Celebración que Terminó con Su Esposa Entregada al Jefe
En la fiesta, el jefe de 45 años se folló salvajemente a mi esposa Laura de 28 mientras yo miraba y limpiaba después.
Soy Carlos, contador de treinta y dos años, y aquella noche de fin de año en la fiesta de la empresa todavía me quema la memoria como si acabara de ocurrir. Mi esposa Laura, veintiocho años, diseñadora gráfica de curvas generosas y ese culo redondo que siempre me ha vuelto loco, iba de negro ceñido, el escote dejando ver la profundidad de sus tetas pesadas. Yo la miraba desde la barra con una copa de whisky que no terminaba de beber mientras Miguel, mi jefe de cuarenta y cinco, alto, hombros anchos, voz grave y esa seguridad de quien manda, no apartaba los ojos de ella.
Empezó con miradas. Miguel se acercó, le habló al oído y Laura soltó esa risa baja que yo conocía demasiado bien, la de cuando algo le calienta. Él le rozó la cintura al señalar algo en la terraza y ella no se apartó. Al contrario: se inclinó un poco más, dejándole ver mejor el valle entre sus pechos. Yo tragué saliva. Cada sonrisa que ella le devolvía me humillaba en silencio, como si me estuviera diciendo sin palabras que el hombre que firmaba mis nóminas la excitaba más que yo. No intervine. No pude. Solo observé cómo la tensión crecía entre ellos dos mientras yo me hacía pequeño al otro lado del salón.
La música subió. Miguel la invitó a bailar y Laura aceptó sin mirarme. En la pista se pegaron de inmediato. Sus manos bajaron por la espalda de ella hasta posarse abiertamente en ese culo firme; Laura no protestó. Se restregó contra él, primero suave, después con descaro, buscando el bulto que ya se marcaba bajo el pantalón del jefe. Yo me acerqué lo justo para oír. Ella me buscó con la mirada, llena de lujuria, y mientras giraba las caderas contra la verga evidente de Miguel me susurró al pasar cerca:
—Siempre he fantaseado con que me folle un hombre de verdad… como él.
Me temblaron las rodillas. Miguel sonrió por encima del hombro de Laura, seguro, y le apretó más el culo. Ella gimió bajito, aún bailando, y me confesó en voz alta, sin vergüenza:
—Quiero que Miguel me tome esta noche, Carlos. Quiero sentir esa polla gruesa dentro. ¿Me dejas?
El corazón me latía en la garganta. Estaba humillado hasta los huesos y al mismo tiempo tan duro que me dolía el pantalón. Asentí, la voz ronca:
—Sí… quiero mirar. Por favor, dejadme mirar.
Miguel nos guió al ascensor casi sin palabras. En la suite del hotel de la empresa, con las luces tenues y la cama king size, él no perdió tiempo. Desabrochó el vestido de Laura con calma de depredador. Las tetas pesadas saltaron libres, pezones oscuros y duros. Luego bajó la braga negra empapada y la hizo arrodillarse en la alfombra. Yo me senté en el sillón de terciopelo, la respiración entrecortada, la mano ya dentro de mi propia ropa sin atreverme a sacarla del todo.
Miguel se sacó la verga. Gruesa, venosa, más larga y ancha que la mía, ya goteando por la punta. Laura la miró con hambre abierta y la tomó con ambas manos.
—Joder, qué gruesa… —murmuró antes de abrir la boca y engullirla.
Chupaba con devoción, saliva corriendo por la barbilla, ojos entrecerrados de placer. Miguel le agarró el pelo y embistió despacio la garganta, haciendo que ella se atragantara y aún así pedía más con gemidos ahogados. Yo veía cómo se le humedecía más el coño, el aroma a sexo llenando la habitación. Ella me miró de reojo mientras lamía las bolas del jefe y dijo, la voz pastosa:
—Mira qué polla de verdad, Carlos. Nada que ver con la tuya.
Miguel la levantó, la tiró de espaldas en la cama y le abrió las piernas. En misionero le hundió la verga de un solo empujón hasta el fondo. Laura gritó, las uñas clavándose en los hombros de él.
—¡Ah, joder, qué grande! Sí, fóllame duro…
Él le dio exactamente eso: embestidas salvajes, profundas, el sonido húmedo de carne contra carne llenando la suite. Le agarró las tetas, las exprimió, le chupó los pezones mientras la follaba sin piedad. Luego la volteó a perrito. Laura arqueó la espalda, ese culo perfecto en alto, y Miguel le entró de nuevo, nalgadas fuertes que dejaban la piel roja.
—Eres una puta infiel mucho mejor que la esposa sumisa que él se cree que tiene —gruñó Miguel, cada palmada haciendo temblar la carne—. Di lo que eres.
—¡Soy tu puta! —gritó Laura, mirándome a los ojos mientras el jefe la destrozaba—. Carlos… tu pene es tan pequeño comparado con esta polla… no me llena nunca como él… ¡ahh, más fuerte!
Se corrió la primera vez así, temblando, el coño apretando la verga gruesa de Miguel, fluidos corriendo por sus muslos. Él no paró. La puso a caballo, vaquera, y Laura se dejó caer sobre él con voracidad, rebotando, las tetas saltándole en la cara. Miguel le chupaba un pezón mientras le azotaba el culo y le hablaba al oído:
—Muéstrale a tu maridito cómo se monta una polla de verdad. Apriétame ese coño de casada puta.
Laura me miraba todo el tiempo, la cara hecha un desastre de placer, sudor y saliva. Se corrió otra vez, y otra, gritando mi nombre solo para humillarme más:
—¡Mira cómo me corre este hombre de verdad, Carlos! ¡Tu pija chiquita nunca me ha hecho esto!
Miguel gruñó, la agarró de las caderas y la embistió hacia arriba hasta que se corrió dentro, llenándole el coño de semen caliente y espeso. Los chorros se sentían; Laura gimió al sentirlo rebosar y gotear. Él la sostuvo un momento, todavía dentro, respirando pesado, satisfecho.
Después se retiró despacio. El semen blanco y cremoso resbaló del coño hinchado y rojo de mi esposa, bajando por el perineo hasta el culo. Miguel me miró, la sonrisa de quien acaba de marcar territorio, y señaló el desastre entre las piernas abiertas de Laura.
—Límpiala. Con la lengua. Ahora.
Me arrodillé entre sus muslos como me ordenó. El olor a sexo, a semen ajeno y al coño de mi mujer me subió a la cabeza. Saqué la lengua y empecé a lamer, recogiendo el líquido espeso y salado directamente de sus labios hinchados. Laura se estremecía todavía, las manos en mi cabeza, y murmuraba cosas sucias mientras yo tragaba lo que Miguel le había dejado. Él se vestía despacio al fondo de la habitación, sin prisas, observándonos.
Aún no se había ido del todo. La noche apenas empezaba a doblarse hacia algo más profundo, y yo seguía arrodillado, la cara manchada, el corazón latiéndome desbocado, sabiendo que lo que venía después iba a hundirme todavía más.
Miguel no se había ido. Se abrochó solo la camisa hasta la mitad, el cinturón suelto, y se dejó caer en el sillón que yo acababa de abandonar. Desde allí nos miraba con esa calma de hombre que ya ha marcado territorio y decide quedarse a disfrutar del espectáculo.
—Más despacio, Carlos —ordenó—. Lame bien. Quiero que tragues cada gota.
Yo seguía de rodillas entre las piernas abiertas de Laura. Ella tenía veintiocho años y el cuerpo tembloroso de alguien que acaba de ser follada sin piedad; el coño hinchado, rosado, goteando todavía el semen espeso de Miguel. Mi lengua recorría los labios hinchados, recogiendo el líquido cremoso y salado, metiéndola dentro para sacar más. Laura se estremecía, las manos en mi pelo, y gemía bajo.
—Así… traga lo que me ha dejado el jefe… joder, se siente tan sucio y tan rico…
Miguel se rió por lo bajo. Sacó de nuevo la verga, ya semi-dura otra vez, y se la acarició despacio mientras yo limpiaba.
—Míralo, Laura. Tu maridito contable de treinta y dos años de rodillas lamiendo mi leche de tu coño de casada. ¿Te gusta?
—Me encanta —contestó ella, la voz ronca—. Quiero más. Quiero que me vuelvas a follar mientras él mira y limpia después otra vez.
Me levanté la cara, los labios brillantes de semen y jugos. Laura me miró a los ojos y sonrió con esa crueldad dulce que me destrozaba.
—Carlos… sácate esa pija ridícula. Quiero verla mientras Miguel me usa otra vez.
Obedecí. Mi verga era más corta, más delgada, ya dura y goteando de humillación. Miguel se levantó, se quitó del todo los pantalones y se acercó a la cama. Agarró a Laura por los tobillos y la arrastró hasta el borde, abriéndola en cruz.
—Esta vez te la voy a meter por el culo —anunció—. Ese culo redondo que tanto le gusta a tu marido. Voy a estirártelo.
Laura jadeó, pero asintió al instante, excitada.
—Sí… dilátalo. Quiero sentir esa polla gruesa abriéndome el culo mientras Carlos se toca mirándonos.
Miguel escupió en su mano, se untó la verga gruesa y venosa, y después pasó dos dedos por el semen que aún resbalaba del coño de Laura hasta su agujero trasero. La preparó sin prisas: un dedo, después dos, abriéndola mientras ella gemía y se tocaba el clítoris. Yo me senté otra vez en el sillón, la mano en mi propia carne, el corazón martilleándome las sienes.
Cuando la punta de Miguel empujó contra el anillo apretado, Laura gritó.
—¡Joder, qué gruesa…! Despacio… no, no pares… ¡ahh!
Entró centímetro a centímetro. Yo veía cómo el culo de mi esposa se abría alrededor de esa verga mucho más ancha que la mía, cómo la carne se estiraba y cómo ella arqueaba la espalda. Miguel gruñó de placer al hundirse hasta las bolas.
—Qué estrecho… tu mujer tiene el culo de puta virgen para mí. Díselo.
—¡Mi culo es tuyo, Miguel! —gritó Laura, los ojos llorosos de placer—. Carlos nunca me lo ha llenado así… ¡su pene no llega ni a la mitad!
Miguel empezó a embestir. Lento al principio, después más fuerte, el sonido obsceno de carne golpeando carne. Le agarraba las caderas, las nalgadas sonaban secas y dejaban marcas rojas. Laura se corría otra vez solo con la fricción, el clítoris frotado contra la sábana, gritando mi nombre entre gemidos.
—¡Carlos… mira cómo me destroza el culo…! ¡Mira qué polla de hombre de verdad!
Yo me masturbaba con vergüenza, más duro que nunca, la humillación subiendo por la garganta como un sabor amargo y dulce a la vez. Miguel la follaba sin piedad, sudando, los músculos de la espalda tensos. De pronto la levantó, la puso a cuatro patas en la cama y le entró otra vez por detrás, más profundo. Con una mano le agarraba el pelo y con la otra le daba palmadas en el culo.
—Lléname el culo, jefe… córrete dentro… quiero que Carlos lo lama después…
Miguel aceleró. Las embestidas eran salvajes, el colchón crujía. Laura gritaba sin control, el rostro contra la almohada, el maquillaje corrido. Yo veía cómo su ano se aferraba a la verga gruesa de cuarenta y cinco años de mi jefe, cómo se abría y se cerraba con cada empujón.
—Voy a correrme —gruñó Miguel—. Ábrete bien, puta casada.
Se hundió hasta el fondo y se corrió con un gemido grave, inundándole el culo de semen caliente. Laura tembló en otro orgasmo, el coño contrayéndose en el aire vacío, fluidos corriendo por sus muslos. Miguel se quedó dentro un momento, palpitando, y después se retiró despacio. El agujero de Laura quedó abierto, rojo, goteando hilos blancos y espesos que resbalaban hacia su coño ya usado.
Miguel me miró otra vez, la sonrisa triunfante.
—Tu turno, Carlos. Limpia el culo de tu mujer. Con la lengua. Todo.
Me arrastré hasta la cama. El olor era más intenso: semen, sexo, el perfume de Laura mezclado con sudor. Extendí la lengua y lami el anillo hinchado, saboreando el líquido amargo y salado que Miguel le había dejado. Laura se estremecía y empujaba el culo contra mi cara.
—Así… traga… limpia lo que me ha metido el jefe… joder, qué humillante y qué rico…
Miguel se vistió despacio otra vez, pero no se fue. Se quedó de pie al lado de la cama, observando cómo yo lamia cada gota, cómo mi nariz se enterraba entre las nalgas de mi esposa, cómo tragaba. Laura se giró un poco, me miró por encima del hombro y se rió bajito.
—Más adentro, Carlos. Métela bien. Quiero que pruebes cómo me ha dejado el culo.
Obedecí. La lengua se hundía, recogiendo más semen, mientras mi propia verga palpitaba sin que me atreviera a correrme todavía. Miguel se acercó, le acarició el pelo a Laura y le habló al oído lo bastante alto para que yo oyera:
—Esta noche no se acaba aquí. La próxima fiesta de la empresa te quiero otra vez. Y a tu marido de rodillas limpiando.
Laura gimió de acuerdo, empujando más el culo contra mi boca. Yo seguía lamiendo, la cara manchada, el corazón desbocado, sabiendo que había cruzado un límite del que no había vuelta atrás. Miguel se abrochó el reloj, miró el desastre que éramos —yo de rodillas, Laura abierta y goteando, el semen de otro hombre en mi lengua— y sonrió.
Después se inclinó hacia ella, le mordisqueó el lóbulo de la oreja y dijo con voz grave, segura, mirándome de reojo mientras yo tragaba lo último:
—Dile a tu marido lo que quieres que haga la próxima vez que te folle delante de él… ¿se lo dices ahora, Laura?
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