Sofía y el primer roce de cuero

Roxanne, una secretaria de 28 años, se excita con Hugo, curtidor de 32, mientras él le ajusta unas botas de cuero alto y ella le frota el pie

24 min read September 08, 2026New

Sofía empujó la puerta de la tienda y el timbre de cuero sonó suave. Tenía veintiocho años, curvas generosas bajo la blusa de seda negra y la falda lápiz que usaba cada día en la oficina, y llevaba meses fantaseando con este sitio. El olor la golpeó de inmediato: cuero curtido, látex nuevo, grasa de acondicionar. Hugo levantó la vista desde el mostrador. Treinta y dos años, hombros anchos, manos grandes manchadas de tinte oscuro, delantal de trabajo abierto sobre la camiseta. Sonrió con esa calma de quien sabe exactamente qué busca una clienta cuando entra así, con las mejillas ya calientes.

—Buenas. Quería probar las botas altas de muslo. Las de tacón de aguja, cuero negro mate —dijo ella, sin rodeos.

—Pasa. Talla… —él la miró de arriba abajo, deteniéndose en las pantorrillas firmes—. ¿Treinta y ocho?

—Treinta y nueve. Y medias de látex finas, negras también.

Hugo desapareció entre las estanterías y volvió con las botas, el brillo graso del cuero impecable, y un par de medias de látex que crujieron al sacarlas de la bolsa. Sofía se sentó en el banquito acolchado, se quitó los zapatos de tacón de oficina y se subió la falda hasta la mitad del muslo. Hugo se arrodilló delante de ella sin que se lo pidiera. Ella notó el calor de su aliento cerca de la rodilla mientras deslizaba la primera media. El látex se adhería a la piel como una segunda capa, fría al principio, después tibia con su calor. Cuando la bota subió, el cuero apretó el tobillo, la pantorrilla, el muslo. Hugo tiró del cierre lateral con dedos precisos, rozando la piel por encima del látex.

—Más arriba —susurró Sofía.

Él obedeció. La cremallera subió hasta casi la ingle. Sus ojos se cruzaron. Hugo tenía las pupilas dilatadas; Sofía sentía el latido entre las piernas, húmeda ya solo por el roce del material y la postura de él arrodillado.

—Se te nota —dijo ella, mirando el bulto que crecía bajo el delantal.

—Y a ti también —respondió Hugo, sin apartar la vista de cómo el cuero marcaba la forma de su pantorrilla—. El olor, la tensión del cierre… joder, Sofía. Si te llamas Sofía.

—Sofía. Y sí. Me pone muchísimo. Sigue.

Le colocó la segunda bota con la misma lentitud deliberada. Cuando terminó, ella se puso de pie. Los tacones de aguja sonaron contra el suelo de madera. Caminó dos pasos. El cuero crujía; el látex brillaba bajo las luces. Hugo seguía de rodillas, mirándola desde abajo.

—Ahora los guantes y un corsé —pidió ella—. Ayúdame tú.

En el probador semiabierto, Hugo le abrochó el corsé de cuero negro por la espalda. Cada ojal, cada tirón del cordón, apretaba sus pechos hacia arriba. Sofía jadeó cuando los guantes largos le subieron por los brazos. Entonces él, aún arrodillado para ajustar la hebilla del corsé a la altura de la cadera, pasó los dedos por la planta de su pie derecho, todavía envuelta solo en el látex fino de la media bajo la bota abierta un momento. La caricia fue directa, lenta, desde el talón hasta los dedos. Sofía se mordió el labio inferior con fuerza.

—Joder… —gimió—. El olor del cuero contra la piel, la textura… me vuelve loca. Sigue tocándome así.

Hugo frotó con el pulgar el arco del pie a través del látex. Ella tembló.

—Quiero explorarlo contigo ahora mismo —confesó él, voz ronca—. En la trastienda. Si tú también.

—Sí. Quiero. Ahora.

Cerró el cartel de “cerrado un momento”, pasó el pestillo y la guió al almacén. Olor más denso a cuero en bruto, rollos de material, un banco ancho tapizado en cuero gastado. Sofía se sentó, las botas altas todavía puestas, y levantó un pie hacia él.

—Tómalos.

Hugo se arrodilló otra vez. Besó la puntera, lamió la suela del tacón de aguja, chupó el borde del cuero donde se unía al látex del muslo. Sofía abrió las piernas, se corrió la falda y frotó el pie calzado contra la polla dura de Hugo, ya fuera del pantalón. El cuero de la bota rozaba la piel caliente; ella presionaba con el tacón apenas, luego con toda la planta. Él gemía contra la suela, lamiendo, chupando el tacón como si fuera un premio.

—Más —pidió ella—. Quiero sentirte la lengua en las medias.

Hugo le bajó un poco la bota izquierda, solo lo suficiente para lamer el látex negro que cubría la planta. Sofía le devolvió el favor: se quitó un guante, le agarró el pie descalzo a él (se había quitado las botas de trabajo) y le lamió la planta con la lengua plana, saboreando el salado y el leve resto de olor a cuero de las suelas. Después le metió los dedos de los pies en la boca un segundo, sucios de taller y de deseo. Hugo gruñó y le subió la falda del todo. El corsé apretaba sus pechos; el látex de las medias brillaba hasta la ingle. Ella no llevaba bragas.

La levantó contra la pared de ladrillo. Sofía apoyó una bota en su pecho, el tacón clavado suavemente sobre el músculo, mientras Hugo le abría las piernas y la penetraba de un embestida profunda. El cuero de la bota crujía contra su camiseta; ella gemía alto, una mano en el pelo de él, la otra agarrando el hombro.

—Así… joder, Hugo, más fuerte.

Él embistió sin prisa al principio, luego más rápido, el sonido húmedo de sus caderas chocando, el olor a cuero y sexo llenando el almacén. De vez en cuando sacaba la polla, se arrodillaba un segundo y le lamiaba la planta del pie a través del látex, o le chupaba el tacón, y Sofía le devolvía el footjob: las dos plantas envueltas en media y cuero frotando su verga dura, subiendo y bajando, apretando. Hugo le chupaba los dedos de los pies cuando ella se los ofrecía por encima del borde de la bota. Luego volvía a entrar en ella, profunda, la bota de Sofía otra vez apoyada en su pecho como un recordatorio de quién mandaba el ritmo.

—Me corro —avisó ella, voz quebrada—. No pares. Chúpame el pie mientras te corro.

Hugo le metió la polla hasta el fondo y a la vez agarró el pie libre, lamiendo la suela del cuero y el látex del arco. Sofía gritó, contrayéndose alrededor de él, el orgasmo sacudiéndole los muslos, el corsé apretando cada temblor. El placer la dejó temblando y mojada. Hugo no aguantó mucho más: salió, le puso ambas plantas juntas alrededor de la verga y se corrió entre el cuero y el látex de las medias, chorros calientes manchando las botas y los pies de ella. Sofía bajó una mano y se untó el semen por la media, frotándolo contra la suela, y se lo ofreció a la boca de Hugo. Él lamió sin dudar.

Se quedaron un rato apoyados, respirando. Sofía aún con una bota en el pecho de él, el cuero marcado de saliva y semen.

Después se arreglaron a medias. Ella no se quitó las botas ni las medias manchadas. En el mostrador, Hugo le cobró las botas y el par de medias usadas —las que acababan de servir para corrérselo— y el corsé. Sofía pagó con tarjeta, se inclinó sobre el mostrador y lo besó con lengua profunda, saboreando su propio sabor y el del cuero en la boca de él.

—La semana que viene vuelvo —dijo contra sus labios—. Quiero el catsuit completo de látex. El que se pega entero. Y quiero que me lo pongas tú. Despacio. ¿Estarás?

Hugo le apretó el culo por encima de la falda, todavía húmeda.

—Estaré. Y voy a tener el almacén listo. No te limpies del todo esas medias hasta entonces. Quiero olerlas otra vez.

Sofía sonrió, se acomodó las botas altas y salió a la calle con el taconeo firme, el olor a cuero y sexo todavía en la piel, sabiendo que siete días eran demasiados y a la vez exactamente lo que necesitaba para volver más hungrienta.

La semana se le hizo eterna. Sofía entró de nuevo en la tienda con el mismo taconeo firme, pero esta vez el olor a cuero la embistió como un golpe directo al coño. Llevaba la falda lápiz más corta, la blusa de seda abotonada apenas lo suficiente para no enseñar los pezones duros, y debajo las mismas medias de látex manchadas, sin lavar del todo, tal como Hugo le había pedido. El semen seco se había vuelto una costra fina y pegajosa entre los pliegues del material; ella lo había frotado cada noche contra la planta de su pie mientras se tocaba en la cama, oliendo el rastro de él.

Hugo levantó la vista desde el mostrador. Treinta y dos años, delantal abierto, las manos todavía manchadas de tinte oscuro. Sonrió con esa calma densa que le calentaba la entrepierna a ella en un segundo.

—Las traes —dijo, sin saludar—. Las siento desde aquí.

—No me las he quitado casi. Solo para ducharme el resto del cuerpo. Estas… —Sofía se subió un poco la falda y le enseñó el brillo mate del látex sucio— se quedan. Huelen a ti. A nosotros.

Hugo pasó el pestillo, colgó el cartel de cerrado y la agarró de la muñeca. La llevó directo al almacén. El banco de cuero gastado esperaba; encima, extendido con cuidado, el catsuit de látex negro completo, el que se pegaba como una segunda piel desde el cuello hasta los tobillos, con cremallera frontal larga y guantes integrados. Al lado, unas botas de caña altísima, más altas que las anteriores, de cuero grueso y brillante, tacón de aguja todavía más fino.

—Te lo voy a poner yo. Despacio. Quiero sentir cómo se te pone la piel de gallina debajo —murmuró él.

Sofía se desnudó sin prisa. Blusa, falda, sujetador. Se quedó solo con las medias manchadas y los zapatos de oficina. Hugo se arrodilló, le quitó los zapatos y le besó las plantas a través del látex sucio. Lamió el arco, chupó los dedos por encima del material, saboreando el sabor rancio y salado de su propio semen mezclado con el sudor de ella. Sofía gimió y le empujó la cabeza más abajo.

—Joder, Hugo… así. Lame lo que dejaste.

Él lo hizo hasta que el látex brilló otra vez de saliva. Después la hizo tumbarse en el banco. Empezó por los pies. Deslizó el catsuit por los tobillos, tirando despacio, el látex frío y graso abrazando cada centímetro. Cuando llegó a las pantorrillas, Sofía arqueó la espalda. El material se pegaba, chasqueaba, sellaba. Hugo frotaba las manos por encima mientras tiraba, masajeando los muslos, deteniéndose en la ingle para respirar el olor de ella. El catsuit no tenía abertura en la entrepierna; era entero, cerrado. Tendría que abrirle la cremallera hasta el coño cuando quisiera follarla.

—Más arriba —pidió ella, voz rota—. Apriétame las tetas con esto.

Hugo metió los brazos de ella en las mangas, tiró del látex por los hombros y subió la cremallera frontal con una lentitud cruel. Cada diente que se cerraba le aplastaba las tetas hacia arriba, le marcaba los pezones duros contra el material negro brillante. Cuando llegó al cuello, Sofía ya jadeaba. El catsuit la convertía en una estatua de látex; solo la cara y el pelo quedaban libres. Hugo le colocó entonces las botas nuevas. El cuero grueso subió por encima de las rodillas, apretó los muslos, se cerró con hebillas metálicas que él ajustó una a una, rozando el látex con los nudillos.

—Camina —ordenó.

Sofía se puso de pie. El látex crujía con cada movimiento; las botas hacían un sonido húmedo y pesado. Dio tres pasos y se detuvo delante de él. Hugo seguía de rodillas. Ella levantó un pie y se lo apoyó en el pecho, el tacón clavado suavemente sobre el músculo.

—Chúpame la suela. Ahora.

Hugo obedeció. Lamió el cuero negro de la suela, chupó el tacón de aguja como si fuera una polla, metió la lengua en los bordes donde el cuero se unía al látex del catsuit. Sofía le frotó la planta por la cara, le manchó la barba de grasa y saliva. Después le bajó el delantal y el pantalón de un tirón. La polla de Hugo saltó dura, goteando. Ella se sentó en el borde del banco, levantó las dos piernas y le atrapó la verga entre las plantas envueltas en cuero y látex. Frotó arriba y abajo, apretando, el olor a cuero y a su coño mojado llenando el almacén.

—Mira cómo te la froto… joder, está caliente —gimió ella—. Quiero que te corras otra vez en mis botas. Pero primero fóllame.

Hugo le abrió la cremallera del catsuit desde el cuello hasta más abajo del ombligo, solo lo suficiente. El látex se separó y dejó ver sus tetas y el coño afeitado, brillante de ganas. La tumbó de espaldas en el banco, le abrió las piernas y le metió la polla de un embiste seco y profundo. Sofía gritó. El látex chirriaba contra el cuero del banco; las botas se alzaban a los lados de la cabeza de él. Hugo embistía fuerte, sin piedad, agarrándole los tobillos calzados y abriéndola más. De vez en cuando sacaba la polla, se arrodillaba y le lamía el coño a través de la ranura del látex, o le chupaba la planta de la bota otra vez, volviendo a entrar enseguida.

—Más… así, clávame el tacón —rogó Sofía.

Hugo le puso un pie en el hombro, el tacón rozándole la clavícula, y folló más profundo. El sonido húmedo de sus caderas, el crujido del cuero, el jadeo de ella. Sofía se tocó el clítoris por encima del látex abierto, circular, rápida. Cuando el orgasmo la alcanzó, se contrajo alrededor de la polla de él con violencia, los muslos temblando dentro del catsuit, un grito largo que rebotó en las paredes de ladrillo. Hugo no paró. La hizo girar a cuatro patas sobre el banco, le subió el culo y la penetró otra vez por detrás, agarrándole las botas por las cañas como si fueran asas. Cada embestida hacía crujir el látex. Sofía empujaba hacia atrás, pidiendo más fuerte, más hondo.

—En las botas… córrete en las putas botas —exigió ella cuando sintió que él se ponía más grueso.

Hugo salió, se arrodilló y le juntó las dos plantas. Sofía las apretó alrededor de su verga y él se corrió a chorros gruesos, calientes, manchando el cuero negro brillante, el látex de los tobillos, goteando entre los dedos de los pies de ella. Ella bajó una mano enguantada de látex, recogió semen con los dedos y se lo ofreció a la boca. Hugo lamió. Después le chupó la suela otra vez, limpiando lo que podía, gruñendo de gusto.

Se quedaron así un rato, sofocados. Sofía todavía dentro del catsuit abierto, las botas sucias de saliva y leche. Hugo le acariciaba las plantas con los pulgares, lento, posesivo.

—No te lo quites del todo —dijo él contra el cuero de la bota—. Quiero que vuelvas el jueves. Voy a tener algo nuevo. Unas esposas de cuero y un mordaza. Y quiero que me dejes atarte los pies a ti mientras te follo. ¿Sí?

Sofía sonrió, todavía temblando, y le frotó la suela por los labios una vez más.

—El jueves. Y esta vez no me limpio nada. Ni el catsuit. Quiero que me huelas desde la puerta.

Hugo le apretó el culo a través del látex y le dio un último lengüetazo a la planta.

—Estaré esperando. Y voy a tener el banco listo para dejarte atada todo el tiempo que haga falta.

Sofía se cerró la cremallera a medias, se acomodó las botas manchadas y salió del almacén con las piernas blandas, el olor a cuero, látex y sexo impregnado hasta el tuétano. En la calle el taconeo sonaba más pesado, más sucio. Siete días otra vez. Demasiado. Y justo lo que necesitaba para volver aún más puta de pies y de cuero.

Sofía empujó la puerta el jueves a las siete y el timbre de cuero sonó otra vez. Llevaba el catsuit de látex debajo de un abrigo largo, sin nada más: ni bragas, ni sujetador, solo el material negro brillante todavía pegajoso de semen seco, saliva y el sudor de la semana. El olor la precedía. Hugo levantó la vista desde el mostrador, delantal abierto, manos manchadas, y sonrió con esa calma que le apretaba el coño a ella en seco.

—Te huelo desde la calle —dijo él, ya pasando el pestillo—. Ven.

La guió al almacén sin más palabras. El banco de cuero gastado estaba despejado. Encima, extendidas con cuidado, un par de esposas de cuero negro grueso con hebillas plateadas, una mordaza de bola roja sujeta a una correa de cuero y unas correas más largas del mismo material. Al lado, unas botas nuevas todavía más altas, de cuero engrasado que brillaba bajo la luz, tacón de aguja fino como una navaja.

Hugo le quitó el abrigo. El catsuit crujió al quedar expuesto. Él se arrodilló de inmediato, le olfateó la entrepierna a través del látex cerrado y lamió el rastro seco que ella había dejado a propósito.

—No te has limpiado ni un puto centímetro —murmuró contra el material—. Perfecto. Ahora te voy a poner esto despacio.

La hizo tumbarse. Empezó por los pies. Le subió las botas nuevas sobre el látex, tirando del cuero grueso hasta que las cañas le abrazaron los muslos casi hasta la ingle. Cada hebilla la ajustó con los dedos manchados de tinte, rozando, apretando. Sofía arqueó la espalda cuando el cuero selló el látex contra la piel. El olor a grasa y a cuero fresco le subió directo a la cabeza.

—Más fuerte las hebillas —pidió ella, voz ya ronca—. Quiero sentir cómo me marcan.

Hugo obedeció. Después tomó las esposas. Le cruzó las muñecas delante del pecho y las cerró, el cuero crujiendo al apretar. La mordaza la colocó con cuidado: le abrió la boca con dos dedos, le metió la bola de goma y le abrochó la correa detrás de la nuca. Sofía babó enseguida; la saliva le resbalaba por la comisura y caía sobre el látex de las tetas.

—Ahora lo que te dije —susurró Hugo, quitándose las botas de trabajo y quedando descalzo—. Voy a atarme los pies a ti.

Le colocó las correas largas alrededor de sus propios tobillos y las unió a las cañas de las botas de Sofía, cruzándolas de modo que cada vez que ella moviera una pierna tirara de él. El cuero de las correas apretaba la piel de Hugo; él gemía bajo mientras ajustaba. Cuando terminó, sus plantas desnudas quedaron pegadas a las suelas engomadas de las botas de ella, talón contra talón, arco contra arco.

Sofía movió un pie a propósito. La correa tiró. Hugo se inclinó hacia adelante, la cara a centímetros del látex que le cubría el coño. Ella le frotó la suela por la mejilla, por la boca, manchándole de grasa y de la costra antigua de semen. Él lamió sin que se lo pidieran, lengua plana, succionando el borde donde el cuero se unía al catsuit.

—Mmmgh… —gimió ella contra la mordaza, empujando más fuerte.

Hugo le abrió la cremallera del catsuit desde el cuello hasta más abajo del clítoris. El látex se separó con un chasquido húmedo y dejó al aire las tetas marcadas y el coño hinchado, brillante. Él se arrodilló entre sus piernas, todavía atado por los tobillos a las botas, y le metió la lengua de lleno. Sofía se contrajo. Las correas tiraron de los pies de él cada vez que ella abría más las piernas; él gruñía contra su carne, lamiendo, chupando, metiendo dos dedos mientras su propia polla goteaba sobre el suelo del almacén.

Después se levantó lo suficiente para frotarle la verga entre las plantas calzadas. Sofía apretó las botas alrededor de él, subiendo y bajando, el cuero caliente y grasiento rozando la piel tensa. Hugo le chupaba los dedos de los pies por encima del borde de la bota cada vez que ella se los ofrecía, succionando, mordisqueando el látex que asomaba. La mordaza hacía que Sofía babara sin parar; la saliva le caía sobre las tetas y él la recogía con la lengua antes de volver a lamerle la suela.

—Quiero follarte así —dijo él, voz quebrada—. Con los pies atados a ti. Tú mandas el ritmo con las botas.

La puso de lado en el banco. Entró de un embiste profundo. Sofía gritó contra la bola de goma. Cada embestida hacía crujir el látex y el cuero; las correas tiraban de los tobillos de Hugo, obligándole a seguir el movimiento de las piernas de ella. Cuando Sofía levantaba un pie y se lo clavaba en el pecho, el tacón hundido en el músculo, Hugo embestía más hondo. Cuando ella le frotaba ambas plantas por la cara mientras él la follaba, él gemía como un animal.

Sacó la polla un momento, se arrodilló otra vez y le lamió el arco a través del cuero engomado, chupando la suela entera mientras Sofía le apretaba la cabeza con las esposas. Después volvió a entrar. El banco crujía. El olor a cuero, látex, saliva y coño mojado llenaba el almacén hasta ahogar. Sofía se corrió primero: se contrajo alrededor de él con violencia, los muslos temblando dentro del catsuit, un grito ahogado por la mordaza que le hacía babear más. Hugo no paró. La hizo girar a cuatro patas, las botas todavía unidas a sus pies por las correas, y la penetró por detrás agarrándole las cañas como asas. Cada embestida tiraba de las correas; él sentía el cuero apretándole los tobillos y eso le sacaba gruñidos guturales.

—En las botas otra vez —exigió ella contra la mordaza, la voz distorsionada—. Córrete en las putas botas y lámelo.

Hugo salió justo a tiempo. Le juntó las plantas, se frotó entre el cuero y el látex y se corrió a chorros calientes, gruesos, manchando las suelas, las hebillas, goteando entre los dedos de los pies de ella. Sofía bajó las manos esposadas, recogió semen con los dedos enguantados de látex y se lo ofreció. Él lamió, después le chupó la suela entera, limpiando lo que podía, la lengua metiéndose en cada grieta del cuero.

Se quedaron así, respirando pesado, todavía atados por los tobillos. Hugo le acariciaba las plantas con los pulgares, lento, posesivo, mientras le quitaba la mordaza con la otra mano. Sofía tragó saliva y habló con la voz ronca:

—No me desates del todo. Quiero que me dejes las esposas puestas un rato más. Y las correas. Quiero caminar así, sintiendo cómo me tiras de los pies cada vez que te mueves.

Hugo sonrió contra el cuero de la bota y le dio un lengüetazo largo a la planta manchada.

—Entonces camina. Hasta el mostrador. Voy a cobrarte estas botas y las esposas… y algo más que traje esta mañana. Unas bridas de látex para los muslos y un plug de cuero. El viernes abro tarde. Quiero que vengas con todo esto puesto debajo del abrigo, sin limpiarte ni una gota. Y quiero que me dejes usarlo todo el tiempo que haga falta. ¿Sí?

Sofía movió un pie a propósito. La correa tiró de los tobillos de él y lo obligó a seguirla un paso. Ella se rio bajito, todavía temblando, el catsuit abierto, las botas sucias de leche y saliva, las esposas apretándole las muñecas.

—El viernes. Y esta vez trae también la fusta de cuero. Quiero que me la pases por las plantas mientras me follas atada. No te limpies tú tampoco. Quiero olerte desde que entre.

Hugo le apretó el culo a través del látex, le dio un último chupetón a la suela y la soltó solo lo suficiente para que pudiera ponerse el abrigo encima de todo el equipo. Las correas seguían uniendo sus tobillos a las botas de ella por debajo de la tela. Cada paso que daba Sofía hacia la puerta del almacén tiraba de él, obligándole a seguirla descalzo, la polla todavía medio dura, el olor a cuero y sexo impregnado hasta el fondo.

En la calle el taconeo sonaba más pesado, más sucio, las esposas ocultas bajo las mangas del abrigo. Sofía sonrió para sí misma. Un día. Demasiado poco. Y exactamente lo que necesitaba para volver aún más rota de pies, de látex y de cuero.

Sofía empujó la puerta el viernes a las ocho y el timbre de cuero sonó grueso, como un aviso directo al coño. Llevaba el abrigo largo abrochado hasta el cuello, pero debajo el catsuit de látex seguía pegado a la piel, pegajoso de semen seco, saliva y el sudor acumulado de la semana. Las botas nuevas de caña altísima le subían casi hasta la ingle; las esposas de cuero le apretaban las muñecas bajo las mangas; las correas largas le rodeaban los tobillos y las bridas de látex que Hugo le había entregado el día anterior le marcaban los muslos como anillos negros brillantes. El plug de cuero grueso le llenaba el culo, cada paso lo empujaba más hondo. El olor la precedía: cuero engrasado, látex rancio, sexo viejo. Hugo levantó la vista desde el mostrador, delantal abierto, manos manchadas de tinte, y sonrió con esa calma densa que le apretó el coño a ella en seco.

—Te huelo desde la puta calle —dijo él, ya pasando el pestillo y colgando el cartel—. Entra. Ahora.

La agarró de la muñeca esposada y la llevó directo al almacén. El banco de cuero gastado esperaba despejado. Encima, la fusta de cuero negro brillante, flexible, con mango grueso. Al lado, un par de botas todavía más altas, de cuero crudo engrasado que olía a taller y a grasa fresca, tacón de aguja fino como un clavo. Hugo le quitó el abrigo de un tirón. El catsuit crujió al quedar expuesto, abierto a medias desde la sesión anterior, las tetas marcadas, el coño hinchado y brillante entre la ranura del látex. Él se arrodilló de inmediato, le olió la entrepierna a través del material sucio y lamió el rastro seco que ella había dejado a propósito.

—No te has limpiado ni un puto centímetro —murmuró contra el látex—. Perfecto. Ahora te voy a abrir del todo y te voy a usar.

Sofía babó un poco al recordar la mordaza del día anterior. Hugo le abrió la cremallera del catsuit hasta más abajo del clítoris. El látex se separó con un chasquido húmedo. Él le metió dos dedos de lleno, los sacó brillantes y se los ofreció a la boca de ella. Sofía chupó sin dudar, saboreando su propio coño mezclado con el cuero viejo.

—Más —pidió ella, voz ya rota—. Ponme las botas nuevas. Ajusta las hebillas hasta que me duelan.

Hugo obedeció. La hizo tumbarse en el banco. Le quitó las botas anteriores y le calzó las nuevas sobre el látex y las bridas. El cuero grueso subió, apretó, selló. Cada hebilla la cerró con los nudillos manchados de tinte, rozando el arco del pie a través del material, apretando hasta que Sofía arqueó la espalda y gimió. El plug de cuero se movió dentro de ella con cada tirón.

—Más fuerte —exigió ella—. Quiero que me marquen las putas hebillas.

Él apretó más. Después tomó las correas largas, le ató los tobillos de Sofía a las patas del banco y se ató a sí mismo: sus plantas desnudas quedaron pegadas a las suelas engomadas de las botas de ella, talón contra talón, arco contra arco. Cada movimiento de Sofía tiraba de él. Hugo se arrodilló entre sus piernas abiertas, todavía unido por el cuero, y le metió la lengua de lleno en el coño. Sofía se contrajo. Las correas tiraron; él gruñó contra su carne, lamiendo, chupando, metiendo la lengua hasta el fondo mientras su polla goteaba sobre el suelo.

—Chúpame las plantas mientras me comes —ordenó ella.

Hugo levantó un pie calzado, lamió la suela entera, chupó el tacón de aguja como si fuera una polla, metió la lengua en los bordes donde el cuero se unía al látex. Sofía le frotó la planta por la cara, le manchó la barba de grasa y de la costra antigua de semen. Él lamió sin parar, succionando el arco a través del material, mordisqueando los dedos que asomaban por encima del borde. Después volvió al coño, alternando: lengua en el clítoris, lengua en la suela, dedos dentro, tacón en la boca. Sofía bababa, las esposas le apretaban las muñecas mientras se agarraba a su propio pelo.

—Fóllame ya —gimió—. Con los pies atados. Tú no mandas el ritmo. Yo lo mando con las botas.

Hugo se levantó lo suficiente. Entró de un embiste seco y profundo. Sofía gritó. El látex chirriaba contra el cuero del banco; las botas se alzaban. Cada embestida hacía crujir el material y tiraba de las correas que unían sus tobillos. Cuando Sofía levantaba un pie y se lo clavaba en el pecho de él, el tacón hundido en el músculo, Hugo embestía más hondo. Cuando ella le frotaba ambas plantas por la cara mientras él la follaba, él gemía como un animal, lamiendo lo que podía, chupando la grasa y el sudor.

Sacó la polla un momento, se arrodilló otra vez y le pasó la fusta por las plantas. El cuero flexible silbó y golpeó el arco envuelto en bota. Sofía se sacudió, el plug se le movió dentro, el coño se le contrajo vacío. Hugo golpeó otra vez, más fuerte, luego lamió la marca que el cuero había dejado en la suela. Volvió a entrar. El banco crujía. El olor a cuero, látex, saliva, fusta y coño mojado llenaba el almacén hasta ahogar. Sofía se tocó el clítoris con las manos esposadas, circular, rápida, el látex de los guantes resbalando.

—Más fuerte la fusta… en las plantas… mientras me clavas esa polla —rogó ella.

Hugo le puso un pie en el hombro, el tacón rozándole la clavícula, y folló más profundo mientras azotaba la otra planta con la fusta. El sonido seco del cuero contra el cuero, el jadeo de ella, el gruñido de él. Sofía se corrió primero: se contrajo alrededor de la verga con violencia, los muslos temblando dentro del catsuit y las bridas, un grito largo que rebotó en los ladrillos, el plug empujándole el orgasmo más hondo. Hugo no paró. La hizo girar a cuatro patas sobre el banco, las botas todavía unidas a sus pies por las correas, y la penetró por detrás agarrándole las cañas como asas. Cada embestida tiraba de las correas; él sentía el cuero apretándole los tobillos y eso le sacaba gruñidos guturales. Le pasó la fusta por las plantas otra vez, golpeando, rozando, mientras follaba.

—En las botas… córrete en las putas botas y lámelo todo —exigió Sofía, voz quebrada, el culo empujando hacia atrás—. Quiero sentir tu leche caliente entre los dedos y que me chupes la suela hasta dejarla limpia de tu mierda.

Hugo salió justo a tiempo. Le juntó las plantas, se frotó entre el cuero engrasado y el látex de los tobillos y se corrió a chorros gruesos, calientes, manchando las suelas, las hebillas, goteando entre los dedos de los pies de ella, resbalando por el arco. Sofía bajó las manos esposadas, recogió semen con los dedos enguantados de látex, se lo untó por la media y la suela y se lo ofreció a la boca. Él lamió sin dudar, la lengua plana, succionando cada gota, metiéndose en las grietas del cuero, chupando el tacón todavía húmedo de su propia corrida. Después le chupó la suela entera otra vez, gruñendo de gusto, mientras Sofía le apretaba la cabeza con las botas.

Se quedaron así, respirando pesado, todavía atados por los tobillos. Hugo le acariciaba las plantas con los pulgares, lento, posesivo, pasándole la fusta por el arco manchado una última vez. Sofía movió un pie a propósito. La correa tiró y lo obligó a seguir el movimiento. Ella se rio bajito, el catsuit abierto, las botas sucias de leche y saliva, el plug todavía dentro, las esposas apretándole las muñecas, las bridas marcándole los muslos.

—No me desates —dijo ella, voz ronca—. Quiero que me dejes todo puesto. Las botas, las esposas, las correas, el plug, la fusta metida entre las plantas. Voy a caminar hasta el mostrador así. Y mañana vuelvo con más mierda de cuero pegada. Quiero que me huelas desde la puta puerta y que me lamas las suelas antes de ni siquiera saludarme.

Hugo le dio un lengüetazo largo a la planta manchada, chupó un resto de semen que goteaba del tacón y le apretó el culo a través del látex.

—Vendrás. Y te voy a follar las plantas hasta que no puedas ni caminar sin que te resbale mi leche entre los putos dedos.

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