Sorprendidos Desnudos en el Karaoke

Dos camioneros cachondos, Carlos de 32 y Errol de 29, acaban follando duro y crudo después de un reto de karaoke desnudos.

29 min read September 11, 2026New

El neón rosa del «Noche en Voz Alta» parpadeaba contra el cristal empañado cuando Carlos empujó la puerta con el hombro. Treinta y dos años, hombros anchos de cargar mercancía de un extremo a otro de la carretera, la camiseta negra ceñida al pecho velludo y al vientre firme de quien come en gasolineras y aún así se mantiene robusto. El bar olía a cerveza fría, a humo de máquina y a ese perfume barato que los tíos se echan antes de salir a ligar. En el escenario principal un tipo flaco desafinaba un tema de los ochenta; nadie prestaba demasiada atención. Carlos se acercó a la barra, pidió una caña y se quedó mirando al barman.

Diego tenía veintiocho, brazos marcados bajo la camisa arremangada, pecho ancho y una sonrisa fácil que ya había conquistado a medio local. Mientras servía, sus músculos se movían con la precisión de quien pasa horas en el gym después del turno. Cuando levantó la vista y se cruzó con la de Carlos, algo hizo clic: dos miradas de hombre que saben lo que quieren y no se andan con rodeos.

—¿Primera vez por aquí? —preguntó Diego, colocando la caña frente a él. La voz grave, un poco ronca de tanto gritar sobre la música.

—Paso por la ciudad cada dos semanas —contestó Carlos, bebiendo un trago largo—. Camionero. Hoy el destockeo se alargó y necesitaba… esto. Gente. Ruido. Cuerpos.

Diego se rió bajito, enseñando los dientes blancos.

—Pues has venido al sitio adecuado. Aquí el ruido se convierte en gritos y los cuerpos… bueno, ya verás. ¿Karaoke?

—Solo si no tengo que oír otra vez el puto «Livin’ on a Prayer».

—Trato hecho. Tengo una sala privada libre en diez minutos. Si te atreves, claro.

El reto flotó entre ellos sin disfraz. Carlos sintió el calor subirle por el cuello. Llevaba semanas sin tocar a nadie más que a sí mismo en la litera del camión, con el teléfono y un video a medio volumen. La idea de encerrarse con ese barman musculoso le puso el coño del culo tenso y la polla un poco despierta dentro del vaquero.

—¿Y qué cantamos? —preguntó, apoyando los codos en la barra para acercarse.

Diego se inclinó también. Olía a jabón barato y a sudor limpio de trabajo.

—Lo que salga. Pero yo pongo una condición. Si fallas una nota de verdad… te quitas una prenda. Yo también. Hasta el final. Todo. Desnudos. Consentido, claro. ¿Te late o te acobardas, camionero?

Carlos soltó una carcajada grave que le vibró en el pecho.

—A los treinta y dos ya no me acobardo de una polla ajena ni de enseñar la mía. Dale. Cuando quieras.

Diez minutos después subían la escalera estrecha hacia el pasillo de las cabinas. La sala 4 olía a ambientador de vainilla y a cuero sintético de los sofás. Pantalla grande, dos micros, luces tenues de color morado. Diego cerró con pestillo y se giró, ya quitándose la delantal del bar y dejándola sobre una silla.

—Normas claras —dijo mientras desabrochaba el primer botón de la camisa—. Nadie obligado a nada. Si dices para, paramos. Pero si seguimos… cantamos y nos vamos quedando en bolas. Y lo que pase después, lo hablamos mirándonos a la cara. ¿De acuerdo?

—De puta madre —respondió Carlos, y se quitó la gorra de béisbol, dejándola caer. El pelo oscuro le caía un poco revuelto sobre la frente.

Empezaron con un tema lento, casi burlón: un dueto de balada ochentera que ninguno de los dos se tomaba en serio. Diego falló a propósito la primera estrofa grave y se sacó la camisa de un tirón. El torso quedó al descubierto: pectorales duros, pezones oscuros, una línea de vello que bajaba por el abdomen marcado hasta el ombligo y se perdía bajo el cinturón. Carlos sintió la saliva espesarse. Cantó la siguiente parte y, cuando la voz se le quebró de risa, se arrancó la camiseta negra. El pecho velludo, anchos, los pezones rozados por el aire acondicionado, la panza robusta pero firme. Diego chistó apreciativo.

—Joder, qué cuerpo de puto trabajo real. Me gusta.

—Tú no estás mal para ser el que pone hielo en los vasos —replicó Carlos, y su polla ya empujaba visible contra la cremallera.

Siguieron. Cada error —real o fingido— costaba un pantalón, unos calzoncillos, las botas. Cuando Carlos se bajó los vaqueros y se quedó en boxer grises, la tela marcaba el bulto grueso y medio duro. Diego no apartó la mirada. Se quitó los propios pantalones y quedó en slips negros que apenas contenían una polla gruesa, ya semi-erecta, la cabeza marcando la tela húmeda en la punta.

—Última canción —dijo Diego, la voz más baja—. Si la cagamos los dos… nos quedamos como venimos al mundo. Y nos miramos. Sin tocar todavía, si no quieres. O tocando, si te sale del nabo.

Carlos asintió. El micro le temblaba un poco en la mano, no de miedo, sino de ganas. Eligieron un tema rápido, absurdo, de reggaetón viejo. Fallaron las dos primeras frases a propósito, se miraron, y en un movimiento coordinado se bajaron lo último. Los boxers y los slips cayeron al suelo al mismo tiempo.

Quedaron desnudos bajo la luz morada.

Carlos tenía la polla gruesa, de buen largo, la piel un poco más oscura en el glande ya destapado, las bolas pesadas y velludas. Le latía contra el muslo. Diego estaba igual de expuesto: polla gorda, venosa, curvada ligeramente hacia arriba, la cabeza rosada brillante de un hilo de precum, el vello del pubis recortado, los huevos tensos. El aire de la sala les erizaba la piel. Ninguno habló durante tres segundos larguísimos. Solo se miraron de arriba abajo, respirando más fuerte.

—Hostia —murmuró Carlos—. Qué bien se te ve así, barman.

—Tú no te quedes corto, camionero. Esa polla parece que quiere saludar.

Se acercaron medio paso. Todavía no se tocaban. El micrófono abandonado sobre el sofá. La pantalla seguía proyectando la letra olvidada. Carlos notaba el calor irradiando del cuerpo de Diego, el olor a piel limpia y a excitación. Su propia polla dio una sacudida visible, una gota clara formándose en la ranura.

—¿Seguimos el reto? —preguntó Diego, la voz ronca—. Porque yo ya no quiero cantar. Quiero verte de cerca. Y que me veas. Si dices que sí, me arrodillo un segundo solo para olerte. Si dices que no, nos vestimos y nos reímos fuera.

Carlos tragó saliva. La tensión le apretaba las pelotas como un puño amable.

—Sí —dijo sin dudar—. Quiero. Pero despacio. Que me suba por la espalda el cosquilleo de saber que estamos los dos duros y solos y que cualquiera podría tocar el pestillo… aunque no lo va a hacer.

Diego sonrió, torcida, cachonda. Dio el paso que faltaba. Quedaron a un palmo. Las pollas casi se rozaban, las cabezas brillantes a milímetros. Carlos sintió el aliento caliente de Diego en la clavícula. Levantó una mano y la posó en la cintura del otro, sintiendo el músculo saltar bajo la piel. Diego hizo lo mismo: dedos firmes en la cadera robusta de Carlos, el pulgar rozando el hueso.

—Joder, qué caliente estás —susurró Diego—. Se te ve el precum colgando. Me muero por probarlo… pero todavía no. Primero míralo. Mírame entero.

Carlos bajó la vista. La polla de Diego latía al ritmo del corazón, una vena gruesa recorriéndola de base a corona. El olor era puro macho: salado, limpio, a ganas. Su propia verga respondió con otro espasmo, rozando casi la del otro. El contacto mínimo de glande contra glande les arrancó un gemido sincronizado, bajo, gutural.

—Esto va a acabar mal… o muy bien —dijo Carlos, la voz pastosa—. Llevo toda la puta ruta pensando en un culo o una boca y ahora te tengo aquí en bolas, duro como el cemento, y no sé si aguantarme las ganas de tirártela a la cara.

—Aguanta un poco más —pidió Diego, aunque su mano ya bajaba desde la cadera hasta rozar con el dorso de los dedos el muslo interior de Carlos, sin llegar aún a las bolas—. Quiero que se te ponga todavía más roja. Que se te llenen los huevos. Que me mires como si fueras a follarme contra la pared de esta mierda de sala de karaoke. Porque voy a dejarte. Pero cuando digamos los dos «ahora».

Carlos apretó los dientes. El pulgar de Diego subió un centímetro y rozó la base de su polla, apenas un roce. El camionero soltó un «joder» ronco y empujó la cadera hacia adelante, buscando más fricción. Las dos vergas se aplastaron juntas un segundo: calientes, húmedas en la punta, lateando una contra otra. El precum de ambos se mezcló en un hilo brillante que unió los glandes.

Se separaron un palmo otra vez, respirando agitados. Diego tenía las pupilas dilatadas, los pezones duros. Carlos notaba el sudor frío en la nuca y el calor absurdo en las ingles.

—Canta una línea más —propuso Diego de pronto, con media sonrisa perversa—. Solo una. Desnudos. Sin micro. Y después… decidimos si te chupo la polla aquí mismo o si te doy la espalda para que me la metas despacio mientras la pantalla sigue pasando letras que ya no vamos a leer.

Carlos soltó una risa baja, casi un gruñido.

—Eres un hijo de puta. Me gusta.

Se aclaró la garganta. La voz le salió grave, rota de excitación, mientras miraba fijamente los ojos de Diego y dejaba que su mano libre bajara a acariciarse las bolas con torpeza ansiosa:

—«Y no hay quien nos pare esta noche…»

No terminó la frase. Diego avanzó, le agarró la nuca con una mano firme y le pegó la frente a la suya. Las pollas quedaron atrapadas entre los vientres, aplastadas, resbaladizas. El aliento se mezcló.

—Ahora dime —susurró Diego contra su boca—. ¿Quieres que te la chupe yo primero, camionero, o prefieres abrirme las piernas aquí en el sofá y comerme el culo hasta que te ruegue que me la entuerques?

Carlos cerró los ojos un segundo, sintiendo el latido loco de las dos vergas juntas, el olor a sexo crudo llenando la cabina, la promesa abierta y consentida colgando entre ellos como un hilo a punto de romperse.

—Las dos cosas —respondió al fin, la voz un hilo grueso—. Pero tú empiezas de rodillas. Y no pares hasta que te diga que te levantes… o hasta que se me escape la leche en tu lengua. Después te doy la vuelta y te abro como me dé la gana. ¿Trato?

Diego bajó la mirada a la polla gruesa y goteante de Carlos, lamiéndose el labio inferior con deliberada lentitud.

—Trato, robusto. Pero cuando yo diga «más», me la das más. Y cuando diga «para un segundo», paras… solo un segundo. Porque quiero sentirte entero, caliente y sin prisa dentro de esta sala de mierda mientras afuera siguen cantando los tontos.

Se separaron lo justo para que Diego pudiera doblar las rodillas. El barman musculoso bajó despacio, sin dejar de mirar hacia arriba, hasta quedar arrodillado sobre la moqueta barata, la cara a la altura de la verga latiente de Carlos. El aliento caliente le rozó el glande. Carlos sintió que se le nublaba la vista un instante. Puso una mano en el pelo corto de Diego, sin empujar todavía, solo afirmando el contacto.

—Mírala bien —ordenó con voz ronca—. Porque esta noche te la vas a saber de memoria.

Diego abrió la boca. La lengua salió, rosada, y dio un primer lametón largo desde las bolas hasta la raja delglinde, recogiendo el precum espeso. Carlos soltó un gemido gutural que se perdió bajo el bajo de la música del piso de abajo. Afuera alguien gritaba el estribillo de una canción olvidada. Adentro, en la sala 4, dos hombres desnudos y consentidos acababan de cruzar la línea donde el reto dejaba de ser broma y se convertía en hambre pura.

Diego volvió a lamer, más lento, saboreando, mientras su propia polla gorda colgaba dura entre sus muslos arrodillados, goteando sobre la moqueta. Carlos apretó los dedos en su pelo y arqueó un poco la espalda, ofreciendo más, sin aún embestir.

El pestillo seguía cerrado. La tensión, en cambio, estaba a punto de romperse del todo.

Diego no se detuvo. La lengua le rodeó la corona con una lentitud cruel, saboreando cada gota de precum que Carlos le ofrecía sin pudor, y después bajó de nuevo hasta las bolas velludas, lamiéndolas una por una mientras el camionero apretaba los dedos en su pelo corto y soltaba un jadeo ronco que se mezclaba con el bajo lejano del local. Carlos miraba hacia abajo, hipnotizado por la imagen: el barman musculoso de rodillas, la boca ya brillante de saliva y fluidos, la propia polla gorda y dura colgándole entre los muslos y goteando un hilo fino sobre la moqueta barata. El calor de aquella lengua le subía por la espina dorsal como una corriente eléctrica.

—Joder, Diego… así, justo así —gruñó Carlos, la voz pastosa—. No pares todavía. Quiero sentirte tragar un poco más.

Diego obedeció. Abrió más la boca, envolvió el glande con los labios y bajó despacio, dejando que la verga gruesa le llenara la garganta hasta donde pudo sin atragantarse. Carlos sintió el apretón caliente, la lengua aplastada contra la vena inferior, y empujó apenas, lo justo para que el barman soltara un gemido ahogado que vibró alrededor de su polla. La mano libre de Diego subió a las bolas de Carlos, las pesó, las apretó con cariño bruto, mientras la otra se bajaba a tocarse la propia verga, dándole dos tirones lentos que hicieron brotar más precum sobre sus dedos.

Pasaron así casi un minuto entero: chupadas profundas, lameciones largas, el sonido húmedo y obsceno llenando la cabina morada. Carlos sentía que se le iban a reventar los huevos de tanto aguantar. El olor a sexo crudo —salado, macho, a sudor limpio de dos cuerpos que llevan horas en tensión— lo mareaba. Cuando Diego se apartó un segundo para respirar, un hilo de saliva y precum unió sus labios hinchados al glande rojo y latiente.

—Levántate —ordenó Carlos, la voz un hilo grueso—. Ahora. Quiero otra cosa antes de correrme en esa boca.

Diego se incorporó despacio, los muslos aún temblando un poco de estar arrodillado, la polla gorda señalando hacia arriba, curva y venosa, la cabeza brillante. Quedaron de pie otra vez, pecho contra pecho, las vergas rozándose otra vez entre los vientres. Carlos le agarró la nuca y le pegó la frente a la suya.

—Una balada —dijo—. Romántica. De las que te hacen pensar en follar despacio. Cantamos desnudos. Y si la voz se nos quiebra… ya no hay vuelta atrás.

Diego sonrió, torcida, cachonda, y se giró hacia la pantalla. Seleccionó un tema lento de los noventa, una balada de amor imposible que ninguno de los dos conocía del todo pero que sonaba a piel y a promesas rotas. La música empezó suave, las letras aparecieron en blanco sobre fondo oscuro. Cogieron los micros sin enchufarlos del todo; el volumen bajo bastaba. Empezaron a cantar juntos, casi al oído, las voces graves y rotas de excitación.

Mientras las primeras estrofas salían torpes y bajas, las miradas se clavaron. Carlos veía cómo los ojos de Diego se oscurecían, las pupilas dilatadas, la respiración cada vez más irregular. Diego no apartaba la vista del pecho velludo del camionero, de los pezones duros, de la línea de sudor que bajaba entre los pectorales. La balada hablaba de no poder esperar más, de deseos guardados, y cada palabra se les atragantaba de ganas reales.

Diego se acercó primero. Sin dejar de tararear la siguiente frase, extendió la mano libre y posó la palma abierta sobre el pecho de Carlos. Los dedos se hundieron en el vello grueso, rozaron un pezón y lo pinzaron con suavidad brutal. Carlos sintió el calambre directo a la polla. Su voz se quebró en medio de un verso, pero no soltó el micro. En respuesta, bajó la mano derecha con decisión, rodeó la polla gorda y dura de Diego y la apretó completa, de base a corona, sintiendo cómo latía contra su palma. El precum le untó los dedos al instante.

—Hostia, Carlos… —susurró Diego contra su boca, abandonando casi la letra—. Qué firme la tienes.

Carlos no soltó. Empezó a masturbarlo despacio, con el pulgar frotando la raja húmeda, mientras seguía cantando a medias la estrofa siguiente. La confesión le salió sin filtro, ronca, directa a los labios del otro:

—Llevo rato deseando follarte. Desde que me miraste en la barra. Toda la puta ruta pensando en metértela hasta el fondo, en abrirte las piernas aquí mismo y reventarte el culo mientras gritas mi nombre. No es broma, Diego. Quiero follarme a este barman cachondo hasta que no puedas servir otra caña sin cojear.

Diego soltó un gemido que no tenía nada que ver con la canción. La mano que tenía en el pecho de Carlos bajó hasta la cintura, lo atrajo más cerca y lo besó. El beso fue agresivo desde el primer segundo: bocas abiertas, lenguas chocando, dientes rozando labios. Carlos respondió con la misma fuerza, mordiéndole el labio inferior, chupándole la lengua, mientras su mano no dejaba de bombear la polla de Diego con tirones firmes y sucios. Diego le devolvió el favor: su propia mano se cerró alrededor de la verga gruesa del camionero y empezó a masturbarla al mismo ritmo, apretando justo debajo de la corona, esparciendo el precum por todo el tronco.

Se manosearon sin piedad. Las manos subían y bajaban, se deslizaban a las bolas, las apretaban, volvían a subir. Los vientres se frotaban, las pollas se cruzaban y se aplastaban entre los puños unidos. Carlos empujó a Diego contra la pared acolchada de la cabina; el micro cayó al sofá con un golpe sordo. La balada seguía sonando de fondo, las letras pasando ignoradas, mientras ellos se devoraban la boca y se tocaban como si el mundo fuera a acabar en esa sala apestosa a ambientador de vainilla.

—Dímelo otra vez —jadeó Diego entre besos, la mano ahora bajando más atrás, los dedos abriéndole las nalgas a Carlos y rozándole el agujero con la yema—. Dime que me la vas a meter. Que me vas a abrir.

Carlos le mordió el cuello, chupó la piel salada hasta dejar marca, y le confesó al oído mientras le metía un dedo seco hasta el primer nudillo y lo giraba:

—Te la voy a meter entera. Despacio primero, para que sientas cómo te estiras alrededor de mi polla. Después a hostias. Quiero oírte pedir más mientras te follo contra este puto sofá. Quiero correrme dentro y sacártela llena de leche para que la chupes. ¿Eso quieres, barman? ¿Quieres que te folle duro y crudo aquí mismo?

Diego arqueó la espalda, empujando el culo hacia los dedos de Carlos, y le agarró la polla con más fuerza, dándole tirones rápidos y cortos.

—Sí, joder, sí. Llevo desde que te vi en bolas deseando que me la entuerques. Tócame más. Ábreme con los dedos mientras me besas. Quiero llegar al límite contigo.

Se besaron otra vez, más brutales todavía. Dientes, saliva, gemidos tragados. Las manos no paraban: Carlos le metió un segundo dedo, los dos juntos, abriéndole el esfínter con torpeza ansiosa y lubricante improvisado de saliva y precum. Diego le respondió masturbándole la polla contra su propia verga, frotándolas juntas en un vaivén sucio, las cabezas rozándose, el líquido pre-seminal haciendo el sonido húmedo y obsceno. El pecho de Carlos se pegaba al de Diego; el vello se enganchaba, los pezones se rozaban duros. El calor era absurdo. El aire de la cabina se había vuelto espeso, cargado de aliento y de ganas.

Carlos sacó los dedos, los lamió sin vergüenza mirando a Diego a los ojos, y después se los volvió a meter, más profundos, buscando la próstata. Diego soltó un grito ahogado contra su hombro y se corrió un poco hacia adelante, la polla latiendo salvaje en la mano de Carlos.

—Casi… casi me corro solo con esto —admitió Diego, la voz rota—. No pares. Manoséame más. Quiero que me dejes al borde. Que me tengas pidiendo que me la metas ya.

Carlos le dio la vuelta de golpe, lo pegó de pecho a la pared, y se pegó a su espalda. La polla gruesa se acomodó entre las nalgas de Diego, rozándole el agujero abierto y húmedo de saliva, sin entrar todavía. Con una mano le rodeó el torso y le pellizcó un pezón; con la otra le agarró la verga y se la bombeó fuerte, al ritmo de las embestidas falsas que daba contra su culo. Diego empujaba hacia atrás, buscando más fricción, la cara ladeada para que Carlos le comiera la boca otra vez.

—Mírame —exigió Carlos, forzándole a girar la cabeza—. Quiero verte la cara mientras te llevo al límite. Mientras te dejo tan duro y tan abierto que vas a rogarme que te folle ya. Porque voy a hacerlo. Te voy a follar tan duro que la gente de abajo va a oír cómo te gimes mi polla. ¿De acuerdo?

—De acuerdo, camionero… joder, de acuerdo —jadeó Diego, los ojos vidriosos, la polla goteando sin parar entre los dedos de Carlos—. Pero no todavía. Empújame más. Bésame. Ábreme con la lengua si hace falta. Quiero llegar tan al borde que cuando me la metas grite.

Carlos se arrodilló un segundo detrás de él, le separó las nalgas con las dos manos y le pasó la lengua plana por el agujero, una, dos, tres veces, saboreando el sabor a macho limpio y a ganas. Diego gritó contra la pared, las rodillas flaqueándole. Después Carlos se levantó de nuevo, lo giró otra vez de frente, y se lanzaron a un manoseo mutuo aún más desesperado: manos en pollas, en culos, en pechos, besos que eran casi mordiscos, cuerpos frotándose de pies a cabeza. Las vergas se frotaban juntas entre los vientres apretados; el precum se mezclaba y resbalaba. Cada roce los acercaba más al precipicio.

La balada terminó y empezó otra, pero ya no importaba. Estaban al límite absoluto: pollas rojas y goteantes, agujeros abiertos y salivados, bocas hinchadas de tantos besos agresivos, confesiones sucias todavía colgando en el aire caliente de la cabina. Carlos tenía a Diego atrapado contra la pared otra vez, una mano en su garganta con suavidad dominante, la otra abriéndole el culo con tres dedos ahora, mientras le hablaba al oído:

—Cuando diga ahora, te doy la vuelta y te la meto. Entera. Sin prisa al principio. Quiero sentirte cómo te abres para mí. Y tú me vas a agarrar las bolas y me vas a pedir que te folle más fuerte. ¿Trato todavía, barman?

Diego asintió, incapaz de formar palabras coherentes, solo un gemido largo y necesitado. Su propia mano no dejaba de bombear la polla de Carlos, preparándola, untándola de más fluidos. El pestillo seguía cerrado. Afuera la música seguía. Adentro, dos hombres adultos, sudados, desnudos y completamente consentidos, estaban a un solo movimiento de cruzar la última línea. La tensión les apretaba las pelotas como un puño, el deseo les nublaba la vista, y ninguno de los dos iba a bajar el ritmo hasta que el otro lo pidiera o hasta que el cuerpo no diera más.

Carlos sintió el temblor en las piernas de Diego contra la pared acolchada y no esperó más. La mano que le rodeaba la garganta con suavidad dominante se aflojó solo lo justo para girarlo de golpe.

—De rodillas. Ahora —ordenó con la voz ronca de quien lleva demasiado rato aguantando.

Diego obedeció al instante, dejando que las rodillas golpearan la moqueta barata. Quedó mirando hacia arriba, la boca ya entreabierta, la polla gorda y curva apuntando al techo de la cabina mientras un hilo de precum le resbalaba por el tronco. Carlos se plantó delante, agarró su propia verga gruesa por la base y se la restregó por los labios hinchados del barman, untándolos de saliva y fluidos mezclados.

—Abre esa puta boca de vicioso —gruñó, y empujó. El glande caliente y salado entró de un solo golpe hasta chocar con la garganta. Diego se atragantó un segundo, los ojos lagrimeándole, pero abrió más y se dejó llenar. Carlos no tuvo piedad: le agarró el pelo corto con las dos manos y empezó a follarle la boca con embestidas profundas y rítmicas, sacando casi toda la polla para volver a meterla entera. El sonido húmedo y obsceno de garganta llena llenó la sala 4.

—Así, puto vicioso… trágatela toda. Qué bien chupas, barman de mierda. Llevas toda la noche mirándome la polla y ahora te la estoy metiendo hasta el fondo. ¿Te gusta? Dime que te gusta mientras te atragantas.

Diego solo pudo gemir ahogado alrededor del tronco grueso, la lengua aplastada contra la vena inferior, la saliva espesa chorreándole por la barbilla y cayéndole al pecho. Cada vez que Carlos embestía, las bolas velludas le golpeaban la cara. El camionero sentía el calor apretado, la succión desesperada, y miraba hacia abajo hipnotizado: el pecho ancho de Diego subiendo y bajando, los pezones duros, la propia polla del barman latiendo sin que nadie la tocara, goteando sin parar sobre la moqueta.

—Joder, qué puta boca… me la voy a correrme aquí si sigues así —jadeó Carlos, pero se contuvo. Sacó la verga de un tirón, un hilo brillante de saliva y precum uniendo el glande rojo a los labios hinchados de Diego. El barman tosió, jadeó, se lamió la boca y miró hacia arriba con las pupilas dilatadas.

—Más… joder, dámela más —pidió con la voz destrozada.

Carlos lo levantó de un jalón por los brazos y lo empujó hacia el sofá de cuero sintético. Diego cayó de pecho sobre el respaldo, el culo en alto, las nalgas firmes y abiertas. Carlos se arrodilló detrás, le separó las mejillas con las dos manos y clavó la cara entre ellas sin aviso. La lengua salió plana, caliente, y pasó una larga lametada desde las bolas hasta el agujero ya salivado y entreabierto de los dedos anteriores. Diego gritó contra el sofá, los dedos agarrándose al cuero.

—Hostia, Carlos… sí, cómeme el culo…

Carlos no se limitó a lamer. Hundió la lengua profunda, empujando el esfínter, saboreando el sabor a macho limpio y a ganas acumuladas. Metía y sacaba la lengua como si estuviera follándolo ya, los labios sellados alrededor del anillo apretado, chupando, babando, abriéndolo más. Los sonidos eran sucios, gurgling, obscenos. Diego empujaba el culo hacia atrás, pidiendo más, la polla colgando dura entre los muslos y golpeando el borde del sofá con cada movimiento. Carlos metió dos dedos junto a la lengua, los giró, buscó la próstata y la frotó sin piedad mientras seguía comiéndole el culo como un animal hambriento.

—Qué culo más rico, puto… te lo voy a reventar —murmuró contra la carne, la voz vibrándole en el agujero.

Cuando Diego ya temblaba y gemía sin parar, Carlos se levantó. Escupió en su propia polla gruesa, se la untó de base a glande con la mano y se colocó detrás. La cabeza rosada rozó el agujero brillante de saliva.

—Dime que la quieres cruda —exigió.

—Métele… joder, métemela ya, camionero. Entera. Sin condón. Quiero sentirte.

Carlos empujó. El glande abrió el anillo de un golpe seco y crudo. Diego gritó, un grito largo y gutural que se perdió bajo el bajo lejano del karaoke de abajo. Carlos no paró: fue entrando centímetro a centímetro, sintiendo cómo el culo se estiraba alrededor de su polla gruesa, el calor absurdo, la presión que le apretaba las bolas. Cuando estuvo hasta el fondo, con las caderas pegadas a las nalgas, se quedó quieto un segundo, respirando agitado, dejándole acostumbrarse.

—Joder… qué apretado estás. Me estás matando.

Luego empezó a follar. Primero despacio, sacando casi toda la verga y volviendo a clavar hasta las bolas. Después más rápido, más duro. Las embestidas se volvieron brutales, el sonido de piel contra piel llenando la cabina, el sofá crujiendo bajo el peso. Carlos le agarró las caderas con fuerza, los dedos hundiéndose en la carne, y le daba como si quisiera partirlo por la mitad. Cada embestida sacaba un gemido ronco de Diego, que empujaba hacia atrás para encontrarlo.

—Más fuerte… fóllame más fuerte, puto camionero… así, joder, así…

Carlos obedeció. Le dio una palmada sonora en una nalga, otra en la otra, y aceleró el ritmo hasta que el culo de Diego se volvió rojo y tembloroso. La polla entraba y salía brillante de saliva y precum, el agujero chupándola voraz. El camionero miraba hipnotizado cómo desaparecía dentro, cómo las bolas le golpeaban las del barman, cómo el vello del pubis se mezclaba. El olor a sexo crudo —sudor, precum, culo abierto— lo mareaba.

Sacó la polla de un tirón, dio la vuelta a Diego como un saco y lo tumbó de espaldas sobre el sofá. Le abrió las piernas, se colocó entre ellas y volvió a entrar de una embestida profunda en misionero. Ahora se veían las caras: ojos vidriosos, bocas abiertas, sudor corriendo por las sienes. Carlos se apoyó en una mano junto a la cabeza de Diego y con la otra le agarró la polla gorda y venosa que latía contra el vientre. Empezó a masturbarla al mismo ritmo de las embestidas: tirones firmes y rápidos, el pulgar frotando la raja que no paraba de gotear.

—Mírame mientras te la meto… mira cómo te follo y te la adejo al mismo tiempo, puto vicioso —jadeó Carlos, clavándola hasta el fondo una y otra vez. El ángulo le permitía rozar la próstata en cada embestida. Diego arqueó la espalda, las uñas clavándose en los hombros anchos del camionero, las piernas rodeándole la cintura.

—Carlos… joder, Carlos… me corro… me voy a correr…

—Juntos… vamos juntos —gruñó el camionero, acelerando la mano en la polla de Diego y las caderas a la vez. El sofá rechinaba. La luz morada les pintaba el pecho velludo de uno y los abdominales marcados del otro. Carlos sentía las bolas subirle, el calor concentrarse en la base de la verga, el culo de Diego apretándole en oleadas.

Diego gritó primero. La polla le saltó en la mano de Carlos, chorros espesos y calientes saliendo a presión contra el pecho velludo del camionero, contra su propio abdomen, salpicando hasta la barbilla. El esfínter se contrajo alrededor de la verga que lo follaba y eso empujó a Carlos al borde. Embistió tres veces más, profundas, salvajes, y se corrió con un gruñido animal, descargando dentro, chorros calientes llenando el culo de Diego mientras seguía bombeando la polla del barman para sacarle hasta la última gota.

Los dos gritaron de placer, voces roncas y rotas que se mezclaron con la música lejana. Carlos siguió embistiendo despacio mientras se vaciaba, sintiendo cómo su leche se salía alrededor de la polla y le resbalaba por las bolas. Diego temblaba debajo, la polla todavía latiendo en la mano que lo acariciaba, los ojos cerrados, la boca abierta en un gemido continuo.

Cuando las contracciones aflojaron un poco, Carlos no salió del todo. Se quedó dentro, medio duro todavía, apoyado sobre los codos, mirando la cara sudada y hermosa del barman. Le lamió un pezón, le mordisqueó el cuello, y susurró contra su oído mientras la polla daba un espasmo más dentro del culo caliente y lleno:

—No hemos terminado, Diego… ni de coña. Todavía me quedan ganas de volverte a poner de rodillas y de follarte otra vez hasta que no puedas ni cerrar las piernas. ¿Aguantas más, barman? Porque yo sí.

Carlos permaneció dentro un rato más, la polla todavía a medio hinchar, percibiendo cómo el culo de Diego le palpitaba alrededor en contracciones suaves y calientes. El semen propio le resbalaba ya por las bolas y le chorreaba hasta el sofá de cuero sintético. Diego respiraba agitado debajo, el pecho ancho subiendo y bajando, los ojos semiabiertos y brillantes bajo la luz morada. El camionero le lamió el sudor de la clavícula, saboreando la sal, y murmuró contra su piel:

—Todavía no salgo del todo… joder, qué bien se siente tu culo lleno de mi leche.

Diego soltó una risa ronca, cansada y cachonda a la vez, y le apretó las nalgas con las manos para retenerlo un segundo más.

—Quédate… un poco más. Quiero notarte gotear dentro.

Pero Carlos no podía esperar. Sacó la verga despacio, centímetro a centímetro, gozando del sonido húmedo y obsceno que hizo al desprenderse. Un chorro espeso de semen blanco y caliente salió a presión del agujero dilatado de Diego, resbalando por el perineo, las bolas y hasta el sofá. El olor a sexo crudo —a corrida fresca, a sudor de camionero y a culo abierto— llenó la cabina como un perfume barato y adictivo. Carlos miró hipnotizado: el esfínter de Diego se cerraba y se abría en espasmos, empujando más leche hacia afuera. Su propia polla, todavía semi-dura y brillante de fluidos, dio un latido al verlo.

—Mira cómo te sale… toda mía —gruñó, la voz pastosa—. No voy a desperdiciar ni una gota, barman.

Se arrodilló entre las piernas abiertas de Diego sin perder un segundo. El barman de veintiocho años levantó un poco las caderas, ofreciéndose, las rodillas flexionadas, el culo expuesto y goteante. Carlos le separó las nalgas firmes con las dos manos, los pulgares abriendo el agujero rojo y hinchado. El semen le brillaba en la entrada. Acercó la cara y sacó la lengua ancha, plana, y la pasó una larga lametada desde las bolas hasta el centro, recogiendo el chorro espeso que bajaba. El sabor le explotó en la boca: salado, amargo, a macho puro, a su propia corrida mezclada con el gusto a culo de Diego. Tragó y volvió a lamer, más profundo.

—Joder, Carlos… sí, sácamela toda con la boca —jadeó Diego, los dedos enredándose en el pelo oscuro del camionero—. Chúpame el culo hasta que no quede nada. Quiero sentir tu lengua metida mientras me vacías.

Carlos obedeció como un animal hambriento. Hundió la lengua dentro del esfínter todavía flojo, empujando, chupando, succionando con fuerza. El semen le llenó la boca a borbotones; lo tragó y volvió a por más. Los labios se sellaron alrededor del anillo, haciendo ruidos obscenos y húmedos —glups, chupadas profundas, el sonido de alguien bebiendo de un culo lleno—. Metía y sacaba la lengua como si estuviera follándolo otra vez, los dedos apretando las nalgas para abrir más, la nariz aplastada contra el vello del perineo. Diego gemía sin parar, la polla gorda y blanda empezando a despertar de nuevo sobre su vientre, un hilo de su propia leche anterior todavía pegado a la piel.

—Así… joder, qué puta lengua… sácame hasta la última gota, camionero de mierda. Trágatela. Quiero que te sepas de memoria cómo sabe mi culo lleno de ti.

Carlos no paró hasta que el flujo se redujo a un hilillo. Lamió por dentro, por fuera, las bolas, el perineo, incluso bajó a limpiar lo que había caído sobre el cuero sintético. Cada gota la recogió con la lengua y se la llevó a la boca, saboreándola despacio, los ojos cerrados de puro placer. Cuando al fin levantó la cabeza, la barbilla le brillaba de saliva y semen, los labios hinchados. Miró a Diego desde abajo, arrodillado entre sus piernas como un devoto.

—Ya está… limpio por dentro. Pero tú estás hecho un puto desastre, barman. Te has corrido por todo el pecho y yo también te he salpicado. Ven aquí.

Diego se incorporó con esfuerzo, las piernas todavía temblorosas, y se sentó al borde del sofá. Carlos se levantó solo lo justo para quedar de rodillas frente a él, a la altura del torso. Empezó a limpiarlo con la lengua: primero el pecho ancho y marcado, lamiendo los chorros secos de semen de Diego que se habían pegado al vello y a la piel. Pasó la lengua plana por un pezón, lo chupó, luego el otro, saboreando la mezcla salada. Bajó por el abdomen, recogiendo cada rastro blanco, hundiendo la lengua en el ombligo. Diego le acariciaba el pelo, mirándolo con ojos entrecerrados, la respiración todavía agitada.

—Qué bien chupas todo… no solo la polla —susurró—. Limpíame entero. Quiero tu boca por todas partes.

Carlos bajó más. La polla de Diego, ya semi-erecta otra vez, todavía tenía restos de su propia corrida en la base y en las bolas. El camionero la tomó con una mano, la levantó y lamió las bolas velludas una por una, succionándolas con suavidad, limpiando lo que quedaba. Después subió por el tronco, recogiendo el sabor a semen fresco y a precum, hasta llegar al glande. Lo envolvió con los labios y chupó despacio, solo para terminar de limpiar, sin prisa de volver a excitarlo del todo. Diego soltó un gemido largo y le empujó un poco la cabeza, disfrutando.

—Ahora tú —dijo Diego con voz ronca cuando Carlos se apartó—. Estás cubierto de mi leche. Déjame devolverte el favor.

Se intercambiaron. Carlos se sentó en el sofá, las piernas abiertas, el pecho velludo y el vientre firme manchados de los chorros de Diego. El barman se arrodilló entre sus muslos y empezó a limpiarlo con la misma devoción. Lengua caliente pasando por el vello del pecho, chupando los pezones duros, bajando por la línea del abdomen hasta el pubis. Lamió la base de la polla de Carlos, todavía brillante de saliva y de lo que había salido del culo, recogiendo cada gota residual. Subió hasta el glande, lo chupó limpio, saboreando la mezcla de sabores: el suyo propio, el de Carlos, el gusto a culo follado. Carlos le acariciaba la nuca, disfrutando del calor de aquella boca servicial.

—Qué puta limpieza más rica… —gruñó el camionero—. Me gusta verte de rodillas limpiándome la leche que te saqué.

Cuando ambos estuvieron más o menos limpios por fuera, se miraron. Diego se levantó y se inclinó sobre Carlos. Se besaron. El beso fue lento al principio, casi tierno después de tanta brutalidad, pero enseguida se volvió profundo y sucio. Las lenguas se enredaron, intercambiando el sabor del semen mezclado que todavía les llenaba la boca. Carlos chupó la lengua de Diego, saboreando su propia corrida que el barman había recogido de su culo. Diego le mordió el labio inferior y le devolvió el favor, empujando saliva y restos de leche de un lado a otro. El gusto era intenso, amargo-salado, a sexo crudo y a dos machos que se habían vaciado sin reserva. Se besaron largamente, las manos recorriendo espaldas sudadas, culos todavía sensibles, pechos pegados. La polla de Carlos dio un latido débil contra el muslo de Diego; la de Diego respondió igual.

Se separaron solo lo justo para respirar, frentes juntas, alientos mezclados.

—La próxima semana paso otra vez por la ciudad —dijo Carlos, la voz baja, casi un susurro contra la boca del otro—. Mismo día. ¿Repetimos el reto? Karaoke desnudos. Sala 4. Y lo que salga después… sin prisa, o con toda la prisa del mundo. Como nos dé la gana.

Diego sonrió, los labios hinchados y brillantes, los ojos todavía vidriosos de placer.

—Trato hecho, camionero. Yo pongo la sala libre. Tú traes esa polla gorda y esas ganas de reventarme. Y si fallamos notas… nos quedamos en bolas otra vez. Y te dejo que me la metas hasta que no pueda ni servir cañas al día siguiente.

Carlos soltó una risa grave que le vibró en el pecho.

—No fallaremos a propósito. O sí. Da igual. Vendré. Y te follaré otra vez. Consentido. Crudo. Hasta dejarte cojeando.

Se besaron una vez más, más suave, saboreando todavía el semen que les quedaba en la lengua. Después se quedaron abrazados un rato en el sofá, desnudos, sudados, el cuerpo de uno contra el del otro. La música del piso de abajo seguía, lejana, como un rumor sin importancia. La pantalla del karaoke proyectaba letras que ya nadie leía. El pestillo seguía cerrado.

Poco a poco el calor bajó. Las respiraciones se calmaron. Carlos apoyó la cabeza en el hombro de Diego. Diego le pasó una mano por el pelo revuelto, sin decir nada más. El semen residual se secaba en la piel. El ambientador de vainilla ya no disimulaba del todo el olor a sexo.

Fuera, alguien gritaba un estribillo desafinado.

Dentro, solo silencio.

Rate this story

Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Tagged rough-sex rimming doggy-style creampie dirty-talk

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.