Rebote Prohibido en la Cámara Oscura

En la cámara oscura, la esposa de 38 años Roxanne le pide a su marido Otto que la mire mientras un desconocido de 45 la folla salvajemente y la llena de semen.

12 min read September 14, 2026New

La música apenas llegaba como un latido lejano cuando Otto, de cuarenta y dos años, empresario de éxito con la mandíbula tensa y la corbata ya floja, empujó la pesada cortina de terciopelo negro. A su lado, Roxanne, su esposa de treinta y ocho, voluptuosa, de caderas anchas y pechos pesados que desafiaban el escote del vestido rojo, entró en la cámara oscura del club privado. El aire olía a sexo, a sudor caro y a perfume barato mezclado. Sombras se movían: gemidos suaves, el roce de piel contra piel, el sonido húmedo de bocas ocupadas. Nadie hablaba alto. Nadie necesitaba nombres.

Otto sintió la mano de Roxanne apretarle los dedos con fuerza. Ella no estaba asustada. Estaba empapada. Él lo sabía por la forma en que se removía, por cómo sus pezones se marcaban contra la tela cada vez que alguien rozaba su brazo en la penumbra.

—Otto… —susurró ella, pegándose a su oído, la voz ronca de deseo—. No aguanto más. Quiero que un desconocido me folle aquí mismo. Que me abra las piernas y me use mientras tú miras. Sin tocar. Sin parar nada. Solo mirar cómo me llenan.

La humillación le golpeó el pecho como un puño caliente. Su polla, traidora, se endureció al instante dentro del pantalón. Roxanne le buscó la mirada en la oscuridad; sus ojos brillaban suplicantes y crueles a la vez, consentidos hasta el fondo.

—Dime que sí —insistió ella, rozándole la entrepierna con la palma—. Quiero que veas cómo me pongo de puta. Por favor.

Otto tragó saliva. Asintió una sola vez, rígido, la vergüenza subiéndole por el cuello hasta las orejas.

Fue entonces cuando el hombre apareció. Alto, de cuarenta y cinco años, hombros anchos de gimnasio y un torso que se adivinaba musculoso bajo la camisa abierta. Everett no dijo su nombre; no hacía falta. Simplemente se acercó por detrás de Roxanne y dejó que su polla gruesa, ya dura, pesada y venosa, rozara deliberadamente el culo redondo de ella a través de la tela. Roxanne soltó un gemido suave, casi un maullido, y se arqueó hacia atrás instintivamente.

Se giró hacia Otto. Le agarró la cara con las dos manos y lo besó con lengua profunda, saboreándolo como si fuera la última vez que lo haría siendo solo suya. Cuando se separó, tenía los labios hinchados y la mirada perdida en la lujuria.

—¿Me dejas? —preguntó, voz temblorosa de ganas—. ¿Me dejas chupársela y que me folle delante de ti?

Otto, humillado hasta el tuétano y con la polla palpitándole contra la cremallera, apartó la vista un segundo y volvió a asentir. Dio dos pasos atrás, chocando casi con otra pareja que gemía en un sillón. Se quedó allí, de pie, las manos cerradas en puños, viéndolo todo.

Roxanne se arrodilló sin vergüenza sobre la moqueta oscura. Sus dedos torpes pero ansiosos abrieron el pantalón de Everett. La verga saltó libre: gruesa como su muñeca, venas marcadas, la cabeza morada y ya brillando de precum. Roxanne jadeó de pura avaricia.

—Joder, qué grande… —murmuró, y se la metió entera a la boca de un solo movimiento.

Chupó con hambre, babas resbalándole por la barbilla, una mano apretándole los huevos pesados mientras la otra se agarraba a su propia teta. Everett gruñó bajo, le enredó los dedos en el pelo rubio oscuro de Roxanne y empezó a embestir suavemente la garganta de ella. Ella se atragantó, lloró un poco de placer, y siguió, glotoneando, mirando de reojo a Otto mientras la saliva le goteaba entre los pechos.

Otto se tocó encima de la ropa, sin poder evitarlo. Su polla era más delgada, más corta; lo sabía y ella se lo recordaba cada vez que podía. Ahora lo veía en vivo: su esposa de casi cuarenta años de rodillas, diluyendo su dignidad en la polla de un macho que olía a colonia cara y a dominio.

Everett la levantó del suelo como si no pesara. Le subió el vestido hasta la cintura, le bajó las bragas negras empapadas y las dejó colgando de un tobillo. Roxanne se puso a cuatro patas sobre un banco bajo, el culo en alto, el coño afeitado y goteando a la vista de todos los que quisieran mirar. Everett se arrodilló detrás, alineó la cabeza gruesa y entró de un solo empujón profundo.

Roxanne gritó. Un grito largo, gutural, de placer puro que se perdió entre los otros gemidos de la cámara.

—¡Ah, joder, sí…! ¡Más fuerte!

Everett la agarró de las caderas y empezó a follarla salvajemente, embestidas largas y brutales que le hacían temblar las nalgas y salpicar jugos contra sus muslos. El sonido era obsceno: carne contra carne, húmedo, rítmico. Roxanne miraba a Otto entre sacudidas, la boca abierta, los ojos vidriosos.

—Míralo, cariño… míralo cómo me destroza el coño… ¡Ah!

Después de varios minutos de embestidas que la hicieron correrme ya una vez, con las piernas temblando, Everett se sentó en el banco y la subió a horcajadas. Roxanne se empaló sola, bajando hasta el fondo con un gemido roto, y empezó a cabalgarlo con fuerza, rebotando, las tetas liberadas del escote y saltándole en la cara del desconocido. Everett le chupó un pezón mientras ella se giraba hacia Otto, la voz cargada de desprecio cariñoso y lujuria.

—¿Ves, Otto? ¿Ves lo pequeña que la tienes comparada con esta? Esta sí que me llena… este toro me está reventando el coño como tú nunca has podido. Soy su puta ahora. Dilo. Dime que te gusta ver cómo me usan.

Otto, rojo hasta las orejas, se había sacado ya la polla. Se masturbaba en silencio, la mano rápida y avergonzada, el precum brillándole en la punta. No contestó con palabras; solo asintió otra vez, tragándose el orgullo.

Everett la levantó de nuevo, la puso de pie contra la pared fría de la cámara. Le alzó una pierna, le agarró las nalgas con las dos manos enormes y la penetró de pie, sujetándola como si pesara nada. Cada embestida la levantaba un poco del suelo. Roxanne se aferraba a sus hombros, gemía contra su cuello y después miraba a su marido por encima del hombro del otro.

—Me corro… me corro otra vez… ¡Otto, míame correrme con su polla dentro!

El orgasmo la sacudió entero: contracciones visibles en el vientre, un chorro claro que mojó los muslos de Everett, gemidos guturales que parecían sacados de lo más hondo. Everett no paró. Aceleró, gruñó y se enterró hasta las bolas cuando llegó. Roxanne sintió los chorros calientes, espesos, llenándole el coño a presión, desbordándose ya por los labios hinchados y cayendo en hilos blancos hacia el suelo.

Cuando Everett se retiró, el semen le resbaló por el muslo interno en una raya espesa. Roxanne, temblando, con el vestido hecho un desastre y el maquillaje corrido, se acercó a Otto todavía con las piernas abiertas. Le agarró la nuca y lo besó con lengua profunda, sucia, empujándole dentro de la boca el sabor salado y amargo del otro hombre mezclado con su propio gusto. Otto gimió contra sus labios, la polla todavía dura y sin correrme en su mano.

—He disfrutado tanto siendo una puta para un macho de verdad… —le susurró ella al oído, la voz ronca y satisfecha, mientras le acariciaba el pecho por encima de la camisa—. Tu polla no me llega ni a la mitad. Y todavía quiero más. Siento su leche caliente dentro… y no quiero que se me escurra del todo.

Everett se había abrochado ya a medias, pero no se había alejado del todo; se quedó a unos metros, la respiración todavía agitada, mirándolos con media sonrisa oscura. Otras sombras se acercaban, curiosas. Roxanne tomó la mano de Otto, pegajosa de su propio precum, y lo guió hacia la salida de la cámara, el semen todavía goteándole entre las piernas a cada paso. El aire del pasillo exterior les pegó en la cara como un cachete, más fresco, más real.

Ella se detuvo un segundo antes de cruzar del todo la cortina, se giró hacia su marido y le apretó la entrepierna con posesión cruel.

—No hemos terminado, Otto. Esta noche apenas empieza. Quiero que me veas llena otra vez… y que pruebes lo que me dejan los de verdad.

Otto, humillado, excitado hasta el dolor y con el corazón martilleándole, la siguió sin decir palabra. Detrás de ellos, la cámara oscura seguía respirando gemidos, y la figura alta de Everett se movía entre las sombras como una promesa que aún no se había extinguido.

La mano de Roxanne no soltó la de Otto ni un segundo mientras avanzaban por el pasillo estrecho del club. El semen de Everett le resbalaba todavía por el muslo interno, tibio y espeso, y cada paso lo empujaba más abajo, manchándole la media de nylon. Otto caminaba rígido, la polla sin aliviar todavía palpitándole contra la cremallera abierta, el sabor amargo del otro hombre todavía pegado a su lengua. Roxanne lo notó. Se detuvo junto a una puerta entreabierta que daba a un salón más amplio, semiiluminado por lámparas rojas bajas, donde varias parejas ya se habían instalado en sillones de cuero y un sofá largo. El aire allí olía más fuerte: a coños usados, a precum y a perfume barato de mujer cachonda.

—Mira —susurró ella, guiándole la cara con dos dedos para que viera—. Aquí hay más espacio. Y él viene detrás.

Everett apareció como una sombra alta y segura. Se había abrochado el pantalón a medias, pero la cremallera seguía abierta y la verga gruesa, aún semierecta y brillante de jugos de Roxanne, colgaba pesada. No preguntó nada. Simplemente se plantó frente a ella, le agarró la cintura con una mano enorme y le levantó el vestido rojo otra vez hasta dejarle el culo y el coño a la vista. Roxanne gemió al instante, abriendo las piernas.

—Quiero que me mires mientras me la vuelvo a meter —le dijo a Otto, voz ronca, sin mirarlo a los ojos todavía—. Quiero que veas cómo me dilata otra vez. Y después… después vas a limpiarme con la lengua. ¿Entiendes?

Otto tragó saliva. Asintió, rojo hasta las orejas. Su mano temblaba cuando se sacó del todo la polla, más delgada, más corta, y empezó a masturbarse despacio, sin atreverse a acercarse. Everett soltó una risa baja, casi un gruñido de satisfacción, y empujó a Roxanne hacia el sofá. Ella se dejó caer de espaldas, levantó las piernas y se las abrió en V, ofreciendo el coño hinchado, goteante, todavía lleno de semen blanco que le resbalaba entre los labios hinchados.

—Mira eso, Otto —jadeó ella—. Míralo bien. Está abierto y sucio por él. Y ahora lo voy a ensuciar más.

Everett se arrodilló entre sus muslos. Alineó la cabeza morada, gruesa como un puño, y empujó. Entró de un solo tajo profundo, abriéndola con un sonido húmedo y obsceno. Roxanne arqueó la espalda y gritó, un grito largo que hizo que varias cabezas se giraran en el salón. Everett no esperó. Agarró sus tobillos, los abrió más y empezó a embestirla con fuerza brutal, cada embestida sacudiéndole las tetas pesadas fuera del escote, haciéndolas saltar. El semen anterior salpicaba con cada golpe, formando hilos blancos que le corrían por el culo hacia el sofá.

—¡Ah, joder, sí…! ¡Más hondo! ¡Rómpeme otra vez! —gritó Roxanne, mirando fijamente a Otto mientras se masturbaba. Sus ojos brillaban de desprecio lujurioso—. ¿Ves cómo me entra toda? ¿Ves lo gorda que es comparada con la tuya? Esta me llega al fondo. Me está abriendo el útero, Otto. Me está follando el coño como una puta barata y tú solo puedes tocarte esa cosita.

Otto se masturbaba más rápido, la vergüenza quemándole el pecho, la polla goteando precum sobre el suelo. Pensaba en cómo su esposa de treinta y ocho años, la misma que le preparaba el desayuno los domingos, ahora rebotaba bajo las embestidas de un desconocido de cuarenta y cinco, las caderas anchas temblando, el coño haciendo ruidos sucios de chapoteo. Everett se inclinó, le chupó un pezón duro y le mordió el cuello mientras aceleraba el ritmo. Roxanne se corrió otra vez, las piernas sacudiéndose, un chorro claro salpicando el abdomen del hombre.

—¡Me corro con su polla dentro! ¡Otto, míame! ¡Soy su puta mojada!

Everett no paró. La giró de golpe, la puso a cuatro patas en el sofá y se la volvió a clavar desde atrás. Las nalgas de Roxanne rebotaban con cada embestida. Él le dio una palmada fuerte en un cachete, dejándole la marca roja, y después le agarró el pelo, tirando hacia atrás para que mirara a su marido.

—Dile lo que eres —ordenó Everett, voz grave.

—Soy una puta de coño usado —gimió Roxanne, babas cayéndole por la comisura—. Una puta casada que necesita vergas de verdad. La tuya no me llena, Otto. Nunca me ha llenado. Esta… ¡ah, esta me revienta!

Everett gruñó, se enterró hasta las bolas y se corrió por segunda vez. Roxanne lo sintió: chorros calientes, espesos, disparándose contra su cuello uterino, llenándola a presión hasta que el semen le rebosó por los labios hinchados y le chorreó por el clítoris hasta el sofá. Cuando él se retiró, el agujero quedó abierto, goteando una mezcla blanca y espesa que le resbalaba en hilos largos por los muslos.

Roxanne, temblando, se giró hacia Otto. Se bajó del sofá con las piernas flojas, se acercó a él y se arrodilló delante. Le agarró la polla delgada con dos dedos, como si fuera un juguete menor, y lo miró desde abajo.

—Ahora limpia —ordenó—. Ponte de rodillas y lámelo todo. Quiero sentir tu lengua dentro de mi coño lleno de su leche.

Otto obedeció. Se arrodilló entre las piernas abiertas de su esposa. El olor le golpeó la nariz: semen ajeno, coño usado, sudor. Sacó la lengua y lamió. El sabor era amargo, salado, espeso. Roxanne le agarró la cabeza y se la empujó más hondo, frotándose el clítoris contra su nariz mientras él chupaba y tragaba. Everett se quedó de pie mirándolos, la verga todavía pesada, y se acarició despacio.

—Más profundo, Otto —susurró Roxanne—. Saca todo lo que pueda. Quiero que tragues la leche de un macho de verdad. Quiero verte con la cara llena de lo que me dejaron.

Otto lamió y chupó, la lengua entrando en el agujero dilatado, saboreando cada gota. Su propia polla palpitaba sin alivio. Roxanne se corrió otra vez solo con la lengua de su marido y el recuerdo de la verga gruesa, mojándole la cara a Otto con más jugos. Después lo empujó hacia atrás, se levantó y se subió a horcajadas sobre él, empujándolo contra el suelo del salón. Se frotó el coño sucio contra su polla delgada, sin meterla del todo, solo manchándosela de semen ajeno.

—Ni siquiera te la voy a meter —dijo ella, voz cruel y excitada—. Solo voy a usar tu carita de cornudo para limpiarme otra vez. Y tú te vas a correr solo, mirándome llena.

Everett se acercó por detrás de ella. Le levantó el culo, alineó otra vez y la penetró de pie mientras ella seguía a horcajadas sobre Otto. Ahora Otto veía de cerca cómo la verga gruesa entraba y salía del coño de su esposa, a centímetros de su cara, cada embestida sacudiéndole las tetas en la cara a él. Roxanne se reía entre gemidos, mirando hacia abajo.

—¿Lo sientes? ¿Sientes cómo me la mete toda mientras tú estás debajo? Mi coño está hecho un desastre. Estoy llena de dos corridas y todavía quiero más. Córrete, Otto. Córrete como el cornudo que eres mientras me follo a este toro encima de ti.

Otto se masturbó desesperado. Se corrió con un gemido ahogado, chorros débiles saliendo sobre su propia camisa, mientras Everett embestía salvajemente a Roxanne una última vez. Ella gritó, se corrió con el cuerpo entero convulsionando, y Everett se vació dentro por tercera vez, empujando tan hondo que Roxanne sintió el semen caliente empujando hacia arriba, desbordándose alrededor de la verga gruesa y cayendo directo sobre la cara y la boca abierta de Otto.

Roxanne se bajó despacio, el coño abierto y chorreando una pasta blanca espesa que le goteaba en hilos largos sobre los labios de su marido. Se acuclilló, le agarró la mandíbula y le obligó a tragar lo que le caía.

—Traga, puto. Traga toda la leche que me han metido en el coño. Esta noche me han usado como una zorra y tú has mirado y has limpiado. Y todavía me queda semen caliente rezumándome entre las piernas… quiero que me lo chupes otra vez hasta que no me quede ni una gota dentro de este coño de puta casada.

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