Primer Deseo con el Marido de su Mejor Amiga
Renata, de 32 años, se folla con ganas al marido de su mejor amiga en la cocina de la casa de veraneo.
Renata tenía treinta y dos años y un marido que roncaba antes de que ella terminara de quitarse la crema. Llevaba una semana en la casa de veraneo de Heather, su mejor amiga desde la adolescencia, y aquella tarde la casa olía a salitre, a madera caliente y a la promesa torcida de algo que no debía ocurrir. Heather había salido a la ciudad con las niñas de su hermana; no volvería hasta el día siguiente. Ravi, el marido de treinta y ocho años de Heather, se había quedado «a terminar unos correos» y a ayudarla con la cena. Renata lo sabía. Ravi lo sabía. El silencio entre ambos era más espeso que el calor de agosto.
Él estaba en la cocina abierta, camiseta blanca ajustada a los hombros anchos, pantalones de lino sueltos sobre las caderas. Renata lo miró desde el umbral mientras se secaba las manos en un trapo. Años de fantasías secretas se le agolparon en la garganta: aquella mirada dominante que Ravi le lanzaba en las cenas familiares cuando Heather se distraía; el roce «accidental» de su pecho contra la espalda de ella al pasar; el modo en que le decía «cariño» con una media sonrisa que no usaba con nadie más. Prohibido. Sagrado. Sucio.
—¿Cebolla o ajo primero? —preguntó él sin girarse del todo, la voz grave, el acento ligeramente marcado.
—Ajo. Siempre ajo —respondió Renata, acercándose. El aceite ya chisporroteaba en la sartén.
Ravi cortaba tomates con precisión de carnicero. Los antebrazos tensos, las venas marcadas, el reloj de acero pegado a la muñeca. Renata abrió el frigorífico para sacar el vino blanco y sintió cómo él la seguía con los ojos. No era una mirada educada. Era la de un hombre que había contado las costillas de otra mujer a través de la ropa mil veces y aún así elegía mirarla a ella.
—Heather dice que cocinas mejor que ella —comentó Renata, buscando conversación banal que no le temblara.
—Heather dice muchas cosas —replicó Ravi, y por fin se volvió del todo. Le sonrió de lado, esa sonrisa de coqueteo velado que ambos conocían de memoria—. Tú, en cambio, dices poco. Y miras mucho.
El aire cambió. Renata dejó la botella sobre la isla de mármol. El corazón le golpeaba la base de la garganta.
—Miro lo que quiero mirar.
—¿Y qué quieres mirar ahora, Renata?
Ella no respondió con palabras. Se acercó, tomó un diente de ajo y lo aplastó con el canto del cuchillo, muy cerca de su mano. El olor subió entre los dos. Ravi no se apartó. Su cadera rozó la de ella cuando se inclinó a echar el ajo en la sartén. El contacto duró un segundo de más. Renata sintió el calor de su cuerpo a través de la tela fina de su vestido de tirantes. Tenía las tetas libres debajo; los pezones se le endurecieron al instante y no hizo nada por ocultarlo.
—Cuidado con el fuego —murmuró él, pero no miraba la sartén. Miraba el escote.
—El fuego no es el problema.
Cocinaron en un silencio cargado de dobles sentidos. Él le pedía la sal «más abajo, sí, ahí»; ella le pasaba el vino y dejaba que los dedos se rozaran largamente. Cuando Renata se inclinó a probar la salsa, Ravi se colocó detrás, no del todo pegado, lo bastante cerca para que ella sintiera su respiración en la nuca.
—Siempre has olido así —dijo él en voz baja—. A jabón caro y a ganas de que te jodan en silencio.
Renata se quedó quieta. La cuchara se le detuvo a medio camino de la boca.
—Ravi…
—No te hagas la sorpresa. Llevas años mirándome la polla cuando crees que no te veo. Y yo llevo años deseando follarte a espaldas de mi esposa. De Heather. De tu mejor amiga. ¿Vas a negarlo ahora que estamos solos?
Ella giró despacio. La salsa burbujeaba olvidada. Ravi tenía los ojos oscuros, la mandíbula apretada, la erección ya marcada bajo el lino. No había alcohol de por medio, solo calor, traición y una honestidad brutal.
—No lo niego —susurró Renata. La voz le salió ronca—. Me toco pensando en ti. Por las noches, cuando mi marido ya duerme. Me meto los dedos y imagino que eres tú el que me abre las piernas, el que me agarra del pelo, el que me dice que soy una puta por desear al marido de mi amiga. Me corro con tu nombre en la boca, Ravi. Siempre lo he hecho.
Él soltó un jadeo corto, animal. Dio un paso, luego otro, hasta acorralarla contra la isla. Sus manos grandes se posaron a ambos lados de la cintura de ella, sin tocarla aún del todo, solo el calor de las palmas rozando la tela.
—Dilo otra vez.
—Me follo con la mano imaginándote. Me mojo entera. A veces uso el consolador y finjo que es tu polla gruesa empujándome hasta el fondo mientras Heather está en la habitación de al lado.
Ravi gruñó. Le agarró la mandíbula con una mano, no con violencia, con posesión, y le rozó el pulgar por el labio inferior.
—Y yo me la confieso en la ducha pensando en tu culo, en cómo se movería si te montara aquí mismo, sobre este mármol, con la cena ardiendo y la puerta sin llave. Siempre he querido oírte gemir mi nombre como si no te importara destruirlo todo.
Renata no esperó más. Se alzó de puntillas y lo besó con hambre, con años de contención reventando de golpe. La boca de Ravi era caliente, exigente; le chupó la lengua, le mordió el labio inferior hasta casi sacar sangre, le sujetó la nuca con fuerza. Ella se pegó a él por completo: tetas aplastadas contra su pecho duro, pelvis buscando la erección gruesa que ahora palpitaba sin vergüenza contra su vientre. El vestido se le subió solo cuando las manos de Ravi bajaron a sus muslos y las apretaron, subiéndole la tela hasta la cadera.
—Joder, Renata… —murmuró contra su boca entre besos—. Estás empapada. Lo siento a través de la braga.
—Tócame entonces. Déjate de rodeos.
Él no se hizo de rogar. Una mano se metió entre sus piernas, empujó la braga de encaje a un lado y encontró el coño hinchado, resbaladizo, abierto. Dos dedos se deslizaron sin dificultad, profundos, y Renata gimió en su boca, las uñas clavándose en sus hombros. Ravi la folló con los dedos contra el borde de la isla, el pulgar frotándole el clítoris con precisión cruel, mientras la otra mano le bajaba un tirante y le sacaba una teta para chupársela con voracidad. El pezón le dolía de lo duro que lo tenía; la lengua de él era caliente y áspera.
—Así… joder, así —jadeó ella—. Más fuerte. Quiero que me dejes marcada.
—Te voy a dejar marcada por dentro —prometió Ravi, la voz hecha un gruñido—. Voy a correrme tan adentro que vas a caminar mañana con mis leches resbalándote por los muslos mientras le sonríes a Heather.
La traición sabía a ajo, a vino y a saliva compartida. Renata le desabrochó el pantalón con torpeza ansiosa, metió la mano y sacó la polla gruesa, pesada, ya goteando por la punta. La palpó, la apretó, la acarició de arriba abajo mientras él le metía un tercer dedo y le estiraba el coño. Estaban en la cocina de la casa de veraneo de su mejor amiga. La sartén humaba. El sol de la tarde entraba por los ventanales y bañaba sus cuerpos a medio desvestir. No había marcha atrás y ambos lo elegían a conciencia.
—Quiero que me folles ahora —suplicó Renata contra su cuello, oliendo su sudor limpio—. Aquí. De pie. Sin preparativos. Quiero sentirte entero.
Ravi le quitó la braga de un tirón, se la guardó en el bolsillo del pantalón caído y le alzó un muslo, abriéndola. La cabeza de su polla rozó los labios hinchados, resbaló arriba y abajo untándose de jugos, y Renata tembló entera. Estaba a punto de empujar, de clavar, de consumar lo prohibido… cuando el teléfono de Heather vibró sobre la encimera con un mensaje entrante.
Ambos se tensaron. El sonido era un cubo de agua fría y, al mismo tiempo, un recordatorio delicioso del peligro. Ravi no se apartó. Siguió rozándola, la polla latiente entre sus pliegues, sin entrar todavía. Le miró a los ojos.
—Si sigo, no paro. Si te meto esta polla, te voy a follar hasta que grites, hasta que se te olvide el nombre de tu marido y el de mi mujer. ¿Lo quieres de verdad, Renata? ¿Quieres ser la puta que se come al marido de su mejor amiga en su propia cocina?
Ella no dudó. Le agarró la cara con las dos manos, le besó con lengua y dientes, y susurró contra su boca la única verdad que importaba en aquel instante:
—Sí. Fóllame. Traicionémosla juntos. Ahora.
Ravi sonrió, salvaje, y empezó a empujar. La cabeza se abrió paso, gruesa, exigente, estirándola centímetro a centímetro mientras Renata arqueaba la espalda y gemía sin pudor. Aún no estaba del todo dentro. La cena se quemaba. El mensaje de Heather seguía sin leer. Y el acto apenas comenzaba: el resto de la noche, el resto de su cuerpo, el resto de la traición, todavía esperaban.
Ravi empujó. La cabeza gruesa de su polla abrió los labios hinchados de Renata de un solo golpe seco, estirándola hasta el límite mientras ella soltaba un gemido largo y ahogado contra su hombro. El mármol de la isla le clavaba la espalda; el vestido ya le subía hasta la cintura y las tetas le rebotaban libres cuando él la levantó del todo, agarrándola por los muslos y clavándola contra la encimera como si pesara nada. Entró hasta el fondo de un embiste brutal. Renata sintió cada vena, cada pulso, el calor denso que le llenaba el coño de golpe y le robaba el aire.
—Joder… —gruñó él contra su oreja, la voz ronca, el acento más marcado ahora—. Qué puta tan mojada. Te estás follando al marido de tu mejor amiga en su propia cocina y te chorreas entera. Dilo. Dime lo que eres.
—Soy… soy una puta —jadeó Renata, las uñas clavadas en los hombros duros de él, las piernas abiertas en el aire mientras Ravi la empotraba sin piedad—. La puta que se come la polla de Ravi… la que traiciona a Heather… joder, más fuerte…
Él no se contuvo. La folló en misionero salvaje, de pie, alzándola contra la piedra fría, cada embestida haciendo chocarle las nalgas y el culo contra el borde. El vestido le quedaba hecho un guiñapo subido; Ravi le mordió un pezón, lo chupó con voracidad y le susurró al oído mientras le martilleaba el coño:
—Mírate. Treinta y dos años, casada, y aquí con las piernas abiertas para mí. Heather confía en ti. Te deja la casa, te deja a sus niñas… y tú te dejas reventar el coño por su marido. Eres una puta egoísta, Renata. Una traidora caliente que se corre pensando en mí. ¿Verdad?
—Sí… sí, puta… tu puta —gimeó ella, la cabeza echada atrás, el pelo pegado al cuello por el sudor. Cada embestida le golpeaba el clítoris; el aceite de la sartén humaba abandonado, el olor a ajo quemado mezclado con el de su coño y el sudor de ambos. Ravi le agarró las tetas, las apretó, le pellizcó los pezones hasta hacerla gritar y le metió la lengua en la boca otra vez, comiéndosela mientras la follaba sin ritmo de amante, solo de hombre que toma lo que quiere. Renata sentía la polla latirle adentro, gruesa, exigente, rozándole ese punto profundo que le hacía ver estrellas. Pensó en Heather, en su risa, en las cenas, y el pensamiento solo le apretó más el coño alrededor de él.
—Más… rómpeme —suplicó—. Quiero que me dejes el coño abierto. Que se note mañana cuando me siente a su lado.
Ravi soltó un gruñido animal, la sacó casi del todo y la volvió a clavar de un solo tajo. La isla tembló. El teléfono de Heather vibró otra vez sobre la encimera, ignorado. Él la bajó un segundo, la giró de golpe y la empujó hacia la mesa de madera del comedor abierto a la cocina. Renata cayó a cuatro patas encima, las tetas colgando, el vestido aún enrollado en la cintura, el culo al aire. Ravi le dio una nalgada seca, fuerte, que le dejó la marca roja al instante. Luego otra. Y otra.
—Así. Como la perra que eres —dijo, agarrándole el pelo con un puño y tirando hacia atrás hasta arquearle la espalda—. Abre bien ese culo. Voy a follarte hasta que grites el nombre de mi mujer.
Entró de un embiste por detrás. La polla se le hundió hasta las pelotas, estirándola de nuevo, más profunda en esa posición. Renata gritó, puro placer y culpa, las manos aferradas al borde de la mesa. Ravi la folló duro, sin piedad, las caderas chocando contra sus nalgas con un sonido húmedo y obsceno. Cada embestida le hacía rebotar las tetas; él le tiraba del pelo y le daba nalgadas al mismo tiempo, marcándole la piel, recordándole a quién pertenecía en ese momento.
—Puta… traidora… te mojas más cada vez que te digo que eres mía a espaldas de ella —jadeó él, el sudor cayéndole por la camiseta blanca aún puesta—. Escucha cómo te suena el coño. Escucha lo puta que estás. Heather nunca se pone así. Nunca me da el culo de esta forma. Solo tú. Solo la amiga puta.
Renata se empujaba hacia atrás, buscándolo, el clítoris rozando el aire cada vez que él se retiraba. El calor le subía por la espalda, el orgasmo acumulándose como una ola sucia. Pensó en su propio marido roncando en otra ciudad, en las niñas de la hermana de Heather que no estaban, en la puerta sin llave. Todo eso la excitaba más.
—Ravi… joder… me voy a correr… no pares… por favor no pares —rogó, la voz rota—. Fóllame más fuerte… lléname… quiero tu leche… quiero caminar con ella dentro mientras ella vuelve…
Él le apretó el pelo más fuerte, le dio tres nalgadas seguidas que le ardieron y cambió el ángulo, buscando ese punto exacto. La polla le rozó sin piedad. Renata gritó. El orgasmo la atravesó como un rayo: el coño se le contrajo en espasmos violentos alrededor de él, los jugos le chorrearon por los muslos, las piernas le temblaron tanto que casi se derrumba sobre la mesa. Gritó su nombre, gritó «puta», gritó «Heather» en un hilo confuso de placer y vergüenza mientras se corría a gritos, el cuerpo sacudido, el culo empujando hacia atrás para no perder ni un centímetro de esa polla.
Ravi no paró. La siguió follando a través del orgasmo, más bruto todavía, los golpes cortos y profundos, hasta que sus propias caderas se tensaron. Con un gruñido largo y salvaje se enterró hasta el fondo y se corrió. El semen caliente le llenó el coño a chorros densos, pulsando, inundándola. Renata lo sintió todo: el calor espeso, las contracciones de él, la forma en que le rebosaba ya y le resbalaba por los labios hinchados hacia los muslos.
—No pares… sigue… métela más… lléname otra vez —suplicó ella, todavía temblando, el pelo tirado, las nalgas rojas, el coño goteando mezcla de ambos—. Quiero más. Quiero que me dejes hecha un desastre. Que cuando Heather cruce esa puerta yo todavía tenga tu leche resbalándome…
Ravi la mantuvo empalada unos segundos más, respirando pesado contra su nuca, la polla aún dura y latiente dentro de ella. Luego se retiró despacio. El semen le cayó en un hilo grueso por la cara interna del muslo. Renata se quedó a cuatro patas sobre la mesa, jadeando, el vestido hecho un lío, las tetas colgando, el coño abierto y goteando. Él le dio una última nalgada suave, casi cariñosa, y le recogió un poco de semen con los dedos para metérselo otra vez dentro, empujándolo profundo.
—Mírate —murmuró, la voz baja, peligrosa—. Llena de mí. En la casa de tu mejor amiga. Y apenas estamos empezando, Renata. La noche es larga. Heather no vuelve hasta mañana. Todavía me debes esa boca. Todavía quiero verte montarme en el sofá donde os sentáis las dos a tomar el vino. Todavía quiero follarte en su cama.
Renata se giró despacio, se sentó al borde de la mesa con las piernas abiertas, el semen resbalándole sin vergüenza. Le miró la polla brillante de jugos y leche, todavía semidura, y se pasó la lengua por los labios.
—Entonces no te vistas —dijo, la voz ronca de tanto gritar—. Apaga el fuego de la sartén. Cierra la puta puerta. Y ven aquí otra vez. Quiero chuparte limpia antes de que me la vuelvas a meter. Quiero saborear lo que le robamos. Y después… después me follas donde digas. En su cama. En la ducha. Contra la ventana si hace falta. Mientras pueda caminar con tu semen entre las piernas y sonreírle a la cara cuando vuelva, soy tuya.
Ravi sonrió, esa media sonrisa sucia que ella conocía de años de miradas robadas. Se acercó, le agarró la mandíbula otra vez y le metió los dedos manchados en la boca para que los chupara. Renata lo hizo, lamiendo su propio sabor y el de él, los ojos fijos en los de Ravi. Afuera el sol de agosto bajaba. El mensaje de Heather seguía sin leer en la encimera. La cena se había quemado del todo. Y entre ellos la traición apenas acababa de empezar a saber a más.
Ravi apagó el fuego de un manotazo. El aceite negro humeaba; el olor a ajo chamuscado se mezcló con el de coño y semen que ya impregnaba la cocina. Cerró la puerta corredera con un clic seco, sin mirar atrás, y volvió a ella. Renata seguía sentada al borde de la mesa, piernas abiertas, el vestido hecho un guiñapo en la cintura, el semen de él resbalándole por el muslo interno en un hilo espeso y brillante. Tenía treinta y dos años y el coño abierto como una herida feliz. Ravi se plantó entre sus rodillas, le agarró la mandíbula otra vez y le metió los dedos manchados más profundo en la boca.
—Chupa —ordenó—. Todo.
Ella lo hizo. La lengua le giró alrededor de los dedos, lamiendo la mezcla de ambos, el sabor salado y amargo de la traición. Ravi le sacó la polla todavía brillante y se la puso en los labios. Renata abrió la boca sin dudar, se la engulló hasta la garganta de un solo movimiento. La cabeza le golpeó el fondo; ella se atragantó un segundo, babas espesas cayéndole por la barbilla, y siguió. Le chupó con hambre, con ruido obsceno, limpiándole los restos de su propio coño y de la leche que aún goteaba. Ravi le sujetó la nuca y embistió despacio, follándole la boca mientras miraba cómo se le hinchaban los labios alrededor de su verga.
—Así… puta de mi mujer… mírate chupándome la polla que acaba de reventarte el coño en su mesa —gruñó—. Heather come aquí todas las mañanas. Mañana se va a sentar exactamente donde estás tú ahora, con tu saliva y mi leche secándose en la madera.
Renata gimió alrededor de él, las manos apretándole los muslos, las tetas balanceándose. Cuando lo tuvo duro otra vez, goteando saliva y ganas, se lo sacó de la boca con un hilo brillante y se pasó la lengua por los labios.
—Lléame a su cama —pidió, la voz ronca—. Quiero que me folles donde ella duerme. Quiero oler su perfume mientras me corres dentro otra vez.
Ravi la levantó como si no pesara. La cargó hasta el dormitorio principal, el de la pareja, la cama grande con las sábanas de lino blanco que olían a lavanda y a Heather. La tiró de espaldas. Renata se quitó el vestido del todo, quedó desnuda, pezones duros, el coño rojo e hinchado, todavía goteando. Él se desnudó de una vez: camiseta, pantalones, todo al suelo. La polla le golpeaba el vientre, gruesa, venosa, lista. Se subió encima, le abrió las piernas con las rodillas y entró de un embiste seco hasta el fondo.
—Joder… —Renata arqueó la espalda, las uñas clavándole la espalda—. Tan profundo… me abres toda…
Él la folló lento al principio, profundo, cada embestida rozándole el punto que la hacía temblar. Le besó el cuello, le chupó un pezón, le susurró al oído:
—Esto es de ella. Esta cama. Este coño que ahora es mío. Cada vez que te meta la polla voy a pensar en lo fácil que fue. En lo mojada que te pones traicionándola.
Renata se empujó hacia arriba, buscando más. Lo giró con fuerza hasta quedar encima. Se sentó en su polla de un golpe, hundiéndosela hasta las pelotas, y empezó a cabalgarlo con ganas, las tetas rebotando, el culo chocando contra sus muslos. El semen anterior le salía a borbotones cada vez que bajaba, resbalando por las bolas de él. Ravi le agarró las caderas y la ayudó, subiéndola y bajándola con fuerza bruta.
—Mírame —exigió ella, jadeando—. Mírame mientras te robo a tu mujer. Mientras uso su marido como una puta cualquiera. Dime que soy mejor. Dime que mi coño te aprieta más.
—Te aprieta como una puta adicta —contestó él, la voz hecha un gruñido—. Heather nunca me monta así. Nunca me pide la leche. Nunca me mira con esa cara de perra que se está follando al marido de su mejor amiga. Eres mía, Renata. Cada vez que ella se ausente. Cada puta vez.
Ella se corrió primero otra vez. El orgasmo le subió desde el coño en oleadas calientes; se contrajo alrededor de él, gritó su nombre, se dobló hacia adelante y le mordió el hombro mientras el jugo le chorreaba. Ravi no paró. La volteó de nuevo, la puso de lado, le levantó una pierna y la empotró más duro, más profundo, buscándose el propio final. Le metió dos dedos en la boca para que los chupara, le pellizcó el clítoris hinchado y embistió sin piedad hasta que las caderas se le trabaron.
—Juntos —jadeó—. Córrete conmigo otra vez. Lléname. Quiero sentirla.
Renata se aferró a las sábanas de Heather, empujó el culo hacia atrás y se corrió en el mismo segundo en que él se derramaba. El semen le entró a chorros densos, calientes, llenándola hasta rebosar otra vez. Pulsaba dentro de ella, latía, la inundaba. Se quedaron enganchados, sudados, respirando como animales, el olor a sexo puro impregnando la habitación de la esposa.
Pasaron minutos así. Luego Ravi se retiró despacio. El hilo blanco le cayó por el muslo de Renata hasta las sábanas. Ella se rio, baja, oscura, y se pasó dos dedos por el coño para recoger un poco y lamerlo.
—Nuestro —susurró.
Se vistieron rápido. Ella se metió el vestido sin bragas —él se había quedado con ellas en el bolsillo—. Él se subió los pantalones de lino, la camiseta arrugada. Se miraron en el espejo del dormitorio: labios hinchados, marcas rojas en el cuello de ella, el pelo de ambos hecho un desastre. Sonrisas cómplices, torcidas, peligrosas. Esa complicidad oscura de quienes saben exactamente lo que acaban de romper y quieren volver a romperlo.
Ravi le acercó el pelo detrás de la oreja.
—Cada vez que Heather se ausente —dijo en voz baja—. Cada puta vez. Tú me avisas. Yo te follo. En la cocina, en su cama, en el coche si hace falta. Esto es nuestro secreto sucio. Nadie se entera. Ni tu marido. Ni ella. Solo nosotros y lo adictos que ya estamos a esta traición.
Renata asintió, los ojos brillantes de placer y culpa dulce.
—Lo prometo. Cuando ella no esté, soy tuya. Me abro para ti. Me dejo llena para ti. Y después le sonrío a la cara como si nada.
Se sellaron el pacto con un último beso profundo, lento, de lengua y dientes, saboreando todavía el sabor a sexo y a ajo quemado. Las manos de él le apretaron el culo a través del vestido; las de ella le agarraron la nuca. Cuando se separaron, ambos sabían que ya no había marcha atrás. Estaban jodidos. Adictos.
Bajaron juntos a la cocina a recoger el desastre: la sartén negra, el teléfono de Heather todavía vibrando con mensajes sin leer, el semen seco en la mesa. Renata se pasó un trapo por los muslos por encima del vestido, consciente de que seguía goteando un poco. Ravi le guiñó un ojo.
—Mañana, cuando ella cruce esa puerta, yo voy a mirarte y voy a recordar exactamente cómo gritabas mi nombre en su cama.
Ella sonrió, esa sonrisa de puta satisfecha y mejor amiga perfecta.
—Y yo voy a cruzar las piernas y a sentir tu leche todavía dentro mientras le pregunto cómo le fue en la ciudad.
Estaban a punto de abrir la nevera a por más vino, todavía riéndose bajo, todavía olisqueando el aire cargado de sexo, cuando el sonido de un motor llegó desde el camino de grava. Luces de coche barrenaron la fachada a través de los ventanales. Una puerta se cerró de un portazo. Pasos rápidos en la entrada. La voz de Heather, clara, demasiado cerca, demasiado pronto:
—¡Ravi! ¡Renata! ¡Volví antes! Las niñas se marearon y…
La llave giró en la cerradura.
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