Flor de Viuda: Compartida en el Frío
La viuda de 32 años Kiara se moja como una puta caliente mientras su marido Reid la ofrece al leñador Silas de 29 en la cabaña nevada.
La nieve caía con una furia implacable sobre la sierra, borrando el camino y convirtiendo el mundo en un muro blanco que rugía contra las ventanas de la cabaña aislada. Kiara, viuda de treinta y dos años que había encontrado en Reid, su nuevo marido de treinta y ocho, un refugio de placer y complicidad después de su anterior pérdida, apretaba los dientes mientras el viento cortaba sus mejillas. Habían salido en busca de una escapada romántica alejada de todo, pero la tormenta los había acorralado como a animales. Reid conducía con las manos crispadas sobre el volante, mirando de reojo a su esposa. Sabía leer su cuerpo mejor que nadie: el rubor que ya subía por su cuello, la forma en que apretaba los muslos bajo el abrigo grueso.
Golpearon la puerta con fuerza. Cuando se abrió, el calor del interior los golpeó como una bofetada. Allí estaba Silas, el leñador local de veintinueve años, un hombre hecho de músculo y resistencia, con los brazos hinchados por años de hacha y sierra, la camisa de franela abierta hasta el pecho revelando un torso duro y velludo. Sus ojos oscuros, dominantes, se posaron primero en Kiara y no la soltaron. Ella sintió el impacto entre las piernas al instante: un calor líquido, traicionero, que empapó sus bragas como si alguien hubiera abierto un grifo. «Dios mío, mira esa mandíbula, esos brazos… podría levantarme como si no pesara nada», pensó, y su coño se contrajo con un latido vergonzoso, mojándose más con cada segundo que él la observaba.
—Pasen antes de que se congelen —dijo Silas con voz grave, casi un gruñido suave. Cerró la puerta y el viento quedó afuera, dejando solo el crepitar del fuego y el olor a madera quemada y hombre sudoroso.
Reid ayudó a Kiara a quitarse el abrigo mojado. El suéter se le pegaba al cuerpo, marcando sus pechos maduros y pesados, los pezones ya duros no solo por el frío. Silas los miró sin disimulo. Reid sintió su propia polla despertarse al ver cómo su esposa se sonrojaba, cómo sus pupilas se dilataban mirando el bulto que se adivinaba bajo los jeans gastados del leñador. «Se está poniendo como una puta caliente», pensó Reid, excitado hasta la médula por la fantasía que habían compartido tantas noches en susurros: verla entregada, usada, compartida con su bendición.
Se acomodaron frente al fuego. Silas les pasó mantas y un vaso de licor fuerte que calentaba la garganta. Bajo la manta que compartían los tres, la pierna de Kiara rozó la de Silas. Ninguno la apartó. El leñador habló primero, su voz baja y directa mientras clavaba los ojos en las curvas de ella.
—Eres una mujer hermosa, Kiara. Madura, con esas tetas que llenan la ropa y esa cintura que pide que la agarren fuerte. No muchas mujeres aguantan la mirada de un hombre como yo sin mojarse.
Kiara tragó saliva. El calor del fuego le lamía la piel, pero el verdadero incendio estaba entre sus muslos. Sentía su coño hinchado, resbaladizo, palpitando con cada palabra. Reid, a su lado, le apretó el muslo por debajo de la manta y se inclinó a su oído.
—Díselo, amor. Confiésale que ya estás chorreando por él.
Con la respiración entrecortada, Kiara flirteó abiertamente. Su mano se deslizó bajo la manta y subió por la pierna dura de Silas hasta encontrar la verga gruesa que ya empujaba contra la tela. La acarició con lentitud, sintiendo cómo latía y crecía bajo sus dedos.
—Me gusta cómo me miras, Silas. Como si ya supieras que quiero que me uses —murmuró, su voz ronca de deseo.
Reid confesó entonces, sin rodeos, con la voz temblorosa de excitación:
—Quiero compartirla, Silas. Es mi hotwife. Me pone como un animal ver cómo otro hombre la pone en su lugar, cómo la folla mientras yo miro. Y ella… mírala. Ya está empapada solo con tu presencia.
Silas sonrió con esa arrogancia salvaje que hizo que Kiara gimiera bajito. Tomó la mano de ella y la presionó más fuerte contra su polla.
—¿Quieres entregarte, Kiara? ¿Quieres que te folle delante de tu marido como la puta caliente que eres?
Ella temblaba. Su coño lloraba jugos que le bajaban por los muslos. Miró a Reid, vio el amor y la lujuria pura en sus ojos, y luego a Silas, cuya mirada prometía que no sería suave.
—Sí… quiero. Fóllame. Los dos. Soy suya esta noche —aceptó con voz entrecortada, pura rendición.
No hubo más palabras innecesarias. Kiara se arrodilló sobre la alfombra gruesa frente al fuego, el calor lamiéndole la espalda mientras desabrochaba los pantalones de Silas. Cuando la verga gruesa saltó libre, pesada, venosa, con la cabeza morada y brillante, ella soltó un gemido largo. Era más gruesa que la de Reid, más larga. Se la metió en la boca con ansia de puta hambrienta, chupando con sonidos húmedos y obscenos. Su lengua giraba alrededor del glande, bajaba por el tronco, lamía las bolas pesadas mientras su mano lo masturbaba con fuerza. Reid se abrió los pantalones a su lado y se pajeaba despacio, respirando agitado, los ojos fijos en la boca estirada de su esposa.
—Más profundo, Kiara. Trágatela toda —ordenó Silas, enredando los dedos en su cabello y empujando sus caderas.
Ella obedeció, dejando que la verga le invadiera la garganta hasta que las lágrimas le corrieron por las mejillas. Babas gruesas le caían por la barbilla y goteaban sobre sus tetas. Reid gemía:
—Así, mi amor… mírate, qué puta tan hermosa eres.
Silas la levantó después, la puso en cuatro patas sobre la alfombra y le arrancó los jeans y las bragas de un tirón. El coño de Kiara brillaba, hinchado, los labios abiertos y rojos de excitación. Él escupió sobre su verga y la metió de golpe hasta el fondo. Kiara gritó de placer puro, sintiendo cómo la estiraba, cómo sus paredes se abrían para él.
—Joder, qué coño tan apretado y mojado —gruñó Silas, tirándole del cabello con fuerza mientras comenzaba a follarla con embestidas brutales. El sonido de carne contra carne llenaba la cabaña, mezclado con el crepitar del fuego y los gemidos desesperados de ella—. ¿Esto es lo que querías, puta caliente de tu marido? ¿Que te parta el coño mientras él se pajea mirándote?
—¡Sí! ¡Más fuerte! ¡Soy tu puta esta noche! —gritaba Kiara, empujando hacia atrás, corriéndose ya en la segunda docena de embestidas, su coño contrayéndose y soltando jugos que le bajaban por los muslos.
Reid se acercó más, acariciándole las tetas colgantes, pellizcándole los pezones mientras Silas no dejaba de follarla como un animal. Luego el leñador se tumbó sobre la alfombra y Kiara se subió encima, empalándose con un gemido largo y gutural. Empezó a cabalgarlo con fuerza, sus tetas rebotando salvajemente, el coño tragándose esa verga gruesa una y otra vez. Reid se puso de pie frente a ella y le metió la polla en la boca. Kiara quedó llena por ambos extremos, gimiendo ahogada alrededor de la verga de su marido mientras Silas la sujetaba por las caderas y la hacía rebotar con brutalidad.
El orgasmo los alcanzó casi al mismo tiempo. Silas rugió y se corrió dentro de ella, disparando chorros calientes y espesos que llenaron su coño hasta rebosar. Reid sacó su polla y se corrió sobre sus tetas y su cara, pintándola con gruesas líneas blancas que le goteaban por los labios y el mentón. Kiara convulsionó entre ellos, corriéndose con un grito ronco que hizo vibrar las paredes, su cuerpo temblando sin control, el placer tan intenso que por un momento perdió la noción del tiempo.
Cuando por fin se separaron, Kiara quedó de rodillas, temblando, con el semen de Silas chorreando abundantemente de su coño abierto y el de Reid decorándole las tetas y el rostro. Respiraba con dificultad, el cuerpo brillante de sudor y semen. Se acercó a Reid, lo besó con pasión profunda, metiendo la lengua en su boca, compartiendo el sabor de ambos hombres.
—Gracias, mi amor… gracias por darme esto —susurró contra sus labios, aún temblorosa, con la voz rota de placer—. Me encanta ser tu hotwife. Me siento tan viva cuando me compartes.
Reid la abrazó con fuerza, sintiendo el semen caliente de Silas pegajoso entre sus cuerpos. Se quedaron así, abrazados junto al fuego, recuperando el aliento. Silas se levantó, se abrochó los pantalones con una sonrisa satisfecha y oscura, y se dirigió hacia la habitación contigua.
—Les daré un momento —dijo—. Pero la tormenta no para. Hay mucho frío afuera… y mucho calor aquí adentro todavía. Si quieren seguir calentando la noche, solo tienen que llamarme.
La puerta se cerró tras él. Kiara se acurrucó más contra el pecho de Reid, sintiendo cómo su coño seguía contrayéndose, aún lleno y sensible, con más deseo latiendo dentro de ella. No estaba saciada. Ni mucho menos. Mientras Reid le acariciaba el cabello y le susurraba al oído planes para lo que quedaba de la noche —cómo quizás quería verla montada otra vez, o de rodillas entre los dos de nuevo, o quizá algo más intenso cuando el leñador regresara—, Kiara miró las llamas y sintió un nuevo pulso de lujuria subir por su vientre. La nieve seguía cayendo afuera, aislándolos del mundo. Y dentro, el fuego apenas comenzaba a arder de verdad.
La nieve seguía cayendo afuera, aislándolos del mundo. Y dentro, el fuego apenas comenzaba a arder de verdad.
Kiara se separó apenas del pecho de Reid, el cuerpo todavía tembloroso, el coño latiéndole con fuerza mientras el semen espeso de Silas se escurría entre sus labios hinchados y le bajaba por los muslos en hilos calientes. A sus treinta y dos años, esta viuda que había encontrado en Reid un marido comprensivo y excitante sentía que su piel ardía desde dentro. El orgasmo anterior no había apagado nada; solo había avivado el hambre. Su clítoris seguía hinchado, sensible al roce del aire cálido de la cabaña, y cada contracción de sus paredes internas provocaba un nuevo chorro de jugos mezclados que empapaba la manta bajo ella. Miró a Reid, su marido de treinta y ocho años, y vio en sus ojos el mismo fuego que los había llevado hasta allí tantas noches en susurros.
—Reid… todavía no —susurró ella, la voz rota por los gritos anteriores, pero cargada de una lujuria nueva y más oscura—. Mi coño y mi culo siguen pidiendo verga. Quiero que me follen los dos al mismo tiempo, bien profundo, sin piedad. Quiero sentirme tan llena que no pueda pensar. Llámalo. Quiero ser vuestra puta esta noche entera.
Reid tragó saliva, la polla ya endureciéndose contra el muslo de ella. Le acarició la mejilla con el pulgar, recogiendo una gota de semen seco que le había quedado en el mentón, y se la metió en la boca para que la saboreara.
—Eres mi hotwife perfecta, Kiara. Me vuelve loco verte así, chorreando por otro hombre. ¡Silas! —levantó la voz, firme y excitada—. Vuelve. Mi mujer quiere que la partamos entre los dos.
La puerta se abrió con un golpe seco. Silas entró, el leñador de veintinueve años con el torso desnudo y brillante de sudor, los músculos de los brazos y el pecho marcados por años de hacha y troncos. Sus jeans colgaban bajos, la verga gruesa ya formando una tienda evidente. Sus ojos oscuros se clavaron en Kiara como si fuera una presa.
—Así que la viuda de treinta y dos todavía tiene el coño ardiendo —gruñó con esa voz grave que hacía vibrar el vientre de ella—. Pensé que te había dejado bien follada y llena, pero parece que quieres que te abra el culo también.
Kiara gateó hacia él sobre la alfombra, las tetas pesadas balanceándose, los pezones duros y enrojecidos. Se arrodilló frente al leñador y metió la mano dentro de sus pantalones, sacando la verga venosa y caliente. La olió primero, ese aroma fuerte a hombre y sexo, y luego la lamió desde las bolas pesadas hasta la cabeza morada, girando la lengua alrededor del glande mientras lo miraba a los ojos.
—Quiero las dos pollas dentro de mí —confesó entre lametones obscenos, la saliva cayéndole por la barbilla y goteando sobre sus tetas—. Una en el coño y otra en el culo. Quiero que me folléis hasta que me corra tan fuerte que me tiemblen las piernas. Reid me da permiso. Soy su hotwife para que me uses.
Silas enredó los dedos en el cabello de ella y empujó su verga hasta el fondo de la garganta, follándole la boca con embestidas cortas y profundas mientras Reid se colocaba detrás, separándole las nalgas y escupiendo directamente sobre su ano fruncido. Dos dedos gruesos entraron sin aviso, abriéndola, preparándola. Kiara gimió alrededor de la polla de Silas, el sonido húmedo y ahogado llenando la cabaña junto al crepitar del fuego.
—Qué puta tan ansiosa —dijo Silas, tirándole del pelo para que lo mirara—. Tu marido te tiene bien entrenada. Te mojas como una perra solo con que te digan que vas a llevar dos vergas a la vez.
Reid sacó los dedos y colocó la cabeza de su polla contra el ano de ella.
—Respira, amor. Déjanos entrar. Quiero sentir cómo te abrimos.
Kiara soltó la verga de Silas con un jadeo y se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el pecho velludo del leñador. Reid empujó. El ano cedió centímetro a centímetro, quemando, estirándose alrededor de la polla de su marido hasta que las bolas de él quedaron pegadas a su coño chorreante. El dolor se convirtió en un placer brutal, profundo, que le nubló la vista. Luego Silas se tumbó bajo ella, agarró sus caderas y metió su verga gruesa en el coño de un solo golpe ascendente.
Kiara gritó. Las dos pollas la llenaron por completo, frotándose entre sí a través de la fina pared que separaba sus dos agujeros. Se sintió partida, poseída, convertida en un simple recipiente de carne caliente para ellos. «Dios mío, estoy tan llena… me van a romper y me encanta», pensó mientras las lágrimas de placer le corrían por las mejillas. Empezaron a moverse. Primero despacio, dejando que sintiera cada vena, cada pulso, cada roce. Luego más rápido, más fuerte. El sonido de carne contra carne era obsceno, húmedo, constante: el chapoteo de su coño empapado, el golpe seco de las caderas de Silas contra las suyas, los gruñidos graves de los dos hombres.
—Así, puta caliente —gruñó Silas, sujetándola por el cuello con una mano mientras empujaba hacia arriba—. Siente cómo te partimos el coño y el culo. Tu marido te está mirando mientras te corrompo el ano.
Reid, desde atrás, le mordía el hombro y le pellizcaba los pezones con fuerza.
—Eres mía, Kiara. Mi viuda hermosa de treinta y dos años que se corre como una zorra cuando la comparto. Córrete. Quiero sentir cómo aprietas las dos pollas.
El primer orgasmo la atravesó como un rayo. Su coño y su ano se contrajeron violentamente alrededor de las dos vergas, ordeñándolas. Un chorro caliente de squirt salió disparado entre ellos, salpicando el vientre de Silas y la alfombra. Kiara aulló, el cuerpo convulsionando sin control, las tetas rebotando salvajemente. Pero ellos no se detuvieron. La levantaron, la giraron y la colocaron de nuevo sin sacar sus pollas. Ahora Reid estaba debajo, follándole el coño con embestidas rápidas y cortas, mientras Silas le metía la verga hasta el fondo del ano desde atrás, tirándole del pelo como si fueran riendas.
Kiara perdió la cuenta de los orgasmos. Uno se fundía con el siguiente. Su mente era solo placer líquido, carne estirada, suciedad deliciosa. «Soy su puta… la hotwife de Reid… que me usen, que me llenen, que me degraden», repetía para sí mientras babas le caían por la boca abierta. Silas le daba palmadas fuertes en las nalgas, dejando marcas rojas.
—Dilo, viuda. Dime qué eres.
—Soy vuestra puta… la puta caliente de mi marido… fóllenme más duro, por favor… ¡llenadme!
El ritmo se volvió brutal. Los tres cuerpos sudorosos chocaban sin piedad. El olor a sexo, madera quemada y sudor masculino saturaba el aire. Kiara se corrió otra vez, tan fuerte que vio estrellas, el coño expulsando más jugos que chorreaban por las bolas de Reid. Finalmente, los hombres llegaron al límite casi al unísono.
—Voy a correrme en tu culo, zorra —rugió Silas.
—Y yo en tu coño, amor —jadeó Reid.
Los dos empujaron hasta el fondo y se vaciaron. Kiara sintió los chorros calientes, espesos, inundándola por ambos lados. El semen de Silas llenando su ano, el de Reid disparando contra las paredes de su vagina. El placer fue tan intenso que su último orgasmo la dejó sin voz, solo un gemido gutural y prolongado que vibró en su pecho. Su cuerpo se sacudió como si sufriera un ataque, cada músculo tenso y luego flojo, hasta que colapsó entre ellos.
Se separaron con lentitud. Las pollas salieron de sus agujeros con un sonido húmedo y obsceno. El semen blanco y espeso brotó de su coño y de su ano en abundantes regueros, formando un charco brillante bajo ella. Kiara quedó tendida de lado sobre la alfombra, respirando con dificultad, el cuerpo cubierto de sudor, marcas de dedos, semen y sus propios fluidos. Reid se acostó a su izquierda y la abrazó por la cintura. Silas ocupó el lado derecho, una mano pesada descansando sobre su cadera.
Ninguno habló.
El fuego crepitaba cada vez más bajo, reduciéndose a brasas rojizas que bañaban sus cuerpos desnudos con una luz suave y cálida. Afuera, el viento había amainado hasta convertirse en un susurro lejano contra las ventanas cubiertas de escarcha. Los tres respiraciones se acompasaron poco a poco, profundas y lentas. Kiara cerró los ojos, sintiendo el calor pegajoso entre sus muslos, el latido residual en su coño y ano, el peso reconfortante de los dos hombres que la rodeaban. El silencio se volvió absoluto, denso, completo. Solo quedaba el latido suave de tres corazones y la quietud nevada que envolvía la cabaña como un manto blanco y definitivo.
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