Cumbre Prohibida con la Esposa de Mi Mejor Amigo
Renata, la esposa de 28 años de su mejor amigo, se folla a Warrick de 32 en un fin de semana solos y acaban montando un affair prohibido.
La casa de campo se alzaba como un santuario privado entre las colinas verdes, con sus paredes de piedra y grandes ventanales que dejaban entrar la luz dorada del atardecer. Warrick, arquitecto de 32 años cuya firma había construido algunos de los rascacielos más imponentes de la capital, observaba el paisaje con las manos en los bolsillos mientras el coche de Ravi se perdía por el camino de grava. Su mejor amigo había recibido una llamada de emergencia a media tarde: un proveedor había fallado en un proyecto millonario en el extranjero y debía volar esa misma noche. «Quédate con Renata, hermano. No la dejes sola todo el fin de semana. Confío en ti como en nadie», le había dicho Ravi antes de abrazarlo, sin sospechar nada.
Renata tenía 28 años y era la esposa de Ravi desde hacía cinco. Una mujer de curvas peligrosas, con senos llenos y pesados que tensaban cualquier blusa, caderas anchas que invitaban a agarrarlas con fuerza y un culo redondo, firme, que se movía con un vaivén natural al caminar. Sus labios gruesos siempre parecían húmedos, y sus ojos negros guardaban un secreto que Warrick conocía demasiado bien. Durante años habían bailado al borde del abismo: miradas que se alargaban en las cenas, roces «accidental» cuando ella le pasaba el pan y sus dedos se demoraban sobre los de él, o cuando él la ayudaba a bajar una maleta y su cuerpo se apretaba contra la espalda de ella un segundo más de lo necesario. La química era brutal, casi dolorosa. La lealtad a Ravi los había frenado siempre. Hasta ahora.
El silencio de la casa era espeso, cargado. Renata apareció en la sala vestida con un fino vestido blanco de tirantes que apenas contenía sus pechos y se pegaba a sus muslos. El escote dejaba ver el valle profundo entre sus tetas, y sus pezones ya se marcaban contra la tela por el fresco de la montaña. Se mordió el labio inferior al verlo allí solo, y Warrick sintió cómo su polla despertaba al instante dentro de los vaqueros.
—Parece que somos tú y yo este fin de semana, Warrick —dijo ella con voz baja, casi ronroneante—. ¿Tienes hambre?
—Más de la que crees —respondió él, sin apartar la mirada de su boca.
Decidieron preparar la cena juntos. En la cocina de mármol negro, con la isla central iluminada por luces cálidas, cortaban verduras y removían la salsa. Cada movimiento era una tortura. Cuando Renata se inclinaba para sacar una sartén del cajón inferior, el vestido se subió y mostró la curva inferior de sus nalgas, apenas cubiertas por un tanga negro. Warrick tragó saliva, recordando todas las noches que se había corrido imaginando exactamente esa imagen.
Empezaron con bromas inocentes que pronto se volvieron cargadas. —Ravi siempre dice que cocinas mejor que él —comentó Warrick mientras lavaba una lechuga—. Pero apuesto a que hay cosas en las que superas a cualquiera.
Renata soltó una risa grave y se acercó a él para tomar el aceite. Su pecho rozó el brazo de Warrick deliberadamente.
—¿Cosas como qué? —preguntó, mirándolo de reojo.
—Como… satisfacer de verdad a un hombre.
El aire se volvió denso. Ella dejó el cuchillo y se giró completamente hacia él, apoyando las caderas contra la encimera. Sus pechos subían y bajaban con la respiración agitada.
—Warrick… llevo años fantaseando contigo. Cada vez que Ravi me folla rápido y se corre en dos minutos, cierro los ojos y pienso en ti. En tu polla. En cómo me tomarías sin piedad. Estoy cansada de fingir orgasmos. Quiero sentirme deseada de verdad.
Las palabras fueron como gasolina en fuego. Warrick dio dos pasos y la acorraló contra la encimera, sus cuerpos pegados. Sintió los pezones duros de ella clavándose en su pecho. Una mano grande subió por el muslo de Renata hasta apretar su culo con posesión.
—Joder, Renata… yo también te deseo desde hace tanto que duele —gruñó antes de besarla.
El beso fue salvaje, hambriento. Lenguas que se enredaban con urgencia, dientes que mordían labios, saliva que se mezclaba. Ella gimió dentro de su boca y le clavó las uñas en la nuca, tirando de él. Warrick metió la mano bajo el vestido y encontró el tanga empapado. Lo apartó con dos dedos y rozó su coño hinchado, resbaladizo.
—Quiero que me folles como Ravi nunca ha podido —le susurró ella al oído, mordiéndole el lóbulo—. Quiero ser tu puta este fin de semana. Sin límites. Sin culpa. Fóllame, Warrick. Ahora.
Ya no había vuelta atrás. La lujuria era mutua, cruda y consentida. La levantó en brazos y la llevó al salón. El fuego crepitaba en la chimenea, proyectando sombras anaranjadas sobre el enorme sofá de cuero. Renata se arrodilló apenas la soltó, con los ojos brillantes de pura lascivia. Le bajó la cremallera con dedos ansiosos y sacó su polla gruesa, venosa, que ya goteaba precum.
—Qué polla tan rica… —murmuró con voz de zorra antes de abrir la boca y tragársela.
Lo chupó con devoción golosa, sin delicadeza. Bajó hasta que la cabeza gruesa le tocó la garganta y siguió empujando, tragándosela entera mientras sus ojos llorosos lo miraban como la puta casada que era. Los sonidos eran obscenos: arcadas húmedas, saliva que caía en hilos gruesos sobre sus tetas, gemidos vibrando alrededor de la carne. Warrick la agarró del cabello y folló su boca con embestidas cortas, disfrutando cómo se le hinchaban las mejillas y cómo ella babeaba sin control.
—Así, Renata. Chúpame la polla como la puta hambrienta que eres. Tu marido nunca te ha visto así, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza sin sacársela de la boca, gimiendo más fuerte.
La puso a cuatro patas sobre el sofá, le subió el vestido hasta la cintura y le arrancó el tanga de un tirón. Su coño brillaba, hinchado y abierto. Warrick escupió sobre su polla y la metió de un solo golpe hasta el fondo. Renata gritó de placer, arqueando la espalda.
—¡Sí! ¡Así! ¡Más fuerte!
La folló con brutalidad, sacando y metiendo toda su longitud mientras sus huevos golpeaban contra el clítoris de ella. Luego, sin avisar, sacó la polla empapada y la presionó contra su culo. Renata empujó hacia atrás, ansiosa.
—Fóllame el culo también… quiero sentirte en todas partes.
Entró despacio al principio, pero pronto la embestía con fuerza, alternando entre el coño empapado y el ano apretado que lo estrujaba como un puño caliente. Le daba nalgadas fuertes, dejando la piel roja y caliente. Cada palmada la hacía gritar más alto.
—¡Dilo! —ordenó él, tirándole del cabello.
—¡Soy tu zorra casada! ¡La zorra de Warrick! ¡Mi marido no me folla como tú! ¡Soy tuya, joder, tuya!
La volteó para misionero, le puso las piernas sobre sus hombros y la penetró tan profundo que ella temblaba. Sus tetas rebotaban con cada embestida salvaje. El sudor les corría por la piel. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación junto con sus gemidos y el crepitar del fuego. Warrick sentía cómo el orgasmo de ella se construía, cómo su coño palpitaba y su ano se contraía cuando cambiaba de agujero.
Cuando ya no pudieron más, llegaron juntos. Él se clavó hasta el fondo en su coño y se corrió con gruñidos animales, disparando chorros espesos y calientes que la llenaron por completo. Renata se corrió al mismo tiempo, gritando, temblando, ordeñando cada gota de semen con contracciones violentas. El orgasmo fue tan brutal que ella lloró de placer, las uñas clavadas en la espalda de él.
Warrick se quedó enterrado dentro de ella, jadeando, sudorosos los dos, con el semen empezando a escaparse alrededor de su polla todavía dura. La miró a los ojos, aún nublados de lujuria.
—Esto no termina aquí —susurró contra su boca—. Cada vez que Ravi tenga que viajar, nos veremos. En hoteles, aquí, donde sea. Te voy a follar en cada oportunidad. Eres mía ahora.
Renata sonrió con labios hinchados y le lamió la boca despacio, sucio, metiendo la lengua con pereza mientras su coño todavía palpitaba alrededor de él.
—Quiero que me marques más veces. Quiero ser tu secreto. Este affair recién empieza, Warrick… y ya no puedo parar.
Se besaron de nuevo, largo, obsceno, saboreando el pecado en la boca del otro. Fuera, la noche caía sobre las montañas, y los dos sabían que el riesgo de ser descubiertos solo hacía que la sangre les hirviera más fuerte. El fin de semana apenas comenzaba, y ya habían cruzado una línea que ninguno de los dos pensaba volver a cruzar jamás.
La casa de campo se alzaba como un santuario privado entre las colinas verdes, con sus paredes de piedra y grandes ventanales que dejaban entrar la luz dorada del atardecer. Warrick, arquitecto de 32 años cuya firma había construido algunos de los rascacielos más imponentes de la capital, observaba el paisaje con las manos en los bolsillos mientras el coche de Ravi se perdía por el camino de grava. Su mejor amigo había recibido una llamada de emergencia a media tarde: un proveedor había fallado en un proyecto millonario en el extranjero y debía volar esa misma noche. «Quédate con Renata, hermano. No la dejes sola todo el fin de semana. Confío en ti como en nadie», le había dicho Ravi antes de abrazarlo, sin sospechar nada.
Renata tenía 28 años y era la esposa de Ravi desde hacía cinco. Una mujer de curvas peligrosas, con senos llenos y pesados que tensaban cualquier blusa, caderas anchas que invitaban a agarrarlas con fuerza y un culo redondo, firme, que se movía con un vaivén natural al caminar. Sus labios gruesos siempre parecían húmedos, y sus ojos negros guardaban un secreto que Warrick conocía demasiado bien. Durante años habían bailado al borde del abismo: miradas que se alargaban en las cenas, roces «accidental» cuando ella le pasaba el pan y sus dedos se demoraban sobre los de él, o cuando él la ayudaba a bajar una maleta y su cuerpo se apretaba contra la espalda de ella un segundo más de lo necesario. La química era brutal, casi dolorosa. La lealtad a Ravi los había frenado siempre. Hasta ahora.
El silencio de la casa era espeso, cargado. Renata apareció en la sala vestida con un fino vestido blanco de tirantes que apenas contenía sus pechos y se pegaba a sus muslos. El escote dejaba ver el valle profundo entre sus tetas, y sus pezones ya se marcaban contra la tela por el fresco de la montaña. Se mordió el labio inferior al verlo allí solo, y Warrick sintió cómo su polla despertaba al instante dentro de los vaqueros.
—Parece que somos tú y yo este fin de semana, Warrick —dijo ella con voz baja, casi ronroneante—. ¿Tienes hambre?
—Más de la que crees —respondió él, sin apartar la mirada de su boca.
Decidieron preparar la cena juntos. En la cocina de mármol negro, con la isla central iluminada por luces cálidas, cortaban verduras y removían la salsa. Cada movimiento era una tortura. Cuando Renata se inclinaba para sacar una sartén del cajón inferior, el vestido se subió y mostró la curva inferior de sus nalgas, apenas cubiertas por un tanga negro. Warrick tragó saliva, recordando todas las noches que se había corrido imaginando exactamente esa imagen.
Empezaron con bromas inocentes que pronto se volvieron cargadas. —Ravi siempre dice que cocinas mejor que él —comentó Warrick mientras lavaba una lechuga—. Pero apuesto a que hay cosas en las que superas a cualquiera.
Renata soltó una risa grave y se acercó a él para tomar el aceite. Su pecho rozó el brazo de Warrick deliberadamente.
—¿Cosas como qué? —preguntó, mirándolo de reojo.
—Como… satisfacer de verdad a un hombre.
El aire se volvió denso. Ella dejó el cuchillo y se giró completamente hacia él, apoyando las caderas contra la encimera. Sus pechos subían y bajaban con la respiración agitada.
—Warrick… llevo años fantaseando contigo. Cada vez que Ravi me folla rápido y se corre en dos minutos, cierro los ojos y pienso en ti. En tu polla. En cómo me tomarías sin piedad. Estoy cansada de fingir orgasmos. Quiero sentirme deseada de verdad.
Las palabras fueron como gasolina en fuego. Warrick dio dos pasos y la acorraló contra la encimera, sus cuerpos pegados. Sintió los pezones duros de ella clavándose en su pecho. Una mano grande subió por el muslo de Renata hasta apretar su culo con posesión.
—Joder, Renata… yo también te deseo desde hace tanto que duele —gruñó antes de besarla.
El beso fue salvaje, hambriento. Lenguas que se enredaban con urgencia, dientes que mordían labios, saliva que se mezclaba. Ella gimió dentro de su boca y le clavó las uñas en la nuca, tirando de él. Warrick metió la mano bajo el vestido y encontró el tanga empapado. Lo apartó con dos dedos y rozó su coño hinchado, resbaladizo.
—Quiero que me folles como Ravi nunca ha podido —le susurró ella al oído, mordiéndole el lóbulo—. Quiero ser tu puta este fin de semana. Sin límites. Sin culpa. Fóllame, Warrick. Ahora.
Ya no había vuelta atrás. La lujuria era mutua, cruda y consentida. La levantó en brazos y la llevó al salón. El fuego crepitaba en la chimenea, proyectando sombras anaranjadas sobre el enorme sofá de cuero. Renata se arrodilló apenas la soltó, con los ojos brillantes de pura lascivia. Le bajó la cremallera con dedos ansiosos y sacó su polla gruesa, venosa, que ya goteaba precum.
—Qué polla tan rica… —murmuró con voz de zorra antes de abrir la boca y tragársela.
Lo chupó con devoción golosa, sin delicadeza. Bajó hasta que la cabeza gruesa le tocó la garganta y siguió empujando, tragándosela entera mientras sus ojos llorosos lo miraban como la puta casada que era. Los sonidos eran obscenos: arcadas húmedas, saliva que caía en hilos gruesos sobre sus tetas, gemidos vibrando alrededor de la carne. Warrick la agarró del cabello y folló su boca con embestidas cortas, disfrutando cómo se le hinchaban las mejillas y cómo ella babeaba sin control.
—Así, Renata. Chúpame la polla como la puta hambrienta que eres. Tu marido nunca te ha visto así, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza sin sacársela de la boca, gimiendo más fuerte.
La puso a cuatro patas sobre el sofá, le subió el vestido hasta la cintura y le arrancó el tanga de un tirón. Su coño brillaba, hinchado y abierto. Warrick escupió sobre su polla y la metió de un solo golpe hasta el fondo. Renata gritó de placer, arqueando la espalda.
—¡Sí! ¡Así! ¡Más fuerte!
La folló con brutalidad, sacando y metiendo toda su longitud mientras sus huevos golpeaban contra el clítoris de ella. Luego, sin avisar, sacó la polla empapada y la presionó contra su culo. Renata empujó hacia atrás, ansiosa.
—Fóllame el culo también… quiero sentirte en todas partes.
Entró despacio al principio, pero pronto la embestía con fuerza, alternando entre el coño empapado y el ano apretado que lo estrujaba como un puño caliente. Le daba nalgadas fuertes, dejando la piel roja y caliente. Cada palmada la hacía gritar más alto.
—¡Dilo! —ordenó él, tirándole del cabello.
—¡Soy tu zorra casada! ¡La zorra de Warrick! ¡Mi marido no me folla como tú! ¡Soy tuya, joder, tuya!
La volteó para misionero, le puso las piernas sobre sus hombros y la penetró tan profundo que ella temblaba. Sus tetas rebotaban con cada embestida salvaje. El sudor les corría por la piel. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación junto con sus gemidos y el crepitar del fuego. Warrick sentía cómo el orgasmo de ella se construía, cómo su coño palpitaba y su ano se contraía cuando cambiaba de agujero.
Cuando ya no pudieron más, llegaron juntos. Él se clavó hasta el fondo en su coño y se corrió con gruñidos animales, disparando chorros espesos y calientes que la llenaron por completo. Renata se corrió al mismo tiempo, gritando, temblando, ordeñando cada gota de semen con contracciones violentas. El orgasmo fue tan brutal que ella lloró de placer, las uñas clavadas en la espalda de él.
Warrick se quedó enterrado dentro de ella, jadeando, sudorosos los dos, con el semen empezando a escaparse alrededor de su polla todavía dura. La miró a los ojos, aún nublados de lujuria.
—Esto no termina aquí —susurró contra su boca—. Cada vez que Ravi tenga que viajar, nos veremos. En hoteles, aquí, donde sea. Te voy a follar en cada oportunidad. Eres mía ahora.
Renata sonrió con labios hinchados y le lamió la boca despacio, sucio, metiendo la lengua con pereza mientras su coño todavía palpitaba alrededor de él.
—Quiero que me marques más veces. Quiero ser tu secreto. Este affair recién empieza, Warrick… y ya no puedo parar.
Se besaron de nuevo, largo, obsceno, saboreando el pecado en la boca del otro. Fuera, la noche caía sobre las montañas, y los dos sabían que el riesgo de ser descubiertos solo hacía que la sangre les hirviera más fuerte. El fin de semana apenas comenzaba, y ya habían cruzado una línea que ninguno de los dos pensaba volver a cruzar jamás.
Warrick no esperó a que sus respiraciones se calmaran del todo. La levantó del sofá con esos brazos fuertes de quien carga planos y vigas en obras, y la cargó escaleras arriba sin dejar de besarla. Sus bocas se devoraban con la misma urgencia sucia, lenguas enredadas, dientes mordiendo labios hinchados. El semen que él acababa de dispararle se escurría por los muslos de Renata, dejando un rastro caliente y pegajoso en la piel de ambos mientras subían. Al entrar al dormitorio principal, el mismo que ella compartía con Ravi en cada escapada, la tiró sobre la cama king size con un gesto posesivo. Las sábanas blancas contrastaban con el cuerpo moreno y curvilíneo de la joven de 28 años, que abrió las piernas de inmediato, exhibiendo su coño rojo e hinchado, todavía chorreando la corrida espesa de su amante.
—Mírame —gruñó Warrick, el arquitecto de 32 años que había construido torres imponentes pero ahora solo quería derrumbar los límites de esa mujer—. Ese coño ya no es de Ravi. Es mío. Y voy a follármelo hasta que no puedas caminar derecho cuando él vuelva.
Renata, con los pezones erectos y las tetas pesadas subiendo y bajando agitadas, se mordió el labio y metió dos dedos en su propia raja, sacándolos cubiertos de semen para llevárselos a la boca.
—Entonces ven y reclama lo que es tuyo. Fóllame más fuerte de lo que él jamás podría. Quiero que me dejes marcada, adolorida, llena de ti durante días.
Él se lanzó como un animal. Su boca atacó primero aquellos senos grandes y suaves, chupando un pezón con fuerza mientras amasaba el otro, pellizcándolo hasta hacerla gemir alto. Bajó por el vientre tembloroso, besando y mordiendo la carne suave, hasta enterrar la cara entre sus muslos. Su lengua ancha lamió desde el ano todavía abierto por la follada anterior hasta el clítoris hinchado, saboreando la mezcla salada y cremosa de sus fluidos. Metió la lengua dentro del coño, follándola con ella mientras dos dedos gruesos presionaban el punto rugoso en la pared frontal. Renata arqueó la espalda con violencia, clavando las uñas en las sábanas, sus caderas moviéndose solas contra la cara de él.
—Joder, Warrick… tu lengua es mil veces mejor que la de mi marido. Me estás haciendo perder la cabeza —jadeaba ella, la voz rota por el placer.
El orgasmo la golpeó rápido y brutal. Un chorro caliente de squirt le salpicó la barbilla a Warrick, que no se detuvo, succionando el clítoris con más fuerza mientras ella temblaba y gritaba, las piernas cerrándose alrededor de su cabeza. Cuando el espasmo pasó, él se incorporó, la polla otra vez completamente dura, venosa y brillante de precum. La puso de rodillas en la cama, cara contra el colchón, culo en pompa, y la penetró de un golpe seco en el coño. El sonido húmedo y obsceno llenó la habitación. Sus huevos pesados golpeaban el clítoris de ella con cada embestida salvaje, haciendo que sus tetas se aplastaran contra las sábanas.
—Así, zorra. Siente cómo te parto en dos. Ravi te da polla de aficionado. Yo te doy lo que mereces —gruñía él, una mano en su cadera ancha, la otra tirando del cabello negro para arquearla más.
Renata respondía empujando hacia atrás, encontrando cada embestida, su ano todavía abierto del round anterior contrayéndose visiblemente. Warrick escupió allí y cambió de agujero sin avisar, metiendo toda su longitud en el culo de un empujón firme. Ella gritó de placer puro, el dolor transformado en fuego líquido que la hacía correrse de nuevo casi al instante. Alternaba entre coño y culo con ritmo brutal, sacando la polla chorreante de uno para clavarla en el otro, manteniéndola al borde constante.
—Dime que eres mi puta casada. Dime que traicionas a tu marido cada vez que te corro dentro —ordenó, dándole nalgadas que resonaban fuerte.
—Soy tu puta, Warrick. La esposa infiel que se abre para ti. Ravi nunca me ha follado el culo, nunca me ha hecho correr así. ¡Soy tuya, solo tuya! —gritaba ella, la voz quebrada, el rostro enrojecido de lujuria.
Cambió de posición varias veces más esa noche: la montó en cowgirl inversa, obligándola a rebotar mientras él veía cómo su polla desaparecía en el ano apretado; la puso de lado, una pierna levantada sobre su hombro para penetrarla tan profundo que Renata sentía que le llegaba al estómago. Cada cambio era más intenso, más sucio. El sudor les corría por la espalda, los fluidos mojaban las sábanas, el olor a sexo llenaba el aire como un perfume prohibido.
Al amanecer del sábado, después de dormir apenas dos horas abrazados, la lujuria regresó con más fuerza. En la ducha de mármol, el agua caliente cayendo sobre sus cuerpos, Warrick la levantó contra la pared, los pies de ella rodeando su cintura. La polla entró en el coño resbaladizo con facilidad, follándola con embestidas ascendentes que la hacían rebotar. Renata le mordía el cuello, sus tetas aplastadas contra el pecho musculoso de él.
—Más duro… quiero que me rompas —suplicaba, y él obedecía, golpeando tan fuerte que el sonido de carne mojada se mezclaba con el del agua.
Bajaron a la cocina todavía desnudos. Mientras intentaban preparar el desayuno, Renata se arrodilló bajo la mesa y le hizo una mamada lenta y profunda, tragando la polla hasta las bolas, babeando sobre sus huevos, mirándolo con ojos de zorra mientras él intentaba beber café. No aguantó mucho; la levantó, la dobló sobre la isla de mármol y la folló por detrás con furia renovada, alternando agujeros otra vez, llenándola de otra corrida espesa que goteó sobre el piso cuando se retiró.
Por la tarde, salieron al balcón con vista a las colinas verdes. El aire fresco les erizaba la piel, pero el riesgo de ser vistos desde lejos solo los excitaba más. Warrick la inclinó sobre la barandilla de madera, le levantó una pierna y la penetró de pie, su polla entrando y saliendo del coño con golpes profundos. Le tapaba la boca para ahogar los gemidos mientras le susurraba al oído lo puta que era, lo mucho que disfrutaba traicionar a su mejor amigo. Renata se corrió dos veces allí, las piernas temblando, antes de que él se vaciara de nuevo en su interior.
El domingo por la mañana, sabiendo que Ravi regresaría en pocas horas, tuvieron la sesión más intensa. Warrick la ató las muñecas con su propio cinturón a los postes de la cama, con su consentimiento explícito y ansioso. Usó la lengua, los dedos y la polla para llevarla al límite una y otra vez, negándole el orgasmo hasta que ella rogaba entre lágrimas de placer. Cuando por fin la desató y la montó en misionero profundo, mirándola a los ojos, sus cuerpos completamente sincronizados, el clímax fue devastador. Renata se corrió gritando su nombre, su coño contrayéndose violentamente alrededor de la polla gruesa. Warrick empujó hasta el fondo y se corrió con un rugido animal, inundándola de chorros calientes y abundantes que llenaron su útero por completo.
Colapsaron exhaustos, sudorosos, entrelazados. Warrick la besó con ternura en los labios hinchados y murmuró:
—Esto es solo el comienzo de nuestro secreto. Te follaré cada vez que pueda. Eres mía ahora, Renata.
Ella sonrió, acurrucándose contra su pecho amplio, fingiendo la misma dulzura. Pero mientras él cerraba los ojos satisfecho, ajeno a todo, Renata deslizó una mano sobre su vientre plano y guardó el secreto que él jamás sospecharía. Había suspendido las pastillas anticonceptivas hacía más de un mes, calculando con precisión que este fin de semana coincidiría con sus días más fértiles. Cada corrida que Warrick había disparado dentro de ella, en coño y con el riesgo de que llegara al útero, podía haberla preñado ya. Quería llevar un hijo suyo, no de Ravi, cuya infertilidad ella conocía desde hacía tiempo pero nunca había revelado. Este affair prohibido acababa de plantar una semilla que solo ella sabía que podía estar creciendo. El riesgo la hacía palpitar de nuevo, incluso exhausta. Mientras Warrick dormitaba, Renata besó su hombro con una sonrisa oculta, sabiendo que su traición acababa de volverse mucho más profunda y permanente. El coche de Ravi se oiría pronto en la grava, pero el secreto entre sus piernas ya estaba plantado.
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