Susurros prohibidos en la sala vacía
En la universidad vacía, Rosa se abre la blusa y se masturba en la mesa mientras Omar la folla contra la ventana, excitados porque los jardineros los miran.
El calor del verano se filtraba a través de los enormes ventanales de la sala de conferencias, bañando el suelo de parquet en rectángulos dorados que se movían con lentitud. La universidad estaba desierta; solo el zumbido lejano de las cortadoras de césped y el murmullo ocasional de voces en el patio recordaban que el mundo seguía girando afuera. Rosa cerró la puerta tras de sí con un clic suave y se quedó un momento observando al hombre que ya estaba allí.
Omar, el profesor invitado de veintiocho años, se había quitado la chaqueta y remangado la camisa blanca hasta los codos. Sus antebrazos musculosos brillaban ligeramente de sudor. Cuando levantó la vista de los apuntes que había esparcido sobre la mesa de presentaciones, su sonrisa fue lenta, deliberada, como si ya supiera exactamente por qué ella había venido.
—Pensé que te habías ido a casa —dijo él, la voz grave y baja.
—Mentira —respondió Rosa, caminando hacia el centro de la sala. La falda plisada le rozaba los muslos; la blusa blanca de botones le ceñía el pecho. Tenía veintidós años y el cuerpo tenso de quien lleva semanas fantaseando.—. Ambos sabíamos que hoy no habría nadie. Ni secretarias, ni alumnos. Solo nosotros… y esa gente de ahí afuera.
Señaló con la barbilla el patio. A través del cristal se veían tres jardineros trabajando cerca de los setos, a unos veinte metros. Uno se detuvo a beber agua de una botella; el sol le pegaba en la nuca. Rosa sintió un cosquilleo caliente entre las piernas solo de imaginar que levantaran la vista.
Omar se acercó a la ventana, pero no lo suficiente para tapar la vista. Se quedó de perfil, mirándola de reojo.
—Te excita, ¿verdad? —murmuró—. Que puedan vernos. Que en cualquier segundo uno de ellos mire hacia aquí y te vea con las piernas abiertas.
Rosa no negó. Se mordió el labio inferior y dio un paso más cerca. El aire acondicionado apenas aliviaba el calor que le subía por el cuello.
—A ti también —susurró ella—. Lo vi la semana pasada, cuando te quedaste mirándome mientras me ajustaba el sujetador en el pasillo vacío. No apartaste la vista. Sonreíste.
Omar soltó una risa baja, casi un gruñido. Sus ojos oscuros bajaron hasta el escote de ella.
—Ábrete la blusa, Rosa. Despacio. Quiero que ellos puedan verlo si miran ahora mismo.
Las manos de Rosa temblaron un segundo de pura adrenalina antes de obedecer. Desabotonó el primer botón. Luego el segundo. El tercero. La tela se abrió revelando la curva superior de sus pechos, el sujetador negro de encaje que apenas contenía la carne firme. El aire fresco le erizó los pezones al instante. Siguió. Cuarto botón. Quinto. La blusa quedó abierta por completo, colgando a los lados de su torso. Se la quitó del todo y la dejó caer al suelo. Quedó solo en el sujetador y la falda.
Omar inhaló hondo. Se pasó la lengua por los labios.
—Quítate también eso. Enséñamelos.
Rosa alcanzó la espalda, desabrochó el gancho y dejó que las copas cayeran. Sus pechos saltaron libres, pesados, pezones oscuros y duros ya por la excitación y el aire. Se quedó de pie frente a la ventana, a plena vista, y se pasó las manos por debajo de ellos, elevándolos un poco como ofrenda. El cristal era solo una delgada barrera entre su piel desnuda y los ojos de cualquiera que pasara.
—Míralos —jadeó ella—. Mírame.
Omar se había puesto de pie justo al lado del ventanal, de espaldas al patio pero lo bastante de lado para que cualquiera desde fuera pudiera ver el bulto que ya tensaba sus pantalones. Se pasó la palma por encima de la tela, frotando su polla gruesa con movimientos lentos y deliberados mientras la miraba.
—Súbete a la mesa —ordenó con voz ronca—. La de presentaciones. Ábrete de piernas y tócate. Quiero verte correrte sabiendo que pueden pillarnos en cualquier momento.
Rosa no dudó. Se subió a la gran mesa de madera oscura, arrodillándose primero y luego acomodándose de espaldas, las piernas abiertas hacia la ventana y hacia él. La falda se subió hasta la cintura. Debajo no llevaba bragas; solo el vello recortado y el coño ya brillante de jugos. Separó los labios con dos dedos y dejó que él viera el rosado hinchado, el clítoris hinchado que latía.
Empezó a frotarse en círculos lentos, mojándose los dedos, subiendo y bajando por su raja mientras gemía bajito.
—Joder, Omar… se sienten tan bien mirándome así. Imagina que uno de esos jardineros levanta la cabeza ahora. Que ve mis tetas al aire y mi mano metiéndose entre las piernas.
Omar se acercó un paso a la ventana, casi pegando la espalda al cristal, y se desabrochó el cinturón solo lo suficiente para meter la mano dentro del bóxer. Sacó la polla gruesa y venosa, la agarró con fuerza y empezó a masturbarse a la vista de ella, sin sacarla del todo del pantalón, solo el eje oscuro y la cabeza brillante asomando entre sus dedos.
—Más rápido —exigió él—. Métele los dedos. Quiero oír lo mojada que estás.
Rosa obedeció. Dos dedos se hundieron hasta el nudillo con un sonido húmedo obsceno. Empujó, sacó, empujó otra vez, arqueando la espalda para que sus pechos se mecieran. El sol le daba de lleno en la piel sudorosa. Cada vez que un jardinero se movía allá afuera, su coño se contraía alrededor de sus propios dedos.
—Por favor… —suplicó ella, la voz quebrada de deseo—. Acércate. Tócame. No aguanto más mirándote frotarte esa polla sin sentirla. Ven aquí y mámame los pezones mientras me metes la mano. Que nos vean si quieren. Me da igual. Quiero que me toques ahora.
Omar soltó un gruñido gutural y se alejó de la ventana lo justo para rodear la mesa. Se quedó entre sus piernas abiertas, la polla aún en la mano, goteando un hilo de precum que cayó sobre el muslo interno de ella. Con la otra mano le agarró un pecho, apretó la carne blanda y se inclinó para chupar el pezón con fuerza, mordisqueando, tirando con los dientes mientras ella gemía más alto.
Sus dedos gruesos sustituyeron a los de Rosa. Le metió dos de golpe, curvó las yemas buscando ese punto esponjoso y empezó a follarla con la mano, rápido, húmedo, sin piedad. El pulgar le aplastó el clítoris en círculos brutales.
—Así… joder, así —jadeaba Rosa, las caderas empujando contra su mano—. Más fuerte. Que se oiga. Que si abren la puerta nos pille con tus dedos dentro y tu boca en mis tetas.
Omar levantó la cabeza solo para mirar por encima del hombro hacia el patio. Uno de los jardineros se había puesto de pie y miraba hacia el edificio, una mano en la frente para taparse del sol. No estaba claro si veía o no, pero la posibilidad hizo que la polla de Omar diera un latido violento en su puño.
—Están ahí —susurró contra el pecho de ella—. Cualquiera de ellos puede girarse ahora mismo y verte correrte en mi mano. ¿Quieres eso, Rosa? ¿Quieres que te corras mientras nos miran?
—Sí —gimió ella, casi llorando de excitación—. Quiero que me toques más. Quiero tu polla. Quiero que me la metas aquí mismo, en la mesa, o contra el cristal. Que me folles con las tetas aplastadas contra la ventana para que vean cómo me la comes entera.
Omar sacó los dedos de su coño, los llevó a la boca de ella y se los metió para que los chupara. Rosa lamió sus propios jugos con glotonería, mirándolo a los ojos. Él se subió la camisa un poco más y frotó la cabeza caliente de su polla contra el clítoris hinchado, sin entrar aún, solo deslizándose arriba y abajo por la raja resbaladiza, empapándose.
—Todavía no —dijo con voz áspera, aunque la cadera le traicionaba con pequeños empujones—. Primero quiero verte correrte así. Ábrete más. Enséñales todo si están mirando.
Rosa se recostó sobre los codos, las piernas abiertas al máximo, los pies apoyados en el borde de la mesa. Se agarró los pechos y se pellizcó los pezones mientras Omar seguía frotando su polla gruesa contra ella, golpeando el clítoris con cada pasada. El sonido húmedo llenaba la sala vacía. Afuera, el ruido de las tijeras de podar se detuvo un segundo. Luego se reanudó. La incertidumbre era un fuego líquido que les recorría las venas.
—Voy a correrme —advirtió Rosa, temblando—. Voy a mojar toda la mesa… joder, Omar, tócame el culo también. Métete un dedo mientras me frotas.
Él obedeció al instante. Con una mano le separó un glúteo y le empujó un dedo lubricado en el culo apretado mientras la otra seguía guiando la polla por su coño. Rosa gritó bajito, el orgasmo subiéndole como una ola. Se corrió convulsionando, el coño contrayéndose en el aire vacío, un chorrito de jugos salpicando el vientre de Omar y la madera. El dedo en su culo la hizo retorcerse más, empujando hacia atrás, buscando más profundidad.
Omar no dejó de frotarse contra ella ni un segundo. Su respiración era un jadeo pesado. La polla le latía, lista para explotar, pero se contuvo, solo disfrutando del calor resbaladizo de ella y de la vista de su cuerpo temblando a la vista de cualquiera.
Cuando Rosa bajó un poco de la cima, todavía con espasmos, lo miró con los ojos nublados de lujuria.
—Ahora —rogó—. Fóllame. Contra la ventana. Quiero que me pongas de pie, que me levantes la falda y me la metas de una embestida mientras miro a esos hombres. Quiero que me agarres del pelo y me folles duro sabiendo que pueden vernos. Por favor, Omar… no me dejes así.
Omar la bajó de la mesa con facilidad, la dio la vuelta y la empujó hacia el ventanal. Las tetas de Rosa se aplastaron contra el cristal frío. Él se pegó a su espalda, la polla dura y caliente encajada entre sus nalgas, una mano rodeándole la garganta con suavidad posesiva y la otra abriéndole más las piernas.
Afuera, uno de los jardineros se limpió el sudor de la frente y miró directamente hacia la sala.
Omar no la penetró aún contra el cristal. El jardinero que miraba directo hacia la sala le hizo latir la polla con violencia, pero el deseo de Rosa exigía más. La giró con fuerza, la levantó casi sin esfuerzo y la depositó de espaldas otra vez sobre la mesa de presentaciones. La madera aún estaba húmeda de su orgasmo anterior. Él le abrió las piernas hasta el límite, las rodillas flexionadas, los pies apoyados en el borde, expuesta por completo hacia el ventanal enorme. El sol le bañaba el coño hinchado y brillante.
—Míralos —ordenó Omar, la voz ronca de dominio—. Ábrete bien para que vean cómo te la meto entera.
Rosa gimió y se agarró los muslos, tirando hacia afuera, ofreciendo su raja abierta y goteante. Omar se alineó, la cabeza gruesa de su verga empujó contra la entrada resbaladiza y entró de un solo embiste profundo. Ella gritó, el coño estirándose alrededor de su grosor. Él no le dio tiempo a adaptarse: empezó a follarla con fuerza, embestidas largas y brutales que hacían crujir la mesa. Cada empujón sacudía sus tetas pesadas, los pezones duros apuntando al techo. Rosa arqueaba la espalda, mirando por encima de su propio cuerpo hacia el patio, imaginando los ojos de los jardineros clavados en el vaivén de la polla que entraba y salía de ella.
—Joder, qué apretada estás —gruñó él, sudando, la camisa abierta, los músculos del abdomen tensos—. Te gusta que te folle así, ¿verdad? Con las piernas abiertas para que cualquiera vea cómo te la comes toda.
—Sí… más fuerte —suplicó Rosa, la voz rota—. Quiero que me dejes el coño rojo. Que se oiga el chapoteo hasta afuera.
Omar aceleró. El sonido húmedo y obsceno de su verga golpeando fondo llenaba la sala vacía. Se inclinó, le agarró las muñecas y se las pinó contra la madera sobre su cabeza, follándola en misionero salvaje, el pubis chocando contra su clítoris con cada embestida. Rosa sentía el orgasmo acumulándose otra vez, el calor subiendo desde el útero. Miraba el cristal y veía las siluetas de los tres hombres; uno ya no fingía trabajar. Estaba quieto, la mano en la frente, mirando fijamente.
De pronto Omar la soltó, la giró de un tirón y la puso de pie contra el ventanal. Las tetas de Rosa se aplastaron contra el cristal frío y sucio. Él le levantó la falda hasta la cintura, le separó las nalgas con las manos y se hundió de nuevo en su coño desde atrás, de pie, embistiendo hacia arriba con violencia. El cristal tembló con cada golpe.
—Ahora que te vean bien —susurró contra su oreja, una mano rodeándole el cuello con presión posesiva pero controlada, la otra pellizcándole un pezón con fuerza, torciéndolo hasta hacerla gritar de placer-dolor—. Empuja el culo hacia atrás. Quiero que sientan cómo te destrozo.
Rosa obedeció, las palmas contra el cristal, el aliento empañándolo. Omar le dio una nalgada fuerte que resonó como un disparo. Luego otra. Y otra. La carne de su culo ardió rojo bajo las palmadas. Él pellizcaba ambos pezones a la vez, tirando de ellos mientras la follaba sin piedad, la polla entrando hasta las bolas, saliendo casi del todo y volviendo a clavar. Rosa gritaba sin control, ya no le importaba quién oyera.
—Voy a correrme… joder, Omar, me corró… ¡ahh!
El orgasmo la destrozó. Su coño se contrajo en espasmos violentos alrededor de la verga gruesa, apretándola, ordeñándola, los jugos corriendo por sus muslos y goteando al suelo. Gritó el nombre de él mientras el cuerpo se sacudía, las piernas temblando, el clítoris latiendo contra nada. Omar no paró. Siguió embistiéndola a través de las contracciones, prolongándolas, hasta que ella casi lloraba de sobreestimulación.
Cuando los espasmos bajaron, él salió de golpe. La polla roja, venosa, brillante de sus fluidos. La giró otra vez y la empujó suavemente hacia abajo.
—De rodillas. Ahora. Quiero pintarte esas tetas.
Rosa cayó de rodillas sobre el parquet, mirándolo con ojos nublados de lujuria, la boca entreabierta. Se agarró los pechos expuestos, los ofreció juntos, los pezones hinchados y marcados por sus dedos. Omar se masturbó rápido frente a su cara, mirando hacia la ventana de reojo. Los jardineros estaban todos quietos ahora, tres siluetas atónitas mirando directamente a la sala. Él gruñó, las bolas tensas, y se corrió con un rugido gutural. Chorros espesos y calientes salieron a borbotones, salpicando las tetas de Rosa, cubriéndole el escote, los pezones, bajando en hilos blancos por la curva de su pecho hasta el vientre. Ella gimió de placer al sentir el semen caliente, lo extendió con los dedos por su propia piel, marcándose.
Omar se arrodilló frente a ella. Con la lengua limpia el semen de un pezón, chupándolo despacio, saboreando su propio gusto mezclado con el sudor de ella. Rosa le lamió la polla aún semidura, limpiando los restos de jugos y semen con movimientos lentos y glotones, mirándolo a los ojos. Luego se besaron, un beso profundo, ardiente, lenguas enredadas, sabores compartidos. Él le limpio el pecho con la boca, ella le limpió la verga con la lengua, risas bajas y jadeos entre besos.
Se vistieron despacio, con sonrisas traviesas. Rosa se abrochó la blusa sin el sujetador, los pezones marcando la tela blanca húmeda de saliva y semen. Omar se metió la polla en los pantalones, aún medio dura. Juntos miraron por la ventana. Los tres jardineros seguían allí, inmóviles, las bocas entreabiertas, las tijeras y rastrillos olvidados en el césped. Uno se pasó la mano por la entrepierna sin disimulo. Rosa soltó una risa baja, excitada todavía.
—Nos han visto todo —susurró ella, tomándole la mano.
—Y les ha gustado —respondió Omar, apretándole los dedos—. La próxima vez elegimos una sala con ventanas más bajas. O el laboratorio de biología, con esas mesas de cristal. Quiero follarte ahí mientras pasan por el pasillo.
Salieron de la mano, dejando atrás la mesa manchada de jugos, huellas de manos sudorosas y un hilo blanco secándose sobre la madera oscura. El olor a sexo prohibido flotaba en el aire acondicionado.
Afuera, el sol seguía cayendo igual de indiferente, pero nada volvería a sentirse igual bajo su luz.
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