Vendimia Compartida con el Marido de su Mejor Amiga

Laura, de 32 años, y Roman, de 38 años, marido de su mejor amiga, se follan como animales sobre las uvas durante la vendimia.

13 min read September 22, 2026New

El sol de finales de septiembre se derramaba sobre los viñedos de la finca en La Rioja como un vino espeso, teñiendo de ámbar las hojas y las cepas cargadas. Laura, de treinta y dos años, se detuvo al borde del camino de grava, el bolso todavía colgado del hombro, y miró la casa de piedra blanca con las persianas entreabiertas. Había venido cada vendimia desde que tenía memoria: primero de niña, después de adolescente, y ahora como la mejor amiga de Carla, la dueña ausente. Carla se había quedado en Madrid por un cierre de cuentas que no admitía aplazamientos. «Cuida de la casa y de Roman», le había dicho por teléfono, riendo. «Y no te bebas todo el reserva».

Roman abrió la puerta antes de que ella llamara. Treinta y ocho años, camisa de lino arremangada, manos manchadas de tierra y uva. La sonrisa que le dedicó fue la de siempre, cálida, doméstica, y sin embargo algo en ella se tensó un segundo demasiado largo.

—Llegaste justo a tiempo. Las tempranillo ya piden a gritos.

—Carla me va a matar si no te ayudo —respondió Laura, entrando. El olor a madera vieja, a mosto fermentado y a la colonia de él se le metió en la garganta.

Durante tres días compartieron la casa como quien comparte un secreto a medias. Desayunos en la terraza con pan y aceite, comidas largas bajo la parra, tardes de trabajo en las hileras y noches de vino tinto abierto sin ceremonia. Laura se movía por la cocina en camiseta y pantalones cortos; Roman pasaba detrás de ella para alcanzar los vasos y el roce de su pecho contra la espalda de ella duraba un instante de más. Ella le pasaba el salero y los dedos se rozaban. Ninguno comentaba nada. Ambos lo notaban.

Por las noches, después de que él se retirara a la habitación de matrimonio, Laura se quedaba en el sofá con una copa y el pulso acelerado. Pensaba en las manos de Roman, en cómo sostenían la podadora, en cómo se limpiaban el sudor de la nuca. Se metía la mano bajo la ropa interior y se tocaba despacio, mordiendo el cojín para no gemir, imaginando que eran esos dedos los que le abrían los labios, los que le empujaban dentro. Después se odiaba un poco y se dormía con el olor a uva todavía en la piel.

El cuarto día el calor aflojó al atardecer. Roman la buscó en el porche.

—Hay que pisar el primer lagar antes de que se pase. ¿Vienes?

El lagar era un recipiente de piedra circular, medio enterrado, con las paredes manchadas de vendimias anteriores. Habían volcado ya dos cestas de racimos negros y brillantes. Roman se quitó las botas y los calcetines sin miramientos. Laura lo imitó. La uva reventaba fría y resbaladiza bajo las plantas de los pies; el mosto subía entre los dedos, pegajoso, teñía la piel de morado.

Empezaron a pisar en silencio, uno frente al otro, subiendo y bajando las rodillas, riendo cuando resbalaban. El sol se hundía detrás de las lomas y la luz se volvió roja. El mosto salpicaba pantorrillas, muslos. Roman se había quitado la camisa; el pecho velludo brillaba de sudor y de gotas de jugo. Laura llevaba una camiseta blanca que se le pegaba a los pechos con la humedad. Cada vez que se inclinaba para empujar un racimo hacia el centro, él la miraba. Ella lo notaba y no apartaba la vista.

El roce llegó sin avisar. Ella resbaló hacia delante; él la sostuvo por la cintura y sus cuerpos quedaron pegados de pecho a muslo, bañados en mosto y sudor. El olor a uva fermentada y a piel caliente los rodeó. Ninguno se apartó de inmediato.

—Joder —murmuró Roman contra su pelo.

Laura levantó la cara. Estaban tan cerca que el aliento de él le rozaba los labios.

—Roman…

—Llevo años deseándote en secreto —dijo él, la voz baja, ronca, sin dejar de sostenerla—. Desde antes de que te casaras con quien te casaste, desde antes de que yo me casara con Carla. Te miro y se me pone dura. Te imagino debajo de mí, o encima, o de rodillas. Y odio que sea así, porque es tu mejor amiga, porque es mi mujer. Pero no para.

El corazón de Laura le golpeaba en las sienes y entre las piernas. El mosto le subía por los tobillos. Sintió la erección de él, dura, presionando contra su vientre a través de la tela mojada del pantalón.

—Yo también —confesó, la voz temblando de vergüenza y de hambre—. Me toco pensando en ti. Por las noches, en esa casa, con la puerta abierta por si alguien… Me meto los dedos y digo tu nombre bajito. Imagino que me follas aquí mismo, entre las uvas, que me abres las piernas y me llenas. Que me usas. Y después me siento asquerosa y lo vuelvo a hacer.

Roman soltó un sonido gutural. Sus manos bajaron a los muslos de ella, manchados de morado, y la apretaron con fuerza, subiendo la camiseta por la cintura. El mosto resbalaba entre ellos.

—Dilo otra vez.

—Me toco pensando en ti —repitió Laura, mirándolo a los ojos—. En tu polla. En cómo me la meterías hasta el fondo mientras yo grito y traiciono a Carla. Quiero que me la metas. Quiero que me dejes la coño hecho una mierda de tanto follarme.

El beso fue salvaje. Bocas abiertas, dientes, lengua, el sabor a vino tinto de la comida y a uva aplastada. Roman la agarró del culo con las dos manos y la levantó un poco, frotándola contra su erección. Laura le clavó las uñas en la espalda, le mordió el labio inferior hasta saborear sangre y mosto juntos. Jadeaban dentro de la boca del otro. Él le bajó los pantalones cortos hasta media nalga y le apretó la carne desnuda, manchándola de jugo. Ella le desabrochó el botón del pantalón, metió la mano y lo encontró grueso, caliente, latiente, la cabeza ya húmeda. Lo acarició una vez, dos, tres, con el pulgar untado de mosto, y él gruñó contra su cuello.

—Si seguimos… —jadeó él.

—No pares —pidió ella—. No pares ahora.

Se besaron otra vez, más sucios, más profundos. Roman le metió la mano entre las piernas por debajo de la ropa interior empapada de sudor y de excitación. Los dedos le abrieron los labios hinchados, le encontraron el clítoris hinchado y se lo frotaron con dos dedos resbaladizos de mosto y de ella misma. Laura abrió más las piernas dentro del lagar, pisando uvas que reventaban bajo los talones, y se empujó contra la mano de él.

—Así… joder, Roman, así…

—Estás empapada. Empapada de ganas de que te folle el marido de tu mejor amiga.

—Sí. Quiero que me la metas aquí, ahora, sobre las uvas. Quiero que me corras dentro y que el mosto se mezcle con tu leche. Quiero oler a ti durante días.

Él le metió dos dedos de golpe, curvándolos, y ella gritó contra su hombro. El sonido se perdió entre las cepas. Roman la follaba con los dedos al ritmo de las caderas, el pulgar en el clítoris, la otra mano apretándole un pecho a través de la camiseta mojada, pellizcándole el pezón duro. Laura le masturbaba la polla con la mano libre, subiendo y bajando la piel, untándola de jugo de uva, sintiendo cómo latía contra la palma.

El sol terminó de caer. La luz se volvió violeta. Segían en el lagar, pie con pie sobre la masa aplastada, besándose y tocándose como si el mundo se acabara al detenerse. Roman le bajó del todo los pantalones cortos y la ropa interior; ella se liberó de una pierna y le rodeó la cadera con la rodilla. La punta de la polla de él rozó su entrada, se untó de ella, se quedó ahí, presionando, sin entrar todavía.

—Si te la meto —dijo él, la frente contra la de ella, ambos temblando—, no voy a poder parar. Te voy a follar como un animal. Te voy a abrir. Y mañana, cuando Carla llame, vamos a mentirle con la voz ronca de tanto gemir.

—Métela —susurró Laura—. Métela y no pares. Ya mentiremos. Ya nos odiemos después. Ahora fóllame.

Roman empujó solo la cabeza. El calor la envolvió, la estiró. Laura arqueó la espalda y mordió su propio labio. Él agarró sus nalgas con las dos manos, la levantó un poco más, y entró otro centímetro, lento, deliberado, el mosto resbalando por las piernas de ambos. El aire olía a fermento y a sexo.

En ese instante el teléfono de Roman, olvidado en el borde de piedra del lagar, vibró con el tono de Carla. La pantalla se iluminó con el nombre de la mujer de él, de la mejor amiga de ella. Ninguno se movió. La vibración cesó. El silencio volvió, cargado, eléctrico.

Roman miró a Laura a los ojos, todavía dentro de ella solo con la punta, la polla palpitando, los dedos clavados en la carne de su culo.

—Todavía podemos parar —dijo, sin convicción ninguna.

Laura le rodeó el cuello con los brazos, le subió la otra pierna y se dejó caer un poco más sobre él, tragándose otro tramo grueso y duro.

—No quiero parar —contestó—. Quiero que me folle el marido de Carla hasta que no pueda caminar. Y quiero que sea ahora.

Él la besó otra vez, salvaje, y empujó más profundo, abriéndola sobre las uvas aplastadas mientras el cielo se volvía negro y el mosto les subía por las piernas como una marea dulce y prohibida. El resto del mundo —la llamada perdida, la amistad, el matrimonio— quedó fuera del círculo de piedra, esperando, pero ya no importaba. Solo importaba el roce, el calor, la traición sabrosa que acababa de empezar y que ninguno de los dos pensaba detener.

Roman empujó hasta el fondo de un solo tajo. Laura gritó contra su boca, el sonido ahogado entre lenguas y dientes. La polla gruesa le abrió el coño de golpe, estirándola, llenándola hasta el cuello del útero. El mosto les subía por las pantorrillas; las uvas reventaban bajo los pies mientras él la alzaba y la bajaba sobre su verga como si fuera un trapo. Cada embestida salpicaba jugo morado por los muslos, por el vello del pecho de él, por la camiseta blanca de ella ya transparente y pegada a los pezones duros.

—Así… joder, Roman, así de profundo —jadeó Laura, clavándole las uñas en los hombros—. Métemela entera. Quiero sentirte hasta el estómago.

Él gruñó y la giró sin sacársela del todo. La bajó de golpe sobre las uvas aplastadas, de rodillas en el lagar, el mosto frío contra la piel caliente. Laura se arrodilló de verdad, temblando, y le bajó el pantalón del todo. La polla de Roman saltó libre, gruesa, venosa, brillante de sus jugos y de jugo de uva, la cabeza hinchada y morada. Ella no esperó. Se la metió en la boca de un solo movimiento ansioso, tragándosela hasta la garganta. El sabor a mosto dulce y a su propio coño le llenó la lengua. Roman le agarró el pelo con las dos manos y empujó más hondo. Laura atragantó, los ojos llorosos, pero no retrocedió. Chupó con ansia prohibida, succionando, subiendo y bajando la cabeza, la saliva y el mosto escurriéndole por la barbilla hasta los pechos. Cada vez que la punta le golpeaba el fondo de la garganta, un gemido gutural le vibraba alrededor de la verga.

—Mírate —susurró él, la voz ronca—. De rodillas en el lagar de mi mujer, tragándote mi polla como una puta hambrienta. La mejor amiga de Carla… y aquí estás, babeando por la polla de su marido.

Laura sacó la boca solo lo suficiente para hablar, la voz pastosa:

—Soy tu puta. La puta que se folla al marido de su mejor amiga. Chúpamela más. Úsame la garganta.

Volvió a embutírsela hasta que las bolas le golpearon la barbilla. Roman follaba su boca con embestidas cortas y brutales, el mosto salpicando cada vez que ella se atragantaba. Cuando ya no pudo más, la soltó. Un hilo de saliva y jugo unía sus labios a la polla brillante.

La puso a cuatro patas sobre la masa de uvas machacadas. Las rodillas de Laura se hundieron en lo blando y frío; el olor a fermento le subía a la cara. Roman se arrodilló detrás, le separó las nalgas manchadas de morado y le clavó la polla de un embiste seco en el coño. Entró hasta las bolas. Laura gritó, la espalda arqueada, los pechos colgando y balanceándose con cada embestida. Él la follaba con fuerza, sin piedad, las caderas golpeándole el culo con chapoteos húmedos de mosto y de jugos. Le tiró del pelo hacia atrás, obligándola a mirar al cielo ya negro.

—Qué puta eres —le susurró al oído, embistiendo más duro—. Follándote al marido de tu mejor amiga sobre las uvas que ella misma cultiva. ¿Te gusta? ¿Te gusta que te destroce el coño mientras Carla está en Madrid pensando que la cuidas?

—Sí… joder, sí… soy una puta… fóllame más fuerte…

Roman sacó la polla de golpe, la untó de mosto y de ella, y se la empujó al culo. Laura aulló. El esfínter cedió bajo la presión gruesa; entró centímetro a centímetro hasta que las bolas le rozaron el coño goteante. Alternó. Tres embestidas brutales en el culo, después otra vez al coño, después de nuevo al culo, más profundo, más salvaje. Le tiraba del pelo con una mano y con la otra le azotaba la nalga, dejando marcas moradas de mosto y de palmadas. Laura empujaba hacia atrás, pidiendo más, el mosto resbalándole entre los pechos, por el vientre, por el clítoris hinchado.

—Dilo —ordenó él, metiéndosela entera por el culo—. Dime lo que eres.

—Soy la puta de Roman… la que traiciona a Carla… la que se deja abrir el coño y el culo por su marido… ¡ah, joder, así!

Él la sacó otra vez del culo y la giró. Se tumbó de espaldas sobre las uvas aplastadas, la polla erecta y resbaladiza apuntando al cielo. Laura se montó a horcajadas, se guió la verga al coño y se la clavó de un bajón salvaje. Empezó a cabalgarlo como una desesperada, subiendo y bajando las caderas, machacándose contra él, las tetas rebotando, el mosto salpicando con cada impacto. Roman le agarró la cintura y la ayudó a embestirse más fuerte, más hondo, levantando la cadera para clavársela hasta el fondo.

—Córrete en mí —jadeó ella, la voz rota—. Lléname. Quiero tu leche dentro mientras pienso en ella. Quiero caminar mañana con tu semen escurriéndome por los muslos.

Él le pellizcó los pezones, le mordió un pecho, le metió dos dedos en el culo mientras ella cabalgaba. Laura se corrió primero, un grito largo y desgarrado que se perdió entre las cepas. El coño le contrajo a ritmos violentos alrededor de la polla. Roman la siguió segundos después, gruñendo su nombre, empujando hacia arriba y disparando chorros espesos de semen caliente dentro de ella. Laura siguió moviéndose, exprimiéndole hasta la última gota, sintiendo cómo le llenaba el coño y cómo algo se le escapaba ya mezclado con mosto por los muslos.

Se desplomaron uno sobre el otro, jadeantes, cubiertos de mosto, sudor y semen. El lagar olía a sexo fermentado. Roman le apartó el pelo pegado a la frente y la besó. El beso fue lento, profundo, de complicidad oscura. Labios hinchados, sabores a uva y a saliva compartida.

—Esto… —murmuró él contra su boca— no puede ser solo una vez.

Laura sonrió, todavía montada, la polla blanda de él resbalando fuera con un hilo blanco y morado.

—Cada vez que Carla se ausente. Cada vendimia. Cada viaje de trabajo. Este lagar será nuestro. Nuestro secreto sucio. Nadie lo sabrá. Solo tú y yo, traicionándola juntas… y a tu matrimonio.

Se rieron bajito, como cómplices. Se ayudaron a levantarse, torpes, resbaladizos. Se limpiaron a medias con la camiseta de él, se pusieron la ropa a medias, todavía manchados de morado hasta las rodillas. Caminaron de vuelta a la casa de piedra bajo las estrellas, tomados de la mano un segundo de más antes de soltarse en el umbral. Sonreían. Ya planeaban la próxima: el cierre de cuentas de diciembre, la feria de vino de primavera, cualquier excusa. Entraron, se ducharon por turnos, cenaron lo que quedó del asado y se fueron cada uno a su cama —ella al sofá, él a la habitación de matrimonio— como si nada hubiera pasado.

Pero algo estaba mal.

Laura se quedó mirando el techo en la oscuridad, el semen de Roman todavía caliente entre las piernas, el olor a mosto impregnado en la piel a pesar de la ducha. El orgasmo había sido bestial, perfecto. La traición sabía dulce. Y sin embargo, cuando cerró los ojos, no vio solo la polla de él ni las uvas. Vio el nombre de Carla iluminado en la pantalla del móvil. Vio la risa de su mejor amiga por teléfono diciéndole «cuida de Roman». Sintió un nudo frío en el pecho que no tenía nada que ver con el placer. Roman, al otro lado de la pared, se corrió la mano por la cara y miró la foto de boda sobre la mesilla: Carla sonriendo, él con el brazo alrededor de ella. Se le había puesto dura otra vez solo de recordar el culo de Laura, pero la erección venía acompañada de un regusto amargo, como el mosto cuando empieza a agriarse. Habían prometido el secreto. Habían sonreído. Ya planeaban la próxima traición.

Ninguno de los dos durmió bien.

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