Sombras húmedas entre dos desconocidos

Una española de 32 años se folla con ganas a un ejecutivo negro de 38 en su habitación de hotel neoyorquino.

24 min read September 16, 2026New

Soy Simone, una española de 32 años en viaje de negocios a Nueva York. Te confieso que aquella noche en el bar del hotel casi vacío se me quedó grabada en la piel como una marca caliente. Había pasado el día entero en reuniones interminables, con trajes apretados y sonrisas falsas, y al volver al hotel solo quería una copa que me ayudara a soltar el cuerpo. El bar estaba en penumbra, con luces ámbar que dibujaban sombras largas sobre las mesas de madera oscura y los sillones de cuero. Apenas había tres clientes perdidos en las esquinas, el camarero pasaba un trapo con lentitud y un saxofón suave flotaba en el aire como una caricia lenta. Me senté en la barra, crucé las piernas y pedí un gin tonic bien cargado. Llevaba un vestido negro ceñido que se pegaba a mis caderas anchas y a mis tetas firmes, el escote justo para insinuar sin regalarlo todo. A mis 32 años ya sabía el efecto que causaba mi cuerpo curvilíneo y mi melena castaña suelta sobre los hombros.

Entonces entró él. Roman, aunque todavía no sabía su nombre. Un ejecutivo negro estadounidense de 38 años, alto como un dios, con más de metro noventa de puro músculo prieto. La piel oscura le brillaba bajo las luces tenues, suave y tentadora, y el traje gris a medida apenas contenía los hombros anchos, los bíceps marcados y el pecho que parecía esculpido. Se movía con esa seguridad que tienen los hombres que saben exactamente lo que valen. Pidió un whisky solo, se sentó dos taburetes más allá y, en cuanto sus ojos se posaron en mí, sentí el golpe directo entre las piernas. Fue una mirada cargada, sin disimulos: bajó por mi cuello, se detuvo en el escote, siguió por mis muslos cruzados y volvió a subir hasta mi boca. Noté cómo se me endurecían los pezones contra la tela fina del vestido y cómo mi coño se humedecía de golpe, como si mi cuerpo ya hubiera decidido por mí.

No aparté la vista. Le sostuve la mirada con descaro, entreabrí los labios y me pasé la lengua despacio por el inferior. Él sonrió de medio lado, una sonrisa blanca y peligrosa que contrastaba con su piel oscura, y levantó ligeramente su vaso hacia mí. La tensión era inmediata, eléctrica, casi palpable en el poco espacio que nos separaba. Podía sentir el deseo mutuo vibrando en el aire como un pulso. «Joder, Simone, este hombre te va a follar esta noche», me dije por dentro, y la sola idea hizo que apretara los muslos para calmar el palpitar de mi clítoris. Imaginé sus manos grandes y fuertes agarrándome las caderas, su polla gruesa y negra abriéndome el coño hasta el fondo, el contraste de su piel contra la mía clara. Me mojé más.

Después de varios minutos de aquel juego de miradas que ya era casi un preliminar, se levantó y vino directo. Su colonia llegó primero: madera seca, cuero y algo especiado que me entró directo al vientre. Se sentó a mi lado, tan cerca que su rodilla rozó la mía y sentí el calor que desprendía su cuerpo musculoso.

—Buenas noches —dijo con esa voz grave y profunda que parecía salirle del pecho—. Soy Roman, tengo 38 años y estoy aquí por una conferencia de finanzas. Llevo mirándote desde que entré y no pienso fingir que no me has puesto la polla dura solo con cruzar las piernas.

Sonreí, directa como siempre soy cuando me gusta un hombre. —Soy Simone, tengo 32 años y vengo de España por negocios. Y me alegra que no finjas, porque yo llevo mojándome el coño desde que te vi entrar. Tienes un cuerpo que invita a pecar, Roman. Alto, negro, musculoso… me estás follando con los ojos y me encanta.

Él soltó una risa baja que me vibró entre las piernas. Pidió otra ronda para los dos —bebimos despacio, sin llegar a emborracharnos, solo lo suficiente para soltar la lengua— y la conversación pasó de los negocios a algo mucho más sucio sin transición. Le conté que odiaba las reuniones interminables y que solo quería desconectar con algo fuerte. Él me dijo que llevaba tres días en la ciudad cerrando acuerdos millonarios y que mi acento español y mis curvas le estaban haciendo olvidar hasta su propio nombre.

—Ese vestido te marca el culo de una forma que me dan ganas de levantártelo aquí mismo y comprobar si estás tan empapada como dices —murmuró, acercando su boca a mi oído. Su aliento caliente me erizó la nuca.

Sentí un latigazo de placer. Mi interior ardía. «Quiero que me lo levantes, quiero que metas esos dedos gruesos y compruebes lo chorreante que estoy por ti», pensé, pero en cambio respondí con la voz ronca:

—Pues méteme la mano un poco más arriba y lo descubres tú mismo. Llevo las bragas pegadas al coño desde que me miraste la primera vez. Me pone muchísimo tu piel oscura, Roman. Imagino tu polla negra, gruesa, venosa, abriéndome entera.

Su mano grande se posó en mi rodilla y subió despacio por la cara interna de mi muslo, sin prisa, disfrutando del momento. Los dedos callosos rozaron la piel sensible y yo separé ligeramente las piernas, invitándolo. Cuando llegó al borde de mis bragas, soltó un gruñido bajo.

—Hostia, Simone… estás empapada de verdad. Se te nota el calor a través de la tela. Tienes el coño hinchado, cachonda perdida.

Gemí bajito, disimulando ante el camarero que fingía no mirarnos. El bar seguía casi vacío, lo que hacía todo más íntimo y prohibido. Le conté entre susurros cómo fantaseaba con hombres como él, con el contraste de cuerpos, con sentirme pequeña bajo un torso musculoso y oscuro. Él me confesó que mi acento le ponía la polla como el acero y que llevaba imaginando desde hacía rato cómo se verían mis labios rojos alrededor de su verga gruesa.

—Quiero comerte ese coño hasta que me dejes la cara mojada de ti —dijo sin bajar la voz, apretando dos dedos contra mi clítoris por encima de las bragas—. Después quiero que te pongas a cuatro patas y me pidas que te folle como la zorra española que eres.

Mi respiración se volvió pesada. Los pezones me dolían de tan duros. En mi cabeza solo había imágenes sucias: su cabeza rapada entre mis muslos, su lengua ancha lamiéndome el coño, sus manos negras apretándome las tetas mientras me penetraba profundo. Moví las caderas contra sus dedos, buscando más presión, y él sonrió satisfecho.

—Estás a punto de correrte aquí en la barra, ¿verdad? —preguntó con tono burlón pero lleno de deseo.

—Casi —admití, mordiéndome el labio—. Pero no quiero correrme todavía. Quiero que la tensión siga subiendo hasta que no aguantemos más. Quiero llegar a tu habitación con el coño chorreando y la mente llena de todo lo que vas a hacerme.

Nos quedamos allí casi una hora más, bebiendo despacio, tocándonos por debajo de la barra. Sus dedos jugaban con mi humedad, dibujando círculos lentos sobre mi clítoris sin llegar a meterme ninguno. Yo bajé la mano y le acaricié el bulto enorme que tenía bajo el pantalón. Era grueso, largo, palpitante. Lo apreté y lo sentí crecer más.

—Joder, qué polla tienes —susurré—. Quiero sentirla abriéndome, quiero que me dejes el coño abierto y lleno de ti.

Roman respiraba más fuerte, controlándose. Me besó el cuello, me mordió el lóbulo de la oreja y me dijo al oído todas las guarrerías que pensaba hacerme: cómo me iba a poner contra la ventana de su habitación para que viera la ciudad mientras me follaba por detrás, cómo iba a hacer que me tragara hasta el fondo su polla negra, cómo iba a correrse dentro de mí hasta que me goteara por los muslos.

Cada palabra era un latigazo. Mi coño latía, mojaba mis bragas hasta el punto de que estaba segura de que me dejaría marca en el vestido. Pero no subimos todavía. Prolongamos el juego, nos miramos a los ojos, nos dijimos todo lo que queríamos hacernos sin tocar fondo. La tensión era tan densa que casi se podía masticar. Sabíamos que en cuanto cerráramos la puerta de su habitación íbamos a follar como animales, sin freno, con ganas brutales. Pero por ahora nos quedábamos en ese borde delicioso, en las sombras húmedas del bar, dos desconocidos devorándose con palabras y caricias que prometían una noche que ninguno de los dos olvidaría.

Cuando por fin pagamos y nos dirigimos al ascensor, su mano grande apretaba mi cintura con posesión y mi cuerpo entero temblaba de anticipación. El deseo seguía creciendo, cada vez más húmedo, más oscuro, más imparable. Y aún no habíamos empezado de verdad.

Las puertas del ascensor se cerraron tras nosotros y el mundo desapareció. Roman me empujó contra la pared con esa fuerza controlada que hacía que mis rodillas flaquearan. Su boca cayó sobre la mía como si llevara una hora conteniéndose y ya no pudiera más. El beso fue brutal, húmedo, profundo. Su lengua entró sin pedir permiso, enredándose con la mía, saboreándome con hambre mientras sus manos grandes y oscuras bajaban por mi cintura y se clavaban en mi culo, apretando las nalgas por encima del vestido como si ya me estuviera follando.

Gemí dentro de su boca. El contraste de su piel negra contra la mía, tan clara, me golpeaba en el vientre cada vez que lo tocaba. Mis dedos se enredaron en la tela de su camisa, sintiendo el calor que irradiaba su pecho ancho. Cuando el beso se rompió apenas un segundo para respirar, él apoyó su frente contra la mía, jadeando.

—Entre las copas y las risas de abajo no he podido callármelo más, Simone —dijo con esa voz grave que parecía salirle del fondo del pecho—. Tu piel clara me pone como un puto loco. Ver cómo se sonroja cuando te toco, imaginarla marcada por mis manos negras… y tu acento, joder. Cada vez que hablas con esa erre tan española se me pone la polla más dura. Quiero oírte gemir en español mientras te abro entera.

Rozé su mano con la mía, entrelazando nuestros dedos a propósito para ver el contraste una vez más. Mi palma pálida contra la suya oscura me excitaba de una forma casi ridícula. Tiré de él hasta pegar su mano a mi pecho, justo sobre la curva de mi teta izquierda.

—Pues yo fantaseo con exactamente eso, Roman —respondí, mirándolo a los ojos sin vergüenza—. Con sentir tus manos oscuras por todo mi cuerpo. Apretándome las tetas, abriéndome el culo, metiéndome los dedos hasta el fondo del coño. Quiero ver cómo se ven tus dedos negros contra mi piel clara mientras me haces correr.

El ascensor subió los veinte pisos en lo que parecieron segundos y una eternidad al mismo tiempo. Nos besamos otra vez, más sucios, más desesperados. Su mano se coló bajo mi vestido sin pedir permiso y sus dedos callosos apartaron la tela empapada de mis bragas. Rozó mi clítoris hinchado y solté un gemido alto que rebotó en las paredes metálicas. Dos dedos gruesos se deslizaron entre mis labios, recogiendo mi humedad y extendiéndola mientras yo le bajaba la cremallera del pantalón y metía la mano dentro.

Su polla era un monstruo caliente, grueso, venoso. La piel negra del tronco contrastaba con la cabeza más oscura y brillante de precum. La apreté con fuerza, masturbándolo despacio dentro del pantalón mientras él metía y sacaba dos dedos de mi coño con un ritmo que me volvía loca.

—Estás chorreando, española —gruñó contra mi cuello, mordiéndome el lóbulo de la oreja—. Este coño tan mojado y tan apretado va a tragarse cada centímetro de mi polla negra.

—Quiero que me destroces, Roman —susurré con la voz rota, mi acento más marcado por el placer—. Quiero que me folles contra la ventana, contra la pared, en la cama… quiero que me dejes el coño abierto y lleno de ti.

El ascensor se detuvo con un ding suave. Sacamos las manos a tiempo, pero íbamos hechos un desastre: labios hinchados, ropa arrugada, respiración agitada. Recorrimos el pasillo casi corriendo. Saqué la tarjeta con manos temblorosas y abrí la puerta de mi habitación. Apenas cruzamos el umbral, dejé caer el bolso y él cerró de un portazo.

El deseo mutuo nos golpeó como una ola. Fuimos al minibar y, sin decir nada, saqué la botella de vino tinto que había pedido antes de bajar al bar. Serví dos copas generosas. Nos miramos mientras bebíamos el primer sorbo, riendo por lo absurdo y caliente de la situación. Yo, una ejecutiva española de treinta y dos años que había venido a cerrar contratos, y él, un ejecutivo negro de treinta y ocho que parecía tallado para follar.

Entre el segundo y el tercer sorbo, las confesiones siguieron fluyendo.

—Tu piel me tiene obsesionado de verdad —dijo él, pasando un dedo oscuro por mi antebrazo pálido—. Quiero verla sudada, marcada por mis dientes, brillando mientras te corro encima. Y ese acento… cuando dices «coño» o «polla» con esa voz tuya se me nubla el cerebro.

Rozé su mano otra vez, esta vez más despacio, y la llevé hasta mi muslo.

—Pues yo llevo meses fantaseando con un hombre como tú. Manos oscuras agarrándome fuerte, una polla negra y gruesa abriéndome hasta el fondo. Quiero sentir cómo me estiras, Roman. Quiero que me uses.

Las copas quedaron a medio beber sobre la mesa. El vino ya no importaba. El deseo nos empujó al centro de la habitación y empezamos a arrancarnos la ropa con verdadera urgencia.

Mi vestido negro cayó al suelo con un susurro. Sus dedos oscuros bajaron los tirantes de mi sujetador y lo lanzaron lejos. Mis tetas quedaron libres, pezones rosados y duros apuntando hacia él. Roman se quitó la camisa de un tirón; los botones saltaron por toda la moqueta. Su torso era una obra maestra de músculo prieto, hombros anchos, pectorales marcados, abdominales que bajaban en V hacia la cintura. El contraste de su piel oscura contra la mía clara era hipnótico.

Me arrodillé un segundo para bajarle los pantalones y los boxers de un solo movimiento. Su polla saltó libre, gruesa, larga, curvada ligeramente hacia arriba, con una vena gruesa que palpitaba a lo largo del tronco negro. La cabeza brillaba, hinchada, pidiendo atención. La agarré con las dos manos, una clara y otra más clara aún, y le di un lametazo lento desde los huevos pesados hasta la punta.

—Hostia… qué polla más perfecta —gemí.

Él me levantó de un tirón, me arrancó las bragas de encaje de un solo movimiento seco —la tela se rasgó con un sonido que me mojó aún más— y me empujó contra la pared junto a la ventana. Nueva York brillaba a nuestra espalda. Sus manos oscuras me abrieron las piernas y dos dedos volvieron a hundirse en mi coño chorreante mientras su boca devoraba mis tetas, chupando fuerte, mordiendo lo justo para dejarme marcas rojas.

Yo jadeaba, moviendo las caderas contra su mano, sintiendo cómo mis jugos me bajaban por los muslos pálidos.

—Más fuerte —supliqué—. Quiero sentirte entero.

Roman me miró a los ojos, la respiración pesada, la polla rozando mi entrada, deslizándose entre mis labios empapados pero sin entrar todavía. Su mano oscura apretaba mi teta izquierda, el pulgar rozando el pezón hinchado.

—Vamos a follar toda la noche, Simone —prometió con voz ronca—. Pero primero voy a comerte ese coño hasta que me dejes la cara empapada… y luego te voy a dar lo que tanto quieres.

Mi cuerpo temblaba entero. El contraste de nuestros tonos de piel bajo la luz tenue de la habitación, el sabor del vino todavía en nuestras lenguas, el olor de mi excitación y su colonia mezclados… todo era demasiado. Estaba abierta, mojada, desesperada, con su polla gruesa rozando mi entrada y sus ojos negros prometiendo que esto solo era el principio.

Y aún no habíamos empezado de verdad.

Roman no se arrodilló como había prometido. El hambre en sus ojos cambió de repente y, con un movimiento fluido que me dejó sin aliento, me levantó del suelo como si yo fuera ligera como el aire. Mis piernas se enredaron de inmediato alrededor de su cintura estrecha y musculosa, los talones clavándose en sus nalgas firmes. Mi espalda golpeó la pared junto a la ventana con un golpe sordo que hizo vibrar el cristal. Nueva York parpadeaba a nuestra espalda, pero yo solo podía sentir el calor brutal de su cuerpo negro contra el mío, pálido y tembloroso.

—Quiero follarte de pie primero, española —gruñó contra mi boca, su voz tan grave que la sentí en el clítoris—. Quiero que sientas cada centímetro mientras te sostengo.

Su polla, gruesa, venosa y completamente erecta, se deslizó entre mis labios empapados una, dos veces, recogiendo mi humedad, y luego empujó hacia arriba con fuerza controlada pero implacable. Gemí como una puta en celo cuando la cabeza ancha me abrió el coño, estirándome hasta el límite. Era enorme. Sentí cada vena gruesa frotándose contra mis paredes internas mientras descendía sobre él, centímetro a centímetro, hasta que mis nalgas descansaron contra sus huevos pesados.

—Joder, Roman… tu verga negra me está abriendo entera —jadeé, el acento marcado por el placer—. Me estás partiendo, hostia… es tan gruesa que creo que voy a romperme.

Él soltó una risa oscura y empezó a moverse. No eran embestidas suaves. Eran golpes profundos, poderosos, que me levantaban y me dejaban caer sobre su polla una y otra vez. Mis tetas rebotaban contra su pecho duro, los pezones rosados rozando su piel oscura y enviando chispazos de placer directo a mi clítoris. Rodeé su cuello con los brazos, clavándole las uñas en los hombros anchos, y apreté las piernas alrededor de su cintura para sentirlo más adentro. El contraste era obsceno y perfecto: mis muslos pálidos contra sus caderas negras, mi coño rosado tragándose aquella verga oscura que brillaba con mis jugos cada vez que salía casi hasta el glande para volver a entrar de golpe.

—Así, Simone. Cógela toda. Este coño blanco está hecho para polla negra —masculló contra mi cuello, mordiéndome la piel justo debajo de la oreja.

Cada embestida me arrancaba un gemido más alto. Sentía cómo me llegaba al fondo, golpeando un punto que me hacía ver estrellas. Mis jugos chorreaban por sus huevos y me bajaban por los muslos. El sonido era húmedo, obsceno, carne contra carne, mi coño chapoteando alrededor de su grosor. Interiormente solo podía pensar que nunca me habían follado así, con esa fuerza contenida y esa polla que parecía hecha para destruirme de placer. Mis paredes se contraían alrededor de él, ordeñándolo, y Roman gruñía cada vez que lo apretaba.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, empotrados contra la pared. Mis piernas empezaron a temblar de puro placer. Él me sostenía sin esfuerzo, sus manos negras clavadas en mis nalgas, separándolas para follarme aún más profundo. Cada vez que bajaba, sentía sus huevos golpear mi ano y eso me ponía aún más cachonda. Le lamí el cuello, saboreando el sudor salado de su piel oscura, y le susurré al oído todo lo que sentía.

—Me estás destrozando el coño, Roman… tu polla es demasiado grande y me encanta. Sigue, no pares. Quiero que me dejes abierta para siempre.

De pronto me bajó, me dio la vuelta y me empujó hacia la cama. Caí de rodillas sobre el colchón, todavía temblando. No me dio tiempo a recuperarme. Me colocó a cuatro patas con manos firmes, me abrió las piernas de un golpe de rodilla y volvió a metérmela de un solo empujón brutal desde atrás. Grité de placer. En esta posición la sentía aún más grande, como si me estuviera llegando al estómago.

—Así, mi puta blanca —rugió, agarrándome la melena castaña con el puño y tirando de ella hasta que mi espalda se arqueó como un arco—. Este coño español es mío ahora. Mírate, tan mojada y abierta para mi verga negra.

Empezó a follarme con fuerza salvaje. El sonido de sus caderas chocando contra mi culo llenaba la habitación: plaf, plaf, plaf, húmedo y rápido. Cada embestida me lanzaba hacia delante y él me retenía por el pelo, controlándome como a una yegua. Sentía sus huevos golpear mi clítoris hinchado y eso me volvía loca. Mis tetas colgaban y se balanceaban con cada golpe, los pezones rozando las sábanas.

—Más duro, Roman, por favor… ¡fóllame más duro! —supliqué, la voz rota—. Soy tu puta blanca, tu zorra española… rómpeme el coño, no te contengas.

Él soltó una carcajada ronca y me dio un azote fuerte en la nalga derecha que me dejó la marca de su mano negra sobre la piel clara. Tiró más fuerte de mi pelo, obligándome a levantar la cabeza, y aceleró el ritmo hasta que pensé que me iba a desmayar de placer. Su polla entraba y salía completamente, desde la punta hasta la base, abriéndome sin piedad. Sentía mis jugos salpicando sus muslos y la cama. El contraste de su piel oscura contra la mía, la forma en que me dominaba, el modo en que me llamaba su puta… todo se mezclaba en un torbellino que me tenía al borde del orgasmo.

—Pídemelo otra vez, Simone. Dime qué quieres.

—Quiero que me des más duro, joder… ¡destrózame! Soy tu puta, tu puta blanca cachonda que solo quiere tu polla negra dentro.

Cambió el ángulo ligeramente y empezó a golpear ese punto exacto dentro de mí que me hacía ver luces blancas. Mis brazos cedieron y caí con la cara contra el colchón, el culo todavía en alto, completamente ofrecida. Él no paró. Me follaba como un animal, gruñendo, sudando, su torso negro brillante bajo la luz tenue de la habitación.

De repente me sacó de golpe. Sentí el vacío insoportable en mi coño durante dos segundos antes de que me girara y se tumbara en la cama. Su polla apuntaba al techo, brillante con mis fluidos, palpitando. No necesité que me dijera nada. Me subí encima de él con furia, agarré aquella verga gruesa con una mano y me empalé de un solo movimiento descendente.

—Ahora me toca a mí —jadeé, apoyando las manos en su pecho ancho y oscuro.

Empecé a cabalgarlo con rabia. Arriba y abajo, girando las caderas, frotando mi clítoris contra su pubis cada vez que bajaba hasta el fondo. Mis tetas rebotaban delante de su cara y Roman las atrapó con sus manos grandes y negras. Las apretó con fuerza, los dedos oscuros hundidos en mi carne blanca, pellizcando los pezones hasta que el dolor y el placer se mezclaron en algo perfecto. El contraste era hipnótico: sus manos negras amasando mis tetas pálidas, mis jugos brillando en su polla oscura cada vez que me levantaba.

—Así, cabálgame, Simone. Monta esa polla negra como la zorra que eres —gruñó, apretando más fuerte mis tetas, dejando marcas rojas en mi piel clara.

Yo iba cada vez más rápido, furiosa, desesperada. Mis muslos temblaban del esfuerzo, el sudor nos cubría a los dos. Sentía su polla hincharse aún más dentro de mí, rozando todas mis paredes, llegando tan profundo que me dolía de gusto. Le arañé el pecho, dejando líneas rojas sobre su piel oscura, y él respondió apretándome las tetas con más fuerza, casi magullándolas.

—Roman… me voy a correr… tu polla me está llenando demasiado…

—Córrete en mi verga, puta. Quiero sentir cómo me aprietas.

Aceleré aún más, moviendo las caderas en círculos salvajes mientras él empujaba hacia arriba para encontrarse conmigo. Sus pulgares rozaban mis pezones hinchados una y otra vez. El orgasmo me golpeó como un tren. Empecé a gritar, un gemido largo y agudo que salió de lo más profundo de mi garganta mientras mi coño se contraía violentamente alrededor de su grosor. Mis jugos lo inundaron, chorreando por sus huevos y por sus muslos negros.

Él rugió como un animal. Sus manos apretaron mis tetas con tanta fuerza que pensé que me dejarían moretones y, con un último empellón brutal hacia arriba, se corrió dentro de mí. Sentí los chorros calientes y espesos llenándome, latiendo contra mis paredes, desbordándose alrededor de su polla y saliendo en gotas blancas que contrastaban con su piel oscura y la mía.

Gritamos juntos, sin control, los dos temblando, sudados, unidos en un nudo de carne y placer. Mi melena castaña caía sobre su pecho mientras yo seguía moviéndome lentamente sobre él, ordeñando hasta la última gota de su corrida. Su polla seguía latiendo dentro de mí, todavía medio dura, y yo sentía cómo su semen empezaba a escaparse de mi coño abierto y a bajarme por los muslos.

Cuando por fin me derrumbé sobre su torso ancho y negro, con la respiración entrecortada y el corazón latiéndome en los oídos, supe que esto no había terminado. Ni mucho menos. Su mano oscura seguía acariciando lentamente mi espalda pálida, bajando hasta mi culo, y sus dedos juguetearon con el semen que se escapaba de mí. Levanté la cabeza, lo miré a los ojos y vi que el hambre seguía allí, intacta, más oscura y profunda que antes.

—Aún no hemos terminado, ¿verdad? —susurré con la voz rota, lamiéndome los labios.

Roman sonrió con esa sonrisa blanca y peligrosa, apretó mi nalga con posesión y respondió con la voz aún más grave por el esfuerzo:

—Ni de lejos, mi puta española. Esta noche apenas acaba de empezar… y pienso follarte hasta que no puedas caminar mañana.

Mi coño, aún lleno de su corrida caliente, dio un latido de anticipación ante sus palabras. El contraste de nuestros cuerpos sudorosos, el olor a sexo que llenaba la habitación, el sabor de su piel todavía en mi lengua… todo prometía que lo que venía después sería aún más sucio, más intenso y más largo. Me quedé allí, sobre él, sintiendo su polla recuperándose poco a poco dentro de mí, y sonreí contra su pecho oscuro.

Jadeante y con el coño todavía palpitando alrededor de su verga semidura, me incorporé un poco sobre su pecho negro y sudoroso, sintiendo cómo su semen espeso empezaba a escaparse de mi interior y a embadurnarle los huevos. Roman, el ejecutivo de treinta y ocho años que me había estado follando como un animal durante la última hora, me clavó los dedos oscuros en las caderas y empujó hacia arriba con fuerza renovada. Su polla negra, gruesa y venosa, se hinchó de nuevo dentro de mí hasta llenarme por completo.

—Sigue cabalgándome, puta española —gruñó con esa voz grave que me derretía el cerebro—. Quiero ver cómo tus tetas blancas rebotan mientras me ordeñas la polla con ese coño rosado que no para de chorrear.

No necesitaba que me lo pidiera dos veces. Apoyé las manos en sus pectorales duros y empecé a moverme con rabia, subiendo y bajando con golpes secos que hacían que su verga me llegara hasta el fondo. El contraste de mi piel clara contra la suya oscura era obsceno bajo la luz tenue de la habitación: mis jugos brillaban en el tronco negro cada vez que me levantaba casi hasta la cabeza hinchada para volver a empalarme de golpe. Mis tetas rebotaban con fuerza y él las atrapaba con sus manazas, apretando los pezones rosados entre sus dedos oscuros hasta que el placer y el dolor se mezclaban en un latigazo que me llegaba directo al clítoris.

«Hostia, Simone, este negro de treinta y ocho años te está destrozando el coño como nadie», pensé mientras aceleraba el ritmo. Sentía cada vena de su polla frotándose contra mis paredes, abriéndome, estirándome. El semen de su primera corrida actuaba de lubricante perfecto y cada bajada producía un sonido húmedo y sucio, chap, chap, chap, que llenaba la habitación junto con mis gemidos roncos. Mi acento se marcaba más con el placer.

—Joder, Roman… tu polla negra es demasiado grande… me estás rompiendo el coño blanco, cabrón… no pares, fóllame desde abajo, métemela toda.

Él respondió embistiendo hacia arriba con más brutalidad, sus caderas chocando contra mi culo con golpes secos. Me corrí por segunda vez en esa posición, gritando sin control mientras mi coño se contraía violentamente alrededor de su grosor, expulsando una mezcla de sus fluidos y los míos que le empapó el pubis y los muslos. Roman no me dio respiro. Me sacó de golpe, me puso a cuatro patas al borde de la cama y me metió la polla de un solo empujón salvaje desde atrás.

El ángulo era brutal. Sentía cómo me llegaba al útero con cada embestida. Sus huevos pesados golpeaban mi clítoris hinchado y su mano oscura me dio un azote fuerte en la nalga izquierda, dejando la marca roja de sus dedos sobre mi piel clara. Tiró de mi melena castaña como si fueran riendas y me arqueó la espalda hasta que mis tetas colgaron pesadas.

—Dime a quién pertenece este coño, Simone —exigió sin dejar de follarme como un poseso—. Dímelo mientras te lleno otra vez.

—Es tuyo, Roman… este coño de española de treinta y dos años es tuyo… soy tu puta blanca, tu zorra europea que solo quiere polla negra gruesa… rómpeme, lléname, córrete dentro otra vez, joder…

El tercer orgasmo me pilló por sorpresa. Empecé a temblar entera, los muslos me fallaron y caí con la cara contra las sábanas mientras él seguía martilleándome sin piedad. Sus gruñidos se volvieron más animales. Me folló durante varios minutos más en esa posición, cambiando el ritmo de salvaje a profundo y lento, sacándola casi entera para volver a clavármela hasta el fondo. El sudor nos cubría a los dos; su torso negro brillaba como obsidiana pulida contra mi espalda pálida.

Cuando noté que su polla empezaba a hincharse aún más, me sacó, me giró y me puso boca arriba. Se colocó entre mis piernas abiertas y me penetró en misionero, mirándome a los ojos. Sus manos oscuras sujetaban mis muslos pálidos, abriéndome al máximo. El contraste era hipnótico: su verga negra desapareciendo dentro de mi coño rosado y chorreante, mis labios menores abrazándolo con cada embestida.

—Quiero verte la cara cuando te llene por tercera vez —jadeó, acelerando el ritmo.

Le rodeé la cintura con las piernas y clavé los talones en sus nalgas firmes, empujándolo más adentro. Nos corrimos casi al mismo tiempo. Yo gritando su nombre con mi acento marcado, él rugiendo mientras su polla latía y disparaba chorros calientes y espesos que me inundaron el útero. Sentí cómo rebosaba, goteando por mi culo y manchando las sábanas. Nos quedamos unidos, jadeando, sudados, con su peso sobre mí y su polla todavía dentro, latiendo los últimos restos de corrida.

Pasaron varios minutos hasta que pudimos movernos. Jadeantes y sudorosos, Roman me besó suavemente la espalda mientras yo aún temblaba de placer. Su boca caliente recorrió mi columna vertebral con besos lentos que contrastaban con la brutalidad de antes. Me susurró al oído, todavía con la voz ronca de tanto gemir:

—Mañana quiero repetirlo antes de que cojas tu vuelo, Simone. Quiero follarte otra vez en esta misma habitación, ponerte contra la ventana al amanecer y llenarte el coño una vez más antes de que vuelvas a España.

Me dio la vuelta con cuidado y nos miramos. Tenía el torso lleno de arañazos rojos que yo le había dejado con las uñas. Sonreí, todavía con su semen escapándose de entre mis piernas.

—Pues ven a por mí, negro. Mi coño ya está contando las horas.

Nos levantamos tambaleantes y fuimos juntos al baño. La ducha era amplia, con chorros calientes que cayeron sobre nuestros cuerpos exhaustos. Entre risas y caricias nos enjabonamos mutuamente. Sus manos oscuras resbalaban por mis tetas, mi cintura y mi culo, lavando los restos de semen y jugos. Yo le lavaba la polla con cuidado, sintiendo cómo volvía a engordar un poco entre mis dedos pálidos solo con el roce. Nos besamos bajo el agua, mordiéndonos los labios, riendo cuando el jabón nos entraba en los ojos.

—Eres una bestia, Roman —dije mientras le pasaba la esponja por el pecho ancho—. Me has dejado el coño tan abierto que mañana voy a sentir cada paso en el aeropuerto.

—Y tú eres una puta española insaciable —respondió él, metiendo dos dedos despacio entre mis labios hinchados bajo el agua—. Mañana te voy a hacer gritar tan fuerte que los vecinos van a llamar a recepción.

Salimos de la ducha envueltos en toallas blancas. Nos sentamos en la cama deshecha y sacamos los móviles. Intercambiamos números con la promesa clara en los ojos. Antes de que se vistiera del todo, me miró con esa sonrisa peligrosa y dijo:

—Esta noche húmeda entre dos desconocidos solo va a ser el principio de algo mucho más sucio. Cuando vuelvas a Nueva York o yo vaya a España, te voy a follar en hoteles, en coches, en aviones… donde sea. Tu coño blanco va a estar permanentemente lleno de mi leche negra.

Me mordí el labio, sintiendo un nuevo latido entre las piernas a pesar del cansancio. Lo miré de arriba abajo: metro noventa de músculo oscuro, polla todavía medio dura bajo la toalla, piel brillante por la ducha. Me acerqué, le agarré el paquete con la mano y se lo apreté con posesión mientras le susurraba al oído con mi acento más marcado:

—Pues más te vale que la tengas bien dura mañana, porque pienso ordeñarte hasta la última gota de corrida y dejar que me folles el culo también. Quiero irme de esta ciudad con los dos agujeros destrozados por tu enorme polla negra, cabrón.

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