Máscara Caída con la Madrastra de mi Compañero de Piso
Mi compañero de piso se durmió y su madrastra de 42 años, Bianca, se quitó la máscara veneciana, me confesó que quería follarme y terminamos
Tenía veinticuatro años y compartía un pequeño apartamento en el corazón de la ciudad con Hassan, mi compañero de piso desde hacía dos años. Nos conocimos en el trabajo, nos hicimos inseparables y decidimos ahorrar alquilando juntos. Hassan era un tipo tranquilo, siempre con la cabeza en sus proyectos de diseño gráfico, pero esa semana todo cambió. Su madrastra, Bianca, acababa de cumplir cuarenta y dos años y había decidido separarse de su marido después de meses de discusiones interminables. El padre de Hassan le había pedido que se tomara un tiempo lejos de la casa familiar, y ella, con esa voz grave y segura que tenía, preguntó si podía quedarse con nosotros una semana. Hassan no dudó en decir que sí. Yo tampoco puse objeciones, aunque desde el primer instante en que la vi cruzar la puerta supe que aquello iba a ser un problema.
Bianca era voluptuosa de una forma que parecía diseñada para volver loco a cualquiera. Sus caderas anchas se balanceaban con cada paso, sus pechos pesados y firmes tensaban la tela de cualquier blusa que llevara, y sus labios gruesos siempre parecían húmedos, como si acabara de pasar la lengua por ellos. Llevaba el cabello negro suelto hasta los hombros, y sus ojos oscuros tenían una intensidad que hacía que me costara sostenerle la mirada más de dos segundos. Era la madrastra de mi mejor amigo, una mujer casada —aunque ya casi no lo fuera—, y yo no tenía ningún derecho a imaginármela desnuda, gimiendo mi nombre mientras me clavaba las uñas en la espalda. Pero lo hacía. Cada noche desde que supe que vendría.
La primera noche organizamos una pequeña fiesta privada en el apartamento para distraerla. Solo nosotros tres. Hassan trajo cervezas y algo de vino, pusimos música baja y cerramos las cortinas. Bianca apareció con una máscara veneciana que había comprado en un anticuario años atrás: dorada, con filigranas negras y plumas sutiles en los bordes. Cubría la mitad superior de su rostro, dejando al descubierto su boca pintada de rojo oscuro y la línea firme de su mandíbula. La máscara ocultaba apenas el deseo prohibido que llevaba dentro por el mejor amigo de su hijastro. Cuando me miró a través de los agujeros de los ojos, sentí un calor que me subió por el estómago y se instaló directamente en mi polla.
Hassan no se daba cuenta de nada. Hablaba, reía, servía copas. Yo, en cambio, no podía dejar de observar cómo el vestido negro que llevaba Bianca se ceñía a sus muslos gruesos cada vez que cruzaba las piernas. Cuando se inclinaba hacia delante para coger su copa, el escote se abría lo suficiente para dejar ver el borde de un sujetador de encaje negro y la curva suave de sus tetas. Mi mente traicionera me repetía una y otra vez: «Es la madrastra de Hassan. Está prohibido. Es una puta locura». Pero sus ojos, detrás de esa máscara, no dejaban de buscar los míos. Había algo salvaje allí, algo que me decía que ella también estaba luchando y perdiendo la misma batalla.
La noche avanzó. Hassan, que había bebido más de la cuenta, empezó a bostezar alrededor de la una. Se levantó tambaleándose, nos dio las buenas noches con un abrazo torpe y se metió en su habitación al final del pasillo. Cerró la puerta. El silencio que quedó en el salón fue denso, cargado, como si el aire mismo supiera lo que estaba a punto de pasar.
Bianca y yo nos quedamos solos en el sofá. La máscara seguía en su rostro, pero ahora sus labios se entreabrían ligeramente mientras respiraba más profundo. Me miró durante un largo rato sin decir nada. Luego, con movimientos lentos y deliberados, levantó las manos y se quitó la máscara veneciana. La dejó caer a un lado sobre el cojín. Su cara completa quedó al descubierto: pómulos altos, ojos ardientes, una expresión de pura hambre.
—Llevo semanas fantaseando con follarte a espaldas de Hassan —confesó con voz ronca, casi un gruñido bajo—. Cada noche que he dormido en la habitación de invitados, me toco pensando en tu polla dentro de mí. Me corro susurrando tu nombre para que nadie me oiga. Sé que está mal. Sé que es una traición. Pero no puedo parar.
Sus palabras me golpearon como un puñetazo en el pecho. Mi polla, que ya estaba medio dura desde hacía horas, se endureció completamente contra la tela de mis pantalones. Tragué saliva, sintiendo el corazón martillearme en las sienes.
—Y yo llevo meses masturbándome pensando en correrme dentro de la madrastra de mi amigo —respondí, sin filtro, con la voz entrecortada por el deseo—. Me corro imaginando cómo te lleno el coño, cómo te hago mía mientras Hassan duerme al lado. Esto no está bien, Bianca… pero tampoco quiero que se detenga.
El intercambio de confesiones prohibidas nos empujó al borde de un precipicio sin que ninguno de los dos tuviera la menor intención de retroceder. Nos miramos un segundo más y luego todo estalló.
Bianca se deslizó del sofá y cayó de rodillas entre mis piernas con una ansiedad que me dejó sin aliento. Sus manos temblorosas me bajaron la cremallera y sacaron mi polla dura, gruesa y palpitante. Sus ojos se abrieron con avidez al verla.
—Eres el amante secreto de su hijastro… —susurró con una sonrisa perversa antes de abrir la boca y tragársela hasta la garganta.
El calor húmedo de su boca me envolvió por completo. Bianca no fue delicada. Chupó con ansia, bajando la cabeza hasta que su nariz tocó mi vientre, tragando mi polla entera mientras su garganta se contraía alrededor del glande. La saliva le caía por las comisuras de los labios, manchándole la barbilla y el escote. Gemía alrededor de mi carne, un sonido vibrante y obsceno que me hacía apretar los dientes. Sus manos me masajeaban los huevos con fuerza, tirando de ellos suavemente mientras su cabeza subía y bajaba con ritmo brutal.
—Joder, Bianca… así, trágatela toda —gruñí, enredando los dedos en su cabello negro.
Me miró desde abajo con los ojos llorosos por el esfuerzo, pero llenos de lujuria. La máscara yacía olvidada a un lado, testigo mudo de nuestra caída.
No aguanté mucho más en su boca. La levanté casi con violencia, la giré y la empujé contra la pared del salón. El vestido negro se subió hasta su cintura cuando se lo levanté con ambas manos. No llevaba bragas. Su coño estaba empapado, los labios hinchados y brillantes. Rozé la cabeza de mi polla contra su entrada y, de un solo empujón profundo, se la metí hasta el fondo.
—Ahhh… sí… ¡más fuerte! —jadeó ella, clavando las uñas en la pared.
La follé contra la pared como un animal. Mis caderas chocaban contra su culo generoso con golpes secos y rápidos. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran dentro del vestido. Le mordí el cuello, le lamí la oreja y le susurré lo prohibido que era todo aquello.
—Estás dejando que el mejor amigo de tu hijastro te folle como una perra mientras él duerme a veinte metros —le dije entre dientes.
Su coño se contrajo alrededor de mi polla al oírlo. Estaba chorreando, los fluidos le corrían por los muslos.
Luego la llevé hasta el sofá. La puse a cuatro patas, con las rodillas hundidas en los cojines y el culo en pompa. Le tiré del pelo con fuerza, arqueándole la espalda mientras volvía a metérsela hasta el fondo. El sonido de mi pelvis golpeando sus nalgas llenaba el salón: carne contra carne, húmedo, obsceno.
—Qué puta eres, Bianca… follando al compañero de piso de tu hijo como una zorra en celo —le gruñí, tirándole más fuerte del cabello.
—Sí… soy tu puta… ¡más duro! ¡Destrózame el coño! —respondió ella entre gemidos ahogados.
La embestí con todo. Sentía sus paredes internas palpitar, succionándome. Cambiamos de posición una vez más. Me senté en el sofá y ella se subió encima, cabalgándome salvajemente. Sus tetas enormes saltaban delante de mi cara mientras bajaba y subía sobre mi polla, tragándosela entera con su coño empapado. Le agarré las nalgas con ambas manos, separándoselas, clavándole los dedos en la carne blanda mientras ella giraba las caderas en círculos sucios.
—Quiero que te corras dentro —me suplicó con voz rota—. Lléname, por favor…
El orgasmo nos golpeó casi al mismo tiempo. Sentí cómo su coño se apretaba violentamente alrededor de mi polla y me corrí con un gruñido gutural, disparando chorros espesos y calientes de semen bien adentro de ella. Bianca se estremeció, mordiéndose el labio para no gritar, mientras su propio clímax la hacía convulsionar sobre mí. Nos corrimos juntos, mezclando nuestros fluidos en un desastre caliente y prohibido.
Exhaustos y sudorosos, nos quedamos pegados un momento, respirando agitados. Mi polla todavía palpitaba dentro de su coño lleno de semen. Bianca se inclinó, recogió la máscara veneciana y se la colocó de nuevo, aunque esta vez ladeada, como un símbolo de lo que acababa de pasar. Me besó con lengua profunda, metiéndomela hasta el fondo de la boca, saboreando el pecado que acabábamos de cometer.
—Esto será nuestro secreto cada noche que pase en este apartamento —susurró contra mis labios, con la voz todavía temblorosa por el orgasmo—. Volveré a buscarte en cuanto Hassan se duerma. Y la próxima vez… quiero que me uses aún más fuerte.
Sus ojos, detrás de la máscara caída, brillaban con una promesa oscura. Sabía que esto solo era el principio. El riesgo seguía allí, latente, creciendo con cada segundo que pasábamos juntos. Hassan podía despertar en cualquier momento. Mañana tendríamos que mirarnos a la cara como si nada hubiera pasado. Pero los dos sabíamos que, en cuanto las luces se apagaran otra vez, la máscara volvería a caer.
Y ninguno de los dos quería que fuera de otra manera.
Me aparté ligeramente de su boca, pero mis manos seguían clavadas en sus nalgas generosas, sintiendo cómo el semen que acababa de dispararle dentro empezaba a escaparse de su coño y me resbalaba por los huevos. Bianca, con la máscara veneciana todavía ladeada sobre su rostro sudoroso, me miró con esos ojos oscuros que parecían arder en la penumbra del salón. Tenía cuarenta y dos años, era la madrastra de mi mejor amigo y acababa de dejar que le llenara el útero como una cualquiera. El peso de lo que acabábamos de hacer debería haberme hecho sentir culpa, pero solo conseguía que mi polla, aún enterrada en ella, empezara a endurecerse otra vez.
—Esto no ha terminado —susurró con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina. Se movió despacio sobre mí, apretando sus paredes internas para ordeñarme—. Quiero que me folles más fuerte. Quiero que me trates como la puta traidora que soy. Hassan está durmiendo ahí al fondo y yo tengo tu leche chorreándome por los muslos… y solo pienso en que vuelvas a metérmela.
Tragué saliva. Mi mente era un torbellino: «Es la madrastra de Hassan. La mujer que lo crio desde que era un crío. Y aquí estoy, con la polla palpitando dentro de su coño usado». Pero en lugar de apartarme, la agarré por la cintura y la levanté. Mi verga salió de ella con un sonido húmedo y obsceno, seguida de un hilo espeso de semen que le cayó por el interior del muslo derecho. Bianca gimió bajito, mordiéndose el labio inferior pintado de rojo.
La empujé hasta el borde del sofá y me arrodillé frente a ella. Quería saborear la mezcla de los dos. Le abrí las piernas gruesas y suaves, y hundí la cara entre sus pliegues hinchados. El olor era intenso: sudor, coño empapado y semen fresco. Pasé la lengua desde su ano hasta el clítoris, recogiendo mi propia corrida que salía de ella. Bianca arqueó la espalda y me agarró del pelo con fuerza.
—Joder… sí, cómeme el coño lleno de tu leche —jadeó, moviendo las caderas contra mi boca—. Soy la madrastra de tu compañero de piso y me estoy dejando lamer como una perra en celo. ¿Te gusta probar lo que le has metido a la esposa de tu suegro?
Sus palabras fueron como gasolina. Le metí dos dedos mientras succionaba su clítoris hinchado, girando la lengua alrededor. Bianca temblaba. Sus tetas pesadas subían y bajaban dentro del vestido negro que aún llevaba arrugado en la cintura. Podía sentir cómo su coño se contraía alrededor de mis dedos, expulsando más semen que yo lamía con avidez. Mis pensamientos eran sucios y claros: esto estaba mal a niveles que ni siquiera podía medir, pero el riesgo de que Hassan abriera la puerta en cualquier momento solo hacía que mi polla estuviera tan dura que me dolía.
—Más… méteme la lengua más adentro —suplicó ella, tirándome del pelo hasta casi hacerme daño—. Quiero que pruebes cómo sabe tu madrastra prestada cuando se corre.
No tardó mucho. Sus muslos se cerraron alrededor de mi cabeza y empezó a convulsionar. Un chorro caliente le salió del coño, salpicándome la barbilla. Bianca se corrió con la boca abierta en un gemido silencioso, mordiéndose el antebrazo para no gritar. Cuando por fin aflojó las piernas, tenía los ojos vidriosos y la máscara casi cayéndose del todo.
Me levanté, con la cara brillante de fluidos, y la giré con rudeza. La puse de cara al respaldo del sofá, con las rodillas hundidas en el asiento y el culo en pompa. Su culo era ancho, redondo, con esa carne madura que temblaba con cada movimiento. Le di un fuerte cachetazo que resonó en el salón silencioso. La marca de mi mano apareció roja sobre su piel morena.
—Calladita —le ordené en voz baja—. Si despiertas a Hassan, todo se acaba. Y tú no quieres que se acabe, ¿verdad, zorra?
—No… —jadeó ella, empujando el culo hacia atrás buscando mi polla—. Quiero que me destruyas. Quiero que me folles el culo esta vez. Nadie me ha dado por el culo en años… y quiero que seas tú, el mejor amigo de mi hijastro, el que me abra el ojete.
La confesión me dejó sin aliento. Escupí en mi mano, unté mi polla gruesa y acerqué la cabeza hinchada a su ano fruncido. Empujé despacio al principio, sintiendo la resistencia caliente y apretada. Bianca soltó un gemido gutural y se agarró al respaldo del sofá con ambas manos. Centímetro a centímetro, fui entrando en su culo virgen para mí. El calor era infernal, más estrecho que su coño, y cada pulsación de sus paredes me hacía ver estrellas.
—Qué culo tan rico tienes, Bianca… la madrastra de cuarenta y dos años abriéndose para la polla de un chico de veinticuatro —gruñí mientras le agarraba las caderas y empezaba a moverme más rápido.
Cada embestida hacía que sus nalgas rebotaran contra mi pelvis con un sonido seco y carnoso. Le tiré del cabello negro, arqueándole la espalda, y le susurré al oído todo lo prohibido que se me ocurría:
—Imagínate si tu marido supiera que estás dejando que te sodomice el compañero de cuarto de su hijo. Imagínate si Hassan abriera la puerta ahora mismo y te viera con la máscara caída y mi polla metida hasta las bolas en tu culo traidor.
Cada palabra sucia la hacía apretar más. Su ano se contraía alrededor de mi verga como un puño caliente. Le metí la mano por debajo y le pellizqué el clítoris mientras la follaba con más fuerza. El sofá crujía. Nuestras respiraciones eran agitadas, casi desesperadas. Podía sentir el sudor corriendo por mi espalda y el olor a sexo llenando todo el salón.
Bianca giró la cabeza todo lo que pudo y me miró con los ojos entrecerrados de placer.
—Más fuerte… rómpeme el culo. Soy tu puta privada mientras esté aquí. Cada noche que Hassan se duerma, voy a venir a buscarte para que me uses como quieras. Quiero que me dejes marcas. Quiero que mañana me duela al sentarme y recordar que el amigo de mi hijastro me ha reventado el ojete.
La follé con todo. Mis caderas golpeaban su culo con violencia contenida, intentando no hacer demasiado ruido. Le di varios cachetazos más, alternando nalgas, viendo cómo su carne se enrojecía. Mi polla entraba y salía casi por completo, dejando su ano abierto y brillante de saliva y fluidos. El placer era tan intenso que sentía que las piernas me temblaban.
De pronto, la giré otra vez. Quería verle la cara. La senté en el borde de la mesa baja del salón, le levanté las piernas y se las puse sobre mis hombros. Volví a penetrarla, esta vez en el coño otra vez, alternando entre sus dos agujeros como un animal. Bianca me rodeó el cuello con los brazos y me besó con lengua profunda, tragándose mis gemidos mientras yo le destrozaba el interior.
—Dime que te gusta follarte a la madrastra de tu mejor amigo —me exigió entre besos babosos.
—Me encanta —respondí sin filtro—. Me encanta traicionar a Hassan metiéndole la polla a su madrastra. Me encanta saber que mañana desayunaremos los tres como si no te hubiera llenado el culo de corrida hace unas horas.
Aquello la empujó al límite. Su coño empezó a palpitar violentamente y se corrió por segunda vez, apretándome la verga con tanta fuerza que casi me hizo correrme también. Saqué la polla a tiempo, la bajé de la mesa y la puse de rodillas otra vez. Bianca abrió la boca como una puta bien entrenada y me tragó hasta el fondo, limpiando sus propios jugos y el sabor de su ano de mi carne.
—Quiero tu leche en la garganta —suplicó con la voz rota, masturbándome con una mano mientras me chupaba las pelotas.
No aguanté más. Le agarré la cabeza con ambas manos y le follé la boca con movimientos cortos y profundos. Cuando el orgasmo me llegó, fue brutal. Disparé chorros espesos directamente contra su lengua, llenándole la boca hasta que le rebosó por las comisuras. Bianca tragó todo lo que pudo, gimiendo de placer, con los ojos llorosos y la máscara veneciana completamente torcida.
Nos quedamos un momento en silencio, respirando como si hubiéramos corrido un maratón. Mi polla aún palpitaba frente a su cara manchada. Ella se pasó un dedo por la barbilla, recogió un resto de semen y se lo metió en la boca con una sonrisa perversa.
—Esto solo va a empeorar —susurró, incorporándose lentamente. Sus piernas temblaban—. Mañana por la noche voy a querer más. Quiero que me lleves a mi habitación mientras Hassan duerme al lado. Quiero que me folles en la cama donde estoy durmiendo bajo su techo… y que me hagas callar cuando me corra.
La ayudé a recolocarse el vestido. Tenía el culo y los muslos brillantes, el pelo revuelto y la máscara en la mano. Nos dimos un último beso largo, profundo, sabiendo que cualquier ruido podía despertar al peligro que dormía al final del pasillo. Cuando se dirigió hacia la habitación de invitados, contoneando esas caderas anchas que acababa de marcar con mis manos, sentí un nudo en el estómago.
Sabía que no íbamos a parar. El riesgo crecía con cada minuto que pasaba, pero también el deseo. Mañana tendríamos que fingir delante de Hassan. Mañana tendríamos que mirarnos a los ojos durante el desayuno como si no le hubiera follado el culo a su madrastra mientras él roncaba a veinte metros. Y, sin embargo, los dos ya estábamos contando las horas para que volviera a caer la noche y, con ella, la máscara.
Cerré los ojos un segundo, todavía con el sabor de su coño y su culo en la boca, y supe que la próxima vez sería aún más sucio, más peligroso y más adictivo. La transgresión nos tenía agarrados por las pelotas y ninguno de los dos quería soltarse. Todavía no.
La madrugada se arrastró lenta en mi habitación. Me acosté con el cuerpo todavía vibrando, la polla medio dura bajo las sábanas y el sabor espeso de Bianca aún pegado a la lengua. Cada vez que respiraba recordaba el apretón caliente de su ano alrededor de mi verga, el modo en que su culo maduro rebotaba contra mis caderas mientras Hassan roncaba a solo veinte metros. «Es la madrastra de tu mejor amigo», me repetía la cabeza, pero la frase ya no sonaba a advertencia sino a combustible. Me corrí otra vez en silencio, solo, imaginando que ella estaba allí, con la máscara ladeada y las piernas abiertas, suplicando que le llenara el útero por segunda vez.
El día siguiente fue una tortura exquisita. Desayunamos los tres en la pequeña cocina. Hassan, ajeno a todo, hablaba de un proyecto nuevo mientras untaba mantequilla en el pan. Bianca, con cuarenta y dos años recién cumplidos y el cuerpo aún marcado por mis manos, llevaba una bata ligera que se abría lo justo para dejar ver el borde de sus tetas pesadas. No me miró directamente, pero cuando se inclinó para servirme café sentí su muslo rozar el mío por debajo de la mesa. El roce fue deliberado. Un segundo después, su pie descalzo subió por mi pantorrilla y presionó con descaro contra mi polla, que despertó al instante. Mantuve la cara neutral mientras Hassan contaba un chiste malo. Bianca sonrió con inocencia, pero sus ojos oscuros decían exactamente lo contrario: «Tengo tu leche seca entre los muslos y quiero más».
Pasamos el día fingiendo. Yo intenté trabajar desde mi laptop en el salón; ella se movía por el apartamento con ese balanceo de caderas anchas que me volvía loco. En un momento, cuando Hassan bajó a comprar cigarrillos, Bianca se acercó por detrás en la cocina. Me apretó contra la encimera, metió la mano dentro de mis pantalones y me agarró la polla ya dura.
—Esta noche voy a dejarte que me rompas el culo en mi propia cama —susurró contra mi nuca, masturbándome con lentitud cruel—. Quiero que me folles al lado de la habitación de Hassan. Quiero oírte decirme lo puta que soy mientras duerme a un metro de distancia.
Le metí dos dedos bajo la bata y comprobé que no llevaba bragas. Su coño estaba empapado. La besé con violencia, mordiéndole el labio inferior, y ella gimió bajito en mi boca antes de apartarse al oír la llave en la puerta. El resto de la tarde fue puro fuego contenido. Cada mirada, cada roce accidental, era una promesa sucia.
Hassan se durmió temprano otra vez, agotado por el trabajo. La puerta de su habitación se cerró a las once y media. El silencio que siguió fue eléctrico. Cinco minutos después, Bianca apareció en el pasillo con la máscara veneciana puesta, ladeada como la noche anterior. Llevaba solo una camiseta vieja que apenas le cubría el culo. Me tomó de la mano sin decir palabra y me llevó hasta la habitación de invitados, justo al lado de la de su hijastro. Cerró la puerta con cuidado, pero no echó el pestillo. El riesgo quedaba allí, abierto, palpitante.
—Quítame la máscara tú mismo —ordenó con esa voz grave y ronca que me ponía la piel de gallina.
Se la arranqué con una mano mientras con la otra le apretaba una teta por encima de la camiseta. La máscara cayó al suelo. Sus ojos ardían. Bianca se arrodilló de inmediato, me bajó los pantalones y se tragó mi polla hasta la garganta sin preámbulos. El sonido húmedo y obsceno de su garganta contrayéndose alrededor de mi grosor llenó la habitación. Chupaba con hambre, babeando, tirándome de los huevos mientras me miraba desde abajo con lágrimas de esfuerzo.
—Así, mamá —gruñí en voz muy baja, sabiendo que la palabra la volvería loca—. Chúpale la polla al mejor amigo de tu hijastro como la zorra traidora que eres.
Ella gimió alrededor de mi verga y succionó más fuerte. Le follé la boca con movimientos cortos y profundos, sujetándola por el pelo negro. Cuando estuve a punto de correrme, la levanté, la tiré sobre la cama y le abrí las piernas. Su coño brillaba, hinchado, todavía con restos de la corrida de anoche. Hundí la cara allí y lamí con furia, metiendo la lengua lo más adentro que pude mientras le pellizcaba los pezones duros. Bianca se tapaba la boca con ambas manos para no gritar.
—Cómemelo… sí… prueba cómo sabe el coño de la madrastra de cuarenta y dos años que se dejó follar anoche por ti —jadeó entre dientes.
Le di la vuelta, le levanté las caderas y le escupí directamente en el ano. Mi polla, brillante de saliva, empujó contra ese agujero apretado. Entré más fácil que la primera vez, pero igual de brutal. El calor era infernal. Bianca arqueó la espalda y mordió la almohada mientras yo le metía hasta las bolas en el culo.
—Joder… qué culo tan rico tienes —susurré, empezando a bombear con fuerza contenida—. La madrastra de Hassan abriéndose como una puta barata mientras su hijastro duerme al lado.
Cada embestida hacía que la cama crujiera ligeramente. El miedo a que nos oyera solo me ponía más duro. Le di un cachetazo fuerte en la nalga derecha; la carne madura tembló y se puso roja. Bianca empujaba hacia atrás, follándome ella también, tragándose mi polla entera con el ojete.
—Más fuerte… rómpeme —suplicó con la voz rota—. Quiero que mañana me duela al sentarme delante de Hassan. Quiero que sepa, sin saberlo, que su compañero de piso me ha reventado el culo.
La follé con ritmo salvaje pero controlado, alternando entre su coño y su ano, cambiando de agujero cada pocas embestidas. El sonido húmedo de carne contra carne era peligrosamente alto. En un momento, cuando la tenía a cuatro patas y le tiraba del pelo con fuerza, oímos un ruido en la habitación de al lado. Hassan se había movido en la cama. Nos quedamos congelados, mi polla enterrada hasta el fondo en su culo, palpitando. El corazón me golpeaba en las sienes. Bianca giró la cara, me miró con los ojos muy abiertos y, en lugar de apartarse, apretó las paredes internas de su ano alrededor de mi verga como si el peligro la excitara aún más.
—Sigue —articuló sin voz, moviendo apenas las caderas.
Lo hice. Más lento, más profundo, más sucio. Le metí la mano por debajo y le froté el clítoris hinchado mientras le susurraba al oído todo lo prohibido que se me ocurría.
—Eres la esposa de su padre y estás dejando que te dé por el culo el amigo de tu hijastro. Si abre esa puerta ahora te va a ver con la cara llena de saliva y el ojete abierto por mi polla gruesa. ¿Te correrías si nos pillara, puta?
El orgasmo la atravesó como un rayo. Su ano se contrajo violentamente, ordeñándome, y un chorro caliente le salió del coño salpicando las sábanas. Se corrió mordiendo la almohada con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Yo no pude más. Saqué la polla y se la metí de nuevo en la boca. Bianca me recibió ansiosa, limpiando el sabor de su propio culo y de su coño mientras me masturbaba con la mano.
—Dámela… lléname la garganta —suplicó entre arcadas.
Me corrí con un gruñido que apenas pude contener, disparando chorros espesos directamente contra su lengua. Tragó todo, gimiendo, dejando que un poco le resbalara por la barbilla y cayera sobre sus tetas pesadas. Cuando terminé, la levanté y la besé con brutalidad, probando mi propia leche en su boca.
Todavía no habíamos terminado. La puse de espaldas en la cama, le levanté las piernas hasta que sus rodillas tocaron sus hombros y volví a penetrarla, esta vez en el coño, follándola con embestidas cortas y violentas. La cama golpeaba suavemente contra la pared compartida con la habitación de Hassan. Cada golpe era un riesgo. Bianca me clavaba las uñas en la espalda, arañándome, dejando marcas que tendría que ocultar mañana.
—Quiero que me uses todas las noches —jadeó contra mi boca—. Mientras esté aquí, soy tu puta personal. La madrastra caliente que se abre de piernas para el compañero de piso de su hijastro. Quiero que me dejes el coño y el culo llenos de corrida cada madrugada.
La follé hasta que se corrió por tercera vez, temblando debajo de mí, mordiéndome el hombro para ahogar el grito. Solo entonces me dejé ir otra vez, corriéndome dentro de su coño con chorros tan fuertes que sentí cómo rebosaba alrededor de mi polla y empapaba las sábanas.
Nos quedamos pegados, sudados, respirando con dificultad. Mi semen chorreaba de su coño y de su ano, mezclándose entre sus nalgas generosas. Bianca me miró con los ojos vidriosos de placer y miedo.
—Ha estado a punto de pillarnos —susurró, pasando un dedo por mi labio inferior—. Y solo me ha dado más ganas. Mañana… quiero que sea aún más peligroso. Quiero que me folles en el baño mientras Hassan está en el salón. O quizá en su propia habitación, sobre su cama, mientras él está en la ducha.
La idea me endureció otra vez dentro de ella. Sabía que estábamos yendo demasiado lejos, que el riesgo crecía hasta volverse insostenible. Pero ninguno de los dos quería parar. La transgresión nos tenía agarrados por las pelotas y cada vez apretaba más fuerte.
Bianca recogió la máscara veneciana del suelo, se la colocó torcida sobre la cara sudorosa y me besó una vez más, profundo, con lengua, sellando la promesa de que la siguiente noche sería aún más sucia, más ruidosa y mucho más cerca del desastre.
Bianca, con la máscara veneciana torcida sobre su rostro sudoroso, profundizó el beso hasta que nuestras lenguas se batieron como dos animales enjaulados. El sabor de mi propia corrida aún le impregnaba la boca, y eso solo consiguió que mi polla, aún medio dura dentro de su coño rebosante, empezara a hincharse de nuevo contra sus paredes calientes. Tenía cuarenta y dos años, un cuerpo de madrastra voluptuosa que acababa de traicionar todo lo sagrado bajo el techo de su hijastro, y sin embargo me apretaba las nalgas con las uñas como si quisiera fundirse conmigo.
—No pares ahora —susurró contra mis labios, la voz ronca y rota de tanto gemir en silencio—. Hassan duerme a un metro de nosotros, con la pared vibrando por cómo me has reventado el culo, y yo sigo queriendo más. Fóllame otra vez. Quiero que me uses hasta que me duela caminar mañana delante de él.
La giré sobre la cama con rudeza, poniéndola boca abajo. Sus nalgas anchas y maduras se abrieron solas, mostrando el desastre que había dejado: su ano aún dilatado, brillante de saliva y restos de semen, y su coño hinchado chorreando hilos espesos que manchaban las sábanas. Me escupí en la mano, unté mi verga y empujé directo en su culo sin piedad. El calor era brutal, más apretado que antes, como si su cuerpo de cuarenta y dos años se resistiera y me succionara al mismo tiempo. Bianca mordió la almohada con fuerza, arqueando la espalda, empujando hacia atrás para tragarse hasta el último centímetro.
—Así… rómpeme el ojete, joder —jadeó entre dientes, la voz ahogada contra la tela—. Soy la madrastra de tu compañero de piso… la mujer que crió a Hassan… y estoy dejando que su mejor amigo me sodomice en su propia casa. ¿Te pone cachondo saber que si abre la puerta nos va a ver así?
Cada embestida hacía crujir la cama contra la pared compartida. El riesgo me latía en las sienes como un tambor. Pensé en Hassan, a solo pasos de distancia, ajeno a que su madrastra de curvas generosas estaba recibiendo mi polla gruesa en el culo como una puta barata. Aquel pensamiento me endureció más. Le agarré el cabello negro y tiré con fuerza, arqueándola mientras aceleraba el ritmo. Mis huevos golpeaban contra su coño empapado, produciendo chasquidos húmedos y obscenos que llenaban la habitación pequeña. Le metí la otra mano por debajo, frotándole el clítoris hinchado con dos dedos, pellizcándolo sin delicadeza.
Bianca temblaba. Sus tetas pesadas se aplastaban contra el colchón, los pezones rozando la sábana con cada golpe. Su ano se contraía alrededor de mi verga como un puño caliente, ordeñándome, succionándome hacia adentro. El sudor nos cubría a los dos; yo sentía gotas cayendo de mi frente sobre su espalda ancha. Cambié de agujero sin avisar, sacando la polla de su culo dilatado y metiéndosela de golpe en el coño. El cambio la hizo convulsionar.
—Eres un hijo de puta… —gimió, medio riendo, medio sollozando de placer—. Alternando entre el culo y el coño de la madrastra de tu amigo como si fuera tu juguete personal. Más fuerte. Quiero que mañana, cuando desayunemos los tres, sienta tu leche escurrirme por las bragas.
La follé con embestidas cortas y violentas, el colchón protestando bajo nosotros. El miedo a que Hassan se despertara solo avivaba el fuego. Cada vez que la pared vibraba, nos congelábamos un segundo, mi polla enterrada hasta las bolas en su coño palpitante, y luego seguíamos con más furia. Bianca giró la cabeza, la máscara veneciana casi cayendo del todo, y me miró con los ojos vidriosos de lujuria.
—Quiero correrme otra vez contigo dentro… lléname el útero, traiciona a Hassan llenándome como la zorra que soy.
No pude contenerme. Sentí sus paredes internas apretarse violentamente, ordeñándome, y me corrí con un gruñido que apenas logré ahogar contra su hombro. Chorros espesos y calientes dispararon profundo en su coño, tanto que sentí cómo rebosaban alrededor de mi verga y se mezclaban con los fluidos de su ano. Bianca se corrió al mismo tiempo, mordiendo la almohada hasta rasgar la funda, su cuerpo maduro convulsionando debajo de mí mientras un chorro caliente salía de su coño y empapaba mis huevos.
Nos quedamos pegados, jadeando, mi pecho contra su espalda sudorosa. Mi polla aún palpitaba dentro de ella, vaciándose hasta la última gota. Lentamente la saqué, y un río blanco y espeso escapó de su coño y de su ano abierto, corriendo por sus muslos gruesos y manchando las sábanas de Hassan por extensión. Bianca se dio la vuelta, temblando, y me miró con esa sonrisa perversa que me volvía loco. Recogió la máscara veneciana del suelo, se la puso ladeada otra vez y se arrodilló frente a mí.
—Límpiate en mi boca —ordenó con voz grave.
Abrí las piernas y ella se tragó mi polla sucia, lamiendo los restos de su culo, de su coño y de mi semen con avidez. Su lengua giraba alrededor del glande, bajaba hasta mis huevos, succionando cada rastro del pecado que acabábamos de cometer. Le agarré la cabeza con ambas manos y le follé la boca despacio, disfrutando de cómo sus labios gruesos se estiraban alrededor de mi grosor. Sus ojos oscuros, detrás de la máscara caída, no se apartaban de los míos. Cuando estuve limpio, me soltó con un pop húmedo y se pasó el dedo por la barbilla, recogiendo un resto de corrida y metiéndoselo en la boca.
—Esto ya no tiene vuelta atrás —susurré, acariciándole una teta por encima de la camiseta arrugada. Tenía el cuerpo marcado: huellas rojas de mis manos en sus nalgas, mordiscos en el cuello que tendría que ocultar mañana, el pelo revuelto y los labios hinchados—. Mañana por la mañana vamos a tener que sentarnos con Hassan a desayunar como si no te hubiera reventado el culo y el coño a dos metros de su cama.
Bianca se incorporó, todavía con las piernas temblorosas, y se apretó contra mí. Su coño chorreante rozó mi muslo, dejando un rastro caliente.
—Y eso solo va a ponerme más caliente —confesó, mordiéndome el lóbulo de la oreja—. Imagínate: yo sirviendo el café con tu semen seco entre los muslos, sonriéndole a mi hijastro mientras siento el dolor delicioso en el ojete que tú me abriste. Pero no quiero esperar a la noche. Mañana Hassan tiene esa reunión importante en la oficina hasta las ocho. En cuanto cierre la puerta, quiero que me folles en su habitación. Sobre su cama. Con la máscara puesta. Quiero que me pongas a cuatro patas encima de su edredón, que me tires del pelo y me llames madrastra puta mientras me llenas los dos agujeros. Quiero oler su almohada mientras me corro gritando tu nombre en silencio.
La idea me golpeó directo en la polla, que empezó a endurecerse otra vez contra su vientre. Pensé en el riesgo extremo: follar a la madrastra de cuarenta y dos años en la cama de Hassan, rodeados de sus cosas, sabiendo que cualquier olor, cualquier mancha, podía delatarnos. La transgresión era absoluta. Mi mente ya volaba más allá. Después de eso, planeaba llevarla al sofá del salón mientras él aún estuviera en la ducha, obligarla a cabalgarme con la puerta del baño entreabierta para oír el agua correr, sus tetas rebotando mientras le susurraba lo traidora que era por abrirse de piernas para el mejor amigo de su hijastro.
—Vamos a ir más lejos cada noche —le dije en voz baja, metiendo dos dedos en su coño lleno de semen y removiéndolos despacio—. La noche siguiente te voy a follar en la cocina, inclinada sobre la mesa donde desayunamos. Y la siguiente… en el balcón, con la ciudad mirando, la máscara ladeada y tu culo recibiendo mi polla mientras Hassan duerme dentro. Quiero que te duela todo el día recordando que eres mi puta secreta. Quiero que cada vez sea más sucio, más cerca de que nos descubra.
Bianca gimió bajito, apretando mi mano con sus paredes internas, montando mis dedos con lentitud.
—Entonces está decidido —susurró, besándome con lengua profunda otra vez, saboreando el plan tanto como el pecado—. Mañana, en su cama. Con la máscara. Y después… ya veremos hasta dónde podemos llegar antes de que todo explote. Pero no vamos a parar. Esto es demasiado bueno como para soltarlo.
Me besó una última vez, larga y posesiva, recogió la máscara veneciana del suelo y se la llevó consigo hacia la puerta. Antes de salir, se giró, la máscara colgando de sus dedos, el culo y los muslos brillantes de nuestra mezcla.
—Duerme un poco —dijo con esa sonrisa oscura—. Vas a necesitar fuerzas. Porque la próxima vez no voy a conformarme con dos corridas. Quiero que me dejes tan llena que tenga que cambiar las sábanas de Hassan antes de que vuelva.
Cerró la puerta con cuidado. Me quedé solo en la habitación de invitados, el olor a sexo flotando denso, la polla todavía dura y el corazón latiendo con fuerza. Mi mente ya estaba allí: mañana, en la cama de mi mejor amigo, follándome a su madrastra con más fuerza que nunca, planeando cómo la siguiente vez sería en el baño mientras él cocinaba a pocos metros, o quizá en su propio coche aparcado abajo. El riesgo nos tenía atrapados, la máscara veneciana era solo el símbolo de cuánto habíamos caído. Y mientras cerraba los ojos, ya estaba contando las horas para que Hassan saliera por esa puerta y Bianca y yo pudiéramos empezar de nuevo, más sucios, más peligrosos, más adictos a la transgresión que nos consumía.
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