Choque de Miradas en el Almacén
Un repartidor de 28 años y el fornido encargado de 35 se comen con la mirada en el almacén, cierran la puerta y follan duro como animales.
Soy Emmett, veintiocho años, repartidor de mercancía pesada para una cadena de supermercados. Llevo tres años en esta puta ruta y creía que ya lo había visto todo: jefes cabrones, clientes que se quejan del plástico de las botellas y compañeros que se tiran pedos en la cabina del camión. Nunca pensé que un almacén oloroso a cartón húmedo y detergente barato me iba a poner la polla dura como un clavo a las once de la mañana de un martes cualquiera.
Aparqué el furgón detrás del local, abrí las puertas traseras y empecé a bajar las cajas de leche, aceite y latas de atún. El encargado salió a recibirme. Miguel. Treinta y cinco años, hombros anchos de quien carga peso todos los días, pecho ancho que se marcaba bajo la camisa de trabajo azul, brazos tatuados de negros y grises que se tensaban cada vez que movía una estantería. Barba recortada, ojos oscuros y esa forma de mirar que te deja claro que te está desnudando sin prisa. Llevaba semanas viéndolo de reojo cada vez que entregaba. Hoy, en cuanto entré con la primera carga, nuestras miradas se cruzaron y se quedaron ahí, fijas, hambrientas.
Él estaba revisando los estantes del fondo, contando packs de arroz. Me vio y no apartó los ojos. Yo tampoco. Sentí cómo me subía la sangre a la cara y, más abajo, cómo se me hinchaba la polla dentro del pantalón de trabajo. Miguel se pasó la mano derecha por la entrepierna, despacio, sin disimulo, acomodándose el bulto grueso que se le marcaba. No fue un gesto casual. Fue un mensaje. Yo tragué saliva y noté que se me secaba la boca. Los dos sabíamos lo que estaba pasando. La tensión sexual nos golpeó de frente, cruda, sin adornos. Quería saltarle encima allí mismo, pero seguí cargando cajas porque el camión no se iba a vaciar solo.
—Déjalas ahí —dijo él con voz ronca, señalando el pasillo lateral—. Te ayudo.
Nos pusimos a colocar las cajas juntos. El almacén olía a cartón y a su sudor limpio de hombre que trabaja. Cada vez que nos inclinábamos, nuestras manos se rozaban a propósito. Sus dedos gruesos rozaron el dorso de los míos al pasar una caja de aceite. Yo le devolví el roce, más largo, sintiendo la callosidad de su palma. Miguel no dijo nada al principio, pero sus ojos bajaron directo a mi culo cuando me agaché a dejar un pack en el suelo. Se me pegaba el pantalón justo donde debía. Sonreí con descaro, mirándolo por encima del hombro, y le moví un poco las caderas, solo lo suficiente para que entendiera que lo estaba invitando.
—Llevo semanas fantaseando con follarte —me susurró de repente, tan cerca que sentí su aliento caliente en la oreja—. Cada puta vez que vienes con esa camiseta sudada y ese culo apretado. Me la seco pensando en cómo te abriría aquí mismo, contra las estanterías.
El corazón me dio un vuelco y la polla se me puso completamente dura, dolorosa contra la cremallera. Me giré hacia él. Estábamos solos en el pasillo estrecho, rodeados de cajas altas que nos daban cierta privacidad, pero cualquiera podía entrar. No me importó una mierda.
—Yo también te quiero —le confesé, voz baja pero clara—. Cada entrega me voy con la polla dura y termino en casa masturbándome pensando en tu polla, en cómo me la meterías. Quiero que me uses, Miguel. Quiero sentir ese bulto que te tocabas hace un rato abriéndome el culo.
Sus ojos se oscurecieron del todo. El aire entre nosotros se volvió espeso, cargado de lujuria mutua. Ya no había juego de miradas inocentes. Era hambre pura. Miguel miró hacia la puerta principal del almacén, luego hacia mí, y asintió una sola vez, decidido. Caminó hasta la entrada, sacó las llaves del llavero que colgaba de su cinturón y giró la cerradura con un clic seco y definitivo. El sonido resonó en el silencio del almacén como una promesa. Volvió hacia mí con paso firme, la erección ya marcada sin pudor alguno bajo la tela del pantalón.
Nos quedamos frente a frente entre las estanterías del fondo. Yo notaba el pulso en la garganta y en la polla. Él me miró de arriba abajo otra vez, deteniéndose en mi entrepierna hinchada y en la forma en que mi camiseta se pegaba al pecho por el sudor. Extendió la mano y me agarró de la cintura, tirando de mí hasta que nuestros cuerpos chocaron. Sentí su bulto duro y grueso contra el mío. Un gemido se me escapó sin permiso.
—Nadie nos va a molestar ahora —murmuró contra mi boca—. Llevo demasiado tiempo esperando esto. Voy a follarte como un animal, Emmett. Te voy a abrir despacio primero y después te voy a dar hasta que no puedas ni hablar.
Le agarré la camisa y lo acerqué más. Nuestros labios casi se tocaban. El olor de su cuello, a jabón barato y a hombre, me volvía loco. Le confesé al oído, con la voz temblorosa de ganas:
—Hazlo. Quiero tu polla dentro. Quiero que me agarres del pelo y me uses contra estas putas cajas. Llevo semanas mojándome el calzoncillo cada vez que te veo flexionar esos brazos.
Miguel gruñó bajo, un sonido gutural que me recorrió la espalda. Sus manos bajaron y me agarraron el culo con fuerza, apretando, separando un poco las nalgas por encima de la ropa. Yo le froté la polla con la palma abierta, midiendo el grosor, imaginándome cómo me la iba a estirar. Estábamos los dos temblando de pure necesidad. El almacén cerrado con llave, el mundo fuera, y nosotros dos consumidos por esa lujuria que ya no se podía contener.
Me empujó suavemente hacia una pila de cajas estables y me hizo apoyarme de espaldas contra ellas. Sus dedos se metieron bajo mi camiseta, subiendo por la piel caliente de mi abdomen hasta pellizcarme un pezón. Yo le desabroché el primer botón del pantalón, sintiendo el calor de su polla a través de la ropa interior. Todavía no la habíamos sacado del todo. Todavía no nos habíamos besado de verdad. Pero el aire vibraba con lo que venía. Él me miró a los ojos una última vez antes de bajar la cremallera, y yo supe que Acto 1 terminaba ahí, en ese instante exacto en que el metal de la cremallera cantó y su polla gruesa, ya goteando, quedó a punto de saltar libre mientras yo me lamía los labios, listo para lo que él quisiera hacerme en aquel almacén cerrado a cal y canto.
Su polla saltó libre, gruesa, oscura de sangre, con la cabeza brillante de precum. Me la puse en la cara y respiré hondo el olor a hombre trabajado, a sal y a ganas acumuladas. Miguel me agarró del pelo con esa mano callosa y me obligó a arrodillarme sobre el suelo de cemento frío del almacén. No hizo falta pedírmelo. Ya estaba bajando, las rodillas golpeando el suelo, la boca abierta.
—Ábrela bien —ordenó con voz ronca—. Quiero sentir esa garganta.
Metí la lengua primero, lamiendo desde las bolas hasta la punta, saboreando el líquido salado que ya goteaba. Después la envolví con los labios y chupé. Miguel empujó de golpe, metiéndome la mitad de golpe. Me atraganté un segundo, saliva corriendo por la comisura, pero él no paró. Me folló la boca con ritmos cortos y brutales, agarrándome del pelo con las dos manos ahora, usándome como un agujero caliente. Su polla me llenaba las mejillas, me golpeaba el fondo de la garganta. Cada embestida sacaba un sonido húmedo, gurgling, y yo gemía alrededor de ella, la polla propia tan dura que dolía dentro del pantalón.
—Joder, Emmett… qué puta boca tan buena —gruñó él, mirándome desde arriba con esos ojos negros llenos de hambre—. Llevo semanas imaginando esto. Trágala. Más profundo.
Obedecí. Relajé la garganta y la tomé hasta la base, la nariz contra su vello púbico, llorando un poco de la presión. Él se quedó ahí un segundo, gimiendo bajo, y después empezó a follarme la cara de verdad: embestidas largas, saliendo casi del todo y volviendo a clavar. Yo le agarré los muslos musculosos para sostenerme, los dedos clavados en la tela del pantalón bajado hasta los muslos. La saliva me empapaba la barbilla y le chorreaba a él por las bolas. Cada vez que sacaba, yo le lamía la cabeza con desesperación, chupando fuerte, y él volvía a empujar. El almacén olía a sexo ya, a nuestro aliento caliente y al cartón.
Cuando noté que se tensaba demasiado, me soltó el pelo de golpe.
—No todavía —dijo, jadeando—. Quiero follarte el culo primero.
Me levantó como si no pesara nada y me dobló sobre las cajas de leche. El cartón crujió bajo mi pecho. Él me bajó los pantalones y el calzoncillo de un tirón hasta las rodillas. El aire frío me rozó las nalgas. Sentí sus manos separándome las mejillas con fuerza, y después su lengua caliente, plana, lamiéndome el agujero de arriba abajo.
—Ah, joder, Miguel… —gemí contra el cartón.
Su lengua se clavó profunda, húmeda, revolviendo, comiéndome el culo como si tuviera hambre de días. Me la metió y sacó, salivando a propósito, dejando el agujero baboso y abierto. Me agarró las caderas y me empujó contra su cara, lamiendo, chupando, metiendo un dedo después junto a la lengua. Yo me empujaba hacia atrás, gemía sin control, la polla goteando contra las cajas. Él me comió el culo hasta que temblaba, hasta que el agujero se abrió solo, pidiendo más.
—Estás listo —murmuró contra mi piel—. Te voy a partir.
Escupió en su mano, se untó la polla gruesa y la apoyó contra mi entrada. Empujó. La cabeza entró de un golpe, estirándome de una forma que me robó el aire. Grité bajo, puro placer mezclado con la quemazón buena. Miguel no esperó: se hundió hasta las bolas de una embestida profunda, llenándome por completo. Su polla era gruesa de verdad, me abría, me llenaba, me hacía ver estrellas.
Empezó a follarme en perrito contra las cajas, duro, animal. Cada embestida me empujaba hacia delante, el cartón chirriando. Me agarraba de las caderas con fuerza, los dedos clavados en la carne, y me daba con todo el cuerpo. El sonido de piel contra piel llenaba el almacén cerrado. Yo gemía su nombre, pidiéndole más, más fuerte, más hondo.
—Así, joder, úsame —le dije entre jadeos—. Quiero sentirla mañana cuando conduzca.
Él gruñó y aceleró. Me follaba con ritmo dominante, profundo, sacando casi toda la polla y volviendo a clavar hasta el fondo. Me abrió más con los dedos, me escupió otra vez en el agujero y siguió. El sudor nos corría por la espalda. Yo me masturbaba a medias, la mano torpe contra mi polla, pero él me la quitó.
—No. Eso lo hago yo.
Me sacó de las cajas de golpe, me giró y me tumbó en el suelo del almacén, sobre el cemento frío. Me puso las piernas sobre sus hombros, se metió otra vez de un embiste y empezó a follarme en misionero. Su cuerpo pesado sobre el mío, pecho contra pecho, su barba rozándome la cara. Me besó por fin, lengua profunda, mientras me daba embestidas largas y potentes. Su mano bajó entre nosotros y me agarró la polla, masturbándome al mismo ritmo que me follaba. El contraste era brutal: su mano callosa subiendo y bajando mi verga mientras su polla me abría el culo sin piedad.
—Mírame —ordenó—. Quiero verte correrte.
Lo miré. Sus ojos negros, la frente sudada, los brazos tatuados tensos a ambos lados de mi cabeza. Me follaba y me pajaba al mismo tiempo, dominante pero perfecto, leyendo cada gemido mío. El placer subía como una ola. Yo le clavaba las uñas en la espalda, le mordía el hombro, gemía sin control.
—Me corro… Miguel, me corro…
Él aceleró, follándome más rápido, la mano apretando mi polla justo como necesitaba. Grité cuando me corrí, chorros calientes saliendo sobre mi abdomen, salpicándome el pecho y su camisa. El agujero se me contrajo alrededor de su polla y eso lo mandó al límite. Empujó hondo una última vez, gruñó mi nombre y se corrió dentro, chorros calientes llenándome, pulsando, desbordándose un poco por los bordes mientras yo todavía temblaba.
Nos quedamos así un momento, jadeando, su polla todavía dentro, el semen mezclado saliendo lento. Después se salió con cuidado. El vacío me dejó temblando. Buscamos toallas de papel en un rincón del almacén —siempre hay de esas por los derrames— y nos limpiamos en silencio denso, caricias suaves entre la basura del acto. Él me limpió el abdomen, yo le sequé la polla. Nos vestimos a medias, pantalones subidos, camisas arrugadas.
Miguel me agarró la cara y me besó con intensidad una última vez, lengua lenta, saboreándome.
—El próximo turno de noche —susurró contra mis labios—. Cierro otra vez. Y te follo todavía más duro.
—Sí —contesté, voz ronca—. Lo repito. Todas las putas veces que quieras.
Salimos del almacén con sonrisas cómplices, el cuerpo todavía temblando de placer, las piernas flojas. Él abrió la puerta, yo empujé el carrito vacío hacia el furgón. El sol de mediodía nos golpeó la cara. Nadie sospechaba nada.
Lo que Miguel no sabe —y yo sí— es que la semana que viene me transfieren de ruta definitiva a la zona norte. Esta ha sido la última entrega en su almacén.
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