Amigos bajo la Lluvia, Desatados en el Almacén

Tres amigos de 28 años, atrapados por la tormenta, se desatan en un almacén y terminan follando salvajemente en un trío anal y bukkake.

21 min read September 08, 2026New

La tormenta había reventado sobre el barrio industrial como un castigo. Javier, el mecánico de veintiocho años de hombros anchos y brazos marcados por el trabajo en el taller, apretó la linterna contra su pecho y maldijo entre dientes mientras el agua se filtraba por el techo del almacén abandonado. Carlos, el repartidor tatuado de la misma edad, se sacudió el pelo mojado y soltó una risa ronca. Lucía, la bartender voluptuosa que llevaba años sirviéndoles copas y mirándoles con aquella sonrisa ladeada, se abrazó a sí misma; la camiseta blanca se le pegaba a las tetas pesadas y a la cintura estrecha, transparente del todo.

—Esto no para en horas —dijo ella, voz baja, casi divertida—. Estamos jodidos aquí.

El olor a metal oxidado, a aceite viejo y a lluvia fresca llenaba el espacio. Cajas apiladas, un sofá destartalado cubierto de plástico y una mesa de trabajo era todo el mobiliario. Javier se quitó la camisa empapada; el agua le resbalaba por el pecho velludo y los abdominales duros. Carlos se quedó en la camiseta ceñida que marcaba los tatuajes de serpientes y rosas subiendo por los brazos. Lucía los miraba sin disimulo, labios entreabiertos, y ambos lo notaron.

Llevaban años coqueteando. Javier le había tocado el culo “sin querer” detrás de la barra más de una vez. Carlos le había susurrado gilipolleces sucias cuando iba a recoger pedidos al bar. Ella les había rozado la entrepierna con la cadera al pasar, siempre riendo, siempre dejándoles con la polla a medias. Nunca habían cruzado la línea. Hasta esa noche.

—Joder, Lucía… —murmuró Javier, acercándose—. Se te ven los pezones. Enteros.

Ella no se tapó. Al contrario: se pasó las manos por debajo de las tetas, levantándolas un poco, y el agua goteó entre el escote.

—Sí. Y se me pone la piel de gallina. No solo por el frío.

Carlos soltó un silbido bajo. Se dejó caer en el sofá y abrió las piernas, la bulto ya visible bajo el pantalón mojado.

—Dilo de una vez, guapa. Llevas toda la puta vida mirándonos como si quisieras comernos.

Lucía respiró hondo. El pecho se le hinchó. Miró a uno, luego al otro, y la confesión salió clara, sin vergüenza:

—Siempre he fantaseado con tenerme a los dos a la vez. Contigo, Javier, clavándome esa polla gruesa mientras Carlos me llena la boca. O al revés. Los dos follándome el culo y el coño. Os he imaginado mil veces. Me he corrido pensando en vuestras manos, en vuestras vergas, en que me uséis entre los dos hasta que no pueda ni hablar. Y ahora estamos aquí, empapados, atrapados, y se me está empapando también el coño de solo decirlo.

El silencio que siguió fue denso, eléctrico. Javier notó cómo se le endurecía la polla de golpe, pesada contra el muslo. Carlos se pasó la lengua por los labios y se agarró el bulto sin disimulo.

—Joder, Lucía… —dijo Javier, voz ronca—. Llevas años calentándonos y ahora sueltas eso.

—Porque ahora puedo. Porque la lluvia no nos deja salir y yo ya no quiero fingir.

Ella se cruzó de brazos bajo las tetas, empujándolas hacia arriba, y el pezón izquierdo se le marcó todavía más contra la tela.

—¿Y qué? ¿Os da miedo?

Carlos se levantó de un salto. Se plantó delante de ella, casi rozándole el pecho con el suyo.

—Miedo no. Ganas de comerte viva, sí.

Javier se acercó por detrás. Sus manos grandes bajaron por los costados de Lucía, deteniéndose en las caderas.

—Si lo dices en serio… lo hacemos. Los tres. Sin rollos. Aquí y ahora.

Lucía se giró lo justo para mirarlos a los dos. Sonrió, esa sonrisa de bartender que sabe exactamente lo que quiere.

—Entonces dejad de hablar y tocame.

Se quitó la camiseta de un tirón. Las tetas saltaron libres, pesadas, redondas, pezones duros y oscuros por el frío y la excitación. El agua le resbalaba entre el surco, bajaba por la barriga hasta el ombligo. Carlos soltó un “hostia” gutural. Javier le rodeó la cintura desde atrás y le apretó las tetas con las dos manos, amasándolas, pellizcando los pezones hasta que ella jadeó.

—Así… más fuerte.

Carlos se inclinó y le metió la lengua en la boca. El beso fue sucio, hondo, con chasquidos y saliva. Javier le mordió el hombro y le giró la cara para besarla él también. Los tres se fundieron: lenguas luchando, manos por todas partes. Lucía metió una mano en el pantalón de Carlos, encontró la polla gruesa ya dura y la sacó, rodeándola con los dedos. Con la otra buscó a Javier, bajó la cremallera y liberó la verga del mecánico, gruesa, venosa, caliente. Las dos pollas en sus manos, pesadas, latientes. Ella las apretó, las subió y bajó despacio mientras los dos hombres le devoraban la boca y el cuello.

—Más… tocadme el culo, las tetas, todo.

Javier le metió la mano por detrás del pantalón corto, le agarró un glúteo firme y le metió un dedo entre las nalgas, rozándole el agujero. Carlos le bajó el cierre y le metió dos dedos en el coño, encontrándolo ya chorreando. Lucía gimió dentro del beso triple, las rodillas flojas.

Se separaron solo lo necesario para quitarse el resto de ropa. Ropa mojada cayendo al suelo de cemento. Carlos se quedó desnudo primero: cuerpo tatuado, polla gruesa apuntando hacia arriba, venas marcadas. Javier detrás, más musculoso, la verga pesada balanceándose. Lucía se quedó en bragas transparentes un segundo; luego se las bajó y se las quitó con el pie. El coño afeitado le brillaba, labios hinchados.

—De rodillas —ordenó Carlos, pero con una sonrisa que pedía permiso.

Ella lo dio. Se arrodilló en el suelo frío del almacén, mirando hacia arriba a las dos pollas que se le ofrecían. Javier se acercó por un lado, Carlos por el otro. Lucía abrió la boca y lamió primero la cabeza de Javier, saboreando el gusto salado, luego se giró y engulló la de Carlos hasta la mitad. Chupó con ganas, mejillas hundidas, saliva bajándole por la barbilla. Alternaba: una mamada profunda a Carlos mientras masturbaba a Javier, luego cambiaba, tragando la verga del mecánico mientras le apretaba los huevos al repartidor.

—Joder, cómo chupas… —gruñó Javier, enredándole los dedos en el pelo mojado.

Carlos le agarró las tetas desde arriba, las apretó juntas, pellizcó los pezones hasta que ella gimió con la boca llena. Ella se sacó la polla de Carlos de la boca con un hilo de saliva y miró a los dos.

—Usadme la cara. Las dos a la vez. Quiero sentirlas juntas.

Se las acercaron. Lucía abrió la boca todo lo que pudo y lamió ambas cabezas al mismo tiempo, lengua pasando de una a otra, chupando, babeando. Las manos de los hombres le apretaban las tetas con fuerza, marcándolas, tirando de los pezones. El sonido de la lluvia contra el techo se mezclaba con los gemidos ahogados de ella y los jadidos roncos de ellos.

Javier le empujó la cabeza un poco más hacia su polla y ella la tragó casi entera, tosiendo, lágrimas de esfuerzo en los ojos, pero sin apartarse. Cuando se separó, un hilo grueso de saliva unía sus labios a la verga.

—Carlos, tú también… los dos… quiero que me corráis en la cara más tarde, pero ahora chuparos…

Carlos se agachó un segundo, la besó con la boca llena de saliva ajena, y luego se enderezó para que ella le volviera a meter la polla hasta la garganta. Javier le masajeaba las tetas sin parar, los pulgares frotando los pezones hinchados. Lucía se masturbaba a sí misma con una mano, dos dedos dentro del coño, el pulgar en el clítoris, mientras con la otra sostenía la verga que no tenía en la boca.

El almacén olía a sexo, a lluvia y a deseo acumulado. Ella se separó un momento, jadeando, la cara brillante de saliva, los labios rojos e hinchados.

—No paramos aquí —susurró, mirándolos con las pupilas dilatadas—. Quiero que me folléis. Quiero las dos pollas dentro. Una en el coño y otra en el culo. O las dos en el culo si aguantáis. Pero primero… seguid follándome la boca. Quiero que estéis duros como piedras cuando me abráis las piernas.

Javier y Carlos se miraron por encima de la cabeza de ella. La misma sonrisa cómplice, salvaje. Javier le agarró el pelo con más firmeza y le volvió a empujar la polla dentro. Carlos le metió dos dedos en la boca junto a la verga de Javier, abriéndola más, y Lucía gimió de gusto, chupando todo lo que le daban. Las tetas le rebotaban cada vez que movían la cabeza; las manos de Carlos y Javier no dejaban de apretarlas, de marcarlas, de tirar de ellas como si quisieran ordeñarla.

El agua seguía cayendo afuera, atrapándolos. Adentro, el calor subía. Lucía sentía el coño latirle, el culo apretarse de solo imaginar lo que vendría después. Se sacó las pollas de la boca, las agarró una en cada mano y las frotó contra sus mejillas, contra sus labios, contra sus tetas.

—Así… miradme. Los dos. Decidme que me vais a follar hasta que no pueda caminar.

—Te vamos a destrozar el culo y el coño —prometió Carlos, voz grave—. Te vamos a llenar.

—Y te vamos a correr encima hasta dejarte blanca —añadió Javier, empujándole otra vez la cabeza hacia su entrepierna.

Ella abrió la boca y los recibió de nuevo, chupando con hambre, alternando, babeando, mientras ellos le apretaban las tetas sin piedad y el trueno rugía afuera. La tensión no bajaba; solo crecía, densa, esperando el momento en que la levantaran del suelo y la usaran entre los dos como ella siempre había soñado.

El almacén vibraba con el eco de la lluvia y los jadeos ahogados de Lucía. Ella se sacó las pollas de la boca con un chasquido húmedo, un hilo espeso de saliva uniendo sus labios hinchados a las dos cabezas hinchadas y brillantes. Miró hacia arriba, las pupilas dilatadas, el pecho subiendo y bajando con fuerza.

—Mantas… allí —señaló con la barbilla hacia un montón de lonas y mantas viejas apiladas junto a unas cajas—. Quiero que me folléis ya. De verdad. Sin piedad.

Javier no necesitaba más. Agarró un par de mantas grises, polvorientas pero secas por dentro, y las extendió a toda prisa sobre el cemento frío. El olor a humedad y a aceite se mezclaba con el de su excitación. Carlos la levantó del suelo como si no pesara nada, sus manos tatuadas clavándose en sus caderas, y la depositó de rodillas sobre la tela áspera. Lucía se puso a cuatro patas al instante, el culo en alto, el coño chorreando y abierto, las tetas pesadas colgando y balanceándose. Giró la cabeza y los miró por encima del hombro, una sonrisa sucia curvándole la boca.

—Venid. Usadme.

Javier se arrodilló detrás de ella. Le abrió las nalgas con las dos manos, contempló el agujero rosado del culo y el coño hinchado y brillante, y escupió directamente sobre su raja. El hilo de saliva le resbaló entre los labios. Sin más preámbulos, alineó su polla gruesa y venosa y la empujó de un solo golpe hasta el fondo del coño. Lucía gritó, un sonido gutural y salvaje que se perdió entre el trueno. Él la folló con fuerza desde el primer segundo, caderas golpeando contra su culo con un ruido húmedo y carnoso, las manos agarrándole la cintura para clavársela más profundo.

—Joder, qué apretado… qué puta estás —gruñó Javier, empujando fuerte, sacando casi toda la verga y volviendo a hundirla hasta que los huevos le golpeaban el clítoris.

Carlos se arrodilló delante de ella. Le agarró el pelo mojado con un puño y le acercó la polla a la boca. Lucía abrió los labios con avidez y la engulló hasta la base de un trago, la cabeza de la verga chocando contra el fondo de su garganta. Se atragantó, lágrimas saltándole a los ojos, pero no se apartó. Al contrario: empujó la cara hacia adelante, tragando, chupando, dejando que la saliva le bajara por la barbilla y cayera sobre las mantas mientras Javier la embestía por detrás sin piedad. Cada embestida del mecánico la empujaba más contra la polla de Carlos, follándole la garganta al ritmo brutal.

—Así… trágatela entera —ordenó Carlos, voz ronca, moviendo las caderas para clavársela más hondo—. Mira cómo te llena el coño mi colega. Eres nuestra puta ahora.

Lucía gimió alrededor de la verga, el sonido vibrando en la polla de Carlos. Sentía el coño dilatado, estirado alrededor de la gruesa verga de Javier, cada embestida mandando oleadas de placer hasta el clítoris. Las tetas le rebotaban salvajemente, pezones rozando la tela áspera de la manta. Se masturbaba el clítoris con una mano mientras la otra se agarraba al muslo de Carlos para no caer. El placer subía rápido, sucio, abrumador. Se corrió de golpe, el coño contrayéndose alrededor de Javier, un chorro caliente mojándole los huevos y las mantas. Gritó con la boca llena, babas y lágrimas corriéndole por la cara.

Javier no se detuvo. Siguió follándola a través del orgasmo, más duro, más rápido, hasta que ella tembló de nuevo. Entonces se salió de golpe, la polla brillante de jugos.

—Cambio —dijo, respirando agitado—. Carlos, métetela por el culo. Yo quiero que me cabalgue.

Carlos sonrió, salvaje. Se colocó detrás de Lucía mientras Javier se tumbaba de espaldas sobre las mantas, la verga erecta y palpitante apuntando al techo. Lucía se arrastró sobre él de inmediato, las rodillas a ambos lados de sus caderas. Bajó despacio, guiando la polla gruesa de Javier hasta su coño empapado, y se la clavó hasta el fondo con un gemido largo. Empezó a cabalgarlo, subiendo y bajando, las tetas rebotándole en la cara del mecánico. Javier le agarró las tetas con las dos manos, las apretó juntas, chupó un pezón y luego el otro, mordisqueando mientras ella se movía.

Carlos se arrodilló detrás. Escupió sobre el culo de Lucía, frotó la saliva con los dedos, metió primero uno y luego dos en el agujero apretado. Ella se tensó un segundo, luego empujó hacia atrás, pidiendo más.

—Métela… joder, métela ya —jadeó ella, todavía cabalgando a Javier—. Quiero las dos. Quiero que me partáis.

Carlos alineó su polla contra el ano de Lucía. Empujó despacio al principio, la cabeza abriéndola, el anillo cediéndole con resistencia caliente. Lucía gritó, el sonido crudo y puro, cuando la verga se le hundió centímetro a centímetro hasta que los huevos de Carlos le rozaron las nalgas. Estaba llena por completo: la polla de Javier en el coño, la de Carlos en el culo, las dos juntas, separadas solo por una fina pared de carne. Ellos empezaron a moverse.

Javier la follaba desde abajo, embestidas cortas y potentes hacia arriba. Carlos la embestía por detrás, más profundo, más salvaje, sacando casi toda la verga y volviendo a clavar. El sándwich doble la hizo gemir sin parar, sonidos animales que se mezclaban con el chapoteo húmedo de las pollas entrando y saliendo, con el ruido de piel contra piel. Lucía se sentía abierta, usada, perfecta. Cada embestida de uno empujaba a la otra, un ritmo brutal y sincronizado que la hacía ver estrellas.

—Más fuerte… destrozadme —suplicó, la voz rota—. Folladme el culo y el coño hasta que no pueda más.

Javier le giró la cara y la besó con lengua y dientes mientras Carlos le agarraba el pelo y tiraba hacia atrás, obligándola a arquearse. Las embestidas se volvieron más rápidas, más desesperadas. Lucía se corrió otra vez, el coño y el culo apretándose alrededor de las dos vergas a la vez, un orgasmo tan fuerte que le sacudió las piernas. Gritó el nombre de los dos, las tetas sacudiéndose, el cuerpo empapado de sudor y saliva.

Carlos gruñó primero. Se clavó hasta el fondo del culo de Lucía y se corrió, chorros calientes y espesos llenándole las entrañas, el semen caliente desbordándose alrededor de su polla mientras seguía embistiendo. Javier no tardó: la agarró por las caderas, la embistió tres veces más y se vació dentro de su coño, la verga latiendo, llenándola de corrida espesa que le salía por los labios hinchados mezclada con la de Carlos.

Pero no pararon. Carlos se salió del culo de Lucía con un sonido obsceno, un hilo de semen uniéndolos. Javier la levantó de su polla, la corrida chorreándole por los muslos. La tumbaron de rodillas otra vez entre los dos. Lucía, jadeando, la cara roja y brillante, abrió la boca y sacó la lengua. Ellos se masturbaron frente a ella, las pollas todavía duras, brillantes de semen y jugos.

—En la cara… en las tetas… todo —pidió ella, voz ronca de tanto chupar y gritar—. Quiero que me pintéis.

Javier se corrió primero esta vez, chorros blancos y calientes salpicándole la mejilla, los labios, cayéndole sobre la teta izquierda. Carlos le siguió al segundo, su corrida espesa aterrizando en la frente, la nariz, el escote, chorreándole entre las tetas pesadas. Lucía se pasó las manos por la cara y el pecho, untándose el semen, metiéndose los dedos en la boca para chupar lo que podía, mirándolos a los dos con los ojos brillantes y la boca abierta.

—Otra… quiero más —susurró, todavía temblando, el culo y el coño goteando, el cuerpo marcado por sus manos—. No hemos terminado. La tormenta sigue. Seguid follándome. Quiero que me uséis hasta que amaneczamos aquí, llenos de mierda y de semen.

Javier y Carlos se miraron por encima de ella, las pollas ya endureciéndose de nuevo al verla así: arrodillada, cubierta de su corrida, las tetas brillantes, el culo rojo y abierto, pidiendo más con esa voz de puta feliz. El trueno rugió afuera. Adentro, el calor no bajaba. Carlos se arrodilló detrás de ella otra vez, pasando la polla semi-dura por el semen que le salía del culo. Javier le ofreció la suya a la boca. Lucía los recibió con un gemido hambriento, chupando y empujando hacia atrás al mismo tiempo, el deseo todavía ardiendo, el trío apenas empezando a destapar todo lo que llevaban años guardando.

Carlos empujó la polla semidura otra vez contra el culo abierto de Lucía, el semen anterior sirviendo de lubricante espeso y caliente. Ella gimió con la boca llena de la verga de Javier, empujando las caderas hacia atrás hasta que la cabeza se le abrió paso de nuevo. El anillo cedió con un sonido húmedo y obsceno; Carlos se hundió hasta los huevos de un solo empujón largo, gruñendo por lo bajo mientras las paredes calientes lo apretaban.

—Joder, todavía te late por dentro —dijo, voz ronca, agarrándole las caderas con fuerza—. Vas a quedarte abierta días.

Lucía se sacó la polla de Javier de la boca solo lo justo para hablar, la saliva uniéndola todavía a la cabeza hinchada.

—Entonces no pares. Fóllame el culo otra vez. Quiero sentir cómo me llenas de nuevo.

Javier le acarició la mejilla sucia de corrida seca y saliva fresca, los pulgares frotándole los labios hinchados.

—Chúpamela bien mientras te abre. Quiero correrme otra vez en esa garganta puta.

Ella abrió la boca y lo engulló hasta la base, mejillas hundidas, lengua trabajando la vena gruesa de la parte de abajo. Carlos empezó a embestir con ritmo salvaje, caderas chocando contra el culo rojo y marcado de Lucía. Cada embestida la empujaba hacia adelante, clavándole la polla de Javier más hondo en la garganta. Ella se atragantaba, lágrimas frescas bajándole por las mejillas ya brillantes, pero no se apartaba; al contrario, empujaba el culo hacia atrás pidiendo más profundidad.

El almacén olía a sexo puro: semen, sudor, el metal oxidado y la lluvia que no cesaba afuera. Lucía sentía el coño vacío y chorreante, el clítoris hinchado rozando la manta áspera cada vez que Carlos la embestía. Se metió dos dedos dentro de sí misma, follándose al mismo tiempo que ellos la usaban. El placer subía otra vez, sucio y abrumador, un nudo apretándose bajo el vientre.

Javier le agarró el pelo mojado y le folló la cara con embestidas cortas y profundas, los huevos golpeándole la barbilla.

—Traga… así, puta. Quiero verte beberme entero.

Carlos aceleró, el sonido de piel contra piel llenando el espacio entre truenos. Lucía se corrió con los dedos dentro, el coño contrayéndose en vacío, el culo apretando la polla de Carlos como un puño. Gritó alrededor de la verga de Javier, el cuerpo sacudiéndose, las tetas colgando y rebotando. Carlos no aguantó: se clavó hasta el fondo, gruñó y se vació otra vez dentro de su culo, chorros calientes que ella sintió latir y desbordarse por los muslos internos. El semen le bajaba mezclado con el anterior, untándole las piernas.

Javier se sacó de la boca de Lucía con un chasquido. Ella, jadeando, se giró de inmediato y se arrodilló entre los dos, abriendo la boca, sacando la lengua, las tetas al frente.

—En la cara… otra vez. Pintadme. Quiero acabarla toda blanca.

Carlos se pasó la polla por los labios de ella, untándole el resto de su corrida. Javier se masturbó rápido, la mano subiendo y bajando la verga brillante. Se corrió primero: chorros espesos salpicaron la frente de Lucía, la nariz, los labios abiertos. Ella los recibió con los ojos cerrados de placer, la lengua fuera para atrapar lo que pudiera. Carlos le siguió al segundo, su corrida aterrizando en las tetas pesadas, chorreándole por el escote hasta el ombligo. Lucía se untó todo con las manos, frotando el semen sobre los pezones duros, metiéndose los dedos en la boca para saborearlos a los dos mezclados.

Pero todavía no había terminado. Javier la tumbó de espaldas sobre las mantas, le abrió las piernas y se metió de un golpe en el coño empapado y lleno. Lucía arqueó la espalda, las uñas clavándose en los hombros anchos del mecánico.

—Sí… así… fóllame fuerte. Carlos, ven aquí.

Carlos se arrodilló a la altura de su cara. Ella giró la cabeza y lo chupó limpio, saboreando su propio culo y el semen fresco en la polla del repartidor. Javier la embestía sin piedad, el coño haciendo ruidos húmedos y obscenos, el clítoris rozado por el pubis duro del mecánico. Lucía se corrió otra vez, más débil pero más profundo, las piernas temblando alrededor de la cintura de Javier. Él no paró; la folló a través del orgasmo hasta que ella gimió que no podía más, que la llenara otra vez.

Javier se clavó hondo y se vació dentro de su coño, la verga latiendo, el semen caliente uniéndose al que ya tenía. Cuando se salió, un hilo espeso unió la cabeza de su polla a los labios hinchados de Lucía. Carlos se acercó, se pasó la verga por ese desastre y se la metió también un rato, follándola despacio, saboreando lo sucio de los tres juntos, hasta que se corrió una última vez dentro, empujando su corrida más adentro.

Entonces, por fin, los tres se derrumbaron.

Lucía quedó de espaldas, pecho subiendo y bajando a toda velocidad, el cuerpo entero brillando de sudor y semen. La corrida le chorreaba por los muslos, bajaba entre las nalgas, manchaba las mantas grises. Javier se dejó caer a un lado, el brazo musculoso cruzado sobre los ojos, la respiración agitada. Carlos se tumbó al otro, una mano tatuada descansando sobre el vientre hinchado de Lucía, los dedos trazando círculos perezosos en el semen fresco.

Nadie habló durante un minuto largo. Solo el ruido de la lluvia contra el techo de metal, el goteo constante de alguna gotera, y los jadeos que se iban calmando. El aire olía a sexo denso, a cuerpos calientes, a tormenta atrapada.

Lucía se giró primero. Se incorporó un poco, el semen resbalándole por la cara y el pecho, y buscó la boca de Javier. El beso fue lento, tierno, lenguas suaves después de tanta violencia. Él le acarició el pelo pegado a la frente. Luego ella se giró hacia Carlos y lo besó igual de despacio, saboreando la sal de su propia piel en los labios del repartidor. Carlos le mordisqueó el labio inferior con cariño, sin prisa.

—Hostia… —susurró Lucía, voz ronca de tanto gritar y chupar—. No puedo ni cerrar las piernas. Me habéis destrozado.

Javier soltó una risa baja, cansada, y le pasó el dorso de la mano por una mejilla manchada.

—Tú lo pediste, guapa. Hasta que no pudieras caminar.

Carlos se incorporó un poco, apoyado en un codo, mirándola con esa sonrisa ladeada de siempre.

—Y lo conseguimos. Mira cómo te gotea. Eres un desastre precioso.

Lucía se rió, un sonido suave y agotado. Se limpió un poco la cara con el dorso de la mano y se lamió los dedos sin pudor. Luego se acomodó entre los dos, una pierna sobre el muslo de Javier, la otra enredada con las de Carlos. El semen le seguía bajando por la cara interna de los muslos, tibio todavía.

—Escuchad… —dijo ella, voz más seria pero cálida—. Esta tormenta… no quiero que sea solo esto. Una noche loca y luego a fingir que no pasó nada detrás de la barra. Llevo años deseándoos. Los dos. Quiero que esta sea la primera. Que cada semana nos veamos. Aquí, o en mi piso, o donde sea. Los tres. Que me folléis así, salvaje, y luego me beséis así, despacio. Que seamos trío de verdad. ¿Os parece una locura?

Javier se giró hacia ella, los ojos oscuros todavía brillantes de deseo residual. Le pasó un brazo por la cintura y la acercó más, el pecho velludo pegado a su espalda.

—Locura sería dejar que se acabe aquí. Llevo años tocándote el culo “sin querer” y soñando con exactamente esto. Semanal. Joder, diario si hiciera falta.

Carlos soltó una carcajada ronca y se pegó por el otro lado, el cuerpo tatuado caliente contra el de Lucía. Le besó el hombro marcado de chupetones.

—Conteo conmigo. Llego del reparto, me ducho si hace falta, y aquí estoy. O voy a tu bar y te cojo detrás del almacén de botellas. Como quieras. Pero sí. Cada puta semana. O más.

Los tres rieron, el sonido mezclado, cansado y feliz. Lucía los abrazó a ambos, una mano en la nuca de cada uno, los cuerpos desnudos pegados, sudorosos, olorosos a sexo y a lluvia. Buscaron las mantas más limpias que quedaban y se cubrieron con ellas, un nido improvisado de tela gris y cuerpos calientes. Javier le acariciaba el pelo a Lucía con dedos torpes y suaves. Carlos le trazaba círculos en la espalda con las yemas tatuadas. Ella sentía el semen secándose en la piel, el culo y el coño latientes, abiertos, usados de la mejor forma posible.

—La próxima vez en mi casa —propuso Lucía, ya medio adormilada entre ellos—. Tengo una cama grande. Y lube de verdad. Y quizás esposas… o no. Como queráis. Pero quiero que me atéis un poco y me folléis el culo los dos a la vez otra vez. O que me llenéis la boca mientras me coméis el coño. Todo. Quiero todo con vosotros.

—Hecho —dijo Javier, besándole la sien—. Yo llevo las herramientas del taller. Nunca se sabe.

Carlos rio otra vez y le pellizcó una nalga con suavidad.

—Yo llevo las cervezas. Y ganas. Muchas ganas. Joder, Lucía… esto es lo mejor que me ha pasado en años.

Se quedaron en silencio un rato, escuchando la lluvia que seguía cayendo sin piedad afuera, el trueno cada vez más lejano. El almacén ya no parecía tan frío ni tan abandonado. Olía a ellos. A futuro sucio y dulce. Lucía cerró los ojos, el cuerpo pesado y saciado, el corazón latiéndole despacio contra los pechos de los dos hombres que la abrazaban. Planeaban en voz baja: el jueves que viene después del cierre del bar, o el domingo por la mañana si no llovía, o cualquier noche en que la tormenta volviera a atraparlos. Se reían de tonterías, se besaban despacio, se tocaban sin prisa, solo por el placer de la piel contra piel.

Javier se quedó mirando el techo de chapa un momento, la mano todavía en la cadera de Lucía. Por dentro, una certeza fría y secreta le removía el pecho mientras los otros dos hablaban de la próxima semana: él sabía que en tres días le salía el traslado al taller de Valencia, el contrato ya firmado, la furgoneta casi hecha. No se lo había dicho a nadie. Ni a Carlos, ni a Lucía. Esta tormenta, este trío salvaje y tierno, sería lo último que compartiría con ellos en mucho tiempo… y ninguno de los dos lo sabía todavía.

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