La Tensión de mis Compañeros de Piso Estalla en el Museo

Lucía y Malik no aguantan más y acaban follando como animales en un rincón del Museo del Prado.

11 min read August 27, 2026New

El sol de Madrid se colaba a través de las persianas a medias del pequeño apartamento de Lavapiés, tiñendo de dorado la estrecha cocina donde Lucía removía el café con más fuerza de la necesaria. Llevaba tres meses compartiendo piso con Malik y cada mañana se le hacía más difícil fingir que no notaba el calor que le subía por el pecho cada vez que él aparecía en toalla, con el torso de ébano aún húmedo de la ducha, los abdominales marcados como cincelados y esa sonrisa perezosa que le decía sin palabras que sabía exactamente lo que provocaba.

Malik entró en la cocina con vaqueros bajos y una camiseta negra que le ceñía los hombros anchos. El olor a su colonia —madera y algo más oscuro— llenó el espacio. Se acercó a la cafetera y su brazo rozó el de ella. «Accidental», como siempre.

—Perdona —murmuró él, pero no se apartó del todo. Su piel quemaba contra la de Lucía.

Ella tragó saliva y notó cómo se le endurecían los pezones bajo la camiseta fina. Llevaba un vestido corto negro para la visita al Prado; lo había elegido a propósito, sabiendo que le marcaba el culo prieto y las piernas largas. Malik lo miró de reojo, la mirada bajando despacio por sus caderas antes de volver a sus ojos.

—Hoy vamos al museo —dijo ella, con la voz un poco más ronca de lo habitual—. Goya, Velázquez… todo muy culto.

—Muy culto —repitió Malik, sirviéndose café. Se inclinó hacia ella, casi rozándole la oreja—. Aunque yo prefiero contemplar otras obras de arte. Las que se mueven. Las que tienen curva.

Lucía soltó una risa nerviosa que le salió entrecortada. Llevaban meses así: miradas que se alargaban demasiado cuando se cruzaban en el pasillo, conversaciones que empezaban hablando de la nevera vacía y terminaban con dobles sentidos sobre «meter» o «sacar» cosas. Una noche él había salido del baño y ella, medio dormida en el sofá, había visto la silueta de su polla gruesa marcándose bajo el boxer. No había podido dejar de pensar en eso. Ni él, aparentemente, en cómo se le endurecía el coño cada vez que lo oía ducharse y gemir bajo el agua, fingiendo que no se escuchaba.

—Estás imposible —susurró ella, pero no se movió cuando su pecho rozó el brazo de él al alcanzar el azúcar.

—Y tú llevas ese vestido sabiendo lo que me hace —contestó Malik. Su acento suave, con ese deje senegalés que a Lucía se le antojaba liquidísimo, le erizó la nuca—. Llevo semanas soñando con levantártelo. Con agarrarte ese culo tan redondo y apretado y follártelo contra la nevera, contra la pared, donde sea.

El aire se volvió espeso. Lucía sintió un latido sordo entre las piernas. Miró la boca de Malik —labios carnosos, perfectos— y por un segundo imaginó cómo sabrían. Se obligó a respirar.

—Vamos a llegar tarde al museo —dijo, aunque su mano, traidora, se quedó un segundo de más sobre el antebrazo muscular de él, notando la piel caliente y el vello corto.

Malik sonrió, oscuro y seguro.

—Entonces más nos vale irnos antes de que decida que el cuadro más interesante está aquí mismo.

En el Metro el roce de sus muslos fue constante. En la cola del Prado, la mano de Malik «sin querer» se posó en la espalda baja de Lucía, los dedos rozando el nacimiento de su culo. Ella no se apartó. Dentro del museo, entre turistas y salas abigarradas, la tensión se volvió casi insoportable. Caminaban demasiado juntos. Cada vez que se detenían ante un lienzo, el cuerpo de él quedaba pegado al de ella por detrás, y Lucía sentía la dureza incipiente contra su cadera.

Buscaron sin decirlo una sala más apartada, casi vacía a esa hora de la tarde. Frente a un Goya sombrío —sombras, carne pálida, deseo contenido en pinceladas— se quedaron solos. El silencio de la sala olía a barniz antiguo y a algo eléctrico que no tenía nada que ver con el arte.

Malik se colocó detrás de ella, tan cerca que su pecho le rozaba la espalda. Bajó la cabeza y sus labios rozaron el borde de la oreja de Lucía.

—Ese vestido… —susurró, la voz grave, cargada—. Me tiene loco. Tu culo prieto se marca de una forma que me pone la polla dura desde que salimos de casa. Quiero agarrártelo con las dos manos, abrirte las piernas y metértela hasta el fondo mientras miras ese cuadro. Quiero oírte gemir mi nombre y que te corras empapándome los huevos.

Lucía sintió un calambrazo directo al clítoris. El calor le subió por el cuello. Sin girarse del todo, llevó la mano atrás y la posó deliberadamente sobre la entrepierna de Malik. Él estaba duro, grueso, latiente bajo la tela de los vaqueros. Lo apretó con los dedos, midiendo el grosor, y escuchó cómo se le escapaba un gruñido bajo.

—Joder, Malik… —susurró ella, la voz temblando de ganas—. Llevo meses mojándome cada vez que te veo. Cada roce en la cocina, cada vez que sales de la ducha… Me toco pensando en ti. En cómo me la clavarías. En tu polla negra abriéndome el coño.

Malik presionó su erección contra la palma de ella y le mordió suavemente el lóbulo de la oreja.

—Dilo claro, Lucía. Di que me deseas tanto como yo a ti.

Ella se giró entonces, de frente, la mano aún apretándole el bulto. Sus ojos marrones se clavaron en los de él, oscuros y hambrientos.

—Te deseo. Quiero que me folles. Aquí, en casa, donde sea. Ya no puedo más. Si no me besas ahora mismo me voy a volver loca.

No hizo falta más. Malik la empujó con suavidad pero con urgencia hacia un rincón discreto, entre el muro y una columna que los ocultaba parcialmente de la entrada de la sala. Sus bocas se encontraron con un hambre voraz. Fue un beso sucio, abierto, de lenguas que se buscaban y se chupaban. Lucía gimió dentro de su boca cuando sintió las manos grandes de Malik bajar por su espalda y agarrarle el culo con fuerza, apretando las nalgas firmes, subiendo el vestido lo justo para rozar la piel desnuda bajo la tanga.

Él la pegó contra la pared fría. Su polla dura presionaba el vientre de ella. Lucía rodeó su cuello con los brazos y le mordió el labio inferior, tirando, mientras frotaba su coño hinchado contra el muslo de él.

—Hostia puta, qué bien sabes —jadeó Malik contra su boca—. Tu coño tiene que estar empapado. Déjame tocarte. Ahora.

La mano de él se deslizó entre sus piernas, por debajo del vestido corto. Los dedos encontraron la tanga ya mojada y la apartaron. Un dedo grueso rozó los labios hinchados de Lucía y ella se arqueó, soltando un gemido ahogado que intentó tragar contra el hombro de él.

—Estás chorreando… —murmuró Malik, la voz rota de lujuria—. Todo para mí. Llevo meses aguantando no meterte los dedos así cada vez que pasabas a mi lado.

Le metió un dedo despacio, sintiendo cómo el coño de Lucía se cerraba alrededor, caliente y resbaladizo. Ella abrió más las piernas, temblando, y le besó el cuello, saboreando la sal de su piel oscura.

—Más… —pidió ella, sin pudor—. Mételos. Fóllame con la mano si no puedes clavármela aquí todavía. Necesito correrme. Necesito sentirte.

Malik le metió un segundo dedo y empezó a moverlos con ritmo profundo, el pulgar buscando el clítoris hinchado, frotándolo en círculos precisos. Lucía se mordió el labio para no gritar. El riesgo de que alguien entrara solo aumentaba el pulso entre sus piernas. Se aferró a los hombros anchos de él, las uñas clavándose en la tela negra, y le devolvió el beso con lengua y dientes mientras se empapaba los dedos de él.

—Después del museo te voy a follar como un animal —prometió Malik al oído, los dedos curvándose dentro de ella, buscando ese punto que la hacía ver estrellas—. Te voy a poner a cuatro patas en el sofá y te voy a open de una embestida. Quiero ver cómo te tragas toda mi polla negra con ese coño rosadito. Quiero correrme dentro y que se te escape por los muslos.

Lucía estaba al límite. El orgasmo le subía en oleadas, apretándole el vientre. Se frotó desesperada contra la mano de Malik, sin importarle ya el museo, Goya ni el mundo entero.

—Sí… hazlo. Llévame a casa y rómpeme. Pero no pares ahora. Por favor, no pares…

Sus bocas se volvieron a fundir, más salvajes. Las manos de Malik seguían trabajando entre sus piernas, empapadas, mientras la otra le apretaba una teta a través del vestido, pellizcándole el pezón duro. Lucía sentía la polla de él latir contra su cadera, exigente, y solo pensaba en arrodillarse allí mismo y sacársela, chupársela hasta el fondo de la garganta delante de los cuadros.

Un eco de pasos lejanos en el pasillo los hizo congelarse un segundo, jadeando, los labios aún rozándose, los dedos de Malik aún enterrados en su coño palpitante. La tensión no había estallado del todo. Solo había empezado a romperse la presa. Y los dos sabían, con una certeza caliente y peligrosa, que lo que vendría después en el piso —o quizá antes, si encontraban otro rincón más oscuro— no iba a ser suave ni silencioso.

Lucía le apretó la muñeca, manteniéndole la mano entre las piernas un instante más, y le susurró contra la boca, con la voz hecha un hilo de deseo puro:

—Vámonos. O termíname aquí. Pero ya no aguanto ni un minuto más sin que me la metas.

Malik no contestó con palabras. La levantó de un solo movimiento, fuertes brazos negros aferrándole las nalgas bajo el vestido, y la aplastó contra la pared fría del rincón. Lucía rodeó su cintura con las piernas al instante, el vestido subido hasta la cintura, la tanga ya corrida a un lado. Él se abrió los vaqueros con una mano torpe de prisa, sacó la polla gruesa y oscura, latiente, y la froto contra los labios hinchados y chorreantes de ella.

—Joder, qué mojada estás —gruñó contra su boca—. Te la voy a meter entera.

Empujó. La cabeza ancha abrió el coño de Lucía de un solo golpe seco, estirándola hasta el límite. Ella ahogó un grito mordiendo el hombro de él, las uñas clavándose en la camiseta negra. Malik embistió hasta el fondo, los huevos pesados golpeándole el culo, y empezó a follarla de pie con fuerza animal. Cada embestida la levantaba un poco más contra el muro; el roce del clítoris contra la base de aquella verga negra le sacaba gemidos rotos que intentaba tragar contra el cuello de él.

—Más duro… así, joder, así —jadeó Lucía, apretando los talones en su espalda—. Tu polla me está rompiendo… se siente tan gruesa…

Malik le agarró el culo con las dos manos, abriéndole las nalgas para clavar más profundo. El sonido húmedo de la polla entrando y saliendo llenaba el rincón, mezclado con sus respiraciones agitadas. Lucía sentía cada vena, cada pulso; el calor de él la quemaba por dentro. Se corría ya el primer orgasmo pequeño, contrayéndose alrededor de aquella carne oscura, y Malik no paró: embistió más rápido, los dientes rozándole la oreja.

—Mira cómo te la comes con ese coño rosado… apriétame más. Quiero que me ordeñes.

Cuando las piernas de ella empezaron a temblar, la bajó. Lucía cayó de rodillas al instante sobre el suelo de mármol frío, las manos ya buscando la polla brillante de jugos. La agarró con las dos manos, la lengua sacándose para lamer desde los huevos hasta la punta hinchada. Malik le sujetó la cabeza, los dedos enredados en su pelo, y empujó hacia delante. Ella abrió la garganta y se la tragó casi entera; la saliva empezó a chorrear por las comisuras, resbalando por la verga negra y cayendo en hilos gruesos sobre sus tetas apretadas por el vestido.

—Chúpamela… sí, así de sucia —ronroneó él, moviendo las caderas con golpes cortos y profundos—. Mírate, babeándome toda la polla en pleno museo. Qué puta más guarra.

Lucía gemía alrededor del grosor, la lengua trabajando la parte de abajo mientras chupaba con fuerza. La saliva le empapaba la barbilla y el escote; cada vez que Malik se retiraba un poco, un hilo viscoso unía su boca a la polla antes de que ella se la volviera a engullir hasta el fondo. El sabor a ella misma y a él la volvía loca. Subió una mano a los huevos pesados, los masajeó, y él soltó un gruñido bajo que retumbó en la sala silenciosa.

—Basta —jadeó Malik, tirándole del pelo para sacársela de la boca con un pop húmedo—. Si sigues así me corro en tu garganta y aún quiero follarte como se debe.

La levantó otra vez y la llevó casi a rastras hasta un banco de madera oscura escondido tras una columna y un biombo improvisado de sombras. La tumbó de espaldas, le subió del todo el vestido, le arrancó la tanga y se metió entre sus piernas abiertas. La polla negra, goteando saliva y jugos, se alineó otra vez con el coño abierto y se hundió de un solo embiste brutal en posición de misionero. Lucía arqueó la espalda, un grito ahogado escapándosele.

Malik la folló duro desde el primer segundo: embestidas largas y salvajes que hacían crujir el banco. Le mordió el cuello, chupando la piel hasta marcarla, mientras una mano le pellizcaba el pezón duro a través de la tela, torciéndolo, tirando. La otra mano le sujetaba una pierna abierta para clavar más hondo. Lucía se aferraba a sus hombros anchos, las uñas dejando surcos rojos en la piel de ébano.

—Más… follame más fuerte, Malik… joder, tu polla me llena tanto… pellízcame otra vez… sííí —

Él le pellizcó el otro pezón y le mordió más fuerte el cuello, el ritmo volviéndose brutal. El banco golpeaba suavemente contra la pared. Lucía sentía el orgasmo subir como una ola inmensa: el coño apretándose en convulsiones alrededor de aquella verga gruesa, el clítoris frotándose contra el pubis de él en cada embestida.

—Me corro… me estoy corriendo… ¡Malik! ¡Malik, joder!

Gritó su nombre sin pudor, el cuerpo entero sacudiéndose, el coño chorreando alrededor de la polla que seguía martilleándola. Malik embistió tres veces más, profundo, y se corrió con un gruñido gutural, la corrida caliente y espesa disparándose dentro de ella a chorros gruesos. Siguió moviéndose despacio, exprimiendo cada gota, hasta que ambos se quedaron temblando, sudorosos, unidos.

Se separó con un sonido húmedo. Lucía se quedó tumbada un segundo, la respiración entrecortada, sintiendo cómo la corrida de Malik le resbalaba ya por los muslos internos, caliente y espesa. Se incorporó con una sonrisa traviesa, se pasó dos dedos por la raja y se limpió la leche blanca que le bajaba, llevándose un poco a la boca para lamerlo mientras lo miraba a los ojos. Después se inclinó, le dio un beso profundo, sucio, saboreando la mezcla de ambos, y le susurró contra los labios hinchados:

—Esto solo ha sido el principio, Malik. Esta misma noche, en el apartamento, vamos a follar en todas las habitaciones sin parar. Quiero tu polla en la cocina, en el sofá, en la ducha, en mi cama y en la tuya… hasta que no podamos ni caminar.

Malik sonrió, todavía duro, y le acarició el culo desnudo bajo el vestido mientras se acomodaban la ropa a toda prisa antes de que alguien apareciera.

—¿Y si empiezo por follarte otra vez contra la puerta nada más llegar, hasta que grites tan alto que los vecinos llamen a la policía?

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