Máscaras Rotas con el Padre de mi Mejor Amiga
Carla, de 24 años, se folla con pasión al padrastro de su mejor amiga en una fiesta de máscaras.
Soy Carla, tengo veinticuatro años y acabo de volver a casa de mis padres después de terminar la universidad. Cuatro años de independencia terminaron de golpe y, aunque me alegraba reencontrar mi habitación de siempre, también sentía que algo en mí había cambiado. Ya no era la chica que se sonrojaba fácilmente; ahora conocía mi cuerpo, mis deseos y el peso de las ganas que a veces uno no debería sentir. Monica, mi mejor amiga desde que teníamos cinco años, me llamó al tercer día de haber regresado. Tenía veinticuatro años igual que yo y trabajaba como diseñadora gráfica en una agencia del centro. Su voz sonaba excitada al teléfono: “Carla, tienes que venir a la fiesta de máscaras que organizamos el sábado. Solo adultos, disfraces elegantes, alcohol caro y nadie sabe quién es quién. Mi madre y su nuevo marido están de viaje, así que la casa es nuestra”. Acepté sin pensarlo dos veces.
Llegué cuando la noche ya había caído por completo. La mansión de Monica brillaba con luces tenues y velas perfumadas. La música era un ritmo grave y sensual que vibraba en el pecho. Yo vestía un traje rojo oscuro, ceñido como una segunda piel, con un escote que bajaba hasta el valle entre mis pechos y una abertura lateral que dejaba ver mis muslos al caminar. La máscara era negra, veneciana, con filigrana dorada y plumas que rozaban mis pómulos. Me sentía poderosa, invisible, libre.
Lo vi casi de inmediato. Desmond, el padrastro de Monica, cuarenta y ocho años, alto, de hombros anchos y cabello salpicado de plata en las sienes. Llevaba un traje negro impecable y una máscara simple de cuero que solo cubría la zona de los ojos, pero su porte era inconfundible. Hacía diez años que se había casado con la madre de Monica y, desde entonces, siempre había existido entre nosotros una corriente eléctrica que ninguno nombraba. Yo había crecido viéndolo entrar y salir de la casa, y con el tiempo aquella mirada amable se había vuelto más oscura, más hambrienta. Ahora, convertida en mujer, cada vez que nos encontrábamos en la cocina o en el pasillo, el aire se espesaba.
Bailé con varios invitados, riendo bajo la máscara, pero sentía su mirada clavada en mí. Me movía de forma deliberada, balanceando las caderas al ritmo de la música, y supe el momento exacto en que me reconoció. No fue por mi cara, sino por la forma en que mi cuerpo se deslizaba, por el gesto inconsciente con que me mordía el labio inferior cuando la música subía. Se acercó por detrás mientras yo tomaba una copa de champagne. Su voz grave, ligeramente ronca, me llegó al oído como una caricia.
—Sabía que eras tú. Nadie más se mueve así, Carla. Ni siquiera la máscara puede esconderte de mí.
Me giré despacio. Su pecho casi rozaba el mío. El olor de su colonia, madera y algo más profundo, me inundó. Sentí un calor inmediato entre las piernas.
—Desmond… —susurré, y mi voz sonó más temblorosa de lo que pretendía—. No deberías reconocerme. Esa es la gracia de las máscaras.
—Contigo nunca hay gracia que valga —respondió, y su mano grande se posó en mi cintura con naturalidad, como si lleváramos toda la noche bailando juntos. Me guio hacia la pista sin pedir permiso.
Bailamos. Al principio fue correcto, distancia prudente, pero la música se volvió más lenta y sus dedos se apretaron. Bajaron un poco, luego otro poco, hasta que la yema de sus pulgares rozaba la curva superior de mi culo. Sentía su aliento caliente contra mi sien.
—Llevo años observándote —confesó en un susurro que solo yo podía oír—. Desde que cumpliste dieciocho y empezaste a mirarme como si quisieras que te comiera entera. Cada vez que venías a casa con Monica, yo tenía que irme al gimnasio o encerrarme en el despacho para no hacer una locura. Te imaginaba en mi cama, con las piernas abiertas, gimiendo mi nombre mientras te follaba hasta que no pudieras caminar.
Sus palabras fueron un latigazo directo a mi coño. Sentí cómo me mojaba al instante, cómo mis pezones se endurecían contra la tela fina del vestido. Sabía que estaba mal. Monica era como mi hermana. Desmond era su padrastro. Traicionar esa confianza era sucio, prohibido, y precisamente por eso mi cuerpo ardía.
—No podemos… —empecé, pero mi voz era débil.
—Claro que podemos —me cortó él, pegándome más contra su cuerpo. Noté su polla, gruesa y ya medio dura, presionando contra mi vientre—. Nadie sabe quiénes somos bajo estas máscaras. Y los dos llevamos demasiado tiempo fingiendo.
La canción terminó. Sin decir nada más, me tomó de la mano y me sacó de la pista. Atravesamos el salón lleno de risas y copas, salimos a la terraza trasera. La noche era fresca, la piscina iluminada con luces azules y el jardín en penumbras. Apenas habíamos cerrado la puerta de cristal cuando me empujó contra la pared de piedra, sus manos fuertes sujetándome por las caderas.
Su boca cayó sobre la mía con hambre salvaje. No fue un beso tierno; fue dientes, lengua y gemidos ahogados. Le respondí con la misma desesperación, enredando mis dedos en su cabello mientras su rodilla se abría paso entre mis muslos. Sentí su polla completamente dura frotándose contra mi coño a través de la ropa. Mi mente gritaba que Monica podía salir en cualquier momento, que esto era una traición imperdonable, pero mi cuerpo solo quería más. El morbo de lo prohibido me empapaba.
—Joder, Carla… —gruñó contra mis labios—. Estás temblando. ¿Cuánto tiempo llevas mojada por mí?
—Demasiado —admití entre jadeos—. Desde que te vi bajar las escaleras esta noche con ese traje…
Me besó el cuello, mordiendo justo donde latía mi pulso. Sus manos subieron por mis costillas y apretaron mis tetas con posesión. Gemí sin poder evitarlo.
—Vamos adentro —ordenó con voz ronca—. El dormitorio de invitados está vacío. Si no te follo ahora mismo, voy a correrme en los pantalones como un adolescente.
No protesté. Lo seguí casi corriendo, riéndome bajito por los nervios y la excitación. Atravesamos un pasillo oscuro. Entramos al dormitorio de invitados, cerró la puerta con llave y, antes de que pudiera respirar, me empujó contra la pared. Sus dedos agarraron el escote de mi vestido rojo y tiró con fuerza. La tela se rasgó con un sonido obsceno, dejando mis pechos al aire. Desmond gruñó al ver mis pezones duros y rosados.
—Dios, qué puta tetas tienes —masculló, y bajó la cabeza para chupar uno con violencia, mordiendo lo justo para que doliera deliciosamente.
Yo gemía sin control, arqueándome hacia él. Mis manos bajaron a su cinturón, lo desabroché con dedos torpes y saqué su polla. Era gruesa, venosa, larga y pesada. La cabeza brillaba ya con precum. La acaricié de arriba abajo mientras él seguía devorando mis pechos.
—Desmond… por favor… —supliqué.
No necesité decir más. Me levantó las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano, sujetándolas contra la pared. Con la otra levantó lo que quedaba de mi vestido hasta la cintura, apartó mi tanga empapada y, de un solo empujón brutal, me metió toda la polla hasta el fondo.
Grité. El placer fue tan intenso que me dejó sin aire. Me follaba con fuerza en misionero contra la pared, sus caderas golpeando contra las mías, su polla abriéndome por completo. Cada embestida me levantaba del suelo. Sentía sus huevos pesados golpeando contra mi culo.
—Así, puta prohibida —gruñía contra mi oído—. Llevo diez años queriendo este coño. El coño de la mejor amiga de mi hija. ¿Te gusta que te folle el padrastro de Monica, eh?
—Sí… joder, sí —gemía yo, perdida en el placer—. Más fuerte, Desmond. rómpeme.
Me soltó las muñecas solo para girarme. Me puso a cuatro patas sobre la cama grande. El vestido colgaba hecho jirones alrededor de mi cintura. Entró de nuevo desde atrás, tirando de mi cabello con fuerza para arquearme. El ángulo era brutal. Su polla golpeaba un punto dentro de mí que me hacía ver estrellas.
—Eres mi putita secreta ahora —decía mientras me azotaba el culo con la palma abierta—. La putita prohibida de mi hija. Repítelo.
—Soy… soy tu putita prohibida —jadeaba yo, empujando hacia atrás para que me follara más profundo—. La putita de la mejor amiga de tu hija. No pares, por favor…
Me corría ya, contrayéndome alrededor de su polla, pero él no se detuvo. Me sacó de repente, se sentó en el borde de la cama y me puso de rodillas entre sus piernas.
—Chúpamela. Hasta la garganta. Quiero ver cómo te ahogas con la polla que acaba de follarte.
Abrí la boca y la metí entera. Era grande, pero la deseaba tanto que forcé mi garganta hasta que mi nariz tocó su pubis. Las lágrimas corrían por mis mejillas bajo la máscara aún puesta. Desmond gruñía, sujetándome la cabeza con ambas manos mientras follaba mi boca con movimientos cortos y profundos. Saliva chorreaba por mi barbilla hasta mis tetas.
—Qué boca tan perfecta… joder, Carla.
No aguanté mucho. Lo empujé hacia atrás, me subí encima y me empalé yo misma en su verga dura. Empecé a cabalgarlo con furia, controlando el ritmo, bajando con fuerza para que me llenara por completo. Mis tetas rebotaban frente a su cara y él las lamía, las mordía, me sujetaba el culo para ayudarme a moverme más rápido.
El orgasmo nos llegó casi al mismo tiempo. Sentí cómo su polla se hinchaba dentro de mí, cómo palpitaba.
—Córrete dentro —le supliqué, moviéndome más rápido—. Quiero sentirte llenándome, Desmond.
—Joder… toma, puta mía —rugió.
Se corrió con un gemido gutural, disparando chorros calientes y espesos contra las paredes de mi coño. Mi propio orgasmo estalló al sentirlo, contrayéndome violentamente alrededor de él, ordeñándolo hasta la última gota mientras gritaba su nombre sin poder contenerme. Nos corrimos juntos, temblando, sudados, unidos en un placer tan prohibido que dolía de lo bueno que era.
Cuando los últimos espasmos pasaron, me derrumbé sobre su pecho, su polla aún enterrada profundamente dentro de mí, latiendo con suavidad. Su semen empezaba a escaparse alrededor de su grosor. Desmond me acariciaba la espalda con una mano temblorosa, respirando con dificultad contra mi cabello.
—Esto no puede terminar aquí —susurró, besándome la sien—. No después de esto.
Antes de que pudiera responder, oímos voces en el pasillo. La risa de Monica, clara y cercana, seguida de pasos. “¿Papá? ¿Estás por aquí?”
El pánico y la excitación se mezclaron en mi vientre. Desmond me miró a los ojos, todavía dentro de mí, y su polla dio un nuevo latido de interés. Ninguno de los dos se movió de inmediato. El peligro nos mantenía unidos, temblando, sabiendo que esto solo acababa de empezar y que la máscara entre nosotros se había roto para siempre.
El pánico me atravesó el pecho como un relámpago, pero mi coño se contrajo alrededor de la polla todavía enterrada hasta el fondo. Desmond seguía dentro de mí, grueso, caliente, latiendo con una erección que no había bajado ni un segundo. Su semen y mis jugos se escurrían por mis muslos, pegajosos, mientras la voz de Monica se acercaba por el pasillo. “¿Papá? ¿Estás por aquí? Mamá dijo que revisaras el generador si se iba la luz del jardín.”
Desmond me miró a los ojos. La máscara de cuero aún le cubría la mitad superior del rostro, dándole un aspecto todavía más peligroso. Sus manos grandes apretaban mis caderas con fuerza posesiva, impidiéndome moverme. Sentí su verga dar otro latigazo dentro de mis paredes, hinchándose más. El muy cabrón estaba excitado por el riesgo. Y yo… joder, yo también. El terror de que mi mejor amiga —la que era como mi hermana— nos descubriera con su padrastro follándome como una puta barata me mojaba de una forma enfermiza.
—No te muevas —susurró contra mi boca, tan bajo que apenas lo oí. Su aliento olía a champagne y a pecado—. Si entra, nos va a pillar con mi polla aún metida en tu coño de universitaria cachonda.
Intenté respirar. Mi vestido rojo estaba hecho jirones alrededor de mi cintura, mis tetas al aire, los pezones todavía duros y sensibles por sus mordidas. La máscara veneciana se me había torcido un poco, pero seguía ocultando mis ojos. Escuchamos los pasos de Monica detenerse justo frente a la puerta del dormitorio de invitados. El pomo giró. Una, dos veces. Gracias al cielo la había cerrado con llave.
—¿Papá? —insistió ella, con ese tono despreocupado que usaba desde que éramos niñas. Oí que probaba la puerta del baño contiguo y luego seguía por el pasillo.
Desmond no esperó ni un segundo más. Empezó a moverse. Lentamente. Cruelmente. Sacó solo unos centímetros y volvió a clavármela con un golpe seco y silencioso que hizo que mis jugos chapotearan. Ahogué un gemido mordiéndome el labio hasta que sentí el sabor metálico. Sus ojos brillaban de lujuria pura.
—¿Te gusta esto, Carla? —murmuró contra mi oreja mientras repetía el movimiento, follándome con una lentitud insoportable—. Mi hijastra está a tres metros y yo estoy volviendo a ponerme duro dentro de la mejor amiga de ella. Tu coño me está apretando como si quisiera sacarme hasta la leche que ya te metí.
—Sí… joder, Desmond… —jadeé casi sin voz. Cada centímetro que entraba y salía era una tortura deliciosa. Podía sentir cada vena de su polla gruesa rozando mis paredes hinchadas. Mi clítoris palpitaba sin que nadie lo tocara. El peligro lo convertía todo en fuego líquido.
Me giró con cuidado sobre la cama sin salir de mí. Ahora estaba encima, aplastándome contra el colchón con su cuerpo grande y pesado. Sus caderas rodaban en círculos lentos, profundos, moliendo mi punto G con precisión brutal. Cada vez que Monica hablaba con alguien más lejos en el pasillo, él me daba una embestida más fuerte, como si el riesgo lo pusiera más bruto.
—Dilo —ordenó en un gruñido bajo, tapándome la boca con una mano mientras aceleraba apenas—. Dime qué eres mientras mi hija busca a su padre.
—Soy… soy la putita prohibida de su padrastro —gemí contra su palma, las lágrimas de placer y vergüenza mojando la máscara—. La que se está dejando follar en secreto mientras ella está a unos pasos. Mi coño es tuyo, Desmond. Solo tuyo.
Su polla dio un salto dentro de mí. Empezó a follarme con más ritmo, todavía controlado pero ya sin piedad. El sonido húmedo de nuestros sexos chocando era peligrosamente audible. Mis tetas rebotaban con cada golpe y él bajó la cabeza para morder un pezón, tirando de él con los dientes mientras me penetraba más profundo. Sentí que me corría de nuevo. El orgasmo me pilló por sorpresa, silencioso y devastador. Mi coño se cerró como un puño alrededor de su verga, ordeñándolo, temblando, mientras yo gritaba contra su mano.
—Buena chica —gruñó él, sin detenerse—. Ahora quiero que te corras otra vez antes de que ella vuelva.
Me sacó de repente, dejándome vacía y goteando. Me dio la vuelta como si no pesara nada y me puso de rodillas en la cama, con el culo en pompa hacia él. Entró de un solo golpe desde atrás, tan profundo que sentí sus huevos golpear mi clítoris. Tiró de mi cabello, arqueándome, y empezó a follarme con golpes cortos y fuertes que hacían que la cama crujiera suavemente.
El pomo de la puerta volvió a girar. Esta vez con más insistencia.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —Era la voz de Monica otra vez, ahora acompañada de otra risa femenina que no reconocí. Probablemente alguna invitada.
Desmond no paró. Al contrario. Me tapó la boca con más fuerza y aceleró. Su polla entraba y salía con furia contenida, golpeando ese punto que me hacía ver luces blancas. Sentía su aliento caliente en mi nuca, su pecho sudoroso contra mi espalda.
—Calladita, mi putita secreta —susurró con voz ronca—. Si Monica abre esa puerta va a ver cómo su querida Carla se corre en la polla de su padrastro por segunda vez. ¿Quieres que nos descubra? ¿Quieres que sepa que te estoy llenando otra vez?
Negué con la cabeza, pero mi coño lo traicionó, contrayéndose violentamente alrededor de él. Me corrí otra vez, más fuerte. El placer fue tan intenso que mis brazos cedieron y caí de cara contra las sábanas, mordiéndolas para no gritar su nombre. Desmond soltó un gruñido ahogado y se corrió también, inundándome con un segundo chorro caliente y espeso que se mezcló con el primero. Sentí cómo rebosaba, cómo me chorreaba por los muslos mientras él seguía moviéndose despacio, ordeñando cada gota dentro de mi coño usado.
Los pasos se alejaron. Monica se rio de algo y siguió recorriendo la casa. Desmond se quedó enterrado en mí varios segundos más, respirando agitado, su mano todavía en mi boca. Cuando por fin me soltó, me giré y lo besé con desesperación. Nuestras lenguas se enredaron, sucias, sabiendo a culpa y a lujuria.
—No podemos parar —dijo él contra mis labios, aún medio duro dentro de mí—. Quiero más. Quiero follarte en todos los rincones de esta casa que ella cree que es segura.
Me ayudó a levantarme. Mis piernas temblaban. El vestido estaba inservible; lo anudé como pude alrededor de mi cuerpo para cubrir lo esencial, aunque cualquiera que mirara con atención vería que acababa de ser follada sin piedad. Desmond se abrochó los pantalones, pero su polla seguía marcando una erección evidente bajo la tela. Me tomó de la mano y abrió la puerta con cuidado.
Salimos al pasillo vacío. La música de la fiesta seguía sonando abajo, grave y sensual. En lugar de volver al salón, me arrastró hacia las escaleras que llevaban al ala privada de la casa. El dormitorio principal. El dormitorio que compartía con la madre de Monica.
—Desmond… ahí no —susurré, aunque mi coño ya volvía a palpitar.
—Precisamente ahí —respondió con esa voz oscura que me desarmaba—. Quiero follarte en la cama donde duermo con mi esposa. Quiero que dejes tu olor en las sábanas que ella lava.
El morbo me golpeó tan fuerte que casi gemí allí mismo. Subimos las escaleras casi corriendo, mirando hacia atrás cada pocos pasos. La casa estaba llena de gente enmascarada, pero esa zona estaba más tranquila. Entramos en el dormitorio principal y cerró la puerta con llave. El olor a perfume caro de su esposa flotaba en el aire. La cama king size estaba perfectamente hecha.
No perdimos tiempo. Me empujó contra el tocador, frente al espejo grande. Me levantó lo que quedaba del vestido rojo y me penetró de nuevo desde atrás, mirándome a los ojos a través de nuestras máscaras en el reflejo.
—Mírate —ordenó, embistiendo con fuerza—. Mira cómo te follan en la habitación del padrastro de tu mejor amiga. Mira esa cara de zorra que pones cuando te meto toda la polla.
Gemí alto. Ya no había que estar tan callados. Sus caderas golpeaban contra mi culo con un ritmo castigador. Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran y que mi clítoris rozara el borde del tocador. Desmond me sujetaba el cuello con una mano, no apretando, solo dominando, mientras la otra bajaba a frotarme el clítoris hinchado.
—Dime cuánto te gusta traicionar a Monica —gruñó, acelerando—. Dime que te corre más porque es su padre quien te está rompiendo el coño.
—Me encanta… —jadeé, mirando cómo mi cara se deformaba de placer en el espejo—. Me corre más porque es él. Porque es tuyo. Porque estoy dejando que el marido de su madre me use como una puta barata en su propia cama.
El orgasmo me golpeó tan fuerte que grité. Mis rodillas cedieron, pero él me sostuvo, follándome a través del clímax sin darme tregua. Me levantó una pierna, apoyándola en el tocador, y me abrió más. El ángulo era brutal. Podía ver en el espejo cómo su polla gruesa desaparecía completamente dentro de mí, cómo mis labios hinchados la tragaban una y otra vez, cómo mi crema blanca le cubría la base.
—Otra vez —exigió—. Quiero que te corras pensando que ella podría subir en cualquier momento y encontrarnos así.
Me corrí otra vez, más intenso, chorros de placer saliendo de mí y mojando el suelo de madera. Desmond me sacó, me giró y me puso de rodillas. Me metió la polla en la boca hasta la garganta, follándola con golpes cortos mientras yo lloraba de placer bajo la máscara.
—Trágatela toda, Carla. Trágate la polla que acaba de correrme dos veces en el coño de la mejor amiga de mi hija.
Lo hice. Lo chupé con hambre, lamiendo mis propios jugos y su semen mezclado. Lo miré a los ojos mientras me ahogaba con él. Desmond gruñó, me levantó, me tiró sobre la cama matrimonial y se colocó encima en misionero. Entró otra vez, lento ahora, profundo, saboreando cada centímetro.
Estuvimos así casi media hora. Cambiando de ritmo, de posición. Me folló de lado, me hizo cabalgarlo mientras él me azotaba las tetas, me puso contra la ventana para que cualquiera que mirara desde el jardín pudiera vernos si se fijaba. Cada vez que oíamos pasos o risas cercanas, él me tapaba la boca y me follaba más fuerte, susurrándome lo puta prohibida que era, lo mucho que llevaba años deseando este coño joven y apretado.
Cuando ya estaba a punto de correrme por cuarta vez, me susurró al oído:
—Esto no termina esta noche. Mañana, cuando Monica se vaya a trabajar, quiero que vengas aquí otra vez. Sin máscara. Quiero follarte con todas las luces encendidas y grabar en mi memoria cada cara que pongas mientras te hago mía.
Asentí, temblando, corriéndome una vez más alrededor de su polla mientras pensaba en todas las formas en que esto podía destruirlo todo. El riesgo era mayor que nunca. Y sin embargo, mientras su semen volvía a llenarme por tercera vez en la cama de su esposa, supe que volvería. Que seguiría traicionando a mi mejor amiga cada vez que él me lo pidiera.
La máscara entre nosotros ya no existía. Solo quedaba la verdad sucia, caliente y adictiva de que ninguno de los dos podía parar.
Lo demostró al instante, porque su polla, todavía enterrada hasta el fondo en mi coño empapado, dio un latigazo fuerte y volvió a endurecerse por completo mientras sus manos grandes me apretaban las nalgas con esa posesión brutal que me volvía loca. Yo seguía tumbada boca arriba sobre la cama matrimonial, con las sábanas perfectas de su esposa arrugadas bajo mi espalda sudada, el olor de su perfume floral mezclado ahora con el aroma espeso de sexo, semen y mi propio coño abierto. Desmond me miró desde arriba, la máscara de cuero todavía cubriéndole los ojos, y sonrió con esa hambre oscura que llevaba diez años conteniendo.
—Esta es la cama donde duermo cada noche fingiendo que no pienso en ti —gruñó, sacando solo la cabeza de su verga para volver a clavármela con un golpe seco que me hizo arquear la espalda. El placer me recorrió como electricidad, y sentí cómo su semen anterior, el que me había metido dos veces ya, salía a borbotones alrededor de su grosor y me chorreaba por el culo—. Ahora vas a dejar tu olor aquí, Carla. Vas a manchar las sábanas con tu crema de putita de veinticuatro años mientras yo te rompo por dentro.
Gemí sin control, clavándole las uñas en los hombros anchos. Cada embestida era profunda, medida, como si quisiera que recordara cada vena de su polla gruesa frotando mis paredes hinchadas. Mis tetas rebotaban con fuerza y él bajó la cabeza para morder uno de mis pezones, tirando de él con los dientes hasta que el dolor se convirtió en un latigazo de placer que me contrajo el coño alrededor de él. Pensé en Monica, mi mejor amiga desde los cinco años, la que me había invitado a esta fiesta sin imaginar que yo estaría aquí, abierta de piernas en la cama de su madre, dejando que su padrastro me usara como una puta secreta. El morbo era tan intenso que me corrí sin aviso, contrayéndome violentamente, ordeñando su verga mientras ahogaba un grito contra su cuello.
—Así, mi putita prohibida —susurró él acelerando el ritmo, follándome con golpes más cortos y brutales que hacían crujir la cama—. Córrete pensando que ella podría entrar en cualquier momento. Imagina su cara si viera cómo su Carla, la chica que jugaba con ella en esta misma casa, se está dejando llenar el coño por su papá.
No podía responder con palabras coherentes. Solo jadeos y gemidos mientras el orgasmo me destrozaba. Desmond me giró de repente, poniéndome a cuatro patas sobre la colcha de seda. Me abrió las nalgas con las manos y escupió sobre mi ano antes de volver a meterme toda la polla de un solo empujón. El ángulo era devastador; sentía sus huevos pesados golpeando mi clítoris hinchado con cada golpe. Tiró de mi cabello, arqueándome la espalda, y me azotó el culo con la palma abierta, dejando marcas rojas que ardían deliciosamente.
—Dime que te gusta más por lo que significa —exigió, respirando como un animal contra mi nuca—. Dime que te mojas porque estás traicionando a la persona que más quieres.
—Me gusta… joder, me encanta —confesé entre sollozos de placer—. Me corre más porque es Monica. Porque es tu hijastra de veinticuatro años la que no sabe que su mejor amiga es ahora tu puta personal. Fóllame más fuerte, Desmond. Úsame en su casa, en su familia.
Él gruñó satisfecho y aumentó la velocidad, follándome como si quisiera partirme en dos. El sonido húmedo y obsceno de mi coño chorreante llenaba la habitación. Mis jugos y su semen anterior me corrían por los muslos hasta las rodillas. Me corrí por segunda vez en esa posición, temblando tanto que los brazos me fallaron y caí de cara contra la almohada de su esposa. Desmond no paró. Me sujetó por las caderas y siguió martilleándome hasta que sentí que su polla se hinchaba de nuevo.
—Córrete dentro otra vez —supliqué, empujando hacia atrás para tragármelo entero—. Quiero llevarme tu semen a la fiesta. Quiero bailar con Monica mientras me chorreas por las piernas.
Eso lo desató. Rugió mi nombre en voz baja y se vació por tercera vez, inundándome con chorros calientes y espesos que sentí golpear contra el fondo de mi útero. Se quedó enterrado hasta el fondo varios segundos, latiendo, mientras me acariciaba la espalda con una mano temblorosa. Cuando por fin salió, un río blanco y viscoso escapó de mi coño abierto y cayó sobre las sábanas. Me giré, aún jadeando, y lo besé con desesperación, nuestras lenguas enredadas sabiendo a culpa, a sudor y a sexo prohibido.
Pero no habíamos terminado. La noche aún vibraba abajo con la música sensual y las risas de los invitados enmascarados. Desmond me miró con esa sonrisa peligrosa y me levantó en brazos como si no pesara nada. Mis piernas temblaban, el vestido rojo hecho jirones apenas cubriéndome las tetas y la cintura. Me llevó hasta el baño privado de la suite, ese baño de mármol donde su esposa se maquillaba cada mañana. Me sentó en el borde del lavabo, me abrió las piernas y se arrodilló entre ellas.
—Quiero probarnos juntos —dijo con voz ronca antes de hundir la lengua en mi coño destruido. Lamió con hambre, tragándose su propio semen mezclado con mis jugos, chupándome el clítoris hinchado mientras dos dedos gruesos me follaban sin piedad. Yo le sujetaba la cabeza con ambas manos, moviendo las caderas contra su cara, gimiendo sin control. El espejo del baño me devolvía la imagen: una mujer de veinticuatro años con la máscara torcida, el pelo revuelto, las tetas marcadas por mordidas y un hombre de cuarenta y ocho años devorándola como si fuera su última comida.
Me corrí en su boca con un grito ahogado, inundándole la lengua. Cuando se levantó, su polla volvía a estar completamente dura, roja y brillante. Me bajó del lavabo, me giró hacia el espejo y me penetró desde atrás mientras ambos nos mirábamos a través de las máscaras. Sus manos me apretaban las tetas, pellizcándome los pezones, y sus embestidas eran lentas pero profundas, como si quisiera que sintiera cada centímetro.
—Nunca voy a tener suficiente de este coño —confesó contra mi oído—. Mañana, cuando Monica se vaya a la agencia, te quiero aquí a las diez. Sin máscara. Quiero follarte en todas las habitaciones de esta casa y que grites mi nombre sin miedo.
Asentí, perdida en el placer, empujando hacia atrás para que me llenara más. El riesgo era cada vez mayor; oíamos voces en el pasillo, risas cercanas, pasos que subían y bajaban las escaleras. En un momento, alguien llamó a la puerta de la suite. La voz de Monica, clara y alegre, nos congeló a ambos.
—¿Papá? ¿Estás aquí? Hay un problema con el DJ y mamá dijo que tú sabías cómo arreglar el equipo de sonido.
Desmond no salió de mí. Al contrario, me tapó la boca con una mano fuerte y empezó a follarme más rápido, en silencio, con golpes cortos y precisos que hacían que mis jugos chapotearan suavemente. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que ella lo oiría. El terror y la excitación se mezclaron en un cóctel enfermizo que me hizo correrme otra vez, contrayéndome alrededor de su polla mientras las lágrimas de placer me corrían por debajo de la máscara.
—Contéstale —me susurró al oído, sin dejar de moverse—. Dile que no está aquí.
Tragué saliva, intentando que mi voz no sonara como la de una mujer que estaba siendo follada sin piedad.
—No… no está aquí, Monica —logré decir a través de la puerta, la voz entrecortada—. Creo que lo vi abajo hace un rato.
Hubo un segundo de silencio. Luego su risa.
—Gracias, quienquiera que seas. Esta fiesta es un desastre divertido.
Los pasos se alejaron. Desmond soltó un gruñido salvaje y me folló con toda su fuerza contra el lavabo, haciendo que el espejo vibrara. Me corrí por cuarta vez, chorros de placer saliendo de mí y mojando el suelo de mármol. Él me siguió casi inmediatamente, vaciándose una vez más dentro de mí con un gemido gutural que intentó ahogar contra mi hombro.
Cuando por fin salimos del baño, tambaleantes y sudorosos, me anudé como pude el vestido destrozado. Mi coño palpitaba, lleno hasta rebosar de su semen. Bajamos las escaleras de servicio y nos mezclamos de nuevo con la fiesta. La música seguía grave y sensual. Bailamos pegados en un rincón oscuro del salón, su polla semierecta presionando contra mi vientre mientras sentía cómo su corrida empezaba a escapárseme por los muslos. Monica pasó cerca, riendo con una máscara plateada, completamente ajena a que su mejor amiga llevaba el semen de su padrastro chorreándole por las piernas.
Desmond me arrastró entonces al pequeño aseo de la planta baja, ese que usaban los invitados. Cerró la puerta con pestillo y me puso de rodillas sobre las baldosas frías. Me folló la boca con urgencia, sujetándome la cabeza, metiéndomela hasta la garganta mientras yo lloraba de placer y saliva. Después me levantó, me sentó sobre el lavamanos y me penetró de nuevo, mirándome a los ojos.
—Eres mía ahora —dijo entre embestidas brutales—. Mi putita secreta de veinticuatro años. La que se corre más fuerte cuanto más cerca está de ser descubierta.
Me corrí una última vez, gritando su nombre contra su boca para amortiguar el sonido. Él se vació dentro de mí por última vez esa noche, llenándome hasta que sentí que no podía contener más. Cuando salimos, la fiesta empezaba a decaer. Nos despedimos con una mirada que lo prometía todo.
Y mientras me alejaba de la mansión con las piernas temblorosas y su semen aún goteando dentro de mi tanga destrozada, me di cuenta de que las máscaras nunca habían sido suyas ni de la fiesta: yo las había roto meses atrás al enviarle aquellas fotos anónimas desde un número desconocido, planeando cada detalle de esta noche porque llevaba años deseando exactamente esto.
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