Descubriendo su deseo: El culo de mi mejor amiga se abre por fin
Priya, una divorciada de 34 años, le confiesa a su mejor amigo Bruno, de 32, que quiere que él sea el primero en follarle el culo y se
Priya se acomodó en el sofá de su apartamento con las piernas recogidas bajo el cuerpo, el camisón de seda negra subiendo hasta media muslo. A sus treinta y cuatro años, divorciada y con las curvas que el matrimonio no había logrado aplanar, miraba de reojo a Bruno, su mejor amigo desde hacía casi una década. Él tenía treinta y dos, era arquitecto y acababa de soltarse el primer botón de la camisa después de la cena. Llevaban años confesándose mierdas que no le contaban a nadie: fantasías, folladas fallidas, los coqueteos subidos de tono que siempre se quedaban en el borde. Esa noche la película erótica en la tele no ayudaba. Una actriz se abría de piernas mientras un tío le lamiaba el culo con lengua larga y grosera, y Priya sintió el calor subirle entre los muslos.
—Joder, Bruno… —murmuró ella, sin apartar la vista de la pantalla—. Nunca he probado lo anal. Ni un puto dedo. Pero últimamente no dejo de fantasear con que seas tú el primero. Que me abras el culo, que me lo destrocies despacio y luego a lo bestia. Me corre solo de pensarlo.
Bruno giró la cabeza. Sus ojos oscuros se clavaron en ella con hambre pura. La tensión que siempre había nadado entre ellos se espesó de golpe, densa, casi masticable.
—Priya… —su voz salió ronca—. Llevo años deseándote el culo. Años mirándote cuando te agachas, imaginándome cómo se te abriría alrededor de mi polla. Me la he pajado pensando en follártelo hasta dejártelo abierto y goteando. Si me lo pides de verdad, te lo voy a dar. Completo.
Ella se rió, nerviosa, pero el sonido se quebró cuando Bruno se inclinó y le pilló la boca. El beso fue sucio desde el primer segundo: lengua profunda, dientes rozando labio, saliva compartida. Priya le mordió el labio inferior y gimió dentro de su boca.
—Hazlo —susurró contra sus labios—. Quiero que me comas el culo y que después me lo folles. Todo.
Se bajó del sofá de rodillas entre sus piernas. Con dedos torpes pero decididos le desabrochó el cinturón, bajó la cremallera y sacó la polla gruesa, ya dura, con la cabeza hinchada y brillante de precum. Priya la miró un segundo, con la saliva reuniéndosele en la boca, y se la metió entera hasta la garganta. Chupó con glotonería, babas espesas bajándole por la barbilla, una mano apretándole los huevos mientras la otra se metía bajo el camisón para tocarse el coño empapado.
—Mmmh… cómeme el culo, Bruno —graznó al soltarla, un hilo de saliva uniendo sus labios a la punta—. Quiero tu lengua dentro. Quiero que me dejes lista para que me la metas toda.
Bruno la levantó como si no pesara y la arrastró hasta el dormitorio. La tiró de cuatro en la cama, le subió el camisón hasta la cintura y le separó las nalgas con las dos manos. El ano de Priya se contrajo al aire fresco, rosado, virgen, y él no esperó. Hundió la cara entre los glúteos y le pasó la lengua plana de abajo arriba, una, dos, tres veces, antes de empujar la punta dentro del agujero apretado. Priya gritó contra la almohada. Bruno le comía el culo con hambre de perro: lengua profunda, saliva abundante que le goteaba por el coño, labios chupando el anillo mientras dos dedos se clavaban en su coño mojado y le follaban el punto g sin piedad.
—Qué culo más puto tienes —gruñó él entre lametones—. Tan cerrado… se me va a quedar marcado. Dime que lo quieres.
—Lo quiero, joder… cómemelo más fuerte… mete la lengua hasta el fondo…
Cuando el ano estuvo relajado y brillante de baba, Bruno se incorporó, escupió sobre la raja y se untó generosamente de lubricante que Priya guardaba en la mesilla “por si acaso”. Se alineó detrás de ella, la cabeza de la polla presionando contra el agujero hinchado.
—Respira —ordenó.
Empujó despacio. El anillo se resistió, se estiró, y de repente cedió con un pop húmedo. Priya soltó un gemido largo, casi un sollozo, mientras centímetro a centímetro la polla de Bruno le llenaba el recto. Ardía, estiraba, la hacía sentirse abierta de una forma que nunca había imaginado.
—Tan apretado… joder, Priya, tu culo me está chupando la polla.
Empezó lento, sacando hasta la punta y volviendo a hundirse hasta los huevos. Luego las embestidas se volvieron brutales. El sonido de carne contra carne llenó la habitación. Priya gritaba obscenidades sin filtro:
—Destroza mi culo, Bruno… fóllame como una puta… más duro, joder, ábreme…
Él la giró a misionero sin sacar del todo, le subió las piernas sobre los hombros y se la clavó de nuevo. Desde esa posición veía cómo el ano se tragaraba su polla gruesa, rojo, dilatado, brillante de lube. Le dio palmadas fuertes en un muslo y después en la nalga, dejando la marca roja.
—Mira qué bien te la comes por detrás, zorra. Tu culo es mío ahora. Dilo.
—Es tuyo… mi culo es tuyo… fóllame más fuerte, destrozámelo…
Volvió al perrito. Agarró sus caderas y la embistió como un animal, los huevos golpeándole el coño hinchado. Priya se corrió con un grito ahogado, el orgasmo sacudiéndole el cuerpo entero mientras el ano se contraía alrededor de la polla en oleadas. Bruno no se detuvo. Siguió follándosela a través del orgasmo, dirty talk degradante saliéndole entre dientes:
—Culo de puta… se te va a quedar abierto… voy a llenártelo de leche hasta que te chorree por las piernas…
Cuando llegó, se hundió hasta el fondo y se corrió a chorros calientes dentro del recto dilatado de Priya. La polla latía, bombeando semen espeso que empezó a salir alrededor del tronco cuando la sacó despacio. El ano quedó abierto, rosado, goteando leche blanca por el coño y el muslo interno.
Bruno no la dejó descansar. Se puso de rodillas frente a su cara, la polla todavía sucia de culo y semen, y le agarró el pelo.
—Chúpamela. Limpia tu mierda y mi leche. Toda.
Priya abrió la boca sin dudar y se la metió hasta la garganta, saboreando el sabor amargo y salado, el olor a sexo anal puro. Chupó con hambre, limpiando cada rincón mientras el semen le seguía saliendo del culo en hilillos calientes.
Cuando por fin se separaron, exhaustos, sudados, Priya se quedó tumbada de lado con las piernas abiertas, el ano todavía contraído a ratos. Bruno se recostó detrás, la polla semisofa pegada a su espalda.
—Ahora mi culo te pertenece —susurró ella, la voz ronca—. Cada vez que nos veamos… quiero terminar con tu polla enterrada hasta el fondo en mi recto. Sin excepciones.
Bruno le mordió el hombro, la mano bajando otra vez a separarle las nalgas y a rozar con el pulgar el agujero sensible, todavía abierto y resbaladizo.
—No hemos terminado, Priya. Ni de lejos. Esta noche solo hemos empezado a abrirte. Todavía me quedan ganas de verte llorar de placer mientras te la meto otra vez… y otra. Y la próxima vez no voy a ser tan suave al principio.
Ella tembló, el coño y el culo contrayéndose al mismo tiempo ante la promesa. Fuera, la ciudad seguía ruidosa, pero dentro del dormitorio el aire olía a sexo crudo y a una promesa que todavía no había tocado fondo. Bruno ya se estaba endureciendo otra vez contra su muslo, y Priya sonrió contra la almohada, sabiendo que el resto de la noche —y de lo que viniera después— iba a ser todavía más sucio.
Bruno ya tenía la polla otra vez dura y pesada, rozándole el muslo a Priya con la cabeza todavía pegajosa de su propio semen y de la mierda residual de su culo. Ella no se movió. Solo abrió más las piernas y empujó el culo hacia atrás, ofreciéndoselo como la puta que acababa de descubrir que era.
—Métela otra vez —ordenó con la voz ronca de tanto gritar—. No me limpies. Quiero sentirte entrar con la leche todavía caliente dentro.
Bruno escupió entre sus nalgas, mezcló saliva con el semen que le chorreaba del ano dilatado y se alineó. Empujó de un solo golpe. El anillo hinchado cedió con un sonido obsceno, húmedo, y Priya soltó un gemido gutural mientras la polla gruesa le volvía a llenar el recto de golpe. Ardía más que la primera vez, el tejido sensible rozado y abierto, pero ella empujó hacia atrás para clavársela hasta los huevos.
—Joder, qué puto culo… —gruñó Bruno, agarrándole las caderas con fuerza—. Se te ha quedado un agujero de zorra. Mira cómo me lo tragas entero otra vez.
Empezó a follársela sin piedad. Embestidas largas y brutales que hacían temblar la cama. Cada vez que sacaba hasta la punta, el ano de Priya se contraía y soltaba un hilillo de semen blanco que le corría por el coño y le manchaba los labios hinchados. Luego se la hundía de nuevo hasta el fondo, los huevos golpeándole el clítoris. Priya se masturbaba con dos dedos, frotándose el coño empapado mientras el culo le era destrozado.
—Más duro, hijo de puta… ábreme el culo hasta que no pueda sentarme… quiero que me dejes el agujero como un túnel… —jadeaba ella, la cara aplastada contra la almohada, babas corriéndole por la comisura.
Bruno la agarró del pelo y la levantó hasta ponerla de rodillas, la espalda arqueada, las tetas pesadas balanceándose con cada embestida. Le dio una palmada seca en la nalga derecha, luego en la izquierda, dejando marcas rojas. Escupió otra vez sobre el punto donde su polla entraba y salía, el lube y el semen haciendo un ruido chapoteante asqueroso.
—Dilo más alto. Di que eres una puta de culo.
—Soy tu puta de culo… fóllame el recto como si no valiera nada… lléname otra vez, joder…
Se corrió así, con los dedos clavados en el coño y la polla martilleándole las tripas. El orgasmo le cerró el ano alrededor del tronco de Bruno en espasmos violentos, exprimiéndole la verga. Él no paró. La empujó hacia adelante hasta dejarla de pecho contra el colchón, el culo en alto, y se la folló todavía más profundo, casi sacándola del colchón con cada embestida.
Cuando sintió que se acercaba de nuevo, se salió de golpe. El ano de Priya quedó abierto, un círculo rosado y oscuro que se contraía intentando cerrarse, goteando semen espeso. Bruno se arrodilló detrás, le separó las nalgas con las dos manos y le clavó la lengua dentro del agujero usado. Priya gritó. La lengua le revolvía la leche dentro del recto, chupando, empujando, bebiendo su propia mierda mezclada con semen. Luego le metió tres dedos de una vez, abriéndola en tijera, follándole el culo con la mano mientras le lamía el coño desde atrás.
—Qué asco tan rico tienes… tu culo sabe a puta follada —murmuró contra su carne—. Voy a metértela otra vez y esta vez te la voy a dejar hasta que me ruegues que pare.
Volvió a ponerse en posición. La cabeza hinchada empujó contra el anillo flojo y se deslizó dentro con facilidad obscena. Esta vez no hubo resistencia. El culo de Priya se lo tragó entero de una embestida y ella gimió como animal, el placer mezclado con el ardor del exceso. Bruno la montó como un perro en celo, sudor corriéndole por la espalda, las manos aplastándole las tetas contra el colchón. Le mordió el hombro, le chupó la nuca, le habló al oído con voz de bestia:
—Mira cómo se te abre el culo… se te ve el rosa por dentro… te voy a llenar hasta que te reviente… y después te voy a hacer lamer lo que se te escape…
Priya se corrió otra vez, más fuerte, el cuerpo entero convulsionando, el ano apretando y soltando en oleadas que casi le sacaban la polla a Bruno. Él aguantó, la folló a través del orgasmo y del siguiente, hasta que ella lloraba de puro placer, lágrimas sucias rodándole por las mejillas mientras pedía más.
—No pares… rómpeme… quiero que me dejes el culo destruido… que no pueda caminar mañana sin acordarme de tu polla…
Bruno se salió otra vez, se dio la vuelta y se tumbó de espaldas. Agarró a Priya por las caderas y la obligó a montarlo a la inversa, el culo hacia su cara. Ella se dejó caer sobre la verga gruesa, sentándose hasta el fondo con un gemido largo, el peso de su cuerpo clavándosela hasta que los huevos le rozaban el coño. Empezó a rebotar, las nalgas golpeándole el vientre, el ano haciendo ruidos obscenos de succión cada vez que subía y bajaba. Bruno le abrió las nalgas con las manos y le miró el agujero tragar su polla, rojo, hinchado, brillante de saliva, lube y semen. Le metió el pulgar en el coño al mismo tiempo y le frotó el punto g mientras ella se follaba el culo sola.
—Así… úsame… cabalga mi polla con ese culo de zorra… sácalo todo… quiero ver cómo te chorrea cuando te corras otra vez.
Priya se masturbaba el clítoris con dedos rápidos, el cuerpo temblando. Cuando llegó el tercer orgasmo, se quedó clavada hasta el fondo, el ano palpitando alrededor de la base de la verga, semen viejo y nuevo saliéndole por los bordes y cayéndole a Bruno sobre los huevos y el bajo vientre. Él la empujó hacia adelante, la hizo inclinarse hasta que le ofreció la boca y le metió los dedos sucios de culo entre los labios.
—Chúpame los dedos. Lame tu mierda. Traga.
Ella chupó con glotonería, la lengua limpiando cada nudillo mientras seguía rebotando sobre la polla. Bruno gruñó, la agarró de las caderas y la embistió hacia arriba con fuerza brutal, follándola desde abajo hasta que se corrió de nuevo. Esta vez bombeó chorros calientes y espesos directamente en lo más profundo de su recto, la polla latiendo dentro de ella, llenándola hasta que el exceso le salió a presión alrededor del tronco y le chorreó por los muslos.
No la dejó bajar. La mantuvo empaledada, la polla todavía dura a medias dentro del culo lleno, y le dio palmadas secas en las nalgas mientras el semen le seguía goteando.
—Quiero que te quedes así. Con mi leche dentro. Muévete. Ordéñamela con el culo.
Priya obedeció, contrayendo y soltando el ano, ordeñando los últimos chorros mientras se tocaba el coño otra vez. Bruno se endureció por completo otra vez dentro de ella. La levantó, la puso de cuatro una vez más y se la clavó sin piedad, más profundo, más rápido, el sonido de carne mojada llenando la habitación. Le hablaba al oído sin parar:
—Culo abierto… puta de recto… te voy a follar hasta que no te quede forma… mañana vas a caminar con el agujero goteando y todo el mundo va a saber que te han destrozado el culo…
La folló hasta un cuarto orgasmo que la dejó temblando e incoherente, gritando solo “más” y “roto” y “polla”. Cuando Bruno llegó por tercera vez esa noche, se hundió hasta los huevos, se corrió a chorros violentos y se quedó allí, la polla pulsando, llenándola otra vez. Luego sacó despacio. El ano de Priya quedó boquiabierto, un agujero oscuro y rojo del que salía un río espeso de semen blanco que le corría por el coño, por los labios, por los muslos internos hasta la sábana. Bruno se arrodilló frente a su cara, le agarró el pelo y le frotó la verga sucia por los labios.
—Abre. Limpia. Toda la mierda y toda la leche. No dejes ni una gota.
Priya abrió la boca y se la metió entera, saboreando el sabor amargo, salado, a culo usado y semen fresco. Chupó, lamió, limpió la cabeza, el tronco, los huevos, tragando todo lo que le daba mientras el ano le seguía goteando sobre la cama. Bruno le folló la garganta un rato, profunda y sucia, hasta que se corrió un último chorro corto directamente en su lengua.
Cuando por fin se separó, Priya se quedó de cuatro, el culo alto, el agujero todavía abierto y contrayéndose a ratos, un hilo blanco y espeso colgándole del ano hasta el colchón. Bruno le separó las nalgas con los pulgares y le miró el recto destrozado, rosado por dentro, brillante, usado.
—Mira cómo te ha quedado el culo, puta. Abierto, goteando y listo para que te lo vuelva a meter cuando se me antoje. La próxima vez te voy a follar el culo hasta que me pidas que te lo deje permanentemente dilatado y me lo ofrezcas todas las mañanas para desayunar.
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