Mercado Prohibido: La Esposa se Entrega al Tendero Frente a Su Marido
La esposa de 28 años, Paulina, se folla salvajemente al tendero Otto de 45 frente a su cornudo marido Félix en el mercado.
El sol de la tarde caía a plomo sobre el mercado de San Jerónimo, un hervidero de voces, olores a cilantro fresco, chile tostado y carne asada. Paulina, de veintiocho años, caminaba junto a su marido Félix entre los puestos abarrotados. Ella llevaba una falda floral ceñida que marcaba las caderas anchas y una blusa blanca que apenas contenía el pecho generoso; el calor le pegaba la tela a la piel morena y le hacía brillar un hilillo de sudor entre los pechos. Félix, treinta y dos años, tímido dueño de una pequeña tienda de abarrotes al otro lado del pueblo, iba un paso atrás, cargando la bolsa de mandado, con esa postura encogida que siempre adoptaba en público.
Fue entonces cuando lo vieron. Otto, el tendero de cuarenta y cinco años del puesto de frutas y verduras más grande del pasillo central, un hombre robusto de brazos gruesos, pecho ancho y bigote canoso, estaba acomodando mangos maduros. Sus ojos oscuros se clavaron en Paulina al instante. Una sonrisa lenta, casi insolente, le abrió la cara.
—Buenas tardes, linda —dijo Otto en voz alta, lo bastante para que Félix lo oyera—. Qué gusto ver esa cara bonita otra vez. Y ese cuerpazo… parece que el sol te sienta de maravilla.
Paulina sintió el calor subirle al cuello, pero no apartó la mirada. Sonrió de lado, mordiéndose el labio inferior con deliberada lentitud. Félix se puso rígido a su lado. La humillación le quemó las mejillas al mismo tiempo que una punzada traicionera de excitación le endurecía la polla dentro del pantalón. Su mujer respondía. Paulina inclinó la cabeza, dejando que el cabello castaño le cayera sobre un hombro desnudo.
—Buenas, don Otto —contestó ella con voz melosa—. Hoy trae las frutas bien jugosas, ¿verdad?
Otto se rio bajo, sacudiendo la cabeza mientras sus ojos bajaban sin pudor por el escote de Paulina, deteniéndose en la curva de las tetas y luego en la falda que se pegaba a los muslos.
—Jugosas y listas para chuparse, preciosa. Igual que tú, me atrevo a decir.
Félix apretó la bolsa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Quería intervenir, decir algo, pero la lengua se le pegó al paladar. Paulina dio un paso más cerca del mostrador de madera gastada. El aire olía a papaya abierta y a sudor masculino. Otto se inclinó sobre las cajas, invadiendo el espacio de ella sin tocarla todavía, y le habló al oído lo bastante bajo para que solo ella y, a medias, Félix lo escucharan.
—Apostaría a que estás empapada ya, Paulina. Pensando en esta verga gruesa que tengo aquí abajo. Dime que no se te hace agua esa conchita solo de imaginar cómo te la metería entera.
Paulina exhaló un temblor. Las tetillas se le endurecieron contra la blusa; Félix lo notó y se le secó la boca. Ella miró de reojo a su marido, encontrando en sus ojos esa mezcla de vergüenza y deseo que los tres ya reconocían. Luego volvió la cara hacia Otto.
—Está gordo de verdad, ¿eh? —susurró ella, provocadora—. Se me hace que sí estoy mojada. Félix… —le dijo a su marido sin apartar la vista del tendero—, quiero probar las frutas que me ofrece don Otto. Las quiere dar… de forma especial.
Félix tragó saliva. El rojo le subía hasta las orejas. Su polla palpitaba traidora contra la tela. Asintió, apenas un movimiento de cabeza, incapaz de formular palabra. El flirteo crecía y los tres lo consentían; el jugo espeso de la excitación compartida los envolvía entre el bullicio del mercado que seguía su curso a pocos metros, ciegos a lo que empezaba detrás del mostrador semioculto por cajas de plátanos y lonas.
Otto no esperó más. Rodeó el mostrador con paso seguro, agarró a Paulina por la nuca y la besó con fuerza, metiéndole la lengua hasta la garganta. Ella gimió en su boca, agarrándose a los hombros anchos del hombre mayor. Las manos de Otto bajaron, subieron la falda floral de un tirón hasta la cintura y, sin delicadeza, le arrancaron las bragas blancas, dejándolas colgando de un tobillo. El aire fresco le rozó el coño afeitadito y ya reluciente de lubricación.
—Mira, cornudo —gruñó Otto hacia Félix, que se había quedado congelado a un lado, con la respiración entrecortada—. Tu puta caliente de esposa ya chorrea solo de que le toque el culo. Abre bien esos ojos.
Empujó a Paulina hasta recostarla de espaldas sobre el mostrador de madera áspera, entre montones de naranjas y un cajón de chiles. Le abrió las piernas de un manotazo. La polla de Otto, gruesa, venosa, ya dura como hierro, salió del pantalón con un movimiento brusco. La frotó por la raja hinchada de Paulina, untándose de su jugo, y la embistió de un solo empujón hasta el fondo en posición de misionero.
Paulina gritó ahogado, arqueándose. —¡Joder, qué gruesa…! Sí, métela toda…
Otto la follaba salvaje, con embestidas profundas que hacían crujir la madera y rebotar las tetas de Paulina fuera de la blusa. Le pellizcó un pezón y le escupió en la boca abierta.
—Eres la puta caliente de tu cornudo marido, ¿verdad? Dilo. Di que te encanta que te destroce la concha delante de él.
—¡Sí! —jadeó Paulina, mirando a Félix con los ojos vidriosos de placer—. Soy su puta… la puta caliente de mi cornudo. Más duro, Otto, por favor…
Félix temblaba. Tenía la polla dolorosamente erecta, manchando ya el calzoncillo, pero no se atrevía a tocarla. Solo miraba cómo la verga gruesa de Otto entraba y salía reluciente del coño de su esposa, cómo los labios hinchados de ella se aferraban al glande en cada retirada. El sonido obsceno de carne contra carne se mezclaba con los gritos lejanos de los vendedores.
Otto la volteó de un jalón. Paulina quedó a cuatro patas sobre el mostrador, el culo en alto, la falda amontonada en la cintura. Él se plantó detrás y la penetró de nuevo con una embestida brutal que le arrancó un gemido gutural. Le agarró las caderas con fuerza, marcándole los dedos en la carne, y comenzó a golpearle el fondo del coño sin piedad. Con la mano libre le metió dos dedos en la boca.
—Chúpamelos, zorra. Y dile a tu marido lo que quieres.
Paulina chupó los dedos gruesos y callosos, babeando, mientras Otto la embestía tan fuerte que el mostrador se movía. Miró a Félix por encima del hombro, la cara deshecha de placer.
—Quiero que me llene de leche… —suplicó entre embestidas—. Que me deje el coño goteando la leche de Otto… por favor, mi amor, mírame mientras me la echa toda adentro… ¡Ah, sí, así, rómpeme!
Otto aceleró, gruñendo como animal. La humillación verbal caía sin filtro y los tres la bebían: Félix con la cara ardiendo y la polla latiendo, Paulina empujando el culo hacia atrás para recibirlo más hondo, Otto disfrutando cada segundo del espectáculo.
—Tu esposa es mía ahora, cornudo de mierda. Mira cómo se le abre el culo cuando le doy. Puta de mercado… te voy a dejar el útero pintado de blanco.
Paulina se corrió primero, convulsionando, el coño apretándole la verga a Otto en espasmos húmedos y ruidosos. Él la siguió segundos después, enterrándose hasta las bolas con un gruñido animal y disparando chorros calientes y espesos dentro de ella. Paulina gimió largo, sintiendo cómo la llenaba, cómo el semen le rebasaba ya y le resbalaba por los muslos interiores.
Otto se retiró despacio. Su polla salió chorreante, brillante de semen y del jugo de Paulina, todavía semi-erecta y pesada. Agarró a Félix por la nuca con la mano libre y lo acercó sin gentileza hasta la altura de su entrepierna.
—Límpiame, cornudo. Con la boca. Toda la leche que le dejé a tu mujer y la que me queda en la verga. Chupa.
Félix, rojo hasta el pecho, con los ojos húmedos de vergüenza y una excitación que lo hacía temblar, abrió la boca. El sabor salado y amargo lo invadió mientras lamía la polla gruesa de Otto, recogiendo los hilos blancos que colgaban del glande. Paulina, aún temblando sobre el mostrador, con el semen espeso resbalándole del coño abierto, se incorporó a medias, se acercó y besó a Otto con lengua lenta y posesiva. Le acarició el pecho sudado.
—Voy a volver sola al mercado —le susurró contra los labios, lo bastante alto para que Félix, todavía con la boca ocupada, lo oyera—. La próxima vez quiero más tiempo… y quiero que me uses hasta que no pueda caminar. Félix vendrá a mirar otra vez, ¿verdad, mi amor?
Félix solo pudo gemir alrededor de la verga que limpiaba. Otto se rio bajo, pasándole una mano por el pelo al marido humillado mientras le devolvía el beso a Paulina con hambre renovada. Afuera el mercado seguía vivo, indiferente. Dentro del puesto, el olor a sexo y a fruta madura se mezclaba, y la promesa de lo que vendría después ya les endurecía de nuevo a los tres.
El mercado seguía bullendo a pocos metros, pero detrás de las cajas de plátanos y las lonas manchadas el aire era solo sexo y fruta podrida de madura. Otto no soltó la nuca de Félix. Le empujó la cara más abajo, obligándolo a tragar el glande todavía pesado y brillante.
—Más profundo, cornudo. Limpia bien. Quiero sentir esa lengua de maricón hasta las bolas.
Félix gimió ahogado, los ojos llorosos, y obedeció. Chupó con torpeza, saboreando su propia humillación mezclada con el semen espeso que aún goteaba de la verga de Otto y el jugo de su mujer. Paulina se quedó mirándolos desde el mostrador, las piernas abiertas, el coño abierto y rosado vomitando hilos blancos que le resbalaban por el culo y le manchaban la falda arremangada. Se pasó dos dedos por la raja, recogió un chorro de leche ajena y se los metió en la boca, chupándolos con ruido obsceno mientras miraba a su marido.
—Así se chupa, Félix —dijo ella con voz ronca—. Aprende. Porque la próxima vez te voy a hacer limpiarme a mí también.
Otto se rio, grueso y satisfecho, y le dio una palmada en la mejilla a Félix antes de soltarlo. La polla del tendero ya volvía a endurecerse, subiendo pesada y venosa frente a la cara del marido. Paulina se deslizó del mostrador, las bragas rotas todavía colgando de un tobillo, y se arrodilló al lado de Félix. Agarró la verga de Otto con las dos manos y se la frotó por la mejilla sudada de su esposo.
—Mírala de cerca, mi amor —susurró—. Esta es la que me acaba de llenar. La que me va a volver a reventar. Ábrele la boca otra vez.
Félix abrió. Paulina guió el glande entre los labios de su marido y empujó. Otto gruñó y se embistió hasta la garganta del cornudo, sujetándole el pelo corto. Félix se atragantó, babas y restos de semen le escurrieron por la barbilla, pero no se apartó. Su propia polla latía dolorosa dentro del pantalón, mojando ya la tela gruesa. Paulina le bajó el cierre con dedos temblorosos y lo sacó: la verga de Félix era más delgada, roja, chorreando por adelantado. Ella le dio dos pajas lentas mientras Otto le follaba la boca a su marido.
—Mira cómo se pone duro solo de que te usen la cara —dijo Paulina, excitada—. Eres un cornudo perfecto. Quiero que te corras sin tocarte, solo mirando.
Otto se retiró de la boca de Félix con un hilo de baba. Agarró a Paulina por el brazo y la levantó de un tirón. La volteó de espaldas contra las cajas de mangos, le subió una pierna hasta la cadera y le hundió dos dedos gordos en el coño todavía lleno. El semen salió con un sonido húmedo y sucio. Él se los restregó por los labios de ella y luego por la cara de Félix.
—Pruébala. Así sabe tu puta después de que la uso.
Félix lamió. El sabor amargo y dulzón de la leche de Otto mezclada con el jugo de Paulina le llenó la lengua. Se le doblaron las rodillas. Paulina jadeó al verlo, se agarró al cuello de Otto y lo besó con hambre, chupándole la lengua mientras el tendero le abría más las piernas.
—Métela otra vez —rogó ella—. Quiero sentirla gruesa otra vez. Y que Félix vea cómo me la clavas hasta el fondo.
Otto no necesitaba que se lo pidieran dos veces. Alineó la verga hinchada y empujó de un solo golpe. Paulina gritó, el sonido ahogado entre el bullicio lejano de los gritos de “¡mangos, mangos maduros!”. La madera de las cajas crujió. Otto la embistió con fuerza brutal, levantándole casi del suelo, las tetas rebotando fuera de la blusa abierta. Cada embestida sacaba más semen anterior en espuma blanca alrededor de la verga gruesa.
—Más fuerte —suplicó Paulina, mirando a Félix con los ojos entrecerrados—. Dile lo que soy, mi amor. Dile en voz alta.
Félix tragó saliva, la cara ardiendo, la polla al aire palpitando al ritmo de las embestidas.
—Eres… eres la puta del mercado —logró decir, la voz rota—. La puta que se deja follar por el tendero… delante de mí.
—Más —exigió Otto, acelerando, el sonido de carne contra carne húmedo y obsceno—. Di que te gusta ver cómo le destrozo el coño a tu esposa.
—Me gusta —admitió Félix, temblando—. Me gusta ver cómo se le abre… cómo te la comes entera… joder, Paulina, te la comes toda…
Paulina se corrió otra vez, el cuerpo sacudiéndose, el coño apretando la verga de Otto en espasmos ruidosos. Un chorro claro le salió y le mojó los muslos a Otto. El tendero no se detuvo. La bajó, la puso de rodillas otra vez entre las cajas y le empujó la cara contra su entrepierna.
—Limpia lo tuyo y lo mío, zorra. Y tú, cornudo, ponte detrás. Ábrele el culo. Quiero ver tus dedos dentro mientras ella me chupa.
Félix se arrodilló temblando detrás de su mujer. Las manos le sudaban. Separó las nalgas morenas de Paulina, vio el coño goteando y el agujero apretado del culo. Metió un dedo primero, luego dos, sintiendo cómo ella empujaba hacia atrás. Paulina gemía alrededor de la verga de Otto, chupando con glotonería, babeando por la comisura, mirando a su marido por el rabillo del ojo.
Otto le agarró el pelo a Paulina y le folló la boca con embestidas profundas, hasta que ella se atragantaba y los ojos se le llenaban de lágrimas de placer. Félix le metió un tercer dedo en el culo, torpe pero obediente, y Paulina se vino otra vez solo de eso, temblando de rodillas, el coño contrayéndose en el vacío.
—Ahora los dos —ordenó Otto, la voz gruesa—. Tú, Félix, tírate al suelo. Boca arriba. Ella se te va a sentar en la cara. Y yo le voy a dar por el coño al mismo tiempo. Quiero que me lamas los huevos mientras se la meto.
Félix se tumbó entre las cajas de cítricos, el corazón martilleándole. Paulina se colocó a horcajadas sobre su cara sin dudar, el coño chorreante y el culo todavía abierto por los dedos. Bajó. El olor a sexo y semen llenó la nariz de Félix. Otto se arrodilló entre las piernas abiertas de ella y empujó otra vez dentro del coño caliente y resbaladizo. Cada embestida aplastaba el coño de Paulina contra la boca y la nariz de su marido. Félix lamió, chupó, se ahogó en jugo y leche, la lengua rozando a veces la base de la verga de Otto cuando esta entraba hasta el fondo.
—Así, cornudo —gruñó Otto—. Come el coño de tu mujer mientras yo se lo destrozo. Siente cómo late mi verga dentro de ella.
Paulina cabalgaba la cara de Félix y al mismo tiempo se empujaba contra las embestidas de Otto, los pechos colgando, los pezones duros rozando las cajas. Gritaba sin cuidado ya:
—¡Me estás rompiendo… los dos… joder, Félix, chúpame más, chúpame el clítoris mientras me la mete entera… Otto, lléname otra vez, por favor, lléname…!
Otto aceleró. El mostrador y las cajas temblaban. El olor a semen, sudor y papaya madura era espeso. Félix se corrió sin que nadie lo tocara, la polla disparando chorros calientes sobre su propia barriga y la madera del suelo, gimiendo dentro del coño de su esposa. Paulina sintió los espasmos de él bajo ella y se vino de nuevo, un orgasmo largo que le hizo echar la cabeza hacia atrás y morderse el labio hasta casi sangrar.
Otto la sacó del coño en el último segundo, se puso de pie y le pintó la cara a los dos: chorros espesos y calientes cayeron sobre la boca abierta de Paulina, sobre la frente de Félix, sobre las mejillas de ambos. Les restregó el glande por los labios, mezclando saliva y leche.
—Lámanse —dijo—. Uno al otro. Ahora.
Paulina se giró, todavía a gatas sobre su marido, y le lamió el semen de la cara a Félix con lengua lenta. Félix, derrotado y erecto otra vez a los pocos segundos, le devolvió el gesto, chupándole los labios manchados. Otto los miraba con la polla todavía semi-dura, pasándose la mano por el pecho sudado.
—Todavía no he terminado con ustedes dos —dijo en voz baja, casi cariñosa en su crudeza—. Esta noche el mercado cierra a las nueve. Ustedes se quedan. Voy a usar ese coño y ese culo hasta que Paulina no pueda cerrar las piernas. Y tú, Félix, vas a sostenerle las nalgas abiertas mientras se lo meto. ¿Entendido?
Paulina se incorporó un poco, el semen seco ya tirándole de la piel, y miró a su marido con una sonrisa torcida, satisfecha y hambrienta a la vez.
—Di que sí, mi amor. Di que nos quedamos. Quiero que me folle otra vez delante de ti… y quiero que me veas pedirle que me la meta por atrás también.
Félix asintió, la voz apenas un hilo:
—Nos quedamos… quiero verlo. Quiero que te la meta por donde quiera.
Otto se rio bajo, se abrochó el pantalón a medias y les limpió la cara a los dos con un trapo sucio de su puesto, como si fueran mercancía más. Afuera alguien gritaba el precio de los chiles. Dentro, Paulina se acomodó la falda sin ponerse bragas, el semen todavía resbalándole por los muslos interiores cada vez que se movía. Le dio un beso lento a Otto y otro, más sucio, a Félix.
—Esto apenas empieza —murmuró ella, tocándole la polla otra vez a su marido a través de la tela mojada—. La próxima ronda quiero que me amarre las manos con tu cinturón, Otto… y que Félix me las sostenga mientras me usas. Y después… después quiero que los dos me llenen al mismo tiempo. Uno en cada agujero. ¿Se imaginan? El cornudo y el tendero reventándome juntas.
Otto le apretó el culo con posesión, los dedos hundidos en la carne marcada ya por sus manos.
—Vas a tener lo que pediste, preciosa. Y más. Ahora ayúdame a acomodar estas putas naranjas como si nada hubiera pasado… mientras tu marido se queda ahí parado con la polla dura y la cara de semen, esperando el siguiente round. Porque en cuanto baje un poco la gente… te voy a doblar otra vez sobre esos sacos de papa y te voy a coger tan fuerte que van a oír tus gritos hasta el puesto de carnes.
Paulina sonrió, se limpió la comisura de la boca con el dorso de la mano y empezó a acomodar frutas con las tetas todavía medio afuera y el coño goteando a escondidas. Félix se quedó de pie, temblando, la polla de nuevo erecta y expuesta, sabiendo que la tarde apenas había empezado y que cada minuto que pasaba lo hundía más hondo en la excitación vergonzosa que ya no podía disimular. El sol seguía cayendo a plomo. El mercado no se había enterado de nada. Y los tres ya contaban los minutos para la siguiente embestida.
El sol empezaba a bajar un poco, tiñendo de naranja las lonas del mercado, pero el calor seguía pegajoso. Paulina acomodaba naranjas con las tetas aún medio afuera de la blusa abierta, los pezones oscuros y duros rozando la cáscara áspera cada vez que se inclinaba. El semen de Otto le resbalaba lento por el interior de los muslos, manchándole la falda floral y goteando en gotitas calientes sobre las tablas del suelo. Félix permanecía de pie a un metro, la polla expuesta, roja y palpitante, todavía manchada de su propio corrida anterior. No se atrevía a guardársela. Otto lo miraba de reojo mientras apilaba mangos, esa sonrisa insolente clavada en la cara.
—Sigue así, cornudo —murmuró el tendero sin alzar la voz—. Deja que te vean si alguien se asoma. Quiero que se te note lo duro que te pone ver a tu puta empapada de mí.
Paulina se rio bajito, un sonido ronco, y se pasó la mano por entre las piernas. Recogió un hilo espeso de leche ajena, se lo llevó a la boca y chupó los dedos mirando a su marido.
—Está caliente todavía, mi amor. Sabe a Otto. ¿Quieres probar?
Félix tragó saliva. El bullicio del pasillo había bajado; solo quedaban gritos lejanos y el olor a chile tostado. Asintió. Paulina se acercó, le metió los dedos en la boca y él lamió sin pensarlo, saboreando el amargor salado mezclado con el jugo dulzón de ella. Su polla dio un latido visible. Otto soltó una carcajada baja, se subió la bragueta a medias y agarró a Paulina por la muñeca.
—Ya basta de naranjas. Ven.
La arrastró hacia el fondo del puesto, detrás de los sacos de papa apilados hasta la altura del pecho. El olor a tierra húmeda y almidón se mezcló con el de sexo. Otto la dobló de un empujón sobre los sacos. La falda subió sola hasta la cintura. El culo moreno de Paulina, marcado aún por los dedos anteriores, quedó al aire; el coño hinchado, rosado, goteando todavía restos blancos. Félix se quedó a un lado, temblando, la respiración corta.
Otto se bajó el pantalón otra vez. La verga gruesa, venosa, ya dura del todo, pesaba entre sus piernas. La frotó por la raja abierta de Paulina, untándose del desastre que él mismo había dejado, y empujó de un solo golpe hasta el fondo. Paulina gritó, el sonido ahogado contra la lona del saco. Las tetas se le aplastaron contra la arpillera áspera; los pezones se le irritaron del roce. Otto no tuvo piedad. Empezó a embestir con fuerza brutal, las caderas golpeando el culo de ella con un sonido húmedo y obsceno de carne contra carne. Cada embestida sacaba espuma blanca alrededor de la base de su polla.
—Mira, Félix —gruñó Otto, sin soltar las caderas de Paulina—. Mira cómo se le abre. Cómo te come la verga de otro hasta el útero. Dile lo que es.
Félix se acercó, la cara ardiendo. Su propia polla chorreaba hilos transparentes que le caían al muslo. La voz le salió rota:
—Eres… la puta del tendero. La que se deja reventar sobre los sacos… delante de mí. Joder, Paulina, te la comes entera…
—Más fuerte, mi amor —suplicó ella entre embestidas, la voz entrecortada—. Dile que te gusta. Dile que quieres que me la meta más duro.
—Me gusta —confesó Félix, los ojos húmedos—. Me gusta ver cómo te destroza el coño… cómo te rebota el culo… quiero que te la meta toda…
Otto aceleró. Agarró el pelo castaño de Paulina y le levantó la cabeza para que mirara a su marido.
—Chúpale la polla mientras te follo, zorra. Sin usar las manos. Solo la boca.
Paulina abrió la boca. Félix se acercó temblando y ella lo engulló hasta la base, atragantándose de inmediato. El sabor de su propio precum se mezcló con el resto de semen de Otto que aún le quedaba en la lengua. Otto la embestía tan fuerte que cada embestida empujaba la cara de Paulina más hondo contra la polla de su marido. Félix gemía, las manos en puños a los costados, sin atreverse a agarrarle la cabeza. El coño de Paulina chasqueaba, sucio, resbaladizo; el semen anterior salía en hilillos que le resbalaban hasta el clítoris y le goteaban sobre los sacos.
—Meteme los dedos en el culo —ordenó Otto de pronto, mirando a Félix—. Ábrela. Quiero sentirla apretar mientras la reviento.
Félix se arrodilló detrás, a un costado. Las manos le temblaban. Separó las nalgas de su esposa, vio el agujero apretado y rosado, todavía brillante de saliva y jugo. Escupió sobre él —un gesto torpe, humillante— y metió un dedo. Paulina gimió alrededor de la polla de Félix, empujando el culo hacia atrás. Félix metió el segundo. El calor interno lo envolvió; sentía cómo la verga gruesa de Otto latía al otro lado, separada solo por una pared fina de carne. Cada embestida del tendero rozaba sus dedos.
—Tercero —exigió Otto—. Y muévelos. Estírala. Esta noche se la voy a meter por ahí y quiero que ya esté lista.
Félix obedeció. Tres dedos dentro del culo de su mujer, torpes, abriéndola mientras Otto le destrozaba el coño. Paulina se vino de golpe, el cuerpo sacudiéndose sobre los sacos, el grito ahogado contra la verga de Félix. Un chorro claro le salió del coño y le mojó las bolas a Otto. El tendero no se detuvo. La sacó de la polla de Félix, la levantó y la volteó. Ahora Paulina quedaba sentada sobre un saco, las piernas abiertas en V, el coño expuesto y el culo todavía abierto por los dedos de su marido. Otto se plantó entre sus muslos y la penetró de nuevo en un ángulo que le rozaba el fondo en cada embestida.
—Sosténle las piernas, cornudo —dijo—. Bien abiertas. Quiero que veas cómo le entra hasta las bolas.
Félix se colocó detrás del saco, agarró los muslos morenos de Paulina y los abrió al máximo. Veía todo: la verga gruesa entrando y saliendo, brillando de jugos mezclados, los labios hinchados de ella aferrados al tronco, el clítoris hinchado y rojo. Paulina miraba a su marido con ojos vidriosos, la boca abierta, babeando.
—Mírame, Félix… mírame mientras me llena otra vez… quiero tu cara cuando sienta la leche caliente… ah, joder, Otto, más hondo…
Otto le escupió entre las tetas y le restregó la saliva por los pezones. Luego se inclinó y la besó con lengua profunda, sucia, mientras la embestía sin parar. Félix sentía el calor de los muslos de su mujer bajo las manos; su propia polla latía contra el saco, olvidada, chorreando sobre la arpillera.
—Dile que te la meta por el culo ahora —susurró Paulina contra la boca de Otto, lo bastante alto para que Félix oyera—. Dile que quiero probarla ahí… delante de ti.
Félix sintió un escalofrío que le bajó por la espalda hasta la polla. La voz le salió apenas un hilo:
—Métela… por el culo. Quiero ver cómo se la comes por atrás… quiero que le abras el culo a mi mujer…
Otto se rio, grueso, y se retiró del coño con un sonido sucio. El glande brillaba, grueso, hinchado. Escupió sobre el agujero de Paulina, ya dilatado por los dedos de Félix, y presionó. La cabeza entró despacio. Paulina arqueó la espalda, un gemido largo y gutural saliéndole del pecho. Otto empujó centímetro a centímetro hasta que las bolas le tocaron el culo. Se quedó quieto un segundo, disfrutando la presión.
—Está apretada, cornudo. Como virgen. Siente.
Agarró la mano de Félix y se la puso en la base de su propia verga, donde entraba en el culo de Paulina. Félix tocó la carne estirada, caliente, el anillo apretado alrededor del tronco grueso. Otto empezó a moverse. Embestidas cortas al principio, luego más largas, más profundas. El culo de Paulina se abría y se cerraba alrededor de él con un sonido obsceno. Ella gritaba ya sin cuidarse:
—¡Sí… rómpeme el culo… joder, qué gruesa… Félix, míralo, míralo cómo me la mete entera…!
Otto le agarró el cuello con una mano y la folló el culo con la misma salvajismo con que le había roto el coño. Cada embestida hacía rebotar las tetas de Paulina. Félix, todavía sosteniéndole los muslos, se inclinó y lamió el clítoris hinchado de su esposa mientras el tendero se la cojía por atrás. El sabor a semen y a ella lo embriagó. Paulina se corrió otra vez, el culo contrayéndose en espasmos alrededor de la verga de Otto, el coño vacío chorreando jugo claro sobre la cara de su marido.
Otto gruñó, aceleró y se enterró hasta el fondo. Disparó dentro del culo de Paulina, chorros calientes y espesos que ella sintió llenándola, rebosando ya alrededor de la verga. Se quedó clavado, respirando pesado, y luego se retiró despacio. El agujero quedó abierto, rosado, vomitando hilos blancos que le resbalaban hacia el coño y le manchaban los sacos.
—Limpia —ordenó Otto, mirando a Félix—. Con la lengua. Todo. El culo y lo que se salga.
Félix se arrodilló entre las piernas abiertas de su mujer. El olor era denso, a sexo y a semen fresco. Acercó la boca y lamió. La lengua le entró en el agujero dilatado, recogiendo la leche caliente, saboreando la humillación hasta el fondo. Paulina se pasó los dedos por el pelo de él, empujándolo más contra su culo.
—Así, mi amor… trágatela… limpia lo que me dejó el tendero…
Otto se limpió la verga con la falda de Paulina y se la restregó después por la cara de Félix, mezclando saliva y restos. Luego se abrochó a medias el pantalón y miró el reloj de pared polvoriento del puesto.
—Faltan dos horas para las nueve. La gente se va a ir. Ustedes se quedan aquí, detrás de los sacos. Voy a bajar las lonas del frente y voy a usar ese coño y ese culo hasta que Paulina no pueda caminar. Félix, vas a sostenerle las nalgas abiertas todo el tiempo. Y cuando yo diga, te la vas a meter tú también. Uno en cada agujero, como pidió la puta. ¿Queda claro?
Paulina, todavía recostada sobre los sacos, el semen resbalándole del culo abierto, sonrió con los labios hinchados. Agarró la polla dura de su marido y le dio dos pajas lentas, untándola con lo que le quedaba en los dedos.
—Di que sí, Félix. Di que quieres que nos queden los dos adentro al mismo tiempo. Que me reventemos juntas el cornudo y el tendero.
Félix levantó la vista, la cara brillando de saliva y leche ajena, los ojos oscuros de vergüenza y de una excitación que ya no podía esconder.
—Sí… quiero eso. Quiero metérmela mientras Otto te la mete… quiero sentirlo dentro de ti al mismo tiempo… quiero que me uses hasta que no pueda más.
Otto le dio una palmada en la mejilla a Paulina, posesiva, y después otra en el culo aún abierto.
—Entonces acomoda tu falda, preciosa. Y tú, cornudo, guárdate esa polla llorona un rato. En cuanto cierre el último puesto de al lado… te voy a amarrar las manos a ella con mi cinturón y vamos a empezar de verdad. Esta noche el mercado es solo nuestro. Y ustedes dos van a salir de aquí cojeando y llenos de mí.
Paulina se incorporó despacio, el semen seco ya tirándole de los muslos, y se acomodó la blusa sin abrocharla del todo. Le dio un beso lento a Otto, chupándole la lengua, y después otro más sucio a Félix, compartiendo el sabor. Afuera alguien gritaba que bajaban las cajas. Dentro, detrás de los sacos de papa, el aire seguía cargado de sexo y de la promesa espesa de lo que venía cuando el sol se ocultara del todo. Félix se subió el pantalón con dedos torpes, la polla todavía dura y dolorida, sabiendo que cada minuto que pasaba lo hundía más hondo. Paulina le apretó la mano un segundo, los ojos brillantes.
—Aguanta un poco más, mi amor. Cuando estemos a oscuras… quiero que me veas pedirle que me la meta más fuerte. Y quiero que me oigas gritar tu nombre mientras me llena el culo otra vez. Esto apenas empieza a ponerse bueno.
Otto apagó la luz del fondo del puesto. Solo quedó el resplandor anaranjado del atardecer filtrándose entre las lonas. Los tres respiraban agitados, el cuerpo aún zumbando, contando los minutos en silencio mientras el mercado se vaciaba a su alrededor y la noche les abría el camino para todo lo que todavía no habían hecho.
Cuando el último grito de los vendedores se apagó y el pasillo quedó en silencio pegajoso, Otto bajó las lonas del frente con un tirón seco. El resplandor anaranjado del atardecer se filtró entre las grietas, tiñendo de cobre los sacos de papa y el cuerpo todavía desordenado de Paulina. Ella tenía veintiocho años, las tetas medio afuera, la falda arremangada y el semen seco tirándole de los muslos interiores cada vez que se movía. Félix, de treinta y dos, se quedó de pie con la polla ya otra vez dura dentro del pantalón húmedo, el corazón latiéndole en la garganta. Otto, cuarenta y cinco años de pecho ancho y bigote canoso, se quitó el cinturón de cuero grueso con un chasquido lento.
—Manos atrás, preciosa —ordenó.
Paulina obedeció sin dudar. Él le cruzó las muñecas a la espalda y las amarró apretadas con el cinturón, la hebilla clavándose en la carne morena. El cuero le rozaba los pezones cada vez que respiraba. Félix sintió un latido traicionero en la entrepierna al verla así, indefensa y mojada, el coño todavía abierto y brillante. Otto la dobló otra vez sobre los sacos, le separó las nalgas con las dos manos y le escupió directo al culo dilatado.
—Sosténle las nalgas bien abiertas, cornudo. Quiero ver todo mientras se la meto.
Félix se arrodilló detrás, temblando, y abrió las nalgas de su esposa con los pulgares. El agujero rosado se contrajo, todavía goteando restos blancos de antes. Otto alineó la verga gruesa, venosa, ya dura como hierro, y empujó de un solo golpe hasta las bolas. Paulina gritó contra la arpillera, el sonido ahogado y gutural. El culo se le abrió alrededor del tronco espeso; cada embestida sacaba un chasquido húmedo y hacía rebotar las tetas contra los sacos. Otto le agarró el pelo castaño y le levantó la cara para que mirara a su marido.
—Dile lo que sientes, puta de mercado.
—Me está rompiendo el culo… —jadeó ella, los ojos vidriosos—. Está tan gruesa… Félix, míralo cómo me entra entera… quiero que me la deje adentro otra vez…
Otto aceleró, salvaje, las caderas golpeando la carne con fuerza brutal. Félix veía todo de cerca: cómo el anillo apretado se estiraba, cómo la verga salía reluciente de jugo y saliva, cómo el coño vacío de Paulina chorreaba hilos claros sobre los sacos. Su propia polla palpitaba dolorosa. Paulina se corrió primero, el culo contrayéndose en espasmos alrededor de Otto, un gemido largo que le hizo arquear la espalda amarrada.
—Ahora tú —gruñó Otto, sacándose del culo con un sonido sucio—. Túmbate. Ella se te va a montar. Yo le entro por atrás al mismo tiempo. Uno en cada agujero, como pidió la zorra.
Félix se tumbó entre los sacos, la madera fría contra la espalda. Paulina, con las manos todavía atadas, se colocó a horcajadas sobre él con ayuda de Otto. El coño hinchado y resbaladizo bajó sobre la polla más delgada de su marido y la engulló de un empujón. Félix gimió, el calor apretado lo envolvió hasta la base. Otto se arrodilló detrás, separó las nalgas otra vez y presionó el glande contra el culo ya abierto. Empujó despacio, centímetro a centímetro, hasta que las bolas le tocaron. Paulina gritó, el cuerpo temblando entre las dos vergas.
—Joder… los dos… los siento los dos… —balbuceó ella, la cara deshecha de placer—. Muévanse… fóllenme juntas…
Otto empezó a embestir. Cada embestida empujaba a Paulina más hondo sobre la polla de Félix. Félix levantaba las caderas, follándola desde abajo mientras sentía la verga gruesa de Otto latir al otro lado de la pared fina de carne. El roce era obsceno, húmedo, imposible de ignorar. Paulina cabalgaba y se empujaba a la vez, las tetas rebotando, la saliva cayéndole por la comisura. El olor a semen, sudor y papa cruda llenaba el aire cerrado.
—Más fuerte —suplicó ella—. Dile, Félix… dile que te gusta sentir cómo me la mete mientras tú estás adentro…
—Me gusta —admitió Félix, la voz rota, las manos agarrándole las caderas a su mujer porque ella no podía—. Me gusta sentir tu verga gruesa rozándome dentro de ella… me gusta ver cómo se le abre el culo… joder, Paulina, te estamos reventando juntas…
Otto le metió dos dedos en la boca a Paulina y ella los chupó babeando. Aceleró, salvaje, el sonido de carne contra carne y contra carne otra vez. Félix se corrió primero, disparando chorros calientes dentro del coño de su esposa, gimiendo como animal. Paulina lo sintió llenarla y se vino en cascada, el coño y el culo apretando las dos vergas en espasmos ruidosos. Otto gruñó, se enterró hasta el fondo del culo y disparó, chorros espesos que rebosaron alrededor de la base y le resbalaron a Félix por las bolas.
Se quedaron así un momento, jadeando, las tres respiraciones mezcladas. Otto se retiró despacio; el culo de Paulina quedó abierto, vomitando leche blanca que le goteó sobre la polla todavía enterrada de Félix. Otto desató el cinturón. Paulina se desplomó hacia adelante sobre el pecho de su marido, las muñecas marcadas, y le besó la boca con lengua lenta, compartiendo saliva y el sabor de los tres.
—Limpien —ordenó Otto, la voz gruesa pero satisfecha—. Uno al otro. Quiero verlos tragar lo que les dejé.
Paulina se deslizó hacia abajo, lamió la polla de Félix cubierta de semen mezclado, chupando hasta dejarla limpia. Después se giró y le ofreció el culo abierto a la boca de su marido. Félix lamió, la lengua dentro del agujero dilatado, tragando la leche caliente de Otto mientras ella le acariciaba el pelo. Otto se limpió la verga en los labios de ambos, restregándoles el glande por la cara manchada.
La noche ya era oscura del todo. Otto subió un poco las lonas, el aire fresco entró oloroso a mercado cerrado. Paulina se acomodó la falda sin bragas, el semen fresco resbalándole otra vez por los muslos. Félix se subió el pantalón con dedos torpes. Otto les pasó un trapo sucio por la cara, casi cariñoso en su crudeza, y les dio un golpecito en el culo a Paulina.
—La próxima semana mismo horario —dijo—. Y la siguiente también. Ustedes dos ya son míos los martes.
Paulina sonrió, se pegó a Otto un segundo y le chupó el labio inferior. Después tomó la mano de Félix y lo guió hacia la salida trasera del puesto, cojeando un poco, el cuerpo aún zumbando. Afuera la plaza estaba casi vacía, solo faroles amarillos y el olor lejano a chile. Caminaron en silencio hasta la esquina, el semen secándose en la piel de ella, la polla de Félix todavía sensible dentro de la tela.
Félix detuvo a Paulina bajo un farol, le apartó un mechón de la cara y le besó la frente con una ternura que no había tenido en todo el día. Ella lo miró, los ojos brillantes, y él le susurró al oído lo bastante bajo para que solo ella oyera:
—Gracias por fingir que te sorprendía. Desde el primer mango supe que Otto era el mismo hombre al que le pedí que te follara cuando te casamos.
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