Medianoche en la Azotea: Invitan a su Mejor Amigo a Tomarla Frente a Él
Petra, de 32 años, invita a su amigo Otto a follársela en la azotea mientras su marido Everett mira y se humilla.
La azotea se extendía como un escenario privado bajo el cielo negro de medianoche, apenas iluminado por las luces lejanas de la ciudad. Petra, una mujer de 32 años con caderas anchas y pechos pesados que siempre atraían miradas, subió los últimos escalones con una sonrisa cargada de anticipación. Detrás de ella iba Everett, su esposo de 35 años, cargando una nevera portátil con cervezas frías, y Otto, el mejor amigo de ambos, de 34 años, un hombre alto de hombros anchos y manos grandes que Petra había imaginado sobre su cuerpo tantas veces.
El aire cálido de la noche les rozaba la piel. Petra se quitó los tacones y caminó descalza hasta la barandilla, sintiendo cómo la brisa le levantaba el borde del vestido ligero. Su coño ya estaba húmedo solo de pensar en lo que iba a pasar. Everett y ella lo habían planeado durante meses: confesiones susurradas en la cama, masturbaciones mutuas mientras describían exactamente esto. Otto no sabía todavía, pero las miradas que Petra le había lanzado durante la cena ya empezaban a delatarla.
—Qué rico se siente el fresco aquí arriba —dijo Petra, abriendo una cerveza y pasándosela a Otto con un roce deliberado de dedos—. ¿No te parece, Otto? Siempre has tenido ese cuerpo que parece hecho para aguantar toda la noche.
Otto rio, pero sus ojos bajaron un segundo al escote de ella. Everett se sentó en una silla de plástico algo apartada, con el corazón latiéndole fuerte. Petra lo miró de reojo y vio el bulto ya formándose en sus pantalones. Eso la excitó más. Se acercó a Otto, rozando su brazo contra el de él mientras bebían.
—Everett y yo hemos hablado mucho de ti —confesó de pronto, con voz baja y ronca—. Fantaseamos con que me folles delante de él. Que me uses como la puta que soy mientras él mira y se toca esa polla inútil que tiene. ¿Te excita la idea, Otto? Porque a nosotros sí. Mucho.
Everett tragó saliva, pero asintió lentamente.
—Es verdad, Otto. Lo queremos los dos. Petra necesita una polla de verdad. La mía… bueno, ya sabes. Es consentido. Totalmente. Quiero ver cómo la haces gritar.
Otto parpadeó, pero la sonrisa que se le dibujó fue oscura, depredadora. Petra sintió un latigazo de placer entre las piernas. Se acercó más, presionando sus tetas contra el brazo de él.
—Quiero que me humilles follándome delante de mi marido. Quiero que le digas lo pequeño que es comparado contigo mientras me abres el coño.
Las bromas subidas de tono se volvieron eléctricas en cuestión de segundos. Petra tomó la cara de Otto entre sus manos y lo besó con hambre. Sus lenguas se enredaron, húmedas y calientes, mientras ella gemía bajito contra su boca. Las manos grandes de Otto bajaron por su espalda hasta agarrarle el culo con fuerza, apretando la carne por encima del vestido. Everett respiraba agitado en su silla, sin apartar la vista.
—Everett, cariño —jadeó Petra separándose apenas un centímetro de los labios de Otto—, siéntate bien en esa silla y no te muevas. Observa cómo tu mejor amigo me toca las tetas y el coño por encima de la ropa. Quiero que veas lo mojada que me pone una polla de verdad.
Everett obedeció, sentándose con las manos sobre las rodillas. Petra se giró ligeramente para que su marido pudiera ver todo. Otto no necesitó más invitación. Sus manos subieron y cubrieron los pechos de Petra, amasándolos con rudeza por encima de la tela fina. Los pulgares rozaron los pezones ya duros, pellizcándolos hasta que ella soltó un gemido largo. Luego una mano bajó, metiéndose bajo el vestido, presionando los dedos contra la entrepierna de sus bragas empapadas.
—Joder, Petra… estás chorreando —gruñó Otto.
—Porque tu mano es grande y fuerte —susurró ella mirando directamente a Everett—. Quiero una polla más grande y gruesa que la tuya, mi amor. La tuya apenas me llena. La de Otto se siente prometedora… gruesa, venosa. Me va a destrozar el coño mientras tú miras como el cornudo patético que eres. ¿Te gusta oír eso?
Everett asintió, rojo de vergüenza y excitación, con la polla tiesa dentro de los pantalones sin atreverse a tocarla aún. Petra sonrió con malicia y besó de nuevo a Otto, más profundo, mientras este metía dos dedos por el borde de las bragas y rozaba su clítoris hinchado. El placer la hizo temblar.
Pronto el vestido cayó al suelo. Otto le desabrochó el sujetador y sus tetas pesadas saltaron libres, pezones oscuros y erectos. Le bajó las bragas lentamente, dejando que Everett viera cómo un hilo de jugos le corría por el muslo. Petra estaba completamente desnuda bajo la luz tenue de la ciudad, el cuerpo expuesto y brillando de sudor.
Sin que nadie se lo ordenara, se arrodilló voluntariamente sobre el cemento aún tibio. Sus manos temblaban de deseo al bajar la cremallera de Otto. Cuando sacó su polla, gruesa, larga y venosa, soltó un gemido de pura lujuria.
—Dios mío… mira esto, Everett. Esto sí es una polla. La tuya parece de niño al lado.
Se la metió a la boca con ansia, sin preliminares. Sus labios se estiraron alrededor del grosor mientras bajaba la cabeza, tragándosela hasta que la garganta le dio arcadas. Chupaba con ruido, saliva cayéndole por la barbilla, lamiendo las venas, succionando la cabeza gruesa como si estuviera hambrienta. Otto la agarró del pelo y empujó sus caderas, follándole la boca mientras miraba a Everett.
—Mírala —le dijo Otto al marido—. Tu mujer está de rodillas tragándose mi verga delante de ti. Y le encanta.
Petra sacó la polla un segundo, jadeando, con hilos de saliva conectando sus labios a la punta brillante.
—Acércate más si quieres, pero solo mira. Esto es solo el calentamiento.
Otto la levantó de un tirón y la puso de pie contra la barandilla. Petra se agarró al metal frío, arqueando la espalda y separando las piernas. Él se colocó detrás, frotando la cabeza gruesa de su polla contra los labios empapados de ella.
—Fóllame —suplicó Petra—. Delante de él.
Entró de un solo empujón brutal. Petra gritó de placer, sintiendo cómo la estiraba hasta el fondo. Otto empezó a bombear con fuerza, sus caderas chocando contra el culo redondo de ella. Cada embestida la levantaba casi del suelo. Sus tetas se balanceaban pesadamente mientras gemía sin control.
—¡Sí! ¡Más duro! ¡Así me gusta!
Everett estaba a escasos metros, respirando como si hubiera corrido. Petra lo miró con ojos vidriosos de placer.
—Mírate… tan patético con esa erección inútil marcándote los pantalones. No te atreves ni a sacártela. Otto me está follando como tú nunca has podido.
Otto la bajó entonces al suelo, poniéndola a cuatro patas sobre una manta que habían subido. La penetró desde atrás con violencia, agarrándola del pelo como riendas. El sonido húmedo de su coño tragándose aquella polla gruesa llenaba la azotea. Petra gritaba cada vez que llegaba al fondo, el clítoris palpitando.
—Ven aquí, Everett —ordenó entre gemidos—. Arrástrate y mira de cerca. Quiero que veas cómo la polla de tu amigo entra y sale de mi coño empapado. Mira cómo me abre, cómo me deja hecha un desastre.
Everett se acercó gateando, el rostro a menos de medio metro de donde la polla de Otto desaparecía una y otra vez dentro de su esposa. El olor a sexo era intenso. Petra se corrió por primera vez así, temblando, apretando la verga de Otto con su interior mientras gritaba insultos cariñosos a su marido.
—Ahora ponme en misionero —pidió ella, jadeante.
Otto la volteó sobre la espalda, le levantó las piernas y volvió a entrar. Esta vez follaba más profundo, mirándola a los ojos. Petra atrajo a Everett por la camisa y lo besó con lengua mientras Otto la penetraba sin piedad. El beso era sucio, compartiendo saliva y gemidos.
—Esto es solo el principio, mi cornudito —le susurró contra los labios mientras sentía cómo Otto se hinchaba dentro de ella—. Vas a ver mucho más esta noche.
Con un gruñido animal, Otto se corrió profundamente. Petra sintió los chorros calientes llenándola, pulsando contra su cervix. Se quedó dentro hasta vaciarse del todo, luego salió lentamente. El semen blanco empezó a brotar de su coño abierto y rojo.
Petra, aún temblando de placer, abrió más las piernas y miró a su esposo con una sonrisa dominante.
—Ahora lame, Everett. Limpia con tu lengua el coño lleno de semen de tu mejor amigo. Quiero sentir cómo tragas cada gota mientras Otto nos mira. Y no creas que esto termina aquí…
La lengua de Everett se hundía con obediencia absoluta en el coño abierto y chorreante de Petra, sorbiendo los restos espesos de la corrida de Otto que brotaban en lentos hilos blancos desde lo más profundo de su interior rosado e hinchado. El sabor era intenso, salado, almizclado, una mezcla espesa que le llenaba la boca y le bajaba por la garganta mientras tragaba sin protestar. Petra, con sus 32 años bien cumplidos y el cuerpo todavía temblando por el orgasmo anterior, abrió más las piernas sobre la manta, apoyando los talones en el suelo tibio de la azotea para darle mejor acceso. Sus pechos pesados subían y bajaban con cada respiración entrecortada, los pezones oscuros todavía duros como piedras.
—Más adentro, cornudo —ordenó ella con voz ronca, agarrándole el cabello con fuerza para presionarle la cara contra su sexo empapado—. Lame todo lo que tu mejor amigo Otto acaba de dejarme. Siente cómo me dejó el coño suelto y usado. Esa polla gruesa que tienes delante de los ojos es lo que yo necesito, no esa cosita flácida que cuelga entre tus piernas.
Otto, el amigo de ambos de 34 años, permanecía de pie a un lado con los brazos cruzados, su polla todavía semidura balanceándose pesada y brillante de saliva y jugos. Una sonrisa oscura curvaba sus labios mientras observaba al marido de su amante gateando como un perro. En su interior, Otto sentía una oleada de poder absoluto; siempre había deseado a Petra, y ahora la tenía gimiendo y abierta delante del propio Everett.
—Míralo bien, Petra —gruñó Otto—. Tu marido de 35 años convertido en mi limpiador de coños. Está tragando mi semen como si fuera el postre más rico que ha probado. ¿Te excita ver lo patético que se ve, sorbiendo lo que yo descargué en tu matriz?
Petra soltó una carcajada baja que se transformó en gemido cuando la lengua de Everett rozó su clítoris sensible. El placer regresaba con fuerza, caliente y exigente, haciendo que sus caderas se movieran instintivamente contra la boca de su esposo. Pensaba en todas las noches que habían fantaseado con esto en su cama, pero la realidad era mucho más sucia, más intensa. Le encantaba el poder que tenía sobre Everett en este momento, ver su cara enrojecida de vergüenza mientras lamía los restos de otro hombre.
—Sigue así, mi amor —le susurró a Everett con malicia, sin dejar de mirarlo a los ojos—. Traga cada gota de semen de verdad. Otto me folló como tú nunca has podido. Me abrió el coño hasta el fondo, me golpeó el cervix con esa verga venosa que tienes tan cerca. La tuya apenas roza las paredes. Eres un cornudo inútil y lo sabes.
Everett sentía la humillación como fuego en las venas, pero su polla pequeña empujaba dolorosamente contra la tela de sus pantalones, goteando precum sin que nadie le permitiera tocarse. Amaba a Petra con locura, y esa misma humillación lo encendía de una forma que no podía explicar. El olor a sexo le saturaba la nariz: el aroma dulce y ácido de ella mezclado con el olor más fuerte, masculino, de Otto. Siguió lamiendo con dedicación, metiendo la lengua lo más profundo que podía, succionando los pliegues internos hasta que Petra empezó a retorcerse de nuevo.
Pronto, ella ya no pudo esperar. Empujó la cabeza de Everett hacia atrás con el pie y se incorporó, el semen fresco todavía escapando de su coño y corriendo por sus muslos gruesos. Sus ojos brillaban con hambre renovada.
—Otto, acuéstate en la manta. Voy a cabalgar esa polla hasta que me destroces otra vez. Everett, tú te pones aquí, entre sus piernas, con la cara a diez centímetros. Quiero que veas cómo entra y sale, cómo me abre el coño como si fuera de goma. No te pierdas ni un detalle.
Otto se tumbó de inmediato, su cuerpo alto y de hombros anchos extendido bajo el cielo negro. Su polla había recuperado toda su dureza, gruesa, larga, con venas marcadas que palpitaban visiblemente. Petra se colocó encima, de cara a su marido, y agarró la base con una mano. Frotó la cabeza bulbosa contra sus labios empapados varias veces, provocándose a sí misma, antes de dejarse caer de golpe. Un grito gutural escapó de su garganta cuando la polla la atravesó hasta el fondo, estirándola de nuevo de esa manera brutal y deliciosa que tanto necesitaba.
—¡Joder, sí! ¡Me llena entero! —jadeó, comenzando a moverse arriba y abajo con ritmo creciente. Sus caderas anchas giraban y rebotaban, haciendo que sus tetas pesadas saltaran violentamente. El sonido era obsceno: un chapoteo húmedo y constante cada vez que su coño tragaba toda la longitud de Otto. Gotas de sudor corrían por su espalda y entre sus pechos.
Everett tenía la vista perfecta y humillante. Podía ver cómo los labios vaginales de Petra se estiraban al máximo alrededor de esa circunferencia imposible, cómo salían brillantes y rojos para volver a ser devorados. El clítoris hinchado de ella rozaba la base de la polla con cada bajada, y los huevos pesados de Otto golpeaban contra su culo con un ritmo constante. El calor que desprendían sus sexos le daba directamente en la cara.
—Fóllame más duro, Otto —suplicó Petra, acelerando hasta rebotar con violencia—. Quiero que mi cornudo vea cómo me partes en dos. Everett, ¿ves eso? ¿Ves cómo mi coño se abre solo para él? La tuya ni siquiera me moja ya. Eres un cero a la izquierda.
Otto agarró las nalgas de Petra con sus manos grandes y fuertes, separándolas para que Everett pudiera ver incluso el pequeño agujero arrugado de su culo mientras la embestía desde abajo. Cada golpe hacía que el cuerpo de ella se sacudiera. Petra se inclinaba hacia adelante sin dejar de cabalgar, atrayendo la cara de Everett para besarlo con lengua sucia, compartiendo el sabor de su propio coño y el semen anterior.
—Te amo así, mi perdedor —le susurró contra los labios entre gemido y gemido—. Mirando cómo tu mejor amigo me usa. Esto es lo que mereces. Ver cómo me corre otra vez.
El segundo orgasmo la golpeó con más fuerza que el primero. Petra se tensó, sus paredes internas contrayéndose violentamente alrededor de la polla de Otto mientras un chorrito caliente de sus jugos salpicaba la cara de Everett. Gritó sin control, las uñas clavadas en el pecho de Otto, el cuerpo convulsionando sobre él.
No le dieron tregua. Otto la levantó como si no pesara nada, la puso a cuatro patas mirando hacia la barandilla y la penetró desde atrás con un solo golpe brutal. Petra se agarró al metal frío, arqueando la espalda exageradamente mientras Otto la follaba con violencia animal. Sus caderas chocaban contra el culo redondo de ella con golpes secos que resonaban en la azotea. Everett fue obligado a colocarse debajo, boca arriba, con la cabeza justo debajo del coño para ver la penetración desde abajo.
—Lame mis bolas mientras la follo —ordenó Otto, y Everett, completamente sometido, sacó la lengua para rozar los testículos pesados que golpeaban contra la cara de su esposa cada vez que entraba.
Petra se corrió por tercera vez así, temblando y gritando insultos cariñosos hacia su marido. Otto, sintiendo que llegaba al límite, aceleró hasta que sus embestidas se volvieron erráticas.
—Te voy a llenar otra vez, puta —gruñó—. Toda mi leche para tu coño de casada.
Con un rugido, Otto se enterró hasta el fondo y descargó. Petra sintió los chorros potentes, calientes, pulsando contra su cervix, llenándola hasta rebosar. Cuando él se retiró lentamente, un verdadero torrente de semen blanco y espeso salió de su coño abierto, cayendo directamente sobre la cara de Everett, que abrió la boca para recibirlo.
—Límpiala del todo —jadeó Petra, aún temblando de placer—. Traga la segunda corrida también. Esto es lo que eres ahora.
Everett lamió y succionó durante largos minutos, limpiando cada pliegue, tragando hasta que el coño de su esposa quedó reluciente de su propia saliva. Cuando terminó, los tres se dejaron caer exhaustos sobre las mantas. La azotea quedó en silencio salvo por sus respiraciones agitadas.
Petra se acurrucó contra el pecho de Otto, pasando una mano posesiva por su polla todavía semierecta. Everett yacía a un lado, con la cara brillante de fluidos y la polla dolorosamente dura sin haber podido correrse. Ella lo miró con ternura dominante y le sonrió.
Pero había un secreto que solo Petra conocía. Mientras fingía que esta noche había sido la primera vez que Otto la tocaba, en realidad llevaba seis meses follándoselo a escondidas en hoteles baratos y en el coche de él cada vez que Everett salía de viaje por trabajo. Esta humillación pública solo era la confirmación de algo que ya había decidido: Otto era su hombre ahora. Everett nunca lo sabría. Ella seguiría casada, pero su coño y su futuro pertenecían al amigo de su marido. Petra cerró los ojos con una sonrisa satisfecha, guardando ese secreto en lo más profundo mientras la medianoche se cerría sobre la azotea.
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