Deseo Revelado en el Cuarto Oscuro
En la fiesta, Grant se folló el culo apretado de Rosa en el cuarto oscuro.
La fiesta era de esas que huelen a dinero y a peligro a partes iguales: luces bajas, música que vibra en las costillas y gente que finge no mirar lo que realmente quiere. Yo estaba en la cocina robando un trago cuando la vi. Rosa. Veinticuatro años, curvas que el legging del gimnasio nunca había logrado esconder del todo, esa sonrisa de puta descarada que llevaba meses lanzándome desde la cinta de correr. Meses de miradas largas, de “se te ve fuerte hoy, Grant” y de toques “accidentales” en los glúteos cuando pasaba a mi lado. Esa noche el coqueteo se había quitado la máscara.
—¿Te vas a quedar ahí mirándome como un idiota o me vas a seguir? —susurró contra mi oreja, el aliento caliente y a menta—. Hay un cuarto oscuro al fondo. Nadie entra si la puerta está cerrada.
No hizo falta más. Cruce la sala con la polla ya a medio despertar, la mano de ella enganchada a mi cinturón como si me reclamara. El cuarto era pequeño, apenas un sofá ancho, cojines tirados en el suelo y una lámpara roja que apenas dibujaba siluetas. En cuanto la puerta hizo click, Rosa me empujó contra la pared y me besó con hambre, lengua profunda, dientes en el labio inferior. El cuerpo de ella se pegó al mío: tetas pesadas contra mi pecho, cadera empujando mi entrepierna.
—Llevo semanas mojándome en el gym imaginando esto —confesó entre susurros, la voz ronca—. Imaginando que me agarras el culo y me lo abres. Que me follas el culo apretado hasta que no pueda caminar derecho. ¿Te pone duro, Grant? Dime que sí.
Mi polla respondió por mí, hinchándose completa contra la tela de los pantalones. La agarré del culo con las dos manos, apretando fuerte esos globos firmes, y la levanté un poco para morderle el cuello.
—Estás loca —gruñí—. Y me encanta.
Nos besamos como si el tiempo se acabara. Sus manos bajaron, desabrocharon mi cinturón con dedos rápidos, y de repente Rosa se arrodilló sobre la alfombra. Me bajó los pantalones y el bóxer de un tirón. Mi verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Ella soltó un ruidito de satisfacción y me miró a los ojos mientras pasaba la lengua plana desde las bolas hasta la punta.
—Qué polla tan rica… —murmuró, y se la metió entera de un golpe.
El calor húmedo de su boca me arrancó un gemido bajo. Rosa chupaba con ganas, salivando, la lengua trabajando la parte de abajo mientras una mano me apretaba la base y la otra me acariciaba los huevos. No apartaba la mirada. Esos ojos oscuros fijos en los míos mientras su garganta se abría para tragarme más profundo. Babeaba, hacía ruidos obscenos, y de vez en cuando se separaba solo para decir:
—Métme los dedos en el culo. Ábreme. Quiero sentirte ahí antes de que me la entieres.
Escupí en dos dedos y los llevé detrás de ella. Rosa se arqueó, abrió las piernas arrodillada y empujó el culo hacia mi mano. Su agujero estaba caliente, fruncido, y cuando empujé el primero entró con una resistencia deliciosa. Ella gimió alrededor de mi polla, el sonido vibrándome hasta la base. El segundo dedo costó un poco más; la sentí apretar y después ceder, mojándose más abajo, el coño goteando sobre el muslo.
—Joder, sí… así —jadeó, sacándose la verga de la boca solo un segundo—. Empuja. Ábreme bien. Me estoy corriendo solo de sentirte dentro.
La follé con los dedos a ritmo lento y profundo, curvándolos, mientras ella volvía a chuparme como si quisiera sacarme el alma. Cada vez que mis nudillos rozaban ese anillo apretado, Rosa empujaba hacia atrás, pidiendo más. Su mano libre se metió entre sus piernas y se frotó el clítoris con desespero. El olor a sexo llenó el cuarto pequeño. Supe que ambos lo queríamos de verdad cuando ella misma se detuvo, buscó en su bolso minúsculo y me puso en la palma un frasco pequeño de lubricante con una sonrisa traviesa, los labios hinchados y brillantes de saliva.
—Venía preparada, cabrón. No me mires así.
La puse a cuatro patas sobre los cojines. Le bajé la falda y el tanga de un tirón, dejándole el culo al aire: redondo, suave, con ese agujerito rosado que todavía se contraía de mis dedos. Me arrodillé detrás, le separé las nalgas con las manos y le comí el culo. Lengua plana, larga, empujando dentro. Rosa gritó contra el cojín, un sonido gutural y puta.
—Ay, joder, Grant… sí, lámelo todo. Métela más adentro. Soy tu puta del culo esta noche.
La lengüetee hasta que temblaba, hasta que su ano se aflojó y se abrió un poco más para mí. Entonces abrí el frasco, me unté los dedos generosamente y le metí dos de golpe, bien lubricados. Rosa se masturbaba sin vergüenza, los dedos rápidos en el clítoris, el coño chorreando hilos transparentes. La abrí en tijera suave, la estiré, le hablé sucio al oído mientras la penetraba con los dedos.
—Mira cómo te lo pides. Este culo quiere polla. Dime que quieres que te la meta.
—Métela. Por favor. Despacio al principio… y después rómpeme.
Saqué los dedos, me unté la polla entera hasta dejarla reluciente y apoyé la cabeza contra su entrada. Empujé. El anillo cedió milímetro a milímetro, tragándome con una presión infernal. Rosa soltó un gemido largo, casi un llanto de placer, y empujó hacia atrás ella misma.
—Más… joder, más. Quiero sentirte entera.
La sujeté fuerte de las caderas, los dedos hundiéndose en su carne, y avancé despacio hasta que mis bolas tocaron su coño. Se quedó inmóvil un segundo, respirando entrecortada, el culo apretándome en oleadas.
—Muévete —ordenó—. Fóllame. Más fuerte. Más profundo.
Empecé a sacarla casi del todo y a enterrármela de nuevo, ritmo creciente. El sonido de piel contra piel llenó el cuarto. Rosa gemía como una perra en celo, pidiendo que la destrozara, que le llenara el culo. Cada embestida hacía que sus tetas se balancearan hacia delante; yo tiraba de ella hacia atrás para clavar más hondo. El lubricante y su calor me volvían loco. Cambié el ángulo, busqué ese punto que la hacía gritar más alto, y cuando lo encontré ella se corrió con un espasmo que me apretó la polla como un puño.
La saqué con un pop húmedo, me recosté en los cojines y la hice montarme en vaquera inversa. Rosa se colocó de espaldas a mí, se agarró mis muslos y bajó despacio. Desde ahí veía todo: cómo su ano se abría, rosado y brillante, tragando centímetro a centímetro mi polla gruesa hasta el fondo. Desaparecía dentro de ella. Completa. El espectáculo me sacó un gruñido animal.
—Míralo —dijo ella, rebotando ahora con ganas, el culo golpeándome la pelvis—. Cómo se lo come todo. Tuya. Esta noche este culo es solo tuyo.
La agarré de la cintura y empecé a empujar hacia arriba con fuerza, follándola con ritmo duro y constante. Rosa gritaba de placer, sin cuidarse de quién pudiera oír al otro lado de la puerta. Cada bajada me la tragaba hasta las bolas; cada subida dejaba ver el anillo estirado alrededor de mi verga. Le di una nalgada sonora y ella apretó más.
—Así… no pares. Más duro, Grant. Quiero que me dejes el culo abierto y lleno.
Obedecí. La follé sin piedad, sudor corriendo por mi pecho, la visión de su culo devorándome grabándose a fuego. Sentí la corrida subir desde las bolas, inevitable. La avisé entre dientes.
—Me voy a correr. Dentro. Todo dentro de tu culo.
—Dámelo. Lléname.
Empujé hasta el fondo y me corrí con un gemido ronco, chorros calientes disparándose profundo en su interior. Rosa se quedó sentada sobre mí, temblando, recibiendo cada pulsación, el ano contrayéndose alrededor de mi polla como si quisiera ordeñarme hasta la última gota. Cuando por fin se detuvo, se giró sin sacármela del todo, me besó con lengua lenta y sucia, saboreando el sexo que todavía nos unía.
—Ha sido el mejor polvo anal de mi vida —confesó contra mi boca, la voz entrecortada y feliz—. En serio. Nadie me había abierto así.
Se levantó con las piernas temblorosas. Vi mi semen empezar a chorrearle por el muslo interno, blanco y espeso, bajando lento hacia la rodilla. Rosa lo miró, se pasó un dedo, se lo chupó y me sonrió con esa misma desvergüenza del gimnasio, solo que ahora era mil veces más peligrosa.
—La próxima vez —dijo, todavía jadeando, recuperando el tanga sin limpiarse del todo— quiero que la folles todavía más bruto. Quiero que me ates las muñecas y me uses el culo hasta que pida clemencia… y que no me la des. Y quiero que Victor nos mire. Él está en la fiesta. Llevo semanas fantaseando con que te vea metérmela entera mientras él se toca. ¿Te late la idea, Grant? Porque a mí se me pone el culo a contracciones solo de pensarlo.
Se inclinó, me dio un último beso mordisco y se alisó la falda como si no llevara mi corrida resbalándole entre las piernas. La puerta del cuarto oscuro se abrió un segundo; la música y las risas de la fiesta entraron como una amenaza dulce. Rosa me guiñó un ojo desde el umbral.
—No te vistas todavía. Esto no ha terminado. Ni de puta coña.
No me vestí. Me quedé ahí, la polla todavía medio dura y resbaladiza de semen y lubricante, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido una maratón. El cuarto olía a sexo crudo, a sudor y a esa mezcla espesa que solo deja un culo bien follado. Rosa salió y la puerta se cerró con un click suave. Me toqué la verga sin prisa, sintiendo el calor residual de su interior, y pensé que si esto era una trampa o una broma de puta rica, me la iba a tragar entera igual.
Volvió en menos de dos minutos. Detrás de ella entró Victor: alto, moreno, la camisa abierta hasta el pecho, esa mirada de depredador calmado que ya había notado en la sala. Rosa lo empujó dentro y volvió a cerrar con llave. Sonrió como si acabara de robar algo valioso.
—Te dije que no te vistieras —murmuró, arrodillándose otra vez entre mis piernas—. Victor sabe exactamente lo que quiero. Y tú también, ¿verdad?
Victor no habló al principio. Se recostó en el sofá frente a nosotros, se desabrochó el pantalón y sacó una polla gruesa, ya dura, y empezó a masturbarse despacio mientras nos miraba. Rosa se giró hacia mí, me lamió la polla de base a punta, limpiando lo que quedaba de mi corrida anterior, y después se puso a cuatro patas otra vez, el culo todavía brillante, el agujero rosado y un poco abierto, con hilos blancos que le bajaban por el coño.
—Míralo bien, Victor —dijo ella, abriéndose las nalgas con las manos—. Así me la metió. Toda. Hasta las bolas. Y ahora quiero que me la vuelva a enterrar mientras tú te corres mirándonos.
Me arrodillé detrás de ella. La polla me latía otra vez, hinchada, lista. Escupí sobre su ano, frothé la cabeza contra ese anillo ya hinchado y empujé. Entró más fácil esta vez, pero igual de apretado, ese calor infernal que me apretaba la verga como si quisiera exprimirme el alma. Rosa gritó contra el cojín, un sonido roto y puta.
—Joder… sí, Grant, así. Ábreme otra vez. Más profundo.
Empecé a follarla con embestidas largas y pesadas. Cada embestida hacía que su culo se aplastara contra mi pelvis con un ruido húmedo y obsceno. Victor se corría la mano más rápido, los ojos fijos en cómo mi polla desaparecía dentro de ese agujero estirado. Rosa se giró la cara hacia él, la boca abierta, babeando.
—¿Te gusta, Victor? ¿Te pone ver cómo me destrozan el culo? Dime que sí mientras te la sacudes.
—Me pone de los cojones —contestó él con voz ronca—. Ábrete más. Quiero ver cómo te entra entera.
Rosa empujó hacia atrás, tragándome hasta el fondo. Yo le agarré el pelo, tiré de su cabeza hacia atrás y le hablé al oído mientras la embestía sin piedad.
—Este culo es mío esta noche. Se lo voy a dejar abierto y goteando otra vez. Y tú te vas a quedar quieta mientras te lo lleno de nuevo.
Ella se corrió con un espasmo violento, el ano contrayéndose alrededor de mi verga en oleadas que casi me sacan la segunda corrida antes de tiempo. Gemía sin control, pidiendo más, pidiendo que la usara más bruto. Saqué la polla de golpe, la giré y la hice montarme otra vez, esta vez de frente. Rosa se sentó despacio, guiando mi verga otra vez a su culo, y bajó centímetro a centímetro hasta que sus nalgas se apoyaron en mis muslos. Desde esa posición le veía la cara: ojos entrecerrados, labios hinchados, esa expresión de puta feliz y rota.
Victor se levantó, se acercó y le puso la polla en la boca. Rosa la aceptó sin dudar, chupando con ganas mientras rebotaba sobre mí. El ritmo era salvaje: ella subía y bajaba engullendo mi polla con el culo, y al mismo tiempo tragaba la de Victor hasta la garganta. Babeaba por las comisuras, hacía ruidos asquerosos y deliciosos. Yo le agarraba las caderas y empujaba hacia arriba con fuerza, clavándome hondo cada vez que ella bajaba.
—Así… joder, así —jadeaba ella entre chupadas—. Fóllame el culo mientras le chupo la polla. Quiero correrme otra vez con las dos dentro de mí de alguna forma.
Le di nalgadas fuertes, una y otra, dejando marcas rojas en esa carne firme. El sonido llenaba el cuarto junto con los gemidos de los tres. Sentía cómo su interior me ordeñaba, cómo el lubricante y mi semen anterior hacían que cada embestida fuera más resbaladiza y profunda. Rosa se sacó la polla de Victor de la boca solo para gritar:
—Más duro, Grant. Rómpeme. Quiero sentir que no voy a poder sentarme mañana. Y tú, Victor, córrete en mi cara cuando él me llene el culo otra vez.
Aceleré. La follé como una máquina, sudor cayéndome por la frente, la visión borrosa de puro placer. Victor se masturbaba a centímetros de su boca, la cabeza morada y brillante. Rosa se frotaba el clítoris con dos dedos desesperados y se corrió otra vez, el cuerpo entero temblando, el ano apretándome tan fuerte que pensé que me iba a partir la polla. Esa presión me mandó al borde.
—Me corro —gruñí—. Todo dentro otra vez. Trágatelo con el culo.
Empujé hasta el fondo y me vacié en chorros gruesos y calientes, pulsando profundo mientras ella gritaba y se sacudía. Victor soltó un gemido bajo y se corrió en su cara y su lengua, chorros blancos que le mancharon los labios, la mejilla y el pecho. Rosa los lamió con la lengua afuera, tragando lo que pudo mientras mi polla seguía latiendo dentro de su culo lleno.
Nos quedamos así un momento eterno. Rosa todavía sentada sobre mí, mi verga ablandándose lentamente dentro de ese calor sucio y perfecto. El semen de Victor le brillaba en la barbilla. Ella respiraba entrecortada, la risa suave y ronca escapándosele entre los dientes. Me miró a los ojos, después a Victor, y se pasó un dedo por el ano donde todavía estábamos unidos, recogiendo la mezcla que empezaba a salirle y chupándosela sin vergüenza.
—Hostia… —susurró, la voz hecha un hilo feliz—. Esto… esto es exactamente lo que necesitaba. El culo me late. Me late y está lleno y abierto y… joder, Grant.
Me besó despacio, sucia, compartiendo el sabor a semen y a sexo. Victor se dejó caer al lado, la respiración todavía pesada, una mano posada en el muslo de ella como quien reclama su parte del espectáculo. El cuarto seguía en penumbra roja. Fuera, la fiesta seguía viva, pero aquí dentro el tiempo se había detenido en ese momento exacto: mi polla todavía dentro de su culo resbaladizo, su cuerpo temblando en el afterglow, los tres pegados por el sudor y la corrida.
Rosa se recostó contra mi pecho sin sacarme del todo, las piernas abiertas, el semen bajándole ya por el muslo en un hilo espeso y caliente. Cerró los ojos un segundo, sonriendo contra mi cuello.
—No me muevo todavía —murmuró—. Déjame sentirlo un rato más. Así. Lleno. Tuyo.
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