Susurro de Por Favor Bajo la Tormenta
Un arquitecto de 32 años acoge a un atractivo excursionista de 28 llamado Julius durante una tormenta, y terminan follando como animales frente a la chimenea.
Necesito confesar que aquella noche la tormenta no solo azotó la sierra, sino que también removió todo lo que yo creía controlado dentro de mí. Me llamo Hassan, tengo treinta y dos años y soy arquitecto. Hace cuatro años diseñé y levanté con mis propias manos esta cabaña de madera y piedra en lo alto de la montaña, huyendo del ruido constante de la ciudad y de relaciones que solo me dejaron hueco. Vivo solo. No hay vecinos en kilómetros, solo pinos, rocas y el viento. Esa soledad me había parecido un refugio hasta que los golpes resonaron en la puerta como un llamado que no esperaba.
La lluvia caía en cortinas densas, golpeando el tejado con un rugido continuo. Los relámpagos rasgaban el cielo negro cada pocos segundos, iluminando el interior de la sala a través de los grandes ventanales que yo mismo había proyectado para captar la luz del día. El trueno llegaba después, profundo, vibrando en el pecho y haciendo temblar los vasos en la mesa. Yo estaba sentado frente a la chimenea que domina la estancia, un gran hogar de piedra que construí piedra a piedra, con leños crepitando y lanzando chispas. Tenía un libro de arquitectura contemporánea en las manos, pero las páginas no significaban nada. El aislamiento a veces se vuelve pesado, sobre todo cuando el cuerpo recuerda que lleva más de un año sin tocar a otro hombre, sin sentir piel contra piel, sin el olor masculino invadiendo los pulmones.
Tres golpes fuertes. Luego otros dos. No era el viento. Me levanté, el corazón latiéndome ya con una mezcla de alerta y curiosidad extraña. Tomé la linterna y abrí la pesada puerta de roble. El viento me empujó hacia atrás, trayendo olor a tierra mojada, resina y algo más: el aroma cálido de un cuerpo humano empapado. Allí estaba él, de pie bajo el dintel, completamente calado. Julius. Aunque aún no sabía su nombre, su imagen se me clavó como un relámpago propio.
Tenía veintiocho años y se notaba que su vida transcurría al aire libre. Medía casi uno noventa, hombros anchos, cintura estrecha, piernas largas y poderosas. La camiseta térmica gris se había vuelto casi transparente por el agua, pegada a cada relieve de su torso como una segunda piel obscena. Los pectorales marcados, los pezones endurecidos por el frío destacándose bajo la tela, los abdominales perfectamente esculpidos bajando en líneas duras hasta la V profunda que desaparecía bajo la cinturilla de sus pantalones de trekking. Esos pantalones se adherían a sus muslos como si los hubieran pintado, marcando cada músculo, cada tendón, y sobre todo el bulto pesado y grueso de su polla que se adivinaba a la izquierda, grueso incluso en reposo, hinchado por el frío y la presión de la tela mojada. El agua corría por su cuello, bajaba por el centro de su pecho y se perdía en el ombligo. Su cara era brutalmente atractiva: mandíbula cuadrada con una barba de tres días oscura, labios llenos entreabiertos por el esfuerzo, ojos castaños intensos que me miraron directamente, sin vergüenza, con alivio y también con un hambre repentina que reconocí al instante porque la sentí igual en mis entrañas.
—Por favor… —su voz era grave, ronca, casi rota por el frío—. Me llamo Julius, tengo veintiocho años. Soy excursionista, guío rutas pero esta vez vine solo. La tormenta me sorprendió en el paso alto. Todo se inundó, perdí el camino. Vi la luz de tu cabaña y… te suplico refugio. Solo esta noche. No tengo dónde más ir.
Sus palabras terminaron en un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Yo me quedé paralizado un segundo, recorriéndolo con la mirada sin poder evitarlo. Mi polla dio un latigazo dentro de mis pantalones de algodón, despertando de golpe. Confieso que en ese instante pensé en arrastrarlo dentro, arrancarle la ropa mojada y lamer cada gota de agua que bajaba por esos abdominales hasta meterme su verga gruesa en la boca. Pero me controlé. Apenas.
—Entra —dije, apartándome—. Soy Hassan, treinta y dos años, arquitecto. Vivo solo aquí. No voy a dejarte morir de frío. Pasa.
Julius entró y el agua empezó a formar un charco a sus pies. Cerré la puerta y el ruido de la tormenta se convirtió en un rumor lejano, aunque los truenos seguían retumbando. El calor de la chimenea lo golpeó de inmediato y él soltó un gemido bajo de alivio que me llegó directo a la entrepierna. Fui al armario del pasillo y saqué la toalla más grande que tenía, una de algodón egipcio gruesa y suave. Cuando se la entregué, nuestros dedos se rozaron. Los suyos estaban helados, los míos ardiendo. Ninguno apartó la mano de inmediato. Sus ojos bajaron a mi boca un segundo y luego subieron otra vez. Sentí la tensión sexual crepitar entre nosotros como otro relámpago.
—Gracias, Hassan —murmuró, y empezó a secarse el pelo. Los bíceps se le marcaban con cada movimiento, el agua brillaba sobre sus antebrazos venosos. Se frotó el cuello, bajó por el pecho, y la toalla se oscureció al absorber el agua. Yo no podía dejar de mirar. Cada vez que pasaba la tela sobre sus pectorales, los músculos se contraían y yo imaginaba mis dientes allí, mordiendo, chupando. Mi respiración se había vuelto más pesada.
—Siéntate frente al fuego —le ordené, señalando el sillón grande de cuero que estaba junto al mío—. Voy a prepararte algo caliente.
Mientras iba a la cocina abierta, sentía su mirada en mi espalda, en mi culo. Podía notar cómo me evaluaba. Preparé un té negro fuerte con miel y un chorrito de brandy, aunque ninguno de los dos estaba ebrio ni lo estaríamos. Solo necesitaba que entrara en calor. Cuando volví con la taza humeante, él ya se había quitado las botas y los calcetines. Sus pies eran grandes, fuertes, con venas marcadas. Estaba secándose los brazos y la toalla había bajado hasta su cintura, dejando a la vista toda la parte superior de su cuerpo. La luz naranja del fuego bailaba sobre su piel mojada, resaltando cada corte muscular, cada gota que aún resbalaba desde su clavícula hasta perderse bajo la cinturilla.
Tomó la taza y sus dedos volvieron a rozar los míos. Esta vez el contacto duró más.
—Joder… está delicioso —dijo después del primer sorbo. Su voz era más grave ahora, más relajada—. No sabes lo que es caminar bajo esa lluvia durante horas. Creí que no lo contaba.
—¿Cómo terminaste tan lejos del sendero principal? —pregunté, sentándome a su lado. Nuestras rodillas casi se tocaban. El calor de su cuerpo mojado llegaba hasta mí.
Julius se encogió de hombros y el movimiento hizo que sus pectorales se flexionaran. Confieso que se me hizo la boca agua.
—Quería soledad, como tú, supongo. Llevo tres días acampando, sin nadie. La tormenta llegó de golpe, el viento casi me tira por un barranco. Cuando vi tu luz… —Sus ojos se clavaron en los míos con intención—. Pensé que era un milagro. Y ahora estoy aquí, goteando en tu sala, medio desnudo frente a un hombre que… que me mira como si quisiera comerme.
La última frase la dijo más bajo, casi un susurro. No había reproche. Había provocación. Sentí que mi polla se endurecía del todo, presionando dolorosamente contra la tela. Él lo notó. Su mirada bajó un segundo a mi entrepierna y vi cómo su propio bulto, ya visible antes, se hinchaba más dentro de los pantalones mojados.
—No te estoy mirando así —mentí, aunque ambos sabíamos que era mentira.
Julius sonrió de medio lado, una sonrisa peligrosa y sexual.
—Claro que sí. Y yo a ti. Llevo diez minutos sintiendo cómo se me pone dura solo porque me miras. Pero estoy congelado y tú eres un desconocido… aunque no lo parezca.
Se levantó, dejó la taza y, sin pedir permiso, se quitó la camiseta térmica por completo. El movimiento fue lento, deliberado. Primero los brazos, luego la tela pasó por su cabeza y su torso quedó totalmente expuesto. Era perfecto. Piel dorada, vello oscuro y fino en el centro del pecho, pezones oscuros y duros, abdominales que se contraían con cada respiración. El agua que aún quedaba en su piel brillaba como aceite. Se giró ligeramente para colgar la prenda cerca del fuego y pude ver su espalda ancha, los músculos dorsales, la forma en que los pantalones se le pegaban al culo redondo y firme.
Cuando se volvió, su polla estaba claramente más gruesa, el contorno obscenamente marcado. Se sentó de nuevo, esta vez más cerca. Nuestros muslos se tocaron. El calor de su piel desnuda contra la mía a través de la tela me quemó.
—Gracias por la toalla, Hassan —dijo en voz baja, casi ronroneando—. Y por no echarme. Creo que esta tormenta va a durar toda la noche.
Yo tragué saliva. Mi mente estaba llena de imágenes: yo de rodillas quitándole esos pantalones, sacando esa verga gruesa y pesada, lamiéndola mientras él gemía y me agarraba del pelo. Imaginé cómo me follaría después, fuerte, animal, como dos machos en celo frente a esta misma chimenea. Pero no era el momento. Aún no. La tensión era tan espesa que casi se podía morder.
—Puedes quedarte todo el tiempo que necesites —respondí, la voz ronca—. Tengo ropa seca si quieres cambiarte.
—No todavía —contestó él, mirándome directamente a los labios—. Me gusta cómo me miras mientras estoy así… mojado. Y yo quiero seguir mirándote.
El trueno rugió fuera. Dentro, el fuego crepitaba y nuestros cuerpos se acercaban centímetro a centímetro sin que ninguno de los dos dijera abiertamente lo que ambos ya sabíamos. Julius pasó la toalla lentamente por su vientre bajo, casi tocando la cinturilla, y yo sentí que mi control colgaba de un hilo muy fino.
Confieso que en ese instante deseé que la tormenta nunca acabara. Porque sabía que, antes de que amaneciera, terminaríamos follando como animales. Pero todavía no. La noche acababa de empezar y la tensión crecía con cada gota que caía de su piel a la madera del suelo.
La manta de lana gruesa cayó sobre nosotros como una invitación silenciosa al pecado. La extendí con cuidado, asegurándome de que nos cubriera desde los hombros hasta los pies, creando un refugio caliente donde el mundo exterior —la tormenta que aullaba contra los ventanales— quedaba reducido a un rumor lejano. Julius se acomodó mejor frente a la chimenea, deslizándose desde el sillón hasta la alfombra de piel de oveja que yo mismo había colocado allí para las noches frías. Sus largas piernas se doblaron, los muslos poderosos tensando la tela aún húmeda de sus pantalones de trekking. Me senté a su lado, tan cerca que nuestros hombros desnudos —el suyo completamente expuesto, el mío bajo la camisa ligera que no me había quitado— se rozaron con una electricidad que me recorrió la columna.
Confieso que sentir su piel caliente contra la mía bajo la manta fue como encender una mecha. El fuego proyectaba destellos naranjas y rojos sobre su torso esculpido, iluminando el vello fino y oscuro que bajaba desde sus pectorales hasta perderse bajo la cintura. Olía a lluvia, a hombre cansado y a algo primitivo que me ponía la polla como una barra de hierro. Nuestras rodillas se tocaron bajo la lana, primero de forma casual, después con una presión deliberada que ninguno de los dos disimuló. El calor de su cuerpo se filtraba hasta mis huesos, y mi verga palpitaba con cada latido, dejando una mancha húmeda en mis calzoncillos.
—Gracias —murmuró Julius con esa voz grave que parecía vibrar en mi pecho—. No solo por la manta… por no fingir que no pasa nada entre nosotros.
El silencio que siguió fue denso, roto solo por el crepitar de los leños y un trueno que hizo temblar los cristales. Yo respiraba su aliento, cálido por el brandy y la miel. Entonces él giró ligeramente la cabeza, sus ojos castaños clavados en los míos con una vulnerabilidad que contrastaba con la anchura de sus hombros.
—Hassan… necesito confesar algo —dijo en voz baja, casi un susurro que se mezcló con el viento afuera—. Siempre he fantaseado con hombres mayores y fuertes. Tengo veintiocho años, guío excursiones por estas sierras desde los veinte, pero en la intimidad… siempre busco a alguien como tú. Un hombre de treinta y dos, con manos que han construido una cabaña entera, con brazos capaces de levantarme y follarme contra una pared sin esfuerzo. Me excita imaginarme sometido, dominado por alguien que me haga sentir su tamaño y su poder.
Sus palabras cayeron sobre mí como gasolina sobre brasas. Nuestras rodillas se apretaron más fuerte bajo la manta, frotándose en un vaivén lento que imitaba el roce de caderas. Sentí cómo su muslo se deslizaba contra el mío, caliente, firme, y mi polla dio un salto violento.
—Sigue —le pedí, la voz ronca, casi irreconocible—. Quiero oírlo todo.
Julius tragó saliva. Su mano, bajo la manta, rozó mi rodilla y subió un centímetro por mi muslo, quemándome a través de la tela.
—Fantaseo con un hombre mayor que me ponga de rodillas y me meta la polla hasta la garganta, sujetándome la cabeza mientras lloro de gusto. Quiero que me llame su puto excursionista, que me abra las nalgas con esas manos fuertes y me coma el culo con la lengua hasta que suplique. Quiero sentir una verga gruesa, venosa, de alguien que ha vivido y follado de verdad, abriéndome centímetro a centímetro mientras me susurra al oído lo apretado que estoy. Siempre he soñado con que me follen sin condón, con leche caliente llenándome por dentro, chorreando después por mis muslos mientras sigo pidiendo más.
La conversación se había vuelto completamente obscena, y cada frase hacía que la temperatura bajo la manta subiera varios grados. Mi respiración era agitada. Moví mi pierna con descaro, presionando mi rodilla contra el bulto que ahora era imposible de ignorar en sus pantalones. Su polla estaba durísima, gruesa como mi muñeca, palpitando contra la tela mojada. Julius gimió bajito cuando la rocé, y su mano subió más, atrevida, hasta posarse directamente sobre mi erección.
—Joder, Hassan… estás igual de cachondo que yo —susurró, apretando suavemente mi verga a través de los pantalones—. Admítelo. Dime que quieres follarme. Dime que quieres metérmela hasta el fondo mientras la tormenta nos tapa los gritos.
Ya no había vuelta atrás. Ambos admitíamos abiertamente el deseo mutuo, sin vergüenza, sin filtros. El roce de nuestras rodillas se había convertido en un frotamiento constante de muslos, casi seco, desesperado. Mi mano encontró su pecho bajo la manta y pellizqué uno de sus pezones oscuros, duros como piedras. Él arqueó la espalda, empujando su torso contra mis dedos.
—Quiero todo eso y más —confesé, la voz rota por la lujuria—. Quiero sacarte esa polla gruesa que has estado marcando desde que entraste y chupártela hasta que me ahogue con tu corrida. Quiero lamerte los huevos, bajarte los pantalones y enterrar mi cara entre esas nalgas firmes de excursionista. Y después quiero follarte como un animal, Julius. Quiero ponerte a cuatro patas frente a esta chimenea, agarrarte de las caderas y clavártela tan profundo que sientas mi leche salpicando dentro de ti durante días. Eres mío esta noche. Mi puto excursionista de veintiocho años con cuerpo de dios y culo de pecado.
Sus ojos se oscurecieron. La mano con la que me tocaba la polla empezó a masturbarme lentamente, arriba y abajo, apretando la cabeza hinchada. Yo hice lo mismo, metiendo la mano bajo su cintura y rodeando por fin su verga caliente, gruesa, palpitante. La piel era suave, el glande estaba empapado de precum. Nos pajeábamos mutuamente bajo la manta mientras el fuego lamía las piedras de la chimenea.
Entonces todo se detuvo un segundo. Julius me miró a los labios, temblando. Su cara estaba a milímetros de la mía, el aliento entrecortado, los ojos vidriosos de pura necesidad.
—Por favor… —susurró, y esa palabra, exactamente la misma que había usado en la puerta, sonó ahora como la rendición más erótica del mundo.
Fue él quien me besó primero.
Sus labios chocaron contra los míos con una urgencia brutal. No fue un beso tierno; fue un choque de bocas abiertas, lenguas que se buscaron con violencia, dientes que mordían, saliva que se mezclaba. Gemí dentro de su boca mientras su lengua me invadía, gruesa y caliente, follándome la boca con la misma intensidad con la que yo imaginaba que me follaría después. Mis manos subieron a su nuca, enredándose en su pelo húmedo, tirando de él para profundizar el beso. La manta resbaló de nuestros hombros, dejando al descubierto su torso perfecto bañado en sudor y luz de fuego.
Nos devoramos. Su sabor era adictivo: brandy, hombre, deseo puro. Nuestras pollas seguían atrapadas entre nuestros cuerpos, frotándose una contra la otra a través de la ropa mientras nos besábamos como animales. Julius gruñó contra mis labios, mordió mi labio inferior y luego lo chupó, enviando descargas directas a mi verga. Bajé una mano y apreté su culo redondo, duro, metiendo los dedos entre las nalgas por encima de la tela. Él empujó hacia atrás, buscando más.
El beso se volvió más sucio, más húmedo. Lenguas lamiendo, succionando, respiraciones entrecortadas. Sentía su corazón latiendo contra mi pecho, sus pezones rozando mi camisa, su polla enorme dejando un rastro de precum en mi muñeca mientras lo pajeaba con más fuerza. La tormenta rugía fuera, pero dentro solo existían nuestros gemidos ahogados, el sonido obsceno de bocas que se comían y manos que exploraban sin piedad.
Confieso que en ese instante supe que ya no había control. La pasión contenida se había desatado como un incendio forestal. Nos besábamos con tanta fuerza que dolía, pero ninguno quería parar. Nuestros cuerpos se retorcían bajo la luz de la chimenea, rodillas y muslos entrelazados, pollas frotándose, manos apretando carne caliente y sudorosa. Julius susurró “por favor” otra vez contra mi boca entre beso y beso, y esa súplica me volvió loco.
Sin embargo, la noche seguía siendo larga. La tormenta no daba señales de amainar, y aunque nuestros cuerpos ya ardían y nuestras bocas estaban hinchadas y mojadas, aún quedaba mucho por hacer. Lo supe cuando nos separamos un segundo, jadeando, mirándonos con los ojos llenos de promesas sucias, y volvimos a besarnos con más hambre, sabiendo que esto solo era el preludio de cómo terminaríamos follándonos como bestias frente al fuego. Mi mano bajó la cremallera de sus pantalones lentamente, sintiendo el calor brutal que escapaba de su entrepierna, mientras su lengua volvía a entrar en mi boca y el trueno resonaba como un aplauso a nuestra depravación.
Lo empujé contra el sofá con un gruñido que surgió desde lo más hondo de mi pecho, y Julius se dejó caer sobre los cojines de cuero con los ojos brillantes de pura necesidad. La tormenta rugía fuera como si celebrara nuestra rendición, pero yo solo escuchaba el latido salvaje de mi propia sangre y los jadeos entrecortados de aquel excursionista de veintiocho años que había llamado a mi puerta para terminar así: abierto, expuesto, suplicante. Confieso que en ese momento perdí cualquier resto de civilización que me quedara. Mis manos, las mismas que habían levantado piedra sobre piedra para construir esta cabaña, le arrancaron los pantalones mojados y los calzoncillos de un tirón, dejando al descubierto su polla gruesa, venosa, curvada hacia arriba y empapada en precum. Sus huevos pesados colgaban tensos, y más abajo, entre las nalgas firmes y redondas endurecidas por años de caminar por la sierra, su agujero se contrajo visiblemente bajo mi mirada.
Lo giré con brusquedad, poniéndolo de rodillas sobre el sofá con el pecho aplastado contra el respaldo. Sus nalgas se abrieron solas ante mí, perfectas, musculosas, con un vello oscuro y fino que brillaba bajo la luz anaranjada del fuego. Confieso que el olor de su cuerpo —sudor limpio, lluvia y deseo masculino— me golpeó como un relámpago. Separé aquellas nalgas con ambas manos, clavando los pulgares en la carne dura, y enterré mi cara entre ellas sin piedad. Mi lengua, plana y caliente, lamió desde sus huevos hasta el borde fruncido de su culo en un lametón largo y obsceno. Julius soltó un gemido ronco que reverberó en la sala.
—Joder, Hassan… sí… —jadeó, empujando hacia atrás con el culo—. Méteme la lengua, por favor… cómeme entero.
No necesité que me lo pidiera dos veces. Clavé la punta de mi lengua contra su agujero y empujé, abriéndolo, follándolo con lametones profundos y húmedos que lo hacían temblar. Lo saboreaba todo: el gusto salado de su piel, la forma en que su esfínter se contraía y luego se relajaba alrededor de mi lengua, tragándomela más adentro. Metía y sacaba la lengua con ritmo brutal, follándolo como si mi boca fuera una polla, mientras mis manos amasaban sus nalgas y las separaban aún más. Julius gemía como un animal, la cara hundida en el respaldo del sofá, el culo elevado y abierto para mí.
—Más… por favor… más profundo, Hassan… me estás volviendo loco —suplicaba con voz rota, moviendo las caderas en círculos desesperados contra mi cara. Su polla goteaba sin parar sobre el cuero, dejando un charco brillante. Confieso que su sabor y sus súplicas me tenían la verga tan dura que me dolía. Lamí, chupé, mordí suavemente el borde de su agujero y volví a hundir la lengua hasta donde pude, follándolo con ella mientras escuchaba cómo la tormenta y sus gemidos se mezclaban en una sinfonía obscena. Sus piernas temblaban. El sudor le corría por la espalda ancha y yo lo lamía también, subiendo desde su culo hasta la base de su columna para luego bajar otra vez y repetir la tortura.
Cuando estuve seguro de que su agujero estaba completamente mojado, babeante y abierto, lo volteé con violencia y lo tiré de espaldas sobre el sofá. Julius me miró con los labios hinchados y los ojos vidriosos. Tenía veintiocho años, un cuerpo forjado por la montaña, y en ese instante parecía completamente mío. Le sujeté las muñecas con una sola mano y las inmovilicé por encima de su cabeza, clavándolas contra el brazo del sofá. Mi polla, gruesa y venosa, rozaba su entrada ya preparada. No hubo palabras. Solo un gruñido compartido cuando empujé la cabeza hinchada contra su agujero y entré de un solo golpe brutal hasta los huevos.
—Ahhh… ¡joder! —gritó él, arqueando la espalda.
Empecé a follarlo en misionero salvaje, sin compasión. Mis caderas golpeaban contra sus nalgas con golpes secos y profundos que hacían que el sofá crujiera. Cada embestida lo atravesaba entero. Sentía cómo su culo caliente y apretado me estrujaba la polla, cómo sus paredes internas palpitaban alrededor de mi verga mientras yo lo taladraba sin descanso. Le sujetaba las muñecas con fuerza, inmovilizándolo, dominándolo por completo mientras mi torso sudoroso chocaba contra el suyo. Sus pectorales se flexionaban con cada impacto, sus pezones duros rozaban mi piel.
—Así… así te quiero, Julius —le gruñí al oído, acelerando el ritmo hasta que el sonido de carne contra carne se volvió ensordecedor—. Tomando cada centímetro de mi polla como el puto que eres.
Sus gemidos se volvieron más altos, más desesperados. Sus piernas se envolvieron alrededor de mi cintura, tirando de mí para que entrara más profundo. Confieso que follarlo así, mirándolo a los ojos mientras lo partía en dos, era mejor que cualquier fantasía que hubiera tenido en mis años de soledad. El fuego crepitaba, la tormenta aullaba, y yo solo podía sentir su calor interno tragándome la verga una y otra vez.
Sin salir de él, lo levanté un poco y lo giré, poniéndolo a cuatro patas sobre la alfombra de piel de oveja frente a la chimenea. Su culo quedó elevado, rojo por los golpes anteriores, su agujero abierto y brillante con mi saliva y su propia humedad. Lo penetré de nuevo con un solo empujón salvaje que le arrancó un grito gutural. Empecé a follarlo con fuerza brutal, sujetándolo por las caderas, clavándosela hasta el fondo con cada embestida. Mi mano derecha cayó sobre su nalga derecha con un sonoro plaf que resonó en la cabaña.
—Mírate… gimiendo mi nombre como una puta en celo —le espeté, dándole otra nalgada fuerte que le dejó la marca de mis dedos—. Di mi nombre, Julius. Quiero oír cómo suenas cuando te parto el culo.
—Hassan… ¡joder, Hassan! —gimió él, empujando hacia atrás para encontrarse con mis embestidas—. Más fuerte… soy tu puto… tu puto excursionista… ¡por favor!
Le di nalgada tras nalgada mientras lo taladraba sin piedad. Su culo se ponía más rojo con cada golpe, y su voz se quebraba cada vez que mi polla le golpeaba la próstata. Confieso que verlo así —a cuatro patas, sudando, gimiendo mi nombre como una oración sucia— era lo más erótico que había presenciado en mi vida. Sus músculos se contraían, su polla gruesa se balanceaba pesada entre sus piernas, goteando sin parar sobre la alfombra. Lo follaba con tanta fuerza que sus rodillas resbalaban sobre la piel de oveja. El calor del fuego nos bañaba a ambos, haciendo que el sudor nos corriera por la piel y facilitara aún más cada golpe de mis caderas contra su culo castigado.
Finalmente, tiré de él y me senté en el sofá, la polla todavía dura como acero y brillante con sus fluidos. Julius, con la mirada nublada de lujuria, se subió encima de mí sin que se lo pidiera. Se colocó a horcajadas, sujetó mi verga con una mano temblorosa y se empaló de golpe hasta el fondo, soltando un gemido largo y animal. Empezó a cabalgarme con furia. Sus muslos poderosos subían y bajaban con velocidad brutal, follándose a sí mismo sobre mi polla mientras el fuego iluminaba cada músculo en tensión de su torso.
—Así… rómpeme… —gruñía, rebotando con violencia. Su polla gruesa golpeaba contra mis abdominales con cada descenso, dejando hilos de precum. Se masturbaba con la mano derecha, apretando su verga hinchada mientras me cabalgaba como un poseso.
Confieso que ver a aquel hombre de veintiocho años, fuerte y salvaje, convertido en una masa de gemidos y sudor cabalgándome con tanta desesperación me llevó al límite. Lo sujeté por las caderas y empecé a subir las mías, follándolo desde abajo con la misma furia. Nuestros cuerpos chocaban con fuerza, el sonido húmedo y obsceno de su culo tragando mi polla llenaba la sala junto con los truenos.
—Voy a correrme… Hassan… ¡me corro! —gritó, acelerando el ritmo de su mano sobre su polla.
Yo también estaba al borde. Sentí cómo mis huevos se tensaban, cómo el orgasmo subía por mi columna como un relámpago. Lo agarré con más fuerza y empujé hacia arriba una última vez, profundo, clavándome hasta el fondo de sus entrañas.
Ambos nos corrimos casi al mismo tiempo. Su polla explotó entre nuestros cuerpos, lanzando chorros espesos y calientes que salpicaron mi pecho y mi abdomen. Al mismo tiempo, yo rugí y empecé a llenarle el interior con leche caliente, disparando una carga tras otra directamente dentro de su culo apretado. Sentí cómo mi semen lo inundaba, cómo su agujero palpitaba alrededor de mi polla ordeñándome hasta la última gota. Julius siguió cabalgándome entre espasmos, ordeñando mi verga con sus paredes internas mientras su propia corrida seguía saliendo a borbotones.
Cuando los últimos temblores nos recorrieron, se dejó caer sobre mi pecho, jadeando, con mi polla todavía enterrada profundamente dentro de él. Mi semen empezaba a escaparse alrededor de mi verga, chorreando lentamente por sus muslos y por mis huevos. La tormenta seguía rugiendo fuera, incansable, y dentro de mí, a pesar del agotamiento que me invadía los músculos, sentí que el fuego no se había apagado del todo. Julius levantó la cara, me miró con los labios entreabiertos y los ojos aún oscuros de deseo, y susurró contra mi boca:
—Hassan… esto no ha terminado, ¿verdad?
Confieso que su voz, todavía ronca de tanto gemir mi nombre, hizo que mi polla diera un latigazo dentro de él. La noche era larga. La tormenta no amainaba. Y aunque acabábamos de corrernos como bestias, su cuerpo todavía temblaba alrededor del mío, pidiendo más sin palabras. Lo besé con fuerza, mordiéndole el labio inferior, sabiendo que antes de que amaneciera volvería a follármelo hasta que ninguno de los dos pudiera caminar. El susurro de su “por favor” aún flotaba en el aire caliente de la cabaña, y yo ya estaba planeando la siguiente forma de arrancárselo de nuevo.
Después de aquel clímax brutal que nos había dejado exhaustos, con los cuerpos brillantes de sudor y los músculos temblando por el esfuerzo, nos dejamos caer completamente sobre la alfombra de piel de oveja frente a la chimenea. Mi verga, aún gruesa y sensible, se deslizó lentamente fuera del culo de Julius, y un hilo espeso de mi leche blanca comenzó a escaparse de su agujero rosado y dilatado, bajando por la curva interna de sus nalgas firmes y musculosas hasta mancharme los huevos y los muslos. Él jadeaba contra mi cuello, su pecho ancho de veintiocho años subiendo y bajando con fuerza, el vello oscuro pegado a la piel por el sudor. Confieso que sentir su peso encima de mí, ese excursionista alto y poderoso convertido en un desastre tembloroso de placer, me llenaba de una satisfacción primitiva que nunca había experimentado en mis treinta y dos años de soledad calculada.
Lo abracé con fuerza, mis manos recorriendo la anchura de su espalda, bajando hasta apretar aquellas nalgas que aún palpitaban por las embestidas. Julius levantó la cara, los labios hinchados de tanto morder y gemir, y me besó con lentitud esta vez, un beso perezoso y profundo donde su lengua jugaba con la mía sin prisa, saboreando los restos de nuestra locura. “Hassan… joder, cómo me has llenado”, murmuró contra mi boca, y su voz grave vibró en mi pecho. Su polla, todavía medio dura y pegajosa de su propia corrida, se aplastaba entre nuestros abdominales, dejando rastros pegajosos cada vez que respirábamos. Pasé los dedos por su agujero, recogiendo mi semen que salía en glóbulos espesos, y él se estremeció, empujando hacia atrás con un gemido bajo, como si incluso en el agotamiento pidiera más.
La tormenta empezaba a amainar fuera. Los truenos ya no sacudían las paredes de piedra y madera que yo mismo había levantado; ahora eran un rumor lejano, casi un ronroneo que acompañaba el crepitar suave de los últimos leños en la chimenea. Julius se acomodó mejor sobre mí, colocando la cabeza exactamente sobre mi pectoral izquierdo, como si el latido de mi corazón fuera su nueva brújula. Su aliento cálido me rozaba el pezón, enviando pequeñas descargas que mantenían mi verga inquieta contra su muslo. Cubrí nuestros cuerpos con la manta gruesa, creando un capullo caliente donde el olor a sexo, a lluvia antigua y a hombre dominaba todo. Confieso que en ese instante me sentí completo por primera vez en años; el arquitecto que había huido de todo encontraba en este excursionista de veintiocho años, con sus piernas largas enredadas en las mías y su culo aún chorreando mi corrida, algo que ninguna relación anterior le había dado.
Mis dedos no dejaban de tocarlo. Recorría la línea de su columna, palpaba los músculos dorsales que se habían contraído tantas veces mientras lo follaba, bajaba hasta la curva perfecta de su culo y volvía a subir. Él suspiraba cada vez que rozaba su agujero sensible, susurrando “por favor…” de forma casi inaudible, como un eco de la súplica con la que había llegado a mi puerta. La lluvia ahora era solo un susurro contra los ventanales que yo había proyectado para captar la luz del amanecer. Julius se fue quedando dormido poco a poco, su cuerpo pesado y relajado sobre el mío, la mano grande abierta sobre mi abdomen, posesiva incluso en el sueño. Escuchaba cómo su respiración se volvía profunda, sincronizándose con el amaine de la tormenta, y yo permanecí despierto un rato más, oliendo su pelo húmedo, sintiendo el calor pegajoso donde nuestra piel se unía, la mezcla de sudores y leches secándose entre nosotros. Pensé en cómo su cuerpo de guía de montaña, forjado por años de cargar mochilas y caminar crestas, se había rendido tan completamente a mis manos de constructor. Confieso que esa rendición me marcó más que cualquier plano que hubiera dibujado.
El sueño me atrapó al fin, con Julius profundamente dormido sobre mi pecho, su oreja pegada a mi corazón como si quisiera llevarse su ritmo consigo. La tormenta ya solo era un leve murmullo, casi un suspiro que acompañaba nuestra quietud.
Cuando abrí los ojos, la luz clara de la mañana se derramaba a través de los grandes ventanales, iluminando la sala con un brillo limpio y plateado. La chimenea estaba casi apagada, solo brasas rojizas que aún desprendían calor. Julius seguía sobre mí, aunque se había girado ligeramente durante la noche; su cara descansaba ahora contra mi clavícula, una pierna musculosa cruzada sobre mis caderas, y su polla matutina, gruesa y pesada incluso en reposo, presionaba contra mi muslo con calor palpable. Las marcas de la noche anterior eran visibles en su piel dorada: las huellas rojizas de mis manos en sus nalgas, un chupetón oscuro en la base de su cuello, el brillo reseco de semen entre sus muslos separados. Confieso que me quedé mirándolo varios minutos, admirando cada relieve de sus abdominales, la forma en que su pecho amplio subía y bajaba, el vello oscuro que bajaba desde el ombligo hasta la base de esa verga que me había vuelto loco. A sus veintiocho años, Julius parecía esculpido por el viento y la roca, y yo, el arquitecto de treinta y dos que había construido esta cabaña para aislarse, ya no quería que se marchara.
Con cuidado me deslicé de debajo de él, cubriéndolo bien con la manta de lana para que no sintiera el frío de la mañana. Mi cuerpo protestó agradablemente, dolorido en los lugares justos: los muslos por el esfuerzo de embestir, la espalda por haberlo sostenido mientras cabalgaba mi polla como un animal. Fui descalzo hasta la cocina abierta, sintiendo la madera pulida bajo las plantas de los pies, y preparé café en la cafetera de hierro que había instalado yo mismo. El aroma fuerte y terroso se extendió por la cabaña, mezclándose con el olor residual de la chimenea y del sexo de la noche. Serví dos tazas grandes, añadí un poco de miel a la suya como la noche anterior, y las llevé hasta la mesa baja junto a los sillones de cuero. La sierra brillaba fuera, los pinos cargados de gotas que reflejaban el sol, el camino que había sido un torrente ahora solo un sendero mojado.
Julius se despertó con el olor del café. Se estiró lentamente bajo la manta, arqueando la espalda como un gran felino, y la lana resbaló hasta su cintura, dejando a la vista todo el torso esculpido, los pezones aún oscuros y sensibles, la polla que se balanceó pesada cuando se sentó. Se pasó una mano por el pelo revuelto, me miró con esos ojos castaños que ya no escondían nada y sonrió de medio lado, esa sonrisa traviesa que prometía depravación. Se levantó sin vergüenza, completamente desnudo, su cuerpo alto y poderoso moviéndose con esa gracia atlética de quien vive al aire libre. Caminó hacia mí, cada paso haciendo que sus músculos se marcaran, el culo aún ligeramente enrojecido balanceándose, y aceptó la taza que le tendí. Sus dedos rozaron los míos, igual que la primera vez, pero ahora con intención deliberada.
Bebimos en silencio al principio, de pie junto a la ventana, mirando cómo la tormenta había dejado el mundo limpio. Sentía su mirada recorriéndome, deteniéndose en mi polla que empezaba a despertar bajo su escrutinio. Confieso que el silencio era cómodo, cargado de todo lo que habíamos hecho y de todo lo que aún queríamos hacer. Coloqué mi taza sobre la mesa y me giré hacia él, apoyando una mano en su cadera desnuda, sintiendo el calor de su piel bajo mis dedos.
—Quédate unos días más, Julius —le dije con voz baja pero firme, mirándolo directamente a los ojos—. No hay prisa. La sierra puede esperar. Mi cama, mi chimenea y yo no. Quiero despertarme contigo así varias mañanas, quiero follarte en la ducha que construí, quiero oírte suplicar de nuevo mientras te tengo contra los ventanales viendo el valle. Quédate.
Él sorbió el último trago de café, dejó la taza y se acercó hasta que su cuerpo desnudo rozó el mío. Su polla, ya completamente dura, presionó contra mi cadera. La sonrisa traviesa se amplió, haciendo que sus labios llenos se curvaran de una forma obscenamente sexy, y sus ojos brillaron con esa hambre que reconocí al instante. Se inclinó hacia mi oído, su aliento caliente rozándome el lóbulo, la barba de tres días raspando suavemente mi mejilla, y susurró con esa voz grave y rota que me ponía la piel de gallina:
—Aún no he terminado de suplicarte todo lo que quiero que me hagas.
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