Reencuentro Atado con Mi Ex Dom
Reencuentro con su ex Dom: Nadia se arrodilla, se deja atar y follar duro como antes.
La música latía baja en la mansión, un pulso grave que se mezclaba con el roce de cuero y el murmullo de conversaciones. Nadia entró con el vestido negro ceñido hasta media muslo y el collar fino que ya no usaba en público desde hacía años. Cinco años. El aire olía a cera, a sudor limpio y a ese perfume metálico de metal y expectación que siempre marcaba las fiestas privadas.
Lo vio antes de que él la viera a ella. Bruno estaba junto a la barra de la sala principal, camisa negra arremangada, el mismo corte de pelo corto, la misma postura de quien no necesita alzar la voz para que el espacio se abra. Treinta y dos años y el mismo control quieto. Cuando sus miradas se cruzaron, el tiempo se encogió. Bruno levantó dos dedos de la mano derecha, el gesto mínimo que siempre usaban: índice y medio juntos, un segundo de presión en el aire. Todavía me perteneces si lo quieres.
El cuerpo de Nadia respondió antes que la cabeza. Un calor húmedo le bajó entre las piernas, el coño se contrajo solo, los pezones se le endurecieron contra la tela. Sonrió. Una sonrisa pequeña, clara, de acuerdo. Él inclinó la cabeza una vez y cruzó la sala sin prisa.
No dijeron “hola”. Bruno le rozó la muñeca con los dedos y la guió por un pasillo lateral hasta una puerta de madera oscura. Dentro, la sala privada olía a cuerdas nuevas y a limpio. Un punto de anclaje en el techo, un banco bajo, un estante con floggers y un cuenco de rojas brillantes. Cerró con llave.
—¿Quieres volver a someterte a mí esta noche, Nadia? —preguntó sin adornos, mirándola a los ojos—. Consensual. Claro. Ahora.
Ella no dudó. Se arrodilló en la alfombra, rodillas abiertas, manos sobre los muslos, mirada baja.
—Sí, Señor. Lo deseo. Úsame como antes.
Bruno se agachó, le agarró la mandíbula y la besó con rudeza, dientes, lengua profunda, el sabor de whisky y control. Le susurró contra la boca:
—Me gusta verte atada y suplicando. Me gusta cuando mojas el suelo esperando. Quítate el vestido. Sin bragas. Ahora.
Nadia se desnudó con dedos torpes de ganas. El aire fresco le rozó la piel. Bruno recorrió sus pechos con las palmas, pellizcó los pezones hasta sacarle un gemido, bajó al coño y metió dos dedos sin aviso. Estaba empapada.
—Mírate. Cinco años y el cuerpo todavía me obedece. Ruega.
—Por favor, Señor… úsame. Átame. Fóllame duro como antes. Te necesito dentro.
Él sonrió apenas, sacó las cuerdas rojas y empezó a trabajar. Nudos precisos alrededor de pechos, cintura, muslos. La levantó en suspensión parcial: pies rozando el suelo, torso inclinado, brazos atrás, tetas presentadas, coño abierto y vulnerable. Nadia jadeaba, el peso tirando justo donde dolía rico.
Bruno tomó el flogger de gamuza. Los primeros latigazos cayeron en la carne de las tetas, un ardor que se extendió como fuego líquido. Ella gritó y se arqueó. Después el flogger bajó entre las piernas, azotando el coño hinchado, los labios, el clítoris. Cada golpe la hacía chorrear. Lágrimas le saltaron a los ojos de placer puro.
—Abre la boca.
Se plantó frente a ella, se desabrochó y le metió la polla gruesa hasta la garganta. Nadia, colgada, solo podía tragar y babear mientras él le follaba la cara con embestidas firmes, una mano en su pelo. El sonido obsceno de garganta llena llenó la habitación. Ella gemia alrededor de la carne, saliva escurriéndole por la barbilla hasta los pechos atados.
Cuando él quiso, la bajó con cuidado, la soltó lo justo para ponerla a cuatro patas en el banco. La polla todavía brillante de saliva le rozó el culo. Bruno le dió una palmada fuerte en cada mejilla, otra en el coño, y se hundió de un solo empujón hasta el fondo. Nadia gritó su nombre de Señor. La folló salvaje, caderas golpeando, mano en el pelo tirando hacia atrás para que arquease la espalda.
—Eres mi puta de cuerda. Dilo.
—Soy tu puta de cuerda, Señor… ah, más fuerte…
Le sacó la polla, la alineó con el culo y empujó despacio al principio, después sin piedad. Nadia se corrió la primera vez solo con la sensación de estar llena y poseída, el orgasmo sacudiéndola en oleadas violentas. Bruno alternaba: coño, culo, coño otra vez, palmadas que dejaban marcas rojas, tirones de pelo, órdenes degradantes que ella obedecía con gemidos rotos.
—Suplica por mi corrida.
—Por favor, Señor, córrete en mí… lléname… te lo ruego…
Él gruñó, la embistió hasta el límite y se corrió profundo en su culo, caliente, a pulsos. Nadia se vino otra vez solo de sentirlo, temblando, babosa, completamente entregada bajo su control.
Bruno la desató con paciencia. Cada nudo suelto era un alivio y una caricia. Limpió el sudor, la saliva y el semen de su cuerpo con un paño húmedo y suave, le masajeó las muñecas y los hombros. Después la atrajo contra su pecho, sentados en el suelo, ella todavía flotando en subspace, la mente blanca y dulce.
—Te portaste perfecta —susurró contra su pelo—. Mi buena chica. Siempre lo fuiste.
Nadia le besó las manos, los nudillos, las palmas donde olía a cuero y a ella. Le pidió, voz ronca:
—Quédate un rato más… solo un poco.
Él la abrazó en silencio unos minutos. El reloj de la pared marcaba la madrugada. Bruno le acarició la espalda una última vez, le puso el vestido encima con cuidado y le ayudó a ponerse en pie. Se vistió él también, sin prisa pero sin quedarse.
Nadia lo miró desde el banco, las piernas aún blandas, el cuello marcado por el recuerdo de las cuerdas.
Bruno se acercó, le rozó la mejilla con el dorso de los dedos y le dio un beso breve en la frente.
—Gracias por esta noche —dijo bajo, sincero—. Fue exacto.
Después cruzó la habitación, abrió la puerta y salió al pasillo. El clic de la cerradura al cerrarse detrás de él fue suave. No había enfado. Solo el final de lo que habían acordado revivir. Nadia se quedó un momento más respirando el olor a cuerda y a sexo, sabiendo que él ya se había ido por el corredor hacia la salida, sin mirar atrás, simplemente hecho.
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