Karaoke Privado con el Extranjero

En un karaoke privado, Renata seduce al extranjero y se arrodilla voluntariamente ante su polla negra.

11 min read August 16, 2026New

En el corazón de Madrid, el Karaoke Privado Luna Roja brillaba con luces tenues de color carmesí y paneles de madera oscura que absorbían el ruido de la ciudad. Renata, veintiocho años, morena de piel canela y curvas exuberantes que el vestido rojo ceñido apenas contenía, estaba sola en la sala principal. Sus pechos generosos subían y bajaban al ritmo de un bolero clásico; la voz grave y seductora le salía de la garganta como humo caliente. Cantaba con los ojos semi-cerrados, las caderas balanceándose apenas, consciente de cómo la tela se le pegaba al culo redondo y a los muslos gruesos. Llevaba semanas sin follar como necesitaba, y esa noche el cuerpo le pedía fuego.

La puerta principal se abrió. Damon entró: turista negro estadounidense de treinta y dos años, alto, hombros anchos, pecho musculoso bajo una camisa negra ajustada y una sonrisa peligrosa que enseñaba dientes blancos. Sus ojos oscuros barrenaron la sala y se clavaron en ella al instante. Renata sintió el impacto como una descarga entre las piernas. Él se acercó a la barra sin prisa, pidió un whisky y no dejó de mirarla. Cada vez que ella alargaba una nota, él inclinaba la cabeza, evaluándola, deseándola abiertamente. Ella le devolvió la mirada, lenta, recorriéndole el pecho, la entrepierna ya marcada, las manos grandes. El deseo interracial no necesitaba palabras: su cuerpo moreno anhelaba esa polla negra gruesa que adivinaba bajo la tela, y él quería hundirse en esa española voluptuosa.

Cuando terminó la canción, Damon se levantó y cruzó el local. Su voz era grave, con acento americano suave.

—Tienes una voz que se mete debajo de la piel —dijo en español imperfecto pero claro—. Soy Damon. Hay una sala VIP libre. Canta conmigo. En privado.

Renata mojó sus labios pintados de rojo.

—Renata. Y sí. Quiero oírte de cerca.

Subieron las escaleras. La sala VIP olía a cuero y a alcohol caro: sofá amplio, micrófonos inalámbricos, pantalla grande y puerta con cerrojo. Damon eligió un dueto lento, sensual, de letras húmedas y ritmo pegajoso. Empezaron separados, pero en el segundo estribillo él se colocó detrás de ella. Su pecho duro rozó su espalda. Las manos de Renata temblaron en el micrófono cuando sintió la erección evidente de Damon presionar contra su culo. Ella empujó las caderas hacia atrás a propósito, frotándose en círculos lentos. Él gruñó bajo, una mano bajó a su cintura y la otra le rozó el costado del pecho, rozando el borde del escote.

—Joder, te sientes tan bien —murmuró él contra su oreja.

Renata giró la cara, los labios a milímetros de los suyos. Su voz salió ronca, apenas un susurro:

—Llevo demasiado tiempo fantaseando con probar a un hombre negro grande… de verdad grande. Quiero sentir cómo me estiras.

Damon no esperó. La giró de golpe y la besó con ferocidad, lengua profunda, dientes rozando labio inferior. Ella le respondió con hambre, chupándole la lengua, empujando la pelvis contra ese bulto enorme que ya latía. Las manos de él bajaron, apretaron su culo con fuerza, separando las nalgas a través del vestido. Renata gimió dentro de su boca. Sin dejar de besarlo, extendió el brazo y giró la llave de la puerta. El clic sonó definitivo. Entonces se separó solo lo necesario, lo miró a los ojos y se arrodilló voluntariamente sobre la alfombra gruesa, las rodillas abiertas, pechos empujados hacia adelante.

—Quítatelo —ordenó ella, voz temblorosa de anticipación—. Quiero verla.

Damon se desabrochó el pantalón. Su polla negra saltó gruesa, pesada, venosa, la cabeza lustrosa ya brillando de precum. Renata soltó un gemido gutural solo de verla. Se bajó los tirantes del vestido, lo dejó caer hasta la cintura, liberando las tetas pesadas de pezones oscuros y duros. Luego se lo quitó del todo, quedando en tanga negra que ya estaba empapada. Se acercó a esa verga interracial y la lamió desde las bolas hasta la punta, saboreando la sal. Abrió la boca y la engulló con ansia, labios estirados alrededor del grosor, lengua plana debajo. Empujó hasta que la cabeza golpeó su garganta; lagrimeó, babas espesas le corrían por la barbilla, pero no se retiró. Deepthroateó con ganas, garganta abierta, gargantas profundas y húmedas que hacían ruidos obscenos. Damon le agarró el pelo con ambas manos y jadeó.

—Joder, Renata… tu boca… así, trágatela entera.

Ella gemia alrededor de la polla, vibrando, una mano masturbando lo que no cabía, la otra apretándose un pecho. Cuando ya no pudo más sin ahogarse del todo, él la levantó de un tirón como si no pesara nada. La empujó contra la pared, le arrancó la tanga de un tirón y la alzó, muslos abiertos alrededor de su cintura. La entrada de Renata estaba chorreando. Damon alineó la cabeza gruesa y empujó de una sola embestida profunda. Ella gritó, uñas clavándose en sus hombros anchos. La polla negra la abrió, la estiró, rozó cada rincón. Empezó a follarla de pie con embestidas salvajes y profundas, caderas golpeando, el sonido húmedo de carne contra carne llenando la sala. Cada embestida hacía rebotar las tetas de Renata; él se agachaba a morderles los pezones, a chuparlos con fuerza.

—Más duro —rogó ella—. Rómpeme con esa polla negra.

Damon la bajó solo para girarla y empujarla a cuatro patas sobre el sofá de cuero. Se arrodilló detrás, le abrió las nalgas y se hundió otra vez hasta el fondo. Doggy style brutal: embestidas potentes que hacían temblar su culo redondo. Empezó a azotarle las nalgas con la palma abierta, chasquidos secos que dejaban marcas rojas sobre la piel canela. Renata gritaba de placer, empujando hacia atrás para recibirlo más profundo, el clítoris hinchado rozando el borde del sofá.

—Azótame más… sí, así… me encanta cómo me llenas.

Él le agarró la cadera con una mano y con la otra le azotó el culo otra vez y otra, mientras la follaba sin piedad. El sudor les brillaba en la piel. Cuando sintió que ella empezaba a temblar al borde, se recostó en el sofá y la hizo montarlo. Cowgirl. Renata se impaló sola sobre esa verga gruesa, manos apoyadas en su pecho musculoso, caderas rebotando con pasión desenfrenada. Cabalgaba con furia, circulando, subiendo y bajando hasta que solo la cabeza quedaba dentro y luego se dejaba caer de golpe. Sus tetas saltaban; Damon las apretaba, las mordía. Ella gritaba sin control:

—Me corro… me corro en tu polla negra… ¡ Damón!

El orgasmo la atravesó como un rayo: coño convulsionando, jugos chorreando por las bolas de él. Damon gruñó, la agarró de la cintura y embistió hacia arriba tres, cuatro veces más hasta soltarse dentro de ella, chorros calientes y espesos llenándola hasta desbordar. Llegaron juntos, cuerpos sacudidos, voces rotas.

Quedaron jadeando y sudorosos, todavía unidos. Renata se inclinó y lo besó con ternura, lenta, saboreando la sal de su piel. Luego se deslizó hacia abajo, lamió su propia mezcla de fluidos que escurría de la polla todavía semi-dura y la limpió suavemente con la boca, chupadas delicadas, lengua cuidadosa alrededor de la cabeza sensible. Damon le acarició el pelo con una mano grande.

—Mañana —dijo él, voz ronca—. Mi hotel. Quiero repetir esto toda la noche. Dime tu número.

Intercambiaron los móviles con dedos todavía temblorosos. Renata se puso el vestido sin tanga, sintiendo el semen caliente resbalarle por el muslo interior. Le dio un último beso profundo.

—Mañana no vas a poder caminar, extranjero —prometió con una sonrisa ladeada.

Salió de la sala VIP con las piernas flojas, la sonrisa satisfecha y el coño aún palpitante, pero la noche no había terminado del todo: en el pasillo oyó pasos detrás de ella y la voz grave de Damon llamándola otra vez, con una urgencia nueva que le erizó la nuca.

En el pasillo tenazmente iluminado por focos carmesí, Renata se detuvo en seco. Los pasos de Damon se acercaban con determinación; su voz grave la alcanzó antes que sus manos.

—Renata. Espera.

Ella giró. Él ya estaba ahí, la camisa todavía entreabierta, la polla semidura marcando el pantalón mal cerrado, los ojos oscuros ardiendo con una urgencia que no había saciado del todo el orgasmo anterior. Sin preguntar, la agarró de la muñeca y la arrastró de vuelta hacia la sala VIP. El clic del cerrojo volvió a sonar. Esta vez no hubo preámbulos de canciones.

Damon la empujó contra la puerta recién cerrada y le alzó el vestido rojo hasta la cintura. Sus dedos gruesos encontraron el coño aún resbaladizo de semen y jugos propios; dos de ellos se hundieron de golpe. Renata arqueó la espalda y gimió contra su hombro.

—Todavía chorreas mi leche —gruñó él—. Quiero más. Quiero verte otra vez arrodillada, pero esta vez te voy a follar la garganta hasta que se te caiga la baba al suelo.

Ella no dudó. Se dejó caer de rodillas sobre la alfombra gruesa, las tetas aún a medias contenidas por el vestido caído. Le bajó la cremallera con dedos temblorosos y sacó aquella polla negra gruesa, todavía brillante y pesada. La lamió larga, saboreando la mezcla salada de ambos, luego abrió la boca y se la embutió hasta el fondo. Damon le agarró la cabeza con ambas manos y embistió. No fue suave. Le folló la boca con embestidas profundas que hacían que la cabeza le rozara la garganta una y otra vez. Renata lagrimeaba, babas espesas le corrían por la barbilla y le manchaban las tetas, pero mantenía la boca abierta, la lengua plana, entregada. El sonido obsceno de la garganta siendo usada llenaba la sala pequeña. Ella se tocaba el clítoris hinchado con dos dedos, frotándose en círculos desesperados mientras él la usaba.

—Así… trágatela entera, española puta… mira cómo te estiras alrededor de mi verga negra.

Cuando casi se ahogó del todo, Damon la levantó de un tirón, la giró y la dobló sobre el brazo del sofá de cuero. Le separó las nalgas con las palmas y le escupió directamente sobre el coño y el culo. Luego alineó la cabeza gruesa y se hundió de una embestida brutal. Renata gritó, los dedos aferrados al cuero. Él la folló sin piedad, caderas chocando contra su culo redondo, el sonido húmedo y seco a la vez. Cada embestida la empujaba hacia adelante; las tetas le colgaban y rebotaban. Damon le agarró el pelo con una mano y le tiró la cabeza hacia atrás, obligándola a arquearse más.

—Dime lo que quieres —ordenó entre jadeos.

—Que me rompas… que me llenes otra vez… azótame el culo mientras me folllas.

La palmada resonó fuerte. La piel canela se enrojeció al instante. Otra, y otra. Damon le azotaba las nalgas al ritmo de las embestidas profundas, dejando marcas calientes. Renata empujaba hacia atrás, buscando que aquella polla negra le llegara más adentro, rozándole el punto que la hacía ver estrellas. El sudor les corría por la espalda. Él se inclinó, le mordió el hombro y le susurró al oído:

—Voy a correrme otra vez dentro. Quiero que camines por Madrid con mi leche resbalándote por los muslos.

La sacó de golpe, la hizo ponerse a cuatro patas en el suelo y se arrodilló detrás. Esta vez entró más lento, saboreando cómo el coño hinchado se abría alrededor de su grosor. Luego aceleró. Embestidas cortas y potentes que hacían temblar todo el cuerpo de ella. Renata se masturbaba el clítoris con urgencia, los pezones rozando la alfombra. El segundo orgasmo la aplastó sin aviso: el coño se le cerró en espasmos violentos alrededor de la polla negra, jugos salpicando. Gritó el nombre de él, la voz rota.

Damon no se detuvo. La folló a través del orgasmo, prolongándolo hasta que ella temblaba y balbuceaba. Entonces la giró otra vez, la sentó a horcajadas sobre su regazo en el sofá y la impaló de nuevo. Cowgirl inversa. Renata le daba la espalda, las manos apoyadas en sus muslos musculosos, rebotando con desesperación. Él le apretaba las tetas desde atrás, le pellizcaba los pezones duros, le mordía el cuello. La polla entraba y salía brillante de fluidos. Ella miraba hacia abajo y veía cómo aquella verga negra desaparecía dentro de su coño moreno, estirándolo, abriéndolo.

—Más… no pares… quiero que me dejes coja.

Damon le agarró las caderas con fuerza y embistió hacia arriba como un pistón. El sofá crujía. El olor a sexo, a cuero y a sudor llenaba el aire. Cuando sintió que se acercaba otra vez, la levantó, la puso de pie contra la pared de espejos y le alzó una pierna alta. Entró de lado, profundo, mirándola a los ojos a través del reflejo. Le lamió las lágrimas de placer que le corrían por las mejillas y le besó la boca abierta, tragándose sus gemidos.

—Voy a llenarte —advirtió con voz gutural.

Tres embestidas más y se corrió. Chorros calientes y espesos disparándose dentro de ella, tan abundantes que empezaron a salir alrededor de la base de su polla mientras seguía moviéndose. Renata se corrió otra vez solo con la sensación de ser llena, el coño palpitando, exprimiéndolo. Quedaron unidos, temblando, respirando el mismo aire caliente.

Poco a poco Damon se retiró. Un hilo blanco y espeso de semen le resbaló a ella por el muslo interior hasta la rodilla. Renata se dejó resbalar hasta el suelo, las piernas abiertas, el vestido hecho un guiñapo alrededor de la cintura, el pecho subiendo y bajando. Él se dejó caer en el sofá, la polla todavía gruesa y brillando, y le tendió la mano para ayudarla a subir.

Se vistieron en silencio. Ella se subió el vestido sin molestarse en buscar la tanga rota. El semen le seguía resbalando. Intercambiaron una última mirada cargada. Damon le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Mañana en el hotel. Habitación 714. No falles.

Renata asintió, le dio un beso lento y salió al pasillo con las piernas temblorosas y la sonrisa torcida de quien acaba de ser follada como necesitaba. Bajó las escaleras, cruzó la sala principal casi vacía y salió a la noche madrileña. El aire fresco le pegó en la cara sudorosa. Caminó un par de manzanas sintiendo cada paso, el coño hinchado y usado, la mezcla de fluidos reseca ya en la cara interna de los muslos.

Solo cuando llegó a su portal y subió en el ascensor se detuvo a mirarse en el espejo pequeño. Labios hinchados, maquillaje corrido, marcas rojas en el cuello y en las caderas que asomaban bajo el vestido. Sacó el móvil y miró el número que acababa de guardar. Damon. El extranjero. La polla negra que la había estirado y llenado dos veces.

Pero algo se le torció en el pecho. La euforia empezaba a enfriarse. Se tocó el vientre bajo, donde aún sentía el calor de su semen, y de pronto la satisfacción se tiñó de un vacío extraño. ¿Qué había sido aquello realmente? Una follada salvaje en un karaoke, sí. Consensuada, deseada, intensa. Y sin embargo, ahora, sola en el ascensor que subía con un zumbido monótono, Renata sintió una duda fría treparle por la espalda. Mañana lo vería otra vez. Se dejaría llenar otra vez. Pero ¿y después? Él se iría a su país. Ella se quedaría aquí, con el recuerdo de cómo la había abierto y la certeza de que tal vez había entregado demasiado de golpe a un hombre cuyo apellido ni siquiera conocía. El orgasmo todavía le zumbaba en los nervios, pero debajo crecía un regusto amargo, una sombra de arrepentimiento que no lograba nombrar del todo. Cerró los ojos, apoyó la frente contra el espejo frío y susurró para sí misma, sin convicción:

—Mañana… ya veremos.

El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron. Renata no se movió de inmediato.

Rate this story

Thanks for rating
Tagged flirting

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.