Vecina Casada se Rinde al Deseo del Negro

La vecina casada de 32 años se rinde al enorme negro de su nuevo vecino y lo folla salvajemente en su sala.

24 min read September 12, 2026New

En el exclusivo barrio residencial de Las Palmas, donde cada casa parecía un palacio rodeado de jardines perfectamente podados y piscinas de agua cristalina, Rosa, una atractiva ama de casa de treinta y dos años, se movía con esa elegancia contenida que ocultaba su creciente aburrimiento. Casada desde hacía ocho años con Hugo, un ejecutivo de alto nivel que pasaba más semanas en aeropuertos y hoteles de lujo que en su propia cama, Rosa había convertido su rutina en un ritual de apariencias. Las mañanas las dedicaba a mantener la mansión impecable, pero las tardes, cuando el silencio se volvía demasiado denso, se permitía mirar por las amplias ventanas de la sala que daban al jardín colindante.

Aquella mañana de primavera, mientras ajustaba las cortinas de lino blanco, vio el camión de mudanzas estacionarse en la casa contigua. Dos hombres robustos descargaban cajas y muebles modernos. Entre ellos destacaba uno que hizo que Rosa contuviera la respiración. Era Sullivan, un hombre negro de veintiocho años, musculoso entrenador personal que acababa de llegar al barrio después de abrir su propio gimnasio exclusivo en el centro. Medía más de un metro noventa, con hombros anchos como puertas y brazos que se marcaban bajo la ajustada camiseta negra que llevaba. Su piel oscura brillaba bajo el sol, y cuando se quitó la prenda para trabajar con más libertad, Rosa sintió un calor traicionero subirle por el cuello.

Se quedó allí, semioculta tras la cortina, observando cómo aquellos músculos se contraían y estiraban al levantar pesadas cajas. El pecho de Sullivan era un mapa de abdominales duros, pectorales hinchados y venas que recorrían sus bíceps como ríos oscuros. Rosa apretó los muslos sin darse cuenta. «Madre mía… ¿qué estoy haciendo?», pensó, pero no se movió. Sus pezones se endurecieron contra la fina tela de su blusa de seda, y un cosquilleo conocido empezó a latir entre sus piernas, justo donde su marido llevaba semanas sin tocarla. Sullivan tenía un culo firme, prieto, que se marcaba en los pantalones cortos de deporte, y cuando se giró de perfil, el bulto pesado que se adivinaba bajo la tela hizo que Rosa soltara un suspiro entrecortado. Era enorme. Imposible no notarlo.

Al día siguiente, la tensión se volvió insoportable. Rosa estaba en la cocina preparando un café cuando escuchó el sonido rítmico de pesas golpeando el suelo. Se acercó a la ventana de la sala, esa que daba directamente al jardín lateral de Sullivan. Allí estaba él, sin camiseta, entrenando bajo el sol de media mañana. Gotas de sudor corrían por su torso negro, deslizándose entre los surcos de sus abdominales hasta perderse bajo la cintura baja de sus shorts grises. Cada flexión de bíceps hacía que sus músculos se hincharan de forma casi obscena. Rosa se mordió el labio inferior con fuerza. Sus manos se aferraron al alféizar de la ventana mientras sus ojos devoraban cada detalle: los hombros redondeados, los trapecios poderosos, las piernas largas y fuertes que parecían capaces de embestir durante horas sin cansarse.

«Míralo… ese cuerpo está hecho para follar», pensó, y la crudeza de su propia idea la sorprendió. Hacía meses que no sentía ese fuego en el vientre. Hugo la tocaba de forma mecánica cuando estaba en casa, siempre con prisa, siempre dejando insatisfecha esa parte salvaje de ella que ahora despertaba con violencia. Sullivan levantó una pesa sobre su cabeza y gruñó por el esfuerzo. El sonido grave, masculino, atravesó la distancia y vibró directamente en el coño de Rosa. Ella apretó las rodillas, sintiendo cómo se humedecía su tanga de encaje. Su clítoris palpitaba con cada repetición que él hacía. Imaginó aquellas manos grandes y oscuras agarrando sus caderas, esa polla gruesa y negra abriéndose paso entre sus labios hinchados, llenándola hasta el fondo mientras él la miraba con esos ojos intensos.

Sullivan detuvo el ejercicio, respirando agitado, y se pasó una mano por la cabeza rapada. El sudor le corría por la nuca y los hombros. Entonces levantó la vista. Sus ojos se encontraron directamente con los de Rosa a través de la ventana. No había cortina que pudiera ocultarla del todo esta vez. El corazón de ella dio un vuelco violento. Debería haber apartado la mirada, fingido que estaba limpiando o regando plantas, pero no lo hizo. Sullivan sonrió. Una sonrisa lenta, confiada, casi depredadora. Sus dientes blancos contrastaron con la piel oscura y él inclinó ligeramente la cabeza, como si la estuviera saludando en silencio. Rosa sintió que las mejillas le ardían, pero también sintió cómo su coño se contraía de deseo. Aquella mirada no era de simple vecino. Era una mirada que decía «te he visto mirándome» y «me gusta».

Durante los siguientes tres días, el juego se repitió. Rosa encontraba excusas para estar cerca de esa ventana a la misma hora. Sullivan entrenaba cada mañana sin camiseta, sabiendo perfectamente que ella estaba allí. Sus ejercicios se volvieron más deliberados: estiramientos que mostraban la longitud de su torso, sentadillas que hacían que el bulto entre sus piernas se marcara con descaro, abdominales que contraían cada músculo de su abdomen como si estuviera follando el aire. Rosa ya no se escondía tanto. Se quedaba visible, con una taza de café en la mano, vestida con blusas escotadas que dejaban ver el nacimiento de sus pechos maduros y firmes. A sus treinta y dos años, su cuerpo seguía siendo una tentación: cintura estrecha, caderas anchas, culo redondo que llenaba perfectamente sus jeans ajustados.

Una tarde, mientras regaba las plantas del balcón que separaba ambas propiedades, Sullivan apareció al otro lado de la baja valla de madera. Llevaba solo unos shorts negros y una toalla colgada al cuello. El sudor aún brillaba en su pecho.

—Buenas tardes —dijo él con voz profunda, grave, con un leve acento que sonaba exótico—. Soy Sullivan. Creo que aún no nos habíamos presentado formalmente.

Rosa tragó saliva. De cerca era aún más imponente. El olor a hombre, a sudor limpio y esfuerzo, llegó hasta ella y le removió algo primitivo.

—Rosa —respondió, intentando que su voz no temblara—. Treinta y dos años encerrada en esta casa mientras mi marido viaja. Bienvenido al barrio.

Él sonrió de nuevo, esa sonrisa que prometía problemas deliciosos. Sus ojos bajaron sin disimulo por el escote de ella, deteniéndose un segundo en la curva de sus tetas antes de volver a su rostro.

—He visto que te gusta mirar mientras entreno —comentó sin rodeos, pero con tono juguetón—. Si quieres, puedo enseñarte algunos ejercicios. Tienes un cuerpo que parece hecho para moverse… con intensidad.

Las palabras quedaron flotando entre ellos, cargadas. Rosa sintió un latigazo de calor directo en su clítoris. Sabía que estaba coqueteando. Sabía que ese «moverse con intensidad» no se refería solo a pesas. Su mente voló a la imagen de Sullivan tomándola allí mismo, contra la valla, bajándole los pantalones y metiéndole aquella verga enorme que tanto había admirado desde la ventana.

—Tal vez… —contestó ella, mordiéndose el labio y sosteniéndole la mirada—. Mi marido no vuelve hasta dentro de dos semanas. Tengo mucho tiempo libre. Pero no sé si sería prudente aceptar clases de un vecino tan… imponente.

Sullivan soltó una risa baja que vibró en el pecho de Rosa. Dio un paso más cerca de la valla, lo suficiente para que ella pudiera ver las gotas de sudor que seguían corriendo por su piel oscura y brillante.

—Prudente es aburrido, Rosa. Y tú no pareces una mujer que busque aburrimiento. Me miras como si quisieras probar algo diferente. Algo grande. Algo que te haga gritar.

El aire entre ellos se volvió espeso. Rosa apretó los muslos, sintiendo cómo su tanga estaba ya completamente empapada. Su coño palpitaba con fuerza, pidiendo ser llenado por ese negro musculoso que la miraba como si ya la estuviera desnudando mentalmente. Quería decir que sí. Quería invitarlo a pasar en ese mismo instante, bajarle los shorts y chuparle esa polla hasta que le doliera la mandíbula. Pero se contuvo. La tensión era deliciosa, casi insoportable.

—Quizá la próxima vez que entrenes… me acerque a ver de cerca —susurró ella, con la voz ronca de deseo.

Sullivan asintió lentamente, sus ojos clavados en los labios de Rosa.

—Estaré esperando, vecina. Y traeré mi mejor equipo.

Se dio la vuelta y volvió a su jardín, dejando a Rosa temblando, con el corazón latiéndole en la garganta y un calor líquido entre las piernas que amenazaba con hacerla correrse solo con el roce de sus propios muslos. Entró en la casa, cerró la puerta y se apoyó contra ella, respirando agitada. Sabía que estaba al borde de algo peligroso y adictivo. Sullivan no era solo un vecino. Era una tentación oscura, enorme y salvaje que acababa de despertar todo lo que Hugo nunca había sabido tocar.

Y Rosa ya no estaba segura de poder resistirse mucho más tiempo.

La tarde era un horno húmedo que envolvía Las Palmas como una mano sudorosa. Rosa apenas había dormido las últimas dos noches, despertando empapada entre las sábanas con el coño palpitando y los dedos todavía metidos entre sus labios hinchados. Aquella conversación junto a la valla había sido el punto de no retorno. Ahora, con el sol cayendo vertical y el aire espeso, lo vio de nuevo: Sullivan, sin camiseta, cortando el césped con movimientos que hacían ondular cada músculo de su espalda ancha y oscura. Sus hombros parecían capaces de cargar con ella sin esfuerzo, y el bulto pesado entre sus piernas se marcaba obscenamente contra los shorts negros cada vez que se agachaba.

Rosa sintió un latigazo de calor directo en el clítoris. Llevaba un vestido veraniego de tirantes finos, blanco y ligero, que se pegaba a sus curvas por el sudor. Debajo, nada. Sus tetas de treinta y dos años, llenas y pesadas, se balanceaban libres, los pezones ya duros rozando la tela. Se miró una vez en el espejo del pasillo, vio sus mejillas arreboladas y los labios entreabiertos, y supo que ya no podía seguir fingiendo. Salió al jardín lateral, se apoyó en la baja valla de madera y lo llamó con voz que intentaba sonar casual pero salió ronca de pura necesidad.

—Sullivan… con este calor infernal, ¿quieres pasar un rato a mi casa? Tengo limonada recién hecha, bien fría. No tiene sentido que sigas ahí sudando solo.

Él detuvo la máquina, se pasó la mano por la cabeza rapada y sonrió con esa lentitud depredadora que le derretía las rodillas. Sus ojos bajaron sin disimulo por el escote del vestido, deteniéndose en la curva de sus tetas y en la forma en que la tela se hundía entre sus muslos.

—Rosa… me encantaría. Dame dos minutos.

Cuando cruzó la puerta de la casa de ella, el contraste fue inmediato. El cuerpo enorme y negro de Sullivan, de veintiocho años, llenó el umbral como una amenaza deliciosa. Olía a hombre, a esfuerzo limpio y a algo primitivo que hizo que el coño de Rosa se contrajera con fuerza. Lo llevó directamente a la sala, donde el aire acondicionado refrescaba el ambiente pero no lograba bajar la temperatura entre ellos. Le sirvió un vaso alto, las manos le temblaban ligeramente. Se sentó a su lado en el sofá amplio de cuero, tan cerca que sus muslos se rozaban.

Al principio hablaron de tonterías: el barrio, lo caro que estaba todo, lo mucho que viajaba Hugo. Pero Sullivan no era hombre de rodeos. Dejó el vaso en la mesa baja y giró el torso hacia ella, sus pectorales hinchados moviéndose con cada respiración.

—Rosa, desde que te vi mirándome por la ventana supe que esto iba a pasar. Tienes un cuerpo que vuelve loco a cualquiera. Esas tetas… joder, se ven tan firmes y pesadas. Me muero por ver cómo rebotan mientras te follo. Y tu culo, redondo, ancho, hecho para que lo agarre con estas manos mientras te meto hasta el fondo. Eres una mujer de treinta y dos años que parece que está pidiendo que la traten como se merece.

Cada palabra cayó como lava sobre la piel de Rosa. Sintió cómo su coño se inundaba, el flujo caliente deslizándose por sus labios internos y mojando el cuero del sofá. Su clítoris latía visiblemente. En su cabeza giraban imágenes sucias: la polla negra de él abriéndola, sus venas gruesas rozando sus paredes, sus huevos pesados golpeando contra su culo.

—Sullivan… —susurró ella, mirándolo a los ojos sin vergüenza ya—. Yo también voy a ser sincera. Llevo días tocándome como una perra pensando en un hombre negro como tú. Fantaseo con tu piel oscura contra la mía, con esos músculos duros sujetándome, con una verga grande y gruesa que mi marido jamás podrá darme. Hugo es un ejecutivo que apenas me roza y se corre en dos minutos. Tú… tú pareces capaz de follarme durante horas sin parar. Quiero rendirme completamente. Quiero que me uses, que me hagas tuya en esta misma sala donde recibo a sus amigos. Ya no quiero resistirme más.

El silencio que siguió fue eléctrico. Sullivan respiraba más pesado, el bulto en sus shorts había crecido hasta convertirse en una tienda de campaña imposible de ignorar. Rosa lo miró sin disimulo, lamiéndose los labios.

—Entonces ríndete, vecina —gruñó él con voz grave, casi animal.

Fue como si hubieran quitado un dique. Sullivan se abalanzó sobre ella y sus bocas chocaron con hambre salvaje. El beso fue brutal desde el primer segundo: labios gruesos devorando los suyos, lengua invasora que la follaba por la boca, dientes mordiendo, saliva mezclándose. Rosa gimió alto dentro del beso, sus manos volando a los hombros de él, clavando las uñas en la carne dura y caliente. El sabor de Sullivan era adictivo, masculino, con un toque salado de sudor.

Las manos de él no perdieron tiempo. Agarró los tirantes del vestido y tiró con fuerza hacia abajo. La tela se rasgó con un sonido seco, dejando al descubierto las tetas de Rosa, que rebotaron libres y pesadas. Sus pezones rosados estaban tan duros que dolían. Sullivan gruñó y atrapó uno con la boca, chupando con fuerza mientras su mano grande amasaba el otro pecho, pellizcando el pezón hasta hacerla arquearse y gritar.

—Dios… sí… —jadeó ella, tirando de la camiseta de él con desesperación. La prenda salió volando. Sus palmas recorrieron el torso negro y esculpido, sintiendo cada abdominal marcado, cada pectoral hinchado, las venas que bajaban hacia la cintura. Bajó las manos y desató el cordón de los shorts. Cuando los bajó, la polla de Sullivan saltó libre como un resorte: enorme, más de veinticinco centímetros, gruesa como su muñeca, de un negro profundo con venas gruesas que palpitaban y una cabeza bulbosa que ya goteaba precum espeso.

Rosa la envolvió con ambas manos, apenas podía cerrar los dedos alrededor. El calor que emanaba era increíble.

—Es monstruosa… —susurró con la voz rota de lujuria, masturbándola lentamente mientras él seguía devorando sus tetas.

Sullivan respondió bajándole el vestido roto hasta los tobillos y arrancando los restos de un tirón. Ahora Rosa estaba completamente desnuda en su propia sala, las piernas abiertas, el coño brillante de jugos que le corrían por los muslos. Él introdujo dos dedos gruesos de golpe, curvándolos dentro de ella, follándola con la mano mientras su pulgar presionaba el clítoris hinchado. El sonido obsceno de lo mojada que estaba llenaba la habitación.

—Estás chorreando, Rosa. Este coño de casada está pidiendo verga negra —gruñó contra su cuello, mordiéndola.

Ella aceleró el movimiento de su mano en esa polla imponente, retorciéndola, extendiendo el líquido preseminal por toda la longitud. Se besaban de nuevo, besos sucios, babosos, llenos de gemidos y mordidas. Los cuerpos se frotaban: tetas contra pectorales, piel blanca contra piel oscura, sudor mezclándose. Sullivan la empujó hasta tumbarla completamente en el sofá, colocándose encima. Su verga descansaba pesada sobre el vientre de ella, palpitando, la cabeza rozando el ombligo. Rozó el glande contra los labios empapados del coño de Rosa, subiendo y bajando sin penetrarla todavía, torturándola.

Ella levantó las caderas buscando que entrara, clavando las uñas en la espalda ancha de él, dejando surcos rojos. Sus pensamientos eran un caos de deseo: «Quiero que me parta, que me llene hasta el útero, que me haga correr como nunca Hugo lo logró. Me rindo… soy suya».

Los gemidos se volvían más altos, los movimientos más frenéticos. La ropa hecha jirones yacía en el suelo. El olor a sexo inundaba la sala. Sullivan seguía frotando su enorme polla contra el coño abierto de Rosa, besándola con violencia, pellizcando sus tetas, preparándola para lo que ambos sabían que sería inevitable… pero aún no ocurría. La tensión crecía, ardiente, salvaje, prometiendo que cuando por fin la penetrara, nada volvería a ser igual.

Sullivan no aguantó más la tortura. Con un movimiento preciso de sus caderas poderosas, alineó la gruesa cabeza de su verga negra contra la entrada empapada del coño de Rosa y empujó con fuerza controlada. Los labios hinchados de ella se abrieron obscenamente alrededor de esa polla monstruosa, tragándosela centímetro a centímetro mientras un gemido ronco escapaba de la garganta de la mujer de treinta y dos años. Rosa sintió cada vena gruesa rozando sus paredes internas, estirándola como jamás lo había hecho nadie. Su marido Hugo nunca había llegado tan profundo, nunca la había llenado de esa manera brutal y deliciosa.

—Joder, Sullivan… tu verga es demasiado grande —jadeó ella, clavando las uñas en los pectorales duros y oscuros del entrenador de veintiocho años—. Me estás partiendo el coño… y me encanta.

Él gruñó contra su cuello, mordiéndole la piel sensible mientras terminaba de clavarse hasta el fondo. Sus huevos pesados descansaron contra el culo redondo de Rosa. El contraste de sus pieles —la blanca y cremosa de ella contra la negra y brillante de él— era hipnótico bajo la luz de la sala. Sullivan empezó a moverse, sacando casi toda su longitud solo para volver a embestir con un golpe seco que hacía rebotar las tetas pesadas de Rosa. El sonido húmedo y obsceno de carne contra carne llenaba el ambiente, mezclado con los gemidos cada vez más altos de ella.

Rosa sentía que perdía la razón. Cada embestida profunda enviaba ondas de placer puro desde su clítoris hinchado hasta la base de su columna. Pensaba en cómo había espiado a ese negro musculoso desde la ventana, cómo se había tocado imaginando exactamente esto, y ahora lo tenía dentro, follándola en la sala donde recibía a las amigas de su marido. Se sentía sucia, adicta, completamente rendida. Sus caderas se levantaban por instinto para encontrarse con cada golpe, pidiendo más.

—Más fuerte… por favor —suplicó, mordiéndole el labio inferior al hombre que la dominaba.

Sullivan la levantó del sofá como si no pesara nada. Sus manos grandes y oscuras se clavaron en las nalgas suaves de Rosa mientras la cargaba. La espalda de ella chocó contra la pared fría de la sala, justo al lado del cuadro caro que Hugo había comprado en uno de sus viajes. Con las piernas abiertas y rodeando la cintura estrecha del negro, Rosa sintió cómo la gravedad la empalaba aún más en esa verga gruesa. Sullivan empezó a follarla de pie con embestidas profundas y potentes, levantándola y bajándola sobre su polla como si fuera una muñeca sexual.

Cada golpe hacía que su glande bulboso chocara contra el fondo de su útero. Rosa gritaba sin control, la cabeza echada hacia atrás, los ojos entrecerrados de puro éxtasis.

—¡Me gusta tu verga negra gruesa! ¡Me encanta cómo me abre, Sullivan! ¡Fóllame así, joder! ¡Nadie me había llenado tanto! —gritaba entre gemido y gemido, las tetas saltando salvajemente contra el pecho sudoroso de él.

El sudor corría por la espalda ancha y oscura de Sullivan, goteando sobre los muslos temblorosos de Rosa. Él la sostenía con facilidad, los músculos de sus brazos y hombros hinchados por el esfuerzo, mientras la penetraba con un ritmo implacable. El coño de ella chorreaba, dejando rastros brillantes en la polla negra que entraba y salía sin piedad. Rosa sentía que se derretía por dentro, que cada embestida le robaba un pedazo más de su cordura de esposa aburrida. Pensaba que ya nunca podría conformarse con las rápidas y aburridas folladas de Hugo. Este negro de veintiocho años la había arruinado para siempre.

Después de varios minutos en esa posición que la hacía sentir completamente poseída, Sullivan la bajó, la giró con brusquedad pero con deseo mutuo y la colocó a cuatro patas sobre el sofá amplio de cuero. Rosa apoyó las manos en el respaldo, arqueando la espalda y ofreciéndole el culo redondo y pálido. Él no esperó. Se arrodilló detrás de ella y la penetró de un solo golpe brutal desde atrás, haciendo que sus tetas se aplastaran contra el cuero fresco.

—Así, perra… enséñame ese culo que tanto he admirado desde mi jardín —gruñó Sullivan, dándole un azote fuerte que dejó la marca roja de su mano oscura sobre la piel blanca.

Rosa chilló de placer, empujando hacia atrás para que la polla entrara aún más profundo.

—¡No pares! ¡Por favor, no pares! ¡Fóllame más duro! —suplicaba, la voz rota mientras él tiraba de su cabello largo con una mano y le azotaba el culo con la otra, alternando nalgadas que resonaban en la sala.

Cada embestida hacía que sus huevos pesados golpearan el clítoris de Rosa. El pelo tirado hacia atrás la obligaba a mantener la cabeza alta, y desde esa posición podía ver sus propios pechos balanceándose como péndulos obscenos. Se sentía usada, deseada, viva. Sullivan la follaba como un animal, con fuerza salvaje, sudando profusamente, sus abdominales marcados contrayéndose con cada thrust. El coño de ella estaba tan mojado que los fluidos le corrían por los muslos internos.

—Dime que te gusta mi verga negra, Rosa. Dime que eres mi vecina casada puta —exigió él entre dientes, sin dejar de azotarla y tirar de su melena.

—¡Me vuelve loca tu verga negra gruesa! ¡Soy tuya, Sullivan! ¡Fóllame como Hugo nunca supo! ¡No pares, por favor, no pares! —gritaba ella, completamente entregada, el orgasmo acercándose como una ola gigantesca.

El placer era casi insoportable. Rosa sentía que su coño se contraía alrededor de esa polla invasora, apretándola, ordeñándola. Sullivan aceleró, gruñendo como un toro, sus caderas chocando contra el culo enrojecido de ella con golpes secos y potentes. Luego, sin salir de su interior, la levantó de nuevo y se sentó en el sillón grande que estaba al lado del sofá. Rosa quedó encima, a horcajadas, con las rodillas hundidas en los cojines.

—Ahora móntame, vecina. Quiero ver cómo rebotan esas tetas mientras te corres en mi polla negra —ordenó con voz grave y cargada de lujuria.

Rosa no necesitó que se lo repitiera. Apoyó las manos en los hombros anchos y oscuros de Sullivan y empezó a cabalgarlo salvajemente. Subía y bajaba con fuerza, haciendo que la enorme verga entrara y saliera casi por completo, golpeando su punto más sensible cada vez. Sus tetas rebotaban de forma hipnótica frente al rostro de él, que las atrapaba con la boca, chupando los pezones duros con hambre mientras sus manos grandes le apretaban las nalgas, guiando el ritmo frenético.

Ella lo cabalgaba como una posesa, girando las caderas, apretando el coño alrededor de la polla que la destruía de placer. El sudor de ambos se mezclaba. El olor a sexo era denso, animal. Rosa sentía que el orgasmo se construía desde lo más profundo de su vientre.

—Voy a correrme… ¡me voy a correr en tu verga negra! —gritó, acelerando aún más, golpeando su culo contra los muslos duros de Sullivan.

Él empujaba hacia arriba, encontrándose con cada bajada de ella, follándola desde abajo con la misma fuerza brutal. Sus miradas se encontraron: la de ella vidriosa de placer total, la de él oscura y posesiva. El clímax los golpeó al mismo tiempo. Rosa se corrió gritando, el cuerpo convulsionando, el coño apretando y soltando chorros calientes alrededor de la polla gruesa. Sullivan rugió, enterrándose hasta el fondo y llenándola con su semen espeso, disparando una y otra vez mientras ella seguía cabalgando entre espasmos, ordeñando cada gota.

Los gritos de Rosa resonaron en la sala durante largos segundos, agudos y liberadores, hasta que su voz se quebró en un gemido largo y tembloroso. Se derrumbó sobre el pecho sudoroso y negro de Sullivan, respirando agitada, el corazón latiéndole con violencia. Sentía la polla de él todavía dentro, semierecta, palpitando con los restos de su orgasmo. El semen caliente empezaba a escaparse alrededor de la base, bajando por sus labios hinchados.

Rosa levantó la cabeza lentamente, los labios entreabiertos, los ojos todavía nublados por el placer. Miró a ese hombre de veintiocho años que acababa de follarla como nunca nadie lo había hecho y sintió un nuevo latigazo de deseo recorrerle el vientre. No estaba saciada. Ni mucho menos. Su coño seguía contrayéndose alrededor de él, pidiendo más. Pensó en Hugo, en las dos semanas que faltaban para su regreso, en todas las habitaciones de la casa donde todavía no la había tomado Sullivan. Se mordió el labio inferior, una sonrisa traviesa y adicta asomando en su rostro arrebolado.

—Esto… no puede terminar aquí —susurró contra los labios de él, moviendo lentamente las caderas en círculos, sintiendo cómo la verga negra empezaba a endurecerse de nuevo dentro de ella—. Todavía quiero más de ti, Sullivan. Mucho más.

Él sonrió con esa expresión depredadora que la había vuelto loca desde el primer día, sus manos grandes recorriendo la curva sudorosa de su espalda hasta apretarle el culo con posesión. El aire de la sala seguía cargado de olor a sexo y sudor. Ninguno de los dos estaba dispuesto a detenerse. La tarde apenas comenzaba, y Rosa sabía que acababa de abrir una puerta que ya no podría cerrar nunca. Su rendición era total, y el deseo por ese negro musculoso ardía más fuerte que antes.

Después del orgasmo que aún hacía temblar sus muslos, Rosa no se apartó. Seguía a horcajadas sobre Sullivan, con la polla negra todavía semierecta dentro de su coño rebosante de semen. El líquido caliente escapaba alrededor de la gruesa base, resbalando por sus labios hinchados y manchando los muslos oscuros de él. Ella movió las caderas en círculos lentos, provocadora, sintiendo cómo el miembro recuperaba rigidez dentro de sus paredes sensibles. Sullivan gruñó, sus manos grandes y oscuras apretando con fuerza las nalgas blancas de la mujer de treinta y dos años, separándolas para que su polla se hundiera un centímetro más.

—Todavía no he terminado contigo —susurró Rosa, la voz ronca de pura lujuria. Sus tetas pesadas subían y bajaban contra el pecho sudoroso de él, los pezones duros rozando la piel negra y caliente—. Quiero que me folles otra vez, Sullivan. Quiero que me dejes el coño tan abierto que mañana siga sintiéndote cuando camine.

El entrenador de veintiocho años sonrió con esa arrogancia animal que la volvía loca y la levantó de golpe, sin salir de ella. Rosa envolvió las piernas alrededor de su cintura estrecha mientras él la cargaba hasta la mesa baja de centro. La sentó allí con un golpe seco, abrió sus muslos al máximo y empezó a embestir de pie, profundo, brutal. Cada thrust hacía que sus huevos pesados chocaran contra el culo redondo de ella. El sonido húmedo, chapoteante, llenaba la sala junto con los gemidos entrecortados de Rosa.

—Joder, qué coño tan apretado tienes para ser una casada insatisfecha —gruñó Sullivan, mirando cómo su verga gruesa desaparecía por completo entre los labios rosados de ella—. Mira cómo te tragas cada centímetro, vecina. Este coño ya es mío.

Rosa echó la cabeza hacia atrás, clavando las uñas en los hombros anchos y musculosos del negro. Sentía cada vena palpitante rozando sus paredes internas, estirándola, reclamándola. Su clítoris hinchado rozaba el hueso púbico de él con cada embestida y un nuevo orgasmo empezaba a formarse en su vientre como una bola de fuego. Pensaba en Hugo, en sus polvos rápidos y egoístas, y el contraste la hacía gemir más alto. Este hombre la follaba como si quisiera romperla, y ella se lo pedía.

—¡Más fuerte! ¡Rompe mi coño, Sullivan! —gritó, las tetas rebotando salvajemente—. ¡Quiero correrme otra vez en esa verga negra tan grande!

Él aceleró, sudando, los abdominales marcados contrayéndose con cada golpe. La mesa crujía bajo el peso de las embestidas. Sullivan inclinó la cabeza y atrapó un pezón entre sus dientes, mordiendo justo lo suficiente para enviar descargas eléctricas directas al clítoris de Rosa. Ella se corrió con un alarido agudo, el coño contrayéndose violentamente alrededor de la polla invasora, expulsando más fluidos que salpicaron el torso oscuro de él. Sullivan rugió segundos después, enterrándose hasta el fondo y descargando una segunda oleada de semen espeso, caliente, que llenó por completo el útero de la mujer.

Ambos temblaban cuando por fin se separaron. La polla de Sullivan salió con un sonido obsceno, dejando el coño de Rosa abierto, rojo, goteando una mezcla espesa de sus jugos y el semen blanco que corría por el interior de sus muslos. Ella aún jadeaba, el pecho agitado, cuando lo atrajo por el cuello y lo besó con pasión desbordada. Sus lenguas se enredaron en un beso largo, baboso, lleno de mordiscos y gemidos residuales. Rosa saboreaba el sudor de él, el sabor salado de la follada intensa, y sintió que su vientre se contraía de nuevo solo con el recuerdo.

—Esto solo es el comienzo de nuestra aventura secreta, Sullivan —murmuró contra sus labios gruesos, mirándolo a los ojos con una sonrisa adicta y satisfecha—. Cada vez que Hugo se vaya de viaje, voy a llamarte. Voy a follarte en todas las habitaciones de esta casa. En su cama, en la ducha, contra la ventana desde donde te espiaba. Soy tuya cuando quieras, mi negro.

Sullivan soltó una risa grave y profunda que vibró en el pecho de Rosa. Le dio un último azote posesivo en el culo, recogió sus shorts y la camiseta del suelo y se vistió sin prisa, admirando el cuerpo desnudo y marcado de ella: las tetas enrojecidas por sus mordidas, el coño destrozado y brillante, las marcas de sus manos en las caderas.

—Estaré esperando tu llamada, vecina. Cuídate ese coño hasta la próxima… aunque dudo que puedas cerrar las piernas en una semana —dijo con una sonrisa satisfecha, depredadora. Le guiñó un ojo, abrió la puerta y se marchó, dejando tras de sí solo el olor denso a sexo y sudor.

Rosa se quedó sola, completamente desnuda en el sofá de cuero. El semen de Sullivan seguía escapando de su interior en lentos hilos calientes. Se recostó contra los cojines, abrió las piernas sin pudor y deslizó dos dedos entre sus labios hinchados. Los movió lentamente, recogiendo la mezcla cremosa y llevándosela a la boca para probarla. Un gemido bajo escapó de su garganta mientras recordaba cada detalle: la forma en que su polla monstruosa la había abierto, cómo sus músculos se contraían al levantarla, el sonido de sus huevos golpeando contra ella, los azotes que aún le ardían en el culo.

«Dios… nunca me habían follado así», pensó, acelerando el movimiento de sus dedos. Su clítoris seguía sensible, palpitando. Se pellizcó un pezón con la mano libre, imaginando que era la boca de Sullivan. Planeaba ya la próxima vez. Cuando Hugo volviera a viajar en dos semanas, lo invitaría directamente. Lo haría sentarse en el sillón del despacho de su marido y le chuparía esa verga enorme hasta que le doliera la mandíbula. Después lo montaría en la cama matrimonial, dejando manchas de sus jugos en las sábanas que Hugo nunca notaría. Quería que Sullivan la follara en la cocina, contra la encimera donde preparaba la cena para su esposo. Quería ser su puta particular, su vecina casada adicta a verga negra.

Sus dedos entraban y salían con más rapidez. El placer volvía a subir, caliente y urgente. Estaba a punto de correrse por tercera vez solo con sus recuerdos cuando…

El sonido de la puerta del garaje abriéndose la congeló en seco. El motor de un coche familiar resonó claramente. Hugo. Su marido había vuelto con tres días de anticipación. Rosa se incorporó de golpe, el corazón latiéndole en la garganta, el coño todavía chorreando semen de Sullivan sobre el sofá de cuero. Las llaves giraron en la cerradura principal. Los pasos se acercaron por el pasillo.

—Rosa, cariño, ¿estás en casa? ¡Sorprendí al jefe y adelanticé el vuelo! —gritó Hugo desde la entrada, la voz cansada pero alegre.

Ella miró su cuerpo desnudo, las marcas rojas en sus tetas, el desastre entre sus piernas, el olor inconfundible a sexo salvaje que aún flotaba en la sala. No había tiempo de vestirse ni de limpiar. La manija de la puerta de la sala empezó a girar.

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