Rendición Bajo la Lluvia: Su Esposa se Entrega al Mejor Amigo en el Vestuario
Laura, de 38 años, se rinde bajo la lluvia y se folla al amigo de su marido en el vestuario mientras Carlos mira humillado.
Las gotas de lluvia azotaban el techo de chapa del vestuario del club de tenis como un redoble constante y salvaje. Carlos, ejecutivo de cuarenta y dos años, empujó la puerta de metal con el hombro, empapado de pies a cabeza. Su polo blanco se adhería a su pecho flácido por el agua y el sudor, y los shorts se le pegaban a los muslos de manera incómoda. A su lado, Laura, su esposa de treinta y ocho años, respiraba agitada. La falda plisada de tenis se le había pegado al culo redondo y firme, marcando cada curva. El top blanco, ahora transparente, dejaba ver claramente sus pezones oscuros, endurecidos por el frío y por algo mucho más peligroso.
Raúl los esperaba dentro, sentado en uno de los bancos de madera con las piernas abiertas. Cuarenta años, exatleta universitario, su cuerpo seguía siendo una mole de hombros anchos, pectorales marcados y brazos que parecían capaces de partir a un hombre por la mitad. Llevaba solo una toalla alrededor de la cintura, el pecho todavía brillante por la ducha reciente. Sus ojos se clavaron directamente en Laura, y ella no apartó la mirada. Carlos lo notó, como siempre lo había notado durante años. Esa tensión eléctrica que surgía cada vez que Raúl estaba cerca. La forma en que Laura apretaba los muslos, cómo su voz bajaba medio tono. Carlos nunca había dicho nada. El nudo en la garganta y el calor vergonzoso en la polla siempre lo habían detenido.
—Joder, parecéis dos ratas ahogadas —dijo Raúl con esa voz grave y ronca que parecía vibrar en el pecho de Laura.
Ella soltó una risa baja, sacudiéndose el cabello mojado. El movimiento hizo que sus tetas se balancearan bajo la tela húmeda.
—Ha sido un partido brutal. La lluvia nos pilló de lleno en el último set. —Sus ojos bajaron un segundo al bulto que se marcaba bajo la toalla de Raúl—. Tú tuviste suerte de no jugar hoy.
Carlos se quedó quieto junto a las taquillas, sintiendo cómo el agua le corría por la espalda. El ambiente del vestuario era denso: olor a madera mojada, a sudor masculino y a la lluvia que no dejaba de caer. Podía sentir la polla empezando a hincharse dentro de los shorts empapados, traicionándolo. Laura se acercó a su taquilla, justo al lado de donde estaba Raúl, y comenzó a quitarse el top sin esperar a que su marido cerrara la puerta. Sus pechos pesados quedaron libres, los pezones duros como piedras.
Raúl no disimuló. Se reclinó contra la pared, dejando que la toalla se abriera un poco más, mostrando el muslo grueso y moreno.
—Siempre has tenido unas tetas que quitan el aliento, Laura —murmuró sin apartar la vista de ella.
Carlos tragó saliva. Esperaba que ella lo reprendiera, que pusiera distancia. En cambio, Laura se pasó las manos por los pechos como si estuviera secándoselos, apretándolos ligeramente mientras miraba al mejor amigo de su marido.
—Gracias, Raúl. Tú… tú sigues estando mucho más grande y más duro que la mayoría. —Su voz era descarada, sin una gota de vergüenza—. Siempre me he preguntado cómo se sentiría un cuerpo como el tuyo encima de mí. Más alto, más fuerte… más hombre.
Las palabras cayeron como un trueno dentro del vestuario. Carlos sintió que le ardía la cara. Su polla, pequeña y ya medio dura, dio un salto dentro de los shorts. Laura lo miró de reojo, con los labios entreabiertos y las mejillas sonrosadas. Había deseo puro en sus ojos, y también desafío. La lluvia golpeaba más fuerte, como si aplaudiera.
Raúl soltó una risa baja y peligrosa. Se levantó, dejando caer la toalla sin pudor. Su polla colgaba pesada, gruesa incluso en reposo, con una vena gruesa recorriéndola. Mucho más grande que la de Carlos. Laura se mordió el labio inferior.
—¿Sabes qué, guapa? —dijo Raúl acercándose un paso—. Solo con hablarte se te moja el coño. Lo veo en cómo aprietas las piernas. Siempre has sido una calientapollas para mí. Tu marido lo sabe, ¿verdad, Carlos?
Carlos no respondió. Solo asintió lentamente, humillado, con la respiración entrecortada. Sentía el corazón latiéndole en la garganta y la verga palpitando de pura vergüenza excitada.
Laura ya no fingía. Se bajó la falda y las bragas de un tirón, quedando completamente desnuda. Su coño depilado brillaba, los labios hinchados y mojados no solo por la lluvia. Se acercó a Raúl hasta que sus tetas rozaron el pecho masculino.
—Siempre he fantaseado con que me follaras delante de él —confesó con voz ronca, sin apartar la mirada de los ojos de Raúl—. Con que me usaras como la puta que soy para ti. Carlos solo… mira.
El beso fue brutal. Laura se lanzó a la boca de Raúl como si se estuviera ahogando y él fuera el aire. Sus lenguas se enredaron con hambre, ruidosamente. Ella gimió contra sus labios mientras las manos grandes de él le agarraban el culo con fuerza, separándole las nalgas. Carlos se dejó caer en el banco frente a ellos, con los ojos muy abiertos, la polla tiesa dentro de los shorts mojados, sin atreverse a tocarse. La humillación le quemaba el pecho, pero no podía dejar de mirar.
Laura se separó solo un segundo para jadear:
—Carlos… míralo. Es mucho más grande. Mucho más hombre que tú.
Entonces se arrodilló. Sus rodillas golpearon el suelo de baldosas frías. La polla de Raúl ya estaba completamente dura, gruesa como una muñeca, con el glande morado y brillante. Laura la agarró con las dos manos, todavía impresionada.
—Dios mío… mira esto, cariño —le dijo a su marido sin apartar los ojos de la verga—. Tu polla nunca ha sido así. Tan gruesa… tan pesada. Me encanta.
Abrió la boca y la metió. No fue suave. Laura chupó con ansia, tragándosela hasta donde pudo, babeando copiosamente mientras su garganta se contraía alrededor del grosor. Sus ojos no dejaban de mirar a Carlos, transmitiéndole cada segundo de placer que sentía al tener esa polla en la boca. Raúl la agarró del pelo mojado y empujó más profundo, follándole la cara con lentas embestidas.
—Así, zorra. Chúpame delante de tu cornudo. Llevas años queriendo esto.
Laura sacó la polla un momento, jadeando, con hilos de saliva colgando de sus labios.
—Es mucho más grande y más dura que la tuya, Carlos. Me llena la boca como tú nunca podrías. Me estoy poniendo cachonda solo de probarlo.
Raúl la levantó como si no pesara nada. La empujó contra las taquillas metálicas, frías contra las tetas de Laura. Ella abrió las piernas sin que se lo pidieran, ofreciéndose. Él colocó la gruesa punta en su entrada empapada y empujó. El gemido de Laura fue largo y gutural cuando la polla la abrió de golpe.
—Joder… sí… rómpeme, Raúl.
Empezó a follarla con fuerza, de pie, cada embestida haciendo que las taquillas vibraran. El sonido húmedo de carne contra carne se mezclaba con el repiqueteo de la lluvia. Laura gritaba a cada golpe, sus tetas rebotando. Miraba a Carlos directamente.
—Esto es lo que mereces ver, amor. Cómo me folla de verdad un hombre.
Raúl la sacó de repente, la giró y la puso a cuatro patas sobre el banco de madera. El culo de Laura quedó en pompa, el coño rojo e hinchado. Entró de nuevo desde atrás con un solo empujón brutal. Le dio una palmada fuerte en la nalga.
—Dilo, puta. Dile a tu marido lo que eres.
—Soy tu puta —gimió Laura, la voz entrecortada por las embestidas—. Soy la puta de Raúl. Mi marido solo mira… solo mira cómo me follan como se merece.
Carlos tenía la mano dentro de los shorts, tocándose lentamente, con lágrimas de humillación y placer en los ojos. La escena era demasiado: el cuerpo musculoso de su mejor amigo cubriendo a su esposa, la forma en que Laura empujaba hacia atrás buscando más polla, los gemidos cada vez más altos.
Raúl la levantó otra vez y se sentó en el banco, con la polla apuntando al techo. Laura se subió encima sin dudar, colocándose a horcajadas. Bajó sobre él lentamente, tragándose cada centímetro hasta que sus huevos quedaron pegados a su culo. Empezó a cabalgarlo con furia, salvajemente. Sus tetas saltaban delante de la cara de Raúl, que las mordía y chupaba mientras la sujetaba por las caderas.
—Más fuerte, zorra. Quiero que tu marido vea cómo te corres en mi polla.
Laura aceleró, el coño tragándose la gruesa verga una y otra vez. Sus gritos resonaban en el vestuario.
—Me corro… me corro en tu polla, Raúl… ¡delante de mi marido!
Su cuerpo se tensó. Un orgasmo brutal la atravesó, haciendo que sus paredes internas apretaran la polla invasora. Raúl gruñó, la sujetó con fuerza y empujó hacia arriba, llenándola hasta el fondo. Chorros calientes de semen espeso la inundaron, tanto que empezó a escaparse alrededor de la polla mientras ella todavía se movía.
Laura se derrumbó sobre el pecho de Raúl, temblando. Él la besó posesivamente, metiéndole la lengua hasta el fondo mientras su polla seguía latiendo dentro de ella. El semen blanco y espeso comenzó a chorrear por los muslos de Laura, bajando en gruesos hilos hasta el suelo.
Raúl miró a Carlos con una sonrisa cruel y satisfecha, sin sacar la polla todavía.
—Ven aquí, cornudo. Acerca esa cara. Vas a limpiar con la lengua todo lo que tu mejor amigo ha dejado dentro de tu esposa. Cada gota. Ahora.
Carlos se levantó temblando, con la polla todavía dura y el rostro ardiendo de vergüenza. Dio un paso hacia ellos mientras la lluvia seguía cayendo sin piedad sobre el techo, y el aire del vestuario se cargaba con la promesa de que esto solo era el comienzo de una noche mucho más larga y degradante. Laura, todavía empalada en la polla de Raúl, lo miró con ojos vidriosos de placer y le sonrió con complicidad perversa, esperando a ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar su marido esta vez.
Carlos se arrodilló entre las piernas abiertas de ambos, el olor denso a coño mojado, semen caliente y sudor masculino invadiéndole las fosas nasales. Su corazón retumbaba como la lluvia que seguía azotando el techo de chapa. Laura, su esposa de treinta y ocho años, lo observaba desde arriba con los ojos entrecerrados de placer, todavía completamente empalada en la polla gruesa de Raúl. El semen blanco y espeso ya rebosaba alrededor de la base de esa verga venosa, escurriéndose en hilos lentos y pegajosos por los labios hinchados de su coño depilado y bajando por el interior de sus muslos temblorosos.
—Lame, cornudo —ordenó Raúl con esa voz grave que parecía llenar todo el vestuario—. Saca la lengua y limpia lo que le he metido a tu mujer. Prueba cómo se siente un hombre de verdad llenándola hasta el fondo.
Laura jadeó cuando sintió la primera pasada tímida de la lengua de su marido. Carlos lamió el punto exacto donde la polla de su mejor amigo estiraba al máximo el coño de ella, recogiendo el semen espeso con la punta de la lengua. El sabor era fuerte, salado, ligeramente amargo, y le provocó una arcada que rápidamente se convirtió en una excitación enfermiza. Su propia polla, pequeña y rígida dentro de los shorts empapados, soltaba gotas de precum sin que nadie la tocara. “Esto es lo que soy”, pensó mientras hundía más la cara, lamiendo con mayor avidez los jugos mezclados que chorreaban. “Un cornudo que limpia la corrida del macho que se folla a su esposa”.
Laura agarró la nuca de Carlos con una mano y lo apretó contra su coño, obligándolo a hundir la nariz contra el clítoris hinchado mientras Raúl empezaba a mover las caderas otra vez con lentas embestidas cortas.
—Más adentro, cariño —gimió ella, la voz rota de placer—. Siente cómo me late la polla de Raúl dentro. Es tan gruesa que me abre como tú nunca has podido. Lame su semen mientras me folla… eso, así, buen chico.
Raúl soltó una risa baja y oscura, sujetando las tetas pesadas de Laura y pellizcándole los pezones con fuerza. Cada vez que empujaba, más semen salía expulsado contra la boca de Carlos, que tragaba sin protestar, gimiendo de humillación y deseo. El sonido húmedo de la lengua contra el coño estirado se mezclaba con el repiqueteo salvaje de la lluvia. Laura empezó a cabalgar de nuevo sobre la verga de Raúl, moviendo el culo en círculos mientras su marido lamía sin pausa. Sus gemidos subían de tono, cada vez más agudos y desesperados.
—Joder, me corro otra vez… —anunció ella entre dientes, el cuerpo tensándose—. Me corro en su polla mientras tú lames, Carlos. ¡Mírame! Esto es lo que mereces ver.
El orgasmo la atravesó con violencia. Sus paredes internas apretaron la polla de Raúl en espasmos fuertes, expulsando más semen mezclado que Carlos tragó con obediencia total. Raúl gruñó, la sujetó por la cintura y la levantó de golpe, sacando su verga con un sonoro chasquido húmedo. La polla quedó apuntando al techo, brillante, hinchada, cubierta de una capa espesa de corrida, jugos y saliva. Medía fácilmente veintidós centímetros y era tan gruesa que Laura todavía tenía el coño abierto, rojo y palpitante.
—Ahora limpia mi polla, cornudo —dijo Raúl, agarrando a Carlos por el pelo mojado y tirando de él hacia delante—. Chúpala entera. Prueba el sabor de tu mujer en la verga de tu mejor amigo.
Carlos abrió la boca sin dudar. El glande morado le llenó la mandíbula al instante. Era enorme, caliente, palpitante. Sintió arcadas cuando Raúl empujó hasta el fondo de su garganta, follándole la cara con movimientos cortos y dominantes. Laura, todavía a cuatro patas sobre el banco, se metió dos dedos en su coño abierto y se masturbaba con furia, mirando la escena con los ojos brillantes de lujuria.
—Dios, mírate… —jadeó ella—. Mi marido de cuarenta y dos años, ejecutivo importante, chupando la polla que acaba de correrme dentro. Eres patético y me encanta. Chúpala más profundo, Carlos. Quiero que te ahogues con el sabor de los dos.
Raúl folló la boca de Carlos durante varios minutos, gruñendo insultos bajos mientras Laura no dejaba de masturbarse y hablarle sucio. El vestuario olía a sexo crudo: a coño, a semen, a sudor y a la lluvia que no cesaba. Finalmente Raúl sacó su polla de la boca de Carlos, dejando hilos espesos de saliva colgando de los labios del cornudo, y volvió a sentarse en el banco.
—Sube otra vez, zorra. Quiero follarte el coño en frente de él hasta que no puedas caminar.
Laura obedeció al instante. Se colocó a horcajadas sobre Raúl, de cara a Carlos, y bajó lentamente hasta tragarse toda la verga otra vez. El sonido fue obsceno, húmedo, lleno. Empezó a cabalgar con fuerza, las tetas rebotando salvajemente delante de la cara de su marido. Carlos se quedó de rodillas, mirando a pocos centímetros cómo esa polla gruesa entraba y salía del coño de su esposa, estirando los labios rosados con cada bajada brutal.
—Fíjate bien, amor —le dijo Laura entre gemido y gemido, sin dejar de rebotar—. Mira cómo me llena. Siente el olor. Su polla es mucho más grande, mucho más dura. Me llega donde tú nunca has llegado. Me está follando como una puta barata y me encanta.
Carlos tenía la mano dentro de los shorts, masturbándose frenéticamente mientras veía a su esposa de treinta y ocho años perderse en el placer. Raúl la agarraba por las caderas y la hacía bajar con más fuerza, clavándose hasta los huevos cada vez. Los gemidos de Laura se volvieron gritos. Otro orgasmo la sacudió, haciendo que su coño apretara y soltara chorros de squirt que salpicaron el pecho de Carlos.
—No pares… ¡no pares, joder! —suplicó ella, echando la cabeza hacia atrás.
Raúl se puso de pie sin sacarla, sosteniendo a Laura en el aire como si no pesara nada. Le separó las nalgas y la folló de pie, embistiendo hacia arriba con golpes brutales que hacían que las tetas de ella saltaran y que sus gritos resonaran contra las taquillas. Carlos se levantó también, acercando la cara para verlo todo: la polla entrando y saliendo, el coño rojo y destrozado, el semen anterior y nuevo mezclándose en una crema espesa que caía al suelo.
—Díselo —gruñó Raúl, sudando, los músculos de sus brazos y pectorales marcándose con cada embestida.
—Soy tu puta, Raúl —gritó Laura sin vergüenza alguna—. Soy la puta de tu polla grande. Mi marido solo sirve para mirar y limpiar. ¡Me corro otra vez! ¡Me corro en tu verga delante de él!
El tercer orgasmo de Laura fue el más violento. Su cuerpo entero se convulsionó, las piernas temblando sin control. Raúl rugió, la apretó contra su pecho y la llenó por segunda vez. Chorros potentes de semen caliente inundaron su útero, tanto que salía a borbotones alrededor de la polla con cada contracción. Laura gritó hasta quedarse ronca, derrumbándose sobre el pecho sudoroso de Raúl.
Durante casi un minuto permanecieron así, unidos, jadeando. Finalmente Raúl la bajó con cuidado. Su polla salió con un sonido húmedo y obsceno, dejando el coño de Laura completamente abierto, rojo, goteando una cascada de semen espeso que caía al suelo de baldosas. Laura se tambaleó, las piernas débiles, y se sentó en el banco con las piernas abiertas, exhibiéndose sin pudor.
—Límpiala del todo, Carlos —ordenó con voz suave pero firme—. Hasta la última gota. Y después lamerás también la polla de Raúl hasta que quede brillante.
Carlos obedeció sin rechistar. Se arrodilló de nuevo y hundió la cara entre los muslos de su esposa, lamiendo con devoción el coño destrozado, tragando grandes cantidades de la corrida espesa de su mejor amigo. Laura le acariciaba el pelo con ternura perversa mientras gemía bajito de sensibilidad. Después Carlos pasó a la polla de Raúl, chupándola con lentitud, limpiando cada centímetro, cada vena, cada resto de semen y jugos.
Cuando terminó, los tres respiraban con dificultad. La lluvia seguía cayendo con fuerza, pero el ambiente dentro del vestuario era pesado, cargado de sexo y humillación. Raúl y Laura se miraron un segundo. Ella sonrió con complicidad mientras acariciaba la mejilla de su marido, que seguía de rodillas, exhausto y con la cara cubierta de fluidos.
Lo que Carlos nunca sabría era que Laura y Raúl llevaban once meses follándose a escondidas. Todo había empezado en un viaje de trabajo que supuestamente era solo de Raúl; Laura se había unido en secreto. Desde entonces se veían dos veces por semana en hoteles, en el coche, incluso en la cama matrimonial cuando Carlos estaba de viaje. Este encuentro en el vestuario bajo la lluvia había sido planeado por ellos durante semanas. El “momento espontáneo” era solo el primer paso para convertir a Carlos en su cornudo permanente. Laura miró a Raúl por encima de la cabeza inclinada de su marido y compartió con su amante una sonrisa secreta, oscura y llena de promesas, sabiendo que su marido jamás sospecharía la verdad.
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