Dare en el Aeropuerto: Su Mejor Amiga se Abre para Mí

En el aeropuerto, el arquitecto Silas de 32 años folla el culo de su amiga Colette de 28 después de que ella le confiese que no lleva bragas.

28 min read September 23, 2026New

El aeropuerto internacional olía a café quemado y a esa mezcla artificial de aire acondicionado y perfume barato de duty free. Silas, arquitecto de treinta y dos años con la camisa blanca arremangada hasta los codos y el reloj de acero rozándole la muñeca, miraba la pantalle de retrasos como si pudiera obligarla a cambiar. El vuelo nocturno a Lisboa llevaba ya casi dos horas de demora. A su lado, Colette —su mejor amiga desde hacía casi una década, diseñadora gráfica de veintiocho años con el pelo castaño recogido en un moño flojo— se balanceaba sobre los tacones bajos y se reía bajito cada vez que el altavoz anunciaba otra excusa.

Llevaba una falda de lino blanca, cortísima, que apenas le cubría el arranque de los muslos, y una blusa de seda sin mangas que se pegaba a los pechos cada vez que se movía. Silas había notado, sin querer notarlo del todo, el modo en que la tela se le subía un centímetro de más cuando cruzaba las piernas.

—Te juro que es la peor idea que he tenido en meses —susurró ella, inclinándose hacia él. El aliento le olía a menta y a la copa de vino blanco que se había pedido en el bar de la sala VIP—. Pero la apuesta es la apuesta. Gwen me retó. Todo el viaje. Ni una braga. Ni en el avión, ni aquí, ni después.

Silas sintió que el estómago se le encogía y se le calentaba al mismo tiempo. Miró alrededor. La sala VIP estaba casi vacía a esas horas: un hombre dormitando lejos, una pareja de ejecutivos con auriculares, el personal de barra distraído. Él y Colette habían encontrado un rincón semioculto detrás de un biombo de madera y unas plantas altas, con una mesita baja y dos sillones de cuero.

—¿Me estás jodiendo? —preguntó él, la voz más grave de lo normal.

Colette se mordió el labio inferior y abrió un poco más las piernas. La falda se subió lo justo. Silas vio la sombra suave entre sus muslos, la línea limpia del coño afeitado, ya brillante.

—No te estoy jodiendo. Llevo así desde que salí de casa. Y cada vez que camino siento el aire… y se me moja. Míralo, si quieres.

Él no respondió con palabras. Deslizó la mano bajo la mesa, despacio, y rozó con dos dedos el interior de su muslo. Colette contuvo la respiración. Cuando los yemas llegaron al pliegue caliente, encontró exactamente lo que ella había prometido: carne hinchada, resbaladiza, sin ninguna tela que lo impidiera. El clítoris le latía contra la yema del dedo medio. Silas lo rodeó una vez, despacio, y ella soltó un gemido ahogado que disfrazó tosiendo.

—Joder, Colette… estás empapada.

—Desde que te vi en la cola del check-in —admitió ella, acercando la boca a su oreja—. Siempre he fantaseado con esto. Contigo. Que seas el primero que me folle el culo. Nadie lo ha hecho. Nunca. Y ahora, con este retraso… ¿no te apetece aprovechar?

Silas sintió la polla endurecerse de golpe contra el pantalón. La miró a los ojos. No había duda ni alcohol de por medio: solo deseo claro, adulto, compartido.

—El baño accesible del fondo —dijo él—. Es amplio, tiene llave y huele a hotel de cinco estrellas. Si entramos juntos y echamos el pestillo…

Ella asintió, ya levantándose. Caminaron sin prisas, como si fueran a fumar o a hablar de negocios. La puerta se cerró a sus espaldas con un clic suave. El lavabo de mármol, el espejo enorme, el inodoro separado por un tabique bajo y la ducha de cristal. Colette se giró hacia él, se arrodilló sobre la alfombra limpia y le abrió la bragueta con dedos decididos. La polla de Silas saltó fuera, gruesa, venosa, ya goteando por la ranura. Ella la miró un segundo con hambre y luego la engulló hasta la base, haciendo ruido húmedo, saliva resbalando por las bolas. Chupaba con ansia, lengua plana en la parte de abajo, mejillas hundidas, gimiendo alrededor del glande cada vez que lo sacaba casi del todo.

—Así… joder, así —gruñó Silas, una mano en su moño—. Quiero dejártela brillante para que entre fácil.

Cuando la sacó de la boca, la verga brillaba entera. Colette se levantó, se inclinó sobre el lavabo, levantó la falda hasta la cintura y abrió las nalgas con las dos manos. El ano rosado, fruncido, se contrajo a la vista. El coño goteaba por dentro de los muslos.

—Cómemelo primero —rogó, mirándolo por el espejo—. Lámeme el culo. Prepárame.

Silas se arrodilló detrás de ella. Separó las nalgas más aún y pasó la lengua plana desde el perineo hasta el agujero. Colette soltó un gemido largo. Él la comió con calma sucia: círculos, puntas de lengua empujando la entrada, saliva abundante que dejaba todo reluciente. Cuando el esfínter empezó a ceder un poco, metió dos dedos untados en su propia saliva y en el jugo del coño. Los empujó despacio, uno y luego el otro, abriéndola, girándolos, buscando el ritmo que la hacía arquear la espalda.

—Más… sí, así. Estoy lista. Mete la polla. Fóllame el culo, Silas. Quiero sentirte entero.

Él se puso de pie, alineó el glande contra el ano brilloso y empujó. La cabeza entró con un pop húmedo. Colette jadeó, los nudillos blancos contra el mármol. Silas avanzó centímetro a centímetro, sintiendo cómo el anillo la apretaba, cómo se abría a su alrededor hasta que las bolas le golpearon la piel. Se quedó quieto un segundo, respirando.

—Muévete —pidió ella—. Fóllame fuerte. Como perrito.

Empezó a embestir. Largo, profundo, cada embestida sacándole un gemido alto que el extractor no conseguía ahogar del todo. Colette se masturbaba el clítoris con tres dedos, circular, rápido, el coño chorreando sobre el suelo. El sonido era obsceno: piel contra piel, saliva y lubricante natural, el chapoteo de su culo tragándose la verga gruesa una y otra vez.

—Tan apretado… me vas a hacer correrme dentro —advirtió él.

—Hazlo. Lléname. Quiero sentirlo.

Cuando las piernas le temblaron, Silas la giró, se sentó en el inodoro con la polla aún erecta y brillante de su propio precum y de ella, y la bajó encima. Colette se colocó de espaldas a él, abrió las nalgas y se empizó el ano de nuevo, esta vez hasta el fondo de un solo descenso. Cabalgó en círculos, girando las caderas, subiendo y bajando mientras se tocaba el clítoris sin parar. Silas le agarró las tetas por debajo de la blusa, pellizcó los pezones duros y embistió hacia arriba al mismo tiempo.

El orgasmo de ella llegó primero: un temblor violento, el ano contrayéndose a pulsos alrededor de la verga, un gemido ronco que se le escapó entre los dientes. Silas la siguió dos embestidas después, empujando hasta el tope y vaciándose a chorros calientes dentro de su culo. Sintió cada espasmo, cada gota.

Después se quedó quieto, todavía dentro, respirando contra su nuca. Poco a poco sacó la polla. Colette se inclinó un poco hacia adelante y él miró: el ano abierto, rojo, tierno, dejando escapar hilos espesos de semen blanco que resbalaban hacia su coño y le manchaban los labios hinchados. Una gota gruesa cayó al suelo de azulejo.

Colette se rio bajito, todavía con la falda arremangada, y se giró lo suficiente para mirarlo por encima del hombro. Los ojos le brillaban.

—El vuelo sigue retrasado otra hora, según el último anuncio —dijo, la voz ronca—. Y yo sigo sin bragas. ¿Qué se te ocurre que podemos hacer con todo ese tiempo… y con este desastre que me has dejado entre las nalgas?

Silas no contestó de inmediato. Se quedó mirando el desastre que había dejado: el ano de Colette todavía entreabierto, rojo y brillante, con hilos densos de su semen resbalando despacio por el pliegue hacia los labios hinchados de su coño. El olor a sexo fresco llenaba el baño, mezclado con el jabón caro del dispensador. Ella seguía inclinada sobre el lavabo, la falda arremangada en la cintura, las nalgas abiertas, respirando con la boca entreabierta.

—Primero voy a limpiarte con la lengua —dijo él, la voz grave, ya volviendo a endurecerse solo de mirarla—. Quiero probarme dentro de ti. Después te voy a follar otra vez, más despacio, hasta que no puedas caminar derecho hasta la puerta de embarque.

Colette soltó una risa ronca y se empujó un poco más hacia atrás, ofreciéndole el culo otra vez.

—Hazlo. Lámeme. Quiero sentir tu lengua metiéndose donde me has llenado.

Silas se arrodilló de nuevo sobre la alfombra. Separó las nalgas con las dos manos, los pulgares abriendo el esfínter tierno, y pasó la lengua plana por el anillo grasiento. El sabor salado y amargo de su propio semen se mezcló con el sabor dulce de ella. Colette gimió alto, los dedos apretando el mármol. Él lamió con calma sucia, empujando la punta de la lengua dentro del agujero todavía blando, chupando los restos, barriendo cada gota que intentaba escapar. Al mismo tiempo, dos de sus dedos se deslizaron hacia abajo y se hundieron en su coño empapado, curvándolos contra el punto que la hacía temblar.

—Joder, Silas… sí, así —jadeó ella, empujando las caderas hacia su boca—. Me lo estás lamiendo todo. No pares.

Él no paró. La comió el culo durante largos minutos, hasta que el ano quedó limpio y reluciente otra vez, solo brillando por su saliva fresca. Entonces se puso de pie, se pasó la mano por la polla —ya dura otra vez, gruesa, venosa, con la cabeza morada e hinchada— y la frotó despacio entre las nalgas de ella, untándola con lo que quedaba de jugos.

—Ahora te voy a abrir de verdad —murmuró contra su nuca—. Quiero que sientas cada vena. Dime que lo quieres.

—Lo quiero. Métela. Fóllame el culo otra vez, más fuerte. Quiero que me dejes marcadas las nalgas con tus manos.

Silas alineó el glande y empujó. Entró más fácil esta vez, el anillo ya entrenado, cediendo con un sonido húmedo y obsceno. Avanzó hasta el fondo de un solo golpe profundo. Colette gritó entre dientes, la espalda arqueándose. Él se quedó quieto un segundo, sintiendo cómo el culo la apretaba a pulsos alrededor de su verga, caliente y resbaladizo, y luego empezó a embestir con ritmo largo y poderoso. Cada embestida hacía chocar las bolas contra su coño, salpicando jugo por el suelo. Las manos de Silas le agarraron las caderas con fuerza, los dedos clavándose en la carne suave, y la folló sin piedad, sacándola casi del todo solo para volver a hundirse hasta las bolas.

—Tan jodidamente apretada… me estás chupando la polla con el culo —gruñó él—. Mira cómo te la tragas. Abre más.

Colette se abrió las nalgas con las propias manos, mirándolo por el espejo con los ojos vidriosos de placer. El moño se le había deshecho; mechones castaños le caían por la cara. Se tocaba el clítoris con tres dedos rápidos, circular, mientras él la empujaba contra el lavabo una y otra vez. El sonido era puro sexo: piel contra piel, el chapoteo grueso de su culo tragándose la polla, los gemidos ahogados de ella que el extractor no lograba ocultar del todo.

—Más profundo… joder, sí, así —rogó—. Me voy a correr otra vez. No pares, Silas. Fóllame hasta que me tiemble todo.

Él cambió el ángulo, inclinándola más, y embistió hacia arriba, golpeando justo donde la hacía ver estrellas. Colette se corrió con un temblor violento, el ano contrayéndose a rachas alrededor de su verga, un chorro caliente saliendo de su coño y salpicándole los muslos. Silas no se detuvo. La siguió follando a través del orgasmo, más rápido, más duro, hasta que ella casi no podía sostenerse. Entonces la giró bruscamente, la sentó sobre el borde del lavabo de mármol frío y le abrió las piernas a la fuerza. La polla, brillante de jugos y saliva, se alineó otra vez con el ano y se hundió de un empujón.

Ahora la tenía de frente. Podía verle la cara: labios hinchados, mejillas sonrojadas, ojos negros de deseo. Le subió la blusa de seda, le sacó las tetas y se las chupó mientras la follaba de pie, los pezones duros entre los dientes, la lengua girando. Colette le rodeó la cintura con las piernas, los tacones clavándose en su espalda, y le mordió el hombro para no gritar.

—Quiero que me la metas también en el coño —susurró contra su oído, la voz rota—. Primero el culo, ahora el coño. Lléname los dos. Quiero salir de aquí chorreando por todas partes.

Silas salió despacio del ano, miró cómo el agujero se cerraba a duras penas, y sin esperar deslizó la polla hacia abajo y se la clavó entera en el coño de un solo golpe. Colette arqueó la espalda y gimió largo. Estaba tan mojada que entró sin resistencia, caliente, resbaladiza, apretándolo con las paredes internas. Él la folló así un rato, profundo, mirando cómo el glande salía brillando y volvía a desaparecer. Luego salió otra vez y regresó al culo, alternando, follándola los dos agujeros uno tras otro, cada cambio sacándole un gemido distinto.

—Eres una puta para mí —dijo él, sin maldad, solo deseo crudo—. Mi mejor amiga con el culo abierto y el coño chorreando en un baño de aeropuerto. ¿Te gusta que te use así?

—Me encanta —admitió ella, mirándolo a los ojos—. Siempre he querido que me folles así. Que me llenes. Que me dejes hecha un desastre. Sigue.

Silas la bajó del lavabo, la puso de rodillas otra vez y le metió la polla en la boca. Ella la chupó con ansia, saboreando su propio jugo y el resto de semen anterior, lengua plana, mejillas hundidas, tragando hasta la base. Él le agarró el pelo y le folló la cara un momento, suave pero firme, antes de sacarla, girarla y volver a empujársela en el culo mientras ella se apoyaba en cuatro patas sobre la alfombra. Esta vez la embistió como animal, rápido, profundo, las manos abriéndole las nalgas para ver cómo el anillo se estiraba alrededor de su grueso. Colette se masturbaba sin parar, los dedos resbalando sobre el clítoris hinchado.

El segundo orgasmo de ella llegó con un grito sofocado. El culo la exprimió a pulsos tan fuertes que Silas casi se corrió ahí mismo. Aguantó, salió, se sentó en el inodoro y la hizo montarlo de cara a él. Colette se bajó sobre la verga, guiándola otra vez al ano, y se la clavó hasta el fondo. Cabalgó despacio al principio, girando las caderas, subiéndo y bajando, sintiendo cada centímetro. Él le chupó las tetas, le mordió los pezones, le agarró las nalgas para ayudarla a rebotar más fuerte. El espejo les devolvía la imagen obscena: ella montándolo, el culo abriéndose y cerrándose alrededor de su polla, el semen anterior y el jugo nuevo brillando entre ellos.

—Me voy a correr otra vez dentro —advirtió él, la voz tensa—. Quiero llenarte hasta que te rebose por los muslos cuando camines.

—Hazlo. Lléname. Quiero sentirlo caliente todo el camino hasta Lisboa.

Silas embistió hacia arriba con fuerza, una, dos, tres veces, y se vació a chorros profundos dentro de su culo. Cada espasmo lo sentía ella, caliente, espeso. Colette se corrió de nuevo solo de sentirlo, el ano apretándolo, el coño contrayéndose en el vacío. Se quedaron así un largo rato, unidos, sudados, respirando el uno contra el otro. Él todavía dentro, palpitando.

Cuando por fin salió, el semen le brotó del ano en un hilo grueso que le bajó por el coño y le manchó el muslo interior. Colette se rio bajito, se limpió un poco con papel higiénico —solo lo justo, dejando la mayor parte— y se bajó la falda. Se miró en el espejo: labios hinchados, pelo revuelto, mejillas coloradas, y entre las piernas el desastre evidente si alguien miraba demasiado cerca.

—Todavía nos queda casi una hora —dijo ella, la voz ronca de tanto gemir—. Y yo sigo sin bragas. Siento tu corrida resbalándome cada vez que me muevo. ¿Y si volvemos a la sala VIP y me tocas otra vez bajo la mesa? Quiero que me metas los dedos en el culo delante de toda esa gente que no se entera de nada. O… —sonrió, picara, acercándose a su oído— podemos buscar el siguiente baño, el de la zona de embarque. Más gente. Más riesgo. Y yo quiero que me folles otra vez antes de que subamos al avión. Quiero llegar a Lisboa con el culo abierto y lleno.

Silas se abrochó el pantalón con la polla todavía sensible, el corazón latiéndole fuerte. La miró: su mejor amiga de casi diez años, la diseñadora que conocía todos sus secretos, ahora hecha un desastre sexual por él, sin bragas, chorreando su semen, pidiendo más. El anuncio del aeropuerto volvió a sonar, confirmando el retraso. Él le pasó un dedo por el labio inferior y se lo metió en la boca para que lo chupara.

—Vamos —dijo—. Pero esta vez te voy a follar de pie contra la pared, con la puerta apenas cerrada. Quiero oír si alguien intenta entrar mientras te la meto entera.

Salieron del baño con la misma calma fingida con la que habían entrado. Silas sentía la polla todavía sensible rozándole la tela del pantalón; cada paso le recordaba lo apretado que había estado el culo de Colette y cómo se había abierto para él. Ella caminaba un poco más despacio, las piernas ligeramente abiertas, y él notaba el leve temblor de sus muslos. El semen que le había dejado dentro le resbalaba despacio; lo veía en la forma en que apretaba las nalgas de vez en cuando y mordía el labio.

Volvieron a la sala VIP. El retraso seguía anunciándose. El rincón detrás del biombo seguía libre. Se sentaron otra vez. Colette cruzó las piernas solo un segundo y luego las abrió lo justo para que la falda blanca subiera. Silas deslizó la mano bajo la mesita sin mirar alrededor. Sus dedos encontraron el muslo interior caliente, resbaladizo, y subieron hasta el coño hinchado. Dos yemas se hundieron fácil; estaba empapada otra vez, y más arriba el ano todavía abierto y graso de su corrida anterior.

—Estás chorreando por los dos sitios —susurró él contra su oreja, metiendo un dedo más profundo en el coño mientras el pulgar rozaba el esfínter tierno—. ¿Lo sientes bajar?

—Cada puto paso —respondió ella, la voz baja y ronca—. Se me escapa y me baja por el muslo. Si alguien mirara debajo de la mesa vería el desastre que me has dejado. Mételos en el culo. Quiero que me toques ahí delante de esta gente.

Silas obedeció. Sacó los dedos del coño, los untó bien en el jugo y los empujó despacio contra el anillo. Entraron con un pop suave. Colette contuvo el aire y se arqueó apenas en el sillón de cuero. Él los giró dentro, abriéndola, buscando el ritmo que la hacía apretar las nalgas contra su mano. Con la otra mano libre ella le rozó la polla por encima del pantalón, notándola ya dura otra vez.

—Joder, Colette… te estás abriendo sola solo de pensarlo.

—Porque quiero más —admitió ella, girando la cara hacia él—. Quiero que me folles otra vez antes de embarcar. El baño de la zona de embarque. Hay más gente pasando. Más riesgo. Y yo quiero que me la metas entera mientras oímos pasos afuera.

Se levantaron. Caminaron por el pasillo acristalado hacia las puertas de embarque. El anuncio del altavoz repitió el retraso de cincuenta minutos más. Encontraron el baño accesible al fondo de un corredor lateral, más pequeño que el anterior pero con pestillo fuerte. Silas empujó la puerta, la cerró y la dejó apenas entreabierta un centímetro, lo bastante para que se oyera cualquier intento de abrirla. Colette ya se había girado de espaldas a la pared de azulejos fríos, levantando la falda hasta la cintura y abriéndose las nalgas con las dos manos.

—Así —dijo—. De pie. Contra la pared. Quiero que me embistas hasta que no pueda cerrar las piernas.

Silas se bajó la bragueta. La polla saltó fuera, gruesa, venosa, la cabeza morada y brillando de precum. Se acercó, frotó el glande entre las nalgas grasientas de ella y empujó. El ano cedió con un sonido húmedo y obsceno; entró de un solo golpe hasta las bolas. Colette gimió alto, la frente apoyada en el azulejo frío, los pezones duros rozando la blusa de seda. Él la sujetó por las caderas y empezó a follarla con embestidas largas y profundas, cada una sacudiéndole el cuerpo entero.

—Tan jodidamente caliente y abierta… me estás chupando la verga con el culo otra vez —gruñó él al oído—. Escucha cómo te la tragas. ¿Oyes los pasos afuera? Alguien podría abrir en cualquier momento y verte con el culo lleno de mí.

—Que abran —jadeó ella, empujando las caderas hacia atrás para recibirlo más hondo—. Quiero que me usen. Quiero que me dejes marcada. Más fuerte, Silas. Fóllame como si fueras a correrte ya.

Él aceleró. Las bolas golpeaban su coño empapado con cada embestida, salpicando jugo por los muslos y el suelo. Le agarró el moño medio deshecho y le tiró la cabeza hacia atrás para morderle el cuello mientras la follaba sin piedad. Colette se masturbaba el clítoris con tres dedos rápidos, circular, el ano contrayéndose a pulsos alrededor de la polla gruesa. El sonido era puro sexo sucio: chapoteo, piel contra piel, gemidos ahogados que el extractor no cubría del todo.

—Me corro… joder, me corro otra vez —avisó ella entre dientes.

El orgasmo la sacudió violento. El esfínter la exprimió a rachas tan fuertes que Silas tuvo que morderse el labio para no soltarla ahí mismo. La siguió embistiendo a través del temblor, más hondo, más rápido, hasta que ella casi se dobló. Entonces salió, la giró bruscamente de frente y la levantó contra la pared. Colette le rodeó la cintura con las piernas; él alineó de nuevo el glande brillante y se la clavó otra vez en el culo de un empujón. Ahora la tenía cara a cara. Le subió la blusa, le sacó las tetas y se las chupó con ansia mientras la follaba de pie, los pezones duros entre los dientes, la lengua girando.

—Quiero los dos agujeros —rogó ella, la voz rota, los tacones clavándose en su espalda—. Sácala y métela en el coño. Luego vuelve al culo. Lléname todo. Quiero salir de aquí chorreando por todas partes cuando subamos al avión.

Silas salió despacio, miró cómo el ano se cerraba a duras penas dejando escapar un hilo de semen anterior, y sin pausa se hundió entero en su coño caliente y resbaladizo. Colette arqueó la espalda y gimió largo contra su hombro. Estaba tan mojada que entró sin resistencia. Él la folló así varios empujones profundos, mirando cómo el glande salía brillando y volvía a desaparecer entre los labios hinchados. Luego salió otra vez y regresó al culo, alternando los dos agujeros uno tras otro, cada cambio sacándole un gemido distinto y más alto.

—Eres mi puta favorita —dijo él, sin maldad, solo deseo crudo, embistiéndola en el ano otra vez—. Mi mejor amiga con el culo abierto y el coño chorreando en un baño de aeropuerto mientras la gente camina afuera. ¿Te gusta que te use así, Colette? ¿Que te llene y te deje hecha un desastre?

—Me encanta —admitió ella, mirándolo a los ojos vidriosos—. Siempre he querido que me folles así. Que me abras. Que me dejes caminar con tu corrida resbalándome hasta Lisboa. No pares. Fóllame hasta que no pueda más.

La bajó un momento, la puso de rodillas sobre el suelo limpio y le metió la polla en la boca. Ella la chupó con hambre, saboreando su propio jugo y los restos de semen, lengua plana, mejillas hundidas, tragando hasta la base mientras él le sujetaba el pelo. Silas le folló la cara suave pero firme unos segundos, sintiendo la garganta abrirse, antes de sacarla, girarla de nuevo y volver a empujársela en el culo mientras ella se apoyaba en cuatro patas. Esta vez la embistió como animal, rápido, profundo, las manos abriéndole las nalgas para ver cómo el anillo rosado se estiraba alrededor de su grueso. Colette se tocaba sin parar, los dedos resbalando sobre el clítoris hinchado y goteante.

El siguiente orgasmo de ella llegó con un grito sofocado contra el dorso de su mano. El culo la apretó a pulsos tan intensos que Silas casi se derramó. Aguantó, salió, se sentó en el inodoro cerrado y la hizo montarlo de cara a él. Colette se guió el ano otra vez sobre la verga y se la clavó hasta el fondo de un solo descenso. Cabalgó despacio al principio, girando las caderas, subiéndo y bajando, sintiendo cada vena. Él le chupó las tetas, le mordió los pezones, le agarró las nalgas para ayudarla a rebotar más fuerte. El pequeño espejo del baño les devolvía la imagen obscena: ella montándolo, el culo abriéndose y cerrándose, el semen y el jugo brillando entre sus cuerpos.

—Me voy a correr otra vez dentro —advirtió él, la voz tensa, las manos clavándose en su carne—. Quiero llenarte hasta que te rebose por los muslos cuando camines hasta la puerta. Quiero que sientas cada gota caliente todo el vuelo.

—Hazlo —rogó ella, acelerando el ritmo, rebotando más duro—. Lléname. Quiero sentirlo brotar. Quiero llegar a Lisboa con el culo abierto y lleno de ti. Correme dentro, Silas.

Él embistió hacia arriba con fuerza, una, dos, tres veces profundas, y se vació a chorros espesos dentro de su ano. Cada espasmo lo sentía ella, caliente, pulsante. Colette se corrió de nuevo solo de notarlo llenándola, el esfínter exprimiéndolo, el coño contrayéndose en el vacío. Se quedaron unidos un largo rato, sudados, respirando el uno contra el otro, él todavía dentro y palpitando.

Cuando por fin sacó la polla, el semen le brotó del ano en un hilo grueso y blanco que le bajó por el coño hinchado y le manchó el muslo interior hasta casi la rodilla. Colette se rio bajito, se limpió solo lo justo con un papel —dejando la mayor parte dentro y resbalando— y se bajó la falda. Se miró en el espejo pequeño: labios hinchados, pelo revuelto, mejillas coloradas, y entre las piernas el desastre evidente si alguien se fijaba demasiado.

El altavoz anunció que el embarque comenzaría en veinte minutos. Silas se abrochó el pantalón con la polla todavía sensible. La miró: su mejor amiga de casi una década, la diseñadora que conocía todos sus secretos, ahora hecha un desastre sexual por él, sin bragas, chorreando su corrida por tercera vez, pidiendo más con los ojos.

—Todavía nos queda un poco —dijo ella, acercándose, la voz ronca de tanto gemir—. Y yo sigo sintiendo cómo me bajas por las piernas. En el avión… los baños son más estrechos. Más gente cerca. ¿Me vas a follar otra vez ahí arriba, Silas? Quiero que me abras el culo a diez mil metros mientras todo el mundo duerme o mira películas. Quiero aterrizar en Lisboa con las nalgas marcadas y el ano lleno otra vez.

Él le pasó un dedo por el labio inferior, se lo metió en la boca para que lo chupara y sonrió con la misma hambre.

—Vamos a la puerta —respondió—. Pero primero te voy a meter tres dedos en el culo mientras hacemos cola. Y en el avión… te prometo que el asiento del pasillo no va a ser suficiente. Quiero oírte morderte el labio para no gritar mientras te la meto entera con el cinturón todavía puesto.

El pasillo hacia la puerta de embarque olía a carburante y a alfombra gastada. Silas caminaba pegado a Colette, la mano baja rozándole la falda cada pocos pasos. La cola era corta: una familia con maletas, dos ejecutivos mirando el móvil, una azafata contando pasajeros. Nadie prestaba atención real. Él deslizó la mano por detrás, levantó el lino blanco lo justo y metió tres dedos de golpe en el ano todavía graso y abierto. Colette se irguió de golpe, mordió el interior de la mejilla y apretó el asa de su bolso hasta ponerse blanca.

—Joder… —susurró ella sin mover los labios—. Estás hundiéndolos hasta el nudillo. La gente…

—Que miren —murmuró él contra su oreja, girando los dedos en círculos lentos, abriéndola, sintiendo cómo el anillo caliente se cerraba y se aflojaba alrededor de ellos—. Sientes cómo te gotea por la muñeca. Vas a subir al avión con mi mano dentro del culo y nadie va a saberlo excepto tú y yo.

Colette abrió un poco más las piernas. El semen anterior le resbalaba por el muslo interior y se enfriaba al contacto con el aire acondicionado. Silas empujó más hondo, buscó ese punto que la hacía temblar las rodillas, y ella soltó un jadeo ahogado que disfrazó tosiendo cuando el encargado de puerta llamó a los pasajeros de la fila preferente. Él sacó los dedos despacio, los pasó por delante de su cara y ella los chupó sin dudar, saboreando el resto de su propia corrida y el jugo nuevo.

Subieron. Asientos 14A y 14B, pasillo y ventanilla. La cabina estaba a media luz, la mayoría de pasajeros ya con auriculares o dormitando. Silas dejó que Colette se sentara primero en la ventanilla. En cuanto el cinturón de seguridad se abrochó con un clic, él corrió la mantita azul de la aerolínea sobre ambos regazos. Su mano volvió a desaparecer bajo la falda. Dos dedos en el coño hinchado, el pulgar empujando el ano todavía tierno. Colette miraba por la ventanilla fingiendo interés en las luces de la pista mientras él la abría otra vez, lento, profundo, sintiendo cómo se mojaba más solo con el riesgo.

—En el baño de atrás —susurró ella cuando el avión empezó a rodar—. En cuanto apaguen las luces de despegue. Quiero que me folles con el cinturón todavía puesto y el motor rugiendo debajo.

El avión despegó. Veinte minutos de trepidación y luego el tono que permitía moverse. Colette se desabrochó, se levantó con la falda pegada a los muslos y caminó hacia la popa con las piernas ligeramente abiertas. Silas la siguió. El baño era un ataúd de plástico y metal: inodoro, lavabo minúsculo, espejo. Entraron, cerraron el pestillo con un chasquido seco. El espacio olía a desinfectante barato y a la humedad de sus cuerpos.

Colette se giró de espaldas a él, levantó la falda hasta la cintura, se abrió las nalgas con las dos manos y apoyó la frente contra la pared fría.

—Métela ya. Quiero sentir las turbulencias mientras me la clavas entera.

Silas se bajó la bragueta. La polla saltó fuera, gruesa, venosa, la cabeza morada y goteando. Frotó el glande entre los pliegues grasientos, empujó y el ano cedió con un sonido húmedo y obsceno. Entró de un solo golpe hasta las bolas. Colette gritó contra el dorso de la mano. Él la sujetó por las caderas y empezó a embestir con ritmo corto y brutal, cada embestida haciendo temblar toda la cabina improvisada. El avión vibraba bajo sus pies; cada sacudida de aire le hundía la verga un centímetro más hondo.

—Tan jodidamente abierta… me estás chupando la polla con el culo a diez mil metros —gruñó él al oído, mordiéndole el lóbulo—. Escucha el motor. Escucha cómo te la tragas. Si alguien llama a la puerta ahora mismo te van a ver con el culo lleno de mí.

—Que llamen —jadeó ella, empujando las caderas hacia atrás—. Quiero que me uses hasta que no pueda sentarme en el asiento. Más fuerte. Fóllame como si el avión se fuera a caer.

Él aceleró. Las bolas golpeaban su coño empapado, salpicando jugo por el suelo antideslizante. Le agarró el pelo revuelto y le tiró la cabeza hacia atrás para morderle el cuello mientras la follaba sin piedad. Colette se masturbaba el clítoris con tres dedos rápidos, circular, el ano contrayéndose a pulsos alrededor de la polla gruesa. El sonido era puro sexo sucio amortiguado por el rugido de los motores: chapoteo, piel contra piel, gemidos ahogados.

El orgasmo la sacudió primero. El esfínter la exprimió a rachas tan violentas que Silas tuvo que morderse el labio para no correrme. La siguió embistiendo a través del temblor, más hondo, más rápido, hasta que ella casi se dobló contra la pared. Entonces salió, la giró bruscamente de frente, la levantó contra el lavabo minúsculo y se la clavó otra vez en el culo de un empujón. Ahora la tenía cara a cara. Le subió la blusa, le sacó las tetas y se las chupó con ansia mientras la follaba de pie, los pezones duros entre los dientes, la lengua girando. Los tacones de ella se clavaban en su espalda.

—Los dos agujeros —rogó ella, la voz rota—. Sácala y métela en el coño. Luego vuelve. Lléname todo. Quiero aterrizar chorreando por las dos partes.

Silas salió despacio, miró cómo el ano se cerraba a duras penas dejando escapar un hilo blanco, y sin pausa se hundió entero en su coño caliente y resbaladizo. Colette arqueó la espalda y gimió largo contra su hombro. Estaba tan mojada que entró sin resistencia. Él la folló así varios empujones profundos, mirando cómo el glande salía brillando y volvía a desaparecer. Luego salió otra vez y regresó al culo, alternando los dos agujeros uno tras otro, cada cambio sacándole un gemido distinto y más alto.

—Eres mi puta favorita a diez mil metros —dijo él, embistiéndola en el ano otra vez—. Mi mejor amiga con el culo abierto y el coño chorreando mientras media cabina duerme. ¿Te gusta que te llene y te deje hecha un desastre justo antes de Lisboa?

—Me encanta —admitió ella, mirándolo a los ojos vidriosos—. Siempre he querido que me folles así. Que me abras. Que me dejes caminar por el aeropuerto con tu corrida resbalándome. No pares. Fóllame hasta que no pueda más.

La bajó un momento, la puso de rodillas sobre el suelo estrecho y le metió la polla en la boca. Ella la chupó con hambre, saboreando su propio jugo y los restos de semen, lengua plana, mejillas hundidas, tragando hasta la base mientras él le sujetaba el pelo. Silas le folló la cara suave pero firme unos segundos, sintiendo la garganta abrirse, antes de sacarla, girarla de nuevo y volver a empujársela en el culo mientras ella se apoyaba en cuatro patas como podía. Esta vez la embistió como animal, rápido, profundo, las manos abriéndole las nalgas para ver cómo el anillo rosado se estiraba alrededor de su grueso. Colette se tocaba sin parar, los dedos resbalando sobre el clítoris hinchado y goteante.

El siguiente orgasmo de ella llegó con un grito sofocado contra el dorso de su mano. El culo la apretó a pulsos tan intensos que Silas casi se derramó. Aguantó, salió, se sentó en el inodoro cerrado y la hizo montarlo de cara a él. Colette se guió el ano otra vez sobre la verga y se la clavó hasta el fondo de un solo descenso. Cabalgó despacio al principio, girando las caderas, subiendo y bajando, sintiendo cada vena. Él le chupó las tetas, le mordió los pezones, le agarró las nalgas para ayudarla a rebotar más fuerte. El pequeño espejo les devolvía la imagen obscena: ella montándolo, el culo abriéndose y cerrándose, el semen y el jugo brillando entre sus cuerpos.

—Me voy a correr otra vez dentro —advirtió él, la voz tensa, las manos clavándose en su carne—. Quiero llenarte hasta que te rebose por los muslos cuando camines por el finger. Quiero que sientas cada gota caliente al aterrizar.

—Hazlo —rogó ella, acelerando el ritmo, rebotando más duro—. Lléname. Quiero sentirlo brotar. Quiero bajar a Lisboa con el culo abierto y lleno de ti. Córreme dentro, Silas.

Él embistió hacia arriba con fuerza, una, dos, tres veces profundas, y se vació a chorros espesos dentro de su ano. Cada espasmo lo sentía ella, caliente, pulsante. Colette se corrió de nuevo solo de notarlo llenándola, el esfínter exprimiéndolo, el coño contrayéndose en el vacío. Se quedaron unidos un largo rato, sudados, respirando el uno contra el otro, él todavía dentro y palpitando, el avión roncando a su alrededor.

Cuando por fin sacó la polla, el semen le brotó del ano en un hilo grueso y blanco que le bajó por el coño hinchado y le manchó el muslo interior hasta casi la rodilla. Colette se rio bajito, se limpió solo lo justo con un papel higiénico —dejando la mayor parte dentro y resbalando— y se bajó la falda. Se miró en el espejo minúsculo: labios hinchados, pelo revuelto, mejillas coloradas, y entre las piernas el desastre evidente.

Volvieron a los asientos con la misma calma fingida. Silas le pasó el brazo por los hombros. Ella apoyó la cabeza y abrió un poco las piernas bajo la manta. Él metió dos dedos otra vez en el ano lleno y los dejó quietos, solo sintiendo el pulso caliente de su propia corrida. El resto del vuelo pasó así: ella contrayéndose a ratos alrededor de sus dedos, él endureciéndose de nuevo solo de oírla contener los gemidos cada vez que había turbulencias.

El avión aterrizó en Lisboa con un suave banazo. Bajaron el finger caminando despacio. Colette sentía cada paso; el semen le resbalaba por dentro de los muslos y se le enfriaba. Silas cargaba su maleta de mano, la polla todavía sensible rozándole la tela. Pasaron el control, recogieron el equipaje, salieron al aire cálido de la madrugada portuguesa. Ella se detuvo junto a un banco de hormigón, se giró hacia él con la falda todavía manchada por debajo y le sonrió con esa misma picardía de siempre.

Silas estaba a punto de decirle que buscasen un hotel cerca cuando Colette le tomó la cara con las dos manos, lo besó despacio y le susurró al oído la frase que lo reencuadraba todo de golpe:

—Gwen nunca existió, idiota. Inventé la apuesta enterita porque llevaba diez años casada contigo en secreto y necesitaba que por fin me folaras el culo como te mereces.

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