Clara lo Descubre en la Pared de Escalada
Camila descubre a Damon vestido de sissy en la pared de escalada y lo folla salvajemente hasta correrse dentro de ella.
El sol se desangraba detrás de los ventanales rotos de la vieja sala de escalada cuando Clara empujó la puerta lateral. El aire olía a magnesio rancio, a goma y a polvo de tiza. Tenía veintiocho años, hombros anchos de tanto trepar, muslos duros y una curiosidad que no sabía callar. Venía a entrenar sola, a castigar su cuerpo hasta que el cansancio le borrara el día. No esperaba encontrar a nadie.
Oyó el roce suave de un cuerpo contra la pared, el clic metálico de un mousquetón que no se enganchaba a nada. Avanzó entre las colchonetas deshinchadas y las gomas de las zapatillas viejas. Y entonces lo vio.
Damon. Veinticuatro años, delgado, caderas estrechas, pelo castaño recogido en una coleta floja. Llevaba unas mallas de escalada negras tan ajustadas que se le marcaba todo: el hueco de las nalgas, la curva de los muslos, y debajo, inconfundible, el dibujo del encaje. Medias negras hasta la mitad del muslo, sujetas con ligas finas que le mordían la carne pálida. La camiseta deportiva se le había subido un poco y Clara alcanzó a ver el ribete de un sujetador de encaje negro, casi transparente. Damon estaba de lado, un pie calzado en un agujero bajo, la otra rodilla flexionada, y una mano —discreta, casi inocente— se deslizaba por el bulto que tensaba las mallas. Se acariciaba despacio, frotándose la polla ya dura contra la lencería mientras miraba la siguiente presa.
Clara se detuvo. El corazón le golpeó la garganta. Damon giró la cabeza. Sus miradas se cruzaron. Él se sonrojó hasta las orejas, la mano se quedó quieta encima de su propia erección, pero no se escondió. No bajó la mirada. Solo respiró hondo, como quien decide quedarse exactamente donde está.
Clara sonrió. Una sonrisa torcida, traviesa, de quien acaba de encontrar algo que no sabía que buscaba.
—Joder —dijo en voz baja, acercándose sin prisa—. Siempre he fantaseado con un chico tan bonito y tan femenino. Tan… así.
Damon tragó saliva. La excitación le temblaba en la voz.
—¿Te… te gusta?
—Me encanta. Pareces una putita de pared. Preciosa.
Él cerró los ojos un segundo, como si las palabras le rozaran la piel. Luego las abrió y miró a Clara con una honestidad desnuda.
—Tócame. Por favor. Quiero que me toques.
Clara no necesitaba más. Se plantó frente a él, tan cerca que sentía el calor de su cuerpo. Deslizó las palmas por las medias de nylon, subiendo despacio desde las rodillas hasta donde el encaje de las ligas se clavaba en la carne. La textura le erizó los pelos de los brazos. Luego bajó las manos al bulto. La polla de Damon latía contra el encaje negro, ya mojada en la punta. Clara lo rodeó por encima de la tela, apretó, subió y bajó con los dedos mientras él soltaba un gemido ahogado.
—Qué dura la tienes… y qué bonita se te ve metida en ese encaje —susurró Clara contra su oreja.
Se besaron. Hambre pura. Lenguas que se buscaban, dientes que rozaban labios, saliva compartida. Damon se entregó por completo: abrió la boca, se dejó comer, se frotó contra la mano de Clara como un gato en celo. Ella le mordió el labio inferior y le dijo, baja y ronca:
—Estás hermosa vestida de sissy. Quiero follarte mirándote así.
Damon tembló. Asintió sin palabras.
Clara lo empujó contra la pared de escalada. La espalda de él chocó con los agarres de resina. Ella se arrodilló sobre la colchoneta polvorienta, enganchó los pulgares en la cintura de las mallas y se las bajó de un tirón hasta los muslos. Debajo, las bragas de encaje negro apenas contenían la polla erecta: gruesa, venosa, la cabeza rojiza asomando por el borde. Clara se las bajó también, solo lo suficiente. Se la metió en la boca de golpe.
Damon gritó un “joder” ahogado y se agarró a dos presas de la pared para no caer. Clara chupaba con glotonería, sin delicadeza: lengüetazos largos desde las bolas hasta la punta, succiones profundas que le llenaban la garganta, saliva que le corría por la barbilla y le manchaba el sujetador de él. El sabor salado, el olor a excitación y a magnesio mezclados. Damon gemía sin control, las caderas empujando hacia adelante, las medias brillando con el sudor.
—Clara… me voy a… si sigues así…
Ella se apartó con un hilo de saliva uniendo su boca a la polla de Damon.
—Todavía no.
Se puso de pie. Se bajó los leggins y las bragas de un solo movimiento, se las sacó por los pies junto con las zapatillas. Su coño estaba empapado, los labios hinchados, el clítoris palpitante. Empujó a Damon hacia abajo hasta que él quedó sentado contra la base de la pared, las piernas abiertas, las mallas aún enredadas en los tobillos. Clara se le subió encima, de espaldas a la pared, y se le sentó en la cara.
—Lámelo. Chúpame el coño hasta que me tiemble.
Damon obedeció con hambre. Su lengua se abrió paso entre los pliegues mojados, chupó el clítoris, metió la lengua dentro, la sacó, volvió a chupar. Clara se balanceaba sobre su boca, frotándose, cogida a un agarre alto con una mano mientras con la otra se apretaba un pecho. Los gemidos de ella resonaban en la sala vacía. El olor a coño excitado se mezclaba con el polvo. Damon se ahogaba entre sus muslos y gemía de placer por hacerlo, la polla goteando sobre su propio vientre.
Cuando Clara no pudo más, se levantó, se giró y se montó a horcajadas sobre él. Agarró la polla dura, la alineó con su entrada y se la embistió de una sola bajada. Los dos soltaron un grito. Ella estaba tan mojada que entró entero de golpe. Empezó a cabalgarlo salvaje, vaquera profunda, subiendo hasta casi sacársela y bajando con fuerza hasta que los huevos le golpeaban el culo. Las uñas de Clara se clavaron en los pezones de Damon a través del sujetador de encaje; los pellizcó, los torció, los estiró mientras cabalgaba.
—Mi putita sexy —jadeaba ella—. Mi sissy de pared. Te voy a ordeñar dentro. Quiero tu leche caliente hasta el fondo.
Damon la miraba desde abajo con los ojos vidriosos, la boca abierta, completamente entregado. Empujaba las caderas hacia arriba para follarla más hondo. El sonido húmedo de la verga entrando y saliendo llenaba el aire. Clara aceleró. Le apretó los pezones otra vez y él se arqueó.
—Me corro… Clara, me corro…
—Déntro. Déntro de mí.
Damon se corrió con un grito ronco, la polla latiendo a chorros gordos dentro del coño de Clara. Ella sintió cada pulso, el calor espeso llenándola, y eso la empujó al borde. Se frotó el clítoris con dos dedos mientras seguía montándolo y se corrió gritando, el coño contrayéndose alrededor de la verga aún dura, las piernas temblando, el orgasmo subiéndole desde el vientre hasta la garganta.
Se quedó encima un momento, jadeando, la polla de Damon aún dentro, el semen empezando a escurrirle por los muslos. Luego se bajó con cuidado, se recostó a su lado sobre la colchoneta sucia y lo atrajo contra su pecho sudoroso. El sujetador de encaje de él estaba torcido, las medias medio caídas, el pelo pegado a la frente. Clara le besó la sien y le acarició la espalda.
—Quiero volver a verte vestido así. Todas las semanas. Aquí. O donde digas. Pero así. Con lencería. Quiero follarte mirándote de sissy hasta que no puedas más.
Damon sonrió contra su piel, todavía aceptado, todavía temblando de afterglow. La besó con ternura, lenta, casi dulce después de toda esa crudeza.
—La próxima vez traeré lencería aún más puta. Solo para ti. Tanga de tiras, medias de red, un corpiño que no tape nada… y me pondré lo que tú digas.
Clara le apretó la nuca y le mordisqueó el hombro.
—Entonces no termines de vestirte hasta que yo llegue. Quiero desnudarte yo. Y esta vez te voy a atar a los agarres de arriba mientras te chupo y te follo. ¿Te late?
Damon tragó saliva, la polla dándole un coletazo flojo contra el muslo de ella.
—Me late tanto que ya se me está poniendo otra vez.
Fuera, el atardecer se había vuelto noche cerrada. Dentro de la sala abandonada solo quedaba el olor a sexo, el crujido lejano de la estructura y la promesa sucia de la semana que venía. Clara le pasó un dedo por el borde del encaje todavía húmedo y sonrió en la penumbra.
—Entonces empieza a pensar en cómo vas a llegarme ya mojado. Porque la próxima no te voy a dejar ni respirar.
La semana se arrastró como una cuerda mojada. Clara entrenó en otras salas, pero cada presa que tocaba le recordaba las medias de Damon, el brillo del encaje bajo las mallas, el modo en que su polla había latido dentro de ella mientras gemía “mi putita sexy”. El jueves por la noche, cuando el sol ya se había muerto detrás de los ventanales rotos, volvió a empujar la puerta lateral. El olor a magnesio y a sexo viejo la recibió como un saludo.
Damon ya estaba allí. De pie junto a la pared, de espaldas a ella, solo con las medias de red negras que le subían hasta la mitad del muslo, sujetas con ligas rojas que le mordían la carne pálida. Un tanga de tiras mínimas le separaba las nalgas y dejaba la polla semidura marcada contra el tul transparente. El corpiño de copas abiertas le sujetaba el pecho sin taparlo: pezones duros, rosados, esperando. El pelo recogido otra vez en una coleta floja. No se había puesto nada más. Exactamente como le había prometido.
Clara cerró la puerta con el hombro y se quedó mirándolo un segundo. Él se giró despacio. La excitación le temblaba en la voz cuando habló.
—Traje lo que dije. Más puta. Solo para ti.
Ella sonrió, esa misma sonrisa torcida, y se acercó sin prisa. Le pasó los dedos por el borde del corpiño, rozando un pezón hasta que él se arqueó.
—Estás preciosa. Más preciosa que la semana pasada. Quiero comerte enterita vestida así.
Damon tragó saliva. Su polla dio un salto visible dentro del tanga.
—Hazlo. Por favor. Desnúdame tú. Átame. Como dijiste.
Clara sacó de su mochila dos cintas de escalada suaves, de las que se usan para entrenar agarre. No eran cuerdas de verdad, pero bastaban. Empujó a Damon contra la pared hasta que su espalda chocó con los agarres de resina. Le levantó los brazos, uno después del otro, y le ató las muñecas a dos presas altas y separadas. Él quedó abierto, el pecho hacia fuera, las medias brillando bajo la luz amarilla de las bombillas que aún funcionaban. El tanga apenas contenía la erección que ya goteaba.
Ella se arrodilló. Le bajó el tanga con los dientes, despacio, dejando que la tela rozara la polla gruesa y venosa. Cuando quedó libre, Clara se la metió entera en la boca de un solo movimiento. Damon gritó y tiró de las cintas; los agarres crujieron. Ella chupaba sin piedad: lengua plana por debajo, garganta abierta, saliva espesa que le resbalaba por la barbilla y le caía al corpiño. Cada vez que sacaba la cabeza, un hilo brillante unía sus labios a la punta rojiza. El sabor salado de él se mezclaba con el polvo de tiza que aún tenía en las rodillas.
—Joder, Clara… así… no pares…
Ella no paró. Le agarró las bolas con una mano, las apretó justo al borde del dolor dulce, y con la otra se metió dos dedos en el coño empapado debajo de los leggins. Se frotó el clítoris mientras lo mamaba, mirándolo a los ojos. Damon estaba hermoso así: pechos abiertos por el corpiño, medias de red tensas, brazos atados, la polla brillando de saliva y pre-semen. No había humillación en su mirada, solo hambre y alivio de ser deseado exactamente así.
Cuando sintió que las caderas de él empezaban a empujar sin control, se apartó. Un hilo de saliva cayó sobre el muslo de él.
—Todavía no te corres. Quiero follarte primero.
Se puso de pie, se quitó los leggins y las bragas de un tirón y se los dejó en los tobillos. El coño le chorreaba. Se subió a una colchoneta baja, se orientó de espaldas a él un segundo y luego se giró, abrió las piernas y se empujó hacia atrás hasta sentir la cabeza de la polla de Damon rozándole la entrada. Él no podía moverse casi; las cintas lo mantenían fijo. Clara se impuso el ritmo: bajó despacio, centímetro a centímetro, hasta que lo tuvo todo dentro. El grito que soltó resonó en la sala vacía.
Empezó a cabalgarlo al revés, de pie, usando los agarres bajos para impulsarse. Cada bajada era un golpe húmedo y profundo. Las uñas de ella se clavaban en los muslos de él a través de las medias de red, rasgando un poco la malla. Damon gemía sin parar, la cabeza echada hacia atrás, los pezones duros rozando el aire frío cada vez que ella se movía.
—Mírame —ordenó Clara, volviéndose un poco para pillarle la mirada—. Mírame mientras te uso. Estás tan jodidamente bonita atada así. Mi sissy de pared. Mi putita de encaje.
—Sí… tuya… joder, Clara, más fuerte…
Ella aceleró. El sonido de su culo golpeando la pelvis de él llenaba el aire junto al crujido de las cintas. Se inclinó hacia delante, se agarró a una presa más alta y se empujó hacia atrás con fuerza bruta, follándose la polla de Damon como si quisiera sacársela a pedazos. Cada embestida le sacaba un chorro de jugos que le resbalaba por los muslos y le manchaba las medias a él. El calor le subía desde el coño hasta la garganta. Pensaba en lo fácil que sería traerlo aquí todas las semanas, vestirlo ella misma, atarlo más fuerte, hacerle llevar un plug mientras escalaba… la imagen la volvió loca.
Metió la mano entre sus propias piernas y se frotó el clítoris con dos dedos mojados mientras seguía rebotando. Damon tiraba de las muñecas, los músculos de los brazos tensos, la polla latiéndole dentro de ella como un corazón desbocado.
—Me corro otra vez… dentro… por favor déjame…
—Correte. Lléname. Quiero sentirte latir.
Damon se vino con un grito ronco y largo. La polla le dio sacudidas gordas, chorros calientes que le llenaron el coño a Clara hasta el fondo. Ella sintió cada pulso, el semen espeso saliéndole ya por los bordes, y eso la empujó. Se frotó más rápido y se corrió gritando, el coño apretándole la verga todavía dura, las piernas temblando tanto que casi se cae. Se quedó clavada un momento, jadeando, sintiendo cómo el semen le bajaba por el muslo interior y le manchaba las medias de red de él.
Después se bajó con cuidado. El semen le escurrió en un hilo blanco hasta el suelo polvoriento. Desató las muñecas de Damon una por una. Él se dejó caer contra ella, temblando, todavía con el corpiño torcido y las ligas rojas marcándole la carne. Clara lo abrazó, le besó el cuello sudoroso, le acarició la espalda por encima del encaje.
—La próxima vez te voy a traer un arnés. Quiero follarte el culo mientras tú me follas el coño. Y quiero que vengas ya vestida de calle debajo de la ropa de escalada. Que nadie sepa excepto yo. ¿Te late?
Damon levantó la cara. Los ojos le brillaban de afterglow y de algo más profundo: aceptación pura, deseo sin vergüenza.
—Me late tanto que ya se me está poniendo otra vez solo de pensarlo. Traeré el plug también. El negro, el gordo. Me lo pondré en casa y vendré andando hasta aquí con él dentro, mallas negras encima, para que lo notes cuando me bajes los pantalones.
Clara le mordió el hombro, suave, y le apretó la polla semidura con la mano todavía manchada de semen.
—Entonces la próxima no te ataré solo las muñecas. Te voy a colgar un poco más alto. Quiero chuparte colgado, quiero que me mires desde arriba mientras te ordeño. Y después te voy a follar hasta que no puedas ni hablar. Aquí. En esta pared. Con todo el mundo dormido afuera y nosotros mojados de punta a punta.
Él asintió contra su pecho, la respiración todavía agitada. Fuera, la noche era negra y fría. Dentro, el olor a sexo fresco se pegaba a las colchonetas y a las mallas rotas. Clara le pasó un dedo por el borde del corpiño abierto, recogió una gota de semen que había salpicado allí y se la metió en la boca sin dejar de mirarlo.
—Empieza a pensar en cómo vas a llegar ya abierto y goteando. Porque la próxima vez te voy a usar más despacio. Te voy a hacer pedirme cada embestida. Y cuando te corras, te voy a hacer lamerlo todo del suelo. ¿Entiendes?
Damon tragaró saliva, la polla dándole otro coletazo caliente contra la palma de ella.
—Entiendo. Y lo quiero. Todo. Contigo. Vestido así. Siempre así.
Se besaron otra vez, más lento, lenguas compartiendo el sabor salado. Clara sentía ya la próxima semana creciéndole entre las piernas como una segunda hambre. Damon todavía temblaba de placer y de promesa. La sala abandonada guardaba su secreto entre el polvo y las presas gastadas, y afuera la ciudad seguía sin saber que en aquella pared rota dos cuerpos seguían escalando más alto, más sucio, más juntos.
La semana siguiente el aire de la sala olía otra vez a magnesio y a secreto. Clara empujó la puerta lateral con el hombro y el crujido metálico le recorrió la espalda como un anticipo. Damon ya esperaba. Llevaba las mallas negras de escalada por encima de todo, la camiseta deportiva pegada al pecho, pero ella lo sabía: debajo estaba el corpiño abierto, el tanga de tiras y el plug negro y gordo que él se había metido en casa. Se notaba en la forma en que se movía, un poco más abierto de piernas, la respiración un punto más corta cada vez que daba un paso.
—Ven —dijo él apenas la vio, la voz ya ronca—. Quiero que lo notes tú.
Clara se acercó sin prisa. Le bajó el cierre de las mallas con dos dedos y metió la mano. El tul del tanga estaba empapado; la polla semi-dura se le hinchó al contacto. Más abajo, entre las nalgas, el borde del plug de silicona empujaba contra la tela. Ella lo rodeó con el pulgar, lo giró un milímetro y Damon soltó un gemido que se le quebró en la garganta.
—Anduviste toda la tarde con esto dentro —susurró ella contra su oreja—. Qué putita de pared tan obediente. Ya estás goteando y yo todavía ni te he atado.
—Para ti —contestó él, temblando—. Solo para ti. Desnúdame. Cuélgame más alto esta vez.
Clara sacó de la mochila las cintas de escalada y un arnés de cuero negro que había comprado el martes, con dildo grueso del mismo color, texturizado, pesado. Lo dejó a un lado sobre la colchoneta. Primero lo desnudó ella: le bajó las mallas hasta los tobillos, le quitó la camiseta, le dejó solo el corpiño de copas abiertas, las medias de red sujetas con ligas rojas y el tanga mínimo. El plug se le veía ahora sin vergüenza, el extremo aflorando entre las nalgas pálidas. Ella lo empujó un poco más adentro con dos dedos y él se arqueó, la polla dando un salto que manchó de pre-semen el tul.
Le levantó los brazos. Esta vez usó presas más altas, casi a la altura de su cabeza cuando se pusiera de puntillas. Ató las muñecas con nudos firmes pero que no cortaban, las cintas crujiendo contra la resina. Damon quedó colgado apenas, los pies rozando la colchoneta, el pecho abierto, los pezones duros al aire frío, la polla gruesa y venosa apuntando hacia arriba, el plug manteniéndolo abierto y vulnerable. Clara se quedó mirándolo un segundo largo. Hermoso. Exactamente como lo quería: sissy de pared, atado, deseado sin una pizca de burla, solo hambre.
Se arrodilló delante de él y le bajó el tanga con los dientes otra vez. La tela rozó la cabeza hinchada y Damon tiró de las cintas. Ella se la metió entera de un golpe, garganta abierta, nariz contra el vientre afeitado. Chupaba despacio al principio, saboreando la sal y el magnesio que se le había pegado a la piel, luego más rápido, succionando fuerte mientras una mano le giraba el plug en círculos lentos. Cada vez que el dildo de silicona rozaba ese punto dentro de él, la polla le latía contra la lengua de Clara y él soltaba un “joder… Clara…” que llenaba la sala vacía.
Ella se metió tres dedos en el coño por debajo de los leggins mientras lo mamaba. Estaba empapada solo de verlo colgado así, las medias brillando, el corpiño torcido, la cara de puro deseo aceptado. Cuando sintió que las caderas de Damon empezaban a empujar sin control, se apartó. Un hilo grueso de saliva unía su labio inferior a la punta rojiza.
—Todavía no —jadeó—. Ahora el arnés.
Se quitó la ropa de un tirón: leggins, bragas, sujetador. Se puso el arnés alrededor de las caderas, ajustó las hebillas, engrasó el dildo negro con el lubricante que traía y se lo colocó. La polla de silicona le sobresalía gruesa y curva. Se acercó a Damon, le levantó un poco las piernas y le alineó la punta del arnés con el ano ya abierto por el plug. Primero sacó el plug despacio; él gimió al vacío repentino. Luego empujó el dildo del arnés centímetro a centímetro hasta que lo tuvo entero dentro. Damon gritó, la cabeza echada hacia atrás, los brazos tensos contra las cintas.
—Mírame —ordenó Clara, empezando a embestir—. Mírame mientras te follo el culo atado a esta puta pared. Estás preciosa. Mi sissy. Mi putita de encaje y medias de red.
Empezó despacio, casi tierno, para que él sintiera cada textura. Luego más fuerte. Cada embestida hacía que la polla de Damon rebotara entre sus cuerpos, goteando sobre el vientre de ella. Clara se inclinó, le chupó un pezón a través del corpiño abierto, lo mordisqueó, lo estiró con los dientes mientras seguía follándole el culo con el arnés. El sonido húmedo y el crujido de las cintas llenaban el aire. Damon gemía sin parar, pidiendo más, pidiendo más fuerte, pidiendo que lo mirara.
Cuando ella sintió que él estaba al borde otra vez, se detuvo. Sacó el dildo del arnés con un ruido sucio y lo dejó colgando. Desató una de las muñecas solo el tiempo suficiente para bajar un poco a Damon, girarlo y volver a atarlo de cara a ella, las piernas abiertas alrededor de su cintura. Ahora la polla de él apuntaba directo a su coño. Clara se impuso: se bajó sobre él de un solo movimiento, se lo embistió entero mientras el dildo del arnés seguía resbalando entre las nalgas de Damon, rozándole el agujero ya rojo y abierto.
—Así —jadeó ella—. Tú me follas el coño y yo te follo el culo al mismo tiempo. Doble. Hasta que no puedas ni pensar.
Empezaron a moverse juntos. Ella empujaba las caderas hacia adelante para clavarse la polla de él hasta el fondo y al mismo tiempo hacia atrás para que el arnés le entrara otra vez. Damon tiraba de las cintas, los músculos de los brazos marcados, la cara contra el cuello de ella, mordiendo suave la clavícula cada vez que el dildo le rozaba la próstata. El coño de Clara chorreaba; los jugos le bajaban por los muslos y le manchaban las medias de red a él. El olor a sexo fresco, a cuero y a tiza se mezclaba hasta volverse casi denso.
—Correte dentro —le susurró ella al oído, frotándose el clítoris con dos dedos entre los cuerpos—. Lléname mientras yo te abro más. Quiero sentir tu leche y tu culo temblando a la vez.
Damon no duró. Se vino con un grito largo y roto, la polla latiendo a chorros gordos dentro del coño de Clara, el semen caliente saliéndole ya por los bordes con cada embestida. Ella sintió cada pulso y eso la empujó. Se frotó más rápido, se clavó el arnés una última vez profundo en el culo de él y se corrió gritando, el coño apretándole la verga todavía dura, las piernas temblando tanto que tuvo que agarrarse a una presa para no caer. Se quedaron así un momento, pegados, jadeando, el semen de él escurriéndole a ella por el muslo interior y el dildo del arnés todavía enterrado en Damon.
Clara se bajó con cuidado. Desató las muñecas. Damon se derrumbó contra su pecho, temblando de afterglow, el corpiño torcido, las ligas marcándole la carne, el culo abierto y brillante de lubricante. Ella lo abrazó, le besó la sien sudorosa, le acarició la espalda por encima del encaje.
—La próxima semana traigo esposas de verdad y un vibrador de control remoto —murmuró contra su pelo—. Quiero que llegues ya con él puesto bajo las mallas, caminando por la calle, y que yo lo encienda desde fuera antes de entrar. Quiero follarte el culo otra vez mientras tú me chupas el coño colgado del techo. Y quiero que me pidas permiso para correrte. Cada gota. ¿Te late?
Damon levantó la cara. Los ojos le brillaban de placer y de esa aceptación limpia que a Clara se le metía bajo la piel como un segundo orgasmo.
—Me late tanto que se me está poniendo otra vez solo de oírte. Traeré el vibrador yo también. El que se queda dentro y vibra en tres potencias. Me lo pondré en el metro de camino. Quiero que lo notes cuando me bajes los pantalones y veas cómo se me mueve solo.
Clara le apretó la polla semidura con la mano todavía manchada de semen y le mordió el hombro, suave.
—Entonces la próxima no te voy a dejar ni un segundo sin estímulo. Te voy a tener colgado, abierto, goteando, pidiendo. Y cuando te corras te voy a hacer lamer mi coño hasta que no quede ni rastro de tu leche. Aquí. En esta pared. Con la ciudad dormida y nosotros más sucios que nunca.
Él asintió, la respiración todavía agitada, la polla dándole otro coletazo caliente contra la palma de ella. Se besaron lento, lenguas compartiendo el sabor salado y el polvo. Fuera la noche era fría y negra. Dentro, el olor a cuero, a semen y a magnesio se pegaba a las colchonetas rotas. Clara le pasó un dedo por el borde del corpiño, recogió una gota que había salpicado allí y se la ofreció a la boca de Damon. Él la chupó sin dudar, mirándola a los ojos.
—Empieza a pensar en cómo vas a llegar ya temblando —dijo ella—. Porque la próxima vez te voy a usar más despacio al principio. Te voy a hacer contar cada embestida. Y cuando no puedas más te voy a follar hasta que la voz se te rompa. ¿Entiendes?
—Entiendo —susurró Damon, la polla ya dura otra vez contra el muslo de ella—. Y lo quiero todo. Vestido así. Contigo. En esta puta pared. Siempre.
Clara sonrió en la penumbra, esa sonrisa torcida que prometía más sucio todavía. Le acarició el culo abierto, le metió un dedo solo para sentirlo estremecerse, y guardó el silencio de la sala abandonada como un secreto que la semana siguiente iba a romper otra vez, más alto, más hondo, más juntos.
El jueves siguiente la sala olía otra vez a magnesio y a cuero caliente. Clara empujó la puerta lateral y el crujido metálico le subió por la espalda como un dedo mojado. Damon ya estaba de pie junto a la pared, mallas negras de escalada, camiseta deportiva, coleta floja. Pero ella lo sabía todo: debajo el corpiño de copas abiertas, el tanga de tiras, las medias de red con ligas rojas y el vibrador negro grueso que se le había metido en el metro. Se notaba en la forma en que se abría de piernas un centímetro de más, en el temblor fino de los muslos cada vez que daba un paso.
Clara no habló. Sacó el mando de su bolsillo y lo encendió en la potencia media. Damon se dobló hacia adelante con un gemido ahogado, las manos apoyadas en un agarre bajo, la polla ya dura marcándose contra el tul. El vibrador le zumbaba dentro, profundo, rozándole la próstata en oleadas que le hacían soltar saliva por la comisura de los labios.
—Anduviste toda la ciudad con esto metido —dijo Clara, acercándose despacio—. Qué putita de pared tan perfecta. Ya estás goteando y yo todavía ni te he tocado.
—Para ti —jadeó él—. Solo para ti. Desnúdame. Cuélgame. Quiero que me uses hasta que no pueda hablar.
Ella le bajó el cierre de las mallas con dos dedos y metió la mano. El tanga estaba empapado; la polla se le hinchó al contacto y el vibrador siguió latiendo. Clara lo giró un milímetro con el pulgar y Damon soltó un grito corto. Luego lo desnudó ella: mallas hasta los tobillos, camiseta por la cabeza, solo el corpiño abierto, las medias brillantes y el tanga mínimo. El extremo del vibrador afloraba entre las nalgas pálidas. Ella lo empujó más adentro y lo subió a potencia alta. Él se arqueó, la polla dando un salto que manchó de pre-semen el tul.
Le levantó los brazos. Esta vez usó las esposas de cuero negro que había traído, las cerró alrededor de las muñecas y las enganchó a dos presas casi a la altura del techo. Damon quedó colgado de verdad, los pies apenas rozando la colchoneta cuando se ponía de puntillas, el pecho abierto, los pezones duros al aire frío, la polla gruesa y venosa apuntando hacia arriba, el vibrador manteniéndolo abierto y temblando. Clara se quedó mirándolo un segundo largo. Hermoso. Exactamente como lo quería: sissy de pared, colgado, deseado sin una pizca de burla, solo hambre cruda.
Se arrodilló delante de él y le bajó el tanga con los dientes. La tela rozó la cabeza hinchada y Damon tiró de las esposas; el metal crujió. Ella se la metió entera de un golpe, garganta abierta, nariz contra el vientre afeitado. Chupaba despacio al principio, saboreando la sal y el polvo de tiza, luego más rápido, succionando fuerte mientras con la mano libre subía y bajaba la potencia del vibrador. Cada vez que el juguete le rozaba ese punto, la polla le latía contra la lengua de Clara y él soltaba un “joder… Clara… por favor…” que llenaba la sala vacía.
Ella se metió tres dedos en el coño por debajo de los leggins mientras lo mamaba. Estaba empapada solo de verlo colgado así, las medias brillando, el corpiño torcido, la cara de puro deseo aceptado. Cuando sintió que las caderas de Damon empezaban a empujar sin control, se apartó. Un hilo grueso de saliva unía su labio inferior a la punta rojiza.
—Todavía no —jadeó—. Ahora te voy a follar despacio. Y me vas a pedir cada embestida.
Se quitó la ropa de un tirón. Se puso el arnés de cuero negro, ajustó las hebillas, engrasó el dildo grueso y texturizado. Sacó el vibrador de Damon con un ruido sucio; él gimió al vacío repentino. Luego alineó la punta del arnés con el ano ya rojo y abierto y empujó centímetro a centímetro hasta que lo tuvo entero dentro. Damon gritó, la cabeza echada hacia atrás, los brazos tensos contra las esposas.
—Mírame —ordenó Clara, empezando a embestir muy despacio—. Cuéntame. Pídemelo.
—Una… —jadeó él—. Por favor… una más…
Ella empujó. El dildo entró hasta el fondo. Damon tembló.
—Dos… joder, Clara, dos… más fuerte…
Ella aceleró un poco. Cada embestida hacía que la polla de Damon rebotara entre sus cuerpos, goteando sobre el vientre de ella. Clara se inclinó, le chupó un pezón a través del corpiño abierto, lo mordisqueó, lo estiró con los dientes mientras seguía follándole el culo. El sonido húmedo y el crujido del cuero llenaban el aire.
—Tres… cuatro… cinco… no pares… te lo pido… te lo pido…
Cuando llegó a diez ella se detuvo. Sacó el dildo del arnés con un ruido obsceno y lo dejó colgando. Desató una esposas solo el tiempo suficiente para bajar un poco a Damon, girarlo y volver a atarlo de cara a ella, las piernas abiertas alrededor de su cintura, los pies apoyados en dos agarres bajos. Ahora la polla de él apuntaba directo a su coño. Clara se impuso: se bajó sobre él de un solo movimiento, se lo embistió entero mientras el dildo del arnés seguía resbalando entre las nalgas de Damon, rozándole el agujero ya abierto y brillante.
—Así —jadeó ella—. Tú me follas el coño y yo te follo el culo al mismo tiempo. Doble. Hasta que la voz se te rompa. Pídeme permiso para correrte.
Empezaron a moverse juntos. Ella empujaba las caderas hacia adelante para clavarse la polla de él hasta el fondo y al mismo tiempo hacia atrás para que el arnés le entrara otra vez. Damon tiraba de las esposas, los músculos de los brazos marcados, la cara contra el cuello de ella, mordiendo suave la clavícula cada vez que el dildo le rozaba la próstata. El coño de Clara chorreaba; los jugos le bajaban por los muslos y le manchaban las medias de red a él. El olor a sexo fresco, a cuero y a tiza se volvió denso, casi visible.
—Por favor… déjame correrme… dentro… te lo pido… —susurró Damon, la voz ya rota.
—Todavía no. Cuenta hasta veinte. Cada embestida.
Él contó. Veinte embestidas profundas, húmedas, brutales. A la dieciocho ya lloraba de placer, la polla latiéndole como un corazón loco. A la veinte Clara le susurró al oído:
—Ahora. Lléname. Quiero sentir tu leche y tu culo temblando a la vez.
Damon se vino con un grito largo y roto que se quebró en la mitad. La polla le dio sacudidas gordas, chorros calientes que le llenaron el coño a Clara hasta el fondo, el semen espeso saliéndole ya por los bordes con cada embestida. Ella sintió cada pulso y eso la empujó. Se frotó el clítoris con dos dedos entre los cuerpos, se clavó el arnés una última vez profundo en el culo de él y se corrió gritando, el coño apretándole la verga todavía dura, las piernas temblando tanto que tuvo que agarrarse a una presa para no caer. Se quedaron así un momento, pegados, jadeando, el semen de él escurriéndole a ella por el muslo interior y el dildo del arnés todavía enterrado en Damon.
Clara se bajó con cuidado. Desató las esposas. Damon se derrumbó contra su pecho, temblando de afterglow, el corpiño torcido, las ligas marcándole la carne, el culo abierto y brillante de lubricante y semen. Ella lo abrazó, le besó la sien sudorosa, le acarició la espalda por encima del encaje.
—Lámelo —murmuró—. Todo. Del suelo. Del muslo. De mi coño.
Damon se arrodilló. Lamió el hilo blanco que había caído sobre la colchoneta polvorienta. Luego subió por el muslo interior de Clara, lento, devoto, recogiendo cada gota de su propia leche mezclada con los jugos de ella. Cuando llegó al coño hinchado lo chupó con hambre suave, limpiándolo todo, la lengua plana, los ojos cerrados. Clara le acarició el pelo mientras él lo hacía, sintiendo el temblor residual en los hombros de él.
Cuando terminó, Damon se recostó a su lado sobre la colchoneta sucia. Clara lo atrajo contra su pecho. El vibrador yacía apagado a un lado, el arnés todavía ceñido a las caderas de ella, las medias de red de Damon rotas en un muslo. Afuera la noche era negra y fría. Dentro solo quedaba el olor a sexo, el crujido lejano de la estructura y el calor de dos cuerpos que ya no necesitaban palabras.
Clara le pasó un dedo por el borde del corpiño torcido, recogió la última gota que había salpicado allí y se la ofreció a la boca de Damon. Él la chupó sin dudar, mirándola a los ojos. Luego apoyó la cabeza en su pecho y cerró los ojos. Ella le acarició la nuca, despacio, sin prisa.
No dijeron nada más. El silencio se asentó sobre ellos como una manta cálida. La sala abandonada guardó su secreto entre el polvo y las presas gastadas. Fuera la ciudad seguía sin saber. Dentro, dos respiraciones se sincronizaron, cada vez más lentas, hasta que solo quedó la quietud.
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