Vendimia Prohibida con el Vecino Casado
Una divorciada de 29 años se folla salvajemente al vecino casado de 42 en el viñedo durante la vendimia.
Soy Lucía, treinta y nueve… no: veintinueve años cumplidos el mes pasado, recién divorciada y con las manos todavía manchadas de la tinta del juzgado cuando llegué al viñedo familiar en Mendoza. Vine a ayudar con la vendimia, a olerme a tierra y a mosto en vez de a papeles firmados. La casa de al lado es de Marcos: cuarenta y dos años, casado, espalda ancha, piel morena de sol y trabajo, brazos que parecen hechos para cargar cajones de uva enteros. Su mujer está de viaje por trabajo; vuelve en una semana. Cada tarde, entre las hileras de Malbec, nos cruzamos. Él sin camisa, el pecho brillando de sudor, el pelo negro pegado a la frente. Yo con vestidos livianos de algodón que el calor pega a las tetas y al culo. Sé perfectamente que un roce mal medido puede reventarle el matrimonio. Y aun así mi coño se moja solo de verle bajar una caja.
Las miradas se volvieron conversaciones. Al atardecer recolectábamos juntos: él cortaba racimos con la tijera, yo los acomodaba en los cestos. “Cuidado con esa cepa, Lucía… se te va a enredar la falda”, decía, y la voz le salía grave, como si ya me estuviera imaginando enredada en otra cosa. Yo le contestaba que prefería enredarme en algo más grueso. Él soltaba una risa baja, miraba hacia la casa vacía de su mujer y seguía cortando, pero la bragueta se le marcaba. Una tarde me subí a la escalera de mano para alcanzar los racimos altos. Al bajar, sus manos fuertes me agarraron las caderas “para sostenerte”. No se apartaron. Se demoraron. Los dedos se clavaron un segundo de más en la carne blanda encima del hueso. Sentí la polla dura contra el culo, gruesa, caliente a través del pantalón de trabajo. En vez de zafarme, empujé hacia atrás, apreté mi culo contra esa erección prohibida y escuché cómo se le escapaba un gemido.
—Llevo semanas aguantándome —susurró contra mi oreja, el aliento a uva y sol—. Cada vez que te veo con ese vestido pegado… se me pone de piedra. Mi mujer vuelve el domingo. Esto es una puta locura.
—Yo también —le confesé, dándome la vuelta entre sus brazos, todavía sobre el último peldaño, el coño palpitándome contra su muslo—. Desde que te vi sudado entre las vides. Quiero que me cojas aunque sea traición. Ahora. Antes de que vuelva.
No hizo falta más. Nos besamos con hambre de animales, lenguas chocando, dientes rozando labios, su barba de tres días raspándome la cara. Sabía a mosto y a deseo guardado. Sus manos bajaron, me alzaron el vestido hasta la cintura, me agarraron el culo a dos manos y me apretaron contra la polla todavía vestida. Cruzamos la línea. No había vuelta atrás y los dos lo sabíamos.
Me cargó hasta el cobertizo de las herramientas, ese olor a metal, a tierra y a racimos olvidados. Cerró la puerta de una patada. Me levantó contra la pared de tablas, me subió las piernas a la cintura y se bajó la cremallera de un tirón. Su polla saltó pesada, venosa, la cabeza morada ya brillando de precum. Me corrió la bombacha a un lado —ni se molestó en quitármela— y me embistió de una sola embestida profunda, hasta el fondo. Grité. Me abrió entera. Empezó a follarme de pie con embestidas brutales, el culo golpeándome contra la madera, sus manos clavadas en mis muslos para tenerme abierta. Yo le clavaba las uñas en la espalda desnuda, le marcaba la piel morena, le suplicaba:
—Más fuerte, Marcos… así, destrozámelo… que se note mañana cuando camine entre las vides.
Él gruñía, me mordía el cuello, me llamaba puta en voz baja mientras me golpeaba el coño con la polla gruesa. El sonido era obsceno: chapoteo de mi jugo, piel contra piel, la escalera de mano crujiendo al lado. Me bajó de golpe, me dio la vuelta y me puso a cuatro patas sobre unos sacos de uva rebosantes. El olor dulzón me subió a la nariz mientras él me azotaba el culo con la mano abierta.
—Putita del vecino —me escupió, y el cachetazo me ardió rico—. Mi vecina zorra que se deja coger mientras mi mujer está afuera. Abrí más ese culo.
Me tiró del pelo, me arqueó la espalda y me penetró de nuevo por atrás, hasta los huevos. Alternaba: tres embestidas brutales en el coño empapado, después sacaba la polla, me metía dos dedos gruesos en el culo —yo ya estaba babosa de deseo y entraron fácil— y me los movía mientras me frotaba el clítoris con la otra mano. Volvía a enterrármela entera. Me corrí gritando, el orgasmo subiéndome desde el útero, las piernas temblando sobre los sacos, el jugo chorreándome por los muslos hasta las uvas. Él no paró. Me siguió cogiendo a través del orgasmo, más profundo, más sucio, hasta que me sintió flaquear.
Entonces me soltó el pelo, me dio la vuelta otra vez y me empujó suavemente de rodillas entre los sacos. Su polla relucía de mis fluidos. La agarré con las dos manos, la lame de base a punta y me la metí entera hasta la garganta. Babeaba sin control; la saliva me chorreaba por la barbilla, por el pecho, manchándome el vestido. Él me sujetaba la cabeza con las dos manos y me usaba la boca con cuidado salvaje, sin asfixiarme de más, pero sin piedad tampoco.
—Traga, Lucía… traga la leche del casado que te está rompiendo el matrimonio ajeno.
Cuando se corrió, lo sentí latir contra la lengua. Chorros calientes, espesos, me llenaron la boca. Tragué todo. Cada gota. Dejé que me escurriera un hilo por la comisura solo para lamerlo después, mirándolo a los ojos. Él jadeaba, todavía con los dedos enredados en mi pelo, la polla blanda y brillante saliendo de mis labios.
Jadeantes y todavía con el olor a sexo y a uva pegado a la piel, nos miramos en la penumbra del cobertizo. Afuera el sol se iba. Su mujer volvería en días. Ninguno de los dos se movió para vestirse del todo. La tensión seguía ahí, gruesa, esperando la próxima vendimia secreta entre las hileras.
Seguimos jadeando en la penumbra del cobertizo, el olor a uva madura mezclado con el sexo todavía fresco entre nosotros. Marcos no se apartó. Me miró con esos ojos oscuros, la polla todavía brillante de mi saliva y de su propia leche, y me dijo sin voz casi:
—Todavía no terminamos, Lucía. Quiero follarte otra vez antes de que se haga de noche del todo. Quiero dejarte marcada entre las vides.
No dudé. Me levanté de las rodillas, me quité el vestido de un tirón y me quedé solo con la bombacha corrida a un lado, las tetas al aire, los pezones duros por el aire fresco que entraba por las rendijas. Él se bajó del todo los pantalones de trabajo, se quitó las botas y me agarró de la muñeca. Salimos del cobertizo desnudos, casi a tientas, hacia las hileras de Malbec. La luna empezaba a asomar, pálida, y el terreno olía a tierra removida y a mosto. Nadie nos vería. La casa de al lado estaba a oscuras. Su mujer lejos.
Me empujó contra un poste de la espaldera, me alzó una pierna y me metió dos dedos de golpe en el coño todavía baboso. Chapoteó. Yo gemí bajo, mordiéndole el hombro para no gritar.
—Estás empapada otra vez —murmuró contra mi cuello—. Putita del vecino. Te gusta que te use mientras ella no está.
—Sí —confesé, y era verdad—. Úsame. Destrozame otra vez.
Sacó los dedos, se los metió en la boca, saboreó y después me dio la vuelta. Me puso las manos en el alambre de la espaldera, me abrió las piernas y me embistió de una sola embestida profunda, hasta los huevos. Grité contra el metal. Su polla gruesa me abrió de nuevo, el glande rozándome el fondo, las venas marcándome por dentro. Empezó a cogerme con fuerza, las caderas golpeándome el culo, el sonido obsceno de piel contra piel resonando entre las hojas. Cada embestida me hacía avanzar un poco, los pechos balanceándose, el pelo pegado a la cara por el sudor.
—Más fuerte, Marcos… así… que me duela mañana cuando recoja uva —supliqué.
Él gruñó, me agarró del pelo con una mano y me arqueó la espalda. Con la otra me rodeó la cintura y me frotó el clítoris con el pulgar, rápido, sucio. Sentí el orgasmo subiendo otra vez, esa presión caliente en el bajo vientre. Me corrí apretándolo, el coño contrayéndose alrededor de su verga, el jugo chorreándome por los muslos hasta el polvo del suelo. Él no paró. Me siguió follando a través de las sacudidas, más bruto, más hondo, hasta que mis piernas temblaron y tuve que agarrarme del alambre con fuerza.
Me sacó de golpe, me hizo arrodillar entre las vides y me puso la polla en la cara.
—Lámela otra vez. Límpiala con la lengua. Quiero ver cómo tragas lo que te sobra de antes.
Obedecí. La lame de base a punta, saboreando mi propio gusto mezclado con el suyo, la saliva espesa. Me la metí hasta la garganta otra vez, babeando sin control, los ojos llorosos de esfuerzo. Él me sujetaba la cabeza y me usaba la boca con embestidas cortas, gruñendo mi nombre. Cuando sintió que iba a venirse otra vez, me soltó, me levantó y me tumbó de espaldas sobre un montón de hojas y racimos caídos. El olor dulce me envolvió. Se metió entre mis piernas, me abrió más y me penetró de frente, mirándome a los ojos.
—Mírame mientras te cojo —ordenó—. Quiero que sepas de quién es esta polla.
Lo miré. Tenía cuarenta y dos años, la barba de tres días, el pecho sudado, las manos callosas clavándome los muslos. Me folló despacio al principio, profundo, casi tierno, y después aceleró. El roce de su pelvis contra mi clítoris me volvió loca. Me corrí otra vez, más fuerte, gritando su nombre entre las vides, el cuerpo entero sacudiéndose. Él se corrió dentro, sin avisarme, chorros calientes llenándome el útero, la polla latiendo mientras se vaciaba. Sentí el semen espeso resbalándome después, cuando se quedó quieto un segundo, todavía enterrado.
Nos quedamos así un rato, jadeando, el aire fresco secándonos el sudor. Él se retiró despacio, se sentó a mi lado entre las uvas aplastadas y se pasó una mano por la cara.
—Joder, Lucía… —susurró.
Me vestí a medias, el vestido pegado al cuerpo, la bombacha olvidada en algún lado. El semen me resbalaba por el muslo interno mientras caminábamos en silencio de vuelta al cobertizo. Allí recogimos la ropa, nos limpiamos como pudimos con un trapo viejo. Marcos se abrochó el pantalón, se pasó los dedos por el pelo y me miró de reojo.
—Mi mujer vuelve el domingo —dijo, y la voz le sonó diferente, más baja—. Esto… no puede pasar otra vez. Fue una locura. Una puta locura.
Asentí, pero por dentro algo se torció. El orgasmo todavía me temblaba en las piernas, el coño palpitaba satisfecho y a la vez vacío. Había querido que me follara, lo había pedido, lo había disfrutado como una zorra. Y ahora, con el olor a sexo y a Malbec pegado a la piel, me di cuenta de que el vacío no era solo el de él saliendo de mí. Era otra cosa. La casa de al lado seguía a oscuras. En una semana ella estaría ahí, cocinando, riendo, durmiendo a su lado. Yo volvería a mi divorcio, a las manos manchadas de tinta, a las noches solas.
—Sí —contesté, y me odié un poco por lo fácil que salió la palabra—. Una locura.
Marcos se acercó, me besó la frente casi con ternura, y eso fue peor que cualquier embestida. Después se fue hacia su casa sin mirar atrás. Yo me quedé un momento entre las hileras, el vestido revuelto, el semen secándose en la piel, el corazón latiéndome raro. Había cruzado la línea. Lo había gozado. Y ahora, con la luna alta y el viñedo en silencio, algo dentro de mí se preguntaba si el placer había valido la traición que ya no podía deshacer. Me toqué el cuello donde me había mordido. Todavía ardía. Y por primera vez desde que llegué a Mendoza, el olor a tierra y a mosto me supo a arrepentimiento.
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