Perdida a propósito en el almacén
Lucía seduce a su vecino nigeriano en el almacén.
El almacén de logística olía a cartón húmedo, metal frío y el eco lejano de montacargas ya apagados. Lucía se quedó deliberadamente detrás del último grupo de compañeros que fichaba la salida. Ajustó la falda corta sobre sus caderas anchas, notando cómo la tela se pegaba a su culo redondo, y fingió revisar una lista en el móvil mientras el resto desaparecía por la puerta principal. Tenía veinticuatro años, morena de piel aceitunada, pechos pesados que tensaban la camisa blanca abierta hasta el tercer botón, y llevaba semanas esperando este momento.
Sullivan apareció entre las estanterías altas como una sombra ancha. Nigeriano, veintiocho años, hombros que llenaban la camiseta de la empresa, brazos marcados de cargar cajas todo el día, piel negra brillante bajo las luces fluorescentes flojas. Llevaba semanas mirándola: esa mirada lenta que bajaba por su escote, se detenía en la curva de su cintura y se clavaba entre sus muslos cuando ella se agachaba. Lucía lo había notado. Y lo había buscado.
Se adentró en el pasillo C, donde las lámparas parpadeaban y las cajas de repuesto apiladas formaban rincones oscuros. Se agachó delante de un estante bajo, arqueando la espalda a propósito, sintiendo la falda subirse hasta casi mostrar el borde de las bragas negras.
—Joder… creo que se me ha perdido la caja de los conectores —murmuró en voz alta, sabiendo que él estaba cerca.
Sullivan se acercó sin prisa. Sus botas sonaron pesadas sobre el cemento.
—¿Perdida, Lucía? —Su acento profundo, inglés teñido de nigeriano, hacía vibrar el pecho—. Otra vez al final del turno. Qué casualidad.
Ella se incorporó despacio, mordiéndose el labio inferior, y le sostuvo la mirada. Una sonrisa cómplice se le escapó, pequeña, sucia.
—A lo mejor me pierdo a propósito —dijo ella, voz baja—. Para que me encuentres tú.
Él dio un paso más. El calor de su cuerpo ya se notaba. Lucía lo miró de arriba abajo: el pecho ancho, la entrepierna gruesa que marcaba el pantalón de trabajo, los muslos potentes.
—Hostia, Sullivan… te ves tan grande. Tan negro. Todo tú. Me pone de los nervios mirarte cargar esas putas cajas con esos brazos.
Él soltó una risa baja, gutural, y se acercó hasta casi rozarla. El olor a sudor limpio y colonia barata le subió a la nariz.
—Llevo semanas imaginándome cómo se sentiría tu coño. Blanco, apretado, chorreando alrededor de mi polla. Cada vez que te agachas en el muelle me se pone dura. Te he follado mentalmente contra cada estantería de este almacén.
Lucía notó el calor subirle entre las piernas. Se abrió la camisa despacio, botón a botón, sin apartar los ojos de los suyos. Los pechos saltaron libres, pezones oscuros y duros, pesados. Sullivan gruñó y la agarró por la cintura con las dos manos enormes, apretando la carne blanda.
—Quiero follarte ya —susurró ella contra su boca—. Aquí. Ahora. Sin más rollos.
Él la besó con hambre, lengua gruesa invadiéndola, dientes rozándole el labio. Le apretó el culo con fuerza, subiéndole la falda de un tirón. Las bragas ya estaban empapadas; él las apartó con los dedos gruesos y metió dos de golpe en su coño caliente.
—Estás empapada, puta. Todo para mí.
La empujó contra las estanterías metálicas. El frío del hierro le marcó la espalda mientras él se bajaba la cremallera. Su polla saltó fuera: negra, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. Lucía jadeó solo de verla.
—Joder, qué pollón…
Sullivan le subió una pierna, alineó la cabeza gruesa contra su entrada mojada y empujó de un solo golpe hondo. Lucía gritó ahogado, clavando las uñas en sus hombros. La llenaba por completo, estirándola hasta el límite, profunda y dura. Empezó a follarla en misionero contra el metal, embestidas largas y brutales que hacían sonar las estanterías. Cada embestida le golpeaba el clítoris; ella gemía sin cuidado, el eco rebotando en el almacén vacío.
—Más… así, fóllame fuerte —exigió ella, voz rota—. Tu polla negra destrozándome el coño.
Él la giró de golpe. La puso a cuatro patas sobre una caja baja, falda subida hasta la cintura, culo en alto. Le dio una cachetada sonora en una nalga; la carne tembló. Otra. Lucía gimió más alto. Sullivan se clavó otra vez hasta el fondo y la folló como perra, agarrándola de las caderas, cacheteándole el culo al ritmo de las embestidas. El sonido húmedo de su coño tragándoselo llenaba el pasillo.
—Se te pone rojo el culo… te gusta, ¿eh?
—Me encanta… me voy a correr… joder, Sullivan—
Él le agarró el pelo con una mano, tirando hacia atrás, y aceleró. Lucía se corrió gritando, el coño contrayéndose en espasmos fuertes alrededor de aquella polla gruesa, chorreando por los muslos. Él no paró. La sostuvo mientras temblaba.
Todavía temblando, ella se giró, se arrodilló en el cemento frío y se la metió entera en la boca. Chupó salvaje, babosa, manos en la base gruesa, lengua enrollándose en la cabeza, garganta abierta. Sullivan gruñía, caderas empujando hacia adelante, follándole la boca con la misma brutalidad.
—Así… trágatela… qué puta tan buena.
La levantó de golpe, la pegó de espaldas a la pared de cemento entre dos estanterías y le levantó las dos piernas. Entró de pie, embestidas cortas y brutales que la levantaban del suelo. Lucía se aferraba a su cuello, gemidos rotos contra su oreja, pechos rebotando contra su pecho duro.
—Dentro… córrete dentro de mí… lléname—
Sullivan gruñó profundo, embistió tres veces más hasta el fondo y se corrió. Chorros calientes y espesos le llenaron el coño; ella lo sintió latir y desbordarse mientras él la sujetaba contra la pared. El clímax la sacudió otra vez, más suave, consentido, los dos aferrándose.
Cuando la bajó, el semen le chorreaba ya por los muslos internos, blanco y espeso contrastando con su piel morena. Lucía se pasó dos dedos, se limpió despacio con una sonrisa satisfecha y se los chupó sin vergüenza. Luego lo atrajo y le dio un beso profundo, lento, saboreando todavía el sabor de ambos.
Sullivan le acarició la nuca con la mano grande, respiración todavía agitada.
—Esto no se queda aquí —murmuró contra su boca—. Hay cámaras en la zona de carga, pero no en el almacén de repuestos del fondo. Y mañana cierran el turno más tarde por el inventario.
Lucía se abrochó la camisa a medias, la falda todavía torcida, el semen seco ya pegajoso entre las piernas. Le miró con los ojos entrecerrados, aún caliente.
—Entonces no te pierdas tú mañana. Porque yo pienso “perderme” otra vez… y esta vez quiero que me folles más tiempo. Quiero probar lo que se siente cuando me dejas el coño abierto y goteando toda la noche.
Él le apretó el culo una última vez, posesivo.
—Cuenta con ello. Y trae bragas que no te importe que te las rompa.
Las luces del pasillo principal parpadearon; el ruido lejano de una puerta metálica recordó que el vigilante nocturno haría la ronda en menos de veinte minutos. Lucía se ajustó la ropa lo suficiente para caminar, pero el olor a sexo y el semen resbalándole por dentro le recordaban cada paso lo que acababa de pasar… y lo que aún quedaba por pasar entre las cajas del fondo.
El turno de inventario se alargó como habían previsto. Lucía llegó con la misma falda corta de la víspera, pero debajo llevaba unas bragas negras de encaje finísimo que ya sabía que no iban a sobrevivir la noche. El almacén de repuestos del fondo olía igual de cartón y metal, pero ahora las luces estaban aún más tenues; solo un par de focos de emergencia dejaban charcos de claridad amarillenta entre las torres de cajas. Había dejado el móvil en el casillero a propósito. Quería que el tiempo se le borrara.
Sullivan la esperaba ya al fondo del pasillo F, camiseta sudada pegada al pecho ancho, pantalón de trabajo abultado de antemano. Cuando la vio aparecer, no sonrió: solo la miró de arriba abajo con esa calma pesada que le ponía la piel de gallina.
—Trajiste las bragas —dijo él, voz grave, sin prisa. —Las que me dijiste. Para que las rompas.
Ella se acercó hasta rozarle el pecho con los pezones duros bajo la camisa. Él la agarró de la nuca y la besó con la misma hambre del día anterior, pero más lenta, más profunda, saboreándola como si tuviera todo el puto almacén para él solo. La lengua gruesa le invadió la boca; las manos enormes le bajaron por la espalda hasta apretarle el culo con fuerza, separando las nalgas a través de la tela.
—Hoy no te corro dentro a la primera —murmuró contra sus labios—. Hoy te voy a dejar el coño abierto y goteando como me pediste. Quiero verte caminar después con mi leche resbalándote por los muslos hasta el puto parking.
Lucía gimió bajito y se frotó contra la polla ya dura que le marcaba el pantalón. Se abrió la camisa de un tirón; los botones saltaron. Los pechos pesados quedaron al aire, pezones oscuros y erectos. Sullivan se inclinó y le mordió uno, chupándolo fuerte, tirando con los dientes mientras le metía la mano bajo la falda. Las bragas ya estaban empapadas. Las rasgó de un solo movimiento seco; el encaje cedió y quedó colgando de un muslo. Dos dedos gruesos se hundieron de golpe en su coño caliente.
—Joder, Lucía… estás chorreando ya. ¿Has estado pensando en mi polla negra todo el día? —Todo el puto día —jadeó ella, abriendo más las piernas—. En cómo me destrozaste ayer. En cómo me voy a correr otra vez cuando me la metas entera.
Él la giró y la empujó contra una pila de cajas de madera. Le subió la falda hasta la cintura, le separó las nalgas y le lamió el coño desde atrás, lengua ancha y caliente, chupándole el clítoris hinchado con ruidos sucios. Lucía se arqueó, uñas clavadas en la madera, gemidos rotos que se perdían entre las estanterías. Sullivan no tenía prisa: la comió despacio, metiendo la lengua dentro, chupando los labios hinchados, dejando que ella se frotara la cara contra su boca. Cuando ya temblaba al borde, se apartó.
—No todavía. Quiero que te corras con la polla dentro.
Se bajó la cremallera. La polla negra y gruesa saltó fuera, venas marcadas, cabeza brillante de precum. Lucía se giró solo lo suficiente para mirarla y se le hizo agua la boca.
—Dámela… fóllame ya, Sullivan. Quiero sentir cómo me estiras otra vez.
Él le agarró las caderas, alineó la cabeza gruesa contra la entrada chorreante y empujó despacio, centímetro a centímetro, hasta clavársela entera de un solo golpe hondo. Lucía gritó ahogado; el coño se le abrió alrededor de aquella dureza gruesa que la llenaba hasta el fondo. Sullivan se quedó quieto un segundo, respirando pesado, disfrutando de cómo ella se contraía alrededor de él.
—Tan puto apretado… blanco y mojado tragándome toda la polla. Mírame mientras te follo.
Empezó a moverse. Embestidas largas y profundas al principio, sacándola casi entera para volver a enterrársela hasta que los huevos le golpeaban el clítoris. El sonido húmedo de su coño chupándoselo llenaba el pasillo. Lucía empujaba hacia atrás, culo rebotando contra su pelvis negra, pechos colgando y temblando con cada embestida. Él le cacheteó una nalga, luego la otra, dejando marcas rojas que contrastaban con su piel morena.
—Más fuerte… joder, destiémbrame el coño —exigió ella, voz rota—. Quiero que mañana no pueda ni sentarme sin acordarme de ti.
Sullivan aceleró. La folló como animal, agarrándola del pelo con una mano y de la cadera con la otra, clavándosela hasta el fondo una y otra vez. Las cajas crujían. Lucía se corrió la primera vez gritando, el coño apretándose en espasmos violentos alrededor de la polla gruesa, chorros calientes resbalándole por los muslos. Él no paró. La sostuvo mientras ella temblaba y siguió embistiéndola a través del orgasmo, follándola más profundo todavía.
Cuando ella recuperó el aliento, la levantó y la sentó en una caja alta, abriéndole las piernas hasta casi partirla en dos. Entró de frente, mirándola a los ojos, embestidas cortas y brutales que le golpeaban el clítoris cada vez. Lucía se aferraba a sus hombros anchos, uñas clavadas en la camiseta sudada, gemidos rotos contra su cuello.
—Dentro otra vez… lléname… quiero sentir cómo me goteas después —suplicó. —No todavía —gruñó él—. Primero te vas a correr otra vez. Quiero verte temblando con mi polla negra reventándote.
Le frotó el clítoris con el pulgar grueso al ritmo de las embestidas. Lucía se corrió de nuevo, más fuerte, el cuerpo entero sacudiéndose, un gemido largo y roto que rebotó en las paredes de cemento. Sullivan la bajó, la puso de rodillas en el suelo frío y se la metió en la boca todavía chorreando de su propio jugo. Ella chupó con hambre, babosa, manos rodeando la base gruesa que no le cabía del todo, garganta abierta mientras él le follaba la boca con embestidas controladas.
—Así… trágatela toda, puta. Qué bien me chupas la polla después de correrte.
La saliva le corría por la barbilla. Sullivan gruñía, caderas empujando, disfrutando de cómo ella se ahogaba un poco y seguía pidiendo más con los ojos. Cuando estuvo al borde, la levantó otra vez, la pegó de espaldas a la pared de ladrillo entre dos estanterías y le levantó las dos piernas hasta los hombros. Entró de un solo golpe y la folló de pie, embestidas salvajes que la levantaban del suelo. Los pechos le rebotaban contra su pecho duro. El sonido de carne contra carne era obsceno.
—Me corro… joder, me corro otra vez —jadeó ella. —Córrete. Quiero sentirte apretarme mientras te lleno.
Tres embestidas más hondas y Sullivan se corrió con un gruñido profundo, chorros calientes y espesos disparándose dentro de ella, llenándola hasta desbordar. Lucía lo sintió latir y soltar; el semen caliente le subió por el coño y le resbaló por el culo mientras ella se corría otra vez alrededor de él, contrayéndose en oleadas fuertes. Él la sostuvo contra la pared hasta que los dos dejaron de temblar.
Cuando la bajó, el semen ya le chorreaba en hilos blancos y densos por los muslos internos, bajando hasta las rodillas. Lucía se pasó los dedos, se recogió un poco y se lo chupó mirándolo a los ojos, sonrisa sucia y satisfecha.
—Tal como te pedí… abierto y goteando. —Y aún no he terminado contigo —dijo él, respiración agitada, polla todavía semidura y brillante de ambos—. Hay un cuarto de herramientas al fondo. Cerrado con llave. Nadie entra hasta mañana. Quiero follarte ahí tumbada en el banco de trabajo, con las piernas abiertas de par en par, hasta que no te quede ni una gota de fuerza. Y esta vez te voy a lamer el coño después de correrme, para saborear mi leche dentro de ti.
Lucía se abrochó la camisa a medias, la falda torcida, las bragas rotas colgando de un tobillo. El semen le seguía resbalando con cada paso. Le miró con los ojos entrecerrados, el coño aún palpitando y abierto.
—Llévame. Y no me limpies nada. Quiero que me folles otra vez mientras me goteas por las piernas. Quiero que me dejes tan usada que mañana el asiento del coche huela a ti.
Sullivan le apretó el culo posesivo, recogió un poco de semen con los dedos y se lo metió otra vez dentro de ella, empujándolo hondo.
—Cuenta con ello. Y la próxima vez… te voy a follar el culo también. Lento. Hasta que me ruegues que te lo llene igual.
Las luces de emergencia parpadearon una vez. A lo lejos se oyó el eco de una puerta metálica, probablemente el vigilante haciendo la ronda por la zona principal. Todavía tenían tiempo. Lucía se dejó guiar hacia el fondo oscuro del almacén, el semen fresco resbalándole entre los muslos con cada paso, el coño abierto y sensible, el cuerpo entero pidiendo más. Sabía que la noche apenas empezaba… y que cuando salieran de allí iba a caminar diferente, marcada, llena, y con ganas de volver a perderse a propósito la semana que viniera.
Sullivan empujó la pesada puerta de metal del cuarto de herramientas y la cerró con llave tras ellos. El olor a grasa, óxido y madera vieja envolvió a Lucía al instante. Un banco de trabajo largo y manchado dominaba el centro, con tornillos y herramientas esparcidas. Solo una bombilla sucia colgaba del techo, tiñendo todo de un amarillo sucio. Lucía sintió el semen de antes resbalarle aún por los muslos mientras él la guiaba hasta el borde del banco.
—Súbete —ordenó Sullivan, voz grave, ya bajándose del todo el pantalón. Su polla negra y gruesa seguía semidura, brillante de jugos y leche, balanceándose pesada entre sus muslos potentes—. Piernas abiertas. Quiero verte así.
Ella obedeció, el corazón martilleándole. Se sentó en el borde frío del banco, se recostó hacia atrás sobre los codos y abrió las piernas todo lo que pudo. La falda le quedaba arremangada en la cintura; las bragas rotas colgaban de un tobillo como un trofeo. Su coño estaba hinchado, rojo, abierto y goteando hilos blancos que le bajaban hasta el culo. Sullivan se plantó entre sus muslos, le agarró las rodillas y las empujó hacia atrás hasta casi doblarla por la mitad. La miró con hambre cruda.
—Joder, Lucía… te has quedado abierta. Todo mi semen saliendo de ti. —Se inclinó y le lamió el coño de un solo trazo largo, de abajo arriba, recogiendo la mezcla de ambos con la lengua ancha. Chupó fuerte el clítoris hinchado, luego metió la lengua dentro para saborear su propia leche caliente. Lucía arqueó la espalda, un gemido ronco escapándosele.
—Sullivan… hostia, qué asco tan rico… no pares.
Él no paró. La comió con ruidos sucios, chupando, bebiendo, lamiendo cada pliegue hasta que ella temblaba otra vez al borde. Cuando la sintió apretarse contra su boca, se enderezó, alineó la polla gruesa —ya completamente dura otra vez— y la empujó dentro de un solo golpe hondo. Lucía gritó, las uñas raspando la madera del banco. La llenaba hasta el fondo otra vez, estirándola, el grosor negro contrastando brutalmente con su piel aceitunada.
Empezó a follarla con embestidas profundas y lentas al principio, sacándola casi entera para clavársela de nuevo hasta que los huevos le golpeaban el culo. El banco crujía. Lucía le miraba la cara, sudada, concentrada, los labios entreabiertos. Cada embestida le sacudía los pechos pesados.
—Más… fóllame como si quisieras romperme el banco —exigió ella, voz rota—. Quiero que me dejes el coño destrozado.
Sullivan aceleró. La agarró de las caderas con las dos manos enormes y la embistió como un animal, el sonido húmedo y obsceno de su polla entrando y saliendo llenando el cuarto cerrado. Lucía se corrió rápido, el cuerpo entero contrayéndose, el coño apretándole la verga en espasmos violentos mientras un chorro caliente le salpicaba el bajo vientre. Él no se detuvo. La folló a través del orgasmo, más profundo, más bruto, hasta que ella lloriqueaba de placer excesivo.
Cuando ella recuperó el aliento, él la giró con facilidad. La puso boca abajo sobre el banco, pechos aplastados contra la madera fría, culo en alto. Le separó las nalgas con los pulgares y le escupió en el culo. Lucía se tensó un segundo, pero luego empujó hacia atrás.
—Hazlo… como me dijiste. Fóllame el culo. Lento primero.
Sullivan frotó la cabeza gruesa de su polla contra el agujero apretado, empujando con paciencia. El anillo de músculo cedió centímetro a centímetro. Lucía gimió largo, agarrándose a los bordes del banco, sintiendo cómo aquella polla negra la abría por detrás de una forma nueva y brutalmente íntima. Cuando estuvo enterrada hasta la base, se quedó quieto, respirando pesado, dejando que ella se acostumbrara.
—Tan puto estrecho… tu culo blanco apretándome toda la polla. Dime que lo quieres.
—Lo quiero… fóllame el culo, Sullivan. Lléname ahí también —jadeó ella, voz temblorosa de intensidad.
Él empezó a moverse. Embestidas cortas al principio, luego más largas, sacando casi toda la verga para volver a enterrársela hasta los huevos. Le cacheteó una nalga, luego la otra, dejando marcas rojas. Con una mano le alcanzó el clítoris y lo frotó en círculos mientras la follaba por detrás. Lucía empujaba hacia atrás al encuentro de cada embestida, el culo rebotando contra su pelvis negra, gemidos ahogados contra la madera.
—Más fuerte… joder, destiémbrame el culo también —suplicó.
Sullivan gruñó y aceleró. La folló el culo con la misma brutalidad con la que le había reventado el coño, agarrándola del pelo, tirando de su cabeza hacia atrás para que arquease la espalda. El banco se movía con cada embestida. Lucía se corrió otra vez, más profundo, más sucio, el cuerpo entero sacudiéndose mientras su culo se contraía alrededor de aquella dureza gruesa. Él la sostuvo y siguió clavándosela a través de las oleadas, hasta que su propio orgasmo lo alcanzó.
Con un gruñido gutural se enterró hasta el fondo y se corrió. Chorros calientes y espesos le llenaron el culo; ella lo sintió latir y desbordarse, el semen caliente resbalándole ya por los muslos junto con lo que aún le salía del coño. Sullivan embistió un par de veces más, exprimiendo cada gota, y se quedó quieto, respirando agitado, la polla todavía dentro, pulsando.
Durante un rato solo se oyeron sus respiraciones entrecortadas y el zumbido lejano de las luces de emergencia. Él salió despacio. Lucía se quedó tumbada sobre el banco, piernas temblando, el culo y el coño abiertos y goteando hilos blancos densos que le bajaban hasta las rodillas. El semen le manchaba la madera debajo. Sullivan le pasó la mano grande por la espalda, caricia posesiva pero ya más suave.
—Mírate… completamente usada. Abierta por los dos sitios. Goteando mi leche por todas partes.
Lucía se giró con dificultad, se sentó en el borde del banco. El cuerpo le dolía de una forma deliciosa y profunda: el coño sensible, el culo ardiendo agradablemente, los muslos manchados. Se pasó dos dedos por ambos agujeros, recogió un poco de la mezcla y se la chupó mirándolo, pero la sonrisa sucia le salió más pequeña esta vez.
Se vistieron en silencio. Lucía se abrochó la camisa a medias; los botones faltantes ya no importaban. La falda le quedó torcida. Las bragas rotas las metió en el bolsillo. El semen le seguía resbalando con cada movimiento, pegajoso, fresco. Sullivan le dio un último apretón en el culo y abrió la puerta con cuidado. El pasillo del fondo estaba vacío. Las luces de emergencia parpadeaban igual.
Caminaron hacia la salida de empleados. Cada paso le recordaba a Lucía lo que acababa de pasar: el ardor entre las nalgas, la sensación de estar abierta y llena, el olor a sexo que le subía desde la falda. En el parking vacío se detuvieron junto a su coche. Sullivan le besó el cuello una última vez.
—Mañana mismo turno. No te pierdas sin mí.
Ella asintió, se metió en el asiento del conductor. El cuero frío le tocó los muslos desnudos y notó al instante cómo el semen se le pegaba al asiento. Arrancó. En el espejo retrovisor vio a Sullivan alejarse hacia su propia furgoneta, anchos hombros desapareciendo en la oscuridad.
Mientras conducía por las calles vacías de madrugada, la euforia se le fue enfriando. El aire acondicionado le secaba el sudor de la nuca. Notó el ardor real ahora: el culo le dolía de verdad, el coño estaba hinchado e irritado, y el semen seguía saliendo a oleadas cada vez que frenaba. Se miró las manos en el volante: temblaban un poco. De repente el olor a sexo dentro del coche le resultó demasiado espeso, demasiado real. Pensó en las cámaras de la zona de carga, en el vigilante que casi los pillaba, en cómo mañana tendría que mirar a Sullivan a la cara delante de todos los compañeros mientras el semen seco aún le manchaba la ropa interior. ¿Y si alguien olía a sexo en ella? ¿Y si se corría el rumor? ¿Y si se había quedado embarazada de un tío con el que solo se había follado dos noches en un almacén mugriento?
Una oleada fría le subió por el pecho. No era vergüenza exactamente. Era algo más hueco. Había querido que la usaran, que la dejaran abierta y goteando, y lo había conseguido. Pero ahora, con las luces de la ciudad pasando borrosas por la ventanilla, se preguntaba si al día siguiente él la miraría igual o solo como la puta del pasillo F que se deja follar el culo sobre un banco de herramientas. Si ella misma podría mirarse al espejo sin pensar que se había perdido a propósito solo para sentirse llena de alguien que quizás no recordaría su apellido. El asiento del coche ya olía a él, tal como había pedido. Y de pronto ese olor le sentó mal en el estómago.
Aparcó delante de su piso. Apagó el motor. Se quedó sentada un rato en silencio, las piernas juntas, sintiendo todavía cómo le goteaba entre los muslos. Se pasó una mano por la cara. Había sido brutal, sucio, perfecto… y ahora algo no encajaba. Como si al correrselo dentro le hubieran sacado también otra cosa que no sabía nombrar. Bajó del coche cojeando un poco, el culo doliéndole con cada escalón, y subió a su casa con la certeza amarga de que mañana, cuando se “perdiera” otra vez, ya no sería exactamente la misma.
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