Tentación Bajo el Cristal Nocturno

Dos tíos calientes se folian sin piedad en el metro vacío de Madrid.

27 min read September 07, 2026New

La noche en Madrid siempre me ha sabido a mentira elegante: luces de neón que no iluminan nada de verdad y túneles que se tragan el ruido de la ciudad. Yo, Diego, veintiocho años, traje todavía oloroso a vino caro de la cena de negocios, me dejé caer en el vagón del metro casi vacío con la corbata floja y el cansancio clavado entre las cejas. Eran las dos de la madrugada. Frente a mí, tres asientos más allá, estaba él. Marcos. Treinta y dos, camarero de un local de Malasaña, lo supe después, cuando la lengua ya no tenía secretos. Camiseta negra ajustada, brazos marcados por horas de bandejas y nocturnidad, pelo oscuro revuelto y una boca que parecía hecha para pecar. Nuestras miradas se cruzaron bajo la luz fría del cristal. El reflejo del túnel negro bailaba detrás de su nuca y yo sentí cómo se me endurecía la polla dentro del pantalón sin permiso.

Sonrió. Una sonrisa lenta, de lado, como si ya me hubiera follado en la cabeza. Yo le devolví la sonrisa, más tímida, más de ejecutivo que no debería estar mirando a un desconocido con esa hambre. El vagón se balanceó en una curva. Nuestras rodillas se rozaron. Una vez. Dos. La tercera ya no fue casualidad: él abrió un poco más las piernas y yo dejé la mía pegada a la suya, sintiendo el calor de la tela, el roce deliberado. Mi corazón latió en la garganta. Pensé: «Hostia, Diego, estás loco». Pero la locura sabía dulce. Él bajó la vista a mi entrepierna un segundo y volvió a subirla, los ojos negros brillando. Yo tragaba saliva. Quería tocarle ya. Quería que me tocara.

En la última estación antes del fin de trayecto el vagón se vació del todo. Las puertas se cerraron con un silbido y quedamos solos, el traqueteo del metro y nuestra respiración cada vez más pesada. Marcos se levantó sin prisa, caminó los tres pasos que nos separaban y se sentó a mi lado, tan cerca que el muslo me quemaba.

—Llevo toda la puta noche imaginando tocarte —dijo en voz baja, segura, rozándome la oreja con los labios—. Desde que entraste. Esa cara de tío serio que se corre callado… Me estás matando.

Me giré hacia él. El olor a café y sudor limpio me subió directo a la polla.

—Yo también —admití, y mi voz salió ronca—. Llevo rato duro solo de mirarte. Quiero… joder, quiero que me toques.

Sus manos me buscaron con hambre consentida. Una me agarró la nuca, la otra bajó directo a mi entrepierna y apretó la erección a través de la tela. Yo gemí contra su boca cuando nos besamos. Lenguas urgentes, dientes, saliva compartida. El beso era salvaje y dulce a la vez. Mis dedos se metieron bajo su camiseta, palmé el abdomen duro, subí a los pezones y los pellizqué. Él gruñó y me apretó más la polla. Las caricias por encima de la ropa se volvieron atrevidas: él me desabrochó el cinturón, yo le bajé la cremallera lo suficiente para meter la mano y sentir la polla gruesa, caliente, ya chorreando por la punta. Marcos me susurró contra los labios, la voz rota de deseo:

—Quiero follarte aquí mismo, Diego. Quiero metértela hasta el fondo contra ese cristal y que todo Madrid sepa lo puto que eres de rico cuando te corres.

No hacía falta más. Me arrodillé primero entre sus piernas, el metal frío del suelo contra mis rodillas. Le bajé los pantalones y el bóxer de un tirón. Su polla saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza morada y brillante de precum. La olí, la lamí despacio desde las bolas hasta la punta y luego me la tragué entera. Garganta abierta, nauseas controladas, saliva bajando por la barbilla. Marcos me agarró el pelo con las dos manos y empujó, gemiendo alto.

—Joder, sí… trágatela… así, hasta el fondo, puto rico…

Chupé con ansia, subiendo y bajando, masturbándolo con la mano mientras la lengua trabajaba la glande. Él jadeaba mi nombre. Mis propios pantalones me apretaban demasiado; me los abrí un poco y me toqué por encima, desesperado. Cuando sentí que estaba al borde, me aparté jadeando.

—Ahora tú —dije.

Marcos me levantó como si no pesara nada, me giró y me puso contra el cristal del vagón. El frío del vidrio me pegó en la mejilla y en el pecho mientras él me bajaba los pantalones hasta los muslos. Escupió en sus dedos, me abrió el culo con dos y me preparó rápido, sin delicadezas pero con cuidado de no lastimarme. Luego sentí la cabeza gruesa de su polla empujando. Entró de un embiste profundo y yo grité contra el cristal, el aliento empañándolo.

—Hostia, qué estrecho… —gruñó él, agarrándome las caderas.

Empezó a follarme de pie, fuerte, profundo, cada embestida haciendo que mi polla rebotara contra el cristal frío. El sonido de piel contra piel llenaba el vagón vacío. Yo me masturbaba con una mano mientras la otra se aferraba al barrote. Él me besaba el cuello, me mordía el hombro, me hablaba sucio:

—Te voy a llenar el culo, Diego… te voy a correr dentro y vas a salir cojeando de este metro con mi leche resbalándote por los muslos…

El placer subía como una marea. Él me agarró la polla y me la bombeó al ritmo de sus embestidas. Yo me corrí primero, chorros gruesos y blancos salpicando el cristal, dibujando líneas torcidas mientras gemía su nombre. Las contracciones de mi culo lo apretaron y Marcos se vino segundos después con un gruñido animal, enterrándose hasta las bolas y llenándome a pulsos calientes. Sentí cada chorro dentro, el calor espeso, la forma en que su polla palpitaba.

Nos quedamos un momento así, jadeando, pegados, su frente contra mi nuca. Luego se salió despacio y se rió bajito, cómplice, mientras me ayudaba a subirme los pantalones. Yo me reí también, todavía temblando, y limpiamos el cristal y nuestras manos con un pañuelo que sacó él del bolsillo. Besos suaves ahora, lentos, saboreando la sal y el semen y el cansancio dulce.

Marcos sacó un bolígrafo de no sé dónde y me escribió su número en el dorso de la mano, la tinta negra rozándome la piel sensible.

—Esto no se queda aquí —prometió, mirándome a los ojos—. Quiero repetirlo. Quiero follarte en mi cama, en tu oficina, en el puto baño de un bar si hace falta. Contéstame mañana.

El metro frenó en la estación final. Las puertas se abrieron. Él me dio un último beso, me apretó el culo por encima de la ropa y salió primero, dejándome con las piernas flojas, el culo aún latente y su número ardiéndome en la piel. Yo me toqué la mano escrita y sonreí solo en el andén vacío, sabiendo que la tentación bajo el cristal nocturno acababa de empezar de verdad.

La mañana siguiente me desperté con el número todavía tatuado en la piel, borroso por el sueño pero legible, y la polla ya dura solo de recordar el cristal empañado y su semen espeso resbalándome por el muslo. Me toqué la mano escrita y me corrí en la ducha pensando en Marcos, en cómo me había abierto y llenado sin piedad en ese vagón. Contesto el mensaje a las once: «Diego. Ayer. Quiero más. Dime cuándo». Él respondió en tres minutos con una foto de su entrepierna abultada bajo el delantal del bar y un «esta noche, mi piso, después del cierre. Te voy a follar hasta que no puedas caminar».

Llegué a las tres y media. Malasaña olía a basura y a alcohol barato. Subí los cuatro pisos con el corazón martilleándome la garganta. Marcos abrió la puerta en calzoncillos negros, el torso desnudo brillando de sudor de la jornada, el pelo revuelto y esa sonrisa de depredador. No hubo saludos. Me agarró de la corbata, me tiró dentro y me empujó contra la pared del pasillo. Su boca se estrelló contra la mía, lengua profunda, dientes en el labio inferior. Me desabrochó la camisa a tirones, botones volando, y me mordió un pezón hasta sacarme un grito.

—Llevas todo el día oliendo a mí, ¿verdad? —murmuró contra mi pecho mientras me bajaba la cremallera—. Ese culo todavía abierto de ayer… lo he soñado.

Le bajé los calzoncillos de un tirón. Su polla saltó gruesa, ya goteando. Me arrodillé allí mismo, en la entrada, y me la tragué hasta que la punta me golpeó la garganta. Marcos se apoyó en la pared y me folló la boca con embestidas cortas y brutales, sujetándome la cabeza. Babas corrían por mi barbilla, mis ojos lloraban de esfuerzo, pero no me aparté. Quería ahogarme en él. Cuando sentí que iba a correrme me apartó, me levantó y me arrastró al salón.

El sofá era estrecho y viejo. Me tiró de bruces sobre el respaldo, me bajó los pantalones hasta las rodillas y me separó las nalgas con las manos grandes. Escupió directo en mi agujero y metió dos dedos de golpe, curvándolos hasta encontrarme la próstata. Yo gemía contra el cojín, empujando hacia atrás.

—Mírate —dijo él, la voz ronca—. El ejecutivo serio pidiendo más dedos como una puta. ¿Quieres mi polla ya?

—Sí… joder, sí, métela… —conseguí articular.

Se puso el condón de un paquete que había en la mesita, se lubricó con saliva y saliva mía, y empujó. Entró de un solo embiste hasta las bolas. El ardor se mezcló con el placer brutal. Empezó a follarme con fuerza, el sofá crujiendo, mis manos agarradas a los bordes. Cada embestida me sacudía el cuerpo entero; mi polla rebotaba libre, goteando precome sobre el suelo. Marcos me agarró el pelo, me obligó a arquear la espalda y me mordió el hombro mientras gruñía:

—Tan puto estrecho… te voy a destrozar el culo esta noche, Diego. Quiero que mañana sientas cada paso y te acuerdes de mí.

Me dio la vuelta sin salir del todo, me sentó a horcajadas y me bajó sobre su polla. Yo cabalgué, subiendo y bajando, las manos en su pecho marcado. Él me masturbaba al ritmo, el pulgar frotándome la glande. El orgasmo me subió rápido, violento. Me corrí sobre su abdomen, chorros blancos salpicándole el ombligo y el pecho, y mi culo se contrajo alrededor de él. Marcos gruñó, me agarró las caderas y embistió hacia arriba tres veces más antes de corrérsele dentro del condón con un jadeo animal, las bolas apretadas contra mí.

Nos quedamos así, pegados, sudando. Él me besó el cuello con una ternura que contrastaba con la violencia de antes. Sacó la polla despacio, se quitó el condón, lo ató y lo tiró. Me limpió el semen del pecho con su propia camiseta y me atrajo al sofá de verdad. Fumamos un cigarro compartido, el humo mezclándose con el olor a sexo.

—No te vayas todavía —dijo, la voz baja—. Quiero más. Quiero probarte despacio ahora.

Me llevó al dormitorio. La cama era un colchón bajo sin cabecero. Me tumbió de espaldas, se metió entre mis piernas y me chupó la polla blanda hasta que volvió a endurecerse. Su lengua era experta, lenta, lamiendo cada vena, chupando las bolas, bajando a lamerme el culo todavía sensible y resbaladizo. Me abrió con la lengua, me folló el agujero con ella mientras me masturbaba. Yo me retorcíamos, los muslos temblando, pidiendo por favor que me follara otra vez.

Esta vez lo hicimos de frente. Marcos me engrasó bien con lubricante de un cajón, se puso otro condón y entró despacio, mirándome a los ojos. Cada centímetro me llenaba, me estiraba. Empezó un ritmo profundo y constante, las caderas rodando, la base de su polla rozándome la próstata en cada embestida. Me besaba mientras me follaba, lenguas lentas, gemidos compartidos en la boca. Mis piernas se enroscaron en su cintura. Él me masturbaba al mismo tiempo, el puño apretado, el pulgar en la ranura.

—Dime cómo te sientes —susurró.

—Lleno… tan jodidamente lleno… no pares… más fuerte…

Aceleró. El sonido húmedo de piel contra piel llenó la habitación. Sudor corría por su frente y caía en mi pecho. Me corrí segunda vez sin tocarme apenas, el orgasmo largo y tembloroso, el semen saliendo a pulsos débiles entre nuestros cuerpos. Marcos se vino poco después, enterrándose hasta el fondo, el cuerpo rígido, un gruñido bajo contra mi cuello.

Después yacimos enredados. Él me acariciaba el pelo y yo le trazaba las líneas de los abdominales con un dedo. Hablamos bajo: de su turno eterno en el bar, de mi reunión de mierda al día siguiente, de cómo ninguno de los dos había buscado esto y sin embargo lo necesitábamos. Me confesó que llevaba meses follando rápido y vacío, que yo le sabía distinto. Yo le dije que el cristal del metro se me había quedado grabado detrás de los párpados.

A las seis de la mañana me duché en su baño minúsculo. El agua caliente me resbalaba por el culo todavía tierno. Cuando salí, Marcos me esperaba en la puerta con café negro y un segundo número escrito en un papelito: el de su móvil personal, no el del trabajo.

—Mañana tengo libre —dijo, apretándome el culo por encima de la toalla—. Ven. Quiero que te quedes la noche entera. Quiero follarte despierto y dormido. Y quiero que me folles tú a mí también. Nadie me ha abierto el culo en meses y se me pone dura solo de imaginar tu polla dentro.

Me besó largo, con gusto a café y a sexo residual. Bajé las escaleras con las piernas blandas, el número nuevo ardiéndome en el bolsillo y la promesa de invertirnos todavía más pesada que el semen que me había dejado dentro la primera vez. En el metro de vuelta —ahora lleno de madrugadores— me toqué el sitio donde su polla me había marcado y sonreí contra la ventanilla. La tentación ya no era solo bajo el cristal nocturno. Era un hambre que crecía, que pedía cama, sudor, turnos invertidos y más días. Mañana lo tendría todo. Y yo ya sabía que no iba a bastar.

La tarde siguiente me pesaba en los huesos como una resaca dulce. Cancelé la última reunión con una excusa de migraña y salí de la oficina a las siete, la corbata ya floja y la polla semi dura solo de pensar en la promesa. Malasaña olía otra vez a freidora y a porro barato. Subí los cuatro pisos de dos en dos. Marcos abrió en boxers grises, el pecho desnudo, una cerveza en la mano y esa sonrisa torcida que me había destrozado el culo dos noches seguidas.

—Llegas justo a tiempo —dijo, tirándome adentro por la camisa—. Me he duchado dos veces y todavía me huele a ti entre las piernas. Entra.

No me dejó hablar. Me empujó contra la nevera, me besó con lengua de cerveza y dientes, y me bajó los pantalones hasta las rodillas sin pedir permiso. Su mano grande me agarró los huevos y los apretó justo lo suficiente para sacarme un gemido. Yo le metí la mano por detrás del elástico de los boxers y le acaricié el culo firme, el dedo medio rozándole el agujero todavía cerrado.

—Hoy me toca a mí abrirte —susurré contra su cuello—. Dijiste que querías mi polla. Vas a tenerla entera.

Marcos se rió bajo, ronco, y me guió al dormitorio. La cama seguía hecha a medias. Se quitó los boxers de un tirón y se tumbió de bruces, abriendo las piernas. El culo se le abrió un poco; el agujero rosado, limpio, apretado. Me arrodillé detrás, le separé las nalgas con ambas manos y le escupí directo en el centro. Él gruñó contra la almohada. Lamí despacio, de las bolas al perineo, luego hundí la lengua dentro. El sabor a jabón y a piel caliente me subió directo a la polla. La tenía tan dura que me dolía. Le follé el culo con la lengua mientras le masturbaba por debajo, lento, sintiendo cómo se le hinchaba más.

—Joder, Diego… así… más profundo —pidió, empujando hacia atrás.

Metí un dedo, luego dos, curvándolos hasta encontrarle la próstata. Él se arqueó y soltó un gemido largo. Lo abrí con paciencia, añadiendo saliva y el lubricante que ya tenía preparado en la mesita. Cuando metí el tercero, Marcos jadeaba mi nombre y se masturbaba contra la sábana.

—Ahora —dijo—. Métela. Quiero sentirte.

Me puse el condón con dedos temblorosos, me lubricé bien y me coloqué detrás. La cabeza de mi polla empujó contra ese agujero estrecho. Entró despacio, centímetro a centímetro. El calor lo apretaba todo; me costaba no correrme solo de la presión. Marcos siseó, los nudillos blancos agarrando la almohada.

—Hostia, qué gruesa… sigue, no pares.

Empujé hasta las bolas. Me quedé quieto un segundo, respirando contra su espalda sudada, sintiendo cómo su culo se adaptaba a mí, pulsando. Luego empecé a moverme. Corto al principio, profundo después. El sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo llenó la habitación. Le agarré las caderas y aceleré. Cada embestida le sacaba un jadeo. Yo miraba cómo desaparecía mi polla entre sus nalgas, cómo el anillo se abría y se cerraba alrededor del condón brillante.

—Más fuerte —exigió—. Fóllame como me follaste tú a mí en el metro. Desttrózame.

Obedecí. Empecé a darle duro, el colchón crujiendo, mis huevos golpeándole. Le mordí el hombro, le chupé el cuello, le hablé sucio al oído:

—Tan puto apretado… te voy a llenar el culo hasta que no puedas sentarte mañana en el bar. Vas a servir cañas con mi leche todavía caliente dentro.

Marcos se empujaba hacia atrás al mismo ritmo, pidiendo más. Le di la vuelta sin salir del todo, le enganché las piernas en mis hombros y seguí follándolo de frente. Así veía su cara: ojos entrecerrados, boca abierta, el pecho subiendo y bajando. Le masturbaba al compás de mis embestidas. El precum le corría por el abdomen. El placer me subía por la base de la columna como corriente eléctrica.

—Me corro… joder, me corro —avisó.

Se vino a chorros gruesos sobre su propio pecho y el mío, el culo contrayéndose alrededor de mi polla en oleadas fuertes. Eso me mandó al límite. Empujé tres veces más, profundo, y me corrí dentro del condón con un gruñido que me salió de la garganta, las caderas temblando, cada pulso vaciándome. Me desplomé sobre él, todavía dentro, sudando, el corazón a mil.

Nos quedamos así un rato, respirando el mismo aire. Cuando salí despacio, él siseó y se rió.

—La próxima sin goma —dijo, limpiándose el semen del pecho con la sábana—. Quiero sentirte de verdad.

Salimos a la terraza minúscula a fumar. La noche de Madrid brillaba abajo, bocinas lejanas, luces. Marcos me pasó la cerveza y me miró de reojo.

—No te vayas esta noche. Quiero despertarme contigo encima otra vez. Y quiero que me chupes la polla hasta que se me ponga dura de nuevo y te la meta otra vez, esta vez yo arriba, lento, hasta que pidas clemencia.

Me tocó la entrepierna por encima de los boxers que me había prestado. Ya se me estaba endureciendo otra vez. Le devolví la caricia, metiendo la mano y agarrándole la polla blanda pero pesada.

—Me quedo —contesté—. Pero primero te voy a chupar los huevos hasta que grites. Y después quiero que me folles contra la ventana de la cocina, con las luces apagadas y Madrid mirándonos sin saberlo.

Volvimos adentro. En el pasillo me arrodillé otra vez. Le bajé los boxers y le metí los dos huevos en la boca a la vez, lamiendo, chupando, mientras le bombaba la polla con la mano. Marcos se apoyó en la pared y me agarró el pelo.

—Así… joder, qué lengua tienes…

Cuando estuvo dura otra vez, me levantó, me llevó a la cocina y me puso de pecho contra el cristal de la ventana que daba al patio interior. Las luces de otros pisos parpadeaban. Él me bajó los boxers, me escupió en el culo y entró de un embiste. Sin condón esta vez. El calor piel con piel me arrancó un grito. Empezó a follarme lento, profundo, cada embestida empujándome el pecho contra el cristal frío. Mi polla rebotaba libre, goteando en el fregadero. Él me masturbaba al ritmo, me mordía la nuca, me susurraba:

—Mírate… el tío de traje que se deja abrir el culo en la cocina de un camarero. Tan puto rico… te voy a correr dentro y vas a dormir con mi leche resbalándote.

Aceleró. El placer era brutal, casi doloroso de lo bueno. Me corrí primero, chorros blancos salpicando el fregadero y el cristal. Las contracciones de mi culo lo apretaron y Marcos se enterró hasta el fondo, gruñendo, y se vino a chorros calientes dentro de mí. Sentí cada pulso, el semen espeso llenándome, desbordándose un poco cuando se salió.

Nos limpiamos a medias con un trapo de cocina y caímos otra vez en la cama. Marcos me acariciaba el pelo mojado de sudor. Yo le trazaba círculos en el pecho.

—Mañana tengo que abrir el bar a las once —murmuró—. Pero después del cierre vuelves. Quiero probar algo nuevo. Quiero atarte las muñecas a la cabecera con mi cinturón y follarte despacio hasta que llores de ganas de correrte. Y quiero que tú me hagas lo mismo después. Nadie me ha tenido así de abierto en años, Diego. No te escapes.

Le besé la clavícula. Fuera, Madrid seguía rugiendo. Dentro, su semen me resbalaba todavía por el muslo y la promesa de la noche siguiente me ardía más que el cansancio. Me quedé dormido con su brazo pesado sobre mi cintura, sabiendo que el hambre no había hecho más que crecer, que cada embestida pedía la siguiente, y que la tentación ya no cabía solo bajo un cristal de metro: se había metido en la cama, en la cocina, en la forma en que su culo se había cerrado alrededor de mi polla y en la forma en que el mío todavía latía abierto y lleno. Mañana lo tendríamos otra vez. Y yo ya sabía que tampoco iba a bastar.

Me desperté con el brazo de Marcos todavía cruzado sobre mi cintura y su polla semidura rozándome el culo por detrás. La luz gris de la mañana entraba por la ventana de la cocina y olía a sexo seco, a cerveza y a nosotros. Me giré despacio. Él abrió un ojo, sonrió esa sonrisa torcida y me atrajo contra su pecho.

—Buenos días, puto rico —murmuró contra mi pelo—. Todavía te goteo por dentro, ¿verdad?

Asentí. Sentía el semen reseco en el muslo y el agujero todavía sensible, abierto de la noche. Me besó lento, con gusto a sueño, y su mano bajó directo a mi polla, que ya se estaba poniendo dura solo de oírlo. Me masturbó con calma mientras me chupaba el cuello.

—Tengo que abrir el bar —susurró—, pero antes te voy a follar despacio. Quiero que camines todo el día recordándome.

Me puso de lado, me levantó una pierna y escupió en su mano. Entró sin condón otra vez, piel contra piel, el calor familiar y brutal. Empujó profundo, lento, cada embestida rozándome la próstata. Yo gemía contra la almohada, empujando hacia atrás. Él me agarraba la cadera con una mano y me bombeaba la polla con la otra, el pulgar frotando la ranura.

—Así… qué estrecho sigues… te voy a llenar otra vez antes de irme.

Aceleró un poco. El colchón crujía. Me corrí primero, chorros calientes sobre las sábanas, el culo apretándolo en oleadas. Marcos gruñó, se enterró hasta las bolas y se vino dentro, pulsos calientes que sentí llegar al fondo. Se quedó así un momento, respirando contra mi nuca, antes de salir despacio. El semen me resbaló al instante.

—No te laves del todo —dijo mientras se levantaba—. Quiero olerte cuando vuelvas.

Se duchó rápido, se vistió y me dejó las llaves sobre la mesita junto a un café negro. Me besó largo en la puerta.

—A las tres y media otra vez. Y esta noche cumplo lo del cinturón. Vas a llorar de ganas, Diego. Prepárate.

Bajé más tarde, con su leche todavía marcándome los muslos bajo el pantalón. En la oficina no pude concentrarme. Cada vez que me sentaba sentía el eco de su polla. Me toqué dos veces en el baño de ejecutivos, mordiendo el dorso de la mano para no gemir, recordando cómo se me había cerrado el culo alrededor de él y cómo él se había abierto para mí la noche anterior. Contesto su mensaje a las doce: una foto de mi polla dura contra el mármol del lavabo y un «estoy goteando tu semen todavía. Date prisa en cerrar». Él respondió con un audio ronco: «Te voy a atar y te voy a usar hasta que no quede nada. Trae esa boca lista».

A las tres y cuarto ya subía los escalones de dos en dos. Marcos abrió en calzoncillos otra vez, el torso brillante de la ducha reciente, el cinturón de cuero negro ya en la mano. No hubo preámbulos. Me empujó dentro, me arrancó la camisa y me llevó directo al dormitorio. La cama estaba preparada: sábanas limpias, lubricante, condones y el cinturón esperando.

—Rodillas en la cama —ordenó, la voz baja y segura—. Manos arriba.

Obedecí. Él me ató las muñecas a la cabecera improvisada con el cinturón, el cuero apretado justo lo suficiente para que no pudiera soltarme del todo pero sin cortar la circulación. Me miró desde arriba, polla ya marcando la tela.

—Mírame mientras te abro.

Me bajó los pantalones y los boxers hasta los tobillos. Se arrodilló entre mis piernas abiertas, me separó las nalgas y me escupió directo en el agujero. Metió la lengua primero, profunda, follándome con ella mientras me masturbaba lento. Yo tiraba de las ataduras, gemía su nombre. Luego dos dedos, tres, curvados contra la próstata hasta que me retorcí.

—Por favor… métela ya…

—No todavía. Quiero verte pedir.

Me chupó la polla entera, garganta abierta, mientras los dedos seguían trabajando. Cuando estuve al borde se apartó. Se puso el condón, se lubricó y se colocó. La cabeza gruesa empujó. Entró de un embiste profundo y yo grité, el cuero crujiendo en mis muñecas. Empezó a follarme fuerte, el sonido de piel contra piel llenando la habitación, mis piernas en sus hombros. Cada embestida me sacudía el cuerpo entero; mi polla rebotaba libre, goteando sobre mi abdomen.

—Tan puto abierto… te voy a destrozar despacio esta noche —gruñó, agarrándome las caderas—. Dime que eres mío cuando te corro dentro.

—Soy tuyo… joder, fóllame más duro… lléname…

Aceleró. Me masturbaba al ritmo brutal. El orgasmo me subió como un golpe. Me corrí a chorros, salpicándome el pecho y la cara, el culo contrayéndose alrededor de él. Marcos se enterró hasta el fondo, gruñó mi nombre y se vino dentro del condón, el cuerpo rígido, sudando. Se quedó un momento así, todavía dentro, besándome la boca abierta.

Después me desató con cuidado, me masajeó las muñecas y me limpió el semen con su lengua, lamiéndome el pecho y el abdomen. Me dio la vuelta, me puso encima de él y me dijo:

—Ahora tú. Quiero tu polla otra vez. Sin goma. Y quiero que me ates a mí después.

Me puse el lubricante, lo abrí con los dedos mientras le chupaba los pezones y entró despacio en su culo caliente y apretado. Cabalgó, subiendo y bajando, las manos en mi pecho. Yo le agarraba las caderas y empujaba hacia arriba. El calor piel con piel era adictivo. Él se masturbaba, el precum brillándole en la punta.

—Más fuerte, Diego… úsame…

Le di la vuelta, lo puse de rodillas y lo follé doggy, profundo, mirando cómo mi polla desaparecía. Le di una palmada en la nalga, otra, el sonido seco mezclándose con sus gemidos. Cuando sentí que se acercaba le puse el cinturón en las muñecas a la espalda, lo apreté y seguí embistiendo. Marcos jadeaba, perdido, pidiendo más. Se corrió sin que lo tocara, chorros sobre las sábanas, el culo exprimiendo mi polla. Yo me vine segundos después, enterrándome y llenándolo a pulsos calientes, el semen desbordándose cuando salí.

Nos desplomamos. Él se rió ronco, todavía atado a medias, y me besó el hombro.

—Joder… nadie me había tenido así. Quítame esto y ven a la ducha. Quiero chuparte limpio y después follarte contra el azulejo.

En la ducha minúscula el agua caliente nos resbalaba. Me arrodillé y le chupé la polla blanda hasta que se puso dura otra vez, tragándome el sabor a mi propio semen y a él. Luego él me giró, me abrió las piernas y entró de nuevo, lento al principio, luego más rápido, el vapor empañándolo todo. Me masturbaba con jabón, me mordía la nuca, me hablaba sucio al oído:

—Mañana te llevo al baño del bar en el descanso. Te voy a follar con la gente afuera y vas a tener que callarte. Y el domingo quiero que nos vayamos a un hotel barato y no salgamos en todo el día. Te voy a abrir con juguetes, te voy a llenar y te voy a hacer correrte hasta que no puedas más. ¿Me oyes?

—Sí… joder sí… no pares…

Me corrí otra vez, temblando, el agua llevándose el semen. Él se vino dentro poco después, el gruñido ahogado contra mi piel.

Salimos envueltos en toallas, caímos en el sofá con cervezas frías. Marcos me acariciaba el pelo mojado mientras yo le trazaba las venas del antebrazo.

—Esto se está volviendo adictivo —confesé, la voz ronca—. No quiero que pare. Cada vez que te corro dentro quiero la siguiente. Cada vez que me abres siento que me falto algo cuando sales.

Él me miró serio un segundo, luego sonrió y me apretó el culo por encima de la toalla.

—Entonces no pares. Quédate mañana también. Tengo el lunes libre. Quiero probar lo de los juguetes de verdad. Quiero verte con un plug mientras me chupas. Quiero que me folles con un arnés si te pones celoso de lo mucho que te llenan. Y quiero que me digas en la cara lo puto que te pongo cuando te ato.

Me endurecí otra vez solo de oírlo. Le metí la mano bajo la toalla y le agarré la polla, pesada, caliente.

—Entonces empecemos ya a calentar motores —dije—. Quiero que me folles la boca hasta el fondo otra vez. Y después te voy a abrir con los dedos hasta que ruegues por mi polla. Y cuando te corras te voy a hacer tragar lo tuyo mezclado con lo mío.

Marcos se rió bajo, se levantó y me jaló hacia el dormitorio otra vez. La noche de Madrid rugía afuera. Dentro, el hambre solo crecía: cinturones, promesas de baños públicos, plugs, turnos eternos de quien abre y quien se deja abrir. Me arrodillé entre sus piernas, le metí la polla hasta la garganta y sentí cómo él me agarraba el pelo con las dos manos. El traqueteo lejano de un metro nocturno me cruzó la cabeza un segundo —cristal empañado, semen resbalando— y supe que aquello había sido solo el principio. Esta cama, esta cocina, este cinturón, este culo que se cerraba alrededor de mí y el mío que todavía latía lleno eran el verdadero túnel. Y yo ya no quería salir. Mañana lo tendríamos más sucio, más largo, más atado. Y yo sabía, mientras babas me corrían por la barbilla y él gemía mi nombre, que tampoco iba a bastar.

Me tragué su polla hasta que la punta me golpeó la garganta otra vez, babas espesas rodándome por la barbilla y cayendo sobre sus huevos. Marcos apretaba mis sienes con las palmas, embistiendo corto y profundo, gemidos rotos que llenaban la habitación junto al chasquido húmedo de mi saliva. El sabor a nosotros —a mi semen de antes, a su piel, a jabón de la ducha— me endureció la polla contra el colchón. Quería ahogarme ahí, quería que me usara la boca hasta vaciarse, pero él me apartó con un tirón del pelo cuando sintió que se le cerraban los muslos.

—No todavía —jadeó—. Quiero los juguetes. Quiero verte abierto de verdad esta noche.

Se levantó, todavía con la polla brillando y goteando, y abrió el cajón de la mesita. Sacó un plug negro grueso, un dildo realista de silicona y el cinturón de cuero otra vez. Mi corazón latía en la polla. Me tumbió de espaldas, me ató las muñecas a la cabecera improvisada con el cinturón, el cuero crujiendo contra mi piel sensible de las noches anteriores. Estaba a su merced y me encantaba. Marcos me separó las piernas, me escupió en el culo todavía tierno y resbaladizo de su leche de la mañana, y empujó el plug. El ensanchamiento me arrancó un grito; entró centímetro a centímetro hasta que la base se asentó contra mis nalgas, llenándome, presionándome la próstata sin descanso.

—Mírate —murmuró, masturbándome lento mientras el plug latía dentro—. El ejecutivo con el culo taponado, goteando precum solo de tenerlo puesto. Ahora chúpame mientras te lo dejo.

Me arrodillé lo mejor que pude con las muñecas atadas, le metí la polla otra vez y chupé con ansia, el plug moviéndose cada vez que mecía las caderas. Él gemía mi nombre, me agarraba el pelo y embestía mi garganta. Cuando estuvo al borde se apartó, me giró de bruces y me sacó el plug de un tirón. El vacío me dejó temblando. Enseguida metió el dildo, lubricado hasta brillar, y me lo folló con él: embestidas largas, giratorias, golpeándome la próstata hasta que lloraba de placer contra la almohada. Mi polla rebotaba libre, dura, goteando hilos blancos sobre las sábanas.

—Por favor… tu polla… necesito tu polla —supliqué, la voz rota.

Marcos se rió ronco, se puso detrás, se lubricó y entró de un embiste profundo sin condón. El calor piel con piel me quemó. Empezó a follarme con fuerza, el dildo todavía a un lado de la cama, el cinturón tirando de mis muñecas. Cada embestida me empujaba hacia adelante; el sonido de sus huevos contra mi culo llenaba todo. Me hablaba sucio al oído, mordiéndome el hombro:

—Tan puto abierto… te voy a llenar otra vez y vas a dormir con mi leche dentro todo el día de mañana. El lunes libre, ¿te acuerdas? Te voy a tener así horas, con el plug, con mis dedos, con lo que se me antoje. Dime que eres mío.

—Soy tuyo… joder, fóllame más duro… lléname hasta que se desborde…

Aceleró. Me masturbaba al mismo ritmo brutal, el pulgar frotándome la ranura. El orgasmo me subió como una descarga. Me corrí a chorros gruesos sobre las sábanas, el culo contrayéndose en oleadas alrededor de su polla. Marcos gruñó, se enterró hasta las bolas y se vino dentro, pulsos calientes que sentí llegar al fondo, desbordándose un poco cuando se movió. Se quedó así, respirando contra mi nuca, todavía duro.

Me desató con cuidado, me masajeó las muñecas enrojecidas y me dio la vuelta. Ahora me tocó a mí. Le unté lubricante, le abrí el culo con tres dedos mientras le chupaba los pezones duros y luego entré despacio. El apretón me sacó un gemido largo. Cabalgó al principio, subiendo y bajando, mirándome a los ojos, la polla semidura rebotándole contra el abdomen. Luego lo puse de rodillas, le atoré las muñecas a la espalda con el mismo cinturón y lo follé doggy, profundo, mirando cómo desaparecía mi polla entre sus nalgas firmes. Le di palmadas en el culo, el sonido seco mezclándose con sus jadeos.

—Úsame… más fuerte, Diego… lléname tú también…

Obedecí. Embestí hasta que el colchón crujió. Cuando sentí que se acercaba le metí el plug en la boca para que lo chupara y aceleré. Se corrió sin que lo tocara, chorros blancos sobre las sábanas, el culo exprimiendo mi polla en espasmos. Yo me vine segundos después, enterrándome y llenándolo a pulsos espeso, el semen saliendo por los bordes cuando me retiré. Nos desplomamos enredados, sudando, el aire olía a sexo crudo y a nosotros.

Me limpió un poco con la sábana, me atrajo contra su pecho y me acarició el pelo mojado. Hablamos bajo otra vez: de cómo el bar podía esperar, de cómo mi oficina ya no me importaba tanto, de plugs más gruesos, de un fin de semana entero sin salir de la cama. Me besó lento, con gusto a semen y a cansancio dulce.

—Quédate el lunes entero —susurró—. Quiero despertarme contigo dentro o yo dentro de ti. Esto… joder, Diego, esto no se siente vacío.

Asentí contra su clavícula, el corazón todavía acelerado. El placer residual me temblaba en los muslos. Fuera, Madrid empezaba a despertar con bocinas lejanas. Dentro, su semen me resbalaba por el muslo y el mío se enfriaba entre sus nalgas. Sexo terminado, cuerpos gastados, la promesa de más colgando entre nosotros como humo.

Pero yo sabía algo que él no. Desde la tarde anterior, en el bolsillo interior de la chaqueta que había dejado en la silla, llevaba el billete de avión ya impreso: salida el miércoles a las seis de la mañana hacia Barcelona, traslado definitivo de la empresa, piso nuevo, vida nueva. No se lo había dicho. No se lo diría. Dejaría que creyera que el lunes libre era el principio de algo infinito, que el cinturón y los juguetes y las mañanas llenos de semen se repetirían sin fin. Sonreí contra su piel caliente, le di un beso suave en el pecho y cerré los ojos, guardándome el secreto como el último rasgo de la tentación que había empezado bajo el cristal del metro.

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