Rebote Salvaje en el Vestuario: Ella se Entrega al Golfista
Laura, de 32 años, se arrodilla en el vestuario y se folla con pasión al golfista Lorenzo mientras su marido cornudo espera en el bar.
El vestuario de hombres del exclusivo club de golf olía a jabón caro, cuero de zapatos impecables y ese rastro metálico de sudor limpio que deja el esfuerzo al aire libre. Laura, de treinta y dos años, cruzó el umbral con el corazón latiéndole en la garganta y la pollera del vestido de verano pegada a los muslos por el calor de la tarde. Sabía exactamente lo que hacía. Afuera, en el bar con vistas al green, Carlos, su marido de treinta y cinco, esperaba nervioso con un gin-tonic casi intacto, mirando el reloj cada dos minutos como si el tiempo pudiera delatarla. Ella lo había dejado allí con una sonrisa dulce y la promesa de «arreglarse un momento». Él no sabía que el momento era este: el vestuario masculino casi vacío a esa hora, y Lorenzo, el golfista profesional de veintiocho años que llevaba semanas mirándola como si ya la hubiera desnudado con la mente.
Lorenzo estaba de pie junto a las taquillas, la camisa blanca todavía abierta sobre el pecho bronceado, el pantalón de golf aún ceñido después de la clase particular. Había estado rozándole la espalda con la mano «para corregir el swing», susurrándole al oído que se movía como una puta de lujo cuando giraba la cadera. Laura había sentido el calor subirle desde el coño hasta las mejillas cada vez. Ahora él la miraba sin disimulo, la boca entreabierta en una media sonrisa confiada.
—Pasa —dijo en voz baja, inclinando la cabeza hacia el área privada de duchas—. Nadie entra aquí a estas horas. Y tú ya sabes por qué viniste, ¿verdad?
Ella asintió. El deseo le apretaba el vientre con una honestidad brutal. Quería humillar a Carlos. Quería que el recuerdo de esta traición deliberada le quemara cada vez que él la mirara después. Aceptó con un gesto consciente, cerrando la puerta tras de sí. El click del pestillo sonó como una confesión.
Lorenzo se acercó. Olió a hierba cortada y a colonia cara. Sus manos grandes le subieron por los brazos hasta los hombros y luego bajaron, despacio, hasta apretarle las tetas por encima de la tela.
—Mírate —murmuró, sucio, gozoso—. Cuerpo de mujer casada que se muere por una polla de verdad. Estas tetas… joder, Laura, se te marcan los pezones desde que te toqué el swing. ¿Tu marido te las chupa así de bien o solo te mira como un perrito?
Laura soltó una risa temblorosa, coqueta, ya mojada entre las piernas.
—Carlos ni se atreve. Yo… yo fantaseo con que un hombre de verdad me folle mientras él mira. Que me use. Que me llene. Que le recuerde lo inútil que es.
La confesión salió caliente. Lorenzo gruñó, se pegó a ella y le hizo sentir la erección gruesa contra el vientre.
—Entonces arrodíllate y empieza a demostrármelo.
Ella lo hizo sin dudar. Las rodillas tocaron el suelo fresco de azulejo. Sus dedos hábiles desabrocharon el pantalón de Lorenzo, bajaron la cremallera y liberaron la polla: gruesa, pesada, ya dura y con una gota brillante en la punta. Laura la sostuvo con ambas manos, la olió, la lamió de base a glande y luego se la metió entera en la boca con un gemido de hambre. Chupó con entusiasmo, saliva resbalándole por la comisura, la lengua girando, la garganta abriéndose. Cada embestida de cadera de él le arrancaba un sonido ahogado.
—Más gruesa que la de mi marido —susurró entre lametones, la voz ronca—. Se siente tan jodidamente mejor… Carlos es blandito, se corre en dos minutos. Tú… tú podrías romperme la garganta y yo te lo agradecería.
Lorenzo le agarró el pelo, no con violencia, sino con dominio seguro, y embistió despacio mientras ella le miraba desde abajo, ojos brillantes de excitación consentida.
—Qué puta tan bien entrenada. Chúpame más fuerte. Dile a ese cornudo con la boca llena lo que le falta.
Laura obedeció, succionando con avidez, la mano libre metiéndose bajo la falda para rozarse el coño empapado. El sabor a sal y a hombre la emborrachaba. Pensó en Carlos en el bar, mordiéndose el labio, y el contraste la hizo mojarse más.
Cuando Lorenzo la levantó, la empujó de espaldas contra las taquillas metálicas. El vestido subió de un tirón. Él le bajó las bragas hasta las rodillas y se las dejó ahí, un recordatorio. La polla aún goteando de saliva le rozó el muslo.
—De pie, contra aquí —ordenó—. Voy a follarte como la puta caliente de tu marido que eres.
La penetró de un solo empujón profundo. Laura gritó, las uñas clavándose en los hombros de él. Estaba tan mojada que entró entero, estirándola, llenándola. Lorenzo le apretó las tetas con fuerza, pellizcándole los pezones a través de la tela mientras la embestía contra el metal frío. Cada golpe le sacudía el cuerpo.
—Puta de tu marido… tan apretada y tan puta. ¿Le cuentas cómo te estiro? ¿Cómo te estoy follando mejor de lo que él jamás podría?
—Sí… joder, sí —jadeó ella—. Eres superior. Su polla es una mierda al lado de esta. Más duro, Lorenzo. Usa a la esposa del cornudo.
Él la giró entonces, la puso a cuatro patas sobre el banco de madera. Laura apoyó las manos, el culo en alto, el vestido amontonado en la cintura. Lorenzo se arrodilló detrás, le abrió los muslos y la penetró con fuerza por detrás, las manos aferrándole las caderas. El sonido de piel contra piel llenó el vestuario. Él le daba palmadas en el culo, le tiraba del pelo hacia atrás para que arquease la espalda.
—Mírate, recibiendo polla de verdad como una perra en celo. Tu marido está ahí afuera bebiendo solo mientras yo te destrozo el coño. Dilo.
—Carlos es un cornudo inútil —gritó Laura, la voz rota de placer—. No sirve. No me folla así. Lléname, por favor, lléname… quiero sentir cómo me corres dentro mientras él ni se entera todavía.
Lorenzo la sacó del banco sin salirse del todo y la llevó hasta una silla de respaldo bajo cerca de las duchas. Se sentó, la polla brillando de jugos de ella, y la atrajo a horcajadas. Laura se guió sola, bajó despacio y luego empezó a cabalgar salvajemente, las tetas rebotando, los gemidos altos y sin vergüenza. Se levantaba hasta casi sacársela y se dejaba caer de golpe, el coño apretándole el glande, el clítoris rozando la base cada vez.
—Así… cabálgame como la puta que eres —gruñó él, sujetándole la cintura—. Gime más fuerte. Que se oiga lo bien que te la estás cogiendo.
Ella lo hacía. Cada embestida hacia abajo le sacaba un «ah» roto. Comparaba en voz alta, delirante de placer: lo grueso que era, lo profundo que llegaba, lo inútil que resultaba Carlos a su lado. La dinámica era de dominio consensuado puro; ella pedía las palabras, las devoraba, se corría más alto con cada insulto cariñoso y cruel.
—Soy tu puta… la puta de un golfista de verdad… mi marido no merece ni lamer lo que me dejas chorreando… ¡más, Lorenzo, fóllame hasta que no pueda caminar!
El orgasmo la golpeó primero: un espasmo violento que le cerró el coño alrededor de la polla de él, la espalda arqueada, un grito ahogado contra el hombro de Lorenzo. Las paredes internas le latían. Él embistió desde abajo tres, cuatro veces más y se corrió profundamente dentro, chorros calientes llenándola mientras gruñía su nombre y la apretaba contra su pecho. Ambos jadeaban, sudorosos, satisfechos un instante, el semen ya empezando a resebalar por el muslo de ella cuando se movió.
Laura se quedó sentada un segundo más, sintiendo el goteo espeso, la marca de dientes en el cuello, el ardor dulce entre las piernas. Luego se levantó con piernas temblorosas. Se subió las bragas sin limpiarse del todo —quería sentir el desastre caminando—, se alisó el vestido, se pasó los dedos por el pelo revuelto y se miró un segundo en el espejo empañado: labios hinchados, mejillas rojas, ojos brillantes de puta recién usada y contenta.
Se inclinó y besó a Lorenzo en la boca, lenta, saboreando la sal de ambos. La lengua se enredó un momento.
—Carlos sigue en el bar —susurró contra sus labios, la voz todavía ronca—. Se va a dar cuenta de algo en cuanto me vea andar. O en cuanto le cuente… o en cuanto no le cuente y solo se lo imagine.
Lorenzo le sonrió, ya acomodándose la polla todavía húmeda dentro del pantalón, la mirada oscura de promesa.
—Entonces no te limpies. Camina hasta él con mi leche resbalándote. Y la próxima vez… lo hacemos más cerca. Que oiga. Que vea. Si tú quieres.
Laura sintió un nuevo latido de excitación en el bajo vientre. El vestido le rozaba los pezones sensibles. El semen le bajaba despacio. Carlos esperaba, ajeno o quizás sospechando, nervioso con su copa. Ella abrió la puerta del vestuario con la misma calma con la que había entrado, el corazón todavía acelerado, el cuerpo marcado y lleno, y el secreto caliente entre las piernas listo para llevarlo de vuelta al bar… y a lo que viniera después.
Laura cruzó el umbral del vestuario con las piernas todavía flojas y el semen de Lorenzo resbalándole despacio por el muslo interno, caliente y espeso, empapando ya el algodón de las bragas que se había subido a propósito sin limpiarse. Cada paso hacía que la tela se pegara a su coño hinchado y sensible; sentía el líquido bajar más con el movimiento, una evidencia viva que le recordaba cómo la habían follado contra las taquillas, en el banco y a horcajadas. El vestido de verano le rozaba los pezones todavía duros. Sonrió para sí misma mientras caminaba por el pasillo hacia el bar, imaginando la cara de Carlos cuando la viera. Él la esperaba con su gin-tonic, nervioso, sin saber que su esposa volvía llena de otro hombre.
El bar olía a cítricos y a madera pulida. Carlos estaba sentado en la mesa junto al ventanal que daba al green, exactamente donde lo había dejado. Levantó la vista en cuanto ella se acercó y se le quedó mirando: labios hinchados, mejillas encendidas, el pelo un poco revuelto pese a que se lo había alisado con los dedos, y esa forma de caminar un poco abierta, cuidadosa, como si le doliera deliciosamente entre las piernas. Laura se sentó frente a él, cruzó las piernas con deliberación y notó cómo el semen se desplazaba un poco más.
—Tardaste —dijo Carlos, la voz un poco ronca. Bebió un sorbo y dejó el vaso. Sus ojos bajaron a su escote, luego a sus muslos—. ¿Todo bien?
Laura se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. El movimiento hizo que el vestido se abriera un centímetro más y que él pudiera ver el borde de las bragas manchadas si prestaba atención. Habló en voz baja, confiada, saboreando cada palabra.
—Mejor que bien. Me arreglé, sí. Pero también… me usaron. Lorenzo me folló en el vestuario de hombres, Carlos. Me puso de rodillas, me metió la polla entera hasta la garganta y después me embistió contra las taquillas hasta que grité. Me corrí con su polla dentro y él se corrió tan profundo que todavía lo siento goteándome. No me limpié. Quería que caminaras a mi lado sabiendo que llevo la leche de otro hombre resbalándome.
Carlos se atragantó con el trago. La mira se le oscureció, una mezcla de shock, humillación y esa excitación torcida que ella conocía tan bien. Su mano tembló un segundo sobre la mesa. Laura extendió la suya, le cogió la muñeca y la guió por debajo del mantel, subiendo por su propia falda hasta las bragas húmedas. Le hizo tocar la tela empapada, el calor, el residual espeso que ya se había filtrado.
—Siente —susurró ella, sin soltarle la mano—. Está todo dentro. Me estiró, me llenó. Es más grueso que tú, más duro, más largo. Cuando me la metió de un empujón pensé que me partía. Y yo le pedía más. Le dije que eras un cornudo inútil, que tu polla no sirve comparada con la suya. Le chupé los huevos mientras me follaba y le pedí que me usara como la puta casada que soy. ¿Quieres olerte los dedos? Hazlo. Huele lo que me dejó.
Carlos no apartó la mano. Con los dedos temblorosos rozó el bulto de semen y jugos, presionó un poco el clítoris hinchado a través de la tela y Laura soltó un gemidito bajo, mordiéndose el labio. Él se llevó los dedos a la nariz casi sin querer, inhaló, y el rubor le subió hasta las orejas. Su polla ya se marcaba contra el pantalón; ella lo vio y sonrió con crueldad cariñosa.
—Mírate. Se te pone dura solo de oírlo. De tocarlo. Eres un cornudo perfecto, cariño. Estabas aquí bebiendo tu gin-tonic mientras él me daba palmadas en el culo y me tiraba del pelo. Me puso a cuatro patas en el banco y me la metió tan hondo que sentí que me llegaba al estómago. Y yo le pedía que me llenara para traértelo. Ahora caminas conmigo y cada paso me lo recuerda. ¿Quieres que te cuente cómo me cabalgué encima de él? Cómo rebotaban mis tetas mientras le decía que eras blandito y que te corres en dos minutos?
Carlos tragó saliva. Asintió, casi imperceptible, la voz rota cuando habló.
—Cuéntame… todo. Por favor.
Laura se recostó un poco, abrió un poco más las piernas bajo la mesa y se tocó ella misma por encima de las bragas, dejando que él viera el movimiento de su mano. Habló despacio, descriptiva, mientras el semen seguía haciendo de las suyas.
—Primero me arrodillé. Le saqué esa polla gruesa, pesada, con una gota ya brillante. La lamí de base a punta, la metí entera y me ahogué un poco a propósito porque me gusta. Él me agarró el pelo y embistió mi boca mientras yo me tocaba el coño. Le dije que eras inferior. Que fantaseo con que un hombre de verdad me folle y tú solo mires. Después me levantó, me bajó las bragas hasta las rodillas y me penetró de pie contra el metal frío. Mis pezones se le marcaban y él me los pellizcaba. Cada embestida me sacudía. Me giró, me puso a cuatro, me abrió y me folló por detrás como a una perra. El sonido de su pellejo contra el mío… joder, Carlos. Y yo gritaba tu nombre y te llamaba cornudo inútil. Me corrí apretándole la polla. Él me sentó encima, yo me la metí sola y cabalgué salvaje, subiendo y bajando hasta que él se corrió a chorros dentro. Todavía lo siento. Quiero que me mires andar así el resto de la tarde. Y que sepas que voy a volver a pedírselo.
Mientras hablaba, notó movimiento al fondo del bar. Lorenzo entraba con la misma camisa blanca ya abotonada a medias, el pantalón de golf perfectamente colocado, esa media sonrisa confiada. Se acercó a la barra como si nada, pidió una cerveza y se giró lo suficiente para mirarlos. Sus ojos se encontraron con los de Laura. Ella no apartó la vista. Levantó un poco la cadera en la silla, lo bastante para que el vestido se corriera y, si él prestaba atención desde allí, pudiera imaginar el desastre entre sus muslos. Lorenzo alzó la botella en un brindis silencioso y casi imperceptible. Laura sintió un nuevo latido de humedad.
Carlos había seguido la dirección de su mirada. Se tensó.
—Está aquí —murmuró—. Nos está mirando.
—Lo sé —respondió Laura, sin bajar la voz del todo—. Y le gusta. Sabe que te lo estoy contando. Sabe que llevo su leche. ¿Quieres que lo invite a la mesa? ¿O prefieres que me levante ahora mismo, vaya al baño de señoras y lo deje entrar para que me folle otra vez mientras tú te quedas aquí imaginándolo? Puedo dejar la puerta entreabierta. O puedes venir y escuchar desde fuera. Tú eliges cómo de cerca quieres la humillación esta tarde.
El corazón le latía fuerte. El semen se había enfriado un poco pero seguía resbalando; cada vez que se movía sentía el tirón agradable en el coño usado. Carlos miraba alternativamente a ella y a Lorenzo, la respiración agitada, la polla claramente dura. Laura cogió la mano de su marido otra vez, la llevó a su muslo desnudo bajo la mesa y la subió hasta el borde de las bragas.
—Métela un dedo. Siente lo abierto que me dejó. Lo resbaladizo. Eso es de él. Y si quieres, esta noche te haré lamerlo todo cuando lleguemos a casa. O ahora. Ahora mismo podrías arrodillarte bajo la mesa y limpiarme con la lengua mientras él nos mira desde la barra. ¿Lo harías, cornudo mío? ¿Lamerías la polla de Lorenzo en mi coño delante de él?
Carlos soltó un sonido ahogado. Sus dedos se deslizaron bajo la tela, tocaron los pliegues hinchados, el líquido espeso y caliente todavía, y Laura se mordió el interior de la mejilla para no gemir alto. Dos de sus dedos entraron con facilidad; ella estaba tan abierta y mojada que casi no ofreció resistencia. Se movió contra su mano, lenta, deliberada, cabalgando un poco esos dedos delante de todo el mundo aunque nadie más viera exactamente qué pasaba bajo el mantel.
Lorenzo se había acercado un par de metros más, todavía fingiendo interés en el partido que daban en la tele del bar, pero su mirada no se despegaba. Laura le sostuvo la vista mientras se movía contra la mano de Carlos.
—Más hondo —le ordenó a su marido en un susurro—. Así. Imagina que es él otra vez. Imagina que me está follando y tú solo puedes tocarme después. Dile en voz baja lo que eres.
—Soy… tu cornudo —logró decir Carlos, la voz rota de vergüenza y excitación—. Me humillas y se me pone dura. Quiero… quiero que te lo vuelva a hacer. Que te llene otra vez.
Laura se inclinó y le besó la boca, lenta, dejando que él saboreara un poco el rastro de saliva y de hombre que todavía tenía en los labios de antes. Después se separó y miró hacia Lorenzo. Con un gesto mínimo de la cabeza le indicó el pasillo que llevaba a los baños y a una zona más privada de terrazas laterales del club. Lorenzo asintió apenas, terminó un trago y empezó a caminar en esa dirección sin prisa.
—Voy a ir con él otra vez —dijo Laura levantándose. El vestido cayó en su sitio, pero la mancha húmeda en el interior del muslo era ya visible si uno miraba de cerca—. Tú te quedas aquí cinco minutos. Después me sigues. No entres del todo. Quédate en el pasillo. Escucha cómo me follo. Cómo le pido que me use más duro. Cómo comparo tu polla con la suya otra vez. Y cuando salga, me miras a los ojos y ves si me ha corrido dentro otra vez. Si te portas bien, quizá te deje ver un poco por la rendija. ¿De acuerdo, cariño?
Carlos asintió, derrotado y excitado a partes iguales, la mano todavía brillante de ella. Laura le acarició la mejilla un segundo, cariñosa y cruel.
—Buen chico. Quédate duro pensándome. Yo voy a entregarle el coño otra vez al golfista mientras tú esperas como el marido cornudo que eres.
Se alejó de la mesa con ese andar deliberadamente lascivo, sintiendo cada gota, cada roce. Lorenzo ya había desaparecido por el pasillo. Ella lo siguió, el corazón acelerado, el cuerpo aún marcado y hambriento de más. Detrás, Carlos se quedó mirando el reloj otra vez, el gin-tonic olvidado, la humillación caliente entre las piernas y la certeza de que en cinco minutos iba a oír los gemidos de su esposa siendo follada por otro hombre a pocos metros de distancia. La tarde apenas empezaba a escalar.
Laura siguió el pasillo con el corazón latiéndole en las sienes y el semen de Lorenzo todavía resbalándole entre los muslos. Cada paso hacía que las bragas empapadas se le pegaran al coño hinchado; el algodón rozaba el clítoris sensible y le arrancaba pequeños espasmos de placer anticipado. El vestido de verano se le pegaba a la piel por el calor y el sudor fino. Sabía que Carlos se quedaba atrás contando los minutos, la polla dura y la humillación ardiéndole en la cara. Eso la mojaba más.
Lorenzo la esperaba al final del corredor, junto a una puerta lateral que daba a una terraza privada de descanso para socios, semioculta por setos altos y con un sofá de mimbre ancho bajo una pérgola. Nadie usaba esa zona a media tarde. Él la miró entrar, la camisa todavía abierta de más, la erección ya marcándose de nuevo en el pantalón de golf.
—Cinco minutos —dijo él en voz baja, cerrando la puerta de cristal tras de ella pero dejando un resquicio—. Tu cornudo va a oírlo todo. Quítate las bragas. Ahora.
Laura obedeció sin dudar. Se levantó el vestido, se bajó la ropa interior empapada y se la ofreció. Lorenzo la olió, se la guardó en el bolsillo y la empujó contra el sofá. La besó con hambre, mordiéndole el labio inferior mientras le metía dos dedos de golpe en el coño todavía resbaladizo de su corrida anterior.
—Todavía llena de mí —gruñó—. Qué puta tan obediente. Ábrete.
Ella se tumbó de espaldas, las piernas abiertas, el vestido subido hasta la cintura. Lorenzo se arrodilló entre ellas, le lamió el clítoris con lengua plana y larga, saboreando su propio sabor mezclado con el de ella, y después se subió. La polla gruesa ya dura otra vez le rozó la entrada. Laura lo guio con la mano.
—Métela. Fóllame otra vez delante de él. Quiero que escuche cómo me abres.
Él empujó de un solo tajo. El coño de Laura, todavía abierto y jabonoso de semen, lo tragó entero con un sonido húmedo y obsceno. Ella gritó, arqueando la espalda, las uñas clavándose en los hombros bronceados de Lorenzo. Él empezó a embestir con fuerza, profundas y lentas al principio, luego más rápidas, el sofá crujiendo bajo ellos. Cada embestida sacudía las tetas de Laura; él se las sacó del escote y se las chupó, mordisqueando los pezones duros mientras la follaba.
—Dilo alto —ordenó, tirándole del pelo para que la cara quedara hacia la puerta entreabierta—. Que tu marido lo oiga. Dile lo que sientes.
—¡Tu polla es mucho más gruesa, Lorenzo! —gritó Laura, la voz rota de placer—. Me estiras tanto… Carlos nunca llega tan hondo. Soy tu puta. Usa el coño de la esposa del cornudo. ¡Más duro!
El sonido de piel contra piel llenó la terraza. Lorenzo la giró a cuatro patas sobre el sofá, le levantó el culo y volvió a clavársela de un empujón. Le dio una palmada sonora en cada nalga, dejándole la marca roja, y le agarró las caderas con fuerza para embestirla como animal en celo. Laura gemía sin control, empujando hacia atrás para recibirlo más profundo, el clítoris rozando el borde del sofá cada vez.
Fuera, en el pasillo, Carlos llegó exactamente a los cinco minutos. Se quedó congelado a dos metros de la puerta entreabierta. Oyó los gemidos de su mujer, el chapoteo húmedo, las palabras sucias. Su polla palpitaba dolorosamente contra el pantalón. Se acercó más, el corazón martilleándole, y miró por la rendija.
Vio el culo de Laura rebotando, la polla gruesa de Lorenzo entrando y saliendo brillante de jugos y semen anterior, las manos del golfista marcándole la carne. Laura giró la cabeza justo entonces y lo vio. Le sonrió, ojos vidriosos de lujuria, y habló más alto a propósito.
—Carlos está ahí fuera, Lorenzo. Mi cornudo nos está mirando. Dile lo inútil que es mientras me follo. ¡Ah, joder, así!
Lorenzo miró hacia la rendija, vio la silueta de Carlos y sonrió con crueldad divertida. Sin parar de embestir, le habló directamente:
—Mírala, cornudo. Tu mujer se corre en mi polla. Está más apretada y más puta que nunca. Su coño me chupa la leche que le dejé antes y ahora le voy a meter otra carga. Tú solo puedes escuchar. ¿Se te pone dura, verdad? Quédate ahí y palpa tu mierda de polla mientras yo destrozo a tu esposa.
Laura se corrió con violencia al oírlo. El orgasmo le cerró las paredes alrededor de Lorenzo, un grito largo y tembloroso que Carlos oyó perfectamente. Ella se derrumbó un segundo sobre los codos, temblando, el coño latiendo, pero Lorenzo no paró. La sacó del sofá, la puso de pie contra la pared de la pérgola y la levantó una pierna para follarla de lado, profundo, mirando a Carlos todo el tiempo.
—Ven más cerca —le ordenó Laura a su marido entre jadeos—. Acércate a la puerta. Quiero que veas cómo me llena. Mete la mano y tócate mientras él me usa.
Carlos dio dos pasos, la respiración agitada, y se agarró el bulto por encima de la tela. Lorenzo embistió más fuerte, el glande rozando el punto más sensible de Laura cada vez. Ella le miró a los ojos a su marido y le habló con voz de puta entregada:
—Mira cómo me la mete entera… siento los huevos golpeándome. Es superior, Carlos. Tu polla es blanda y corta al lado de esta. Voy a dejar que me corra dentro otra vez y después vas a lamerme. ¿Lo harás? ¿Limpiarás la leche del golfista de mi coño delante de él?
—Sí… —logró Carlos, la voz rota—. Lo haré. Fóllala más. Llénala. Soy tu cornudo.
Lorenzo gruñó de aprobación, sacó la polla un momento, se dio la vuelta y sentó a Laura a horcajadas otra vez sobre él en el sofá, de espaldas a la puerta para que Carlos viera todo: cómo el coño hinchado y rosado bajaba engullendo la verga gruesa centímetro a centímetro, cómo los labios hinchados se abrían alrededor del tronco, cómo el semen anterior salía empujado con cada bajada. Laura cabalgó salvaje, rebotando, las tetas libres al aire, mirando a su marido por encima del hombro.
—Así me gusta… sentirla tan gruesa abriéndome. Carlos, míralo. Él me folla como mujer. Tú me follas como a una muñeca aburrida. Lorenzo, córrete dentro. Quiero que mi marido vea cómo me goteas después.
Lorenzo le agarró las caderas y embistió desde abajo con furia, gruñendo su nombre, hasta que se corrió a chorros profundos. Laura sintió los espasmos calientes llenándola otra vez, el exceso saliendo por los lados y cayendo sobre los muslos y el sofá. Ella se corrió una segunda vez solo con eso, apretándolo, gimiendo el nombre de ambos: el de Lorenzo en placer y el de Carlos en humillación dulce.
Se quedaron unidos un momento, jadeando. Lorenzo le dio unos golpecitos más lentos, empujando su leche más adentro, y después la levantó con cuidado. El semen le resbaló en hilos espesos por las piernas abiertas. Laura se giró hacia la puerta, se acercó a Carlos con las piernas temblorosas y el vestido todavía subido, y le agarró la mano. Se la llevó a su coño abierto y goteante.
—Siente. Otra carga. Más caliente. Métete los dedos y pruébala. Ahora.
Carlos, rojo hasta las orejas, metió dos dedos temblorosos en el desastre caliente de su mujer. Laura se los guió más hondo, se movió contra ellos, y después se los llevó a la boca de él. Él lamió, humillado y duro como una roca, saboreando a Lorenzo en ella. Lorenzo se había abrochado a medias y se acercó detrás de Laura, abrazándola por la cintura, la polla todavía semidura rozándole el culo.
—Buen chico, cornudo —dijo el golfista—. Lame bien. Esta noche te va a tocar limpiar más. Laura, ¿quieres que te folle una tercera vez mientras él se arrodilla aquí mismo y nos mira de cerca? O preferís subir a una de las habitaciones privadas del club. Hay una libre. Puerta con cerradura. Él puede quedarse dentro, en una silla, y verlo todo sin esconderse.
Laura miró a su marido, los ojos brillantes, el cuerpo aún convulsivo de placer. El semen le bajaba hasta las rodillas. Sintió la mano de Lorenzo apretándole una teta y la humillación caliente en la cara de Carlos. La tarde seguía escalando y ella aún no había terminado de entregarse.
—Habitación —susurró ella, la voz ronca—. Llévanos. Carlos viene con nosotros. Quiero que se siente y mire cómo me la vuelves a meter sin prisa, cómo me abres otra vez, cómo me haces gritar que su polla no sirve. Y después… ya veremos cuánto más puede aguantar mi cornudo antes de rogar por lamer.
Lorenzo sonrió, recogió las bragas manchadas de Laura del bolsillo y se las dio a Carlos.
—Guárdalas. Huelen a nosotros. Camina delante. Y no te toques hasta que yo lo diga.
Carlos asintió, derrotado y excitado hasta el dolor, las bragas húmedas en el puño. Los tres salieron de la terraza hacia el ala de habitaciones del club, Laura caminando en medio con las piernas abiertas y el corrido espeso bajándole, Lorenzo con la mano posesiva en su culo y Carlos detrás, oliendo las bragas de su mujer y sabiendo que lo peor —o lo mejor— aún estaba por llegar cuando cerraran esa puerta y él se sentara a ver cómo el golfista se la follaba sin piedad una vez más, más despacio, más profundo, más cruel. El pasillo se alargaba delante y el deseo de Laura latía otra vez, hambriento, listo para la siguiente ronda.
Laura caminó por el pasillo del club con las piernas abiertas a propósito, el semen espeso de Lorenzo bajándole ya por la cara interna de los muslos hasta casi las rodillas. El vestido de verano se le pegaba a la piel sudada y cada paso hacía que el coño hinchado y abierto se rozara consigo mismo, mandándole espasmos dulces hasta el vientre. Lorenzo iba a su lado con la mano grande y posesiva apoyada en su culo, apretándole la nalga de vez en cuando como quien marca territorio. Detrás, Carlos seguía con las bragas empapadas de ella apretadas en el puño, oliéndolas sin disimulo, la polla dura marcándose contra el pantalón y la cara roja de vergüenza y excitación.
La habitación privada estaba al final del ala de socios. Lorenzo abrió con la llave electrónica, los hizo pasar y cerró con pestillo. Era un cuarto amplio, con cama king-size de sábanas blancas impecables, un sillón de cuero oscuro frente a ella y una mesita con una botella de agua y vasos. La luz de la tarde entraba filtrada por las cortinas. Olor a sábanas limpias y a madera. Laura se detuvo en el centro, sintiendo cómo le goteaba todavía, y miró a su marido.
—Siéntate ahí —ordenó, señalando el sillón—. Manos en los muslos. No te toques hasta que yo lo diga. Vas a verlo todo esta vez. Sin rendijas. Sin esconderte.
Carlos obedeció. Se sentó, las bragas de ella todavía en una mano, la respiración agitada. Lorenzo ya se estaba desabrochando el pantalón otra vez. La polla gruesa, todavía brillante de la corrida anterior y de los jugos de Laura, salió pesada y semi-dura, engrosándose al instante al mirarla. Laura se quitó el vestido de un tirón y se quedó desnuda: tetas firmes de mujer de treinta y dos años, pezones hinchados y rojos de tanto chuparlos, el coño rosado, abierto, goteando hilos blancos y transparentes que le resbalaban por las piernas. Se acercó a Lorenzo, se arrodilló un momento solo para lamerle la verga de base a glande, saboreando el sabor mezclado de los dos, y después se levantó y se tumbó en la cama de espaldas, las piernas abiertas hacia el sillón para que Carlos viera cada detalle.
—Métela despacio esta vez —le dijo a Lorenzo, la voz ronca—. Quiero que él vea cómo me abres centímetro a centímetro. Cómo mi coño te traga entero. Cómo me estiras más que él jamás podrá.
Lorenzo se colocó entre sus muslos, le rozó la entrada con el glande grueso y empujó. Laura arqueó la espalda y gimió alto al sentirlo entrar. Estaba tan resbaladiza y abierta por las dos corridas anteriores que la polla se hundió hasta el fondo de un solo movimiento lento y profundo. El borde de sus labios hinchados se abrió alrededor del tronco, el semen anterior salió empujado por los lados en un hilo espeso que cayó sobre las sábanas. Carlos vio todo desde el sillón: cómo el coño de su mujer se adaptaba a otra verga, cómo se le movía el vientre bajo con cada centímetro, cómo los pezones se le ponían todavía más duros.
—Joder, mira eso, cornudo —gruñó Lorenzo, mirando a Carlos mientras empezaba a embestir con calma brutal—. Tu mujer me chupa la polla con el coño. Está hecha un desastre y aún así aprieta. Laura, dilo. Dile lo que sientes.
—Es mucho más gruesa… más larga… me llena completo —jadeó ella, mirando fijamente a su marido mientras Lorenzo la follaba con embestidas largas y profundas—. Siento los huevos golpeándome el culo. Carlos, tu polla es una mierda al lado de esta. Blandita, corta, se corre en dos minutos. Él me usa como quiere. Me abre. Me destroza rico. ¡Más hondo, Lorenzo!
Lorenzo le levantó las piernas, se las puso sobre los hombros y aceleró. El sonido húmedo y obsceno de polla entrando y saliendo llenó la habitación. Cada embestida hacía rebotar las tetas de Laura. Él se inclinó y se las chupó, mordisqueando los pezones mientras la miraba a los ojos y hablaba para Carlos:
—Tu esposa es una puta perfecta. Me pide que la llene otra vez. ¿Lo oyes? Está goteando mi leche anterior y ya quiere más. Quédate ahí duro y sin tocarte. Solo mira cómo se la como.
Laura se corrió primero otra vez. El orgasmo le cerró las paredes en espasmos violentos alrededor de la verga de Lorenzo; gritó el nombre del golfista y después el de Carlos en un gemido roto de humillación dulce. El coño le latía, expulsando más líquido. Lorenzo no paró. La giró a cuatro patas al borde de la cama, de cara a su marido, y se la volvió a clavar de un empujón. Le agarró el pelo, le arqueó la espalda y la embistió con fuerza, las caderas golpeando el culo de ella con palmadas sonoras de carne.
—Míralo, Carlos — Jadeó Laura, babosa de placer, los ojos vidriosos fijos en los de su marido—. Míralo entrar y salir. Está tan gruesa que me abre los labios. Siento cómo me empuja la leche anterior más adentro. Soy suya ahora mismo. Tu mujer. La puta casada del cornudo. Lorenzo, fóllame más duro. Usa este coño. Llénamelo otra vez mientras él se muere de ganas de tocarse.
Carlos respiraba por la boca, las manos temblando sobre los muslos, las bragas de Laura apretadas contra la nariz. Su polla palpitaba dolorosamente. Lorenzo le dio una palmada fuerte en cada nalga a Laura, dejándole marcas rojas, y le habló directo:
—Cornudo, mira cómo rebota el culo de tu mujer. Cómo me lo ofrece. Se corre en mi polla y todavía pide más. Esta noche vas a lamer todo esto. Cada gota. ¿Lo harás?
—Sí… —logró Carlos, la voz rota—. Lo haré. Llénala. Fóllala. Soy tu cornudo… el de ella.
Lorenzo gruñó de satisfacción, sacó la polla un segundo, se dio la vuelta y sentó a Laura a horcajadas encima de él otra vez, de espaldas al sillón para que Carlos tuviera la vista perfecta del coño engullendo la verga gruesa. Laura se guió sola, bajó despacio hasta sentarse del todo y empezó a cabalgar salvaje, rebotando, las tetas libres al aire, el semen y los jugos saliendo a borbotones con cada subida y bajada. Miraba a su marido por encima del hombro mientras gemía:
—Así… tan profunda… Carlos, míralo. Él me folla como una mujer de verdad. Tú me tocas como si tuvieras miedo. Lorenzo, córrete dentro. Quiero que vea cómo me goteas después. Quiero que huela. Que pruebe.
Lorenzo le aferró las caderas y embistió desde abajo con furia contenida, gruñendo el nombre de ella, hasta que se corrió a chorros calientes y profundos. Laura sintió cada espasmo, el exceso saliendo por los lados y cayendo sobre los muslos de él y las sábanas. Ella se corrió una vez más solo con la sensación de ser llena otra vez, apretándolo, gimiendo sin control, el cuerpo convulso.
Se quedaron unidos un momento, jadeando, sudorosos. Lorenzo le dio unos empujones lentos más, empujando su leche lo más adentro posible, y después la levantó con cuidado. El semen le resbaló en hilos espesos y calientes por las piernas abiertas, goteando al suelo. Laura se acercó tambaleante al sillón donde estaba Carlos, se abrió los labios del coño con dos dedos delante de su cara y le ordenó:
—Lame. Ahora. Limpia lo que él me dejó. Delante de él.
Carlos, rojo hasta el cuello, se inclinó y lamió. La lengua le entró en el desastre caliente y salado, saboreando a Lorenzo dentro de su mujer. Laura se movió contra su boca, sujetándole la cabeza, mientras Lorenzo se acercaba detrás, todavía semiduro, y le acariciaba el culo y las tetas con posesión.
—Buen chico —murmuró el golfista—. Lame profundo. Hay más. Laura, ¿otra ronda? Puedo ponerme duro otra vez en cinco minutos. Él se queda arrodillado y nos mira de cerca mientras te la meto sin prisa.
Laura miró hacia abajo, a la cara de su marido lamiéndola, a la polla de Lorenzo que ya empezaba a recuperar fuerza, al semen que le bajaba por las piernas, a las sábanas manchadas, al sillón, a la habitación cerrada. El placer todavía le latía en el coño usado y abierto, pero de pronto algo se torció dentro del pecho. Un frío distinto al del semen. Carlos la miraba desde abajo con ojos brillantes de sumisión y deseo torcido, y ella… ella sintió el peso de lo que acababan de hacer, de lo que habían dicho, de lo que habían prometido para después.
Se apartó un paso. El semen le siguió resbalando. Lorenzo frunció el ceño, confiado todavía.
—¿Laura?
Ella se tapó el pecho con un brazo de repente, como si por primera vez notara la desnudez. Miró la puerta cerrada, el pestillo, las bragas manchadas en la mano de Carlos, su propio cuerpo marcado de chupetones y palmadas. La excitación seguía ahí, física, real, pero debajo crecía una duda espesa, amarga.
—Ya está —dijo en voz baja, ronca—. Ya… basta por hoy.
Lorenzo se rió por lo bajo, creyendo que era juego.
—Vamos, putita. Una más. Tu cornudo está pidiendo con la cara que te vuelva a follar.
—No —repitió ella, más firme, y se agachó a recoger el vestido. Se lo puso con manos torpes, sin limpiarse. El tejido se le pegó al coño goteante—. Carlos, levántate. Nos vamos.
Carlos se puso de pie confuso, la boca todavía brillante de ella, la polla dura y sin alivio. Lorenzo se quedó en medio de la habitación, la verga a medio camino, la sonrisa confiada desdibujándose.
—¿Qué coño pasa? Hace cinco minutos me pedías que te llenara delante de él.
Laura se pasó una mano por la cara. El corazón le latía fuerte, pero ya no solo de deseo. Miró a su marido y vio, por primera vez en toda la tarde, no solo al cornudo excitado sino al hombre de treinta y cinco años al que había dejado esperando en el bar con un gin-tonic, al que había humillado con palabras elegidas, al que había obligado a lamer semen ajeno. Y se vio a sí misma: treinta y dos años, casada, llena de otro hombre, con las piernas temblando y la certeza de que algo se había roto un poco más de lo previsto.
—Nada —susurró—. Solo… ya no. Se acabó. Carlos, ven.
Salió de la habitación sin mirar atrás del todo. Carlos la siguió en silencio, las bragas de ella todavía en la mano como un trofeo ridículo y triste. Lorenzo se quedó solo, confuso y cabreado a medias. En el pasillo Laura caminaba rápido, el semen resbalándole todavía, pero cada gota le sabía distinta. Ya no era solo victoria ni solo puta entregada. Había un regusto agrio en la boca, una pregunta que no quería hacerse en voz alta: ¿cuánto de esto era juego y cuánto se había llevado algo que después no sabría devolver? Carlos iba a su lado callado, duro, humillado y excitado, y ella no sabía si al llegar a casa le pediría que la lim ara o si se encerraría en el baño a llorar sin saber exactamente por qué. La tarde había escalado hasta el final y el sexo había terminado, pero algo estaba mal, torcido, y el silencio entre ellos mientras bajaban las escaleras del club lo decía más alto que cualquier gemido.
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