Snowed In On The Houseboat

stepdaughter y padrastro se rinden al deseo prohibido durante la tormenta.

10 min read August 16, 2026New

Soy la hijastra de veinticuatro años de Wesley, un hombre maduro de cincuenta y dos que siempre me ha tratado con esa mezcla peligrosa de cariño paternal y deseo reprimido que me quemaba por dentro desde que mi madre se casó con él. Aquella noche de invierno nos quedamos atrapados en su casa flotante en el lago cuando la tormenta de nieve se desató sin aviso. El viento aullaba contra el casco, la electricidad se fue a la mierda y no había forma de salir: el muelle estaba cubierto de hielo y el camino de acceso bloqueado por un metro de nieve. Solo quedábamos nosotros dos en aquel camarote estrecho, con una única cama doble, una estufa de gas que apenas calentaba y el sonido de los copos golpeando las ventanas.

Me llamo Renata y llevaba años fingiendo que no notaba cómo me miraba cuando creía que no lo veía. Él me había cri ado en parte, me había enseñado a pescar desde la cubierta, me había consolado cuando me rompieron el corazón en la universidad, pero nunca dejó de ser el hombre cuyo cuerpo robusto y velludo me hacía mojar las bragas en secreto. Ahora, sin luz y con el frío calándonos los huesos, esa tensión prohibida se volvió imposible de ignorar. Me enrosqué en el colchón con un suéter grueso y leggins, temblando, mientras Wesley encendía una lámpara de aceite y sacaba la manta más gruesa del armario.

—Ven aquí, Renata —dijo con esa voz grave que siempre me erizaba la piel—. Vamos a compartir el calor o nos vamos a congelar.

Me acerqué sin pensarlo demasiado. Nos metimos bajo la manta, hombro con hombro, y el espacio era tan reducido que mis pechos rozaban su brazo cada vez que respiraba. El olor de él —madera, jabón barato y algo masculino y cálido— me subió directo a la entrepierna. Sentí cómo se me endurecían los pezones contra la tela. Durante un rato solo escuchamos la tormenta. Luego nuestras miradas se cruzaron a la luz tenue de la lámpara y ya no pude callarme.

—Wesley… —empecé en un susurro, la voz temblorosa—. Llevo años fantaseando contigo. Por las noches me toco pensando en tu polla, en cómo me follarías si no fueras mi padrastro. Me da vergüenza, pero aquí, atrapados, no puedo seguir fingiendo.

Él se quedó quieto un segundo. Luego soltó un gemido bajo, casi doloroso, y me miró con los ojos oscuros de hambre.

—Joder, Renata. Yo también. Desde que cumpliste dieciocho no he dejado de desearte. Me la he jodido miles de veces imaginándome tu coño apretado, tu boca alrededor de mi verga, follándote a escondidas como el hijo de puta que soy por querer a mi propia hijastra. Estoy duro ahora mismo solo de tenerte tan cerca.

Mis manos temblaban cuando se deslizaron por encima de la manta hasta encontrar el bulto grueso en su pantalón de chándal. Lo apreté y él jadeó. Nos lanzamos el uno al otro con besos torpes, ansiosos, dientes chocando, lenguas explorando. Sus manos grandes me subieron la camiseta y apretaron mis tetas, pellizcando los pezones duros mientras yo le bajaba el elástico y sacaba su polla gruesa, caliente, venosa, ya goteando por la punta. Froté el glande con el pulgar y él gruñó mi nombre.

—Quiero cruzar la línea —susurré contra su boca—. Los dos lo queremos. Fóllame, padrastro. Hazlo de una puta vez.

Él asintió, los ojos brillantes de lujuria consentida. Me arrodillé entre sus piernas abiertas sobre el colchón. Agarré su verga con las dos manos y la lami desde las bolas hasta la cabeza, saboreando el precum salado. Luego me la metí entera, chupando con ganas, la lengua girando alrededor del glande mientras subía y bajaba la cabeza. Él gimió alto, una mano enredada en mi pelo.

—Así, Renata… chúpame esa polla gruesa, hijastra guarra. Qué rica tienes la boca. Llevo años soñando con esto.

Babeaba alrededor de su verga, haciendo ruidos obscenos de succión, mirándolo a los ojos mientras él se retorcía. Lo chupé hasta que sus muslos temblaron y entonces él me apartó con suavidad urgente.

—Ahora te toca a ti. Quítate todo.

Me desnudé temblando de frío y de ganas. Él me tumbó de espaldas, se quitó la ropa y se puso entre mis piernas. Su polla rozó mi coño empapado y me miró una última vez.

—Dime que lo quieres.

—Te quiero dentro, Wesley. Fóllame como a tu puta secreta.

Empujó de un solo golpe, llenándome por completo. Grité de placer. Empezó a follarme en misionero salvaje, embistiendo hondo, sujetándome las muñecas por encima de la cabeza con fuerza consentida. Cada embestida hacía crujir el colchón y el barco entero parecía mecerse con nosotros. Mis tetas rebotaban y él las mordisqueaba, chupándome los pezones mientras me martillaba el coño.

—Tan apretada… mi hijastra tiene el coño más rico del mundo. Te voy a destrozar esta noche.

Cuando ya estaba a punto de correrme, me soltó las muñecas, me dio la vuelta y me puso a cuatro patas. Me agarró las caderas con esas manos enormes y me embistió por detrás, duro, profundo, las bolas golpeándome el clítoris. Gritaba su nombre y lo mío, el sonido de piel contra piel llenando el camarote junto al aullido del viento.

—Más fuerte, padrastro… fóllame el coño como siempre has querido.

Él gruñía y me daba nalgadas que me ardían delicioso. Luego se dejó caer de espaldas y me subió encima en cowgirl. Me senté despacio sobre su verga gruesa, sintiéndola abrir mis labios hinchados, y empecé a rebotar, controlando el ritmo, mis manos en su pecho velludo. Nos mirábamos a los ojos, sudando, el cuerpo brillando a la luz de la lámpara.

—Mira cómo te follas a tu padrastro —jadeé—. Qué prohibido y cachondo es esto. Si alguien nos viera… tu hijastra montándote la polla como una zorra en celo.

—Joder, Renata, sí… rebota más fuerte. Usa esa polla que es tuya ahora. Me encanta follar a mi hijastra, me encanta este secreto asqueroso y delicioso.

Me corría una y otra vez, el coño contrayéndose alrededor de él, chorreando jugos por sus bolas. Él me agarró las caderas y empezó a empujar hacia arriba al mismo tiempo que yo bajaba, más profundo, más brutal. Sentí cómo se ponía todavía más dura dentro de mí.

—Dentro… córrete dentro de mí, Wesley. Llénate el coño de tu hijastra.

Gritamos juntos. Su polla latía y disparó chorros calientes de semen espeso en lo más hondo de mi coño mientras yo me venía otra vez, temblando, las uñas clavadas en su pecho. Seguimos moviéndonos hasta que no quedó nada, exhaustos, cubiertos de sudor y de su leche que ya se me escapaba por los muslos.

Nos desplomamos abrazados bajo la manta, su verga todavía medio dura dentro de mí, escuchando la nieve caer sin parar sobre la casa flotante. El calor de su cuerpo me envolvía y yo sabía, con una certeza deliciosa y peligrosa, que esto solo era el comienzo de nuestro secreto tabú. Que buscaríamos más noches a solas cada vez que pudiéramos, sin que mi madre ni nadie se enterara. La tormenta seguía rugiendo afuera y yo ya estaba imaginando cómo le pediría que me follara otra vez antes del amanecer, cómo le diría que quería chuparle la polla limpia de nuestro semen mezclado, cómo planeábamos escondernos en este mismo camarote cada invierno. Él me besó la frente y apretó mi culo con posesividad, y su voz ronca murmuró contra mi pelo:

—Esto no termina aquí, Renata. Ni de coña.

Nos quedamos así un buen rato, su polla ablandándose despacio dentro de mí mientras el semen tibio se nos escapaba por los muslos y empapaba la sábana. El viento seguía aullando contra el casco y la lámpara de aceite parpadeaba, pintándonos de oro sucio. Yo trazaba círculos perezosos en el pecho velludo de Wesley y sentía cómo su corazón todavía galopaba bajo la palma.

—No voy a poder mirarte igual en Navidad —murmuró él contra mi pelo, la voz ronca de tanto gemir—. Cada vez que te pase el pavo voy a recordar cómo me apretaba este coño.

—Entonces no me pases el pavo —susurré yo, moviendo las caderas apenas, sintiendo el desliz caliente y viscoso—. Pásame la polla debajo de la mesa cuando nadie mire. O mejor: llévame al baño y fóllame contra el lavabo mientras mamá pone los villancicos.

Él soltó una risa baja que se convirtió en gruñido cuando me incorporé y su verga resbaló fuera de mí con un sonido obsceno. El frío del camarote me mordió la piel sudada, pero no me importó. Me arrodillé entre sus piernas abiertas, agarré su polla blanda y pesada y la llevé a la boca. Sabía a los dos: a mi coño, a su leche espesa, a pecado puro. Lamí cada centímetro, limpiándolo con la lengua, metiéndome los restos de semen hasta el fondo de la garganta. Wesley maldijo entre dientes y se le endureció otra vez contra mi paladar, gruesa, caliente, latiendo.

—Joder, hijastra… mírate. Tragándote nuestra mierda como si fuera postre. Eres una puta perfecta.

—Tu puta —corregí yo, hablando con la boca llena, la saliva y el semen haciéndome hilos desde la comisura hasta sus bolas—. Dime que me vas a usar toda la noche. Dime que este coño es solo tuyo aunque lleve tu apellido de mentira.

Él me agarró del pelo y me obligó a mirarlo mientras yo le chupaba con ganas, bobbing la cabeza, la lengua plana en la vena gruesa del lado. Cuando estuvo otra vez de piedra me empujó suavemente hacia atrás, me tumbó y se hundió entre mis piernas. No me folló todavía. Abrió mis labios hinchados con los pulgares y me lamió el coño de abajo arriba, lento, saboreando su propio semen mezclado con mis jugos. Chupó mi clítoris hinchado hasta que se me arqueó la espalda y le clavé las uñas en el cuero cabelludo.

—Wesley… padrastro… me voy a correr en tu boca…

—Hazlo —ordenó contra mi carne—. Riega mi lengua, Renata. Quiero beberte mientras la tormenta nos esconde.

Me corrí gritando, las piernas temblando alrededor de su cabeza, el coño palpitándole contra la boca. Él no paró: metió dos dedos gordos y me frotó el punto exacto mientras seguía chupando, y me vino otra vez, más fuerte, chorreando de verdad. Solo entonces se subió encima, me enganchó las rodillas en los codos y me embistió de un solo tajo. Estaba tan mojada y abierta que entró hasta el fondo, las bolas aplastándome el culo. Empezó a martillarme en ángulo profundo, cada embestida sacándome el aire y un gemido roto.

El barco se mecía con nosotros. La cama crujía. Yo le arañaba la espalda y le mordía el hombro para no gritar demasiado alto, aunque no hubiera nadie que pudiera oírnos excepto la nieve. Él me hablaba al oído, sucio, poseído:

—Tan caliente… tan prohibido. Si tu madre viera cómo le abro el coño a su hija… cómo le dejo el útero lleno de leche. Eres mía esta noche, Renata. Mi secreto. Mi zorra de casa flotante.

—Más… fóllame más duro… quiero que me duela mañana cuando camine delante de ella…

Me dio la vuelta sin sacar del todo la polla, me puso a cuatro y me agarró de las tetas como asas. Embistió salvaje, la piel chocando húmeda, el sonido llenando el camarote junto al silbido del viento. Me dio nalgadas que me dejaron la carne ardiendo y roja; yo empujaba hacia atrás pidiendo más. Cuando sentí que se ponía de piedra otra vez me sacó de golpe, me hizo girar y me sentó a horcajadas al revés, de espaldas a él. Me guié sola hasta clavármela y empecé a rebotar, mirando por la ventanita escarchada cómo la nieve sepultaba el mundo. Él me sujetaba las caderas y empujaba hacia arriba, follándome el coño desde abajo mientras yo le masturbaba el clítoris con dos dedos.

—Mira cómo te la montas, hijastra —jadeaba—. Usando la polla de tu padrastro como si fuera un juguete. Si supieran… si supieran lo mucho que te gusta que te llene.

Me corrí otra vez, apretándolo, y él me siguió segundos después, disparando chorros calientes tan hondo que juré sentirlos en el estómago. Nos desplomamos de lado, todavía unidos, sudando, oliendo a sexo y a gas de la estufa. Dormimos un rato así, su brazo pesado sobre mi cintura, la polla ablandándose otra vez dentro. Desperté cuando la lámpara casi se apagaba. Afuera seguía nevando. Me deslicé hacia abajo, lo chupé hasta dejarlo duro de nuevo y me tumbé de lado para que me follara cucharita, lento y profundo, una mano en mi pecho y la otra en mi clítoris. Fue más tierno y más sucio a la vez; nos corrimos casi en silencio, solo jadeos y el crujido del colchón.

Pasamos las horas así: follando, descansando, volviendo a follar. Me hizo correrme con la lengua hasta que me dolían los muslos. Le cabalgué de frente mirándolo a los ojos mientras le decía que era el mejor padrastro del mundo por reventarme el coño. Me puso de pie contra la pared fría del camarote y me levantó una pierna para metérmela de pie, las tetas aplastadas contra la madera. Cada ronda era más desesperada, más consciente de que al día siguiente tendríamos que fingir. Yo ya planeaba excusas, miradas robadas, noches en las que “me quedaría a cuidar la casa flotante” sola con él.

Cuando la primera luz gris del alba se filtró por la ventanita estábamos otra vez abrazados bajo la manta, su semen secándose en mis muslos internos, mi coño latido y abierto. Wesley me besó la nuca con una posesividad que me hizo humedecerme otra vez.

—Esto no se acaba cuando pare la nieve —prometió—. Cada puta oportunidad, Renata. Te voy a follar en su cama cuando se vaya de viaje. Te voy a comer el coño en el coche camino del súper. Vas a ser mi puta secreta hasta que nos pille o nos muramos.

Asentí, feliz, agotada, llena. Cerré los ojos y sonreí contra su pecho peludo, segura de que el mundo de afuera nunca sabría lo que habíamos hecho mientras la tormenta nos guardaba el secreto más delicioso y peligroso de nuestras vidas.

Hasta que mi madre abrió la puerta del camarote, sacudiéndose la nieve del abrigo, y dijo con total naturalidad: «Por fin. Llevo años esperando que os atrevierais.»

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