La madura que pillé desnuda en el tren nocturno
Un chico de 22 pilla a una madura de 48 casada y desnuda en el tren nocturno, y acaban follando duro hasta correrse dentro.
El vagón-cama olía a metal caliente, café rancio y ese perfume barato que dejan las sábanas de tren. Yo tenía veintidós años, una mochila a los pies y el cuerpo entumecido de tantas horas mirando el paisaje negro por la ventanilla. El compartimento era casi mío: apenas dos literas ocupadas en todo el pasillo y el traqueteo monótono que te mete dentro de la cabeza. Me levanté a mear y, al pasar junto a la puerta entreabierta del compartimento contiguo, vi algo que me clavó los pies al suelo.
Ella estaba de pie, de espaldas a la litera inferior, completamente desnuda. Cuarenta y ocho años bien llevados, caderas anchas, un culo redondo y pesado que se movía un poco al estirarse para coger la botella de agua del estante. Las tetas le colgaban grandes, con pezones oscuros y gruesos, y el vientre suave tenía esa curva madura que te hace salivar. El vello del pubis era oscuro, recortado a lo bruto. Se giró al notar mi sombra y nuestras miradas se cruzaron.
No se tapó.
Me sostuvo la mirada con los labios entreabiertos, la lengua rozando el diente de abajo, y una chispa sucia le brilló en los ojos. El anillo de casada le brilló en el dedo cuando se pasó la mano por el muslo. Yo me quedé ahí, con la polla ya hinchándose dentro del chándal, sin saber si disculparme o entrar.
—Pasa —susurró ella, con voz ronca de quien ha fumado y follado mucho—. Llevo meses sin que me toquen como merezco. Mi marido solo me usa cinco minutos y se duerme. Tú… tú me estás mirando como si quisieras comérmelo todo.
Entré. Cerré la puerta con cuidado. El espacio era minúsculo: litera estrecha, ventanilla negra, el traqueteo del tren metiéndonos en una burbuja. Ella se sentó en el borde de la cama, abrió las piernas despacio y me enseñó el coño. Ya estaba brillante, los labios hinchados, un hilo de lubricante bajándole hacia el culo.
—Mira lo mojada que estoy solo de verte ahí plantado como un perro con hambre —dijo, y se separó los labios con dos dedos—. Tengo cuarenta y ocho, chaval. Sé lo que quiero. ¿Tú tienes agallas o solo te vas a tocar la polla mirándome?
Me baje el chándal. Mi polla saltó dura, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Empecé a masturbarme despacio frente a ella, apretando la base, subiendo y bajando la piel. Ella se lamió los labios y metió dos dedos en su coño con un sonido húmedo y obsceno.
—Joder, qué rica estás —gruñí—. Esa concha madura… se te ve palpitar.
—Ven aquí y fóllala entonces. Pero duro. Quiero que me dejes coja para cuando baje en la estación.
No hicimos más preámbulos. Ella se puso a cuatro patas sobre la litera, el culo hacia mí, las tetas pesadas colgando y balanceándose con el movimiento del tren. Me acerqué, le agarré las caderas y froté la cabeza de mi polla arriba y abajo de su raja, untándome de su jugo. Cuando empujé, entró de un solo golpe hasta el fondo. Estaba caliente, apretada a pesar de los años, y me chupó la verga como si quisiera ordeñarme.
—¡Ah, joder sí! Así… métela entera, cabrón —gimió, empujando el culo hacia atrás—. Agárrame las tetas. Aplástamelas mientras me follas.
Le metí las manos por debajo y le cogí las tetas grandes y pesadas, amasándolas, pellizcándole los pezones mientras embestía. El sonido de mis huevos contra su coño llenaba el compartimento: plap-plap-plap, mezclado con sus gemidos ahogados contra la almohada. Le di más fuerte, agarrándole el pelo con una mano y tirando hacia atrás para que arquease la espalda. Cada embestida le hacía temblar la carne del culo y las tetas.
—Más duro… rómpeme este coño de casada… quiero sentirte mañana cuando me siente mi marido al lado sin saber que un chaval me ha llenado de leche.
Le di una palmada fuerte en un glúteo. El sonido restalló. Ella soltó un grito ahogado y apretó el coño alrededor de mi polla.
—Otra. Azótame el culo. Déjame la marca.
Le di tres, cuatro azotes seguidos mientras la follaba sin piedad. La piel se le puso roja. Me corrí casi, pero aguanté. Saqué la polla chorreando de sus jugos y me tumbé en la litera.
—Súbete. Quiero que me cabalgues como una puta.
Ella se montó en vaquera, de espaldas primero, abriéndose el coño con los dedos y bajando sobre mi verga hasta que me la tragué entera. Empezó a rebotar con fuerza, el culo golpeándome la pelvis, las tetas saltándole delante. Se giró, me miró a la cara y se inclinó para que se las chupara mientras cabalgaba salvaje. Yo le azotaba el culo con ambas manos, dejándole las nalgas marcadas, y ella gemía sin control, sin importarle si alguien en el pasillo oía.
—Dame… dame más fuerte… azótame otra vez… joder, qué polla tan dura… me vas a hacer correr…
Le clavé los dedos en las caderas y empujé hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba. El choque era brutal. Su coño empezó a contraerse en oleadas, el jugo le chorreaba por mis huevos y por la sábana. Se inclinó, me clavó las uñas en el pecho y se corrió con un temblor largo, el cuerpo sacudiéndose, un grito ahogado contra mi cuello. El apretón de su coño me sacó el orgasmo a la fuerza.
Me corrí dentro. A chorros gruesos, calientes, llenándole el coño hasta que noté cómo se desbordaba alrededor de mi polla y le bajaba por los muslos. Seguí embistiendo mientras descargaba, empujando la leche más adentro, y ella seguía temblando, gimiendo “sí, lléname, déjamelo todo dentro, puta leche de chaval…”.
Cuando paramos, mi semen le chorreaba espeso por la cara interna de los muslos, mezclado con su lubricante. Ella se pasó dos dedos, se los metió en la boca, chupó y sonrió con los labios brillantes.
—Rico. Caliente y abundante.
Me besó profundamente, metiéndome la lengua hasta la garganta, compartiendo el sabor de mi propia corrida. Luego se acurrucó desnuda contra mí, el culo pegado a mi polla aún semidura, y me susurró al oído:
—Este será nuestro secreto cada vez que coja este tren. La próxima te la chupo hasta las pelotas y te dejo seco otra vez.
El tren siguió avanzando en la oscuridad. Ella se quedó así, mi semen secándosele en la piel, hasta que el altavoz anunció la estación. Nos vestimos sin prisa. En el andén nos miramos una última vez, cómplices, sabiendo que volveríamos a buscarnos.
Y mientras se alejaba balanceando ese culo gordo y usado, yo solo pensaba en lo bien que me había dejado el coño goteando mi leche como una zorra de cuarenta y ocho.
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