Susurros de Cosecha: Por Favor, Tómalo

La esposa de 32 años Talia se folla al joven jornalero Bruno en el granero mientras su marido Wesley mira y se pajea.

27 min read September 16, 2026New

El sol de Andalucía caía a plomo sobre los olivos y los campos de trigo de la finca, tiñendo de oro el polvo que se levantaba con cada carretilla. Talia, treinta y dos años bien cumplidos, piel morena de sol y curvas que el vestido ligero de algodón apenas contenía, ayudaba a apilar los sacos junto a los jornaleros. Su marido Wesley, treinta y cinco, alto y de manos callosas de dueño que no se contenta con mandar desde la sombra, la observaba desde el tractor con una sonrisa ladeada que ella conocía demasiado bien.

Bruno llevaba tres semanas en la cosecha. Veintiocho años, moreno de sol y de sangre, hombros anchos que se marcaban bajo la camiseta sudada, brazos musculados que alzaban fardos como si no pesaran nada. Cada vez que Talia se agachaba a recoger una espiga o a ofrecerle un vaso de agua fresca, las miradas del joven se le clavaban en el escote, en la curva de la cadera, en el modo en que el sudor le pegaba la tela a los pezones. Ella lo notaba. El calor le subía por el cuello y el coño se le humedecía sin remedio, traicionera.

Aquella mañana, en la cocina todavía oliente a café y a pan tostado, Wesley la había atrapado contra la encimera. Le había levantado la falda, le había metido dos dedos entre los labios ya resbaladizos y le había susurrado al oído, ronco:

—Quiero verte follarte con Bruno. Quiero ver cómo te abre esa polla joven mientras yo me la palpo. ¿Lo entiendes, cariño? Te doy mi permiso. Te lo pido. Sé mi puta caliente delante de él.

Talia se había corrido en los dedos de su marido con un gemido ahogado, la lujuria descarada encendiéndosele en las tripas como un incendio. Sí. Quería. Quería que la usaran, que la miraran, que la llenaran mientras Wesley se corría de gusto.

Por la tarde el calor era un horno. El granero olía a trigo seco, a madera vieja y a sudor limpio. Bruno estaba solo, apilando los últimos sacos contra la pared. Talia entró con el paso lento, la falda corta rozándole los muslos, la sonrisa coqueta ya dibujada. Se acercó hasta quedar a un palmo de él, levantó la barbilla y le susurró, voz baja y húmeda:

—Mi marido quiere verme contigo. Quiere que me folles aquí mismo mientras él mira. ¿Me vas a dar esa polla gruesa, Bruno? ¿Vas a usar a la esposa del patrón como la zorra que es?

Los ojos oscuros del jornalero se abrieron, la excitación y el halago pintándole la cara de inmediato. Tragó saliva, miró hacia la puerta entreabierta donde la silueta de Wesley ya se recortaba, y asintió con un gruñido gutural.

—Joder, sí. Desde el primer día que te vi doblada en el campo se me pone dura. Ven aquí.

Se lanzaron el uno al otro. Las bocas se encontraron con hambre, lenguas chocando, dientes rozando labios. Las manos grandes de Bruno le agarraron el culo con fuerza, levantándole la falda hasta la cintura, palpó la braga empapada y soltó una risa baja.

—Estás chorreando, señora…

Wesley, desde el umbral, ya tenía la cremallera abierta y la polla en la mano, masturbándose con lentitud pesada, la mirada clavada en ellos. Talia lo vio de reojo y se le calentó aún más el vientre. Se dejó resbalar de rodillas sobre el polvo y la paja, abrió el pantalón de faena de Bruno y sacó aquella verga gruesa, venosa, ya dura como piedra, la cabeza brillante de precum. La olió, la lamió de base a glande y miró arriba, entre gemidos.

—Úsame. Úsame como la puta caliente que soy. Métela en mi garganta, fóllame la boca, haz lo que quieras conmigo. Mi marido está viéndolo todo y se está corriendo la paja. Por favor, tómalo… tócame, fóllame, lléname.

Bruno le agarró el pelo y se empujó dentro de su boca con un jadeo. Talia chupó con ansia, babeando, tragando lo que podía de aquella polla gruesa mientras su lengua trabajaba la cara inferior. El sabor salado, el olor a hombre trabajador, el sonido obsceno de su propia garganta… todo la tenía al borde. Cuando se apartó, un hilo de saliva unía sus labios a la punta.

—Quiero tu polla en el coño ya —suplicó, voz rota de deseo—. Fóllame como una puta.

Bruno la giró sin delicadeza, la puso a cuatro patas sobre los sacos de trigo apilados. Le bajó las bragas de un tirón, le dio dos nalgadas fuertes que le dejaron la piel ardiendo y le abrió los labios hinchados con los pulgares.

—Zorra de tu marido —gruñó, y se hundió de un solo embiste hasta el fondo.

Talia gritó de puro placer, el coño estirado alrededor de aquella polla gruesa que la llenaba sin piedad. Bruno la follaba brutal, caderas chocando contra su culo, nalgadas secas que resonaban en el granero, una mano clavada en su cintura y la otra retorciéndole un pezón a través de la tela del vestido.

—Así… así, duro… soy la puta de mi marido, dilo otra vez…

—Eres la zorra de Wesley —repitió él, acelerando—. Y ahora también la mía. Escúchalo cómo se pajea mirándote tragar mi verga.

Wesley gemía desde la puerta, la mano subiendo y bajando rápido, los ojos vidriosos. Talia miraba hacia él entre embestidas, la boca abierta, la cara desencajada de goce.

Bruno la levantó, se recostó contra los sacos y la hizo montarlo. Talia se clavó sola, bajando hasta que los pelos le rozaron el coño, y empezó a cabalgarlo con fuerza, culo rebotando, tetas libres ya del vestido abierto. Él le agarró el pelo con un puño, tirando hacia atrás para ofrecerle el cuello a su boca, mordisqueando, chupando.

—Más fuerte, joder, fóllate contra mí —ordenó ella—. Quiero sentir cómo me destrozas.

El ritmo se volvió salvaje. El granero se llenó del sonido húmedo de piel contra piel, de gemidos, de los gruñidos de Bruno y de los jadeos de Wesley. Cuando las piernas de Talia temblaron, Bruno la tumó de espaldas sobre los sacos, le subió las piernas a los hombros y la penetró en misionero profundo, casi doblándola, la polla rozándole el punto que la hacía ver estrellas.

—Dentro… córrete dentro… lléname el coño, dame tu leche, soy la esposa compartida, la caliente, la que se deja follar mientras su marido se corre mirando… ¡más, más leche, lléname!

Bruno se corrió con un rugido, chorros calientes bombeando dentro de ella, inundándola. Talia gritó su propio orgasmo, el coño contrayéndose alrededor de la verga que la llenaba, el placer tan intenso que se le humedecieron los ojos. Al mismo tiempo oyó el gemido grave de Wesley; lo vio arquearse en la puerta, la leche blanca saltándole entre los dedos y cayendo al polvo del umbral.

Aún con el semen de Bruno chorreándole por los muslos, espeso y caliente, Talia se incorporó temblando. Besó a Bruno con pasión, lengua profunda, saboreando el sudor y el sexo, agradeciéndole sin palabras el modo en que la había usado. Después se acercó a su marido, todavía con la polla en la mano y la respiración agitada, y lo besó igual de hambrienta, mezclando sabores, dejando que Wesley lamiéra de su boca el rastro del otro hombre.

—Gracias —susurró contra los labios de Wesley, la voz ronca—. Gracias por permitírmelo… por mirarme… por convertirme en esto.

El semen le resbalaba más abajo, por la parte interna de los muslos, hasta las rodillas. Bruno se abrochaba el pantalón con manos torpes, todavía mirándola con hambre abierta. Wesley le acarició el culo desnudo, recogió un hilo de leche ajena con el dedo y se lo ofreció a Talia para que lo chupara.

Fuera, el sol empezaba a bajar, pero la cosecha no había terminado. Quedaban días. Quedaban noches. Y la lujuria, lejos de apagarse, apenas acababa de abrirse paso entre el trigo y el polvo del granero, pidiendo ya la siguiente ronda.

El semen de Bruno aún le resbalaba espeso por la cara interna de los muslos cuando Talia se apartó un palmo de la boca de Wesley. El sabor mezclado de los dos hombres le quemaba la lengua. Miró a su marido a los ojos, vio la polla todavía medio dura, brillando de leche propia, y sonrió con esa maldad dulce que solo él conocía.

—Otra vez —susurró, voz ronca de tanto chupar—. Quiero más. Quiero que me folléis los dos. Que me uséis hasta que no pueda caminar derecho entre los olivos.

Wesley le agarró la nuca y la besó con hambre, lamiéndole los labios hinchados, saboreando el rastro de Bruno. Su mano libre bajó, recogió un hilo grueso de semen ajeno que le corría por el muslo y se lo metió en la boca a Talia sin pedir permiso. Ella chupó el dedo con un gemido largo, sucio, mirando a Bruno de reojo.

El jornalero aún no se había abrochado del todo. La polla le colgaba pesada, brillante de jugos de ella, y ya empezaba a hincharse de nuevo solo de verla arrodillarse otra vez en la paja. El granero olía a sexo fresco, a trigo aplastado y a sudor caliente.

—Ven aquí, zorra —gruñó Bruno, agarrándose la verga y dándole dos sacudidas lentas—. Quiero verte lamerle los huevos a tu marido mientras yo te la meto otra vez por detrás.

Talia no dudó. Se puso a cuatro patas entre los dos, el vestido hecho un trapo abierto, las tetas pesadas colgando, los pezones duros y marcados de moratones de dientes. Wesley se sentó en un saco de trigo, abrió más las piernas y le ofreció la polla todavía sensible. Ella lo tomó en la boca de un solo movimiento, tragando hasta la base, la nariz aplastada contra el vello, mientras Bruno se arrodillaba detrás, le separaba las nalgas con las manos callosas y le escupía directo al coño chorreante.

—Mírala —dijo Bruno, voz baja y caliente—. La esposa del patrón con la cara llena de polla y el coño abierto pidiendo más leche. Qué puta más perfecta.

Se hundió de un embiste seco. Talia gritó alrededor de la verga de Wesley, el sonido ahogado y obsceno. Bruno la folló sin piedad, caderas golpeando su culo con fuerza, el sonido húmedo y carnoso llenando el granero. Cada embestida la empujaba más profundo sobre la polla de su marido. Wesley le agarró el pelo con las dos manos y empezó a follarle la garganta al mismo ritmo, usándola como un agujero caliente mientras miraba cómo el culo de su mujer rebotaba contra el vientre del jornalero.

—Así, cariño… trágame entero… déjale que te destroce ese coño de casada… joder, se te ve el culo abierto alrededor de su polla… te está reventando…

Talia babeaba, los ojos llorosos de placer y falta de aire. Sentía las dos vergas usándola a la vez, una en la garganta y la otra abriéndola hasta el fondo del útero. El coño le hacía ruidos obscenos, chupando y expulsando semen con cada embestida. Bruno le dio una nalgada tan fuerte que el eco rebotó en las vigas.

—Dile a tu marido lo que eres —ordenó, acelerando—. Dilo alto.

Ella se apartó de la polla de Wesley solo lo suficiente para hablar, la voz rota, babosa:

—Soy la puta de mi marido… la zorra que se deja follar en el granero… lléname otra vez, Bruno, lléname mientras él me mira… quiero que me corráis los dos encima… por favor, tómalo, úsame…

Wesley le dio un manotazo suave en la mejilla, le abrió la boca con el pulgar y volvió a meterse hasta el fondo. Bruno cambió el ángulo, le agarró las caderas con fuerza y la embistió más profundo, rozándole ese punto que la hacía ver blanco. Talia se corrió de golpe, el cuerpo entero temblando, el coño apretando en convulsiones alrededor de la polla gruesa. Bruno no paró. La folló a través del orgasmo, prolongándolo, obligándola a seguir contrayéndose mientras Wesley le follaba la boca sin piedad.

Cuando el temblor bajó un poco, Bruno la sacó de un tirón, la giró y la tumbó de espaldas sobre los sacos. Le subió las piernas hasta casi doblarla por la mitad, le abrió el coño con los pulgares y le mostró a Wesley el agujero hinchado, rojo, goteando leche blanca.

—Mira cómo te la he dejado, patrón. Toda abierta y llena. ¿Quieres probarla?

Wesley se inclinó, lamió el clítoris hinchado de Talia con la lengua ancha, saboreando el semen de Bruno mezclado con los jugos de ella. Ella gritó, las manos clavadas en el pelo de su marido, empujándolo más contra su coño. Bruno se puso a horcajadas sobre su pecho, le metió la polla otra vez en la boca y empezó a follarle la garganta en profundidad mientras Wesley le comía el coño con hambre, chupando, metiendo la lengua, limpiándola y ensuciándola a la vez.

—Joder… qué rica estás… toda llena de otro tío… mi putita de 32 años… mi esposa caliente…

Talia solo podía gemir y babear. Bruno le sujetaba la cabeza y se la follaba sin piedad, los huevos golpeándole la barbilla. Cuando sintió que se acercaba otra vez, se retiró, le dio un par de palmadas con la verga en los labios y le gruñó:

—Ábrete. Quiero correrme en tu cara mientras tu marido te chupa el coño.

Wesley no se apartó. Al contrario: le metió dos dedos gruesos, le frotó el punto G con fuerza y le chupó el clítoris con fuerza rítmica. Talia se corrió otra vez, gritando, el cuerpo arqueado, cuando Bruno se corrió a chorros espesos sobre su cara, la lengua, los labios, el pecho. La leche caliente le goteaba por la barbilla hasta las tetas. Wesley subió entonces, se arrodilló junto a su cara y se corrió también, mezclando su semen con el de Bruno, pintándole las mejillas, los ojos semicerrados, la boca abierta y agradecida.

Talia lamió lo que pudo, tragarlo todo, la cara hecha un desastre de leche y saliva. Bruno se dejó caer a su lado, respirando agitado, y Wesley se recostó al otro, los tres sudados y pegajosos sobre los sacos.

Pero no había terminado. Talia se incorporó temblando, se pasó los dedos por la cara, recogió semen de los dos y se lo metió en el coño con tres dedos, metiéndoselo despacio, mirándolos a ambos.

—Otra ronda —dijo, voz ronca de puta satisfecha y aún hambrienta—. Quiero que me folléis el culo esta vez. Los dos. Uno detrás de otro. Quiero sentir cómo me abrís ese agujero mientras el otro me mira y se la palpa. Por favor… tómalo… usadme hasta que el sol se ponga del todo.

Bruno se rio bajo, ya medio duro otra vez solo de oírla. Wesley le acarició el pezón hinchado, le pellizcó y le susurró al oído:

—Vas a ser nuestra puta toda la noche, cariño. El granero es solo el principio. Después te llevamos a la casa, te atamos a la mesa de la cocina y te follamos hasta que no te quede voz. ¿Quieres eso?

Ella asintió, los ojos brillantes, el coño ya volviendo a mojarse solo de la idea. Se puso a cuatro patas otra vez, ofreciendo el culo, separando las nalgas con las propias manos.

—Entonces empezad. Métela en el culo, Bruno. Quiero sentir cómo me destrozas el agujero de casada mientras mi marido me mira y se toca. Duro. Sin piedad. Soy vuestra.

Bruno se colocó detrás, escupió sobre el culo fruncido de Talia, frotó la cabeza de su polla ya dura otra vez contra el agujero y empujó despacio, abriéndola centímetro a centímetro. Ella gimió largo, el sonido animal, el culo estirándose alrededor de la verga gruesa. Wesley se puso delante, le ofreció la polla para que la chupara y se la masturbó despacio mientras miraba cómo el culo de su mujer tragaba la polla del jornalero.

—Más… más adentro… joder, sí… me estás abriendo… soy la zorra del granero… la esposa que se deja follar el culo delante de su marido… lléname… córrete dentro del culo… por favor…

Bruno empezó a follárselo de verdad, embestidas profundas y pesadas, las manos clavadas en las caderas de Talia. Cada golpe la hacía babear alrededor de la verga de Wesley. El granero se llenó otra vez del sonido de piel contra piel, de gemidos, de insultos dulces y sucios. Afuera el sol bajaba, tiñendo de rojo el polvo, pero dentro el calor solo subía.

Cuando Bruno se acercó al borde, se lo sacó, se lo pasó a Wesley y le dijo:

—Tu turno, patrón. Ábrele el culo tú también. Quiero ver cómo se la metes hasta los huevos.

Wesley no necesitaba que se lo pidieran dos veces. Se colocó detrás de su mujer, le miró el agujero abierto y brillante de saliva y precum, y se hundió de un solo empujón. Talia gritó de puro placer, el culo lleno otra vez, esta vez de la polla de su marido. Bruno se arrodilló delante, le metió la verga en la boca y la usó mientras Wesley le follaba el culo con fuerza, nalgadas secas, gruñidos de posesión.

—Mira cómo te la meto… mi putita de 32 años… mi esposa abierta… llena de otro tío y ahora de mí… te voy a correr dentro del culo y después Bruno te la va a meter otra vez para empujar mi leche más adentro…

Talia solo podía gemir y chupar y empujar el culo hacia atrás pidiendo más. El placer la tenía al borde otra vez, el clítoris palpitando sin que nadie lo tocara, el coño goteando sobre la paja. Sabía que esta noche no iba a acabar aquí. Que después del granero vendría la casa, la mesa, la cama, tal vez incluso el tractor a la mañana siguiente. Que Bruno se quedaría más días. Que Wesley la iba a ofrecer una y otra vez.

Cuando Wesley se corrió dentro de su culo con un gruñido largo, llenándola a chorros calientes, Bruno lo sustituyó al instante, empujando la leche de marido más adentro con su propia polla, follándosela hasta corrérsele también, mezclando las dos leches en el culo abierto de Talia.

Ella se derrumbó sobre los sacos, temblando, el culo goteando, la cara sucia, la sonrisa de puta satisfecha y aún insaciable. Miró a los dos hombres, ambos sudorosos, pollas brillantes y blandas por un momento, y susurró:

—No habéis terminado conmigo. Quiero más. Quiero que me llevéis a la casa ahora mismo. Quiero que me atéis y me folléis hasta que amanezca. Por favor… tómalo todo… usadme…

Wesley le acarició el pelo pegado de sudor y semen, le besó la frente sucia y le sonrió con esa mirada oscura que prometía noches largas.

—Vamos a casa, cariño. Bruno viene con nosotros. Y esta noche el granero se va a quedar corto.

Fuera, la luz moría entre los olivos. Dentro, la lujuria solo acababa de encontrar su segundo aliento.

El semen les resbalaba todavía por los muslos y las caras cuando salieron del granero. El aire de la tarde ya no quemaba tanto, pero el olor a sexo fresco los seguía como una segunda piel. Wesley le pasó un brazo por la cintura a Talia, los dedos hundidos en la carne blanda de su cadera, y Bruno caminaba al otro lado, la mano grande posada en el culo abierto de ella, empujando un poco más adentro lo que ya le chorreaba entre las nalgas. Talia iba descalza, el vestido hecho jirones abiertos, las tetas al aire, los pezones morados de chupetones y el coño hinchado, goteando leche mezclada con cada paso. Treinta y dos años y se sentía como una puta de dieciocho otra vez, temblando de ganas, el culo ardiendo todavía por las dos vergas que lo habían destrozado.

—A la cocina —ordenó Wesley, voz ronca—. Quiero verte atada a la mesa antes de que se nos baje del todo.

La casa olía a pan de la mañana y a tomate fresco. Bruno cerró la puerta de un portazo y Wesley empujó a Talia contra la mesa de madera gruesa. Le levantó lo que quedaba del vestido, le abrió más las piernas y le metió tres dedos de golpe en el coño empapado, removiendo el semen espeso.

—Mírala, Bruno. Todavía abierta. Todavía pidiendo. ¿Quieres follártela otra vez antes de que la atemos?

Bruno ya se había bajado otra vez el pantalón. La polla le latía pesada, brillante de restos de ella y de él. Se acercó, le agarró el pelo a Talia y le obligó a mirarlo mientras Wesley le follaba el coño con los dedos.

—Quiero que me chupe los huevos mientras tú le abres el culo con la lengua, patrón. Y después la atamos y le metemos las dos a la vez. Una en el coño y otra en el culo. Quiero sentir cómo se nos aprieta esa zorra de 32 años.

Talia gimió, el vientre contrayéndose solo de oírlo. Se dejó tumbar de pecho sobre la mesa fría. Wesley le separó las nalgas con ambas manos y le hundió la lengua en el culo todavía abierto y grasiento de semen. Lamió profundo, sucio, tragando lo que salía, mientras Bruno se subía a la mesa, se arrodillaba frente a su cara y le empujaba los huevos pesados contra la boca. Ella los lamió con ansia, los chupó uno por uno, la lengua caliente, salada, mientras el coño le chorreaba otro hilo blanco sobre la madera.

—Así, cariño… límpiale los huevos al jornalero… trágate lo que te dé… joder, qué puta más perfecta te has vuelto —gruñó Wesley entre lametones, metiéndole después dos dedos en el culo y abriéndola de tijera.

Bruno le agarró la cabeza con las dos manos y se la folló la garganta otra vez, profundo, hasta que las lágrimas le saltaron y la baba le corría por la barbilla hasta las tetas. Cuando se apartó, un hilo grueso unía su glande a los labios hinchados de Talia.

—Ahora la atamos —dijo.

Wesley sacó la cuerda de esparto que guardaban en el cajón de las herramientas. Le ató las muñecas a las patas delanteras de la mesa, apretado, la madera crujiendo. Después le abrió más las piernas y le ató cada tobillo a las patas traseras, dejándola completamente abierta, el coño y el culo expuestos, goteando, temblando. Talia tiró un poco de las cuerdas, sintió el esparto morderle la piel y se le humedeció aún más solo de la impotencia dulce.

—Por favor… fóllame ya… los dos… quiero sentiros dentro a la vez… soy vuestra puta atada… usadme…

Bruno se colocó delante, le levantó la cara y le metió la polla otra vez en la boca solo para ensalivarla bien. Wesley se puso detrás, se escupió en la mano, se untó la verga y se la empujó de un golpe en el culo abierto. Talia gritó alrededor de la polla de Bruno. El culo se le estiró otra vez, ardiente, lleno. Wesley empezó a follárselo con embestidas largas y pesadas, las manos clavadas en las caderas, mirando cómo el agujero tragaba y expulsaba su polla.

—Mira cómo se la come… mi esposa de 32 años con el culo reventado y la cara llena de polla de otro… dilo, Talia. Dilo alto.

—Soy la zorra del patrón… la puta del granero… folladme el culo y el coño… llenadme… por favor, tómalo todo…

Bruno se retiró de su boca, rodeó la mesa y se puso entre sus piernas abiertas. Le abrió los labios hinchados del coño con los pulgares, alineó la polla gruesa y empujó. El glande se hundió primero, después el resto, centímetro a centímetro, hasta que estuvo enteramente dentro. Talia soltó un alarido largo, animal. Las dos vergas la llenaban a la vez, solo separadas por la fina pared de carne. Sentía cada vena, cada latido, el peso, el calor. Cuando empezaron a moverse —Wesley sacando mientras Bruno entraba, luego al revés— el placer se le volvió blanco, cegador. El coño y el culo le hacían ruidos obscenos, chupando, expulsando semen viejo y jugos nuevos.

—Joder… se nos aprieta las dos… está goteando por todos lados… —gruñó Bruno, acelerando—. Escúchala cómo gime. La esposa del dueño convertida en agujero doble.

Wesley le dio una nalgada seca, otra, y otra. La carne le temblaba. Le agarró el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás y le metió los dedos en la boca para que los chupara mientras la follaban.

—Trágame los dedos… imagínate que son otra polla… te vamos a usar hasta que no te quede voz… después te llevamos al sofá, te atamos otra vez y te follamos la cara hasta dejártela hecha una máscara de leche… ¿quieres eso, putita?

Talia solo podía asentir y babear y empujar el culo y el coño hacia atrás pidiendo más. El orgasmo le subió de golpe, violento, el cuerpo entero convulsionando contra las cuerdas. El coño y el culo se le cerraron en espasmos alrededor de las dos vergas, exprimiéndolas. Bruno se corrió primero, rugiendo, bombeando chorros calientes dentro de su coño, llenándola otra vez hasta que le desbordó por los labios. Wesley no paró. La folló a través del corrimiento del otro, empujando la leche de Bruno más adentro con cada embestida del culo, hasta que él también se derramó, gruñendo el nombre de ella, inundándole el agujero con su propia leche espesa.

Se quedaron un momento así, enterrados hasta el fondo, respirando agitado. Después se salieron despacio. El semen de los dos le chorreó junto, blanco y caliente, por el coño y el culo abiertos, bajando por el períneo hasta la mesa. Wesley se arrodilló y le lamió todo lo que pudo, chupando, tragando, mezclando sabores, mientras Bruno le desataba las muñecas solo para volver a atárselas detrás de la espalda.

—Al sofá —dijo Wesley, la voz oscura de promesa—. Todavía no has terminado de ser nuestra puta.

La levantaron entre los dos. Talia apenas podía caminar. Las piernas le temblaban, el culo le ardía delicioso, el coño le latía vacío y abierto. La tumbaron en el sofá grande de la sala, le abrieron otra vez las piernas y le ataron las rodillas a los brazos del mueble con más cuerda, dejándola expuesta del todo. Bruno se arrodilló entre sus muslos y le hundió la cara en el coño chorreante, lamiendo, chupando el clítoris hinchado, metiendo la lengua lo más hondo posible mientras Wesley se subía a su pecho y le frotaba la polla semidura por las tetas, por los labios, por las mejillas todavía sucias de leche seca.

—Chúpamela otra vez… hazla dura… quiero correrme en tu garganta mientras Bruno te come el coño hasta que te corras otra vez en su boca.

Talia abrió la boca y lo tomó entero. Chupó con hambre, la lengua trabajando, los ojos vidriosos de placer. Bruno le metió tres dedos en el coño y dos en el culo a la vez, follándola con la mano mientras le chupaba el clítoris con fuerza rítmica. Ella se corrió otra vez, gritando alrededor de la polla de su marido, el cuerpo arqueado contra las cuerdas, el jugo saliéndole a chorros sobre la lengua y la barba del jornalero.

Bruno se levantó, la polla otra vez dura como piedra, y se la metió de un solo empujón en el coño. Wesley se la sacó de la boca, se arrodilló junto a su cara y se la frotó por los labios mientras miraba cómo el culo de su mujer rebotaba contra el vientre del otro.

—Más fuerte… destrozadme… quiero que me dejéis coja… quiero ir mañana al campo con el coño y el culo reventados y que todos los jornaleros huelan que me habéis follado toda la noche… por favor… tómalo… usadme más…

Bruno la folló brutal, nalgadas secas, embestidas que hacían crujir el sofá. Cuando se acercó al borde se la sacó, se la pasó a Wesley y le gruñó:

—Métetela tú. Quiero ver cómo se la comes entera mientras yo le follaba la boca.

Wesley se hundió hasta los huevos. El coño de Talia lo chupó con ruidos húmedos y obscenos. Bruno le agarró la cabeza y se la folló la garganta al mismo ritmo. Los dos hombres la usaban como un juguete, sincronizados, gruñendo, insultándola dulce y sucio.

—Zorra de casada… puta de 32 años… esposa compartida… te vamos a llenar otra vez y después te vamos a llevar al dormitorio y te vamos a atar a la cama y te vamos a follar el culo turnándonos hasta que amanezca… y mañana Bruno se queda… y pasado también… y cada vez que quieras más solo tienes que abrirte de piernas y pedir… “por favor, tómalo”…

Talia se corrió otra vez, el cuerpo entero temblando, las lágrimas de placer corriéndole por las sienes. Wesley se derramó dentro con un gemido largo, llenándola. Bruno lo sustituyó al instante, empujó la leche de marido más adentro y se corrió también, mezclando otra vez las dos cargas en su coño abierto.

Cuando se salieron, el semen le salía a chorros. Wesley se lo recogió con los dedos y se lo metió otra vez, empujándolo profundo, mientras Bruno le desataba las rodillas solo para volver a atarle las muñecas a la cabecera del sofá, más apretado.

—Todavía no —susurró Wesley al oído de su mujer, mordiéndole el lóbulo—. Queda la cama. Queda la noche entera. Queda que te follamos despierta y dormida y otra vez despierta. Bruno va a vivir aquí unos días. Y tú vas a ser nuestra puta de cosecha hasta que el trigo se acabe… y después también.

Talia, la cara hecha un desastre de saliva y leche, el coño y el culo goteando sin parar, sonrió con los ojos brillantes y la voz ronca de tanto gemir:

—Entonces llevadme ya. Atadme a la cama. Folladme hasta que no pueda más y después folladme otra vez. Por favor… tómalo todo… no paréis…

Fuera, la noche caía del todo sobre los olivos. Dentro, los tres hombres y la mujer todavía sudorosos y duros de ganas se levantaron del sofá. Wesley cargó a Talia en brazos, el semen resbalándole por los muslos hasta el suelo. Bruno recogió la cuerda sobrante y la botella de aceite de oliva de la cocina. Subieron las escaleras despacio, los pasos pesados, la lujuria todavía creciendo, el aire cargado de la promesa de que el granero y la mesa solo habían sido el calentamiento.

Subieron las escaleras con Talia temblando en brazos de Wesley, el semen mezclado resbalándole por los muslos y goteando en cada peldaño. Bruno iba detrás con la cuerda de esparto y la botella de aceite de oliva, la polla ya otra vez dura rozándole el muslo con cada paso. La habitación olía a sábanas limpias y a la madera vieja de la cama de matrimonio. Wesley la tiró sobre el colchón sin delicadeza, le abrió las piernas de un manotazo y le mostró a Bruno el coño y el culo hinchados, rojos, goteando leche blanca y espesa.

—Átame ya —suplicó Talia, voz ronca de puta usada—. Quiero las cuerdas, quiero el aceite, quiero que me reventéis los dos agujeros hasta que amanezca. Soy vuestra zorra de cosecha, la esposa de treinta y dos años que se abre para el jornalero y el marido. Por favor, tómalo todo.

Bruno le ató las muñecas a la cabecera con nudos apretados que le mordían la piel. Wesley le subió las rodillas hasta el pecho, le separó los tobillos y los amarró a los postes del pie de la cama, dejándola completamente abierta, el culo al aire, el coño expuesto y palpitante. El esparto crujía. Talia tiró y sintió la impotencia dulce subirle por la espalda hasta el clítoris. Wesley destapó el aceite, se lo echó a chorros entre las nalgas, lo embadurnó con dos dedos gruesos dentro del culo todavía grasiento de corridas anteriores y se lo untó a Bruno por la verga entera.

—Mírala —gruñó Wesley—. Treinta y dos años, casada, atada a nuestra cama y pidiendo que le destroce el culo el jornalero. Métela, Bruno. Duro. Sin avisar.

Bruno se arrodilló entre sus muslos abiertos, alineó la polla gruesa y aceitada y se hundió de un solo empujón hasta los huevos. Talia gritó, el culo estirándose alrededor de aquella verga que la abría otra vez, centímetro a centímetro de carne caliente empujando semen viejo más adentro. Wesley se subió a la cama, le agarró el pelo y le metió la polla en la boca hasta la base, follándole la garganta al mismo ritmo que Bruno le destrozaba el agujero.

—Chúpame entero, putita… trágame los huevos mientras te abre el culo… joder, se te ve el agujero tragarla entera… eres la zorra perfecta…

Talia babeaba, los ojos llorosos, la lengua trabajando la cara inferior de la verga de su marido mientras el culo le hacía ruidos obscenos, chupando y expulsando aceite y leche. Bruno le dio nalgadas secas que le dejaban la carne ardiendo, aceleró, caderas golpeando, y se corrió con un rugido dentro de su culo, bombeando chorros calientes que le desbordaron por los bordes. Se la sacó, se la pasó a Wesley sin limpiarla y le gruñó:

—Tu turno, patrón. Empújala más adentro. Quiero ver cómo se te pone la polla blanca de mi leche.

Wesley se hundió de un golpe. El culo de Talia lo chupó con un sonido húmedo y sucio. Bruno se colocó a horcajadas sobre su pecho, le frotó la verga semidura por la cara embarrada de saliva y semen y se la metió otra vez en la boca. Los dos la follaban sincronizados: Wesley sacando del culo mientras Bruno entraba en la garganta, luego al revés, usándola como un agujero doble de carne caliente. Talia se corrió gritando alrededor de la polla, el cuerpo entero convulsionando contra las cuerdas, el coño chorreando jugos sobre la sábana ya manchada.

—Más… no paréis… folladme el culo turnándoos… lléname otra vez… quiero sentir cómo me empujáis la leche el uno al otro… soy la puta atada del patrón y del jornalero… por favor, tómalo…

Bruno se la sacó de la boca, bajó entre sus piernas, le abrió los labios del coño con los pulgares y se la metió entera de un embiste. Ahora tenía a Wesley en el culo y a Bruno en el coño, las dos vergas juntas, solo la pared fina de carne separándolas. Talia aulló, el placer blanco y cegador. Sentía cada vena, cada latido, el peso brutal de los dos hombres follándola a la vez, embistiendo, gruñendo, nalgadas, tirones de pelo. El aceite y el semen hacían que todo resbalara, que los ruidos fueran más obscenos, más carnosos.

—Se nos aprieta las dos… la zorra de treinta y dos años convertida en agujero doble… escúchala gemir… —roncó Bruno, acelerando—. Voy a correrme otra vez dentro de este coño de casada y tú le vas a empujar mi leche con la tuya, patrón.

Wesley le metió los dedos en la boca para que los chupara, le tiró de las tetas, le retorció los pezones morados de chupetones y le folló el culo con embestidas largas y pesadas. Talia se corrió otra vez, violenta, el coño y el culo cerrándose en espasmos alrededor de las dos pollas, exprimiéndolas. Bruno se derramó primero, rugiendo, llenándole el coño a chorros hasta que le desbordó por los labios hinchados. Wesley no paró: empujó la leche del jornalero más adentro con cada embestida del culo y se corrió también, gruñendo el nombre de ella, inundándole el agujero con su propia carga espesa.

Se salieron despacio. El semen de los dos le salió a borbotones, blanco, caliente, bajando por el períneo hasta el colchón. Wesley se arrodilló y se lo lamió todo, chupando, tragando, metiendo la lengua en los dos agujeros abiertos mientras Bruno le desataba solo las muñecas para volver a atárselas detrás de la espalda, más apretado, y le giraba la cara hacia su polla todavía goteante.

—Límpiamela, zorra. Lame cada gota. Después te vamos a follar la cara hasta dejártela hecha una máscara y después otra vez el culo. Toda la noche. Hasta que no te quede voz. Hasta que mañana camines entre los olivos con los agujeros reventados y todos huelan que te hemos usado.

Talia lamió con hambre, la lengua sucia, recogiendo semen de la verga de Bruno, de los huevos, de la base. Wesley se la metió después, se la folló la garganta profunda mientras Bruno le embadurnaba otra vez el culo con aceite y se la volvía a clavar hasta el fondo. Turnos. Embestidas. Insultos. Talia pedía más entre jadeos, pedía que la llenaran, que la destrozaran, que la dejaran coja, que Bruno se quedara días y noches, que la ataran cada atardecer y la usaran como la puta de la cosecha.

Cuando el cielo empezó a clarear por la ventana, aún la tenían abierta. Wesley le follaba el coño, Bruno el culo, las cuerdas marcándole muñecas y tobillos, la cara hecha un desastre de leche seca y fresca, el cuerpo temblando sin parar de orgasmos. Bruno se corrió otra vez dentro del culo, Wesley empujó y se derramó en el coño, y los dos se la sacaron solo para frotarle las pollas por la boca abierta, chorreándole las últimas gotas en la lengua y en los labios.

Talia, atada, goteando por todos los agujeros, miró a los dos con ojos vidriosos y susurró ronca, la voz hecha mierda de tanto gemir:

—No habéis terminado… metédmela otra vez… folladme el culo y el coño hasta que el sol esté alto… quiero más leche… quiero que me la empujéis más adentro… soy vuestra puta de treinta y dos años, la esposa abierta, la zorra del granero y de la cama… por favor, tómalo, usadme, reventadme los agujeros otra vez y dejadme llena y chorreando para que mañana todos sepan que me habéis follado como a una perra en celo…

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