Su Marido Observa: Mi Culo se Entrega en el Estudio
Valeria, la pintora de 32 años, le entrega el culo virgen a Diego mientras su marido Carlos se pajea mirando.
En el luminoso estudio de arte del centro, donde el aroma a óleo y aguarrás se empezaba a mezclar con el olor almizclado del deseo, Valeria, la pintora de 32 años de curvas explosivas y fama creciente entre los coleccionistas, posaba completamente desnuda sobre el diván de terciopelo gastado. Sus tetas pesadas, con pezones oscuros y duros como piedras, subían y bajaban con cada respiración. Tenía las rodillas hundidas en el cojín, el torso ligeramente girado y la espalda arqueada de forma que su culo —ese culo redondo, firme, grande y todavía virgen— quedaba expuesto como la verdadera obra maestra del lugar. La piel suave brillaba bajo la luz dorada que entraba por los ventanales altos.
Diego, el maduro empresario de 48 años que había amasado fortuna con importaciones de arte y bienes raíces, estaba de pie frente al caballete, pero el pincel apenas rozaba el lienzo. Sus ojos grises, duros, hambrientos, devoraban sin disimulo las nalgas de Valeria. Se le notaba la polla dura debajo de los pantalones de vestir caros, una tienda de campaña evidente que no se molestaba en ocultar. En el rincón más oscuro del estudio, sentado en una vieja silla de madera con las piernas abiertas, Carlos, el marido de Valeria, ya tenía la verga fuera. Gruesa, venosa, completamente erecta. Su mano subía y bajaba despacio por el tronco mientras observaba a su mujer ofreciéndose.
Valeria sentía esas dos miradas como manos calientes recorriéndole la piel. El coño le chorreaba. Un hilo espeso de jugos le bajaba por el interior del muslo izquierdo y goteaba sobre el diván. “Dios mío… llevo meses soñando con esto”, pensó, mordiéndose el labio inferior. “Que me miren el culo como si fuera una puta barata. Que lo deseen hasta que duelan.” Deliberadamente, arqueó más la espalda, separando las rodillas un poco más, empujando las nalgas hacia atrás. El movimiento hizo que su ano se entreviera claramente, un botón rosado y cerrado que nunca había sido follado. Soltó un gemido bajo, casi un ronroneo, y giró la cabeza lo suficiente para cruzar la mirada con Diego. Sonrió. Una sonrisa sucia, cómplice, que decía sin palabras: “Quiero que me lo rompas”.
Diego respiró hondo, la mandíbula tensa. “Valeria… ese culo tuyo me tiene loco desde la primera sesión. Tan redondo, tan lleno… parece hecho para que lo abran.” Su voz era grave, ronca. La pintora sintió un latigazo de placer en el clítoris solo con oírlo.
Desde el rincón, Carlos aceleró un poco el movimiento de su mano. “Toca lo que quieras, Diego. Ella está mojada solo de pensarlo. ¿Verdad, amor?”
Valeria asintió, jadeando ya. “Sí… estoy empapada. Quiero que me toques, Diego. Quiero que crucemos la línea de una puta vez.”
Con permiso explícito del marido, Diego soltó el pincel y se acercó. El sonido de sus zapatos sobre el parquet resonó como un latido. Se detuvo detrás de ella, tan cerca que Valeria sintió el calor de su cuerpo. Sus manos grandes, ásperas por años de manejar contratos y obras de arte, se posaron sobre sus nalgas. Las apretó con fuerza, separándolas sin piedad. Los dedos callosos bajaron por la raja húmeda, recogiendo los jugos del coño y extendiéndolos hacia arriba hasta el ano virgen. Presionó el pulgar contra el esfínter, girándolo suavemente, probando la resistencia.
Valeria soltó un gemido largo y empujó el culo hacia atrás, clavándose ella misma contra el dedo. “¡Joder… sí! Mételo más adentro… tócame el culo, Diego.” Su mente era un torbellino. “Esto es mejor de lo que imaginaba. Su mano es tan grande… y Carlos no aparta la vista. Me está viendo convertirme en una puta anal delante de él.”
Diego gruñó, metiendo el dedo medio hasta el nudillo en el coño de ella mientras el pulgar seguía presionando el ano. “Estás chorreando como una perra en celo. ¿Cuánto tiempo llevas queriendo que te folle este culito virgen, eh?”
“Meses,” confesó Valeria entre jadeos, moviendo las caderas en círculos. “Quiero sentir tu verga gruesa abriéndome. Quiero que me desvirgues el culo mientras Carlos se pajea mirándonos.”
Diego miró al marido. Carlos tenía la cara roja, la mano moviéndose cada vez más rápido sobre su polla. “Hazlo,” dijo Carlos con voz quebrada. “Fóllale el culo. Los dos lo queremos.”
La tensión explotó. Valeria se bajó del diván, se arrodilló delante de Diego y le bajó la cremallera con dedos ansiosos. La polla del empresario saltó libre: gruesa, larga, con una cabeza morada y venas hinchadas. Olía a hombre, a deseo. Valeria no esperó. Abrió la boca y se la tragó hasta la garganta en un solo movimiento, babeando abundantemente. La saliva le corría por la barbilla, goteando sobre sus tetas mientras chupaba con hambre, sacando la lengua para lamerle las bolas y volviendo a subir para hacer ruidos obscenos de garganta profunda.
“Eso es… lubrícala bien, puta,” gruñó Diego, sujetándola del pelo. “Quiero que mi verga entre resbalando en ese culo virgen que tienes.”
Valeria sacó la polla un segundo, jadeando, con hilos de saliva conectando sus labios con la punta. “La quiero empapada… quiero que me duela cuando me la metas hasta el fondo.” Luego volvió a chupar, más salvaje, más babosa, preparándola para lo que venía.
Cuando la verga estuvo brillante de saliva, Valeria volvió al diván y se puso en cuatro patas, ofreciendo el culo alto. Miró a Carlos por encima del hombro. “Mírame, cariño. Mira cómo me follan el culo por primera vez.”
Diego escupió sobre su propia polla, colocó la cabeza contra el ano fruncido de Valeria y empujó. El esfínter cedió lentamente. La cabeza gruesa entró con un pop audible. Valeria soltó un grito ahogado, las uñas clavándose en el terciopelo. “¡Hostia… qué gorda! Me estás abriendo… ¡sigue!”
Diego no tuvo piedad. Agarrándola fuerte de las caderas, metió más de la mitad de un solo golpe. Luego empezó a follarla de verdad: embestidas profundas, brutales, sacando casi todo y volviendo a clavarla hasta que sus huevos golpeaban el coño chorreante de ella. Al mismo tiempo metió tres dedos en el coño, follándola en ambos agujeros con ritmo salvaje.
“¡Toma, puta anal! Este culo ya no es virgen. Te lo estoy rompiendo mientras tu marido se corre mirándolo,” rugía Diego, sudando, las venas del cuello marcadas.
Valeria gritaba sin control. “¡Más duro! ¡Por favor, más duro! ¡Me encanta! Soy tu puta del culo… ¡Carlos, mira cómo me abre!” Cada embestida le mandaba descargas de placer que le nublaban la vista. El ardor inicial se había convertido en un calor líquido que le llegaba hasta los dedos de los pies.
Diego la folló así durante varios minutos, alternando entre embestidas brutales y giros de cadera que la hacían sentir cada centímetro dentro de sus tripas. Luego cambió de postura. Se sentó en el borde del diván y la hizo montar en vaquera inversa. Valeria se colocó de espaldas a él, de frente a Carlos, y se dejó caer lentamente sobre la verga. Desde esa posición, Carlos tenía una vista perfecta y obscena: el ano de su mujer completamente dilatado, tragando la polla gruesa centímetro a centímetro hasta que las nalgas tocaron las piernas de Diego. Cada rebote hacía que el agujero se abriera y se cerrara alrededor de la verga, mostrando el interior rosado.
“¿Lo ves, Carlos? ¿Ves cómo mi culo se come toda su polla?” gemía Valeria, rebotando cada vez más rápido, las tetas saltando, el sudor corriendo entre sus pechos.
“Es lo más sucio y hermoso que he visto,” respondió Carlos, pajeándose al borde del orgasmo.
Diego la sujetaba por la cintura y empujaba hacia arriba con fuerza animal. “Este culo está hecho para pollas grandes. Eres una anal whore nata, Valeria.”
El orgasmo la golpeó de repente. Se contrajo alrededor de la verga, gritando, chorros de squirt saliendo de su coño y mojando el suelo del estudio. Diego no aguantó más. Con un rugido gutural dio una última embestida brutal, enterrándose hasta el fondo y corriéndose dentro de ella. Valeria sintió los chorros calientes llenándole las tripas, espeso, abundante.
Cuando Diego sacó la polla con un sonido húmedo, el ano de Valeria quedó abierto, gapeando obscenamente, rojo, dilatado, con la corrida blanca empezando a brotar y correr hacia su coño. Diego la empujó hacia adelante.
“Ábrete. Muéstrale a tu marido lo que le has dejado dentro.”
Valeria, jadeando, temblando, aún en éxtasis, usó ambas manos para separar sus nalgas al máximo. El creampie anal quedó expuesto por completo: el agujero abierto, palpitante, lleno de semen espeso que salía en lentos borbotones.
Carlos se levantó, se acercó con la polla en la mano y, sin poder contenerse más, se corrió violentamente sobre el culo abierto de su mujer. Chorros largos y potentes cayeron directamente dentro del ano dilatado, mezclándose con la leche de Diego.
Los tres respiraban con dificultad, el estudio oliendo a sexo crudo. Valeria aún tenía el culo abierto, chorreando semen de dos hombres, y una sonrisa satisfecha pero hambrienta en los labios. Miró a Diego y luego a Carlos, con los ojos brillantes de lujuria todavía no saciada.
“Esto no ha terminado… ni de lejos,” susurró, moviendo las nalgas para que más semen saliera y cayera. “Todavía quiero más polla en el culo… y quiero que los dos me veáis tomarla hasta que no pueda caminar.”
La tensión seguía flotando en el aire, espesa, prometiendo que el estudio aún guardaba muchas horas de gemidos y corridas.
Valeria permanecía de rodillas sobre el diván, las nalgas bien abiertas con sus propias manos temblorosas, exhibiendo sin pudor el desastre que dos pollas adultas habían dejado en su ano. El semen espeso de Diego y Carlos brotaba en borbotones lentos, resbalando por la carne rosada y dilatada, mezclándose con sus jugos y cayendo en gruesos hilos sobre el terciopelo ya empapado. Tenía treinta y dos años, un cuerpo de curvas explosivas que había posado para coleccionistas serios, pero en ese momento solo era una hembra en celo, con el esfínter palpitando visiblemente y el coño hinchado, chorreando sin control.
“Esto no ha terminado… ni de lejos”, repitió con voz rota, moviendo las caderas en círculos lentos para que más corrida saliera y se viera bien. “Todavía quiero más polla en el culo… y quiero que los dos me veáis tomarla hasta que no pueda caminar”. Sus pensamientos eran un torbellino sucio: “Me han desvirgado el ano hace apenas minutos y ya lo echo de menos. Quiero que me usen como una puta barata de estudio, que Carlos vea cómo me convierten en una adicta al anal mientras pinta mi cara de placer”.
Diego, el maduro empresario de cuarenta y ocho años, se pasó la mano por la polla todavía semidura, untándola con los restos que goteaban de ella. Sus ojos grises brillaban con hambre renovada. Se acercó por detrás y escupió directamente sobre el ano abierto, viendo cómo la saliva se mezclaba con la corrida y desaparecía dentro. “Mírate, Valeria. Ese culo que antes era un botón cerrado ahora es un cráter palpitante lleno de leche de dos machos. ¿De verdad quieres más tan pronto, zorra?”
Carlos, su marido, se había puesto de pie junto al diván. Su verga gruesa volvía a estar completamente erecta, las venas marcadas latiendo al ritmo de su corazón acelerado. “Díselo claro, amor. Quiero oírte suplicar como la puta anal que eres delante de mí”. Su mano subió y bajó despacio por el tronco, recogiendo los restos de su propia corrida para lubricarse.
Valeria giró la cabeza, el pelo pegado a la cara por el sudor, y los miró a ambos con ojos vidriosos de lujuria. “Quiero que me folléis los dos a la vez. Diego en el culo otra vez, rompiéndome más profundo, y tú, Carlos, metiéndomela en el coño hasta el fondo. Quiero sentir vuestras pollas rozándose dentro de mí, separadas solo por esa pared fina. Quiero que me llenéis como a una sandwich de carne mientras me veis correrme sin parar”. Se mordió el labio inferior con fuerza, sintiendo un nuevo chorro de jugos bajando por sus muslos. “Por favor… hacedlo. Soy vuestra puta de estudio. Usadme”.
Los dos hombres intercambiaron una mirada cargada de complicidad animal. Diego la agarró del pelo con firmeza pero sin violencia, tirando de ella para que se levantara del diván. La colocaron con precisión. Carlos se tumbó de espaldas sobre el terciopelo gastado, las piernas abiertas, su polla apuntando al techo como un mástil grueso. Valeria se subió encima a horcajadas, de cara a él, y descendió despacio, tragándose la verga de su marido hasta que sus nalgas tocaron sus huevos. El coño la recibió con un sonido húmedo y obsceno. “¡Joder, Carlos! Te siento tan grueso… me estás rozando el útero”.
Inclinada hacia adelante, con las tetas pesadas colgando sobre el rostro de su marido, arqueó la espalda todo lo posible y ofreció el ano todavía goteante a Diego. El empresario escupió otra vez sobre su propia polla, ahora completamente dura y venosa, y colocó la cabeza morada contra el esfínter dilatado. Empujó con control pero sin piedad. El ano, ya abierto y lubricado con doble corrida, cedió con un pop audible y lo tragó centímetro a centímetro hasta que Diego quedó enterrado hasta los huevos.
Valeria soltó un grito largo, gutural, que reverberó entre las paredes del estudio. “¡Hostia puta! Las dos… las tengo las dos dentro. Me estáis partiendo”. Sentía la presión brutal, el roce constante de las dos pollas a través de la membrana delgada. Cada latido de sus vergas lo notaba en lo más profundo de sus tripas. Su mente explotaba: “Esto es mucho más sucio de lo que soñaba. Mi marido debajo, mirándome a los ojos mientras otro hombre me destroza el culo virgen que le prometí solo a él. Soy una cerda total y me encanta”.
Empezaron a moverse. Primero despacio, sincronizando el ritmo. Cuando Carlos empujaba hacia arriba y le clavaba el coño, Diego se retiraba casi por completo del ano, dejando solo la cabeza dentro. Luego al revés. El estudio se llenó de sonidos húmedos, carne golpeando carne, gemidos y el chapoteo constante de los jugos y el semen removido. Las tetas de Valeria rebotaban salvajemente contra la cara de Carlos, quien atrapó un pezón oscuro entre los dientes y lo mordió justo lo suficiente para arrancarle un chillido de placer.
“¿Lo ves, Carlos? ¿Ves cómo tu mujer se come dos pollas adultas a la vez como una puta anal nata?”, gruñó Diego, sudando, las venas del cuello marcadas mientras aceleraba las embestidas en el culo. Cada golpe hacía que sus huevos pesados chocaran contra el coño ya ocupado. Le dio una nalgada fuerte, luego otra, dejando la marca roja de su mano sobre la nalga derecha de Valeria.
“Sí… soy vuestra puta doble”, jadeó ella, la voz entrecortada por los gemidos. “Folladme más fuerte. Quiero que me hagáis squirt mientras me miráis la cara. Carlos, cariño, ¿sientes la polla de Diego rozando la tuya dentro de mí? ¿Te pone cachondo saber que me está rompiendo el intestino?”
Carlos, con el rostro congestionado de placer, le sujetó las caderas y embistió con más fuerza desde abajo. “Estás ardiendo, amor. Tu culo aprieta tanto que casi me corres por simpatía. Sigue gimiendo así… quiero que todo el edificio sepa que te estamos follando como a una zorra”.
El orgasmo golpeó a Valeria de repente, como un latigazo que le subió desde los dedos de los pies. El ano se contrajo violentamente alrededor de la polla de Diego, el coño succionó la de Carlos y un chorro caliente de squirt salió disparado, mojando el vientre y el pecho de su marido. Gritó sin control, los ojos en blanco, el cuerpo convulsionando entre los dos machos. “¡Me corro! ¡Me corro con las dos pollas dentro! ¡No paréis, joder, no paréis!”
Ninguno de los dos detuvo el ritmo. Diego le sujetó el pelo con una mano y siguió taladrándole el culo con embestidas brutales y profundas, sacando casi todo el tronco para volver a clavarlo hasta el fondo. El esfínter de Valeria ya no ofrecía resistencia; estaba completamente entregado, abierto, rojo, tragando la polla gruesa una y otra vez. Carlos, desde abajo, le chupaba las tetas con hambre mientras follaba su coño empapado. El placer de ella no bajaba; otro orgasmo la atravesó casi sin pausa, haciendo que sus jugos salpicaran el suelo del estudio.
Después de varios minutos de doble penetración salvaje, la cambiaron de postura sin sacar las pollas del todo. La pusieron de lado sobre el diván, una pierna elevada casi hasta el hombro. Diego seguía en su ano, ahora follándola en spooning anal, mientras Carlos se colocaba frente a ella y le metía la polla en la boca hasta la garganta. Valeria babeaba abundantemente, los hilos de saliva corriendo por su barbilla y cayendo sobre sus tetas pesadas. El sabor de su propio culo y de la corrida de los dos hombres la ponía aún más loca.
“Chupa bien la polla de tu marido mientras te follo el culo, cerda”, ordenó Diego, dándole otra serie de nalgadas que resonaron fuerte. “Quiero oírte atragantarte”.
Valeria lo hizo. Succionaba con hambre, sacando la lengua para lamer los huevos de Carlos cada vez que este se retiraba. Sus pensamientos eran cada vez más sucios: “Me están usando como un agujero. Mi ano ya no es mío. Es de ellos. Y Carlos lo está viendo todo, viendo cómo me convierto en una adicta al dolor y al placer anal. Quiero que me follen así toda la noche”.
Carlos no aguantó mucho más en su boca. Con un gruñido animal se corrió profundamente en su garganta, obligándola a tragar la mayor parte antes de sacar la verga y pintar el resto sobre sus labios y mejillas. Valeria tragó con gusto, tosiendo, con los ojos llorosos de esfuerzo pero la sonrisa sucia intacta.
Diego la puso entonces en cuatro patas otra vez, directamente sobre el suelo del estudio, frente al caballete abandonado. Le metió tres dedos en el coño mientras le follaba el ano sin piedad, alternando velocidad y profundidad. “Este culo ya está completamente entrenado. Mira cómo entra y sale sin resistencia. Eres una anal whore perfecta, Valeria”.
Ella empujaba hacia atrás, encontrando cada embestida. “¡Más! ¡Quiero que Carlos me folle el culo ahora! Quiero sentir la polla de mi marido donde acabas de correrte tú”.
Carlos no se hizo esperar. Se arrodilló detrás de su mujer, apartó a Diego un momento y metió su verga todavía dura en el ano dilatado y lleno de semen. La sensación de follar el culo de su propia esposa por primera vez le arrancó un gemido ronco. “Está tan caliente… tan abierto… tan lleno de la corrida de otro. Joder, Valeria, te quiero así siempre”.
Valeria gritó de puro placer, masturbándose el clítoris con furia mientras su marido la sodomizaba con embestidas cada vez más salvajes. Diego se sentó en la vieja silla, pajeándose despacio, observando cómo el ano de la pintora tragaba la polla de su marido una y otra vez, cómo las nalgas rebotaban y cómo el semen anterior salía expulsado con cada salida.
“¡Sí, Carlos! ¡Fóllame el culo como se folla a una puta! ¡Mírame, Diego! ¡Mira cómo mi marido me está reclamando el ano que tú desvirgaste!”. Otro orgasmo la sacudió, más intenso, haciendo que sus rodillas fallaran y que cayera de pecho contra el suelo frío, el culo todavía elevado, recibiendo cada centímetro.
Cuando Carlos se corrió también dentro de sus tripas, sumando su segunda carga al creampie anal, Valeria quedó jadeando, temblando, con el ano completamente gapeado, rojo y palpitante, chorreando una mezcla espesa de semen que formaba un charco entre sus rodillas. Pero sus ojos, cuando levantó la mirada hacia los dos hombres, seguían brillando con la misma hambre insaciable.
Se pasó dos dedos por el ano abierto, los sacó cubiertos de corrida y se los metió en la boca, saboreándolos con un gemido bajo. “Esto sigue sin ser suficiente… Quiero que me atéis las muñecas con el cordón de las cortinas y me folléis el culo por turnos durante la próxima hora sin darme descanso. Quiero que me hagáis llorar de placer, que me veáis convertirme en una anal slut rota que solo piensa en polla. Todavía no he tenido bastante… y sé que vosotros tampoco”.
El aire del estudio seguía espeso, cargado de olor a sexo crudo, sudor y aguarrás. Las pollas de Diego y Carlos, aunque exhaustas por el momento, comenzaban a dar señales de vida otra vez ante las palabras de la pintora. La noche era larga, el lienzo seguía en blanco y el culo de Valeria, ahora completamente entregado, prometía muchas horas más de gemidos, corridas y escalada sin fin.
Valeria apenas podía mantenerse en pie, pero la sonrisa sucia que curvaba sus labios era más elocuente que cualquier palabra. El semen de ambos hombres seguía escapando de su ano dilatado en gruesos hilos calientes que le bajaban por los muslos, y cada contracción involuntaria de su esfínter enviaba nuevas oleadas de placer doloroso que le hacían temblar las rodillas. Diego y Carlos la miraban como dos lobos que acaban de probar sangre fresca. El empresario de cuarenta y ocho años ya tenía la polla a medio endurecer, gruesa y brillante de fluidos, mientras que Carlos, su marido, respiraba agitado con la verga completamente tiesa otra vez, las venas marcadas latiendo con fuerza.
—Atadme —repitió Valeria con voz quebrada pero firme, arqueando la espalda para que vieran mejor el desastre de su culo abierto—. Usad los cordones de las cortinas. Quiero tener las muñecas bien sujetas y que me folléis el ano sin parar. Quiero llorar de lo fuerte que me vais a dar, pero no os detengáis. Soy vuestra puta anal de estudio. Usadme hasta que solo sea un agujero goteando.
Diego no necesitó más invitación. Caminó hasta las altas ventanas y arrancó dos cordones gruesos de terciopelo oscuro. El tejido era áspero, perfecto para marcarle las muñecas. Carlos la sujetó por los hombros, besándola con brutalidad mientras le metía la lengua hasta la garganta, probando el sabor de su propia corrida que aún permanecía en la boca de ella. Cuando se separaron, Diego ya tenía los cordones preparados. Le juntaron las muñecas a la espalda y las ataron con fuerza, apretando lo justo para que sintiera la presión pero sin cortarle la circulación. Valeria soltó un gemido largo cuando el nudo se cerró. Sentirse inmovilizada, con las tetas pesadas colgando y el culo expuesto, le provocó un nuevo chorro de jugos que le salpicó los tobillos.
—Miradme —susurró ella, probando las ataduras y sintiendo cómo se le clavaban en la piel—. Mirad cómo me he convertido en esto. Una pintora de treinta y dos años que ahora solo quiere polla en el culo. Carlos, cariño… ¿te gusta ver a tu mujer convertida en una cerda anal atada?
—Joder, sí —gruñó Carlos, dándole una nalgada fuerte que resonó en todo el estudio. La marca roja de su mano apareció al instante sobre la nalga izquierda—. Quiero que te follen hasta que no puedas ni hablar.
Diego la empujó hacia el diván. La colocaron de rodillas sobre el terciopelo empapado, con el pecho pegado al asiento y la cara girada hacia un lado. El culo quedaba elevado, perfectamente ofrecido, con el ano aún palpitante y entreabierto, mostrando el interior rosado cubierto de semen espeso. Diego escupió directamente sobre el agujero y metió dos dedos sin aviso, removiendo la mezcla de corridas. Valeria soltó un grito ahogado, pero empujó hacia atrás con las caderas, follándose ella misma los dedos.
—Más… méteme tres —suplicó—. Quiero que me abras más. Quiero sentir que me rompes.
El empresario añadió un tercer dedo, girándolos con saña mientras su polla recuperaba toda su dureza. Carlos se sentó frente a ella, en una silla baja, con las piernas abiertas y la verga en la mano, masturbándose lento para disfrutar del espectáculo. Diego sacó los dedos con un sonido obsceno y colocó la cabeza morada contra el esfínter. Empujó de un solo golpe brutal, enterrando más de la mitad de su verga gruesa en las tripas de Valeria. Ella gritó, un sonido ronco y animal que llenó el estudio. El ardor era intenso, casi insoportable, pero el placer era aún mayor. Sentía cada vena de esa polla rozando sus paredes internas, empujando la corrida anterior más adentro.
—¡Sí! ¡Así! ¡Rómpeme el culo, Diego! —aulló, tirando de las ataduras. Las muñecas le dolían, y ese dolor se mezclaba con el placer anal de una forma que le nublaba la mente—. “Dios mío, estoy atada como una verdadera zorra. Mi marido me mira mientras este hombre me destroza el intestino. Quiero que me deje el ano tan abierto que no pueda cerrarlo en días”.
Diego agarró los cordones que unían sus muñecas y los usó como riendas. Tiró de ellos hacia atrás, arqueándole más la espalda mientras empezaba a follarla con embestidas largas y salvajes. Sacaba casi toda la polla, dejando solo la cabeza dentro, y luego volvía a clavarla hasta que sus huevos pesados golpeaban el coño chorreante de ella. El sonido era húmedo, obsceno, carne contra carne mezclada con el chapoteo de la semen removida. Cada embestida hacía que los pechos de Valeria se aplastaran contra el diván y que sus pezones duros rozaran el terciopelo áspero.
Carlos se acercó más, observando a centímetros cómo la polla de Diego desaparecía y reaparecía en el ano de su mujer. El agujero ya estaba completamente entregado, rojo, hinchado, tragando aquella verga sin resistencia.
—Estás hecha una puta anal total —dijo Carlos con la voz ronca—. Mira cómo te gapea cada vez que sale. Se te ve el interior todo blanco de corrida.
Valeria sentía las lágrimas acumulándose en los ojos. No de dolor exactamente, sino de placer abrumador. Cada golpe profundo le mandaba descargas eléctricas al clítoris. Diego aceleró, follándola como un animal, sudando abundantemente, con las manos clavadas en sus caderas anchas. Le dio varias nalgadas seguidas, dejando las marcas de sus dedos impresas en la carne blanda.
—Dilo —exigió Diego—. Dime qué eres mientras te follo el culo.
—Soy… soy una anal whore —jadeó Valeria entre sollozos de placer—. Una pintora de treinta y dos años convertida en el puto agujero de estudio de dos machos. Fóllame más fuerte, por favor. Quiero que me hagas squirt solo con la polla en el ano.
Diego gruñó y cambió el ángulo, follándola más vertical, golpeando un punto dentro de ella que la hizo gritar sin control. El orgasmo la atravesó como un tren. El ano se contrajo violentamente alrededor de la verga invasora, succionándola, y un chorro potente de squirt salió de su coño, mojando las piernas de Diego y el suelo del estudio. Las lágrimas ya corrían por sus mejillas, manchando el terciopelo. Pero no quería que parara. Al contrario.
—No pares… no pares aunque llore —suplicó con voz rota—. Quiero más. Quiero que Carlos me folle ahora. Quiero sentir la polla de mi marido en el mismo agujero que acabas de destrozar.
Diego sacó su polla con un plop húmedo. El ano de Valeria quedó abierto como un cráter, palpitando visiblemente, expulsando borbotones de semen mezclado con sus fluidos. Carlos no esperó. Se arrodilló detrás de ella y metió su verga gruesa de un solo empujón, aprovechando la lubricación abundante. La sensación fue diferente, más íntima y más sucia al mismo tiempo. Valeria sintió cómo su marido la reclamaba, follando el mismo túnel que otro hombre acababa de llenar.
—Está tan caliente… tan abierto… —gimió Carlos, sujetando las ataduras de las muñecas de ella para tirar hacia atrás mientras la taladraba—. Joder, Valeria, tu culo ya no es el mismo. Lo has entregado completamente.
Empezó a follarla con ritmo brutal, sin piedad. Sus huevos golpeaban el clítoris hinchado de ella con cada embestida. Diego, mientras tanto, se puso delante, agarrándola del pelo y metiéndole la polla todavía sucia de corrida y jugos en la boca. Valeria la chupó con hambre, babeando sin control, tragando hasta la garganta mientras las lágrimas seguían cayendo. Sentía que la estaban usando como un objeto, atada, doblemente penetrada, y la humillación solo aumentaba su excitación.
“Esto es lo que quería —pensaba mientras se atragantaba con la polla de Diego—. Que me vean rota, que me usen el ano hasta que solo sepa gemir y abrirme. Mi marido follándome el culo como si fuera una cualquiera… y yo adorándolo”.
Carlos la folló durante largos minutos, cambiando de ritmo: embestidas cortas y rápidas que le hacían vibrar las nalgas, seguidas de golpes profundos y lentos que le llegaban hasta las tripas. Valeria tuvo otro orgasmo, más intenso, que la dejó temblando y sollozando. Su ano se contraía tan fuerte que casi expulsa la polla de Carlos, pero él la mantuvo dentro, gruñendo.
Diego la levantó entonces, todavía atada, y la colocaron de pie contra el caballete abandonado. Le separaron las piernas y Carlos se arrodilló debajo de ella, comiéndole el coño y el ano alternativamente, metiendo la lengua lo más profundo posible en el agujero dilatado para probar la mezcla de corridas. Valeria gemía sin parar, las piernas temblando. Diego se colocó detrás y volvió a penetrarla analmente, esta vez de pie, sujetándola por las ataduras como si fueran las riendas de una yegua.
La folló así durante lo que parecieron horas, aunque solo habían pasado cuarenta minutos. La cambió de postura una y otra vez: la puso de lado sobre el diván con una pierna elevada, follándola en spooning anal mientras Carlos le metía los dedos en el coño; luego la obligaron a sentarse sobre la polla de Diego en vaquera inversa atada, rebotando con sus propias fuerzas mientras las lágrimas corrían y sus tetas saltaban salvajemente. Cada vez que uno se corría dentro de ella —primero Diego otra vez, llenándola con una carga abundante y caliente, luego Carlos añadiendo más semen fresco— sacaban la polla lentamente para que el otro pudiera admirar el gape obsceno, el ano convertido en un túnel rojo y palpitante que ya no se cerraba.
Valeria había perdido la cuenta de sus orgasmos. Lloraba abiertamente ahora, no de sufrimiento sino de placer sobrecogedor, el cuerpo cubierto de sudor, saliva y semen. El estudio olía a sexo puro: sudor, corrida, coño y óleo. Tenía el pelo pegado a la cara, los labios hinchados de chupar pollas y el ano tan usado que cada movimiento enviaba descargas eléctricas por todo su cuerpo.
—Aún… aún quiero más —logró decir entre sollozos, con la voz rota y la mirada vidriosa cuando la dejaron descansar un momento, aún atada, de rodillas en el suelo con el culo en alto chorreando una cascada espesa de semen de tres cargas distintas—. Atadme más fuerte. Usad el cinturón de Diego también. Quiero que me folléis el culo por turnos otra vez, sin sacarla nunca del todo. Quiero que me hagáis vuestra anal slut rota para siempre… que me veáis suplicar por polla hasta que amanezca.
Diego y Carlos se miraron. Sus pollas, aunque castigadas, volvían a endurecerse ante las palabras sucias de la pintora. El empresario recogió el cinturón de cuero de sus pantalones tirados en el suelo. Carlos sonrió con hambre renovada, acercándose para volver a separarle las nalgas y escupir dentro del ano destruido. La noche seguía avanzando y el culo de Valeria, cada vez más entregado, prometía tragarse mucho más antes de que el estudio volviera a quedar en silencio.
Valeria sintió el cuero frío del cinturón de Diego rodeando sus muñecas ya atadas con los cordones. El empresario lo apretó con fuerza, dos vueltas completas, hasta que la piel se hundió y el dolor agudo le subió por los brazos. Tenía treinta y dos años y en ese instante solo era carne atada, expuesta sobre el diván empapado de fluidos. Carlos, su marido, escupió una vez más directamente dentro del ano abierto, viendo cómo la saliva se perdía en el túnel rojo y palpitante que ya no se cerraba. El pintor de cuarenta y dos años respiraba como un animal, la polla gruesa y venosa apuntando al techo mientras observaba el desastre que habían hecho entre los dos.
—Más fuerte —suplicó Valeria, tironeando de las ataduras para sentir cómo el cuero le mordía la carne—. Atadme como a una cerda de verdad. Quiero marcas.
Diego tiró del cinturón hacia arriba, arqueándole la espalda hasta que sus tetas pesadas se aplastaron contra el terciopelo sucio. Le dio una nalgada brutal con la palma abierta, luego otra, y otra más. Cada golpe resonaba en el estudio como un latigazo, dejando las nalgas de la pintora cubiertas de huellas rojas. El ano se contrajo visiblemente, expulsando un hilo espeso de semen mezclado que cayó al suelo con un sonido húmedo.
—Esto es lo que querías, ¿no, puta? —gruñó Diego, el empresario de cuarenta y ocho años que había pagado por cada sesión de posado solo para llegar a esto—. Tu culo virgen ya es un puto cráter. Míralo, Carlos. Se le ve el intestino blanco de corrida.
Carlos se arrodilló detrás y metió cuatro dedos de golpe en el ano dilatado, girándolos con saña, abriéndola más. Valeria soltó un alarido ronco, las lágrimas corriéndole por las mejillas mientras su coño chorreaba sin control. «Me están rompiendo de verdad —pensó, la mente nublada de placer sucio—. Soy una pintora respetada y ahora solo quiero que me destrocen el culo hasta que no pueda sentarme en una semana. Que mi marido vea cómo me convierten en su agujero personal».
Diego no esperó. Agarró el extremo del cinturón como riendas y clavó su polla gruesa hasta el fondo de una sola embestida. El ano de Valeria tragó cada centímetro con un sonido obsceno, chapoteando la mezcla de corridas anteriores. Empezó a follarla sin piedad, tirando del cuero para que su cuerpo se arqueara más, golpeando tan profundo que sus huevos pesados le machacaban el clítoris hinchado. Cada embestida hacía que las tetas de ella rebotaran y que su cara se aplastara contra el diván.
—¡Así, cabrón! ¡Rómpeme el puto intestino! —gritaba Valeria entre sollozos de placer—. ¡Sácame la polla y métemela otra vez, quiero sentir cómo me gapeas!
Carlos se colocó delante, le levantó la cabeza por el pelo y le metió la verga hasta la garganta. La pintora babeaba como una loca, los hilos de saliva cayendo sobre sus propias tetas mientras se atragantaba con la polla de su marido. El doble uso era brutal: Diego taladrándole el ano sin descanso, tirando del cinturón para que sintiera las ataduras clavarse, y Carlos follándole la boca con golpes cortos y salvajes que le hinchaban los labios.
El orgasmo la atravesó como un latigazo. El ano se cerró como un puño alrededor de la polla de Diego, succionándola, y un chorro potente de squirt salió disparado de su coño, mojando las rodillas de ambos hombres y formando un charco bajo el diván. Valeria gritó alrededor de la verga de Carlos, los ojos en blanco, el cuerpo convulsionando mientras las lágrimas le empapaban la cara.
—No pares, hijo de puta… no pares aunque llore —balbuceó cuando Carlos sacó la polla de su boca para que pudiera respirar—. Quiero que me folléis el culo por turnos hasta que me desmaye.
Cambió Diego. Sacó su verga con un plop húmedo y el ano quedó abierto como un túnel oscuro, palpitando, expulsando burbujas de semen y saliva. Carlos tomó su lugar inmediatamente, metiendo su polla gruesa en el agujero destruido de su esposa. La sensación de follar el mismo culo que acababa de ser usado por otro hombre le arrancó un gruñido animal.
—Está ardiendo… y tan flojo —jadeó Carlos, tirando también del cinturón para arquearla más—. Tu culo ya no es de nadie, Valeria. Es nuestro puto agujero de estudio.
La folló con embestidas cortas y brutales, haciendo que las nalgas rebotaran y que el semen anterior saliera expulsado con cada salida, salpicando sus propios muslos. Diego se sentó en la silla, pajeándose lento, disfrutando del espectáculo de la pintora atada y sollozando de placer. Luego se levantó, escupió sobre la polla y se colocó debajo de ella en el diván. La levantaron entre los dos, aún atada de muñecas, y la bajaron sobre ambas pollas a la vez: Carlos en el coño, Diego directamente en el ano ya completamente entregado.
La doble penetración de pie fue devastadora. Valeria sintió las dos vergas rozándose dentro de ella, separadas solo por esa fina pared de carne. Sus treinta y dos años de cuerpo curvilíneo temblaban sin control mientras la follaban como a una muñeca de trapo, sujetándola por las ataduras y por las caderas. El cinturón le mordía las muñecas, el cuero áspero marcándole la piel con cada tirón.
—¡Me estáis partiendo en dos, cabrones! —aulló, la voz rota de tanto gritar—. ¡Siento vuestras pollas rozándose dentro de mi culo y mi coño! ¡Más fuerte, quiero que me hagáis sangrar de placer!
Diego le mordió un hombro, no con ternura sino con hambre animal, mientras empujaba hacia arriba destrozándole el ano. Carlos le chupaba las tetas con fuerza, dejando marcas de dientes alrededor de los pezones oscuros. El estudio se llenó de sonidos brutales: carne golpeando carne, el chapoteo constante de fluidos, los sollozos y gemidos de Valeria que ya no sabía dónde terminaba el dolor y empezaba el placer.
La cambiaron de nuevo. La pusieron de rodillas en el suelo frío, pecho contra el parquet, culo en alto, muñecas aún atadas a la espalda con el cinturón y los cordones. Diego se arrodilló detrás y le metió la polla en el ano sin aviso, follándola en cuatro patas como a un animal. Carlos se puso delante y le folló la boca sin piedad, sujetándole la cabeza con ambas manos. La pintora lloraba abiertamente, las lágrimas cayendo al suelo, el ano tan dilatado que cada salida de la polla mostraba un gape obsceno, rojo, hinchado, con el interior visible y blanco de corridas acumuladas.
—Dilo —exigió Diego, dándole nalgadas que resonaban como latigazos—. Dime qué eres mientras te destrozo el culo.
—Soy… soy una puta anal rota —sollozó Valeria entre arcadas, la polla de su marido follándole la garganta—. Una pintora de treinta y dos años convertida en el agujero de semen de dos machos. Usadme… usadme hasta que mi ano quede para siempre abierto.
El orgasmo la golpeó otra vez, tan fuerte que sus rodillas resbalaron en el charco de fluidos y cayó de lado. Aun así no pararon. Diego la folló de lado, una pierna levantada casi hasta la cabeza, taladrándole el ano con embestidas verticales que le llegaban a las tripas. Carlos le metía los dedos en el coño, cuatro a la vez, abriéndola también por delante mientras le escupía en la cara.
—Más corrida… quiero más corrida dentro —suplicó ella, la voz completamente destruida.
Diego rugió primero. Se enterró hasta el fondo y soltó una carga espesa, caliente, que inundó las tripas de Valeria. Cuando sacó la polla, el ano quedó como un cráter abierto, expulsando semen en gruesos borbotones que caían al suelo. Carlos lo reemplazó al instante, metiendo su verga en el lodazal caliente y follándola con renovada brutalidad, usando la corrida de Diego como lubricante extra.
—Esto es lo que mereces, zorra —gruñó Carlos, tirando del cinturón hasta que las muñecas de ella quedaron blancas por la presión—. Un culo lleno de leche ajena mientras tu marido te reclama el agujero.
Carlos se corrió también, añadiendo su carga fresca al desastre. Cuando sacó la polla, el ano de Valeria ya no era un esfínter. Era un túnel destruido, rojo, hinchado, gapeando obscenamente, con semen blanco y espeso saliendo a borbotones constantes y formando un charco grande entre sus rodillas abiertas.
Aun atada, temblando, llorando de placer, Valeria giró la cara hacia ellos. Tenía la mirada vidriosa, los labios hinchados, el pelo pegado a la cara por sudor y saliva. Movió las caderas lentamente, haciendo que más corrida saliera de su ano destruido.
—Seguid follándome el culo toda la noche, cabrones —susurró con voz rota y sucia—. No quiero parar hasta que me dejéis el ano tan abierto y lleno de leche que tenga que ir a pintar con un tapón para que no me chorree por las piernas como la puta anal barata en la que me habéis convertido.
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