Rendida Bajo las Estrellas: Una Aventura que No Durará

Laura, de 32 años, se entrega como hotwife a Hassan, de 38, delante de su marido bajo las estrellas.

26 min read September 20, 2026New

Soy Laura, una mujer de 32 años casada con André, de 35. Llevamos diez años juntos y, aunque nuestra vida sexual siempre ha sido intensa, desde hace cuatro André alimenta una fantasía que ha terminado por convertirse también en la mía: verme como hotwife, entregada a otro hombre con su pleno conocimiento y excitación. Al principio me costaba admitirlo, pero las noches en las que él me susurraba al oído cómo le ponía imaginarme abierta para otro terminaron por mojarme de una forma que nunca antes había sentido. Nunca habíamos cruzado la línea… hasta estas vacaciones.

Alquilamos una cabaña de madera aislada en lo alto de la sierra, tan lejos de todo que por las noches el silencio solo se rompía con el viento entre los pinos y el crepitar de la leña. El cielo allí es un manto negro salpicado de millones de estrellas tan brillantes que parece que se pueden tocar. La segunda tarde, durante una ruta de senderismo, conocimos a Hassan, el guía local de 38 años que la empresa de la cabaña nos había recomendado. Alto, de hombros anchos y brazos marcados por años de escalada y trabajo al aire libre, tenía la piel tostada por el sol, una barba cuidada y unos ojos oscuros que se clavaban en mí con una intensidad que me hizo apartar la mirada más de una vez. Su voz grave y calmada contrastaba con la forma en que sus pupilas recorrían mis piernas cuando creía que no lo veía. André también lo notó. Lo notamos los tres.

Aquella noche, después de cenar unas verduras a la brasa y vino tinto, André me llevó dentro de la cabaña con la excusa de buscar más mantas. La luz de una lámpara de aceite bailaba sobre su rostro. Me acorraló contra la pared de madera y, con la voz ya ronca, me confesó lo que llevaba horas rondándole la cabeza.

—Quiero que coquetees con él, Laura. Que no te cortes. Quiero ver cómo te mira… cómo lo miras tú. Sé que lo deseas tanto como yo.

Mi pulso se disparó. Sentí calor entre las piernas solo con escucharle decirlo en voz alta. Llevaba todo el día imaginando las manos grandes de Hassan sobre mis caderas. Tragué saliva.

—¿Estás seguro, amor? Si cruzamos esta puerta, no sé si podré parar.

André me besó con desesperación, metiendo su lengua en mi boca como si ya estuviera excitado por la rendición que estaba por venir.

—Quiero que te entregues a él esta noche. Delante de mí. Quiero ver a mi hotwife.

Salimos de nuevo. Hassan había encendido una fogata grande junto a la cabaña. Las llamas lamían la oscuridad y el olor a pino quemado se mezclaba con el aire frío de la sierra. Nos sentamos los tres sobre troncos dispuestos en triángulo. Yo llevaba una falda ligera de algodón que apenas me llegaba a medio muslo y una blusa fina sin sujetador; mis pezones ya se marcaban por el fresco y, sobre todo, por la anticipación.

La conversación empezó ligera: rutas de montaña, animales nocturnos, lo aislados que estábamos. Pero pronto las miradas de Hassan se volvieron más largas, más hambrientas. Cada vez que me inclinaba para avivar el fuego, sentía sus ojos en mi escote. André, sentado a mi izquierda, me puso una mano en la rodilla y apretó suavemente.

—Acércate más a él, cariño —me susurró al oído, tan bajo que solo yo pude oírlo—. Quiero verte cerca de su cuerpo.

Obedecí. Me levanté y me senté en el tronco junto a Hassan, tan cerca que nuestras piernas se tocaban. El calor que desprendía su muslo fuerte contra el mío me hizo morderme el labio. Hassan sonrió de medio lado, consciente de lo que estaba pasando.

—La noche está preciosa —dijo con esa voz grave que parecía vibrar en mi estómago—. Pero hay cosas más bonitas que mirar esta noche.

Sus ojos bajaron sin disimulo a mis pechos. Sentí que me mojaba. André, desde su sitio, se removió en el tronco. Su respiración ya era audible.

—Laura… dile lo que piensas —me animó, con la voz rota de excitación—. No te guardes nada.

Miré a Hassan directamente. Mi corazón latía tan fuerte que creí que lo oirían.

—Llevo todo el día imaginando cómo serían tus manos sobre mí —confesé en un susurro cargado.

Hassan no necesitó más. Apoyó una mano grande y callosa en mi muslo desnudo, subiendo lentamente bajo la falda. André soltó un gemido bajo y se acomodó la erección dentro del pantalón sin importarle que lo viéramos.

—Quiero que seas mía esta noche, Laura —dijo Hassan sin rodeos, apretando mi carne—. Quiero follarte mientras tu marido mira. Si él está de acuerdo…

—Lo estoy —interrumpió André, casi jadeando—. Quiero ver cómo la usas. Es mi hotwife. Quiero que la hagas gritar.

La tensión se rompió como una cuerda demasiado tirante. Los tres lo habíamos dicho en voz alta. Ya no había marcha atrás. Hassan se levantó, me tomó de la mano y me llevó hasta una manta gruesa que había extendido antes junto a la fogata. Las estrellas brillaban sobre nosotros como testigos silenciosos.

Me besó con hambre voraz. Su boca sabía a vino y deseo puro. Su lengua invadía la mía mientras sus manos grandes me apretaban el culo por debajo de la falda, levantándola sin pudor. André se sentó en una silla de camping a menos de tres metros, con los ojos muy abiertos y la mano ya dentro de sus pantalones.

Hassan me desnudó con calma brutal. La blusa cayó, luego la falda. Me quedé completamente desnuda bajo las estrellas, con los pezones duros y el coño empapado. Me arrodillé sobre la manta. Sus pantalones bajaron y su polla saltó libre: gruesa, larga, con venas marcadas y la cabeza hinchada brillando de precum. Era más grande que la de André. Gemí solo de verla.

La agarré con las dos manos y la lamí desde los huevos pesados hasta la punta, saboreando su olor masculino y su sabor salado. Luego la metí en mi boca todo lo que pude, chupando con ganas, haciendo ruidos obscenos mientras mi saliva le chorreaba por el tronco. Hassan gruñó y me sujetó el pelo con fuerza.

—Joder, qué boca tienes, Laura… chúpamela así, delante de tu marido.

André se había sacado la polla y se masturbaba lentamente, respirando con dificultad.

—Sigue, mi amor… mírala, Hassan. Es tu puta esta noche.

Me folló la boca unos minutos más, hasta que las lágrimas me corrían por las mejillas de lo profundo que llegaba. Luego me tumbó de espaldas sobre la manta. El cielo estrellado giraba sobre mí cuando separó mis piernas y me penetró de un solo empujón en misionero. Grité. Su polla gruesa me abrió como nunca, rozando cada nervio dentro de mí. Empezó a follarme con estocadas largas y profundas, sus huevos golpeando contra mi culo.

—Dios… qué apretada estás —gruñó sobre mi boca.

André se había acercado un poco más, sin dejar de pajearse.

—Fóllatela fuerte. Es para ti.

Hassan aceleró. Mis tetas rebotaban con cada embestida. El placer era tan intenso que empecé a perder el control. Me puso a cuatro patas, de cara a mi marido. Desde esa posición André podía ver perfectamente cómo la polla de Hassan desaparecía dentro de mi coño empapado. Me agarró del pelo y me folló con brutalidad, golpeando fuerte contra mi culo.

—¡Sí! ¡Soy tu puta caliente, Hassan! —gemí sin vergüenza—. ¡Úsame delante de mi marido! ¡Fóllame como la zorra que soy!

André jadeaba más rápido, su mano volando sobre su polla.

—Díselo otra vez, Laura… joder, qué buena estás.

—Soy tu puta… tu hotwife… ¡lléname!

El orgasmo me golpeó de repente cuando Hassan me puso de nuevo encima, en cowgirl. Me senté sobre su polla gruesa hasta el fondo y empecé a cabalgarlo como una salvaje. Mis caderas subían y bajaban con fuerza, mis tetas saltando, el coño tragándoselo entero una y otra vez. Hassan me sujetaba las nalgas y me ayudaba a bajar con violencia. André se había levantado para ver mejor.

Me corrí gritando al cielo estrellado. Mi coño se contrajo violentamente alrededor de su polla, chorros de placer me empaparon los muslos. Hassan rugió, me clavó los dedos en las caderas y me inundó el interior con su semen caliente, disparando chorro tras chorro bien profundo mientras yo seguía cabalgándolo entre espasmos.

Cuando por fin me derrumbé sobre su pecho, sudada y temblando, Hassan me besó con una ternura inesperada. Sus manos grandes me acariciaban la espalda con lentitud. André se acercó, se arrodilló junto a nosotros y me abrazó desde atrás, besándome el cuello.

—Estoy tan orgulloso de ti, mi hotwife —me susurró al oído, la voz llena de amor y lujuria—. Has estado increíble.

Los tres nos quedamos allí, desnudos bajo las estrellas, respirando agitados. Hassan seguía dentro de mí, medio blando, mientras yo descansaba sobre su pecho y André me acariciaba el pelo. Hablamos en voz baja, casi en murmullos: de lo intenso que había sido, de cómo nos habíamos sentido, de lo hermosa que se veía la Vía Láctea sobre nosotros. Hassan me besaba la sien de vez en cuando. André me decía lo mucho que me amaba.

Pero mientras charlábamos, sentí que la polla de Hassan volvía a endurecerse lentamente dentro de mi coño lleno de semen. Sus dedos bajaron por mi columna hasta mi culo y lo apretaron con intención renovada. André también lo notó. Su respiración cambió otra vez.

La noche aún no había terminado. Y yo, todavía temblando de placer, supe que esto solo era el principio de algo que, por mucho que quisiéramos fingir, no podría durar para siempre.

Sentí cómo la polla de Hassan se hinchaba poco a poco dentro de mí, recuperando su dureza formidable mientras yo aún temblaba sobre su pecho, con el semen caliente de su primera corrida escapando lentamente alrededor de su tronco y mojándome los muslos. El aire frío de la sierra contrastaba con el calor que emanaba de su cuerpo grande y tostado, y las estrellas seguían girando sobre nosotros como si el universo entero estuviera pendiente de mi rendición. André seguía arrodillado a nuestro lado, respirando con dificultad, su mano todavía moviéndose perezosamente sobre su propia polla mientras nos observaba con esa mezcla de amor y hambre que tanto me excitaba.

No hicieron falta palabras al principio. Hassan flexionó las caderas hacia arriba con lentitud deliberada, empujando su verga gruesa más adentro de mi coño rebosante. Gemí contra su cuello, mordiéndole suavemente la piel salada por el sudor. Mis paredes internas, aún sensibles después del orgasmo brutal que acababa de tener, se contrajeron alrededor de él, ordeñándolo.

—Joder, Laura… estás chorreando mi leche —gruñó él con esa voz grave que parecía vibrar directamente en mi clítoris—. Tu coño no quiere soltarme. ¿Verdad que te gusta sentir cómo te marqué delante de tu marido?

Asentí, incapaz de hablar con coherencia. Mis caderas empezaron a balancearse solas, cabalgándolo de nuevo con movimientos cortos y profundos. El semen actuaba como un lubricante obsceno; cada descenso producía un sonido húmedo, chapoteante, que se mezclaba con el crepitar de la fogata a pocos metros. Podía sentir los chorros calientes escapando y corriendo por sus huevos pesados hasta mojar la manta. André se acercó más, hasta casi rozarme el hombro con la rodilla.

—Dios mío, mirad eso… —susurró mi marido de 35 años, con la voz rota—. Está saliendo todo mezclado. Sigue moviéndote, mi amor. Quiero ver cómo lo follas con mi bendición.

La humillación deliciosa de sus palabras me encendió todavía más. Me incorporé un poco, apoyando las manos en el pecho ancho y musculoso de Hassan, y empecé a cabalgarlo con más decisión. Mis tetas de 32 años rebotaban con fuerza bajo la luz anaranjada de las llamas y el brillo plateado de las estrellas. Hassan las agarró con sus manos grandes y callosas, pellizcándome los pezones duros hasta que el placer dolía de tan intenso.

—Así, mi hotwife —me dijo Hassan, clavándome los dedos en las caderas para ayudarme a bajar con violencia—. Monta la polla que te acaba de llenar. Tu marido está viendo cómo te corrompo el coño.

Cada embestida me hacía soltar un gemido agudo. Sentía su glande hinchado rozando ese punto exacto dentro de mí que André nunca había alcanzado con tanta precisión. Mi clítoris se frotaba contra su pelvis en cada bajada, enviando descargas eléctricas por todo mi cuerpo. Pensé, en un fogonazo de lucidez entre el placer, que esto ya no era solo una fantasía compartida: era una adicción que se estaba instalando en mi carne. Pero no quería parar. Quería más. Quería que me usara hasta que no pudiera caminar.

Hassan me sujetó de repente y nos giró sin salir de mí. Ahora estaba debajo de él otra vez, con la manta áspera contra mi espalda y el cielo estrellado ocupando todo mi campo de visión. Sus hombros anchos me tapaban parcialmente las constelaciones mientras empezaba a follarme con estocadas largas y poderosas. Cada vez que entraba hasta el fondo, sus huevos golpeaban mi culo con un sonido húmedo y obsceno. El semen de la primera corrida salía expulsado en pequeños chorros con cada embestida.

—Fóllame más fuerte —le supliqué, rodeándole la cintura con las piernas—. Quiero que André vea cómo me destrozas.

Mi marido se había colocado justo al lado de mi cabeza. Su polla estaba a centímetros de mi cara, dura y goteando precum. Sin pensarlo, giré la cabeza y la atrapé con la boca, chupándola con hambre mientras Hassan me taladraba el coño sin piedad. El sabor familiar de André mezclado con el olor salvaje de Hassan me volvió loca. Tenía dos pollas dentro de mí al mismo tiempo, una en el coño y otra en la boca, y la sensación de completa entrega me hizo contraerme violentamente alrededor de la verga del guía.

—Hostia, Laura… estás chupando como una puta desesperada —jadeó André, sujetándome la cabeza con suavidad pero firmeza—. Así, cariño. Come polla mientras él te abre.

Hassan aceleró el ritmo, gruñendo como un animal. Sus embestidas se volvieron más cortas y brutales, golpeándome el cervix con cada golpe. Mis jugos y su semen me empapaban el culo y la manta. El placer crecía de nuevo, imparable, como una ola que se iba a romper con fuerza devastadora. Hassan debió notarlo porque me levantó las piernas, colocándomelas sobre sus hombros, y me folló en esa posición tan profunda que creí que me iba a partir en dos.

—Quiero tu culo ahora —dijo de pronto, con la voz ronca y autoritaria, sin dejar de bombearme—. Quiero follarme el agujero que tu marido nunca se ha atrevido a usar delante de mí. ¿Me lo vas a dar, hotwife?

El solo hecho de oírlo pedirlo hizo que mi coño se apretara con fuerza alrededor de su polla. Miré a André. Tenía los ojos vidriosos de excitación y asintió rápidamente, masturbándose más rápido.

—Sí… —gemí, sacando la polla de mi marido de la boca solo un segundo—. Quiero que me folles el culo, Hassan. Úsame entera. André, dime que lo deseas tanto como yo.

—Joder, sí —respondió mi marido casi sin aliento—. Quiero verte tomar su polla por el culo bajo las estrellas. Sé su zorra, Laura. Entrégale todo.

Hassan salió de mi coño con un sonido húmedo y obsceno. El semen acumulado brotó de mí en un pequeño torrente caliente que me corrió por el perineo hasta mojarme el ano. Usó sus dedos gruesos para extender esa mezcla cremosa alrededor de mi agujero trasero, presionando suavemente el dedo corazón contra el esfínter. Gemí alto cuando lo introdujo hasta el nudillo, girándolo con cuidado pero sin piedad.

—Relájate, preciosa —me susurró Hassan, inclinándose para besarme el cuello mientras André me acariciaba el pelo—. Voy a entrar despacio, pero te voy a follar el culo como mereces.

Me colocó de lado, de cara a mi marido, y levantó una de mis piernas. Sentí la cabeza enorme de su polla presionando contra mi ano lubricado con su propia corrida. Empujó. Al principio quemaba, una presión intensa que me hizo jadear y clavarle las uñas en el brazo. Pero el dolor se transformó rápidamente en un placer oscuro y profundo cuando la cabeza pasó el anillo muscular y varios centímetros de su verga gruesa se hundieron en mi interior.

—Dios… es enorme —gemí, temblando—. Me estás abriendo el culo, Hassan…

André me besó con desesperación, metiendo su lengua en mi boca mientras Hassan empezaba a moverse con lentitud, ganando terreno centímetro a centímetro hasta que sus huevos descansaron contra mi coño empapado. La sensación de estar completamente llena por detrás era abrumadora. Empezó a follarme el culo con embestidas cada vez más profundas y seguras. El placer era diferente, más denso, más animal. Cada golpe hacía que mis tetas se bambolearan y que mi coño vacío chorreara semen y fluidos sobre la manta.

—Qué culo tan apretado tienes, Laura —gruñó Hassan, acelerando el ritmo—. Lo estás tragando todo como una buena puta caliente. Mírala, André. Mira cómo tu mujer se corre con mi polla en el culo.

Mi marido no aguantó más. Me puso la polla en la boca otra vez y yo la chupé con devoción, gimiendo alrededor de su tronco cada vez que Hassan me daba una estocada especialmente profunda. El ritmo se sincronizó: cuando Hassan salía casi del todo de mi ano, André empujaba hasta el fondo de mi garganta. Estaba siendo usada por ambos hombres al mismo tiempo bajo el cielo nocturno, y nunca me había sentido tan deseada, tan sucia, tan viva.

El orgasmo me llegó desde un lugar nuevo, profundo, casi doloroso de tan intenso. Empecé a correrme sin tocarme el clítoris, con violentos espasmos que hacían que mi ano se contrajera alrededor de la polla de Hassan como un puño. Grité alrededor de la verga de André, salpicando fluidos desde mi coño vacío mientras las lágrimas de placer me corrían por las mejillas. Hassan rugió, me clavó los dedos en la cadera con fuerza suficiente para dejar marca y siguió follándome el culo sin piedad a través de mi orgasmo.

André se corrió primero, inundándome la boca con su semen espeso que tragué con avidez, gimiendo como la hotwife en la que me había convertido. Hassan aguantó un poco más, cambiando el ángulo para rozar lugares que me hacían ver luces blancas. Cuando por fin se derramó dentro de mi ano, sentí cada chorro caliente disparándose profundo en mis tripas, llenándome por completo por segunda vez.

Me derrumbé entre ellos, temblando sin control, con el culo palpitando y el coño aún chorreando. Hassan seguía semi-duro dentro de mí, negándose a salir. André me besaba la frente, el cuello, los labios, susurrándome lo orgulloso que estaba, lo mucho que me amaba y lo increíble que había sido ver cómo me entregaba.

Pero mientras recuperábamos el aliento, sentí que los dedos de Hassan volvían a explorar mi coño sensible, recogiendo los restos de semen para untármelos en el clítoris. André notó el movimiento y su respiración cambió otra vez. La noche seguía siendo joven, el fuego aún ardía alto y yo sabía, con una mezcla de terror y excitación que me mojaba de nuevo, que esta entrega solo estaba empezando a volverse peligrosa. Porque cuanto más me rendía, más quería seguir rindiéndome. Y las vacaciones, como las estrellas sobre nosotros, no durarían para siempre.

Sentí cómo sus dedos gruesos, cubiertos de la mezcla pegajosa de su semen y mis jugos, frotaban mi clítoris hinchado con movimientos circulares precisos. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal y arqueé la espalda, presionando mis tetas contra el pecho sudoroso de Hassan. A mis 32 años, casada desde hacía diez con André, mi cuerpo ya no respondía como antes; cada roce de aquellos dedos callosos por el trabajo en la sierra me provocaba descargas que me hacían contraer el coño vacío, expulsando más de aquella crema blanca que se deslizaba por mis labios hinchados y me mojaba el interior de los muslos.

—Está palpitando, joder —gruñó Hassan, de 38 años, con esa voz grave que parecía salir de lo más profundo de su garganta. Sus ojos oscuros me taladraban mientras introducía dos dedos en mi coño, removiendo los restos de su corrida anterior—. Tu marido te mira como si nunca te hubiera visto así, Laura. Dime, ¿quieres que te folle otra vez mientras él se toca?

André, mi marido de 35 años, respiraba agitado a nuestro lado, con la polla todavía húmeda de mi saliva endureciéndose de nuevo en su puño. Se arrodilló más cerca, acariciándome el pelo con ternura pero con los ojos vidriosos de pura lujuria.

—Quiero verlo todo, mi hotwife —susurró, inclinándose para besarme la oreja—. Quiero que te des al máximo. Que sientas cómo te estira por todos lados. Esta noche eres de él… y un poco mía para mirar.

El terror y la excitación se mezclaban en mi vientre como el semen que goteaba de mí. Pensé que esto ya no era solo una fantasía de vacaciones. Mi coño, aún sensible después de correrme dos veces, se apretaba alrededor de los dedos de Hassan con hambre voraz. Gemí alto cuando él curvó aquellos dedos hacia arriba, rozando ese punto que me hacía ver estrellas más brillantes que las que brillaban sobre nosotros. El fuego crepitaba cerca, lanzando chispas que iluminaban los músculos tensos de sus brazos y el brillo de sudor en su barba cuidada.

Me incorporé un poco, todavía empalada en su polla semierecta que se hinchaba por momentos dentro de mi culo. El movimiento hizo que más semen escapara de mi ano palpitante y cayera sobre su pelvis. Me giré para mirar a André directamente a los ojos.

—Necesito que me llenen los dos —confesé, con la voz rota por el deseo—. Quiero vuestras pollas al mismo tiempo. Una en el coño y otra en el culo. Quiero sentirme completamente rendida, como la puta caliente que soy para vosotros.

Hassan sonrió con esa media sonrisa arrogante que me derretía y sacó los dedos de mi coño. Me levantó como si no pesara nada, sus manos grandes clavándose en mis caderas. Me colocó a cuatro patas sobre la manta gruesa, de cara a André. El aire frío de la sierra me erizaba la piel, pero el calor entre mis piernas era insoportable. Hassan se arrodilló detrás de mí y frotó su polla gruesa, ya completamente dura otra vez, contra mi entrada trasera todavía lubricada con su leche.

—Primero yo en este culo que acabo de estrenar —dijo con autoridad, empujando la cabeza hinchada contra mi esfínter—. Después tu marido te va a follar ese coño empapado mientras yo sigo dentro. ¿Estás lista para que te abramos, Laura?

—Sí… joder, sí —jadeé, empujando hacia atrás. El ardor inicial dio paso a esa plenitud oscura y deliciosa cuando su verga gruesa y venosa se hundió centímetro a centímetro en mi ano. Mis uñas se clavaron en la manta. André se colocó delante de mí, sosteniendo mi cara con una mano mientras me ofrecía su polla. La lamí desde los huevos hasta la punta, saboreando el residuo de su corrida anterior, antes de tragármela hasta la garganta.

Hassan empezó a moverse con estocadas lentas pero profundas, sus huevos pesados golpeando mi coño chorreante. Cada embestida hacía que mi ano se contrajera alrededor de su grosor, enviando oleadas de placer prohibido que me recorrían el vientre. André gemía mientras follaba mi boca con ritmo suave, sujetándome el pelo con cuidado.

—Así, mi amor… trágatela entera mientras él te destroza el culo —murmuraba mi marido, con la voz temblorosa de excitación—. Nunca te había visto tan abierta, tan sucia. Eres la hotwife perfecta.

El ritmo se intensificó. Hassan aceleró, follándome el culo con más fuerza, sus caderas chocando contra mis nalgas con sonidos húmedos y obscenos. Mi saliva chorreaba por la polla de André, goteando sobre la manta. Sentía que mi cuerpo era un instrumento de puro placer, estirado y usado bajo el cielo infinito. Pensé, en medio de la niebla de lujuria, que esto me estaba cambiando. Que la polla de Hassan tocaba lugares que André nunca había alcanzado, que su forma de poseerme me hacía sentir poseída de verdad. ¿Cómo volvería a follar solo con mi marido después de esto? El pensamiento me aterrorizó, pero también me hizo correrme de repente, sin tocarme el clítoris, con espasmos violentos que hicieron que mi ano apretara la polla de Hassan como un puño y que chorros de mis jugos salpicaran sus huevos.

—¡Me corro! ¡Dios, me corro con tu polla en el culo! —grité alrededor de la verga de André, sacudiéndome entre los dos hombres.

Hassan gruñó y salió de mi ano con un sonido húmedo y obsceno. El vacío repentino me hizo gemir de protesta. Me giraron entre los dos como si fuera una muñeca. Hassan se tumbó de espaldas sobre la manta, su polla apuntando al cielo estrellado, brillante de fluidos. André me ayudó a colocarme encima, de espaldas a Hassan, y me bajó lentamente sobre aquella verga enorme, empalándome el culo otra vez hasta el fondo. El ángulo era brutal; sentía cada vena, cada latido dentro de mis tripas.

—Ahora tu marido te va a follar el coño —ordenó Hassan, sujetándome las tetas desde atrás y pellizcándome los pezones con fuerza—. Quiero sentir cómo se frota contra mí a través de tu carne, hotwife.

André se arrodilló entre mis piernas abiertas, mirando fascinado cómo mi ano tragaba la polla del guía. Colocó la cabeza de su polla en mi coño rebosante y empujó. La doble penetración me arrancó un grito ronco que debió oírse hasta el fondo del valle. Estaba tan llena que creí que me partiría. Sus dos pollas se rozaban dentro de mí, separadas solo por una fina membrana, creando una fricción insoportable y deliciosa. André empezó a follarme con estocadas profundas, sincronizándose con los movimientos ascendentes de Hassan.

—Joder, Laura… estás tan apretada —jadeó André, sudando, con los ojos fijos en el lugar donde su polla desaparecía en mi coño empapado de semen—. Siento su polla latiendo contra la mía. Eres nuestra zorra, mi amor. Dilo.

—Soy vuestra zorra… vuestra hotwife de mierda —gemí, perdida en el placer—. Usadme, folladme los dos. Quiero que me llenéis hasta que no pueda más. ¡Más fuerte!

El ritmo se volvió salvaje. Hassan me sujetaba por las caderas y embestía desde abajo, follando mi culo con violencia contenida. André me taladraba el coño, sus huevos golpeando contra los de Hassan. Mis tetas rebotaban con cada impacto, mis jugos y el semen salían expulsados en espumarajos blancos con cada salida. El orgasmo me golpeó de nuevo, más intenso, casi doloroso. Empecé a chorrear, literalmente, mi coño expulsando fluidos calientes que empapaban la polla de André y la pelvis de Hassan. Grité al cielo, las estrellas borrosas por las lágrimas de placer.

André fue el primero en correrse, gruñendo mi nombre mientras me inundaba el coño con su semen fresco, mezclándose con el de Hassan que aún permanecía en mi interior. Hassan aguantó unos minutos más, follándome el culo sin piedad a través de mi orgasmo, hasta que rugió y disparó otra carga espesa y caliente bien profundo en mis tripas.

Me derrumbé hacia adelante, temblando sin control, con ambas pollas aún dentro de mí, palpitando y soltando los últimos chorros. El semen de los dos hombres goteaba de mis dos agujeros, mezclándose en un charco obsceno sobre la manta. André me besaba la espalda con devoción, susurrándome lo orgulloso que estaba, lo hermosa que era cuando me rendía así. Hassan me acariciaba los pechos desde atrás, mordiéndome el hombro con posesión.

Pero mientras recuperaba el aliento, sentí que mi clítoris volvía a palpitar, exigente. Mi mente ya no era mía. Quería más. Quería que me pusieran de rodillas y me usaran como un juguete hasta el amanecer. Quería confesarles que empezaba a necesitar la polla de Hassan como el aire. André notó mi mirada hambrienta y sonrió con esa mezcla de amor y miedo que empezaba a reconocer.

—Todavía no has tenido suficiente, ¿verdad, mi hotwife? —preguntó en voz baja.

Hassan se rio suavemente, moviendo las caderas para que su polla semierecta removiera el semen dentro de mi culo. El fuego crepitaba más bajo ahora, pero el calor entre nosotros ardía con más fuerza. Sabía que esta escalada nos llevaba a un precipicio. Las vacaciones terminarían, la sierra quedaría atrás, pero la adicción que se estaba instalando en mi carne no desaparecería tan fácilmente. Y mientras sentía cómo mi cuerpo pedía otra ronda, una parte de mí se preguntaba, con el corazón acelerado, cuánto tiempo más podría fingir que esto era solo una aventura pasajera.

Sentí cómo la polla de Hassan se hinchaba del todo dentro de mi ano, recuperando esa dureza implacable que ya empezaba a conocer demasiado bien mientras el fuego se reducía a brasas rojizas que apenas iluminaban nuestros cuerpos desnudos. El semen de las corridas anteriores chorreaba sin control por mi perineo, mojándome el coño hinchado y los muslos, y el contraste con el aire frío de la sierra me erizaba la piel de los brazos y la nuca. A mis 32 años, casada con André desde hacía diez, nunca había sentido el cuerpo tan vivo, tan usado y tan exigente al mismo tiempo. Mi clítoris latía solo con el roce del aire, y un calor profundo, casi doloroso, me subía desde el vientre hasta la garganta.

Hassan flexionó las caderas con lentitud cruel, removiendo su verga gruesa en mis tripas. Gemí contra su pecho, mordiéndole la piel salada mientras mis paredes internas se contraían alrededor de él como si quisieran retenerlo para siempre. André, arrodillado a nuestro lado, respiraba con esa cadencia entrecortada que delataba lo mucho que le excitaba verme así. Su mano derecha subía y bajaba despacio por su polla, recogiendo los restos de mi saliva y su propia leche anterior.

—Muévete, Laura —ordenó Hassan con esa voz grave que parecía vibrar dentro de mi pecho—. Quiero que sientas cada centímetro mientras tu marido mira cómo te abro el culo otra vez.

Obedecí sin pensarlo. Empecé a balancear las caderas en círculos lentos, cabalgándolo con el ano, sintiendo cómo su grosor me estiraba y cómo el semen salía expulsado en pequeños borbotones con cada descenso. El sonido era obsceno, húmedo, chapoteante, y se mezclaba con el crepitar de las últimas llamas. André se acercó más, hasta que su rodilla rozó mi hombro, y pude oler su excitación mezclada con la mía y la de Hassan.

—Estás chorreando, mi hotwife —susurró André, la voz rota de placer y orgullo—. Mira cómo te sale todo por el culo. Dios, nunca te había visto tan abierta, tan llena.

El placer era denso, animal, diferente al de mi coño. Cada roce de la cabeza hinchada de Hassan contra mis paredes traseras enviaba descargas que me llegaban hasta los dedos de los pies. Pensé, en un fogonazo de lucidez, que esto ya no era solo una fantasía de vacaciones. Mi carne se estaba acostumbrando a ser usada así, a sentir dos pollas al mismo tiempo, a que me trataran como la zorra caliente que André siempre había soñado pero que ahora se volvía real, peligrosa. El terror de que esta adicción no desapareciera cuando volviéramos a casa solo me mojaba más.

Hassan me sujetó por las caderas con sus manos grandes y callosas, deteniendo mis movimientos. Con un giro preciso me colocó boca abajo sobre la manta, sin salir de mi ano. Mis tetas se aplastaron contra la tela áspera y fría, y las brasas proyectaban sombras largas sobre mi espalda arqueada. Empezó a follarme con estocadas largas y profundas, saliendo casi del todo para volver a clavarse hasta el fondo. Cada impacto hacía que mis nalgas rebotaran y que mi coño vacío expulsara más fluidos. André se tumbó de lado frente a mí, mirándome a los ojos mientras se masturbaba más rápido.

—Dime lo que sientes, Laura —exigió mi marido, sus ojos vidriosos—. Quiero oírlo de tu boca mientras te destroza el culo.

—Siento que me parte en dos… y me encanta —gemí, la voz entrecortada por las embestidas—. Su polla es más gruesa que la tuya, André. Me llega más adentro. Me está marcando el culo para siempre.

Hassan gruñó de aprobación y aceleró, follándome con brutalidad controlada. Sus huevos pesados golpeaban mi coño empapado con un ritmo constante que me hacía perder la cabeza. El orgasmo me llegó desde el fondo, sin que nadie tocara mi clítoris, un placer oscuro y expansivo que me hizo gritar hacia las estrellas que aún brillaban débiles sobre nosotros. Mi ano se contrajo con violencia alrededor de su verga, ordeñándolo, y sentí cómo él se hinchaba más antes de correrse con un rugido bajo. Chorros calientes, espesos, me inundaron las tripas por tercera vez esa noche, tanto que noté cómo rebosaba y corría por mi coño.

Cuando salió de mí, el vacío fue casi insoportable. Me giré, temblando, y me puse de rodillas entre los dos. Tenía el cuerpo cubierto de sudor, semen y tierra de la manta. Mi pelo se pegaba a mi cara y mis pezones seguían duros como piedras. Miré a Hassan, luego a André, y supe que aún no había terminado. Quería más. Quería que me usaran hasta que no pudiera caminar al día siguiente.

—Ahora los dos en mi coño y boca —pedí con voz ronca, mirándolos a los ojos—. Quiero tragaros y sentir cómo me abrís al mismo tiempo otra vez. Por favor.

André se tumbó de espaldas y me hizo sentarme sobre su polla con el coño. Estaba tan resbaladizo y lleno que entró sin resistencia, mezclando su semen con el de Hassan. Hassan se arrodilló delante de mi cara y me sujetó el pelo con firmeza, metiéndome su polla sucia de semen y jugos hasta el fondo de la garganta. Empecé a cabalgar a mi marido mientras chupaba al guía con hambre desesperada, haciendo ruidos húmedos y obscenos que resonaban en el claro.

El ritmo se volvió salvaje. André empujaba desde abajo, golpeándome el cervix con cada subida de mis caderas. Hassan me follaba la boca sin piedad, sus huevos pesados rozándome la barbilla. Mis tetas rebotaban con fuerza, salpicadas de gotas de sudor y semen. Sentía que mi cuerpo ya no me pertenecía del todo; era un instrumento de placer para ellos, y esa rendición total me hacía correrme una y otra vez, chorros calientes que empapaban la polla de André y la manta.

—Trágatela toda, hotwife —gruñó Hassan—. Quiero verte ahogarte con mi polla mientras tu marido te llena el coño.

André me pellizcaba los pezones, jadeando debajo de mí.

—Eres perfecta, Laura. Mírate… tragando polla como una puta experta. Me voy a correr otra vez solo de verte así.

El tercer orgasmo colectivo llegó casi al mismo tiempo. André se corrió primero, inundándome el coño con una carga más fina pero abundante. Hassan me sujetó la cabeza y me disparó directamente en la garganta, obligándome a tragar cada gota mientras las lágrimas de placer me corrían por las mejillas. Me derrumbé entre ellos, temblando sin control, con los dos agujeros palpitando y el cuerpo completamente agotado pero aún vibrando de deseo.

El cielo empezaba a clarear. Las estrellas se apagaban una a una, testigos mudos de cómo me había entregado sin límites. Nos quedamos abrazados, yo en el centro, sintiendo sus respiraciones y el calor de sus cuerpos contra el mío sudoroso. Hassan me acariciaba el pelo con una ternura que contrastaba con la brutalidad de antes. André me besaba el hombro y me repetía en voz baja lo mucho que me amaba, lo orgulloso que estaba de su hotwife.

Pero en el silencio que siguió, mientras el amanecer pintaba de rosa las cumbres lejanas, supe que esta noche había abierto una puerta que ya no podría cerrar. Mi coño y mi ano seguían contrayéndose de forma involuntaria, recordándome cada centímetro de la polla de Hassan. La adicción ya estaba instalada. Las vacaciones terminarían en dos días, la cabaña quedaría atrás, pero yo ya no sería la misma Laura que había llegado.

André notó mi mirada perdida y me acarició la mejilla. Hassan se incorporó ligeramente, observándome con esos ojos oscuros que parecían leer mis pensamientos más sucios.

Entonces, con el corazón latiéndome en la garganta y la voz aún ronca de tanto gemir, miré a mi marido directamente a los ojos y le hice la confesión que llevaba horas quemándome por dentro.

"André, ¿y si ya no quiero que esto termine nunca?"

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