Primer Deseo entre Amigos en el Mercado Nocturno

Dos amigos adultos, Omar y Emmett, se dejan llevar por el deseo gay en un callejón del mercado nocturno y terminan follando salvajemente.

12 min read September 08, 2026New

Omar tenía veintiocho años y el cuerpo de un repartidor que carga cajas todo el día: hombros anchos, brazos duros, pecho ancho bajo la camiseta negra que se le pegaba al torso por el calor de la noche. Emmett, veintiséis, chef de un local de fusión, llevaba los brazos llenos de tinta hasta los nudillos y una sonrisa de hijo de puta que siempre había sabido exactamente cómo mirar a su mejor amigo un segundo de más.

Se tropezaron entre el humo de carbón y el olor a cilantro del mercado nocturno. Puestos apretados, luces de colores, gente empujando. Omar llevaba una bolsa de entregas ya vacía colgada del hombro; Emmett salía de su turno con la delantal todavía en la mano.

—Hijo de puta, ¿qué haces aquí? —dijo Emmett, y lo abrazó fuerte, pecho contra pecho, sintiendo el calor del otro.

—Entrega de última hora. Me muero de hambre. Vamos por tacos.

Compraron tres de carnitas cada uno y dos cervezas sin alcohol bien frías. Se apoyaron contra un muro de ladrillo, lejos del griterío principal. La salsa roja les manchaba los dedos. Emmett se chupó el pulgar despacio, mirando a Omar a los ojos.

—Te manchas como un cerdo —murmuró Omar.

—Y tú te quedas mirándome chupar. Qué casualidad.

La broma salió fácil, pero la mirada no. Omar sintió el golpe bajo el ombligo. Llevaban años así: bromas de pollas, de culos, de “te la meto si no te callas”. Nunca cruzaban la línea. Ahora la línea se estaba borrando con cada roce de hombro cuando la multitud los empujaba.

—Habla de mi polla otra vez y te voy a hacer tragártela —dijo Omar, medio en broma, la voz más grave de lo normal.

Emmett se rió bajo, pero sus ojos se oscurecieron.

—Promesas, promesas. Llevo años imaginándome esa verga gruesa tuya abriéndome el culo, cabrón. En la cocina, en la ducha, hasta en la puta cama cuando me la jalaba pensando en ti.

Omar se quedó quieto. El taco se le enfrió en la mano. Emmett hablaba bajo, cerca de su oído, el aliento caliente contra la piel.

—Dilo en serio —exigió Omar.

—En serio. Siempre quise follarte. Y que me folles. Las dos. Todo.

Omar no contestó con palabras. Su mano grande bajó entre los cuerpos, disimulada por la sombra y la gente que pasaba, y agarró la polla de Emmett por encima del pantalón de cocina. Estaba dura, gruesa, palpitando contra la palma. Emmett soltó un jadeo ahogado y empujó las caderas hacia adelante.

—Joder… sí. Agárramela fuerte.

—Ven —ordenó Omar.

Se escabulleron por un callejón estrecho detrás de los puestos de elotes y churros. Olor a basura, a aceite quemado, a noche. Apenas luz. En cuanto doblaron la esquina, Omar empujó a Emmett contra el ladrillo y le metió la lengua en la boca. El beso fue sucio, hambriento, dientes y saliva. Emmett se agarró a la nuca de Omar y le frotó la polla contra el muslo.

Se bajaron las braguetas al mismo tiempo. Las pollas saltaron afuera, pesadas, venosas, ya goteando. Omar envolvió las dos juntas con una mano grande y las frotó, piel contra piel, el glande de Emmett resbalando contra el suyo.

—Mira cómo nos babamos —susurró Emmett contra su boca—. Quiero correrme contigo. Quiero sentir tu leche caliente.

—Te voy a llenar el culo hasta que te escurra por las piernas —prometió Omar, masturbándolos más rápido, el pulgar restregando ambos meatos.

Emmett gimió y le mordió el labio.

—Primero cómeme el culo. Quiero tu lengua dentro.

Omar se arrodilló sin pensarlo dos veces sobre el cemento sucio. Le dio la vuelta a Emmett, le bajó los pantalones hasta los muslos y le separó las nalgas tatuadas. El agujero rosado se contrajo con el aire frío. Omar escupió directo sobre él y metió la lengua hasta el fondo, lamiendo, follándolo con la punta, chupando los bordes mientras se masturbaba la propia polla gruesa.

—Ahhh, puto… así… más profundo —jadeaba Emmett, empujando el culo hacia atrás, una mano en la cabeza de Omar—. Cómemelo como si tuvieras hambre de mierda.

Omar gruñía contra la carne, saliva escurriéndole por la barbilla, metiendo un dedo junto a la lengua para abrirlo. Cuando el esfínter cedió blando y mojado, se puso de pie. Emmett lo empujó de inmediato contra la pared, le escupió en la mano y se untó la polla, luego le metió dos dedos en el culo a Omar para abrirlo rápido.

—¿Listo para que te rompa? —preguntó Emmett, la voz ronca.

—Métele. Ya.

Emmett le alineó la cabeza gruesa contra el agujero y empujó de un solo golpe hasta las bolas. Omar gritó contra su propio brazo, el ardor delicioso, la polla de su mejor amigo abriéndolo sin piedad. Emmett lo folló de pie, salvaje, nalgas chocando, agarrándolo de las caderas con fuerza de cocinero.

—Tan apretado… joder, te estoy destrozando el culo y te gusta, ¿verdad, puto?

—Más duro —exigió Omar—. Fóllame como animal.

Emmett le daba embestidas profundas, la polla saliendo casi completa y volviendo a enterrarse. Después se salió, jadeando, y le dio la vuelta. Omar se puso en cuatro contra unos cajones de madera apilados. Emmett no. Ahora era Omar quien se arrodillaba detrás, escupía otra vez y clavaba su verga aún más gruesa en el culo de Emmett hasta el fondo.

—Tómalo todo —gruñó Omar, follándolo con fuerza brutal, manos abiertas en las nalgas, abriéndolas para ver cómo entraba y salía su polla brillante de saliva—. Te voy a dejar el culo hecho un desastre.

Emmett aullaba bajito, la cara contra el antebrazo, la polla colgando y rebotando. Omar lo agarró por el pecho tatuado y lo masturbó al ritmo de las embestidas. El callejón olía a sexo, a sudor, a pre-semen.

—Me corro… me corro, Omar—

Emmett se corrió primero, chorros espesos en la mano de Omar, el culo apretándose en espasmos alrededor de la polla que lo follaba. Omar no aguantó. Sacó la verga hinchada, se puso de pie, y le pintó la cara: chorros calientes y blancos sobre la lengua afuera, la mejilla, los labios abiertos. Emmett se la tragó y se lamió los dedos que Omar le ofreció, sucios de su propia leche.

Se quedaron jadeando un momento, pollas todavía semiduras, el culo de ambos latiqueando.

Limpiaron rápido con servilletas de papel que Emmett sacó del bolsillo del delantal. Se subieron las braguetas, se rieron como idiotas, el corazón todavía a mil. Volvieron al mercado con las piernas flojas y la complicidad nueva brillándoles en los ojos. Compraron más tacos y unas aguas frescas. Cada vez que se miraban, la polla de uno u otro daba un tirón traicionero.

—Esta noche —dijo Emmett, rozándole los nudillos al pasar el vaso—. Mi depa. Lubricante de verdad, tiempo de sobra. Quiero que me abras despacio y después te la metas hasta que no pueda caminar mañana. Y yo te voy a chupar los huevos mientras te la jalas pensando en cómo te la voy a meter otra vez.

Omar sonrió, sucio, ya imaginándoselo.

—Y después te voy a dejar el culo goteando otra vez. No hemos terminado ni de cerca.

Caminaron codo con codo entre la gente, el deseo todavía caliente bajo la ropa, sabiendo que el callejón había sido solo el primer plato.

Llegaron al depa de Emmett casi trotando, el ascensor apestaba a humedad y perfume barato, y apenas cerró la puerta Omar lo aplastó contra ella. Emmett soltó las llaves, el delantal cayó al suelo y las manos de Omar ya le metían bajo la camiseta, pellizcando los pezones duros mientras le mordía el cuello.

—Quiero olerte todavía a mercado y a mi saliva —gruñó Omar contra su oreja—. Quiero follarte con el gusto de tacos y cerveza todavía en la boca.

Emmett se rio ronco, ya abriéndole la bragueta de un tirón. La polla de Omar saltó pesada, todavía manchada de reseca de antes, y Emmett se arrodilló en el recibidor sin más. Se la metió entera de un golpe, labios estirados, lengua aplastada contra la vena gruesa, tragando hasta que la nariz se le aplastó en el vello púbico. Omar le agarró el pelo tatuado de la nuca y le folló la garganta con embestidas cortas y brutales, escuchando los gorgoteos sucios, viendo cómo le salían lágrimas de placer por las comisuras.

—Trágala, puto. Ábrete la puta garganta para tu mejor amigo.

Emmett se la sacó solo para escupirle un hilo grueso de saliva que corría por el glande y se la volvió a embutir, mamando con ruido, una mano apretándole los huevos y la otra metiéndose dos dedos en el culo propio, abriéndose ya para lo que venía. Cuando Omar sintió que se iba a correr, lo jaló hacia arriba, lo levantó como si no pesara y lo cargó hasta el sofá. Emmett aterrizó de espaldas, piernas abiertas, y Omar le arrancó los pantalones de un tirón. El culo de Emmett todavía estaba abierto y resbaladizo de la corrida anterior y de la saliva del callejón; se contrajo a la vista, rosado y hambriento.

Omar escupió directo en el agujero y metió tres dedos de una vez, curvándolos, frotando la próstata hasta que Emmett arqueó la espalda y soltó un aullido.

—Lubricante —ordenó Emmett entre jadeos—. El bueno, en la mesa.

Omar lo alcanzó, se untó la verga hasta que brillaba y se la clavó de un solo empujón hasta las bolas. El culo de Emmett lo tragó entero, apretado, caliente, y los dos gimieron juntos. Omar no le dio tiempo a acostumbrarse: empezó a follarlo salvaje, nalgas chocando con un sonido húmedo y obsceno, las manos abiertas abriéndole las nalgas para ver cómo su polla entraba y salía gruesa y brillante.

—Míralo… te lo estoy destrozando otra vez y tu culo me lo pide más —jadeó Omar, sudor goteándole del pecho a la espalda de Emmett—. Dime que te gusta que tu amigo te use de puta.

—Me encanta, cabrón… fóllame más duro… quiero sentirla en las putas tripas —respondió Emmett, masturbándose a puño cerrado, el glande morado y goteando.

Omar lo sacó casi completo y se lo volvió a clavar de golpe, una y otra y otra vez, hasta que Emmett se corrió sin tocarse apenas, chorros blancos salpicando su propio pecho tatuado y el sofá. El culo se le cerró en espasmos violentos alrededor de la polla de Omar, pero éste no paró: lo folló a través del orgasmo, prolongándolo, convirtiendo los gemidos en gritos rotos.

Cuando Emmett temblaba ya de sobreestimulación, Omar se salió, se sentó en el sofá y lo jaló encima. Emmett se montó de espaldas, se alineó solo y se la bajó hasta el fondo, gritando cuando la gruesa cabeza le rozó la próstata otra vez. Empezó a cabalgarlo con fuerza de chef, caderas rodando, nalgas rebotando contra los muslos de Omar. Este le agarró la cintura y le empujaba hacia abajo cada vez que bajaba, clavándosela más profundo.

—Así… úsame el culo… lléname —suplicaba Emmett, la voz rota—. Quiero tu leche caliente adentro, quiero caminar mañana sintiéndote escurrirme por las piernas.

Omar le dio una palmada fuerte en una nalga, dejando la marca roja, y luego otra. Emmett se corrió otra vez solo de eso, menos cantidad pero igual de intenso, el cuerpo temblando. Omar no aguantó más: lo sujetó contra su pecho, lo embistió desde abajo con embestidas cortas y profundas y se corrió gritando el nombre de su amigo, chorros espesos bombeando directo al fondo del culo de Emmett. Sintió cómo se le llenaba, cómo el calor le escapaba por los bordes alrededor de su polla todavía enterrada.

Se quedaron así un minuto, jadeando, sudados, pegados. Cuando Omar se salió, un hilo blanco y espeso le siguió la verga y gotearon sobre el sofá. Emmett se rio bajo, se metió dos dedos, se sacó un poco de la corrida y se la ofreció a Omar. Este se la chupó sin dudar, saboreando su propia leche mezclada con el sabor a culo de su mejor amigo.

—Baño —dijo Emmett, la voz ronca—. Quiero que me laves el culo con la lengua y después me la metas otra vez bajo el agua caliente.

Se arrastraron hasta la ducha. El agua caía caliente sobre ellos mientras Omar se arrodillaba otra vez, le separaba las nalgas y le comía el culo limpio y sucio a la vez, lamiendo su propia corrida que le salía, chupando el esfínter hinchado y rojo hasta que Emmett se puso duro otra vez. Después Emmett lo empujó contra azulejos mojados, le levantó una pierna y se la metió de frente, follándolo despacio al principio, mirándolo a los ojos, besándolo sucio mientras le daba embestidas largas que le sacaban el aire.

—Años… años queriéndote follar así —susurró Emmett contra su boca—. Y ahora te tengo abierto y goteando para mí.

Omar le agarró la cara y le mordió el labio.

—Entonces no pares. Quiero que me dejes el culo tan usado como yo te dejé el tuyo.

Emmett aceleró, agarrándolo de los muslos, clavándosela hasta las bolas con cada golpe. El sonido del agua mezclado con el choque de carne mojada llenaba el baño. Omar se corrió entre ellos, salpicando el abdomen tatuado de Emmett, y el apretón de su culo hizo que Emmett se corriera también, llenándolo otra vez, gimiendo bajo y gutural mientras se vaciaba dentro.

Salieron temblando, se secaron a medias y cayeron en la cama. No se dieron descanso. Emmett se acomodó entre las piernas de Omar y le chupó los huevos con devoción, lamiendo la base de la polla, metiéndole la lengua en el culo otra vez mientras se la jalaba lento. Cuando Omar estaba otra vez de piedra, Emmett se puso a cuatro y le ofreció el culo goteante.

—Ábreme despacio esta vez… y después mátame a embestidas.

Omar se untó más lubricante, se la metió centímetro a centímetro, sintiendo cada pliegue ceder, y cuando estuvo entero empezó un ritmo brutal, profundo, las manos en los hombros de Emmett tirándolo hacia atrás contra cada embestida. El colchón crujía, Emmett aullaba contra la almohada, pidiendo más, más duro, más profundo. Omar le hablaba sucio sin parar:

—Mira cómo te lo comes… tu culo es mío ahora… te voy a follar todas las noches hasta que se te olvide cómo se siente no tenerme adentro…

Se corrieron casi juntos otra vez: Emmett manchando las sábanas a puñetazos de leche y Omar inundándole el interior una tercera vez, tanto que cuando se salió le brotó un chorro blanco que le bajó por los huevos y los muslos.

Se derrumbaron de lado, todavía enganchados, las piernas enredadas, el aire pesado a sexo y sudor. Omar le acariciaba el pecho tatuado con dedos perezosos, sintiendo el corazón aún desbocado. Emmett le besó el hombro, la comisura de la boca, el pezón.

—Mañana te hago el desayuno desnudo y después te la chupo otra vez bajo la mesa —murmuró Emmett, ya medio dormido y medio duro otra vez—. Y el domingo te follamos en el sofá mirando la tele como si no hubiera pasado nada… hasta que pase otra vez.

Omar se rio bajo, la polla dándole un último tirón traicionero contra el muslo de su amigo.

—Y yo te voy a dejar marcas en el cuello para que tus compañeros de cocina sepan que te la metieron hasta el fondo anoche.

Se quedaron en silencio un rato, escuchando la ciudad lejana a través de la ventana abierta, el olor a cilantro y humo de carbón todavía pegado a la ropa tirada en el suelo. El deseo no se había apagado; solo se había vuelto más denso, más seguro, más voraz. Omar metió la mano entre ellos y le agarró la polla semidura de Emmett, solo para sentirla latir.

—Otra ronda —dijo, ya girándolo de nuevo—. Esta vez te la meto tan despacio que te vas a volver loco… y después te la saco y te la clavo de un solo golpe hasta que grites mi nombre por toda la puta calle.

Emmett solo abrió las piernas más y le sonrió con esa sonrisa de hijo de puta que siempre había sabido exactamente cómo mirarlo.

Y cuando por fin se corrieron por última vez aquella noche, pegados pecho con pecho, las pollas frotándose juntas en un desastre caliente de leche y saliva, Omar entendió que el callejón del mercado solo había sido la chispa: ahora el fuego se les había metido bajo la piel para siempre.

Nunca volvieron a ser solo amigos.

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