Camper Van y Mirada Ajena
Un vecino observa a Talia masturbarse y se unen en un encuentro ardiente.
Desde que aparqué la furgoneta junto a la suya en ese camping aislado, con el olor a salitre y el sonido lejano de las olas rompiendo contra las rocas, supe que algo iba a pasar. Teníamos veintiocho y treinta y dos años, yo un viajero sin rumbo fijo y ella, Talia, una mujer que recorría la costa sola, con esa camper blanca algo desgastada por el sol. La primera noche noté las cortinas entreabiertas. No del todo, solo lo suficiente. Me quedé quieto en la oscuridad de mi ventana, el corazón latiéndome en la garganta, y la vi.
Se desnudó despacio. Primero se quitó la camiseta, dejando al aire unos pechos firmes, pezones oscuros que se endurecieron con el aire fresco de la noche. Luego el pantalón, deslizándolo por las caderas anchas, revelando unas bragas negras que se bajó con los pulgares. Se quedó desnuda bajo la luz tenue de una lámpara de camping. Sabía que la miraba. Lo supe por la forma en que giró ligeramente el cuerpo hacia mi furgoneta, por cómo pasó las manos por sus costados con deliberada lentitud, deteniéndose en los pezones para pellizcarlos un poco. Una sonrisa mínima se le escapó. Mi polla ya estaba dura dentro del pantalón, palpitando contra la tela. El deseo me subía por la espina dorsal como electricidad. Ella disfrutaba provocándome. Cada movimiento era para mí: el arco de su espalda cuando se estiraba, el modo en que se pasaba la lengua por el labio inferior mientras se miraba de reojo hacia mi ventana.
La tensión se hizo insoportable la segunda noche. Talia dejó las cortinas aún más abiertas. Se sentó en el borde de su cama estrecha, las piernas abiertas hacia mí, y empezó a tocarse. Sus dedos bajaron por el vientre hasta el coño, separando los labios hinchados. Se metió dos dedos dentro con un movimiento lento y circular, la otra mano apretándole un pecho. Me miró directamente a los ojos a través del cristal. No había duda. Yo, excitado hasta el dolor, me bajé el pantalón y saqué mi polla dura, gruesa, la cabeza ya brillante de precum. Empecé a acariciarme al ritmo de sus dedos. Ella aceleró al verme. Se mordió el labio con fuerza, la cabeza echada un poco hacia atrás, pero los ojos fijos en mi mano subiendo y bajando por el tronco. Gemía en silencio, la boca entreabierta, y yo imaginaba el sonido húmedo de sus dedos follándola. La invitación era clara. Abrí la puerta lateral de mi camper. El aire salado me golpeó la piel. Ella hizo lo mismo. Nos miramos un segundo largo, respirando agitados, y entonces ella cruzó el espacio entre las dos furgonetas desnuda, los pechos balanceándose, y entró en la mía.
—Llevaba esperando esto —susurró con voz ronca, antes de arrodillarse frente a mí.
Su boca me envolvió la polla con ansia. Caliente, húmeda, voraz. Chupó la cabeza con fuerza, la lengua girando alrededor del glande, saboreando el precum, y luego bajó hasta casi la base, haciendo un ruido obsceno de succión. Yo la observaba desde arriba, con una mano en su pelo castaño recogido a medias. Sus ojos se alzaban hacia los míos mientras me la metía entera, las mejillas hundidas, saliva brillándole en la comisura de los labios. Gemí bajo, las caderas empujando un poco hacia su garganta. Ella se ahogó ligeramente y eso solo la excitó más; se agarró a mis muslos y chupó más profundo, más rápido, la mano libre masturbándome la base al mismo tiempo. El calor de su boca me volvía loco. Cuando sentí que estaba al borde, la aparté con suavidad y la guié hacia la cama de la camper.
Talia se subió a horcajadas sobre mí. Se alineó mi polla con su coño empapado y se impaló de un solo movimiento salvaje, bajando hasta el fondo. Estaba tan apretada y caliente que gruñí. Empezó a cabalgarme con movimientos profundos y descontrolados, las caderas girando, el coño devorándome entero en cada bajada. Sus pechos rebotaban frente a mi cara; me incorporé lo suficiente para chuparles los pezones, morderlos con suavidad mientras ella gemía más alto.
—Joder, qué bien me follas —jadeó ella, acelerando, el sonido húmedo de nuestra piel chocando llenando el pequeño espacio—. Más... así, duro.
La agarré de la cintura y empujé hacia arriba, encontrándome con cada una de sus embestidas. El sudor nos brillaba en la piel. Cambiamos. La puse a cuatro patas en la cama estrecha, el culo en alto, el coño rosado y goteante ofrecido. Me arrodillé detrás y la penetré de un embiste fuerte, hasta las pelotas. Ella gritó de placer contra el colchón. La agarré del pelo con una mano, tirando hacia atrás para arquearle la espalda, y la follé con fuerza, embestidas largas y profundas que hacían temblar la furgoneta. Cada embestida sacaba un gemido gutural de ella.
—Más, Everett... no pares, fóllame más fuerte —pidió, la voz entrecortada. Usó mi nombre como si lo hubiera sabido siempre—. Quiero sentirte entero.
Apreté más el agarre en su pelo y en su cadera, machacándole el coño sin piedad, el sonido de mis caderas contra su culo llenándolo todo. Su coño se contraía alrededor de mi polla, succionándome. Cuando noté que se acercaba, la giré otra vez. La puse en misionero, le levanté las piernas y se las apoyé sobre mis hombros, abriéndola del todo. Entré de nuevo, más profundo aún en ese ángulo, y la follé sin freno mientras ella me clavaba las uñas en la espalda, dejándome marcas ardientes. Nuestros ojos se encontraron. Sudor, aliento caliente, el crujido de la cama.
—Me corro... joder, me corro dentro —avisé entre dientes.
—Sí, hazlo... lléname —rogó ella, y se corrió primero, el coño espasmódico apretándome en oleadas potentes, el cuerpo temblando bajo el mío, un grito ahogado contra mi hombro.
Eso me empujó al borde. Me corrí con un gemido largo, bombeando chorros calientes de semen dentro de ella, embistiéndola todavía mientras me vaciaba hasta la última gota. El clímax fue intenso, mutuo, dejándonos temblando y sin aliento, pegados el uno al otro en la cama estrecha de la camper, el olor a sexo y mar mezclándose.
Después, todavía dentro de ella, Talia me besó con una ternura que contrastaba con la salvajada de minutos antes. Labios suaves, lengua lenta. Me susurró contra la boca:
—Llevaba días deseando que me miraras así. Desde la primera noche que aparcaste al lado. Dejaba las cortinas a propósito. Me mojaba solo de sentir tus ojos.
Nos quedamos abrazados, mi polla ablandándose poco a poco dentro de su coño lleno de semen, hablando en voz baja mientras fuera el mar seguía su ritmo constante. Me contó fragmentos de su ruta, yo de la mía. Planeamos repetirlo la noche siguiente, antes de que cada uno continuara su camino por la costa. Ella sonrió contra mi pecho, los dedos dibujando círculos perezosos en mi piel marcada por sus uñas.
—Mañana dejaré la puerta entreabierta desde antes —murmuró—. Quiero que me veas tocarme otra vez... y después quiero que me folles contra la mesa de la cocina de mi camper. Y tal vez... —se interrumpió, mordiéndose el labio de nuevo, esa misma expresión de provocación—. Hay algo más que me gustaría probar contigo. Algo que solo se me ocurre cuando alguien me mira de esa forma. Te lo diré mañana, si te quedas despierto lo suficiente para observarme otra vez.
La excitación volvió a removerse en mi vientre a pesar del cansancio. Afuera, una brisa más fría entró por la puerta que aún no habíamos cerrado del todo. El camping seguía en silencio, solo el oleaje. Talia se acurrucó más contra mí, pero su mano bajó entre nuestros cuerpos y acarició con pereza mi polla todavía sensible, untada de nuestros fluidos mezclados. No dijo nada más. Solo esa promesa a medias colgando en el aire caliente de la furgoneta, y la certeza de que la noche siguiente no sería igual... sería más. Me quedé despierto un rato largo después de que su respiración se calmara, imaginando qué demonios quería decir con “algo más”, la polla ya entera de nuevo solo de pensarlo, mientras el primer atisbo de amanecer grisáceo empezaba a filtrarse por las cortinas.
La segunda noche llegó con una calma que me resultaba casi cruel. Había pasado el día entero con la polla a medio palo, recordando el sabor de su coño en mi lengua imaginaria, el modo en que se contrajo alrededor de mí cuando se corrió. Cada vez que salía a estirar las piernas junto a las rocas, miraba de reojo su camper blanca. Talia aparecía de vez en cuando, descalza, con una camiseta larga que apenas le cubría el culo, y me sonreía como si ya supiera lo que me estaba haciendo por dentro. No hablamos casi. No hacía falta. El aire entre las dos furgonetas olía a sal y a promesa.
Cuando el sol se hundió del todo y el camping se quedó en silencio, solo roto por el oleaje lejano, me senté frente a mi ventana entornada. El corazón me latía en la garganta otra vez. Las cortinas de Talia estaban abiertas de par en par, la lámpara de camping encendida con esa luz cálida y amarillenta que resaltaba cada curva. Ella ya estaba desnuda. Se había peinado el pelo castaño suelto sobre los hombros y se paseaba despacio por el interior de su camper, deteniéndose delante de la mesita de la cocina abatible. Sabía que yo estaba ahí. Giró la cabeza hacia mí, me sostuvo la mirada a través del cristal y se pasó dos dedos por entre los labios de la boca, chupándolos con lentitud deliberada antes de bajarlos por el pecho, pellizcando un pezón hasta dejarlo hinchado y oscuro.
Me bajé el pantalón sin apartar los ojos. Mi polla saltó libre, gruesa, la vena lateral palpitándome, la cabeza ya brillante. Empecé a acariciarme con la mano derecha, apretando fuerte desde la base, mientras ella se sentaba en el borde de esa mesita estrecha, las piernas abiertas hacia mi ventana. Separó los labios de su coño con los dedos de una mano y se metió los de la otra hasta el nudillo. Estaba empapada; lo vi en el brillo que le cubría los muslos internos. Gemía sin sonido, la boca abierta, la cabeza echada hacia atrás un segundo, pero siempre volvía a mirarme. Aceleró el ritmo, follándose con tres dedos ahora, el pulgar frotándole el clítoris en círculos rápidos. Yo le seguía el compás, la mano subiendo y bajando por mi tronco, el precum goteándome hasta los huevos.
La tensión me quemaba la nuca. Abrí la puerta lateral y el aire fresco de la noche me golpeó la piel desnuda. Talia sonrió, esa sonrisa mínima y sucia de la primera noche, y me hizo un gesto con la cabeza. Cruzé el espacio de grava en tres zancadas. Ella dejó la puerta de su camper entreabierta a propósito, exactamente como había prometido. Entré y el olor a su excitación me llenó los pulmones: salado, dulce, intenso. Sin decir nada me agarró de la polla y me arrastró hasta la mesita de la cocina.
—Te he estado imaginando toda la puta tarde —susurró contra mi boca mientras me besaba con hambre, mordiéndome el labio inferior—. Mírala. Está goteando solo de saber que me ibas a ver.
La giré de espaldas contra el borde de la mesa. La levanté un poco, le abrí las piernas y le froté la cabeza de mi polla arriba y abajo por su raja hinchada, mojándome entero con sus jugos. Ella se arqueó, agarrándose al borde con las dos manos.
—Métela. Ahora. Quiero sentir cómo me abres mientras sigues mirándome como anoche.
Empujé de un solo embiste profundo. Su coño me engulló hasta las pelotas, caliente, resbaladizo, apretado. Gruñí contra su cuello. Empecé a follarla con tacos largos y duros, la mesa crujiendo bajo nosotros, el sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo llenando la camper. Sus pechos rebotaban con cada embestida; se los agarré, apretándolos, retorciéndole los pezones entre los dedos mientras ella gemía alto, sin contención.
—Así, Everett… joder, más profundo —jadeó, echando las caderas hacia mí para encontrarse con cada embiste—. Quiero que me dejes marca. Que mañana cuando me siente todavía note tu polla.
La saqué casi del todo y volví a enterrarme hasta el fondo de un golpe seco. Ella gritó, las uñas clavándoseme en los antebrazos. La mesa se movía centímetro a centímetro hacia la pared. La follé sin piedad, sudor resbalándonos por la espalda, el olor a sexo mezclándose con el salitre que entraba por la puerta entreabierta. Cambié el ángulo, le levanté una pierna y se la apoyé sobre mi hombro, abriéndola todavía más. Desde esa posición veía cómo mi polla desaparecía dentro de ella, brillante de sus fluidos, cómo sus labios se estiraban alrededor de mi grosor.
—Mírame correrme —ordenó, la voz rota—. Quiero que veas mi cara cuando me vaya.
Aceleré. El choque de mis caderas contra su culo era obsceno, rítmico. Sentí cómo su coño empezaba a espasmar, las paredes apretándome en oleadas. Se corrió con un gemido largo y gutural, el cuerpo temblando, un hilo de saliva cayéndole por la comisura de la boca mientras me miraba a los ojos sin pestañear. No paré. Seguí embistiéndola a través de su orgasmo, alargándoselo, hasta que ella forcejeó suavemente y me empujó el pecho.
—Espera… espera. Todavía no te corras. Hay algo más.
Me saqué de dentro con un sonido húmedo. Mi polla palpitaba en el aire, roja, cubierta de su corrida. Talia se bajó de la mesa con las piernas temblorosas, el semen de anoche y sus jugos resbalándole por el interior de los muslos. Fue hasta un cajón bajo el fregadero y sacó algo envuelto en un paño oscuro. Cuando lo desenvolvió vi un consolador de silicona grueso, realista, con venas marcadas, casi del mismo tamaño que yo. Me miró por encima del hombro, mordiéndose el labio otra vez.
—Esto es lo que solo se me ocurre cuando alguien me mira de esa forma —dijo en voz baja, confesional, como si me estuviera entregando un secreto sucio—. Quiero que te sientes ahí fuera, en tu camper, con la puerta abierta. Quiero que me veas usarlo. Que te la sobes mirándome mientras me lo meto y me follo con él imaginando que eres tú… pero sin tocarme. Hasta que yo te diga que puedes entrar otra vez. Y entonces… entonces quiero que me la metas en el culo mientras yo me sigo follando el coño con esto. Quiero sentirme llena de las dos maneras. Quiero que me mires hacerlo. ¿Lo harás?
La excitación me golpeó tan fuerte que se me entrecortó la respiración. Asentí, incapaz de formar palabras al principio. Ella se acercó, me dio un beso lento y profundo, saboreándome, y me puso el consolador en la mano para que lo sintiera: pesado, cálido ya por su propio calor.
—Ve —susurró—. Siéntate y mírame. No entres hasta que te llame. Quiero sentir tus ojos quemándome la piel otra vez.
Salí con la polla aún dura y brillante, el aire nocturno pegándoseme a la piel sudorosa. Me senté en el umbral de mi propia camper, las piernas abiertas, y empecé a acariciarme despacio mientras ella se subía de nuevo a la mesita, de espaldas a mí primero, mostrándome el culo y el coño hinchado. Enganchó el consolador a no sé qué soporte improvisado en el borde de la mesa —o quizá lo sujetaba con una mano, no lo vi bien desde la distancia— y se impaló lentamente. La vi bajar centímetro a centímetro, la espalda arqueándose, un gemido ahogado escapándosele cuando lo tuvo entero dentro. Empezó a cabalgarlo con movimientos circulares, lentos al principio, luego más rápidos, los pechos balanceándose, la cabeza girada hacia mí para no perder ni un segundo de mi mirada.
Yo me masturbaba al ritmo de sus caderas. El placer me subía por la columna en oleadas calientes. Cada vez que ella se dejaba caer hasta el fondo y gemía mi nombre, apretaba más fuerte mi polla. La puerta de su camper seguía entreabierta; cualquiera que pasara por el sendero del camping podría haber visto el brillo de su piel, el movimiento de su cuerpo. Esa posibilidad la excitaba todavía más: se tocaba el clítoris con la mano libre mientras se follaba, los ojos entrecerrados pero siempre volviendo a mí.
—¿Te gusta lo que ves, Everett? —preguntó con voz ronca, sin parar—. Dímelo. Quiero oírte.
—Me encanta, joder —respondí, la voz entrecortada—. Estás preciosa así. Empapada. Abierta. Sigue. Más rápido.
Ella obedeció. El sonido de su coño chupando el silicona se volvió más húmedo, más rápido. Sudor le brillaba entre los pechos. Se acercaba otra vez; lo vi en la forma en que se le tensaban los muslos, en cómo se le escapaban gemidos más agudos. Justo cuando creí que se iba a correr otra vez, se detuvo en seco, se sacó el consolador con un jadeo y me miró directamente a los ojos, la respiración agitada, el coño goteándole sobre la mesa.
—Ahora —dijo—. Entra. Y esta vez… no me la pongas en el coño.
Me levanté con las piernas blandas de deseo. Crucé de nuevo el espacio entre las dos furgonetas, la polla dolorida de lo dura que estaba. Entré en su camper y cerré la puerta solo a medias, dejando una rendija por la que todavía se filtraba la brisa y la posibilidad. Talia se giró de espaldas, se inclinó sobre la mesita apoyando los antebrazos, y me ofreció el culo. Con una mano se abrió las nalgas; con la otra todavía sostenía el consolador brillante de sus jugos.
—Lame primero —pidió—. Prepárame. Y después fóllame el culo despacio al principio… quiero sentirte entero mientras me meto esto otra vez en el coño. Quiero que me mires mientras me llenas los dos agujeros.
Me arrodillé detrás de ella. El olor a sexo me mareó. Separé sus nalgas con las manos y pasé la lengua por su culo, lento, circular, saboreando la piel sensible. Ella tembló y empujó hacia atrás. La lameé con más ganas, empujando la punta de la lengua dentro un poco, mojándola bien, mientras ella gemía contra el tablero de la mesa. Cuando estuvo lo bastante resbaladiza me puse de pie, alineé la cabeza de mi polla contra ese agujero apretado y empujé con suavidad pero sin parar. La resistencia cedió milímetro a milímetro. Entrar en su culo fue una presión caliente y asfixiante que me arrancó un gemido bajo desde el pecho. Ella respiraba entrecortada, una mano todavía entre sus piernas, guiando el consolador de nuevo hacia su coño.
—Más… sí, así… joder, qué grueso estás —susurró—. Métela toda. Quiero las dos.
Empujé hasta que mis huevos rozaron su piel. Me quedé quieto un segundo, disfrutando de cómo su culo me apretaba la polla como un puño caliente. Entonces ella se metió el consolador de un movimiento y soltó un grito ahogado de puro placer. Empecé a moverme. Embestidas cortas al principio, sintiendo a través de la delgada pared interna cómo el juguete se deslizaba dentro de su coño al mismo tiempo. La sensación era brutal: presión doble, calor, la forma en que ella se contraía alrededor de las dos cosas a la vez. Aceleré poco a poco, agarrándola de las caderas, mirando cómo mi polla desaparecía entre sus nalgas mientras el consolador entraba y salía brillante de su raja.
—Me voy a correr otra vez —avisó ella, la voz hecha un hilo—. No pares. Mírame. Quiero que veas cómo me deshago.
La follé más fuerte. La mesa golpeaba contra la pared con cada embestida. El sudor nos resbalaba. Su culo me chupaba en cada retirada y me engullía en cada entrada. Sentí el orgasmo construyéndosele otra vez: los músculos de su espalda tensándose, los gemidos volviéndose irregulares, el consolador moviéndose más rápido en su mano. Estaba al borde. Yo también. Pero no quería correrme todavía. Quería alargar esto, exprimir cada segundo de la visión de Talia partida en dos, llena, gemiendo mi nombre mientras la noche del camping seguía ajena afuera.
Justo cuando su coño y su culo empezaron a espasmar al unísono y ella se corría con un grito ronco que me erizó la piel, escuché un ruido fuera. Unas pisadas lejanas en la grava. Una linterna que se movía entre los árboles del sendero. Talia lo notó también; sus ojos se abrieron de golpe, todavía brillantes de orgasmo, y una sonrisa lenta y peligrosa se le dibujó en la boca mientras seguía temblando alrededor de mí.
—No cierres la puerta del todo —susurró, la voz ronca de placer y de algo más oscuro—. Déjala así. Quiero… quiero que sigamos. Y que si alguien pasa… que nos vea. ¿Te atreves, Everett?
Mi polla dio un tirón violento dentro de su culo. El miedo y la excitación se me mezclaron en la sangre como alcohol barato. Asentí, sin sacar del todo, sin dejar de mirarla, la tensión subiendo otra vez entre nosotros como una marea que todavía no había roto del todo. Afuera las pisadas se acercaban un poco más. Dentro, Talia empezó a mover las caderas de nuevo, despacio, provocadora, el consolador todavía enterrado en su coño, mi polla hondo en su culo, y la promesa de lo que podía pasar a continuación colgando entre nosotros más pesada que el aire salado de la noche.
La presión de su culo alrededor de mi polla era un torniquete caliente, y el consolador se movía al otro lado de esa pared fina de carne, rozándome en cada embestida como si quisiéramos destrozarnos por dentro. Talia empujaba las caderas hacia atrás con deliberada lentitud, saboreando la doble invasión, y yo la miraba sin pestañear: el arco de su espalda sudorosa, el pelo castaño pegado a la nuca, los nudillos blancos agarrados al borde de la mesa. Afuera las pisadas en la grava se acercaban más, crujiendo con esa irregularidad de alguien que no tenía prisa, y la linterna dibujaba un arco pálido entre los árboles.
—Más fuerte —jadeó ella, la voz rota y confesional—. Quiero que me oigan si se acercan. Quiero que te sientan dentro mientras me follo con esto.
Apreté las caderas y empecé a embestir de verdad. Largas, profundas, sacándome casi del todo para volver a enterrarme hasta las pelotas en ese agujero apretado que me chupaba sin piedad. El consolador entraba y salía al mismo ritmo; ella lo empujaba con la mano libre, gimiendo cada vez que las dos cosas la llenaban al unísono. El sonido era obsceno: piel contra piel, el chapoteo húmedo de su coño engullendo silicona, mi polla abriéndole el culo con cada embiste. La mesa golpeaba la pared en un ritmo sordo que cualquiera cerca habría oído. Yo no apartaba la vista de la rendija de la puerta. El haz de la linterna se detuvo un segundo, como si alguien hubiera escuchado, y mi polla dio un tirón violento dentro de ella solo de imaginarlo.
—Joder, Everett… me estás abriendo toda —susurró, girando la cabeza para mirarme por encima del hombro, los ojos vidriosos de placer—. ¿Los sientes? Están cerca. No pares. Quiero correrme sabiendo que pueden vernos.
La follé más duro. Agarré sus nalgas y las separé para ver cómo mi polla desaparecía entre ellas, brillante de saliva y de sus propios jugos que resbalaban desde el coño. Cada embestida le sacaba un gemido gutural que ya no intentaba contener. El aire de la camper olía a sexo denso, a salitre y a sudor. Sentí cómo su culo empezaba a contraerse en oleadas irregulares; el consolador se movía más rápido, casi frenéticamente, y ella se tocaba el clítoris con los dedos libres, frotándolo en círculos desesperados.
—Me corro… me corro otra vez con las dos —avisó entre dientes, y entonces se deshizo.
Su cuerpo entero tembló. El culo me apretó en un espasmo rítmico tan fuerte que casi me saca la polla a la fuerza, mientras el coño succionaba el juguete con ruidos húmedos y urgentes. Un grito largo y ronco le salió de la garganta, sin filtro, y yo seguí embistiéndola a través del orgasmo, alargándoselo, sintiendo cada contracción que me exprimía. La linterna se movió otra vez afuera; las pisadas se detuvieron del todo a unos metros. El corazón me latía en las sienes, mezcla de terror y excitación pura.
No pude aguantar más. La visión de Talia partida en dos, temblando, goteando, ofreciéndose al posible espectador invisible, me empujó al borde. Empujé hasta el fondo, me aferré a sus caderas y me corrí con un gemido salvaje que resonó en la camper. Chorros calientes y espesos bombeando dentro de su culo, embistiéndola todavía mientras me vaciaba, oleada tras oleada, hasta que las piernas me flaquearon. Ella siguió moviendo el consolador despacio, exprimiendo hasta la última gota, gimiendo bajo cada vez que sentía el pulso de mi polla dentro.
Nos quedamos así un momento largo, pegados, jadeando. Saqué la polla con un sonido húmedo y sucio; un hilo de semen espeso le resbaló por el agujero rosado e hinchado, bajándole por el muslo. Ella se sacó el consolador con un suspiro tembloroso y lo dejó caer sobre la mesa, brillando de sus jugos. Se giró despacio, las piernas inestables, y me atrajo hacia sí para besarme. Fue un beso lento, profundo, de lengua perezosa, confesional, como si me estuviera contando un secreto con la boca.
—Nunca me había sentido tan llena… ni tan vista —murmuró contra mis labios, la voz ronca y satisfecha—. Llevaba semanas imaginando exactamente esto. Que alguien me mirara desde fuera mientras me follaban los dos agujeros. Y que tú fueras el que me lo hiciera.
La abracé contra el borde de la mesa, mi polla todavía semi dura rozándole el vientre, ambos sudorosos y brillantes a la luz amarillenta de la lámpara. Le limpié con el pulgar un hilo de saliva de la comisura de la boca y ella sonrió, esa misma sonrisa mínima y sucia de la primera noche. Afuera el silencio se había vuelto demasiado espeso. Las pisadas no se habían reanudado. La linterna seguía apagada o escondida.
—Creo que se fueron —susurré, aunque no estaba seguro—. O se quedaron en la oscuridad mirando.
Talia soltó una risa baja, casi un jadeo, y pasó los brazos alrededor de mi cuello. Nos deslizamos juntos hasta el suelo estrecho de la camper, entre la mesa y la cama plegable, yo sentado con la espalda contra el armario y ella a horcajadas sobre mis muslos, mi semen resbalándole todavía por el culo y el interior de los muslos. Me besó otra vez, más suave, y apoyó la frente contra la mía.
—Mañana sigo hacia el norte —dijo en voz baja, confesional, los dedos dibujando círculos perezosos en mi pecho marcado por sus uñas—. Pero esta noche… esta noche todavía no se ha acabado del todo. Quiero que me folles otra vez antes del amanecer. Despacio. Mírame mientras te corro en la boca. Y deja la puerta como está.
Asentí, la excitación ya removiendo de nuevo en el vientre a pesar del cansancio. La brisa salada entraba por la rendija, refrescándonos la piel caliente. El oleaje lejano marcaba un ritmo constante. Estábamos ahí, abrazados, su coño húmedo rozándome la polla que volvía a endurecerse, hablando en susurros de rutas y de deseos que solo se confiesan cuando uno se siente observado. Ella se acurrucó más, la respiración calmándose poco a poco contra mi cuello, y yo cerré los ojos un segundo, saboreando el olor a sexo y a mar, la certeza de que lo que acabábamos de hacer había cruzado una línea de la que no se vuelve.
Entonces la puerta se abrió del todo con un chirrido suave.
Una figura se silueteó contra la oscuridad del camping, la linterna aún apagada en la mano. No era un paseante cualquiera. Se quedó quieto en el umbral, mirándonos en el suelo, desnudos, pegados, mi polla a medio palo brillando de semen entre nosotros y el consolador olvidado sobre la mesa. Talia levantó la cabeza despacio. Yo sentí cómo se le tensaba el cuerpo contra el mío, pero no hubo miedo en su voz cuando habló, solo esa misma provocación oscura de siempre.
—Pasa —dijo ella, clara, sin moverse de encima de mí—. Si has estado mirando… ahora puedes entrar.
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