Doble Cita en la Cámara Fría
En la morgue, la enfermera Selena se folla al guardia negro Xavier contra la cámara fría.
En la morgue del hospital, a las once de la noche, el silencio era denso y el aire olía a desinfectante y metal frío. Selena, la enfermera latina de veinticuatro años, curvás explosivas apretadas bajo la bata azul, revisaba las últimas anotaciones del turno cuando la puerta se abrió. Entró Xavier, el guardia de seguridad negro de veintiocho años, fornido, hombros anchos, uniforme oscuro ceñido a un pecho potente y muslos que llenaban los pantalones. Acababa de llegar a su turno nocturno.
Se miraron. Semanas de roces «accidentales» en los pasillos, miradas cargadas cuando ella le entregaba las llaves de la cámara, sonrisas de más. Selena cerró la carpeta con un chasquido.
—Llegas justo a tiempo —dijo ella, voz baja, tuteo directo—. Estaba pensando en ti.
Xavier se acercó, la diferencia de altura y de piel evidente bajo la luz blanca.
—Llevo semanas durmiendo con la polla dura por tu culpa, Selena. Esas caderas… ese culo cuando te agachas a firmar. Quiero follarte sin ataduras. Aquí. Cuando sea.
Ella se lamió el labio inferior.
—Yo también. Cada vez que te veo, se me moja la braga. Nada de novios, nada de dramas. Solo tu verga negra dentro de mí.
La tensión se rompió cuando tuvieron que revisar juntos un cadáver en la cámara fría. El vapor de su aliento se mezcló con el aire helado al abrir la puerta metálica. El cuerpo yacía cubierto; ellos apenas lo miraron. El frío le marcó a Selena los pezones grueso y duros bajo la tela fina de la bata. Xavier lo vio. La acorraló contra la pared de acero, su cuerpo enorme cubriéndola, la polla ya semidura rozándole el vientre.
—Mira cómo se te ponen —murmuró él, voz ronca—. Congelada y cachonda.
Selena no esperó. Le agarró la nuca y lo besó con hambre, lengua profunda, dientes rozando. Su mano metió dentro de los pantalones del uniforme, bajó la cremallera y agarró su gruesa polla negra, caliente, pesada, ya goteando por la punta.
—Hostia, qué gruesa… —jadeó ella contra su boca—. La he querido desde el primer día que te vi. Vamos a follar aquí mismo. Me excita el peligro. Me excita verte tan negro contra mi piel morena.
—Y a mí follarte en este puto hielo —respondió él, empujando la cadera para que ella lo apretara más—. Quiero que grites y que nadie oiga.
Selena se arrodilló sobre el suelo frío. Le bajó los pantalones y el bóxer de un tirón. La verga de Xavier saltó gruesa, venosa, la cabeza oscura brillante de precum. Ella la agarró con las dos manos, la lamió de base a punta y se la metió entera en la boca. Saliva chorreando por las comisuras, glups húmedos, ojos mirándolo hacia arriba mientras la succionaba con hambre. Xavier gruñó, una mano en su pelo castaño, empujando despacio.
—Eso… trágatela, puta rica. Chúpame los huevos también.
Ella obedeció, lamiendo, babando, la cara lustrosa de saliva. Cuando él no aguantó más, la levantó como si no pesara. Le alzó la bata, le arrancó las bragas blancas de un tirón y las tiró al suelo. La alzó contra la pared metálica helada; el contraste le arrancó un gemido. Xavier alineó la punta gruesa en su coño ya empapado y empujó de un solo golpe hondo. Selena gritó, las uñas clavándose en sus hombros anchos.
—Joder… me llena toda —gimió ella—. Más. Fóllame duro.
Él embistió de pie, profundo, la espalda de ella contra el acero frío, las tetas apretadas en sus manos grandes. Los pezones duros los pellizcó y chupó mientras la polla negra entraba y salía brillante de jugos. El sonido húmedo de piel contra piel llenó la cámara. Selena se corría casi de inmediato, el coño contrayéndose, pero Xavier no paró. La bajó, la giró y la puso sobre la camilla metálica en perrito, culo al aire, tetas aplastadas contra el acero gélido.
Le dio una nalgada fuerte que resonó. Luego otra. Y embistió otra vez, más profundo, agarrándola de las caderas morenas y clavándola hasta el fondo.
—Mira cómo te traga el coño toda esta polla gruesa —gruñó él—. Interracial de puta madre. Tu coño moreno reventado por mi verga negra.
—Sí… nalgéame más… rómpeme —suplicó Selena, voz rota de placer—. Más fuerte, Xavier. Me voy a correr otra vez.
Las embestidas eran salvajes, profundas, el metal de la camilla crujiendo. Él le apretaba las tetas por debajo, le tiraba del pelo, le daba nalgadas que dejaban la marca roja en la piel canela. Selena gritaba sin cuidado, el coño empapado tragando cada centímetro hasta que el orgasmo la partió en dos: se corrió con el cuerpo temblando, jugo chorreando por los muslos. Xavier se corrió segundos después, empujando hasta el fondo y llenándola de leche caliente a chorros espesos, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro.
Se quedaron jadeando. Xavier salió despacio; el semen blanco le resbaló a ella por el coño y el muslo. Selena se giró sobre la camilla, sonrisa pícara, se limpió con un trozo de gasa y se la pasó por los labios antes de tirarla.
Lo besó profundo, lento, saboreando el sudor y el sexo.
—La próxima vez quiero que me folles en esta misma camilla mientras miro el techo helado —le susurró al oído—. Quiero que me dejes llena otra vez y que me hagas correrme mirando las luces frías.
Ambos se rieron bajito, aún temblando. Se vistieron a medias: ella sin bragas, él con la cremallera a medias. Acordaron la doble cita en la cámara fría la semana siguiente, mismo turno, mismo peligro. Selena le dio un último apretón a la polla aún sensible de Xavier y se estaban acomodando el uniforme cuando la puerta exterior de la morgue crujió fuerte.
Pasos pesados. La voz de Gideon, el supervisor de seguridad del turno de noche, resonó desde el pasillo:
—¿Xavier? ¿Estás ahí dentro? Necesito las llaves de la cámara ahora mismo. Hay una transferencia de urgencia y…
La manija de la cámara fría empezó a girar desde fuera.
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