Verano Compartido: Su Marido Observa Cómo Se Entrega al Amigo
Renata, de 32 años, se folla con ganas al amigo de su marido Warrick mientras el cornudo de 38 observa y se pajea.
La brisa cálida del mar Mediterráneo entraba por las ventanas abiertas de la casa de playa, trayendo olor a sal y libertad. Renata, una mujer de 32 años que trabajaba como diseñadora de interiores y cuyo cuerpo escultural —con tetas firmes, cintura estrecha y un culo redondo que hacía girar cabezas— atraía miradas constantes, terminaba de colocar las toallas limpias en el armario. Su marido Warrick, un ejecutivo de 38 años que dirigía una multinacional con mano de hierro pero que en casa anhelaba rendirse, la observaba desde la puerta con una mezcla de nervios y excitación que ya le endurecía la polla.
Habían invitado a Xavier, el mejor amigo de Warrick desde hacía quince años, un hombre de 35 años que dirigía su propia firma de arquitectura y que llegaba esa misma tarde con su maleta llena de promesas de un verano compartido. Lo que Warrick no le había contado aún a su amigo era el secreto que llevaba meses carcomiéndolo por dentro. Esa primera noche, después de la cena y cuando Xavier se retiró a la habitación de invitados, Warrick tomó a Renata del brazo y la llevó al balcón con vistas al mar.
—Cariño, necesito confesarte algo que me está volviendo loco —dijo con voz ronca, mirándola a los ojos—. Quiero verte entregarte completamente a Xavier. Quiero que te folles a mi mejor amigo con ganas, como una puta en celo, mientras yo me quedo sentado mirando cómo te abre el coño y te llena de leche. Si surge la química entre vosotros, si tú lo deseas de verdad, puedes hacerlo. Yo estaré ahí, humillado, pajeándome como el cornudo que soy.
Renata sintió que un relámpago de calor le atravesaba el vientre. Llevaban diez años casados y su sexo se había vuelto predecible, casi aburrido. La idea de ser observada mientras se entregaba a otro hombre la mojaba al instante. Se mordió el labio inferior, notando cómo sus pezones se endurecían contra la fina tela de su vestido.
—¿Estás seguro, Warrick? Porque si lo hacemos, no voy a fingir. Me voy a follar a Xavier como una zorra de verdad. Voy a gemir, voy a suplicar que me llene y voy a mirarte a los ojos mientras lo hago.
Hablaron durante casi una hora, sentados bajo la luna, detallando cada límite y cada deseo. Todo sería consensuado, explícito y sin alcohol ni nada que nublara el juicio. Si no había chispa real, nada pasaría. Pero si la había… Renata podría entregarse. Cuando por fin se besaron, la polla de Warrick estaba tan dura que casi le dolía. Acordaron que él tantearía el terreno con Xavier de forma sutil y que dejarían que la tensión creciera sola.
Los siguientes días fueron una tortura deliciosa y lenta. Por las mañanas bajaban a la playa privada que pertenecía a la casa. Renata lucía bikinis cada vez más pequeños: uno blanco que apenas cubría sus pezones oscuros y otro negro que se perdía entre sus nalgas bronceadas. Xavier, con su torso musculoso y bronceado, no disimulaba las miradas. Mientras le extendía crema solar en la espalda, sus dedos gruesos se deslizaban peligrosamente cerca de los laterales de sus tetas, rozando la curva sensible.
—Tienes una piel que invita a pecar, Renata —murmuraba cerca de su oído, con voz grave—. Me dan ganas de lamerte desde el cuello hasta el coño.
Ella giraba la cabeza, sonriendo con picardía, y respondía lo suficientemente alto para que Warrick escuchara:
—Pues si mi marido no se enfada… quizás te deje probar.
Warrick, tumbado en su hamaca con el bañador abultado, sentía el corazón martillearle en el pecho. La humillación le subía por la garganta como un licor caliente. «Joder, mirad cómo se rozan. Mi mujer está empapada solo con que la toque mi amigo», pensaba, y su mano se movía disimuladamente para recolocarse la erección dolorosa. En lugar de celos, sentía un morbo brutal que lo empujaba a animarlos.
—Parece que os lleváis de puta madre —decía con voz temblorosa—. No os cortéis por mí. Me gusta veros así.
Por las tardes, con botellas de vino frío y gin-tonics en la terraza, los roces se volvían más descarados. Xavier pasaba la mano por la cintura de Renata al servirle otra copa, dejando que sus dedos bajaran hasta rozar la parte superior de su culo. Ella cruzaba las piernas lentamente, asegurándose de que él viera el brillo húmedo en la cara interna de sus muslos. Los comentarios subidos de tono ya no tenían filtro.
—Xavier, si no fueras el mejor amigo de mi marido, ya te habría pedido que me follaras contra esta barandilla —soltó Renata una noche, mirándolo directamente a los ojos mientras se pasaba la lengua por los labios.
Xavier sonrió con esa arrogancia masculina que la ponía cachonda.
—Y yo te habría metido la polla hasta el fondo sin pensármelo dos veces, guapa.
Warrick, sentado frente a ellos con la cara enrojecida, solo pudo jadear:
—Hacedlo. Cuando queráis. Yo… yo quiero verlo.
La noche que todo estalló fue la cuarta de su estancia. La terraza estaba iluminada solo por farolillos y la luz plateada de la luna. El mar rugía abajo. Renata llevaba un vestido veraniego corto y suelto, sin bragas. El aire olía a deseo acumulado. Después de dos copas, se levantó, caminó hasta Xavier y, sin pedir permiso, se sentó a horcajadas sobre sus piernas y lo besó con hambre salvaje.
Sus bocas se comieron con lengua, saliva y gemidos. Las manos de Xavier subieron por los muslos de Renata hasta agarrarle el culo desnudo, apretando con fuerza. Ella frotaba su coño mojado contra el bulto enorme que crecía bajo los pantalones de él.
Warrick se quedó paralizado un segundo, luego se hundió más en el sillón grande de mimbre y sacó su polla rígida.
—No paréis —suplicó con voz rota—. Seguid. Besad, tocad, follaos. Esto es exactamente lo que quiero.
Renata separó la boca apenas un centímetro, jadeando contra los labios de Xavier, y miró a su marido.
—Warrick, quiero follármelo ahora mismo. Quiero que veas cómo tu mujer se convierte en la puta de tu amigo. Dilo claro: ¿nos das permiso total?
Xavier, con las manos aún en el culo de ella y la respiración agitada, añadió:
—Solo si los tres lo deseamos de verdad. Porque yo llevo días soñando con metérsela a tu mujer hasta que grite.
Warrick se pajeó una vez, despacio, mirando cómo brillaba el coño de Renata contra la tela de los pantalones de Xavier.
—Sí. Os doy permiso. Fóllatela, Xavier. Hazla tuya delante de mí. Soy tu cornudo esta noche.
Con el consentimiento explícito flotando en el aire caliente, Renata se arrodilló entre las piernas de Xavier. Le bajó la cremallera con dedos ansiosos y liberó una polla gruesa, venosa y larga que le arrancó un gemido de aprobación.
—Hostia, qué verga más rica tienes… Mucho más grande y gruesa que la de mi marido —susurró, mirando a Warrick mientras sacaba la lengua y lamía desde las bolas pesadas hasta la punta hinchada. Luego se la metió entera en la boca, chupando con ganas obscenas, haciendo ruidos húmedos y sucios. La saliva le caía por la barbilla y goteaba sobre sus tetas. No apartaba la mirada de su marido, que se masturbaba más rápido.
—Así, cariño… mírame cómo le como la polla a tu mejor amigo. ¿Te gusta ver a tu mujer convertida en una mamadora barata?
Warrick solo pudo gemir.
Después de varios minutos de mamada profunda, Xavier la levantó como si no pesara nada y la tumbó de espaldas sobre la mesa de la terraza. Le abrió las piernas sin piedad, colocó la gruesa cabeza de su polla en la entrada empapada y empujó de una sola vez hasta el fondo. Renata arqueó la espalda, gritando de placer.
—¡Sí! ¡Así! ¡Ábreme entera!
Cada embestida era brutal y lenta al principio, para que Warrick pudiera ver perfectamente cómo los labios hinchados del coño de su mujer tragaban y escupían aquella polla gruesa. Los pechos de Renata saltaban dentro del vestido, los pezones duros como piedras. Warrick se había acercado el sillón, pajeándose sin vergüenza, con los ojos fijos en el punto exacto donde se unían los cuerpos.
Xavier aceleró, follándola con golpes secos que hacían temblar la mesa.
—Tu coño está chorreando, Renata. Está hecho para pollas como la mía.
Luego ella tomó el control. Empujó a Xavier hasta una silla, se subió encima y se empaló de golpe, cabalgándolo como una posesa. Su culo perfecto subía y bajaba con fuerza, tragando la verga hasta las bolas mientras gemía como una puta barata.
—¡Quiero que me llenes! ¡Córrete dentro, Xavier! ¡Lléname el coño mientras mi cornudo mira y se pajea!
Sus tetas rebotaban violentamente. Xavier le mordía los pezones a través de la tela. Warrick estaba al límite, pero se aguantaba.
Por último, Xavier la puso a cuatro patas sobre el suelo de la terraza. Agarró su melena oscura con el puño cerrado, tiró hacia atrás como si fueran riendas y la folló con violencia animal. El sonido de piel contra piel era brutal.
—Dime lo que eres, zorra —gruñó, dándole un azote fuerte que dejó la marca roja en su nalga.
—¡Soy tu puta! ¡Me encanta que mi marido cornudo me vea siendo follada como una guarra! ¡Más fuerte, por favor! ¡Úsame delante de él!
Xavier le tiraba del pelo, follándola sin piedad.
—Mira cómo se pajea tu cabrón de marido. Le encanta verte convertida en mi puta personal. ¿Verdad, Warrick?
—Sí… —jadeó el aludido, con la mano volando sobre su polla—. Me encanta.
Con un rugido grave, Xavier se clavó hasta el fondo y se corrió abundantemente dentro de Renata. Chorros calientes y espesos inundaron su coño, tanto que cuando se retiró lentamente, un río blanco y cremoso salió de su agujero abierto, chorreando por sus muslos temblorosos. Renata tuvo un orgasmo brutal, convulsionando y gritando obscenidades.
Warrick se levantó tambaleante, todavía con la polla en la mano, y se acercó a besar a su esposa. La besó con amor sucio, probando el sabor de la traición y el placer compartido, mientras el semen de Xavier seguía saliendo del coño de Renata y caía al suelo.
—Gracias, mi amor —susurró contra sus labios hinchados—. Gracias por humillarme así. Ha sido… perfecto.
Renata, aún jadeando y con el coño palpitante lleno de leche ajena, le mordió el labio inferior y le susurró al oído:
—Esto solo es el principio del verano, cornudo. Mañana voy a follarme a Xavier en la playa, a plena luz del día, y voy a hacer que me veas cosas mucho más sucias. Prepárate.
Xavier sonrió, todavía desnudo y con la polla semierecta brillante de fluidos. Los tres se miraron y soltaron una risa baja, cargada de complicidad y promesas oscuras. Acordaron que esa misma noche Xavier trasladaría sus cosas al dormitorio principal y dormiría con Renata el resto de las vacaciones. Warrick ocuparía la habitación de invitados… o la silla, según lo que excitara más cada noche.
Mientras recogían la ropa tirada y entraban a la casa, Renata sintió cómo el semen de Xavier le bajaba por el interior de los muslos. Miró a su marido y a su amante nuevo con una sonrisa depredadora. El verano era largo. Y ella apenas acababa de empezar a descubrir hasta dónde podía llevar la humillación de Warrick.
La brisa nocturna entraba por las ventanas del dormitorio principal mientras Renata, con el coño aún palpitante y chorreando semen espeso de Xavier, empujaba la puerta con el pie. La habitación olía a sexo reciente, a sudor y a deseo acumulado durante días. Xavier, el arquitecto de 35 años cuyo torso ancho y bronceado brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, dejó caer su maleta junto al armario. Warrick, el ejecutivo de 38 años, se quedó en el umbral un segundo, la polla todavía dura y goteando precum, observando cómo su mujer tomaba el control absoluto.
—Esto es real ahora —murmuró Renata, quitándose el vestido veraniego por completo. Sus tetas firmes rebotaron libres, los pezones oscuros y duros como guijarros. Se giró hacia su marido con una sonrisa cruel y excitada—. Saca las cosas de Xavier y colócalas al lado de las mías. Tú dormirás en la habitación de invitados… o en esa silla de allí, mirando. Esta cama ya no es tuya, cornudo.
Warrick sintió un latigazo de humillación que le subió desde los huevos hasta la garganta. Su corazón latía con fuerza, pero su polla dio un salto traicionero. «Joder, mi propia mujer echándome de nuestra cama… y yo pagaría por verlo cada noche», pensó mientras obedecía en silencio. Abrió la maleta de su mejor amigo y colocó camisetas, pantalones y calzoncillos junto a la ropa interior sexy de Renata. Cada prenda que tocaba le recordaba que ya no era el hombre de esa habitación.
Xavier se acercó por detrás a Renata, sus manos grandes agarrándole las nalgas desnudas y separándolas con descaro. Sus dedos gruesos rozaron el coño empapado, recogiendo el semen que todavía salía de ella y untándolo sobre su clítoris hinchado.
—¿Estás segura de esto, Renata? —preguntó Xavier con voz grave, aunque su polla ya volvía a endurecerse contra la espalda de ella.
—Más que nunca —respondió ella, girando la cabeza para morderle el labio inferior—. Quiero que mi marido vea cada noche cómo me follas como una puta de verdad. Warrick, siéntate ya en esa silla y sácala. Pajeate despacio. No te corras hasta que yo te lo diga.
Warrick arrastró la silla de madera hasta un metro de la cama y se dejó caer en ella. Su mano envolvió su polla más delgada y corta mientras veía a Xavier tumbar a su mujer boca arriba sobre el colchón que habían compartido durante diez años. El arquitecto le abrió las piernas sin piedad, colocó la gruesa cabeza de su verga en la entrada brillante y empujó de un solo golpe hasta el fondo. Renata soltó un gemido gutural que llenó la habitación.
—¡Hostia, sí! ¡Así, Xavier! ¡Ábreme ese coño que mi marido ya no sabe usar!
Cada embestida era profunda y sonora. El sonido húmedo de la polla gruesa entrando y saliendo del coño encharcado de Renata hacía que Warrick jadeara en su silla. Podía ver perfectamente cómo los labios vaginales de su mujer se estiraban alrededor de aquella verga venosa, cómo sus jugos mezclados con el semen anterior formaban espuma blanca en la base de la polla de Xavier. Renata arqueaba la espalda, sus tetas perfectas saltando con cada golpe. Miraba directamente a su marido mientras gemía.
—Mírame, cornudo. Mira cómo tu mejor amigo me está follando mejor de lo que tú lo has hecho en años. Siente cómo se me moja el coño solo con su tamaño. ¿Ves cómo me llega hasta el fondo? Tu polla nunca ha tocado ahí.
Warrick se pajeaba más rápido, la cara roja de vergüenza y placer. El morbo le quemaba el pecho. «Es mía y ya no lo es. Es su puta ahora», pensaba, y eso solo le ponía más cachondo. Xavier agarró las caderas de Renata y aceleró, follándola con golpes secos que hacían crujir la cama.
—Tu mujer tiene un coño espectacular, Warrick —gruñó Xavier sin dejar de bombear—. Está chupándome la polla como si llevara meses sin follar. ¿Te gusta ver cómo la destrozo?
—Sí… joder, sí —balbuceó Warrick, la mano volando sobre su erección—. Úsala. Es tu puta este verano.
Renata se corrió primero, convulsionando alrededor de la polla gruesa, sus paredes internas apretando con fuerza mientras gritaba obscenidades. Sus jugos salpicaron el vientre de Xavier. Este no tardó mucho más. Con un rugido animal, se clavó hasta los huevos y descargó una segunda carga abundante dentro de ella. Renata sintió los chorros calientes golpeando su cervix y eso la hizo correrse de nuevo, más fuerte, mordiéndose el antebrazo para no despertar a medio vecindario.
Cuando Xavier se retiró, el coño de Renata quedó abierto, rojo e hinchado, con un río espeso de semen blanco saliendo a borbotones y manchando las sábanas. Ella no le dio tregua a su marido.
—Ven aquí, Warrick. De rodillas. Quiero que pruebes lo que un hombre de verdad deja dentro de tu mujer.
Warrick, temblando de excitación humillada, se arrodilló entre las piernas abiertas de Renata. El olor a sexo era abrumador: coño mojado, semen espeso y sudor masculino. Sacó la lengua y lamió desde el ano hasta el clítoris, tragando la mezcla salada y cremosa de su amigo y su esposa. Renata le agarró la cabeza con ambas manos, frotándose contra su cara.
—Así, mi cornudito. Limpia bien el coño que Xavier acaba de llenar. Saborea cómo te ha reemplazado. ¿Te gusta el sabor de su leche?
—S-sí… —gimió Warrick contra la carne hinchada, lamiendo con devoción mientras su propia polla palpitaba dolorosamente sin correrse.
Xavier observaba desde la cama, acariciándose la polla semierecta, sonriendo con superioridad. Esa noche durmieron los tres en la cama grande: Renata en medio, con la cabeza sobre el pecho de Xavier y una pierna encima de él. Warrick quedó apretado al borde, oliendo el sexo en la piel de su mujer, sin atreverse a tocarla. Apenas durmió, la polla dura toda la noche.
Al amanecer, el sol mediterráneo ya calentaba la arena de la playa privada. Renata bajó con un bikini rojo microscópico que apenas cubría sus pezones y se perdía entre sus nalgas. Xavier llevaba solo un bañador ajustado que marcaba su paquete. Warrick los seguía con toallas, nevera y protector solar, sintiéndose más sirviente que marido.
Extendieron las toallas bajo una sombrilla. Renata se tumbó boca abajo y pidió que le untaran crema. Xavier lo hizo primero, sus manos grandes deslizándose por la espalda, bajando hasta meter los dedos bajo la tela del bikini y rozar su coño ya mojado. Warrick observaba sentado a un metro, la polla abultando su bañador.
—Hoy te voy a follar aquí, a plena luz del día —anunció Renata sin vergüenza, girándose para mirar a su marido—. Quiero que el sol ilumine cómo tu amigo me abre el coño. Y tú vas a grabar cada detalle en tu memoria mientras te pajeas como el perdedor que eres.
Xavier le quitó el bikini sin pedir permiso. Renata se puso de rodillas en la arena, el culo en pompa hacia su amante. Xavier se arrodilló detrás y la penetró de golpe, su polla gruesa abriéndola otra vez. El sonido de carne contra carne se mezcló con el romper de las olas. Renata gemía sin control, sus tetas colgando y balanceándose.
—¡Más fuerte! ¡Fóllame como si yo fuera tuya y mi marido un simple mirón!
Xavier le dio un azote fuerte que dejó la marca roja en su nalga bronceada.
—Eres mía estas vacaciones, zorra. Tu cornudo solo puede mirar y pajearse.
Warrick tenía la polla fuera, masturbándose frenéticamente bajo el sol mientras veía cómo la verga de su mejor amigo desaparecía una y otra vez en el coño brillante de su mujer. La arena se pegaba a las rodillas de ambos. Renata cambió de posición, empujando a Xavier para tumbarlo de espaldas y subirse encima. Cabalgó con furia, el culo perfecto subiendo y bajando, tragando toda la longitud. Sus gemidos eran cada vez más altos, sin miedo a que alguien los oyera.
—Warrick, acércate más. Quiero que veas desde cerca cómo me corro en esta polla que tú nunca tendrás.
Warrick gateó por la arena hasta quedar a medio metro. Podía oler el coño excitado de su esposa, ver cada gota de jugos que corría por la base de la verga de Xavier. Renata se corrió gritando, el cuerpo convulsionando, los músculos de su abdomen apretando visiblemente. Xavier la sujetó por las caderas y la folló desde abajo con fuerza brutal hasta que también explotó, llenándola por tercera vez con chorros abundantes que desbordaron y cayeron sobre sus huevos.
Renata se levantó tambaleante, las piernas temblando, el semen chorreando por sus muslos hasta la arena caliente. Miró a su marido con ojos brillantes de poder.
—Límpame con la lengua otra vez, cornudo. Aquí, bajo el sol, para que Xavier vea lo bajo que has caído.
Warrick obedeció al instante, hundiendo la cara entre las nalgas de su mujer mientras el semen caliente de su amigo le llenaba la boca. Renata le acariciaba el pelo con falsa ternura, pero su voz era pura dominación.
—Esto solo es el segundo día, Warrick. Esta noche quiero que Xavier me folle el culo mientras tú sostienes mis piernas abiertas. Y mañana… ya veremos hasta dónde puedo humillarte antes de que te rompas. ¿Estás preparado para lo que viene, mi amor?
Xavier soltó una risa baja, todavía tumbado en la toalla con la polla brillante y semidura. El sol seguía subiendo. El verano apenas había empezado a arder, y Renata ya planeaba cómo hacer que cada día fuera más sucio, más público y más degradante para el hombre que una vez creyó que la poseía. Warrick solo pudo gemir contra su coño lleno, sabiendo que diría que sí a todo.
La brisa del mediodía les acompañó de regreso a la casa, pero ninguno habló. Renata caminaba delante, balanceando las caderas con descaro, el bikini rojo microscópico apenas conteniendo sus nalgas marcadas por los azotes de Xavier. El semen de él seguía escapando de su coño y le bajaba por los muslos bronceados, brillando bajo el sol. Warrick, cargando las toallas y la nevera como un sirviente, no podía apartar la vista de aquellas gotas espesas. Su polla de 38 años, ejecutiva humillada, palpitaba dentro del bañador, dolorida de tanto contenerse. «Cada vez es peor… o mejor. Ya no sé distinguir», pensó, tragando el sabor que aún le quedaba en la lengua.
Xavier, con el bañador ajustado marcando su paquete semierecto, sonreía con esa arrogancia tranquila de quien sabe que ha conquistado territorio ajeno. Al entrar en la casa, Renata se detuvo en el salón, se giró y señaló el suelo.
—Arrodíllate, cornudo. Limpia el resto antes de que manche el suelo.
Warrick obedeció al instante. Se puso de rodillas y hundió la cara entre las piernas de su mujer, lamiendo con devoción las gotas que caían. El sabor era más fuerte ahora, mezclado con el sudor de la playa y el aroma almizclado de su coño excitado. Renata le agarró del pelo con fuerza, frotándose contra su boca.
—Así, Warrick. Saborea lo que un hombre de verdad deja dentro de mí. Xavier, míralo… mi marido convertido en aspiradora de semen.
Xavier soltó una risa grave y se acercó, bajándose el bañador. Su polla gruesa, aún brillante de fluidos, golpeó la mejilla de Warrick.
—Chúpala un poco, cornudo. Solo para que esté dura otra vez. No te la metas entera, que sé que no te atreves. Solo la punta.
Warrick levantó la mirada hacia Renata. Ella asintió con una sonrisa cruel.
—Hazlo. Quiero verte lamiendo la polla que acaba de follarme.
Con el corazón latiéndole en la garganta, Warrick sacó la lengua y rodeó el glande hinchado de su mejor amigo. El sabor era intenso, salado, masculino. Solo lamió la cabeza, como le ordenaron, mientras Renata observaba y se tocaba el clítoris. Xavier gruñó de placer.
—Joder, Renata, tu marido tiene lengua obediente. Pero ahora quiero tu culo. Esta noche cumples lo que prometiste en la playa.
Renata se mordió el labio, sintiendo un nuevo latigazo de calor en el vientre. Llevaba días fantaseando con entregarle también el culo. Su coño ya estaba conquistado; ahora quería que Warrick viera cómo su amigo le abría el agujero más prohibido.
Subieron al dormitorio principal. La cama estaba revuelta de la noche anterior, las sábanas manchadas con evidencias secas de su lujuria. Renata se quitó el bikini y se tumbó boca arriba, abriendo las piernas sin pudor. Sus 32 años de mujer madura y dueña de su deseo brillaban en cada curva: tetas firmes, pezones oscuros erectos, coño hinchado y reluciente.
—Warrick, trae el lubricante del cajón. Luego siéntate en la silla pero cerca. Sostendrás mis piernas abiertas para que Xavier me folle el culo con comodidad. Quiero que veas cada centímetro entrando.
El marido obedeció con manos temblorosas. Colocó el frasco en la mesilla y se sentó al borde de la cama, agarrando los tobillos de Renata y tirando de ellos hacia atrás, abriéndola obscenamente. Su cara quedó a menos de treinta centímetros del coño y el ano expuestos. Xavier se arrodilló entre las piernas, untando su polla gruesa y venosa con lubricante. La cabeza rosada presionó contra el ano fruncido de Renata.
—Míralo bien, cornudo —gruñó Xavier—. Voy a abrirle el culo a tu mujer delante de tus narices.
Renata jadeó cuando la presión aumentó. El glande empujó, abriéndola lentamente. El ardor fue intenso pero placentero; llevaba semanas preparándose con juguetes para este momento. Warrick veía cómo el ano de su esposa se estiraba alrededor de aquella verga mucho más gruesa que la suya. Cada centímetro que desaparecía arrancaba un gemido gutural a Renata.
—¡Dios… sí! ¡Más adentro, Xavier! ¡Rómpeme el culo mientras mi marido mira!
Warrick sentía la polla a punto de explotar sin tocarla. El olor a lubricante, a sexo anal y a coño mojado le inundaba las fosas nasales. «Esto es demasiado… mi mejor amigo follándose el culo de Renata y yo sosteniéndole las piernas como un puto accesorio», pensó, y esa humillación le hizo gotear precum sobre su propio muslo.
Xavier empezó a bombear con más ritmo, cada embestida más profunda. El ano de Renata lo succionaba, apretando la base de su polla. Sus tetas rebotaban con cada golpe. Ella no dejaba de mirar a Warrick a los ojos.
—¿Ves cómo me gusta, cariño? Tu polla nunca me ha follado así. Este culo ahora es de Xavier. ¡Más fuerte! ¡Quiero sentirte hasta las bolas!
Xavier le dio un azote en la nalga y aceleró, follando el culo con golpes secos y húmedos. El sonido obsceno llenaba la habitación. Renata se corrió sin tocarse el clítoris, el orgasmo anal la hizo convulsionar y gritar obscenidades. Sus paredes internas apretaron la polla de Xavier con tanta fuerza que él no aguantó más.
—Voy a correrme dentro de tu culo, zorra —rugió.
Se clavó hasta el fondo y descargó chorros espesos y calientes directamente en sus intestinos. Renata sintió cada pulsación, cada salpicadura caliente. Cuando Xavier se retiró lentamente, el ano quedó abierto, rojo, palpitante, y un hilo blanco y cremoso comenzó a brotar.
—Ahora limpia, cornudo —ordenó Renata con voz ronca de placer—. Con la lengua. Quiero que pruebes el sabor de su leche en mi culo.
Warrick soltó los tobillos de su mujer y hundió la cara entre sus nalgas sin protestar. Lamió el ano dilatado, recogiendo el semen espeso de Xavier con la lengua. El sabor era más amargo, más intenso. Mientras lo hacía, Renata le acariciaba el pelo con una mano y con la otra se masturbaba el clítoris, corriéndose por tercera vez en su cara.
—Buen chico… buen cornudito. Trágatelo todo.
Esa noche durmieron de nuevo los tres en la cama grande. Renata en el centro, acurrucada contra el pecho de Xavier, una pierna sobre su muslo. Warrick apretado contra el borde, oliendo el sexo en la piel de ambos, con la polla dolorida y sin permiso para correrse.
Al día siguiente la escalada subió otro nivel. Renata decidió que irían a la cala semioculta que estaba a veinte minutos caminando por el sendero de la costa. No era completamente privada: de vez en cuando pasaban kayaks o algún senderista atrevido. El riesgo era real.
Bajaron con solo toallas y una botella de agua. Renata llevaba un pareo transparente que no ocultaba nada. En cuanto llegaron a la pequeña playa de piedras y arena, se quitó la prenda y se quedó completamente desnuda. Su cuerpo de 32 años relucía bajo el sol.
—Hoy quiero que me folles el coño y el culo alternando, Xavier. Y tú, Warrick, te vas a quedar de pie a un metro, pajeándote pero sin correrte. Si viene alguien, no te detengas. Quiero que nos vean.
Xavier la tumbó sobre la toalla grande. Le levantó las piernas y la penetró primero el coño, follándola con embestidas largas y profundas. El sonido de piel contra piel se mezclaba con las olas. Renata gemía sin bajar el volumen. Warrick, de pie, se pajeaba con la mano lenta, viendo cómo la polla de su amigo entraba y salía, brillante de jugos.
—Cambia —ordenó Renata jadeando.
Xavier sacó la polla del coño y la colocó en el ano. Empujó y entró más fácilmente después de la noche anterior. Renata soltó un grito de placer que resonó contra las rocas. Desde su posición, Warrick podía ver perfectamente cómo el ano tragaba la verga gruesa, cómo el coño abierto goteaba jugos sobre las piedras.
De pronto oyeron voces. Dos kayaks aparecieron a lo lejos, acercándose a la cala. Renata no permitió que pararan.
—Sigue follándome el culo, Xavier. Warrick, no dejes de pajearte. Que vean lo que soy.
Los kayaks pasaron a menos de treinta metros. Los dos hombres que los ocupaban miraron boquiabiertos la escena: una mujer siendo follada salvajemente en el culo mientras su marido se masturbaba a un lado. Renata les sostuvo la mirada, gimiendo más fuerte, y se corrió con violencia. Xavier gruñó y se corrió también, llenándole el recto por segunda vez en menos de veinticuatro horas.
Cuando los kayaks desaparecieron, Renata se levantó tambaleante, semen escapando de su ano y de su coño. Miró a Warrick con ojos brillantes de poder absoluto.
—Límpialo todo. Con la boca. Aquí mismo.
Warrick se arrodilló sobre las piedras y lamió primero el coño, luego el ano dilatado, tragando la mezcla espesa mientras su propia polla palpitaba al borde del orgasmo sin permiso. Renata le sujetaba la cabeza con fuerza.
—Esta noche quiero que Xavier me folle delante de la ventana abierta, con las luces encendidas. Mañana… he estado pensando en invitar a cenar a esa pareja que conocimos en el pueblo el año pasado. No les diremos nada al principio, pero si surge… quizás dejes que me follen los dos mientras tú sostienes las copas y miras. ¿Te excita la idea, mi cornudo?
Warrick solo pudo gemir contra su carne abierta, sabiendo que la espiral no tenía fin y que cada día Renata empujaría los límites un poco más lejos. El verano aún tenía muchas semanas por delante, y la humillación apenas empezaba a volverse realmente pública. Xavier observaba la escena con la polla aún semierecta, sonriendo, consciente de que el verdadero espectáculo estaba solo comenzando.
La brisa nocturna entraba por las ventanas abiertas, pero ninguno de los tres prestaba atención al fresco que traía el mar. Xavier observaba la escena con la polla aún semierecta, sonriendo, consciente de que el verdadero espectáculo estaba solo comenzando. Renata, con el cuerpo todavía tembloroso por el orgasmo en la cala, se incorporó sobre las piedras y miró a su marido de 38 años, que seguía de rodillas con la cara reluciente de semen y jugos vaginales. El semen espeso de Xavier seguía escapando de su ano dilatado y de su coño hinchado, bajando en hilos lentos por sus muslos bronceados hasta la arena.
—Levántate, Warrick —ordenó ella con esa voz ronca de puta satisfecha—. El show de la playa fue solo el calentamiento. Esta noche abriremos las ventanas del dormitorio de par en par, encenderemos todas las luces y dejarás que cualquiera que pase por el sendero vea exactamente lo que eres: un cornudo de 38 años pajeándose mientras tu mujer de 32 se entrega como una zorra sin límites a la polla de tu mejor amigo. Y tú no solo mirarás. Te tumbarás debajo de nosotros para lamer mi clítoris y chupar sus huevos mientras me abre el coño y el culo. ¿Entiendes?
Warrick se puso de pie tambaleante, la polla dolorosamente dura dentro del bañador, goteando precum como un grifo roto. «Soy un ejecutivo que dirige una multinacional con mano de hierro, y aquí estoy, babeando por lamer la verga de Xavier mientras destroza a mi propia esposa. Esto me humilla hasta el fondo del alma… y nunca he estado tan cachondo en mi vida», pensó, asintiendo con la cabeza gacha mientras recogía las toallas.
Xavier, el arquitecto de 35 años con el torso ancho y bronceado marcado por el sol, le dio una palmada fuerte en el hombro a su amigo.
—Tu mujer es una hembra insaciable, Warrick. Y tú has nacido para esto. Vamos a hacer que grite tan alto que medio pueblo se corra mirándonos.
El camino de regreso a la casa fue una lenta tortura. Renata caminaba delante, balanceando las caderas con descaro bajo el pareo transparente. Cada paso hacía que más semen cremoso saliera de sus dos agujeros, brillando bajo la luz de la luna. Se detenía cada pocos metros, separaba las nalgas y ordenaba a Warrick que lamiera lo que caía, obligándolo a arrodillarse en el sendero mientras Xavier observaba con la polla ya medio dura otra vez. El sabor amargo y espeso le llenaba la boca a Warrick, que tragaba sin protestar, la cara pegajosa y la polla latiéndole sin piedad.
Al llegar a la casa, Renata no le dio ni un respiro.
—Warrick, a la cocina. Prepara una cena ligera: algo rápido y frío. Xavier y yo nos vamos a duchar. Quiero que escuches cada gemido mientras él me folla contra los azulejos. Y ni se te ocurra tocar esa polla de cornudo. Solo se correrá cuando yo lo decida, si es que lo decido.
Desde la cocina, mientras cortaba tomates y colocaba el vino blanco en la nevera, Warrick oyó todo con claridad brutal. Los gemidos guturales de Renata rebotaban en las paredes: «¡Sí, métemela entera, Xavier! ¡Más fuerte, rómpeme este coño que mi marido ya no toca!». El sonido húmedo de carne contra carne, los azotes, los gruñidos graves de su amigo. Warrick se agarraba al borde de la encimera, la polla tan dura que le dolía, imaginando las tetas firmes de su mujer rebotando contra la pared mojada mientras Xavier la empalaba desde atrás. «Me han relegado a cocinero y limpiador. Mi cama ya no es mía, mi mujer ya no es mía… y estoy a punto de explotar solo con pensarlo».
Cuando bajaron, Renata tenía el pelo mojado pegado a la espalda y los pezones oscuros marcados contra la fina camiseta que se había puesto sin nada debajo. Xavier solo llevaba un pantalón corto de lino, el bulto de su polla gruesa visible. Cenaron en la terraza, pero Renata se sentó directamente en el regazo de Xavier, frotando su coño desnudo contra la verga que ya volvía a endurecerse. Mientras comían, ella metía la mano dentro del pantalón de él y lo masturbaba lentamente, mirando a Warrick a los ojos.
—Mañana invitaremos a cenar a esa pareja del pueblo, la de él 42 años y ella 39 —dijo Renata con una sonrisa depredadora—. Primero beberemos vino, luego dejaré que él me toque las tetas delante de ti. Si surge, quizás deje que me folle mientras tú sostienes las copas y limpias lo que caiga. ¿Te excita la idea, mi cornudito?
Warrick tragó saliva, la cara ardiendo.
—Sí… joder, sí. Haré lo que quieras. Soy tu sirviente este verano.
La cena terminó pronto. El deseo quemaba demasiado. Subieron al dormitorio principal y Renata abrió las dos ventanas grandes de golpe, dejando que la brisa del Mediterráneo entrara libremente. Encendió todas las luces: lámparas de mesilla, plafón del techo, incluso la del baño. La habitación quedó iluminada como un escenario de teatro porno. Cualquiera que caminara por el sendero costero o navegara cerca vería cada detalle.
—Desnúdate y túmbate en el centro de la cama, boca arriba —le ordenó a Warrick—. Cabeza justo donde voy a estar yo.
Él obedeció al instante. Su polla, más corta y delgada que la de Xavier, apuntaba al techo, roja y palpitante. Renata se colocó encima en posición invertida, su coño hinchado y reluciente y su ano todavía entreabierto justo sobre la cara de su marido. El olor era abrumador: sexo, sudor, semen seco. Xavier se arrodilló entre las piernas abiertas de ella, su polla gruesa, venosa y completamente erecta brillando bajo la luz.
—Mira bien, cornudo —gruñó Xavier—. Voy a metérsela hasta el fondo mientras tú lames.
Empujó la cabeza hinchada contra el coño de Renata y entró de un solo golpe brutal, abriéndola por completo. Ella soltó un gemido largo y obsceno que salió por la ventana hacia la noche. Warrick sacó la lengua y empezó a lamer el clítoris hinchado de su mujer, sintiendo cómo la polla gruesa de su mejor amigo entraba y salía a solo dos centímetros de su nariz. Cada embestida hacía que los huevos pesados de Xavier golpearan su frente y que los jugos de Renata le salpicaran la cara.
—¡Así! ¡Fóllame como a una puta barata! —gritaba Renata, moviendo las caderas para que la verga entrara más profundo—. ¿Lo ves, Warrick? ¿Ves cómo esa polla que es el doble de gruesa que la tuya me llega donde tú nunca has llegado? ¡Lame más rápido, lame mi clítoris mientras él me destroza!
Warrick lamía con devoción absoluta, la lengua plana contra el botón sensible, rozando inevitablemente el tronco venoso de Xavier con cada embestida. El sabor salado de la polla de su amigo se mezclaba con el néctar dulce y espeso de su esposa. «Estoy chupando los jugos de la polla que está follando a mi mujer. Soy un lamevergas. Un puto aspirador de semen. Y me pone tan cachondo que creo que me voy a correr sin tocarme», pensaba, respirando con dificultad bajo el peso de Renata.
Xavier agarraba las nalgas firmes de ella, separándolas para que Warrick viera mejor cómo el coño tragaba su verga. El ritmo era salvaje, la cama crujía, los gemidos de Renata subían de volumen. De pronto se oyeron voces y pasos en el sendero debajo de la ventana. Una pareja de turistas paseaba con linternas. Las luces se detuvieron, apuntando directamente a la escena iluminada.
Renata, en vez de callarse, gritó aún más fuerte:
—¡Miradme! ¡Mirad cómo el amigo de mi marido me está abriendo el coño mientras mi cornudo lame debajo! ¡Más fuerte, Xavier! ¡Que vean lo puta que soy!
Los pasos se detuvieron. Las siluetas se quedaron quietas, observando. Eso llevó a Renata al límite. Convulsionó con un orgasmo brutal, su coño apretando la polla de Xavier como un puño mientras soltaba un chorro caliente que inundó la boca de Warrick. Este tragó todo, lamiendo sin parar.
Xavier no se detuvo. Sacó la polla chorreante del coño y la colocó directamente contra el ano de Renata.
—Ahora el culo, zorra. Abre bien para tu dueño.
Empujó y entró hasta la mitad de un golpe. Renata soltó un alarido de placer. Warrick cambió de objetivo: lamió el ano estirado, saboreando el lubricante natural de los fluidos, y luego chupó las bolas pesadas de Xavier mientras este empezaba a bombear con fuerza animal. El sonido era brutal, húmedo, obsceno. La polla entraba y salía del culo de Renata a centímetros de los ojos de su marido.
—¡Sí! ¡Rómpeme el culo delante de él! ¡Que esos desconocidos vean cómo me llenas el intestino! —gritaba Renata, completamente desatada.
Xavier aceleró, sudando, los músculos de su espalda tensos. Agarró el pelo de Renata y tiró hacia atrás como riendas.
—Dilo. Dile a tu marido lo que eres ahora.
—¡Soy tu puta personal, Xavier! ¡Este coño y este culo ya no son de Warrick! ¡Él solo lame y traga tu leche!
El ejecutivo humillado gemía debajo, la lengua trabajando sin descanso sobre el clítoris y las bolas, sintiendo cada pulsación, cada golpe. La pareja de la ventana seguía allí, paralizada. Xavier rugió como un animal, se clavó hasta el fondo en el culo de Renata y explotó. Chorros calientes y espesos inundaron sus intestinos, tanto que cuando se retiró lentamente, un río blanco y cremoso brotó directamente sobre la cara abierta de Warrick.
Renata tuvo un segundo orgasmo anal que la hizo temblar violentamente, gritando hacia la noche. Su cuerpo sudado cayó hacia delante, las tetas aplastadas contra el vientre de su marido, el ano palpitante soltando semen sobre la lengua de él. Warrick lamió todo con hambre, tragando la mezcla espesa y amarga mientras su propia polla palpitaba inútilmente, al borde sin permiso.
Xavier se dejó caer a un lado, jadeando, la polla brillante y aún medio dura. Renata respiraba agitada, con una sonrisa satisfecha y depredadora en los labios hinchados, el cuerpo cubierto de sudor y semen, mirando hacia la ventana donde las linternas por fin se alejaban. El dormitorio olía a sexo crudo, a culos follados y a humillación completa. Warrick seguía debajo, lamiendo los últimos hilos de leche que salían del ano abierto de su mujer, el corazón latiéndole en la garganta y la polla dolorida.
Renata soltó un gemido bajo de puro placer residual, apretando las nalgas para expulsar más semen sobre la cara de su cornudo.
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