Noche en el tren con latex y tacones
En el tren nocturno, Priya seduce a su vecina fetichista.
El compartimento olía a metal caliente y a perfume barato de estación cuando el tren nocturno arrancó hacia la frontera. Yo tenía veintiocho años y llevaba puesto el uniforme que me había cosido a medida: un mono de látex negro de asistente de vuelo tan ceñido que marcaba cada curva, la cremallera brillante bajando en V hasta casi el ombligo, las medias de seda con costura trasera perfecta subiendo por mis muslos, los tacones de aguja de doce centímetros que me obligaban a archivar la espalda, y los guantes de cuero negro hasta los codos. Me senté frente a ella.
Carla. Treinta y dos años, traje de látex rojo brillante que parecía derramado sobre su cuerpo, botas altas de tacón que le subían por las pantorrillas, medias de red negras asomando por el borde de las botas. El vagón iba casi vacío; solo el traqueteo de las ruedas y la luz amarillenta de los plafones. Nuestras miradas se cruzaron y no hubo disimulo. Cruzé las piernas despacio, dejando que el tacón rozara el suyo. Ella respondió con el mismo gesto, el clack deliberado del cuero contra el látex. Sentí el calor subirme por el pecho.
—Qué uniforme más jodidamente puta —susurró ella, sin apartar los ojos de mis piernas—. Pareces sacada de una revista prohibida.
Deslizó el pie envainado en látex y tacón por mi pantorrilla, subiendo despacio, frotando la costura de la media. El contacto me sacó un jadeo. Abrí un poco las piernas, lo justo para que viera el brillo de la seda de lujo y el borde de las bragas negras bajo el mono.
—Me pone enferma de ganas tu traje rojo —confesé, voz baja, confesional, como si le estuviera contando un secreto sucio a un diario—. El látex, los tacones, las medias… no puedo dejar de mirarte. Llevo años con este fetiche y tú pareces sacada de mis peores sueños.
Carla sonrió, se inclinó y me susurró al oído, el aliento caliente:
—Yo también. Me corre el coño solo de verte con esos guantes y esa cremallera. Chúpame los tacones. Ahora.
No lo pensé. Me arrodillé entre los asientos, en la penumbra del compartimento, agarré su bota y llevé la puntera de aguja a mi boca. Lami la suela, saboreando el polvo del andén y el látex caliente. Ella gimió, se agarró al asiento y empujó el tacón más adentro, rozándome la lengua. Nos besamos después con hambre, bocas abiertas, lenguas húmedas, manos enguantadas agarrando pechos y culos envueltos en látex. El tren cruzaba campos oscuros; nadie nos veía.
—Al baño —ordené, ya sin aliento—. Antes de que pare en la frontera.
Entramos en el baño estrecho del tren, el espacio apenas cabía dos cuerpos. Cerré con pestillo. La obligué a arrodillarse sobre el suelo sucio y le presenté mis tacones de aguja.
—Lame. Los tacones y los pies. Quiero sentirte chupar el sudor de mis medias.
Carla obedeció con devoción. Su lengua recorrió la aguja, subió por el arco del pie dentro de la media de seda, chupó los dedos envueltos en tejido húmedo. El olor de mis pies sudados mezclado con látex me volvía loca. Le agarré el pelo y la empujé más.
—Más profundo. Lame entre los dedos.
Cuando ya estaba empapada, la levanté y la pegué contra la pared del baño. Le bajé las bragas de látex rojo de un tirón; su coño brillaba, afeitado, hinchado. Introduje dos dedos enguantados de cuero dentro de ella de golpe, curvándolos, follándola con ritmo seco mientras ella frotaba el coño contra la caña de mi bota, el látex de la bota resbalando contra su clítoris.
—Así, puta —jadeé—. Usa mi bota. Córrete en mi tacón si puedes.
Ella gemía, se frotaba desesperada, y yo la dedaba más fuerte, el cuero del guante empapándose de sus jugos. Cambiamos. Me senté en el inodoro con las piernas abiertas, el mono de látex bajado hasta la cintura, las medias aún puestas. Carla se arrodilló otra vez y me comió el coño con una devoción fetichista absurda: primero lamió la costura de la media hasta el muslo, después chupó mis dedos enguantados uno por uno, saboreando su propio sabor mezclado con el cuero, y al final clavó la lengua en mi coño, chupando el clítoris, metiendo la nariz entre mis labios. Yo le agarré la cabeza y me frotté contra su boca, los tacones clavados en sus hombros.
—Chúpame las medias mientras me comes —ordené.
Ella lamió la seda empapada y al mismo tiempo me follaba con la lengua. El orgasmo nos llegó juntas, violento: yo me corrí gritando contra su boca, contrayéndome, empapándole la cara; ella se frotó contra mi bota hasta correrse también, temblando, gimiéndome el nombre. El tren traqueteaba; nuestros gritos se perdieron en el ruido de las ruedas.
Después del clímax nos arreglamos a medias en el baño apretado. Me subí el mono de látex, alisando el brillo negro sobre los pechos todavía sensibles; Carla se subió las bragas rojas y se ajustó las botas con dedos temblorosos. Nos miramos en el espejo manchado: labios hinchados, medias corridas, olor a coño y a látex sudado impregnándolo todo. Salimos de nuevo al compartimento casi vacío justo cuando el tren frenaba en la frontera. Aún no habíamos terminado. Ella se sentó frente a mí otra vez, cruzó las piernas y dejó que la puntera de su bota rozara deliberadamente mi pantorrilla bajo la mesa plegable.
—Hay un hotel al otro lado —murmuró, voz ronca—. Y yo llevo más cosas en la maleta. Cuerdas. Otro par de tacones. Quiero verte con el uniforme completo mientras te ato a la cama.
El control de pasaportes pasó por el pasillo. Yo apreté los muslos, todavía resbaladiza, y le devolví el roce con mi propio tacón de aguja bajo la mesa. La noche apenas empezaba, y el látex ya se me pegaba otra vez a la piel con promesas peores.
El control de pasaportes ya se alejaba por el pasillo cuando el tren volvió a arrancar con un tirón seco. El roce de su puntera bajo la mesa se convirtió en algo más pesado: Carla levantó el pie y lo apoyó entero sobre mi muslo, la suela todavía húmeda de lo que habíamos hecho en el baño. El látex de su bota crujía al frotarse contra la seda de mi media. Yo no aparté la mirada de la ventanilla oscura; fingí interesarme por los focos lejanos de la frontera mientras le abría las piernas un poco más y dejaba que ella subiera, despacio, hasta el hueco de mi ingle.
—Todavía goteas —murmuró ella, apretando el tacón justo donde el mono se me pegaba al coño—. Lo siento a través del látex. Como si me estuvieras mojando la bota otra vez.
Me mordí el labio. El confesionario se me abría solo en la cabeza: llevaba años fantaseando con una mujer exactamente así, roja y brillante y cruel con los pies, y ahora la tenía delante, en un vagón casi vacío, y yo no quería que parara. Deslicé mi propia mano enguantada bajo la mesa y le agarré el tobillo, subiendo por la caña de la bota hasta el borde de la media de red. El contraste de texturas —cuero, látex, malla— me hizo un nudo en la garganta.
—Sigue —le pedí, voz baja, como si le estuviera contando al aire un pecado que no podía callar—. Empújame más. Quiero que me dejes marca con el tacón antes de que lleguemos.
Carla sonrió con los dientes y clavó la aguja un poco más, no lo bastante para romper, solo lo suficiente para que el dolor se mezclara con el calor. El tren entraba en túneles cortos; la luz amarilla parpadeaba y nos dejaba a oscuras segundos enteros. En uno de esos tramos negros ella se inclinó por encima de la mesita plegable, me agarró la cremallera del mono por la V del pecho y la bajó hasta debajo de los pechos. El látex se abrió con un sonido húmedo. Mis pezones, duros y sensibles, quedaron expuestos al aire acondicionado del vagón. Ella los miró un segundo y después me escupió en el guante, se pasó la saliva por la palma y me los pellizcó a través del residual de cuero.
—Puta de uniforme —susurró contra mi boca—. Me encanta cómo te queda. Quiero follarte con los tacones puestos y el mono a medias, como una azafata barata que se deja manosear entre escalas.
Nos besamos otra vez, más sucio, con lengua y dientes. Yo le mordí el labio inferior hasta saborear un poco de metal; ella me agarró el pelo y me inclinó la cabeza hacia atrás para lamer me el cuello, justo donde el látex rozaba la piel. Bajo la mesa mis pies se buscaron: cruzamos tobillos, rozamos suelas, empujamos punteras contra pantorrillas. Sentí el olor de nuestros pies sudados y del látex caliente subiendo entre nosotras como un perfume más fuerte que el de la estación. Me corrí un poco solo con eso, un espasmo corto que me hizo apretar los muslos contra su bota.
Cuando el tren salió del último túnel, el paisaje ya era otro país. Luces de autopista, anuncios en otro idioma. Carla se separó lo justo para mirarme a los ojos.
—Hotel. Ya. No aguanto más el compartimento.
Bajamos en la siguiente parada con las maletas rodando detrás. El andén olía a grasa y a noche húmeda. Yo caminaba torpe con los tacones de doce centímetros y el mono todavía entreabierto; cada paso me hacía sentir la braga empapada pegada al coño. Carla iba delante, el culo rojo brillante marcando el ritmo, las botas altas resonando en el cemento. Cogimos un taxi sin hablar casi. En el asiento de atrás ella puso la mano en mi rodilla y subió por la media hasta el borde del látex, metiendo dos dedos bajo la tela para tocarme la piel desnuda del muslo interior.
—En la maleta tengo cuerdas negras de seda y un par de zapatos de ballet de punta forzados, de esos que te dejan el arco roto de lo bonitos que son —me contó al oído, como un secreto de confesión—. También un collar de cuero con anilla. Quiero verte de rodillas en el suelo de la habitación, con el uniforme completo, chupándome los pies mientras te ato las muñecas a los tacones. ¿Me dejas?
Asentí sin voz. El taxi olía a ambientador barato y a nosotros dos: látex sudado, coño, cuero. Llegamos a un hotel de fachada discreta junto a la estación. Habitación en el tercer piso, cama grande, espejo frente a ella, baño con ducha amplia. En cuanto cerramos la puerta con pestillo, Carla tiró la maleta sobre la cama y la abrió de un golpe. Sacó las cuerdas —negras, brillantes, del grosor de un dedo—, los zapatos de ballet de charol negro con cintas largas, el collar, un frasco pequeño de aceite y un par de guantes de látex rojos más finos que los míos.
—Desnúdate solo a medias —ordenó—. Quiero el mono bajado hasta la cintura, las medias y los tacones puestos. Y los guantes. Siempre los guantes.
Obedecí temblando. El látex se me pegaba a la piel húmeda; tuve que tirar despacio para bajarlo hasta las caderas, dejando los pechos al aire y el vientre marcado por la cremallera abierta. Me quedé de pie en medio de la habitación mientras ella se cambiaba: se quitó las botas altas y se puso los zapatos de ballet, atando las cintas alrededor de los tobillos y las pantorrillas hasta dejar el pie en punta forzada, el arco extremadamente curvado. El látex rojo de su traje brillaba bajo la luz del plafón. Se puso el collar ella misma y me lanzó las cuerdas.
—Átame primero las manos a la espalda —dijo—. Después te toca a ti. Quiero que me chupes los pies así, en punta, mientras yo no pueda tocarte.
Me arrodillé detrás de ella. El olor de sus pies dentro del charol nuevo me subió directo a la cabeza: cuero fresco, sudor ligero, el residual de la media de red. Le crucé las muñecas y empecé a enrollar la cuerda con nudos que había practicado sola en casa mil veces, tirando lo justo para que la piel se le marcara sin cortar. Cuando terminé, di la vuelta y me arrodillé delante. Sus pies en punta quedaban a la altura de mi boca. Empecé por la puntera: lami el charol, chupé la curva del empeine, metí la lengua entre las cintas. Carla gimió y abrió las piernas todo lo que el traje le permitía. Yo subí la lengua por la media de red hasta el borde de la bota imaginaria que ya no llevaba, y después volví a bajar, chupando los dedos a través del charol hasta que el material se me llenó de saliva.
—Más —rogó ella—. Métete el tacón en la boca. Entero.
El “tacón” de ballet era una caja dura. La abrí lo más que pude y la metí dentro, sintiendo cómo me estiraba la mandíbula. El sabor a charol y a pie me hizo chorrear por las medias. Me frotté el coño contra el talón de mi propio zapato mientras chupaba, y ella se balanceaba hacia delante, empujándome más. Cuando la saqué, un hilo de saliva nos unía.
—Ahora tú —dijo, voz rota—. En la cama. Muñecas a los cabeceros. Tobillos a los pies de la cama. Y déjame los tacones puestos.
Me subí. El mono a medias me apretaba las caderas; las medias de seda ya estaban corridas y brillantes de jugos. Carla, aún con las manos atadas a la espalda, se inclinó y usó la boca para ayudarme a colocar las cuerdas: me las pasó por las muñecas, tiró con los dientes, me hizo nudos torpes pero firmes. Después se arrodilló al pie de la cama y me ató los tobillos igual, dejando las piernas abiertas en V, los tacones de aguja clavados en el colchón. El collar le colgaba del cuello. Se acercó entre mis muslos y me lamió primero la costura de la media, despacio, desde la rodilla hasta el coño, chupando la seda empapada como si fuera la piel misma.
—Hueles a puta de tren —confesó contra mi clítoris—. A látex y a borde y a ganas de que te usen.
Metió la lengua dentro de mí otra vez, pero esta vez más lento, más profundo, mientras yo tiraba de las cuerdas y los tacones se me hundían en la tela. El orgasmo se me acercaba otra vez, caliente y sucio, pero ella se detuvo justo cuando yo empezaba a temblar. Se incorporó, se frotó el coño rojo brillante contra la puntera de mi zapato y me miró desde arriba.
—No todavía. Quiero que me digas exactamente qué te pone de mis pies. Confiesa. Alto.
Respiraba entrecortada. El techo de la habitación se movía un poco con el recuerdo del traqueteo del tren.
—El arco —empecé, voz confesional, como si hablara sola en la oscuridad—. Cómo se te marca cuando llevas tacón. El olor cuando te quitas la bota después de caminar. La forma en que el látex se te pega a la planta y deja la huella del sudor. Quiero lamiértelo todo. Quiero que me pongas los pies en la cara mientras me follas con cualquier cosa. Quiero que me dejes las medias de red metidas en la boca para callarme cuando grite.
Carla se inclinó y me besó con la boca llena de mi propio sabor. Después se dio la vuelta, aún atada de muñecas, y se sentó sobre mi cara con el culo de látex rojo aplastándome la nariz. El coño se le abría justo encima de mi boca; yo saqué la lengua y la chupé mientras ella se frotaba, mojándome la barbilla, los guantes, el cuello. Al mismo tiempo sentí cómo empujaba uno de sus pies en punta contra mi pecho, el charol frío sobre el pezón.
—Así —gimió—. Cómeme mientras te piso un poco. Y no te corras hasta que yo diga.
El látex crujía. Las cuerdas me marcaban las muñecas. El tren seguía en mi cabeza, el traqueteo convertido en el ritmo de sus caderas. Yo lamía y chupaba y confesaba entre jadeos todo lo que me faltaba por hacerle: atarla a la ducha, hacerla caminar descalza sobre mis pechos, obligarla a correrme en la suela y después limpiársela con la lengua. Ella se reía baja y se mojaba más. El aceite estaba todavía sin abrir sobre la mesilla. Las cuerdas sobrantes colgaban del borde de la cama. Afuera se oían bocinas lejanas de la ciudad fronteriza. Ninguna de las dos había terminado. El collar de cuero brillaba en su cuello cuando se giró otra vez para mirarme a los ojos, las pupilas dilatadas, el traje rojo pegado al cuerpo como una segunda piel más caliente.
—Todavía me quedan los guantes finos y las cuerdas de las pantorrillas —susurró—. Y tú sigues con el uniforme a medias, Priya. La noche es larga. Dime qué quieres que te haga ahora con estos pies.
Yo tiré de las ataduras, el mono de látex negro brillando de sudor bajo la luz, y le respondí con la boca todavía llena del sabor de su coño, lista para lo que viniera después, sin ninguna prisa por que amaneciera.
El sabor de su coño todavía me llenaba la boca cuando respondí, la voz ronca, confesional, como si el techo de la habitación fuera el único confesor que me quedaba.
—Quiero que me pises la cara con esos zapatos de ballet hasta que me duela la mandíbula. Que me frotes la planta contra los labios mientras me metes los dedos enguantados hasta el fondo. Quiero el aceite en tus pies y en mi coño, que me folles con el empeine curvado, que me dejes las cintas de los zapatos metidas entre los dientes para no gritar demasiado alto. Y después… después áteme las pantorrillas con las cuerdas que sobran, aprieta hasta que se me marquen, y córrete en mis pechos con el látex todavía brillando de sudor. Hazlo ahora, Carla. No pares.
Ella soltó una risa baja, oscura, y se levantó de mi cara con un chasquido húmedo de látex contra piel. El collar de cuero le colgaba torcido. Todavía tenía las muñecas atadas a la espalda, así que usó la boca para agarrar el frasco de aceite de la mesilla, lo abrió con los dientes y lo derramó torpemente sobre mis pechos expuestos. El líquido resbaló por mis pezones, bajó por el surco del mono abierto y se acumuló en el hueco de mi ombligo. El olor a almendras dulces se mezcló con el de coño y charol. Carla se giró, buscó a tientas uno de los guantes de látex rojo fino con la boca, se lo puso a tirones imperfectos en la mano derecha y volvió a arrodillarse entre mis piernas abiertas.
El primer contacto del guante aceitado contra mi clítoris me arrancó un gemido que rebotó en las paredes. Dos dedos entraron de golpe, curvados, buscando ese punto que ya conocía del baño del tren. Al mismo tiempo apoyó la caja dura del zapato de ballet contra mi boca.
—Abre —ordenó—. Chupa mientras te follo.
Obedecí. La mandíbula me dolía del esfuerzo anterior, pero abrí más, dejé que el charol frío me llenara, que las cintas me rozaran la lengua. Ella empujaba el pie al ritmo de los dedos: dentro, fuera, dentro, más hondo. El látex del guante crujía con cada movimiento. Yo chupaba el empeine forzado, saboreaba el sudor residual atrapado bajo el charol nuevo, y sentía cómo mis propios jugos le empapaban la muñeca. Las cuerdas me cortaban un poco las muñecas; el dolor era limpio, perfecto, se mezclaba con el placer hasta volverse indistinguible.
Cuando los dedos ya no bastaron, Carla se incorporó, se frotó el coño hinchado contra la puntera de mi tacón de aguja —el que seguía clavado en el colchón— y se humedeció toda. Después cambió: apoyó la planta del pie en ballet directamente sobre mi coño abierto. El arco extremo, brillante de aceite, se deslizó arriba y abajo, aplastando el clítoris, separando los labios. Yo gemí contra el otro zapato que todavía tenía en la boca. Ella aumentó la presión, me pisó despacio, deliberada, mientras se balanceaba para frotarse también contra mi pantorrilla envuelta en media de seda.
—Así te quiero —jadeó—. Uniforme de puta a medias, atada, con mis pies en tu cara y en tu coño. Confiesa más. Dime cómo te sientes.
—Me siento… sucia —logré articular cuando sacó el pie de mi boca—. Como la azafata barata que dijiste. El látex me pega a la piel, las medias están destruidas, y solo quiero que me uses más. Méteme los dedos de los pies. Quiero sentir las uñas.
Ella sonrió, se quitó un zapato de ballet con la otra mano todavía atada —un malabarismo torpe y excitante— y me ofreció el pie desnudo, la planta roja por la presión del calzado forzado, los dedos arrugados de sudor. Los lami primero con devoción, uno por uno, chupé entre ellos el sabor salado. Después ella los juntó e introdujo dos dedos del pie dentro de mí, empujando con el arco. El estiramiento era extraño, íntimo, profundamente fetichista. Yo me arqueé contra las ataduras, los tacones de aguja hundidos en la cama, el mono de látex negro brillando de aceite y sudor bajo la luz amarilla.
Nos turnamos así un rato largo. Ella me follaba con el pie, yo le chupaba el otro. Cuando se cansó de las manos atadas, me pidió con la voz rota que la desatara con los dientes. Lo hice, mordiendo nudos, tirando, hasta que las cuerdas cayeron. En cuanto tuvo las manos libres me agarró las caderas, me giró un poco dentro de los límites de las ataduras de tobillos y muñecas, y se montó a horcajadas sobre mi muslo. Se frotó el coño contra la media de seda empapada mientras me metía tres dedos enguantados y me pisaba suavemente un pecho con el pie todavía en punta.
El orgasmo se construyó lento esta vez, más pesado. El traqueteo del tren seguía en mis huesos; cada embestida de sus dedos era una vía, cada roce de látex una estación. Carla se inclinó, me besó con lengua llena de mi sabor y el suyo, y murmuró contra mis labios:
—Córrete cuando yo te pise el clítoris con el tacón del ballet. No antes.
Esperé. Temblé. Cuando por fin apoyó la caja dura justo ahí y presionó en círculos cortos, me rompí. El grito me salió ahogado por su boca. Me contraje alrededor de sus dedos, chorreé sobre el guante rojo, sobre la sábana, sobre el látex de su muslo. Ella se frotó más rápido contra mi pierna, usó mi rodilla como si fuera un dildo, y se corrió segundos después, el cuerpo rígido, el collar tintineando, un gemido largo y gutural que me llenó la garganta de orgullo sucio.
Seguimos. No había prisa. Me desató las muñecas solo para volver a atarme las pantorrillas juntas con las cuerdas sobrantes, apretando hasta que la piel se me puso blanca alrededor de las ligaduras. Me hizo arrodillarme al borde de la cama, el mono todavía en las caderas, los pechos colgando, y se sentó frente a mí para que le lamerá los pies durante lo que parecieron horas: charol, media de red, planta desnuda, dedos, talones. Le chupé el aceite residual. Le pedí que me abofeteara suavemente la cara con la suela. Obedeció. Cada impacto me dejaba más caliente. Yo me tocaba el coño con los guantes de cuero todavía puestos, el olor a cuero empapado subiendo hasta marearme.
Al final ella me tumbó de nuevo, se quitó el traje de látex rojo con torpeza —el material se pegaba a su piel sudada igual que el mío— y se frotó desnuda contra mí, pecho con pecho, coño con coño, pies enredados con los míos. Los tacones de aguja y los de ballet chocaban. Nos corrimos otra vez así, más quietas, más profundas, los dedos entrelazados, las lenguas lentas. El segundo orgasmo me dejó vacía y temblando, la mente en blanco salvo por el brillo del látex y el recuerdo del traqueteo.
Después del clímax nos quedamos enredadas en las sábanas manchadas. El aire acondicionado del hotel zumbaba. Afuera, la ciudad fronteriza empezaba a despertar con bocinas lejanas y el primer grís del amanecer filtrándose por la cortina. Carla me desató con dedos suaves, me quitó los tacones hinchados, me bajó del todo el mono de látex. El material se despegó de mi piel con un sonido húmedo y dejó marcas rojas en pechos, costillas, muslos. Ella se quitó el collar y lo dejó sobre la mesilla junto al frasco vacío de aceite.
Me acurruqué contra su pecho, todavía oliendo a pies y a coño y a charol. El confesionario dentro de mi cabeza se abrió una vez más, pero esta vez la voz salió distinta, más baja, casi asustada.
—Nunca había llegado tan lejos —murmuré contra su clavícula—. Ni en el tren, ni en ninguna fantasía. Tú… eres exactamente lo que siempre quise. El látex, los tacones, la crueldad dulce de tus pies. Pensé que cuando lo tuviera me sentiría completa.
Carla pasó los dedos por mi pelo, distraída, mirando ya el techo.
—Y ¿no te sientes?
Guardé silencio un momento. El placer todavía me latía entre las piernas, dulce y gastado. Las marcas de las cuerdas me ardían con un calor agradable. Pero debajo de todo eso crecía algo frío, una grieta fina.
—Me siento… hueca —confesé al fin, y la palabra me supo a metal—. Como si hubiera vaciado todo lo que llevaba años guardando y ahora solo quedara el eco. Me corrí más fuerte que nunca. Te chupé los pies como si me fuera la vida. Y sin embargo… ahora que amanecer, no sé si quiero volver a ponerme el uniforme o si quiero quemarlo. No sé si esto era yo o solo la puta que inventé para el tren. Tengo miedo de que mañana, cuando me mire al espejo sin látex, no reconozca a nadie. O peor: de que te busque otra vez y tú ya no estés, o estés y yo descubra que el fetiche era más grande que las dos.
Ella no respondió de inmediato. Solo apretó un poco más mi hombro. Afuera un tren lejano pitó, el mismo sonido que nos había traído hasta aquí. Yo cerré los ojos y noté, por primera vez, que el olor a látex sudado ya no me excitaba: me apestaba un poco a arrepentimiento. Las medias hechas jirones yacían en el suelo como pieles mudadas. El collar esperaba sobre la mesilla. La noche había terminado exactamente como yo había pedido… y aun así algo esencial se había roto en silencio mientras nos corríamos.
No dije nada más. El arrepentimiento se me instaló en el pecho, quieto y pesado, mientras la luz del día crecía y el látex, ya frío, se pegaba otra vez a la sábana como una promesa que ya no sabía si quería cumplir.
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