Vecino que Desea Desde Hace Meses

Dos obreros adultos, Felix el bombero de 32 y Andre el de 28, se ceden por fin a meses de deseo gay y follan duro y crudo en la terraza

11 min read September 20, 2026New

El calor de aquella tarde de verano pegaba en la piel como una caricia pesada cuando Andre llegó al edificio con el sudor aún seco de la obra. Tenía veintiocho años, los hombros anchos de cargar hierro y ladrillo, y la polla ya medio dura solo de pensar en el vecino del 4B. Felix. Bombero de treinta y dos, cuerpo tallado a fuerza de turnos y gimnasio, esa sonrisa de media luna que le había robado el sueño durante meses.

Se cruzaron en el pasillo como tantas otras veces. Felix salía en shorts negros y camiseta blanca ceñida, el pecho marcando pezones duros contra la tela. Andre se detuvo, llaves en la mano, y esa mirada se clavó otra vez: baja a la entrepierna, sube a la boca, se queda en los ojos. Felix sonrió de lado.

—Ey, Andre. Hace un calor de puta madre. Tengo cervezas frías en la terraza. ¿Te apuntas o sigues mirándome como si quisieras comerme aquí mismo?

Andre sintió el golpe de sangre en la polla. Llevaba meses deseándolo: cada vez que coincidían en el gimnasio del edificio, Felix sudando en la prensa de pecho, venas saltándole en los brazos, Andre en la cinta al lado fingiendo que no se le notaba el bulto. Sonrisas cómplices. Comentarios al aire. Ninguno se atrevía. Hasta ahora.

—Me apunto —dijo Andre, voz ronca—. Y sí, te miro como quiero comerte. Llevo meses.

Felix soltó una risa baja, satisfecha, y le abrió la puerta de su departamento. La terraza daba al oeste; el sol aún calentaba las baldosas. Dos cervezas bien frías, sillones bajos. Se sentaron cerca. Demasiado cerca. Las rodillas se rozaron. Andre bebió un trago largo y notó cómo Felix lo miraba de reojo, fijándose en la manzana de Adán, en la boca, en la erección que ya no disimulaba bajo el pantalón de trabajo.

—Te he visto en las duchas del gym —confesó Felix sin rodeos, la voz gruesa—. Esa polla gruesa que se te marca. Esas manos callosas. Llevo meses fantaseando con follarte. Con abrirte de piernas y metértela hasta el fondo mientras me miras con esa cara de obrero cabreado y caliente. Quiero oírte gemir mi nombre.

Andre se le puso dura del todo. Trago de cerveza. Se pasó la lengua por los labios.

—Y yo con chupártela hasta que se te pongan los ojos en blanco, bombero. Quiero esa verga venosa que se te marca en los shorts cada puta mañana. Quiero que me des duro. Que me uses. Llevo meses pajándome pensando en ti follándome en esta terraza, en tu sofá, contra la puta pared.

Felix inclinó el cuerpo. Su mano grande rozó el muslo de Andre, subió despacio hasta rozar el bulto. Apretó. Andre soltó un jadeo y le devolvió el toque: palma abierta sobre la polla de Felix, ya dura, gruesa, pesada bajo la tela. Se miraron. Las cervezas quedaron olvidadas en la mesita.

—Joder, Andre… —murmuró Felix—. Levanta el culo. Ahora.

Se levantaron al mismo tiempo. Las bocas se encontraron con hambre brutal: lengua, dientes, saliva. Felix agarró la nuca de Andre y lo empujó hacia dentro del departamento sin dejar de besarlo, sin dejar de frotarse contra él. La puerta de la terraza quedó entreabierta. El aire acondicionado les pegó en la piel sudada. Camisetas fuera. El pecho peludo y musculoso de Felix contra el torso bronceado y firme de Andre. Manos bajando shorts. Pollas liberadas: la de Felix gruesa, venosa, la cabeza morada y brillante de precum; la de Andre un poco más larga, igualmente dura, palpitando.

Felix lo empujó de rodillas sobre la alfombra.

—Ábrela. Chúpamela como llevas meses queriendo.

Andre no necesitó más. Tomó la verga con ambas manos, la lamió desde las bolas hasta la punta, saboreando la sal y el calor. Luego se la metió entera. Felix gruñó y le agarró el pelo.

—Eso es… trágatela. Más profundo. Quiero ver esos ojos llorosos.

Andre se ahogaba a propósito. Saliva espesa bajándole por la barbilla mientras la polla le golpeaba la garganta. Chupaba con ganas, succionando, usando la lengua en la vena gruesa de abajo. Felix le daba embestidas cortas a la boca, dominándolo de forma consensuada y brutal, y Andre gemía alrededor de la carne, la polla propia goteando sobre la alfombra.

—Míralo qué puta te pones de rodillas —dijo Felix, voz rota—. Meses mirándome y ahora con la boca llena de mi polla. Te encanta.

Cuando Andre ya tenía los ojos vidriosos y la cara hecha un desastre hermoso, Felix lo levantó de un tirón, lo giró y lo dobló sobre el respaldo del sofá. Le abrió las nalgas con las manos grandes, escupió en el culo apretado y frotó la cabeza gruesa contra el agujero.

—Dime que lo quieres crudo.

—Métela. Fóllame ya, Felix. Quiero sentirte enterita.

Felix empujó. La entrada ardió y se abrió alrededor de esa verga gruesa. Andre maldijo entre dientes, el placer mezclado con la presión deliciosa. Felix no se detuvo hasta estar hondo, las bolas pegadas a la piel. Empezó a follarlo en perrito, embestidas profundas y secas al principio, luego cada vez más resbaladizas con el precum y la saliva. Nalgadas sonoras. La carne de Andre temblaba con cada golpe.

—Qué puta se te ve recibiendo mi verga —gruñó Felix, nalgueándolo otra vez—. Ese culo de obrero abriéndose para el bombero. Llevas meses pidiéndolo con la mirada. Tómalo.

Andre empujaba hacia atrás, pidiendo más. El sofá crujía. El sonido obsceno de piel contra piel llenaba el salón. Felix lo agarró de la cadera con una mano y con la otra le rodeó el pecho, tirando de él hacia arriba para follarlo más hondo todavía.

Después lo volteó sin sacar del todo. Lo tumbó de espaldas en el sofá, le levantó las piernas hasta casi doblarlo por la mitad y se lo volvió a meter de un solo empujón en misionero. Cara a cara. Ojos a ojos. Felix aceleró: embestidas rápidas, brutales, el pubis golpeándole el culo a Andre con cada estocada. Sudor cayendo de la frente del bombero sobre el pecho de Andre. Gruñidos. Jadeos. La polla de Andre atrapada entre sus cuerpos, frotándose contra el abdomen duro de Felix.

—Te voy a llenar —advirtió Felix, voz entrecortada—. Voy a correrme dentro de este culo que me tiene loco desde hace meses.

—Hazlo. Mátame a embestidas y lléname. Me corro… joder, me corro—

Andre se masturbó rápido, puño cerrado subiendo y bajando su polla mientras Felix lo follaba sin piedad. Los dos sudados, músculos tensos, el olor a sexo y cerveza y calor de verano. Felix se enterró hasta el fondo con un gemido animal y se corrió: chorros calientes llenando a Andre, pulsando dentro. Andre gritó y se corrió a continuación, semen espeso saliendo a chorros sobre su propio abdomen, salpicando hasta el pecho.

Felix no se retiró. Se quedó clavado dentro, la polla aún semi-dura y sensible, los dos temblando. Bajó la cabeza y lo besó más despacio, lenguas perezosas, saboreando la sal del sudor. Las respiraciones agitadas se mezclaban. Andre le rodeó la espalda con los brazos, sintiendo cómo el semen de Felix le resbalaba despacio por el culo mientras seguían unidos.

—No he terminado contigo —murmuró Felix contra su boca, la voz aún ronca de placer—. Esta terraza, esa ducha, mi cama… llevo meses guardándome ganas. Y tú también. Se te nota en cómo me aprietas todavía.

Andre sonrió contra sus labios, la polla ya intentando volver a despertar solo con esas palabras. El sol de la tarde entraba sesgado por la terraza abierta. Afuera se oían voces lejanas del edificio. Dentro, los cuerpos seguían pegados, el deseo lejos de apagarse. Felix movió las caderas un milímetro, solo un roce, y Andre soltó un gemido bajo que prometía mucho más.

La noche todavía no había empezado.

Felix no sacó la polla. Se quedó dentro, todavía gruesa, todavía caliente, el semen resbalando lento entre las nalgas de Andre cada vez que respiraba. El sofá crujía bajo el peso de los dos cuerpos sudados. Andre le apretó la espalda con los brazos callosos, sintiendo el pecho peludo del bombero contra el suyo, el corazón todavía disparado.

—Joder, Felix… —susurró Andre contra su cuello—. Se te nota que no has terminado. Me tienes lleno y aún se te pone dura otra vez.

Felix movió las caderas en círculos lentos, rozando esa próstata hinchada. Andre arqueó la espalda y soltó un gemido ronco. La polla del obrero, blanda y manchada de su propio corrida, empezó a despertar otra vez entre sus vientres.

—Meses, Andre. Meses mirándote en el gym, en el pasillo, sudando esa camiseta de obra que te marca la raja del culo. Ahora te tengo abierto y me la vas a volver a tragar entera. Pero no aquí. Quiero follarte donde te he imaginado todas las putas noches.

Se separó despacio. La polla salió con un sonido obsceno, gorda y brillante de semen y saliva. Andre se quedó abierto, el agujero rosado y usado, goteando blanco sobre el sofá. Felix lo miró un segundo, ojos oscuros de hambre, y le dio una nalgada sonora.

—Levántate. Terraza. Ahora.

Andre se puso de pie tambaleante, las piernas flojas, el semen bajándole por el muslo interno. Felix lo agarró de la nuca y lo besó brutal, mordiéndole el labio inferior hasta saborear sangre y sal. Lo empujó hacia la puerta entreabierta. El calor de la tarde aún pegaba en las baldosas. El sol bajaba, naranja y pesado, y el aire olía a asfalto caliente y a sexo.

Nadie en las otras terrazas. Solo el zumbido lejano de la ciudad. Felix lo empujó contra la barandilla de hierro. Andre se agarró con las dos manos, el culo al aire, la polla ya semi-dura otra vez colgándole pesada. Felix se arrodilló detrás, le abrió las nalgas con los pulgares y le clavó la lengua en el agujero usado.

Andre maldijo en voz alta.

—Putos meses… y ahora me comes el culo como un perro. Sí, así. Méteme la lengua más hondo.

Felix no contestó con palabras. Lamió, succionó, metió la lengua hasta el fondo, saboreando su propio semen mezclado con el sabor a hombre de Andre. Los dedos callosos del bombero le rodearon la polla y la bombearon despacio mientras lo comía. Andre empujaba el culo hacia atrás, gemía, la frente apoyada en el metal caliente de la barandilla.

Cuando el agujero estuvo blando y baboso otra vez, Felix se levantó. Escupió en la mano, se untó la verga gruesa —ya completamente dura otra vez, venas saltadas, cabeza morada— y se la plantó contra la entrada.

—Dime que lo quieres aquí fuera. Que te follen a gritos si hace falta.

—Métela. Fóllame en la terraza como me lo merezco. Quiero que me sienta todo el puto edificio si grito.

Felix empujó de un solo golpe. La polla se enterró hasta las bolas. Andre gritó, un sonido crudo que se perdió en el calor del verano. Felix no le dio respiro. Empezó a embestir duro, profundo, el pubis golpeándole las nalgas con cada estocada. El sonido húmedo y obsceno de carne contra carne llenó la terraza. Nalgadas. Gruñidos. Sudor corriendo por la espalda musculosa del bombero y cayendo sobre el culo bronceado de Andre.

—Mírate —jadeó Felix, agarrándole la cadera con una mano y el pelo con la otra—. Obrero de puta madre recibiendo verga de bombero en plena terraza. Ese culo apretándome como si quisiera leerme la polla. Llevas meses pidiéndolo. Tómalo entero.

Andre empujaba hacia atrás con cada embestida, el culo abriéndose y cerrándose alrededor de esa verga gruesa. La polla le rebotaba contra el vientre, goteando precum en las baldosas. Felix lo follaba sin piedad, cambiando el ángulo hasta dar exactamente en el punto que hacía que Andre se doblara y soltara maldiciones rotas.

—Más duro. Joder, Felix, rómpeme. Quiero sentirla mañana cuando cargue ladrillos.

Felix lo sacó de golpe, lo giró y lo sentó en la barandilla. Las piernas de Andre se abrieron de par en par. Felix se metió otra vez de frente, cara a cara, y reanudó las embestidas brutales. Se besaron con lengua y dientes mientras el bombero le partía el culo. Manos grandes bajando al pecho de Andre, pellizcando pezones duros, bajando a envolverle la polla y bombearla al ritmo de las estocadas.

El sol caía más. La piel se pegaba. El olor a sexo y sudor de obra y cerveza se mezclaba con el aire caliente. Felix aceleró, embistiendo tan profundo que las bolas le golpeaban el culo a Andre con cada movimiento. Andre se corrió primero esta vez: chorros espesos saliendo a presión entre sus cuerpos, manchando el abdomen del bombero, salpicando hasta la barandilla. El culo se le contrajo con fuerza alrededor de la verga y Felix gruñó como un animal.

—Te me corres apretándome… joder, voy a llenarte otra vez.

Se enterró hasta el fondo y se vació. Chorros calientes, pulsaciones fuertes, semen fresco mezclándose con el de antes. Andre lo sentía todo: el calor, el bulto, el pulso. Los dos temblaban, pegados, respirando como si hubieran corrido un incendio.

Felix no se retiró de inmediato. Se quedó dentro, meciéndose suave, besándole el cuello, la clavícula, la boca. Cuando por fin salió, el agujero de Andre quedó abierto y goteando, blanco espeso bajándole por las piernas. Felix se arrodilló otra vez y limpió con la lengua, despacio, saboreando la mezcla, haciendo que Andre se estremeciera con cada lametón.

—Ducha —ordenó con voz ronca—. Quiero follarte bajo el agua también.

Dentro, el agua caliente cayó sobre ellos. Felix lo empujó contra los azulejos, lo levantó por los muslos y se lo volvió a meter de pie. Andre rodeó la cintura del bombero con las piernas, brazos alrededor del cuello. El agua corría entre los cuerpos, diluyendo semen y sudor. Felix embestía lento y profundo esta vez, casi cariñoso en la brutalidad, besándolo mientras lo follaba. La polla de Andre se puso dura otra vez entre ellos, frotándose contra el vientre mojado.

—No me canso de ti —jadeó Felix contra su oído—. Esa cara de hombre que trabaja, esa polla gruesa, ese culo que me traga entero… voy a follarte hasta que no puedas más y después te voy a follar otra vez.

Andre se corrió sin tocarse, solo con la fricción y la polla dándole dentro. Semen diluyéndose en el agua. Felix lo siguió segundos después, llenándolo por tercera vez, gemidos ahogados contra la boca del otro.

Salieron de la ducha temblando. Toallas a medias. Felix lo arrastró a la cama, cuerpo contra cuerpo, y se lo montó otra vez: Andre de espaldas, piernas sobre los hombros del bombero, la verga entrando fácil y profunda en el culo usado y resbaladizo. Follaron más lento, más intenso, ojos abiertos, mirándose. Cada embestida era un reconocimiento de todos esos meses de miradas robadas, de erecciones disimuladas, de “buenos días” cargados de hambre.

Felix se corrió por última vez profundo, quieto, soltando todo lo que le quedaba. Andre se masturbó y se vació sobre su propio pecho, el semen mezclándose con el agua que aún les goteaba del pelo.

Después solo hubo silencio.

Felix se dejó caer a un lado. Andre se giró y le pasó un brazo por el pecho peludo. Las respiraciones se fueron calmando. El aire acondicionado zumbaba bajo. Afuera, la noche había llegado de verdad: luces de la ciudad, el silencio del edificio. Ninguno habló. La mano de Felix se quedó posada en la cadera de Andre, el pulgar dibujando círculos lentos sobre la piel marcada. El semen se secaba entre ellos. El calor del verano entraba por la ventana abierta de la terraza. Dos cuerpos adultos, sudados, usados, satisfechos, quietos en la cama. Solo el sonido lejano de un coche y el roce suave de la piel contra la sábana.

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