Susurros de Cebada y Deseo Prohibido

Delphine contrata a Julius en su finca de cebada y acaban follando como animales en el granero.

4 min read August 22, 2026New

Delphine secó el sudor de la frente con el dorso de la mano mientras el sol de Castilla pegaba sin piedad sobre los campos de cebada. A sus veinticuatro años, la morena española era la dueña de una pequeña cervecería artesanal que sobrevivía a duras penas gracias a la cosecha de su finca familiar. Había contratado a Julius esa misma mañana: un estadounidense negro de veintiocho años, alto, musculoso, exjugador de baloncesto que viajaba por Europa sin rumbo fijo. Sus brazos potentes contrastaban con la piel oscura brillando bajo el calor, y Delphine no pudo evitar mirarlo de reojo cuando él levantó el primer saco como si no pesara nada.

—¿Así de fuerte eres siempre o solo cuando te pagan? —bromeó ella, la voz ronca por el polvo.

Julius sonrió, mostrando dientes blancos, y le devolvió la mirada con descaro. En aquel pueblo conservador las miradas interraciales pesaban como piedras, pero ninguno apartó los ojos. La atracción surgió de inmediato, densa, prohibida. Mientras cortaban las espigas y las ataban, sudorosos, Delphine sentía el calor subirle por el vientre cada vez que los músculos de él se tensaban. Sabía que él también la deseaba: lo veía en la forma en que sus ojos se detenían en el escote de su camisa abierta, en las caderas anchas que se movían al caminar.

Al atardecer cargaban los últimos sacos hacia el granero. El roce “accidental” de sus cuerpos sudorosos hizo que Delphine soltara una risa nerviosa.

—Joder, Julius… llevo días fantaseando con probar a un tío negro como tú. Grande. Diferente. Aquí nadie se atrevería.

Él dejó el saco y se acercó. El olor a cebada y a hombre la mareó.

—Y yo desde que te vi esta mañana quiero follarte hasta que grites. Que te correte por esas piernas morenas. ¿Lo hacemos o nos quedamos con las ganas?

No dudaron. Julius la agarró por la nuca y la besó con hambre, lengua profunda, dientes rozando labios. Delphine gimió dentro de su boca y se pegó a él, sintiendo ya la polla dura empujando contra su vientre. Entraron al granero a empujones, entre pacas de cebada apiladas. El aire olía a grano seco y a polvo. Ella se arrodilló sin que él se lo pidiera, le abrió la cremallera con dedos torpes de deseo y sacó aquella polla negra enorme, gruesa, venosa, ya goteando por la punta. La olió, la lamió de base a glande y luego la engulló con hambre, ahogándose a propósito hasta que la nariz le rozó el vello rizado. Julius gruñó y le sujetó el pelo.

—Así, joder… trágatela entera, Delphine. Qué rica estás chupándome.

Ella gemía alrededor del grosor, saliva corriéndole por la barbilla, ojos entrecerrados de placer. Chupó con ruidos obscenos, mano apretando los huevos pesados, hasta que él la levantó de un tirón, la empujó contra las pacas y le arrancó las bragas de un tirón. La abrió de piernas y se metió de una embestida en misionero profundo. Delphine gritó, el coño estirándose alrededor de aquella verga negra que la llenaba como nunca nadie antes. Cada embestida hacía crujir la paja; él la follaba duro, sin piedad, caderas chocando, sudor mezclándose.

—Más… joder, Julius, rómpeme —suplicó ella, uñas clavándose en su espalda ancha.

Él la giró a cuatro patas sobre las pacas, le agarró las caderas y la penetró por detrás con fuerza salvaje. Le dio azotes consentidos en el culo, dejando marcas rojas sobre la piel morena, mientras ella empujaba hacia atrás pidiendo más. Alternaba: a veces se salía para arrodillarse y comerle el coño empapado a lengüetazos largos, chupándole el clítoris hinchado hasta que ella temblaba; luego volvía a clavársela hasta el fondo. El granero se llenó de gemidos crudos, del sonido húmedo de piel contra piel, de las palabrotas que se lanzaban.

—Tu coño blanco me está ordeñando la polla… me voy a correr dentro —avisó él, voz rota.

Delphine gritó cuando el orgasmo la partió en dos, paredes apretando con fuerza alrededor de él. Julius embistió tres veces más y se derramó profundo, chorros calientes llenándola mientras gemía su nombre. Se quedaron así un momento, jadeando, unidos, el semen empezando a resbalar por los muslos de ella cuando él se retiró despacio.

Se vistieron entre risas cómplices, todavía temblando. Delphine se abrochó la camisa con dedos torpes y le sonrió.

—Esto… esto solo es el comienzo, ¿verdad?

Julius asintió, pero algo en su mirada se apagó un segundo. Mientras salían del granero al aire fresco de la noche, Delphine sintió el líquido espeso escurrirle y de pronto una duda fría le apretó el pecho. Miró hacia las luces lejanas del pueblo y pensó en los comentarios, en su reputación, en lo fácil que había sido tirarlo todo por un rato de fuego. Julius le pasó el brazo por los hombros, pero ella ya no estaba segura de si quería que lo dejara allí o que se lo quitara. El placer todavía le zumbaba entre las piernas, y sin embargo una sombra de arrepentimiento se colaba ya, amarga como la cebada mal fermentada.

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