metió toda su verga de un solo empujón brutal.

Laura soltó un gemido largo y salvaje que retumbó en el chalet. —¡Sí! ¡Fóllame, Damon! ¡Destrózame el coño delante de él!

Las embestidas fueron salvajes. La carne chocaba con golpes húmedos y fuertes. Damon la montaba como un animal, tirándole del pelo, azotándole las nalgas que se ponían rojas. Cada vez que entraba hasta el fondo, Laura gritaba más fuerte, sus tetas balanceándose violentamente bajo su cuerpo. El olor a sexo llenaba el aire: sudor, coño mojado, madera quemada. Gideon, desde la silla, se masturbaba más rápido, hipnotizado por el espectáculo. «Mi mujer está siendo usada como una puta y yo solo puedo mirar… y me encanta», pensó, al borde de la locura.

—Gime más alto, zorra de tu marido —ordenó Damon, dándole otro azote seco—. Dile lo que sientes.

—Su polla me está partiendo, Gideon… —jadeó Laura entre gemidos roncos—. Me llega al fondo donde tú nunca llegaste. Soy su puta ahora… ¡ahhh, sí, así!

Damon la folló sin piedad durante largos minutos, cambiando el ángulo para rozarle el punto más sensible. Los jugos de Laura salpicaban la alfombra. Luego, sin salir de ella, la giró con brusquedad y la colocó de espaldas. Le levantó las piernas y se las puso sobre sus hombros anchos, doblándola casi en dos. En esa posición de misionero profundo, la penetró otra vez, clavándose hasta los huevos con cada embestida. El coño de Laura, apretado y empapado, tragaba la verga gruesa sin resistencia. Sus gemidos se volvieron agudos, casi histéricos.

—Más profundo… rómpeme… —suplicaba ella, los ojos vidriosos fijos en su marido.

Gideon se masturbaba frenéticamente, la mano subiendo y bajando por su verga más pequeña, sin poder tocar a su esposa. El contraste era humillante y excitante. Veía cómo las bolas de Damon golpeaban contra el culo de Laura, cómo el coño de ella se abría obscenamente alrededor de esa verga superior.

—Voy a correrme dentro, puta —avisó Damon con voz ronca, acelerando el ritmo—. Este coño apretado va a llevar mi leche toda la noche.

—Sí… lléname… ¡lléname delante de mi cornudo! —gritó Laura.

Con un rugido animal, Damon empujó hasta el fondo y se corrió. Su verga palpitó visiblemente, disparando chorros calientes y espesos dentro del coño de Laura. Ella tuvo otro orgasmo al sentirlo, contrayéndose alrededor de él, ordeñando hasta la última gota. Gideon, incapaz de aguantar más, se corrió también en su propia mano, gimiendo de placer y vergüenza mientras veía el creampie comenzar a asomar por los labios hinchados de su esposa.

Damon se retiró lentamente. Un grueso hilo blanco de semen salió del coño bien follado de Laura, bajando por su perineo. Ella, con las piernas temblorosas, gateó por la alfombra hasta donde estaba Gideon en la silla. Se incorporó entre sus piernas, le tomó la cara con ambas manos y lo besó profundamente. El sabor de la polla de Damon aún estaba en su lengua: salado, fuerte, masculino. Gideon probó la mezcla de saliva, semen y el coño de su propia mujer.

Laura separó los labios apenas un centímetro y le susurró, mirándolo a los ojos:

—Ahora sí sabes lo que es ser un cornudo de verdad, mi amor.

Se besaron apasionadamente otra vez, con lengua y gemidos suaves, mientras Damon se vestía tranquilamente junto a la chimenea, observándolos con una sonrisa satisfecha. Laura acarició el pelo de Gideon sin dejar de besarlo, y cuando por fin se separaron para respirar, ella le mordió el labio inferior con cariño perverso y confesó en un susurro caliente:

—¿Quieres que te cuente cómo pienso dejar que me folle el culo mañana, cornudo?

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