Sabor Prohibido en la Cerveza Artesanal

Dos artesanas de 32 y 29 años se comen el coño con hambre encima de la mesa de la fábrica de cerveza después de cerrar.

12 min read September 12, 2026New

La pequeña fábrica de cerveza artesanal olía a lúpulo recién molido, a malta tostada y a ese residual dulzón de la fermentación que se aferraba a las paredes de acero. Las luces del local de venta ya estaban apagadas; solo quedaban los focos industriales del taller, que bañaban de un blanco frío las cubas, las mangueras y la gran mesa de acero inoxidable donde Imani solía embotellar a mano. Tenía treinta y dos años, el delantal de cuero manchado de mosto y el pelo rizado recogido en un moño alto que le dejaba el cuello al aire. Acababa de echar el cerrojo cuando Noelle, su clienta más fiel, asomó la cabeza desde el pasillo con la cámara colgada al hombro y esa sonrisa torcida que Imani llevaba semanas guardándose en la cabeza.

—Cerré hace diez minutos —dijo Imani, sin tono de reproche, solo con esa voz ronca de quien ha pasado el día gritando sobre el ruido de las bombas—. Pero si vienes a robarme cerveza, al menos avisa.

Noelle entró del todo. Veintinueve años, chaqueta de cuero abierta sobre una camiseta negra que se le pegaba a las tetas, vaqueros ceñidos y las botas manchadas de barro del ensayo fotográfico que había tenido esa tarde en una azotea. Dejó la cámara sobre un banquito y se acercó a la mesa con paso lento, deliberado.

—No vengo a robar. Vengo a que me invites a esa tanda nueva de la que hablabas el martes. La de sabor intenso. Dijiste que quemaba la lengua.

Imani se mordió el interior del carrillo y fue a la nevera de acero. Sacó dos botellas sin etiqueta, las destapó con un movimiento seco y le tendió una a Noelle. El cristal estaba helado; el líquido, de un ámbar oscuro que olía a cítricos amargos, a pimienta y a algo floral casi indecente.

—Pruébala —ordenó, y se quedó mirándola mientras Noelle acercaba la boca al borde.

El primer trago le hizo cerrar los ojos. Un segundo después soltó una risa baja, sucia.

—Joder, Imani… esto pega como un bofetón y después se te queda entre las piernas. ¿Qué le has puesto?

—Un toque de chile y cáscara de naranja amarga. Y ganas de joderte la paciencia —respondió Imani, bebiendo también, sin apartar la mirada de la garganta de Noelle cuando tragaba—. Llevas tres viernes seguidos viniendo después de la hora. No me jodas que es solo por la IPA.

Noelle dejó la botella sobre la mesa con un golpe suave. Se pasó el dorso de la mano por los labios y dio un paso más cerca. El aire entre las dos se espesó de inmediato: perfume de Imani —sándalo, lúpulo y sudor limpio de trabajo— mezclado con el de Noelle, algo más dulce, a vainilla y cuero caliente.

—Semanas, no tres viernes —admitió Noelle, con la voz ya más grave—. Desde que te vi subir un barril tú sola con los brazos tensos y el culo marcado por el delantal. Me puse tan mojada en el coche que tuve que tocarme antes de llegar a casa. Y no lo he dejado de pensar.

Imani soltó una risa corta, casi un gruñido, y se acercó hasta que sus botas rozaron las de Noelle. El acero de la mesa quedaba justo detrás de la fotógrafa. Las miradas ya no disimulaban: se comían la boca, el cuello, el escote.

—Dilo otra vez —susurró Imani—. Dime lo mojada que estás solo de oler me.

Noelle no retrocedió. Al contrario: inclinó la cabeza, olió deliberadamente el hueco del cuello de Imani y exhaló contra su piel.

—Estoy empapada. El coño me chorrea solo de tu perfume, de saber que estás sola aquí conmigo y de que esa cerveza me ha dejado la lengua sensible. Llevo semanas imaginándome cómo te sabrá el coño después de un día de trabajo… si sabrá a malta o a puta ganas de correrte en mi boca.

Imani no esperó más. La agarró de la nuca con una mano firme y la besó con hambre, sin preámbulos elegantes: lengua dentro, dientes rozando el labio inferior, un gemido gutural que se le escapó a las dos al mismo tiempo. Empujó a Noelle hacia atrás hasta que el borde de la mesa de acero le clavó en los muslos. La botella de Noelle se tambaleó; la de Imani quedó olvidada. Las manos de Imani bajaron al culo de Noelle y lo apretaron por encima de los vaqueros, abriendo los dedos, amasando, tirando de ella para que sus pubis se frotaran con la ropa de por medio.

—Mírala… —jadeó Imani contra la boca de Noelle, sin dejar de besar y morder—. Llevas semanas deseándome y yo igual, cada puta vez que te veía lamerte la espuma del vaso me imaginaba esa lengua en mi clítoris. Dime que lo quieres igual de fuerte.

—Lo quiero más fuerte —contestó Noelle, ya con las manos bajo el delantal de Imani, subiendo por la camiseta hasta encontrar la piel caliente de la cintura y luego el bajo de las tetas, sin llegar aún a los pezones—. Quiero que me comas el coño encima de esta mesa, quiero mojarte la cara, quiero que me digas qué puta soy por venirme a tu fábrica a robarte besos. Tócame. Tócame ya por encima de la ropa y comprueba lo empapada que estoy.

Imani obedeció sin delicadeza. Una mano le bajó la bragueta de los vaqueros lo justo para meter los dedos por fuera de la braga de algodón —ya oscura, caliente, resbaladiza— y frotó el bulto hinchado del clítoris con dos nudillos firmes. Noelle arqueó la espalda y soltó un gemido alto que rebotó contra las cubas.

—Hostia, qué coño tan baboso… —murmuró Imani, frotando en círculos lentos y sucios, disfrutando del calor que le calentaba los dedos a través de la tela—. Estás chorreando. Se te va a notar en los vaqueros. ¿Quieres que te los baje aquí mismo y te meta la lengua hasta el fondo mientras la cerveza se calienta olvidada?

—Sí. Joder, sí. Pero primero tócame tú también —pidió Noelle, y con las manos le bajó el cierre del delantal, lo abrió y le metió una palma entera entre las piernas, por encima del pantalón de trabajo de Imani—. Estás igual de jodida. Se te marca el calor. Quiero oírte decir que me deseas tanto como yo a ti.

Imani le mordió el cuello, justo debajo de la oreja, y empujó las caderas contra la mano de Noelle mientras seguía frotándole el coño empapado.

—Te deseo tanto que si no te como esta noche me voy a tocar pensando en ti hasta dejármelo en carne viva. Quiero tu lengua en mis tetas, quiero sentarte en esta puta mesa de acero frío y abrirte las piernas hasta que me ruegues. Llevo semanas oliéndote cuando te vas y frotándome el coño en el baño de la fábrica. Ahora estás aquí. Y no te vas a ir sin que te haya chupado hasta el último goterón.

Se besaron otra vez, más desordenadas, más profundas. Manos por encima de la ropa, pellizcos a través de la tela, caderas empujando, gemidos ahogados entre lenguas. La mesa crujía apenas bajo el peso de Noelle, que ya tenía medio culo apoyado en el borde. Imani le subió la camiseta lo justo para ver el sujetador negro y lamer el valle entre las tetas, dejando un rastro húmedo de saliva y cerveza residual. Noelle le agarró el pelo del moño y lo soltó de un tirón; los rizos cayeron y olieron a fábrica y a deseo.

—Más —exigió Noelle, con la voz rota—. Dime lo que me vas a hacer. Dímelo sucio.

Imani le habló al oído mientras le metía la mano entera dentro de los vaqueros ya abiertos, aún por encima de la braga empapada, apretando los labios del coño y el clítoris hinchado.

—Te voy a tumbar en esta mesa. Te voy a bajar los pantalones hasta los tobillos y te voy a oler el coño antes de comértelo. Te voy a abrir con los dedos y a chuparte el clítoris hasta que se te doblen las rodillas. Y cuando estés a punto de correrte te voy a parar solo para que me lo devuelvas, para que me sientes la cara en tu boca y me digas qué rico me sabe. Quiero tus fluidos en mi barbilla y mi saliva escurriéndote por el culo. ¿Lo oyes? ¿Lo quieres así de puta y de hambre?

—Lo quiero exactamente así —jadeó Noelle, frotándose sin vergüenza contra los dedos de Imani—. Estoy tan mojada que se me resbalan los labios. Bésame otra vez y no pares de tocarme. La cerveza puede esperar. Yo no.

Volvieron a besarse con dientes y lengua, el cuerpo de Noelle ya casi sentado del todo en la mesa fría, las piernas abiertas a ambos lados de las caderas de Imani. Las manos no dejaban de confirmar, por encima y a través de la ropa, lo empapadas y duras que estaban las dos. El aire de la fábrica se había vuelto denso, cargado de respiraciones entrecortadas y del olor mezclado de cerveza, sexo anticipado y metal. Imani bajó la cabeza un segundo para morder el pezón de Noelle a través del sujetador y escuchó el gemido largo, desesperado, que se le escapó a la otra.

Ninguna de las dos miró el reloj. La tensión solo subía: cremalleras a medio bajar, bragas pegadas, coños latiendo, promesas sucias todavía sin cumplir del todo. La mesa de acero esperaba. Y el hambre, lejos de aplacarse, apenas acababa de empezar a enseñar los dientes.

Imani no esperó ni un segundo más. Con las manos temblorosas de ganas le bajó los vaqueros a Noelle de un tirón hasta los tobillos, arrastrando la braga empapada consigo. El olor a coño caliente y a cerveza le subió directo a la cabeza. Se arrodilló delante de la mesa de acero, abrió las piernas de Noelle a la fuerza y se plantó entre ellas como si fuera a beberse el mosto más denso de su vida.

—Mira qué coño tan puta y abierto… —gruñó Imani, la voz ya irreconocible—. Estás chorreando hasta el culo. Qué delicia de puta.

Hundió la cara sin delicadeza. La lengua se le clavó de lleno entre los labios hinchados, lamiendo de abajo arriba con hambre animal, recogiendo el jugo espeso que ya le brillaba en la barbilla. Noelle soltó un grito ahogado y le agarró el pelo con las dos manos, tirando fuerte, empujándola más adentro.

—Joder, Imani… así, cómeme, trágatelo todo —jadeó Noelle, las caderas empujando contra la boca de la otra—. Soy tu puta, tu puta mojada de fábrica…

Imani metió dos dedos de golpe, gruesos y torcidos, buscándole el punto blando mientras chupaba el clítoris hinchado como si fuera a arrancárselo a succiones. Los dedos entraban y salían chapoteando, el sonido obsceno llenaba el taller junto a los gemidos de Noelle. La lengua de Imani no paraba: rodeaba el clítoris, lo azotaba, lo aspiraba entero mientras los dedos follaban profundo, curvados, abriéndola.

—Puta deliciosa… —musitó Imani contra el coño, la boca llena de jugo—. Me tienes la cara empapada. Chorreas como una perra en celo. Dime que te gusta que te devore encima de mi mesa.

—Me encanta, me voy a correr en tu puta boca —gimió Noelle, tirándole del pelo hasta que le dolió el cuero cabelludo—. No pares, más fuerte, fóllame con los dedos mientras me chupas…

Imani aceleró. Tres dedos ahora, entrando hasta el nudillo, el pulgar frotando el coño desde fuera mientras la lengua no daba tregua al clítoris. Noelle se arqueó toda, los muslos temblando alrededor de la cabeza de Imani, los gemidos cada vez más altos, más rotos. Cuando notó que Noelle estaba al borde, Imani se apartó de golpe, los labios brillantes, la respiración entrecortada.

—Cambia. Ahora te sientas tú y me abres todo.

Noelle subió a la mesa de un salto torpe, se tumbó de espaldas sobre el acero frío y abrió las piernas lo más que pudo, los vaqueros aún enredados en un tobillo. Imani se levantó, se quitó el delantal y el pantalón de un manotazo, se quedó en bragas y se las bajó también. Se subió entre las piernas de Noelle, le abrió los labios del coño con los pulgares y volvió a clavarle dos dedos gruesos hasta el fondo, follándola con fuerza, el sonido húmedo y sucio resonando.

Al mismo tiempo bajó la cabeza y se agarró al clítoris con los labios, chupándolo a tirones duros, la lengua plana y rápida. Noelle gritaba ya sin control, las manos aferradas al borde de la mesa, las tetas saltándole con cada embestida de los dedos.

—Así… así me follas… chúpame más fuerte, puta… me corro, me corro ya —aulló Noelle.

Imani no aflojó. Los dedos entraban y salían como un pistón, curvados contra la pared frontal, mientras succionaba el clítoris con tanta fuerza que los labios de Noelle se le metían en la boca. Noelle se corrió gritando, el cuerpo entero convulsionando, el coño apretando los dedos de Imani en espasmos violentos, chorreándole la mano y la muñeca. Imani siguió lamiendo y follándola hasta que Noelle forcejeó para apartarla, todavía temblando.

Sin dejarle recuperarse, Imani trepó a la mesa, se arrodilló a horcajadas sobre la cara de Noelle y se bajó encima.

—Ábreme la boca. Te vas a beber mi corrida.

Noelle obedeció al instante. Sacó la lengua y se la plantó de lleno en el coño de Imani, lamiendo con devoción, chupando los labios, metiendo la punta hasta el clítoris. Imani se frotó contra esa boca abierta, las caderas en círculos sucios, el culo rozándole la nariz. Noelle no se conformó con el coño: le agarró las nalgas, las separó y le pasó la lengua por el culo, lamiendo el agujero apretado con hambre, subiendo y bajando del coño al culo sin parar, tragándose cada gota.

—Lámeme el culo, sí… así de puta… me lo chupas todo —gimió Imani, montándole la cara con fuerza—. Me corro en tu puta boca, trágatelo…

Se corrió con un grito ronco, el coño pulsando contra la lengua de Noelle, el jugo espeso cayéndole directo a la garganta. Noelle lamió y chupó sin parar, tragando, limpiándole el culo y el coño con la misma devoción hasta que Imani se derrumbó a un lado, todavía sacudida por las réplicas.

Se quedaron un momento ahí, sudorosas, temblando, pechos pegados al acero frío, respirando como si hubieran corrido una maratón. Imani se giró, le agarró la cara a Noelle y la besó despacio, profunda, saboreando sus propios jugos en la boca de la otra. Los labios se les pegaban, mojados, salados, dulces a la vez.

—Esto solo es el principio —susurró Imani contra su boca—. La próxima vez te voy a atar a la cuba y te voy a comer hasta que no puedas caminar.

—Y yo te voy a sentar en la embotelladora y te voy a follar con la mano hasta que me ruegues —respondió Noelle, riendo baja, todavía sin aire—. Sin límites. Aquí. Siempre aquí.

Imani se bajó de la mesa con las piernas flojas, desnuda del todo, el pelo revuelto y la cara brillante. Fue a la nevera, sacó otra botella de la cerveza prohibida, la abrió con los dientes y volvió. Se sentaron las dos en el borde de la mesa, piernas colgando, desnudas, el sudor secándoseles en la piel. Brindaron chocando el cristal contra los labios hinchados.

—Por el sabor prohibido —dijo Imani, bebiendo un trago largo y pasándole la botella.

Noelle bebió, se rió con la boca todavía sabiendo a coño y a cerveza, y le pasó un brazo por la cintura.

—La semana que viene cierro yo contigo. Traigo la cámara… o no. Mejor sin cámara. Solo nosotras, la mesa y todo lo que aún no nos hemos hecho.

Se besaron otra vez, más suaves, el brindis olvidado entre los pechos, el olor a sexo y a lúpulo flotando todavía en el aire del taller. El acero bajo sus culos desnudos ya no estaba tan frío.

Rate this story

Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Tagged cunnilingus fingering rimming facesitting dirty-talk

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.