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Una Última Cerveza con la Madrastra que se Va Mañana

Su madrastra de 42 años le confiesa su deseo prohibido y se follan salvajemente en el sofá antes de que se vaya para siempre.

24 min read October 01, 2026New

La casa olía a cartón y a despedida. Javier se dejó caer en el sofá de siempre, ese de cuero gastado que había absorbido mil tardes de partidos y silencias raras, y escuchó el roce de los pasos de Laura en la cocina. Veinticuatro años y aún vivía bajo el techo de su padre; ella, cuarenta y dos, voluptuosa y ya con la maleta lista junto a la puerta, se iba al amanecer. Divorcio firmado, pasaje comprado, continente de por medio. Esta era la última noche en que podrían compartir el mismo aire sin testigos.

Ella apareció con dos botellas de cerveza bien frías, el cristal sudando entre sus dedos. Llevaba una camiseta holgada de tirantes que no lograba disimular del todo la generosidad de sus pechos y unos shorts cortos que dejaban ver el trazo firme de sus muslos. El divorcio le había quitado el anillo, pero no la manera en que se movía por la casa como si aún le perteneciera cada rincón… y a él, de algún modo, también.

—Toma —dijo, extendiéndole una botella—. Una última. Mañana a esta hora estaré en el aeropuerto y tú aquí, con tu padre, fingiendo que nada de esto importó.

Javier tomó la cerveza. Sus dedos rozaron los de ella un segundo de más. El contacto fue mínimo, ridículo, y aun así le recorrió el brazo como una corriente. Llevaban años acumulando miradas así: en la mesa del desayuno cuando el padre salía temprano, en el pasillo cuando ella salía de la ducha con el pelo mojado pegado a la nuca, en el jardín cuando se inclinaba a recoger algo y él no sabía dónde clavar los ojos sin delatarse. Nunca habían hablado de aquello. Nunca habían cruzado la línea. Y mañana la línea se convertiría en un océano.

Se sentó a su lado en el sofá, no demasiado cerca, no demasiado lejos. La distancia exacta del deseo reprimido. Él bebió un trago largo; el amargor le bajó por la garganta y no le calmó nada. Laura giró el cuerpo hacia él, apoyó un brazo en el respaldo y lo miró de verdad, sin el filtro doméstico de siempre.

—¿Sabes qué es lo peor de irse? —preguntó en voz baja—. No es dejar la casa. Es dejar de verte cada mañana con esa cara de quien se traga algo desde los dieciocho y no se atreve a escupirlo.

Javier sintió que el pecho se le apretaba. Tenía las manos sudorosas alrededor de la botella.

—Laura…

—No me llames así ahora —susurró ella, y una sonrisa torcida le curvó la boca—. O sí. Como quieras. Mañana seré solo un recuerdo incómodo en la bandeja de entrada de tu padre. Hoy todavía soy la mujer que ha cocinado para ti, que te ha visto crecer y que, joder, Javier, te ha deseado en silencio más veces de las que debería admitir.

El silencio que siguió fue denso, casi físico. Él la miró: la línea del cuello, la suave depresión entre las clavículas, el escote que se abría cuando se inclinaba un poco hacia adelante. Su madrastra. La esposa de su padre. La mujer prohibida de la casa. Y mañana se iba para siempre.

—Durante años —continuó ella, y su voz tenía un temblor contenido— he fingido que no notaba cómo me mirabas cuando creías que yo no veía. Cómo se te quedaba la respiración cuando pasaba cerca con poca ropa. Cómo te tensabas en la cena si yo rozaba tu pierna por accidente al sentarme. No eras un niño, Javier. Nunca lo fuiste para mí en ese sentido. Tenías ya dieciocho cuando empecé a notar que tú… que yo…

Se interrumpió, bebió un sorbo y dejó la botella en la mesita. El hielo del vaso de antes se había derretido; el calor de la sala, o el de ellos, lo iba consumiendo todo.

Javier apoyó los codos en las rodillas, la botella entre las manos, y habló sin mirarla primero, como si las palabras pesaran demasiado.

—Yo también lo notaba. Cada vez que salías de la ducha y el pasillo olía a tu jabón. Cada vez que te reías con esa risa grave y se te movía el pecho. Pensaba en ti de madrugada, en mi habitación, con la puerta cerrada, odiándome un poco y no pudiendo parar. Sabía que eras suya. Que estabas casada con mi padre. Que si alguien descubría lo que se me pasaba por la cabeza nos destrozaba a los tres. Y aun así…

Levantó la vista. Los ojos de Laura estaban oscuros, dilatados, fijos en su boca.

—Aun así no paraba —terminó él.

Ella se acercó un centímetro. Luego otro. El sofá crujió bajo el desplazamiento. Su rodilla rozó la de Javier; el contacto de piel contra tela fue suficiente para que a él se le endureciera el muslo y le subiera una oleada de calor a la ingle.

—Mañana me voy —repitió Laura, casi contra su oído—. No habrá otra cerveza. No habrá otro sofá. No habrá otra noche en la que tu padre esté fuera resolviendo papeles y nosotros dos aquí, solos, con años de miradas pudriéndose entre nosotros. Si no dices nada, me levanto, recojo mi maleta y fingimos que esto fue solo nostalgia barata. Si dices algo…

No terminó la frase. No hizo falta. La tensión se había vuelto una cosa viva entre ellos: el olor de la cerveza fría, el perfume ligero de ella mezclado con el calor de su piel, el sonido de la respiración de ambos sincronizándose sin querer.

Javier dejó la botella. Su mano quedó libre, temblando apenas, y se posó en el cojín a milímetros del muslo de Laura. No la tocó aún. El aire entre sus dedos y la carne de ella parecía eléctrico.

—No quiero que te vayas sin… —tragó saliva—. Sin saber que yo también. Que desde hace años. Que cada vez que te llamaba “madrastra” en voz alta era para recordarme a mí mismo que no podía tocarte. Y cada vez que lo pensaba en silencio era porque quería follarte contra la pared de la cocina mientras él no estaba.

Laura soltó un sonido bajo, casi un gemido contenido. Cerró los ojos un segundo y cuando los abrió había algo crudo, hambriento, en su expresión.

—Dilo otra vez —pidió—. Sin rodeos. Aquí. Ahora. Que nadie nos oye y mañana yo no existo en esta casa.

Él se giró del todo hacia ella. La distancia se había reducido a un palmo. Podía ver el pulso en su cuello, la humedad en el labio inferior donde se había mordido sin darse cuenta.

—Te deseo, Laura. Te he deseado mientras eras la mujer de mi padre. Te he imaginado de rodillas, de espaldas, montándome en este mismo sofá, gritando mi nombre para que las paredes se enteren de lo que no debíamos. Y ahora que te vas… joder, ahora que te vas siento que si no te toco esta noche me voy a pasar el resto de la vida arrepintiéndome.

Ella levantó la mano y le tocó la mandíbula con la yema de los dedos, un gesto lento, exploratorio, como quien comprueba que el fuego quema de verdad. El contacto fue suave y, aun así, Javier sintió que se le erizaba la nuca entera.

—Entonces tócalo —susurró ella—. O no. Tú decides. Pero no me mires así y luego te eches atrás. Yo ya crucé mi línea al confesarte esto. El resto… el resto es cosa de los dos.

Su mano bajó desde la mandíbula hasta el pecho de él, abierta, sintiendo el latido acelerado bajo la camiseta. No lo empujó. No lo obligó. Solo esperó, con los labios entreabiertos y la respiración entrecortada, a que él diera el siguiente paso o se levantara y se fuera a su cuarto a masturbarse con la culpa de siempre.

Javier miró esa mano, luego la boca de ella, luego el escote que se profundizaba con cada inhalación. Años de convivencia comprimidos en un sofá, en una cerveza a medio beber, en el tic-tac lejano del reloj de la cocina recordándoles que el amanecer llegaría igual de cruel.

Apoyó su propia mano sobre la de Laura, presionándola contra su pecho, y se inclinó hasta que sus frentes casi se tocaron. El aliento de ella olía a lúpulo y a algo dulce, peligroso.

—Si te beso —dijo contra su boca—, no voy a parar en un beso. Lo sabes.

—Lo sé —respondió Laura, y su voz era un hilo grueso de deseo—. Y yo tampoco. Mañana me voy. Hoy… hoy todavía puedo ser tuya de la forma en que nunca debí serlo.

El sofá pareció encogerse alrededor de ellos. Afuera, la noche seguía indiferente. Adentro, la última cerveza sudaba olvidada sobre la mesa mientras dos adultos, plenamente conscientes de la transgresión, se quedaban suspendidos en el borde exacto de lo prohibido, respirando el mismo aire denso, esperando el instante en que alguno de los dos decidiera romperlo del todo.

El aliento de Laura se mezclaba con el suyo en ese palmo que aún los separaba. Javier no se movió de inmediato. Dejó que el peso de lo que acababan de confesarse se asentase entre ellos como una segunda piel. Ella lo miraba sin parpadear, la mano todavía presa bajo la suya sobre el pecho, el pulso acelerado transmitiéndose de un cuerpo al otro.

—Siempre he fantaseado contigo —susurró Laura, tan bajo que la voz apenas rozó el aire—. Desde antes de lo que debería. Te veía llegar del trabajo con la camiseta pegada al pecho, sudado, y me imaginaba metiéndote la mano por dentro del pantalón en la cocina, de rodillas, chupándote la polla mientras tu padre tardaba en volver. Me tocaba en la ducha pensando en tu boca entre mis piernas. Me corrí más de una vez con los dedos mojados y tu nombre atragantado para que nadie me oyera. Y ahora… ahora es la única oportunidad que voy a tener. Mañana me subo a ese avión y desaparezco. Si no es esta noche, no es nunca.

Cada palabra le cayó a Javier en la ingle como un golpe caliente. La polla se le endureció de golpe dentro de los vaqueros, pesada, palpitante, reclamando espacio. Sintió el calor subirle por el pecho hasta la garganta. Ya no había vuelta atrás; la confesión de ella había abierto la puerta de par en par y él solo podía atravesarla.

Se acercó despacio. Primero el muslo. Rozó el suyo contra el de Laura, tela contra piel desnuda de shorts, y el contacto fue eléctrico, inmediato. Ella soltó un suspiro tembloroso y abrió un poco más las piernas, invitando sin palabras. Javier deslizó la rodilla entre las de ella, presionando suavemente el interior de su muslo, sintiendo el calor que ya se escapaba de su entrepierna. Su mano libre subió por el costado de Laura, rozando la tela fina de la camiseta de tirantes, dibujando la curva de la cintura hasta detenerse justo debajo del pecho.

—Dilo otra vez —pidió él, la voz ronca—. Que me has deseado así.

—Te he deseado como una puta necesitada de la polla de su hijastro —admitió Laura sin apartar la mirada—. Te he imaginado follándome en este sofá, en la cama de tu padre, contra la nevera. Te he soñado corriéndote dentro de mí para que me fuera con tu semen goteándome por los muslos. Y ahora estás aquí, duro, y yo estoy empapada solo de oírte hablar.

Javier no esperó más. Cerró la distancia de un movimiento lento y deliberado, y sus labios se encontraron con los de ella en un beso que no fue suave ni tentativo: fue hambriento, voraz, años de contención explotando de golpe. La boca de Laura se abrió al instante, recibiendo su lengua con un gemido gutural que vibró contra los dientes de él. Sabía a cerveza fría y a algo más dulce, más oscuro. Javier la besó como quien reclama un territorio prohibido, chupándole el labio inferior, mordisqueándolo apenas, profundizando hasta que el aire les faltó y aun así no se separaron del todo.

Las manos se volvieron ansiosas. La de Laura se escapó del pecho de él y subió por su cuello, enredando los dedos en el pelo de la nuca, tirando con fuerza suficiente para acercarlo más, para que el beso se volviera casi violento de tanto deseo. Con la otra mano le agarró la mandíbula, manteniéndolo ahí mientras su lengua exploraba la de Javier con una urgencia desesperada. Él respondió igual de salvaje. Su palma se deslizó bajo el tirante de la camiseta, encontrando la carne caliente del hombro, bajando luego hasta la curva generosa del pecho. Atrapó el pezón endurecido entre el índice y el pulgar a través de la tela fina —ella no llevaba sujetador— y lo pellizcó con cuidado, sintiendo cómo Laura arqueaba la espalda y empujaba el pecho contra su mano.

—Joder… —jadeó ella contra su boca cuando se separaron un segundo para respirar—. Tócame de verdad. Quiero sentir tus manos donde nunca debieron estar.

Javier tiró del tirante hacia abajo. El pecho izquierdo de Laura quedó expuesto: redondo, pesado, el pezón oscuro y erecto. Se inclinó y lo capturó con la boca, chupando con avidez, lamiendo el contorno mientras su mano libre bajaba por el abdomen plano hasta el borde de los shorts. Laura echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá, soltando un gemido largo y ronco que llenó la sala. Sus dedos se clavaron en el pelo de Javier, manteníéndolo pegado a su pecho mientras él chupaba y mordisqueaba con una devoción hambrienta.

—Así… joder, sí —susurró ella—. Siempre quise sentir tu lengua aquí. Siempre quise que mi hijastro me mamara las tetas como si fueran suyas.

La palabra tabú le recorrió la espina dorsal a Javier como un latigazo de excitación pura. Levantó la vista solo lo suficiente para mirarla a los ojos mientras su mano se metía por fin bajo la tela de los shorts. Encontró el calor húmedo de su coño, ya empapado, los labios hinchados y resbaladizos. Deslizó un dedo entre ellos, recorriendo la hendidura sin prisa, sintiendo cómo Laura se estremecía y abría más las piernas para darle espacio. El dedo se detuvo en el clítoris hinchado y lo rodeó con presión firme y circular.

—Estás chorreando —murmuró él contra su pecho, la voz cargada de asombro y lujuria—. Empapada solo de un puto beso.

—De años de mirarte y no poder tocarte —corrigió Laura, jadeando—. Mete los dedos. Quiero sentirlos dentro.

Javier no dudó. Empujó dos dedos de una vez dentro de su coño caliente y apretado, sintiendo las paredes contraerse a su alrededor de inmediato. Laura gritó un gemido ahogado y alzó las caderas, follándose la mano de él con movimientos cortos y desesperados. Él la follaba con los dedos con ritmo profundo, curvándolos hacia arriba para buscar ese punto que la hacía temblar, mientras su pulgar seguía frotando el clítoris. Con la boca volvió al otro pecho, liberándolo también de la camiseta, chupando y mordiendo el pezón hasta dejarlo brillante de saliva.

El sofá crujía bajo ellos. Laura se agarró a los hombros de Javier, las uñas clavándose a través de la camiseta, y lo besó otra vez con la misma furia de antes: lengua, dientes, saliva compartida, gemidos tragados entre labios. Su mano libre bajó por el pecho de él, por el abdomen tenso, hasta la cremallera de los vaqueros. La abrió con torpeza urgente y metió la mano dentro, encontrando la polla gruesa y dura, ya goteando por la punta. La envolvió con los dedos y la apretó, subiendo y bajando la piel con un agarre firme que hizo que Javier gimiera dentro de su boca.

—Tan grande… —susurró Laura, la voz rota de excitación mientras lo masturbaba dentro de la ropa interior—. Siempre lo sospeché. Siempre me pregunté cómo se sentiría esta polla abriéndome. Mañana me voy, Javier. Hoy quiero que me la metas hasta el fondo y me recuerdes cada puto día que esté lejos.

Él sacó los dedos de su coño —brillantes, resbaladizos— y se los llevó a la boca, chupándolos delante de ella con deliberada lentitud. El sabor de Laura le llenó la lengua: salado, íntimo, adictivo. Sus ojos se oscurecieron aún más.

—Quiero probarte de verdad —dijo él—. Quiero tener la cara entre tus muslos y beberte hasta que te corras gritando mi nombre. Y después quiero follarte en este sofá como te imaginé mil veces: de espaldas, de lado, montándome, hasta que no puedas caminar mañana al aeropuerto sin recordar mi polla.

Laura soltó un sonido entre gemido y risa ahogada, salvaje. Se incorporó un poco, se quitó la camiseta de un tirón y la lanzó al suelo. Quedó medio desnuda, los pechos pesados balanceándose con cada respiración agitaba, los shorts todavía puestos pero empapados en la entrepierna. Se inclinó sobre Javier, lo empujó suavemente contra el respaldo y se subió a horcajadas sobre su regazo, frotando su coño cubierto de tela contra la polla dura que aún asomaba por la bragueta abierta. El roce era tortuoso, delicioso; ambos gimieron al mismo tiempo.

—Entonces bájame los shorts —ordenó ella, la voz ronca, los ojos brillantes de lujuria contenida—. Y usa esa boca como me prometiste. Quiero correrme en tu lengua antes de que me folles. Quiero que sepas exactamente a qué sabe la madrastra que se te va mañana.

Javier agarró sus caderas con ambas manos, apretando la carne blanda, y la miró desde abajo con una intensidad que casi dolía. El reloj de la cocina seguía marcando el paso del tiempo que se les escapaba. Afuera la noche era silenciosa. Adentro, sobre el cuero gastado del sofá, dos adultos que no debían tocarse se entregaban al deseo que habían guardado durante años, y la tensión solo acababa de empezar a arder de verdad. Su boca ya bajaba por el vientre de Laura, dejando un rastro húmedo de besos y mordiscos, camino de lo que ambos sabían que venía a continuación.

Javier bajó los shorts de Laura de un tirón, arrastrándolos por esos muslos firmes hasta que ella levantó las caderas para ayudarlo. El coño quedó al descubierto, rosado, hinchado, brillando de humedad. El olor denso e íntimo le golpeó las fosas nasales y le hizo la polla latir con dolor dentro de los vaqueros abiertos. Sin perder un segundo se hundió entre sus piernas, la lengua plana y ancha recorriendo los labios hinchados de arriba abajo, saboreando ese jugo espeso que ya le empapaba la barbilla.

Laura arqueó la espalda contra el respaldo del sofá y soltó un gemido largo, ronco, que retumbó en la sala vacía.

—Joder, sí… así, hijastro… chúpame ese coño que tanto te ha mirado.

Él no contestó con palabras. Separó los pliegues con los pulgares y se concentró en el clítoris, chupándolo entre los labios, lamiéndolo en círculos rápidos mientras dos dedos volvían a meterse dentro, curvándose hacia adelante. Laura se follaba la cara de él con movimientos cortos y desesperados, las uñas clavadas en su pelo, tirando hasta doler. El sabor de ella lo emborrachaba: salado, caliente, prohibido. Cada gemido de su madrastra le subía la excitación un grado más. Cuando ella se corrió, lo hizo con un grito ahogado, las piernas temblando alrededor de su cabeza, el coño contrayéndose en oleadas contra su lengua. Javier bebió todo lo que pudo, lamiendo hasta el último temblor.

Apenas se recuperó el aliento, Laura lo empujó hacia atrás contra el sofá. Con manos torpes le bajó los vaqueros y el bóxer de un jalón. La polla de Javier saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza morada y ya goteando. Ella lo miró un segundo, los ojos oscuros de hambre, y se subió a horcajadas sin más preámbulos. Agarró la base con una mano, se alineó y se dejó caer de golpe, tragándosela entera de una sola embestida. Ambos gemeron al unísono. El calor apretado de su coño lo envolvió hasta las pelotas.

—Míralo… —jadeó ella, empezando a cabalgarlo con fuerza—. La polla de mi hijastro enterrada hasta el fondo. Años esperando esto.

Laura se movía salvaje, subiendo y bajando las caderas con potencia, el culo golpeando los muslos de él en cada bajada. Los pechos pesados rebotaban frente a la cara de Javier. Él los atrapó con ambas manos, apretándolos, llevándose un pezón a la boca y chupando con avidez mientras la otra mano bajaba a las nalgas. Las apretó con fuerza, los dedos hundiéndose en la carne blanda, abriéndolas, marcándolas, ayudándola a embestir más profundo. Cada vez que ella bajaba él empujaba las caderas hacia arriba, clavándosela hasta el fondo.

—Así… joder, cabalga esa polla —gruñó él contra su pecho, la lengua lamiendo el pezón erecto—. Eres tan puta montándome, madrastra. Siempre lo supe.

Laura aceleró el ritmo, el coño chorreando alrededor de su verga, el sonido húmedo y obsceno llenando la habitación. El sofá crujía bajo ellos. Ella se inclinó hacia adelante, las manos en los hombros de Javier, el pelo cayéndole sobre la cara, y lo besó con la misma furia de antes mientras se follaba sin piedad. Él seguía apretándole las nalgas, abriéndolas, un dedo rozando el agujero apretado solo para sentirla estremecerse. Chupaba un pezón y luego el otro, mordisqueando, dejando marcas que mañana se irían con ella en el avión.

El placer le subía por la espalda a Javier en oleadas calientes. La veía encima: su madrastra de cuarenta y dos años, sudada, los pechos brillantes de saliva, follándose la polla de su hijastro de veinticuatro como si le fuera la vida. El tabú lo quemaba por dentro y lo ponía aún más duro.

De pronto él la agarró por la cintura, la levantó y la giró con facilidad. Laura soltó un jadeo sorprendido cuando quedó de rodillas sobre el sofá, el culo en alto, las rodillas abiertas sobre el cuero gastado. Javier se arrodilló detrás, le agarró las caderas y se la metió de un solo embiste profundo. El gemido de ella fue salvaje, casi un grito.

—Así… por detrás… joder, más fuerte —pidió, arqueando la espalda.

Él la folló sin piedad. Embestidas largas y profundas que hacían que el coño de Laura chapoteara alrededor de su verga. Una mano le agarró el pelo de la nuca y tiró hacia atrás, obligándola a arquearse más, a ofrecer el culo. La otra mano le apretaba una nalga, abriéndola para ver cómo su polla entraba y salía brillante de jugos.

—Mira qué puta eres —susurró contra su oído, la voz ronca, cada palabra marcada por una embestida—. Mi madrastra corriendo se con la polla de su hijastro. Te mojas solo de oírlo, ¿verdad? Años casada con mi padre y aquí estás, de cuatro en su sofá, tragándote mi verga hasta el fondo.

Laura gemía sin control, empujando el culo hacia atrás para recibirlo más profundo.

—Sí… soy tu puta… la madrastra puta que se corre con su hijastro… no pares, Javier, fóllame hasta que no pueda caminar.

Él tiraba del pelo con más fuerza, la otra mano bajando para azotar una nalga, el sonido seco resonando. La follaba con rabia contenida de años, las pelotas golpeándole el clítoris en cada embestida. Sentía cómo ella se apretaba a su alrededor, cómo temblaba, cómo el orgasmo se le venía encima otra vez.

—Córrete —ordenó él—. Córrete en la polla de tu hijastro. Quiero sentir a mi madrastra exprimirme mientras le digo lo puta que es.

Laura se vino con un grito roto, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de él, los jugos chorreándole por los muslos. Javier no paró. Siguió embistiéndola a través del orgasmo, prolongándolo, hasta que ella casi se derrumbó. Entonces la sacó de golpe, se puso de pie frente al sofá y la hizo girar. Laura, temblando, se arrodilló en el suelo entre sus piernas sin que él tuviera que pedírselo. Abrió la boca y él se la metió hasta la garganta.

—Trágatela toda —gruñó, las manos en su pelo, follándole la boca con embestidas cortas—. Quiero que te vayas mañana con el sabor de mi leche en la lengua.

Laura chupaba con hambre, la lengua girando alrededor de la cabeza, una mano apretándole las pelotas. Javier sintió el orgasmo subir como un tren. Se corrió con un gemido gutural, disparando chorros calientes y espesos directamente en su garganta. Laura no se apartó. Tragó cada gota, la garganta trabajando alrededor de su verga, chupando hasta que no quedó nada, lamiendo la punta para limpiarla. El semen le brillaba en los labios cuando por fin se separó, respirando agitada, mirándolo desde abajo con los ojos todavía nublados de lujuria.

Javier se dejó caer otra vez en el sofá, el pecho subiendo y bajando. Laura se subió a su lado, todavía desnuda, el coño hinchado y húmedo, el pelo revuelto. El reloj de la cocina seguía avanzando. Afuera la noche no había cambiado, pero adentro ya no había vuelta atrás. Ella le pasó un dedo por el pecho, dibujando círculos lentos, y susurró cerca de su oído:

—Todavía no es de mañana… y yo todavía no he terminado contigo.

La tensión seguía viva entre ellos, densa, eléctrica, prometiendo más antes de que el amanecer los separara para siempre.

Laura se inclinó sobre él todavía con el sabor de su semen en la lengua y lo besó despacio, compartiendo ese rastro salado y espeso entre sus bocas. Javier sintió cómo el cansancio le pesaba en los musculos, pero la polla, blandita solo un instante, empezó a latir de nuevo contra el muslo de ella cuando Laura le rodeó la cintura con las piernas y se frotó el coño hinchado y resbaladizo por su vientre.

—Todavía te quiero dentro —susurró ella contra sus labios, la voz ronca de tanto gemir—. Antes de que amanezca quiero que me folles otra vez. Quiero sentir cómo me abres despacio, cómo me llenas hasta que no quepa ni un pensamiento que no seas tú.

Javier la miró: los cuarenta y dos años de Laura brillaban en cada curva sudorosa, en los pechos pesados marcados por su saliva y sus dientes, en el coño rosado que goteaba todavía su propio orgasmo mezclado con los restos de él. La agarró por las caderas, la hizo girar y la tumbió de espaldas sobre el cuero gastado del sofá. Se colocó entre sus muslos abiertos, apoyó una rodilla, y se inclinó a besarla mientras alineaba la cabeza morada de su verga contra la entrada caliente.

—Mírame —le ordenó él, la voz baja—. Quiero verte la cara mientras te la meto. Quiero que sepas que soy yo, tu hijastro, el que te está follando en el sofá de tu exmarido la última noche.

Laura abrió más las piernas, le rodeó la cintura con los talones y lo miró sin pestañear. Javier empujó despacio. El glande se abrió paso entre los labios hinchados, entró centímetro a centímetro, sintiendo cómo las paredes todavía sensibles se estiraban a su alrededor. Laura arqueó la espalda y soltó un gemido largo, gutural, que vibró en el pecho de ambos. Cuando estuvo enterrado hasta las pelotas se quedó quieto un segundo, respirando el mismo aire denso, el olor a sexo y cerveza y sudor.

—Tan puta… —murmuró él, empezando a moverse con embestidas profundas y deliberadas—. Mi madrastra de cuarenta y dos años con la polla de su hijastro de veinticuatro dentro hasta el fondo. ¿Lo sientes? Cada venita. Cada pulso.

—Lo siento… joder, lo siento todo —jadeó Laura, las uñas clavándose en su espalda—. Más fuerte. No me trates como si me fuera a romper. Fóllame como me has imaginado todos estos años.

Javier obedeció. Sacó casi toda la verga y volvió a clavársela de un golpe seco que hizo chapotear el coño empapado. El ritmo se volvió salvaje: embestidas largas y brutales que movían el sofá entero, el cuero crujiendo bajo ellos, los pechos de Laura rebotando con cada impacto. Él se apoyó en una mano junto a su cabeza y con la otra le sujetó un muslo abierto, abriéndola más, mirando cómo su polla entraba y salía brillante de jugos. Cada vez que bajaba hasta el fondo las pelotas le golpeaban el culo y Laura gemía su nombre entre dientes.

—Javier… así… no pares —rogó ella, la voz rota—. Dime cosas sucias. Quiero oírlas mientras me corres dentro otra vez.

Él se inclinó hasta su oído, sin dejar de follarla con fuerza.

—Eres la puta de tu hijastro. Años casada con mi padre y ahora estás aquí, con las piernas abiertas, chorreando por mi verga. Mañana te subirás al avión con el coño destrozado y mi leche goteándote por los muslos. Cada vez que te sientes vas a recordar cómo te la metí hasta el fondo en este sofá. Cómo te corriste gritando mientras te llamaba madrastra puta.

Laura se vino de golpe, el orgasmo arrancándole un grito ahogado. El coño se le contrajo en espasmos violentos alrededor de la polla de Javier, exprimíéndola, mojándola todavía más. Él no paró. La folló a través del orgasmo, prolongando cada oleada, sintiendo cómo ella temblaba y forcejeaba debajo de él sin querer que parara. Cuando los espasmos aflojaron un poco la sacó de golpe, la giró otra vez sobre el costado y se colocó detrás, cuchara. Le levantó un muslo, se alineó y se la volvió a meter de una embestida profunda.

Desde esa posición la tenía aún más apretada. Una mano le rodeó el pecho, pellizcando el pezón endurecido; la otra bajó entre sus piernas y frotó el clítoris hinchado con el pulgar mientras embestía sin piedad. Laura empujaba el culo hacia atrás para recibirlo más hondo, el pelo pegado a la frente por el sudor, la boca abierta en gemidos continuos.

—Otra… quiero otra —suplicó ella—. Corréte conmigo. Lléname. Quiero irme mañana con tu semen dentro.

Javier aceleró. Las embestidas se volvieron cortas, brutales, el sonido húmedo y obsceno llenando la sala. Sintió el orgasmo subir desde las pelotas como un fuego blanco. Enterró la cara en el cuello de Laura, mordió la piel y se corrió con un gemido gutural, disparando chorros calientes y espesos en lo más profundo de su coño. Laura se vino a la vez, el segundo orgasmo más suave pero igual de intenso, el cuerpo entero temblando contra el suyo mientras las contracciones le ordeñaban hasta la última gota.

Se quedaron así un largo rato, unidos, sudorosos, la respiración agitada sincronizándose poco a poco. Javier salió despacio; un hilo de semen blanco le resbaló a Laura por el muslo interno y cayó sobre el cuero del sofá. Ninguno se movió de inmediato. El reloj de la cocina marcaba las horas que se les escapaban, pero el cansancio dulce los tenía pegados, piel contra piel.

Al final Javier se incorporó lo justo para alcanzar las dos botellas de cerveza que habían quedado olvidadas en la mesita. Ya no estaban tan frías, pero el amargor les limpió la garganta. Se las pasaron en silencio, bebiendo a sorbos lentos mientras seguían abrazados en el sofá, el pecho de él pegado a la espalda de ella, las piernas enredadas. El sudor se les enfriaba en la piel. El olor a sexo flotaba espeso. Laura apoyó la cabeza en el hombro de Javier y cerró los ojos un momento, sintiendo cómo el semen de él le resbalaba todavía un poco entre los labios hinchados del coño.

No hablaron. No hacía falta. El silencio era denso, cargado de todo lo que habían hecho y de todo lo que nunca volverían a hacer. Javier le acariciaba el brazo con la yema de los dedos, despacio, memorizando la textura de su piel. Laura giró el rostro hacia él, lo miró con esos ojos oscuros todavía nublados de placer, y se acercó para darle un último beso profundo. No fue hambriento como los anteriores; fue lento, sabroso, lleno de cerveza y de despedida. Sus lenguas se rozaron una vez más, saboreándose, y cuando se separaron ella le susurró contra la boca, tan bajo que solo él pudo oírlo:

—Voy a guardar este secreto para siempre. Nadie va a saber nunca lo que hicimos esta noche. Ni tu padre, ni nadie. Será solo nuestro. Tú y yo, y este sofá, y la última cerveza.

Se levantó con cuidado. El cuerpo le temblaba un poco de la intensidad de todo. Recogió la camiseta del suelo, se la puso sin molestarse en los shorts, y se quedó un segundo mirándolo desde arriba: Javier tendido en el sofá, desnudo, sudoroso, la polla todavía brillante de sus jugos, los ojos fijos en ella. Laura le rozó la mejilla con los dedos una última vez, sonrió con una tristeza dulce y se giró hacia el pasillo.

—Buenas noches, Javier —dijo sin mirar atrás.

Sus pasos se alejaron por la casa que ya no le pertenecía. La puerta de su habitación se cerró con un clic suave. Javier se quedó solo en el sofá, la botella a medio beber en la mano, el sabor de Laura todavía en la lengua: cerveza, semen, el coño de su madrastra, el tabú entero. Afuera la noche empezaba a clarear por los bordes. Mañana ella estaría en el aeropuerto y él aquí, con el sabor prohibido de la mujer que se iba para siempre al amanecer, y con el secreto ardiéndole en la boca como una última y perfecta herida.

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