Suite Alta con Su Sumisa

La empresaria Carmen se entrega como sumisa a su dominante Bruno.

4 min read August 27, 2026New

La suite del piso alto olía a jazmín y a anticipación. Carmen cerró la puerta con el hombro, el vestido negro ceñido brillando bajo las luces bajas, y encontró a Bruno esperándola junto al ventanal. Treinta y cinco años, hombros anchos bajo la camisa abierta, la mirada que la había clavado la primera noche en el club. Él no sonrió; solo extendió la mano.

—Trajiste lo mío.

Ella metió los dedos en el bolso y sacó el collar de cuero negro, el mismo que él le había puesto meses atrás. Se lo ofreció con las manos temblando.

—Necesito entregarme del todo esta noche, Bruno. Completamente. Soy tuya.

Bruno tomó el collar, le rodeó el cuello y lo abrochó con un clic seco. El peso le bajó la respiración a Carmen hasta el coño, ya húmedo.

—De rodillas.

Ella se arrodilló sobre la alfombra gruesa. Él señaló sus zapatos de charol.

—Bésalos. Y di lo que eres.

Carmen inclinó la cabeza, labios abiertos contra el cuero frío, y besó primero el derecho, después el izquierdo, dejando un rastro de saliva.

—Soy tu zorra. Tu puta sumisa. La empresaria de mierda que se moja solo de olerte.

Bruno le agarró el pelo y la obligó a mirarlo.

—Más alto. Confiesa tus fantasías más asquerosas. Ahora.

La voz le salió rota de deseo:

—Quiero que me uses como un agujero. Que me azotes hasta dejarme el culo rojo, que me atas y me follés la garganta hasta que se me escurra la baba. Quiero tu polla embutiéndome el coño mientras me aprietas el cuello y me metes un plug en el culo. Quiero correrme gritando y que me llenes de semen caliente. Por favor, Bruno… úsame.

Él sonrió, oscuro, y le agarró el escote. El vestido negro cedió con un rasgado largo; el sujetador y las bragas siguieron el mismo camino, hechas jirones en el suelo. Carmen quedó desnuda salvo el collar y los tacones. Bruno se quitó la corbata de seda, le cruzó las muñecas a la espalda y las ató firme, el nudo apretado pero no cruel.

—Cuatro patas. Ahora.

Ella obedeció. Él se arrodilló detrás, le abrió las nalgas y le metió dos dedos de golpe en el coño empapado, sacándolos brillantes.

—Míralo. Escurres como una puta en celo.

La primera palmada resonó húmeda. Carmen gritó. La segunda y la tercera dejaron la piel ardiendo, marcas rojas que él acarició después con la yema. Cuando la polla gruesa y dura se hundió de un solo embiste hasta el fondo, ella jadeó contra la alfombra. Bruno la folló salvaje, caderas golpeando, una mano en su nuca y la otra azotando sin parar el culo ya marcado.

—Esto es lo que pediste, zorra. Aguanta.

Los gemidos de ella se volvieron roncos. Él la sacó de golpe, la puso de rodillas otra vez y le abrió la boca con el pulgar.

—Trágala hasta las pelotas.

Carmen abrió, se relajó la garganta y lo recibió. La polla le rozó la campanilla; lágrimas le saltaron a los ojos mientras él empujaba más profundo, follándole la boca con ritmo lento y cruel. Baba le goteaba por la barbilla hasta los pechos. Cuando casi se ahogaba, Bruno la soltó, la levantó como un muñeco y la tiró de espaldas sobre la cama king-size.

Con las correas que había dejado preparadas en las cuatro esquinas le abrió piernas y brazos en águila. Carmen quedó expuesta, el coño hinchado y goteando, el collar brillando. Bruno se subió encima, le apoyó una mano ancha en la garganta —presión justa, control total— y con la otra le empujó un plug de silicona negro, bien lubricado, contra el estrecho anillo del culo. Carmen gimió largo cuando el ensanche cedió y el plug se asentó, llenándola por detrás mientras la polla le partía el coño de un embiste brutal en misionero.

—Mírame mientras te corro. Eres mía.

Cada embestida le golpeaba el clítoris y movía el plug. La mano en el cuello le cortaba el aire lo suficiente para que el placer se volviera blanco y cegador. Carmen se arqueó, gritó su nombre y se corrió con violencia, el coño apretando a ráfagas alrededor de la polla de Bruno, fluidos chorreando sobre las sábanas. Él gruñó, hundió hasta las bolas y se vació dentro, chorros calientes de semen llenándole el coño mientras ella todavía temblaba.

Minutos después, con cuidado, desató cada correa, le retiró el plug despacio y la limpió con una toalla tibia que había dejado en el baño. La envolvió contra su pecho desnudo, besándole la sien, la mejilla, el borde del collar.

—Lo has hecho perfecta, Carmen. Mi buena sumisa. Tan valiente. Tan puta. Tan mía.

Ella, todavía temblando, le cogió la mano y le besó los nudillos, la palma, cada dedo.

—La próxima vez llevaré el plug puesto todo el día en la oficina, solo para ti… ¿me lo prometes, Bruno? ¿Me lo harás llevar aunque me arda y me moje en cada reunión?

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