Tensión en el Lienzo
En el estudio, Yvonne le folla el culo a Errol con un grueso dildo hasta que ambos se corren gritando.
El calor del verano madrileño se colaba por los ventanales abiertos del estudio de Yvonne, pesado y denso, oliendo a trementina, óleo y sudor. Ella tenía veintiocho años y la bata blanca manchada de pigmentos le rozaba apenas los muslos. Frente a ella, sobre el viejo diván de terciopelo gastado, Errol posaba desnudo como cada martes desde hacía semanas. Treinta y dos años, escultor de manos grandes y pecho ancho, la polla pesada contra el muslo, la piel brillando por el bochorno.
Yvonne mojó el pincel y alzó la mirada. Los ojos de él ya la estaban devorando.
—No te muevas —murmuró ella, aunque su voz salió más baja de lo habitual—. Si giras así la cadera otra vez se me jode la línea del torso.
Errol sonrió de medio lado.
—Tú eres la que me mueve, Yvonne. Hace un rato me tocaste la costilla «para ajustar la pose» y se te quedó la mano pegada tres segundos de más.
Ella sintió un tirón caliente entre las piernas. Sí, lo había hecho. Y también había rozado «sin querer» el borde de su culo cuando le pidió que arquease más la espalda. Durante semanas se habían estado mirando como si el lienzo fuera solo una excusa. Comentarios cada vez más sucios camuflados de crítica artística. «Esa vena de tu muslo me pone nerviosa», le había soltado ella la sesión anterior. Él había contestado: «Píntame la polla medio dura y te juro que se te pone igual».
Ahora la tensión olía casi tan fuerte como la pintura.
Yvonne dejó el pincel en el tarro con un clic seco. Se levantó. Las tablas del suelo crujieron bajo sus pies descalzos mientras se acercaba. Errol no apartó la mirada. Su polla ya no estaba flácida; se engrosaba a simple vista, engordando contra su muslo.
—Quiero tocarte de verdad —dijo ella sin rodeos, parada frente a él—. ¿Quieres que te toque de verdad, Errol? No el hombro. No la puta cadera. Todo.
Él tragó saliva. La voz le salió ronca.
—Sí. Joder, sí. Llevo semanas jodiéndome la mano pensando en esto después de cada sesión.
Yvonne se inclinó y lo besó con violencia, abriéndole la boca con la lengua, mordiéndole el labio inferior. Sus manos bajaron agresivas: una le agarró el pecho, la otra le rodeó la polla dura de un solo golpe. Errol gruñó contra su boca y le subió la bata hasta la cintura, descubriendo que ella no llevaba bragas. Los dedos de él se clavaron en su culo mientras ella lo masturbaba con puño firme, subiendo y bajando la piel caliente.
Entre besos húmedos y jadeos, Yvonne habló contra su cuello:
—Desde la primera puta sesión fantaseo con follarte el culo. Con abrirte y meterte algo grueso hasta que grites. Me corro pensando en eso.
Errol apretó los dientes y le empujó la cadera contra la mano de ella.
—Lo deseo también. Quiero sentirte dentro. Quiero que me folles el culo de verdad, Yvonne. Déjate llevar. Ya.
No hicieron falta más palabras.
Yvonne abrió el cajón del mueble bajo la ventana y sacó el arnés de cuero negro y el dildo grueso, realista, de un color carne oscuro. Lo lubricó con generosidad mientras Errol la miraba con la polla latiéndole contra el vientre. Ella se lo ajustó a las caderas con movimientos prácticos, el peso del juguete balanceándose delante. Luego le ordenó:
—A cuatro patas. En el diván. Ahora.
Errol obedeció. El terciopelo se hundió bajo sus rodillas y sus manos. Yvonne se arrodilló detrás, le separó las nalgas con ambas palmas y lo miró abierto, el agujero rosado contrayéndose. Escupió directamente sobre él y bajó la cabeza. Su lengua caliente y plana lamió desde los huevos hasta el centro, dándole vueltas al borde antes de empujar dentro. Errol maldijo en voz alta, arqueándose.
—Joder… sí, cómeme el culo…
Ella lo abrió con dos dedos engrasados, estirándolo despacio mientras lo chupaba y lo lengüeteaba. Cuando el tercero entró con dificultad, Errol temblaba y empujaba hacia atrás pidiendo más. Yvonne se enderezó, alineó la cabeza gruesa del dildo contra su ano y empujó.
Entró centímetro a centímetro. Errol soltó un gemido largo, gutural, cuando la parte más ancha pasó el anillo de músculo. Yvonne se detuvo un segundo, dejándolo respirar, una mano acariciándole la espalda sudada.
—Dime si quieres que pare.
—No pares. Mételo entero. Fóllame.
Ella empujó hasta hincárselo del todo. El arnés le rozaba el clítoris cada vez que embestía. Empezó lento, en posición de perrito, sacando casi todo y volviendo a clavar hondo. El estudio se llenó del sonido húmedo de la lubricación y de los gemidos crudos de Errol. Yvonne aceleró. Le agarró las caderas con fuerza y se lo folló de verdad, embistiendo con ganas, el dildo desapareciendo entero en su culo una y otra vez.
—Qué apretado lo tienes… te lo estoy abriendo todo —jadeó ella—. Te gusta que te folle así, ¿verdad?
—Me encanta… más fuerte, Yvonne, fóllame el culo más fuerte…
Cambió de posición. Se tumbó de espaldas en el diván y le hizo cabalgarla. Errol se sentó sobre el dildo, bajando con un grito ahogado hasta sentarse del todo en la base. Empezó a subir y bajar las caderas, follándose a sí mismo con el juguete mientras se masturbaba con la mano derecha. Yvonne le sujetaba los muslos y empujaba hacia arriba al mismo tiempo, clavándoselo más profundo. El sudor le resbalaba entre los pechos. Veía la polla de Errol roja, goteando por la ranura, la mano subiendo y bajando rapidísimo.
—Me voy a correr… joder, me corro si sigues así —advirtió él.
—Todavía no.
Lo tumbaron de nuevo. Yvonne le puso las piernas sobre sus hombros, plegándolo, y lo penetró en misionero. La nueva profundidad hizo que Errol gritara. Ella embistió sin piedad, el arnés golpeándole el clítoris hinchado en cada embestida. Hablaban sucio, sin filtro:
—Mira cómo te entra entero… te estoy follando el culo como una puta y te encanta. —Más hondo… tócame la polla mientras me follas… voy a correrme, Yvonne, me corro…
Ella le rodeó la polla con la mano y lo masturbó al ritmo de las embestidas. El orgasmo de Errol llegó primero: se arqueó, gritó su nombre y se corrió a chorros gruesos sobre su propio pecho y el vientre de ella, el culo contrayéndose con fuerza alrededor del dildo. Esa presión fue suficiente. Yvonne embistió tres veces más, apretó los dientes y se corrió con un gemido ronco, el clítoris latiéndole contra la base del arnés, las piernas temblando mientras el placer la sacudía por oleadas.
Se quedaron jadeando, pegados por el sudor. Con cuidado, Yvonne sacó el dildo despacio; Errol gimió al sentirse vacío. Ella se quitó el arnés, fue a la pila del estudio, mojó una toalla con agua caliente y volvió. Le limpió el pecho, el vientre y, con delicadeza casi tierna, el culo enrojecido y brillante. Luego se tumbó a su lado y lo besó despacio, sin prisa, saboreando la sal de su boca.
Errol soltó una risa baja, ronca todavía.
—Joder. Eso… eso no estaba en el contrato de modelo.
—A partir de ahora cada sesión de posado termina exactamente así —dijo Yvonne contra sus labios, sonriendo—. Te pinto, te miro, y después te follo el culo hasta que los dos gritamos. ¿Trato?
—Trato —respondió él, y le dio un pellizco juguetón en un pezón a través de la bata abierta—. Pero la próxima vez quiero probar yo también. Y quiero que me dejes el culo tierno dos días.
Yvonne bajó la cabeza y le lamió una raya de semen que se le había escapado en la clavícula, lenta, provocadora. Luego se incorporó un poco, mirando el lienzo a medio hacer donde el torso de Errol todavía esperaba más sombra y color.
El calor no había bajado. La polla de él ya empezaba a despertar de nuevo entre sus muslos. Yvonne sintió el tirón familiar otra vez, más hondo, sabiendo que una sola ronda no iba a bastar para lo que llevaban conteniendo. Fuera, en la calle de abajo, una moto pasó ruidosa. Dentro del estudio, la luz de la tarde caía torcida sobre el diván manchado y sobre el dildo todavía húmedo apoyado en una silla.
Errol le rozó la entrepierna con los dedos, apenas un toque.
—Todavía nos queda luz —susurró—. Y yo todavía te quiero dentro otra vez antes de que se nos acabe el día.
Yvonne lo miró, la respiración ya acelerándose de nuevo, y supo que aquello no había hecho más que empezar.
Yvonne no contestó con palabras. Se incorporó de un tirón, la bata abierta cayéndole de los hombros hasta quedar solo colgando de los codos, y se inclinó sobre él para morderle el pezón izquierdo con suficiente fuerza como para arrancarle un siseo. La polla de Errol ya estaba otra vez dura, rozándole el muslo interior, y ella la agarró sin delicadeza, apretándola en el puño mientras le hablaba contra el pecho sudado.
—Todavía te quiero dentro también —gruñó—. Pero primero vas a volver a abrirte para mí. Quiero verte el culo rojo y abierto otra vez. Quiero que me pidas que te lo meta hasta las putas bolas.
Errol soltó una risa ronca que se quebró en gemido cuando ella le apretó la base.
—Métele. Joder, Yvonne, métemelo ya. Me da igual si aún estoy sensible. Quiero que me lo destroces otra vez.
Ella se levantó, recogió el arnés del suelo y se lo abrochó de nuevo con dedos rápidos, manchados todavía de semen seco y lubricante. El dildo pesado se balanceó entre sus piernas, todavía brillando. No se molestó en limpiarlo del todo; solo le echó más gel encima, abundante, hasta que gotas espesas caían al suelo de madera. Errol se había girado ya a cuatro patas otra vez, el culo en alto, las nalgas todavía enrojecidas del embate anterior. El agujero se contraía a la vista, un poco hinchado, brillante.
Yvonne se arrodilló detrás y le dio una palmada seca en la nalga derecha. El sonido estalló en el estudio caliente.
—Abre más. Enséñamelo.
Él se separó las nalgas con las dos manos, ofreciéndoselo. Ella escupió de nuevo, vio cómo la saliva resbalaba por la grieta y empujó dos dedos de golpe. Errol maldijo y empujó hacia atrás.
—Así… joder, así de seco casi… más.
—No está seco —dijo ella, torciendo los dedos dentro, buscando esa zona que lo hacía temblar—. Está resbaladizo de mi saliva y de tu propio puto correrte. Mírate. Estás abierto como una puta.
Le metió el tercero. Errol arqueó la espalda y gimió alto, la voz rota. Yvonne los sacó, alineó la cabeza gruesa del dildo y empujó sin avisar. Entró de un solo golpe hasta la mitad. Él gritó, un sonido crudo que rebotó en las paredes del estudio. Ella no se detuvo. Empujó hasta clavárselo entero, el arnés golpeándole el clítoris hinchado, y empezó a embestir con fuerza desde el primer segundo.
El sonido era obsceno: húmedo, rítmico, carne contra cuero y piel. Cada embestida hacía que el dildo desapareciera por completo en el culo de Errol y que Yvonne sintiera la fricción perfecta contra su propio coño. Sudor le corría entre las tetas, le goteaba de la barbilla a la espalda de él. Le agarró el pelo corto de la nuca y lo tiró hacia atrás mientras le follaba el culo sin piedad.
—Dime lo que sientes —ordenó, sin aflojar el ritmo—. Dímelo sucio.
—Te siento… te siento tan grueso… me estás abriendo otra vez, joder… me duele y me encanta… más fuerte, Yvonne, fóllame como si me odiaras…
Ella aceleró. Las caderas golpeaban contra las suyas con un ruido sordo. El diván crujía. Fuera el sol empezaba a bajar, tiñendo de naranja el polvo que flotaba en el aire del estudio, pero dentro solo importaba el calor de dos cuerpos y el dildo que entraba y salía brillante y grueso del culo de Errol.
Cambió el ángulo. Se inclinó sobre su espalda, una mano rodeándole el torso para agarrarle la polla goteante. La masturbó al mismo ritmo brutal de las embestidas. Errol temblaba entero, los brazos flaqueándole.
—Me corro… otra vez me voy a correr si me tocas así…
—Todavía no —le gruñó ella al oído, mordiéndole el lóbulo—. Primero te voy a follar hasta que no puedas más. Luego decides si te corres o si te lo aguanto dentro mientras te chupo los huevos.
Lo sacó casi del todo y lo volvió a clavar de un embiste seco. Errol gritó su nombre. Yvonne sintió cómo el clítoris le latía, cómo el coño se le apretaba vacío, deseando también llenarse, pero ahora mismo lo único que quería era destrozarle el culo otra vez. Se lo folló así minutos largos, sin piedad, sudando, maldiciendo, hasta que las piernas de él empezaron a temblar de verdad.
Entonces lo empujó de lado, lo tumbó de costado y se acurrucó detrás en cucharita. Le levantó una pierna, alineó el dildo otra vez y se lo metió de nuevo en esa posición más íntima, más profunda. Podía hablarle directo al oído mientras embestía corto y duro.
—Sientes cómo te lo abro todo… cómo te lo estiro… este culo es mío los martes, Errol. Mío para pintarlo y mío para follarlo. ¿Entendido?
—Sí… joder, sí… fóllame más hondo…
Ella le rodeó la cintura con el brazo y le masturbó la polla con la mano engrasada de lubricante y semen anterior. Los dos jadeaban al unísono. El olor a sexo, a óleo y a sudor era denso, casi visible. Yvonne sentía el orgasmo construyéndose otra vez en el bajo vientre, ese calor que le subía por la espalda cada vez que la base del arnés le frotaba el clítoris.
—Quiero que te corras con mi dildo dentro —susurró ella, la voz rota—. Quiero sentir cómo te aprietas. Y después quiero que me lo chupes limpio. ¿Lo harás?
—Lo haré… joder, lo haré todo… me corro, Yvonne, me estoy corriendo…
Errol se tensó de golpe. Un gemido largo y animal le salió de la garganta mientras se corría a chorros sobre la mano de ella y el terciopelo del diván. El culo se le contrajo con fuerza alrededor del dildo, apretándolo, ordeñándolo. Esa presión fue todo lo que Yvonne necesitó. Embistió tres, cuatro veces más, descontrolada, y se corrió con un grito ahogado contra su nuca, las caderas sacudiéndose, el clítoris latiéndole con fuerza contra el cuero.
No se separaron enseguida. Ella siguió moviéndose despacio dentro de él, alargando las ondas, hasta que los temblores bajaron. Solo entonces sacó el dildo con cuidado. Errol gimió al sentirse vacío otra vez, el agujero quedando entreabierto, rosado, brillante de lubricante.
Yvonne se quitó el arnés con manos torpes y se lo acercó a la cara de él.
—Chúpalo. Como dijiste.
Errol abrió la boca sin dudar y tomó la cabeza del dildo, lamiendo su propio sabor y el gel, chupando con lengua plana y ojos entrecerrados. Yvonne lo miraba desde arriba, el pecho subiendo y bajando, el coño goteándole por el muslo. Cuando él lo soltó con un hilo de saliva, ella se inclinó y lo besó profundo, saboreando todo.
—Todavía no es suficiente —dijo contra su boca—. Llevo semanas aguantándome. Quiero más. Quiero que me mires mientras te lo meto otra vez. Quiero probar contigo esa silla del rincón. Y quiero que me digas exactamente cómo te duele y cómo te gusta.
Errol la miró con las pupilas dilatadas, la polla ya intentando despertar de nuevo entre sus piernas, roja y sensible.
—La silla… joder. Siéntame ahí y fóllame mirándome a la cara. Quiero verte la cara cuando me lo clavas entero. Y después… después quiero probar a meterte yo los dedos mientras me follas. Quiero tocarte el coño mientras me abres el culo.
Yvonne sintió otro tirón brutal entre las piernas. Se levantó, recogió el dildo y el lubricante, y miró hacia la vieja silla de madera junto al caballete. La luz de la tarde entraba torcida, bañando el lienzo a medias. El torso de Errol seguía esperando más sombra, más color, pero ninguno de los dos miraba ya la pintura.
Ella le tendió la mano.
—Levántate. Vamos a ensuciar más este estudio antes de que se nos acabe la luz. Y esta vez no te voy a dejar correrte tan rápido. Te voy a tener temblando y pidiendo y abierto hasta que yo diga.
Errol se puso en pie, las piernas aún inestables, y la siguió. El dildo volvía a balancearse en la mano de ella, grueso y listo. Fuera, Madrid seguía ardiendo en pleno verano. Dentro, la tensión no había bajado ni un grado. Solo se había vuelto más espesa, más sucia, más urgente.
Yvonne lo arrastró hasta la silla de madera junto al caballete. El asiento crujió cuando Errol se dejó caer, las piernas abiertas, la polla ya medio dura otra vez, roja y sensible, brillando todavía de semen y saliva. Ella se plantó frente a él, el dildo grueso balanceándose entre sus muslos, y le empujó las rodillas más aparte con las caderas.
—Mírame —ordenó, alineando la cabeza ancha contra su agujero hinchado—. Quiero ver tu cara cuando te lo clave entero otra vez.
Empujó. Entró de un solo golpe profundo, sin piedad, hasta que el arnés le golpeó el clítoris y el culo de Errol se abrió alrededor del grosor. Él gritó, la cabeza echada hacia atrás, los nudillos blancos agarrando los brazos de la silla. Yvonne no esperó. Empezó a embestir de pie, las manos en sus hombros, clavándoselo hasta las bolas del juguete en cada embestida. El sonido húmedo llenó el estudio otra vez: lubricante, carne, el crujido de la madera vieja.
—Joder… Yvonne… me estás abriendo más… lo siento tan grueso… —jadeó él, los ojos entrecerrados, la polla rebotándole contra el vientre con cada embiste.
—Mírame —repitió ella, más ronca—. No cierres los ojos. Quiero ver cómo te duele y cómo te gusta.
Errol la miró. Las pupilas dilatadas, la boca abierta, sudor corriendo por las sienes. Yvonne aceleró. Las caderas golpeaban contra las suyas con fuerza bruta; el dildo desaparecía entero, salía brillando y volvía a entrar hasta el fondo. El arnés le frotaba el clítoris hinchado una y otra vez, un calor sucio que le subía por la espalda. Se inclinó y lo besó con violencia, mordiéndole la lengua, mientras le follaba el culo sin ritmo de piedad.
—Métme los dedos —gruñó contra su boca—. Como dijiste. Tócame el coño mientras te abro. Quiero sentirte dentro también.
Las manos de Errol bajaron temblando. Una le separó los labios hinchados; dos dedos gruesos se metieron de golpe en su coño empapado. Yvonne soltó un gemido gutural y embistió más fuerte, follándose contra esos dedos al mismo tiempo que le destrozaba el culo. Él la penetraba con los dedos al ritmo brutal de las embestidas del dildo, buscando ese punto que la hacía apretar las piernas.
—Así… joder, así… más hondo los dedos… tócame el clítoris también… —exigió ella, la voz rota.
Él obedeció. El pulgar le frotó el clítoris hinchado mientras los dedos la follaban. Yvonne embistía descontrolada, el dildo clavándose entero en el culo de Errol una y otra vez. El estudio olía a sexo denso, a óleo, a sudor caliente. Ella le agarró la polla con la mano libre y la masturbó con puño apretado, subiendo y bajando la piel resbaladiza.
—Me voy a correr si me tocas así… —advirtió Errol, la voz temblando—. El culo se me está cerrando… te siento tan grueso…
—No todavía —le cortó ella, sin aflojar—. Primero me corres tú con los dedos. Quiero mojarte la mano. Después te dejo correrte con mi dildo hasta las putas bolas.
Cambió el ángulo. Se subió a la silla a horcajadas sobre él, sin sacar el dildo, y se sentó más profundo. Ahora lo cabalgaba de cara, subiendo y bajando con fuerza, el culo de Errol abriéndose y cerrándose alrededor del grosor mientras los dedos de él seguían metidos en su coño. Yvonne le agarró la cara con las dos manos y lo obligó a mirarla.
—Dime cómo se siente —jadeó—. Dímelo sucio.
—Me estás follando el culo como una puta… lo siento todo… me duele y me encanta… estás tan mojada, Yvonne… te goteas en mis dedos… más fuerte, fóllame más fuerte…
Ella aceleró. Las nalgas le golpeaban los muslos de él. El dildo entraba hasta la base cada vez. Los dedos de Errol la follaban sin piedad, el pulgar frotándole el clítoris en círculos rápidos. El orgasmo le subió de golpe, caliente y sucio. Yvonne gritó, las caderas sacudiéndose, el coño apretándose alrededor de los dedos de él mientras se corría a chorros, empapándole la mano y la muñeca. El clítoris le latía contra el pulgar; las piernas le temblaban.
No se detuvo. Siguió cabalgándolo a través de las ondas, el dildo clavándose sin descanso en el culo de Errol. Él gemía debajo, la polla goteando entre sus cuerpos.
—Ahora tú —ordenó ella, todavía jadeando—. Córrete. Quiero sentir cómo te aprietas.
Le masturbó la polla con la mano engrasada de su propio corrimento. Tres, cuatro embestidas más y Errol se arqueó. Un grito largo y roto le salió de la garganta mientras se corría a chorros gruesos entre sus pechos, el culo contrayéndose con fuerza alrededor del dildo, ordeñándolo. Yvonne embistió a través de las contracciones, sintiendo cada apretón, hasta que él se quedó temblando y vacío.
Sacó el dildo despacio. Errol gimió al sentirse abierto y abandonado. Ella se bajó de la silla, las piernas flojas, el coño todavía latiéndole. Se quitó el arnés y se lo acercó otra vez a la boca de él.
—Límpialo. Todo.
Errol abrió la boca y chupó el dildo grueso, lamiendo su propio sabor, el lubricante y el resto de ella. La lengua plana le dio vueltas a la cabeza, bajó por el eje, lo tomó casi entero. Yvonne lo miraba desde arriba, el pecho subiendo y bajando, y sintió el tirón otra vez, más hondo.
Cuando lo soltó, ella se inclinó y lo besó profundo, saboreando todo. Luego lo agarró del brazo y lo levantó.
—Al diván otra vez. Pero esta vez te quiero de espaldas, piernas abiertas, mirándome. Y quiero probar algo más.
Errol obedeció, las piernas aún inestables. Se tumbó en el terciopelo manchado, las rodillas al pecho. Yvonne volvió a ponerse el arnés, echó más gel, abundante, y se arrodilló entre sus piernas. Alineó el dildo y empujó de nuevo. Entró más fácil esta vez, el culo ya abierto y sensible, pero ella no fue suave. Lo clavó entero de un embiste y empezó a follarlo en misionero profundo, las piernas de él sobre sus hombros.
—Así… joder… más hondo… —rogó él.
Yvonne le metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras le embestía el culo sin piedad. El arnés le frotaba el clítoris otra vez; el calor volvía a subir. Hablaban sucio, sin filtro, voces rotas:
—Mira cómo te entra… te estoy follando el culo hasta que no puedas sentarte mañana… —Más fuerte… tócame la polla… me voy a volver a poner duro… —Quiero que me mires cuando me corra otra vez encima de ti…
Ella lo masturbó al ritmo brutal. El dildo entraba y salía brillante. El sol de la tarde caía más bajo, tiñendo de rojo el polvo del aire. Sudor les resbalaba por todas partes. Yvonne sentía el segundo orgasmo construyéndose otra vez, más lento, más pesado. Errol ya estaba duro otra vez en su puño, sensible, goteando.
—No te corras todavía —le advirtió ella—. Quiero follarte más. Quiero probar esa posición donde te pliego del todo. Y después… después quiero que me folles tú el coño con los dedos mientras yo te destrozó el culo otra vez. Quiero que me hagas correrme con la mano mientras te abro.
Errol asintió, jadeando, los ojos fijos en ella.
—Hazlo. Joder, Yvonne, haz lo que quieras. Estoy abierto. Estoy tuyo. Mételo más fuerte. Quiero gritar otra vez.
Ella sacó el dildo casi del todo, lo alineó de nuevo y lo clavó hasta el fondo con un embiste seco. Errol gritó. Yvonne sonrió contra su cuello, embistiendo sin parar, el estudio lleno otra vez del sonido obsceno de carne y cuero. El lienzo a medias los miraba desde el caballete, el torso de Errol esperando más sombra, pero ninguno miraba ya la pintura. Solo el calor, el dildo grueso, el culo abierto y la tensión que seguía subiendo, más espesa, más urgente, sin ninguna gana de parar.
Yvonne siguió embistiendo sin freno, el dildo grueso abriéndole el culo a Errol hasta el fondo en cada embiste. El terciopelo del diván se humedecía bajo ellos con el sudor y los restos de semen anterior. Ella le tenía las piernas dobladas contra el pecho, casi plegándolo por la mitad, y el ángulo le dejaba clavárselo tan hondo que Errol soltaba gritos rotos cada vez que la base del arnés le golpeaba el culo. El calor del estudio le pegaba la bata abierta a la espalda; el aire olía a trementina mezclada con sexo crudo.
—Mírame —ordenó ella, la voz ronca, el sudor goteándole de la barbilla a la cara de él—. Quiero ver cómo se te pone la cara cuando te lo meto entero. Dime si te duele.
Errol abrió los ojos entrecerrados, las pupilas dilatadas, la boca abierta en un gemido continuo.
—Me duele… joder, me duele rico… me estás estirando otra vez, Yvonne… siento cada puta vena del dildo… más fuerte, no pares…
Ella aceleró. Las caderas golpeaban contra las suyas con un ruido sordo y húmedo. El arnés le frotaba el clítoris hinchado en cada embestida y el placer le subía por la espalda como una corriente sucia. Le metió tres dedos en la boca para que los chupara y él lo hizo con lengua desesperada, baboso, mientras ella le follaba el culo sin piedad. Por dentro pensaba en lo apretado que lo sentía todavía, en cómo el anillo de músculo se aferraba al juguete y lo ordeñaba. Quería destrozárselo del todo antes de que se les acabara la luz.
Sacó el dildo casi entero, solo la cabeza gruesa dentro, y lo volvió a clavar de un solo golpe seco. Errol gritó su nombre, la espalda arqueada, la polla rebotándole roja y goteante contra el vientre. Yvonne lo agarró por las muñecas y se las pinó encima de la cabeza contra el diván.
—Esta polla es mía también —gruñó, bajando la cabeza para lamerle una raya de líquido preseminal—. Te la voy a chupar mientras te abro el culo. Y no te corras hasta que yo diga.
Se incorporó un poco sin sacar el dildo, se inclinó y le tomó la polla en la boca. La chupó con fuerza, lengua plana por la vena gruesa, mientras embestía corto y duro. Errol se retorcía debajo, los gemidos ahogados, las manos aún sujetas. El sabor salado le llenó la lengua a ella; el coño se le apretaba vacío, deseando también llenarse, pero primero quería verlo perder el control otra vez.
—Joder… la boca… y el culo al mismo tiempo… me voy a volver loco —jadeó él.
Yvonne lo soltó con un hilo de saliva y cambió de posición de golpe. Lo hizo ponerse de pie, las piernas temblorosas, y lo empujó contra el caballete. El lienzo a medias tembló. Ella se arrodilló un segundo solo para lubricar más el dildo con un chorro generoso de gel que le resbaló por los muslos, luego se levantó, le separó las nalgas con ambas manos y se lo volvió a meter de pie, desde atrás, embistiendo hacia arriba. Errol se agarró al marco del caballete, los nudillos blancos, y empujó el culo hacia ella pidiendo más.
—Así… contra la puta pintura… te estoy follando el culo mirando tu propio torso a medio hacer —rió ella, cruda, sudada—. Te gusta, ¿verdad? Te pone duro que te abran aquí mismo.
—Me encanta… me estás destrozando… más hondo, Yvonne, fóllame como si quisieras romperme…
Ella le rodeó la cintura con un brazo y le masturbó la polla con la mano engrasada al mismo ritmo brutal de las embestidas. El dildo entraba y salía brillante, el culo de Errol ya rojo e hinchado, abierto como ella quería verlo. El sol de la tarde caía más bajo, tiñendo de naranja el polvo que flotaba; una gota de sudor le resbaló a Yvonne entre las tetas y cayó sobre la espalda de él. Sentía el orgasmo construyéndose otra vez, pesado, en el bajo vientre cada vez que la base del arnés le machacaba el clítoris.
Lo giró de cara a ella sin sacar del todo el juguete. Ahora lo tenía contra el caballete, piernas abiertas, y lo penetraba de frente, casi levantándolo. Errol le pasó los brazos al cuello y la besó con violencia, mordiéndole el labio hasta saborear sangre. Sus dedos bajaron al coño empapado de ella y le metió dos de golpe, follándola al mismo tiempo que ella le destrozaba el culo.
—Así… métmelos todos… tócame el clítoris… quiero correrme contigo dentro —exigió Yvonne, la voz hecha un hilo.
Él obedeció. El pulgar le frotó el clítoris hinchado en círculos rápidos mientras los dedos la abrían. Yvonne embistía descontrolada, el dildo desapareciendo entero una y otra vez. El estudio se llenó de gemidos crudos, del sonido húmedo de carne y cuero, del crujido de la madera vieja del caballete. Ella le hablaba al oído sin filtro:
—Mira cómo te entra… te estoy follando el culo hasta que no puedas sentarte… este agujero es mío los martes… mío para estirarlo y llenarlo… dime que te corres para mí.
—Me corro… joder, me estoy corriendo… el culo se me cierra… te siento tan grueso…
Errol se tensó de golpe. Un grito largo y animal le salió de la garganta mientras se corría a chorros gruesos entre sus cuerpos, salpicándole el vientre y las tetas a ella. El culo se le contrajo con fuerza alrededor del dildo, apretándolo, ordeñándolo en oleadas. Esa presión fue suficiente. Yvonne embistió tres veces más, desesperada, y se corrió con un gemido ronco contra su cuello, el clítoris latiéndole salvaje contra el cuero, las piernas temblando, el coño apretándose alrededor de los dedos de él mientras se mojaba hasta la muñeca.
No se detuvieron. Ella siguió moviéndose despacio dentro de él, alargando los temblores, hasta que los dos jadeaban agotados. Solo entonces sacó el dildo con cuidado. Errol gimió al sentirse vacío otra vez, el agujero quedando entreabierto, rosado, brillante de lubricante y abierto del todo. Yvonne se quitó el arnés con manos torpes y se lo acercó a la boca de él.
—Chúpalo limpio. Quiero verte lamer tu propio culo de mi dildo.
Errol abrió la boca sin dudar y tomó la cabeza gruesa, lamiendo con lengua plana, chupando el gel y su propio sabor, los ojos entrecerrados de placer sucio. Yvonne lo miraba desde arriba, el pecho subiendo y bajando, el coño todavía goteándole por el muslo interior. Cuando él lo soltó con un hilo de saliva, ella lo besó profundo, saboreando todo, y le mordió el cuello con ganas.
—Todavía no basta —susurró contra su piel—. Llevo semanas aguantándome esta puta tensión. Quiero más. Quiero probarte en el suelo, contra la pared, en esa puta silla otra vez. Quiero que me folles el coño con la lengua mientras yo te meto los dedos en el culo abierto. Y quiero que me digas exactamente cómo te arde y cómo te encanta.
Errol la miró con las pupilas negras, la polla ya intentando endurecerse de nuevo entre sus muslos, roja y sensible, goteando todavía.
—Hazlo. Joder, Yvonne, tiéndeme en el suelo y ábreme otra vez. Quiero sentirte los dedos primero… tres, cuatro… y después el dildo hasta que grite. Y sí, te voy a comer el coño mientras me follas. Quiero saborearte mientras me destrozas.
Yvonne sintió el tirón brutal otra vez, más hondo. Agarró el lubricante y el dildo, todavía húmedo, y lo empujó hacia el centro del estudio, lejos del diván manchado. El suelo de tablas crujió bajo sus pies descalzos. Ella se arrodilló, lo tumbió de espaldas sobre una manta vieja que olía a óleo, le levantó las piernas y le separó las nalgas con ambas manos. El agujero se contraía a la vista, hinchado, necesitado.
Escupió directamente sobre él y empujó tres dedos de golpe. Errol maldijo y arqueó la espalda. Ella los torció dentro, buscando esa zona que lo hacía temblar, y le habló sucio mientras lo abría:
—Mírate… abierto como una puta para mí… te estoy follando con los dedos y ya quieres el grueso otra vez… dímelo.
—Mételo… joder, métemelo ya… los dedos no bastan… quiero el dildo hasta las bolas… fóllame el culo otra vez, Yvonne…
Ella sacó los dedos, alineó la cabeza ancha y empujó sin avisar. Entró más fácil esta vez, el culo ya sensible y resbaladizo, pero ella no fue suave. Lo clavó entero de un embiste y empezó a follarlo en el suelo, de rodillas, las manos en sus muslos abiertos. El arnés le machacaba el clítoris otra vez; el calor volvía a subir, más espeso, más urgente. Errol le agarró las tetas, le pellizcó los pezones y la miró a la cara mientras gemía.
—Más… más fuerte… quiero gritar otra vez…
Yvonne aceleró, sudor corriéndole por todas partes, el estudio lleno del sonido obsceno de carne contra cuero. Fuera, Madrid seguía ardiendo. Dentro, la tensión no había bajado ni un grado. Solo se había vuelto más sucia, más profunda, y ninguno de los dos tenía la menor gana de parar antes de que se les acabara del todo la luz.
Yvonne embistía sin freno sobre el suelo de tablas, el dildo grueso desapareciendo entero en el culo abierto de Errol una y otra vez. El lubricante salpicaba con cada embiste, brillante y espeso, y el sonido húmedo llenaba el estudio como un latido obsceno. Ella le tenía las piernas abiertas a la fuerza, las rodillas casi pegadas a su pecho, y el ángulo le permitía clavárselo tan hondo que veía cómo el anillo de músculo se estiraba al máximo alrededor del juguete realista. El arnés le machacaba el clítoris hinchado con cada golpe; el placer le subía por la espalda en oleadas calientes, sucias, que le hacían apretar los dientes.
—Mírame mientras te lo destrozo —gruñó ella, sudor goteándole de la barbilla a la cara de él—. Quiero ver cómo se te pone la cara cuando te lo meto hasta las putas bolas. Dime lo que sientes.
Errol abrió los ojos entrecerrados, las pupilas negras, la boca abierta en un gemido continuo que se quebraba cada vez que ella embestía.
—Te siento… joder, te siento tan grueso… me estás abriendo del todo, Yvonne… me arde y me encanta… más fuerte, no pares, fóllame como si quisieras romperme…
Ella aceleró. Las caderas golpeaban contra las suyas con un ruido sordo y húmedo. Le agarró la polla roja y goteante con la mano engrasada y la masturbó al mismo ritmo brutal, subiendo y bajando la piel resbaladiza hasta que él se arqueó y maldijo en voz alta. Por dentro Yvonne pensaba en las semanas de tensión contenida, en cómo había fantaseado exactamente con esto: Errol debajo de ella, el culo rojo e hinchado, pidiendo más mientras el estudio olía a sexo y trementina. El calor del verano madrileño les pegaba la piel; el sol bajo teñía de naranja el polvo que flotaba y el lienzo a medias los miraba desde el caballete, pero ninguno miraba ya la pintura.
Sacó el dildo casi entero, solo la cabeza gruesa dentro, y lo volvió a clavar de un solo golpe seco. Errol gritó su nombre, la espalda levantándose del suelo, las manos agarrando la manta vieja hasta arrugarla. Yvonne se inclinó y le mordió el pezón con fuerza mientras seguía embistiendo corto y duro.
—Esta polla también es mía —jadeó contra su pecho—. Te la voy a ordeñar mientras te abro el culo. Y no te corras hasta que yo grite contigo.
Se incorporó sin sacar el juguete, se giró un poco y le tomó la polla en la boca. La chupó con lengua plana y succión fuerte, saboreando el líquido preseminal salado, mientras las caderas no paraban: embestidas profundas, rítmicas, que hacían que el dildo entrara y saliera brillante del culo de Errol. Él se retorcía debajo, los gemidos ahogados, una mano enredada en el pelo de ella.
—La boca… y el culo al mismo tiempo… me voy a volver loco… joder, Yvonne, me estás matando…
Ella lo soltó con un hilo de saliva y cambió de posición de golpe. Lo hizo ponerse a cuatro patas sobre la manta, el culo en alto, las nalgas rojas y abiertas. Se arrodilló detrás, alineó el dildo y se lo metió de un embiste hasta la base. Empezó a follarlo como una bestia, agarrándole las caderas con fuerza, tirando de él hacia atrás para clavárselo más hondo. El arnés le frotaba el clítoris hinchado sin piedad; el orgasmo le trepaba por las piernas como fuego.
—Dime que este culo es mío —ordenó, la voz rota, palmándole una nalga con un chasquido seco—. Dímelo sucio mientras te lo abro.
—Es tuyo… joder, es tuyo los martes y cuando te dé la gana… me estás destrozando… más hondo, fóllame más fuerte, quiero gritar…
Yvonne le rodeó la cintura con un brazo y le masturbó la polla al ritmo brutal de las embestidas. El dildo entraba y salía obsceno, el culo de Errol ya tan abierto y sensible que se contraía a su alrededor con cada retirada. Ella sentía el coño goteándole por el muslo, vacío y necesitado, pero lo único que quería ahora era sentirlo apretarse alrededor del juguete cuando se corriera. Lo empujó de lado, se acurrucó detrás en cucharita y se lo metió de nuevo en esa posición íntima, embistiendo corto y profundo mientras le hablaba al oído.
—Sientes cómo te lo estiro… cómo te lo lleno entero… este agujero es mío para pintarlo y para follarlo hasta que grites. ¿Entendido?
—Sí… joder, sí… me corro si sigues así… el culo se me cierra… te siento tan grueso…
—Todavía no —le gruñó ella, mordiéndole el lóbulo—. Primero me vas a tocar el coño. Métme los dedos. Quiero correrme con tu mano dentro mientras te destrozo el culo.
Las manos de Errol temblaban pero obedecieron. Dos dedos gruesos se metieron de golpe en su coño empapado; el pulgar le frotó el clítoris hinchado en círculos rápidos. Yvonne soltó un gemido gutural y embistió más fuerte, follándose contra esos dedos al mismo tiempo que le clavaba el dildo hasta las bolas. El estudio se llenó de gemidos crudos, del sonido húmedo de carne y cuero, del crujido de las tablas bajo la manta. Ella le masturbaba la polla con la mano libre, apretada, rápida.
—Así… más hondo los dedos… tócame el clítoris… me voy a correr, Errol, me corro contigo dentro…
Él gemía debajo, empujando el culo hacia atrás para recibir cada embestida.
—Córrete… joder, mojame la mano… quiero sentirte apretarte… me estás follando el culo como una puta y me encanta… más fuerte…
Yvonne aceleró hasta perder el control. Las caderas golpeaban sin ritmo, el dildo desapareciendo entero una y otra vez, el arnés machacándole el clítoris. El orgasmo le explotó de golpe, caliente y sucio. Gritó su nombre, la espalda arqueada, el coño contrayéndose con fuerza alrededor de los dedos de él mientras se corría a chorros, empapándole la mano y la muñeca. Las piernas le temblaban; el placer la sacudía en oleadas que le hacían ver estrellas.
No se detuvo. Siguió embistiendo a través de las contracciones, desesperada, el dildo clavándose sin descanso en el culo de Errol.
—Ahora tú —jadeó, la voz hecha un hilo—. Córrete. Quiero sentir cómo te aprietas. Grita para mí.
Le masturbó la polla con la mano empapada de su propio corrimento. Tres, cuatro embestidas más y Errol se tensó de golpe. Un grito largo, animal, roto, le salió de la garganta mientras se corría a chorros gruesos sobre la manta y la mano de ella. El culo se le contrajo con fuerza alrededor del dildo, apretándolo, ordeñándolo en oleadas potentes. Yvonne embistió a través de cada apretón, sintiendo cómo lo exprimía, hasta que él se quedó temblando y vacío, jadeando su nombre una y otra vez.
Solo entonces aflojó. Sacó el dildo despacio, centímetro a centímetro; Errol gimió al sentirse abierto y abandonado, el agujero quedando entreabierto, rosado, brillante de lubricante y abierto del todo. Ella se quitó el arnés con manos torpes, lo dejó a un lado y se dejó caer a su lado sobre la manta manchada. El pecho le subía y bajaba con fuerza; el sudor les pegaba la piel. Errol giró la cabeza y la miró con los ojos entrecerrados, una sonrisa cansada y sucia curvándole la boca.
—Joder… —susurró él, la voz ronca—. Creo que no voy a poder sentarme en una semana.
Yvonne soltó una risa baja, todavía sin aliento, y le pasó los dedos por el pecho sudado, recogiendo una raya de semen. Se la llevó a la boca y la chupó despacio.
—Bueno —murmuró contra su piel—. Entonces la próxima sesión de posado la hacemos de pie. O de rodillas. Como prefieras.
Él soltó otra risa y la atrajo más cerca. Se quedaron así, pegados por el sudor y el calor del estudio, el dildo todavía húmedo a un lado, el lienzo a medias olvidado en el caballete. Fuera, Madrid seguía ardiendo en pleno verano. Dentro, la tensión por fin había reventado en gritos y corridas, dejando solo el peso dulce de los cuerpos agotados y la promesa sucia de los próximos martes.
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