Vendimia de Tres Cuerpos
Raúl, un vendimiador de 32 años, y Diego, capataz de 29, se follan salvajemente entre las vides de La Rioja durante la vendimia.
El sol de septiembre en La Rioja caía a plomo sobre las hileras de tempranillo como un castigo dulce. Raúl, el vendimiador de treinta y dos años, llevaba la camiseta gris pegada al pecho velludo, empapada de sudor que le bajaba por el surco de la espalda y se le perdía en el culo de los pantalones de trabajo. A su lado, Diego, el capataz de veintinueve, musculoso y moreno, levantaba cestas con la misma facilidad con la que un hombre mueve una puta en la cama. Cada vez que se agachaban a cortar racimos, los hombros se rozaban. No era casualidad. Raúl lo sabía. Diego también.
Desde el primer día de la vendimia de 2024, las miradas se habían clavado como uvas maduras. Raúl lo miraba de reojo cuando Diego se sacaba la camiseta para secarse el pecho peludo con ella, dejando ver los pezones duros y la línea de vello que bajaba hasta el ombligo y más abajo, hacia el bulto grueso que marcaba el denim. Diego le devolvía la mirada con esa sonrisa de lobo que decía «te voy a abrir en canal». Al cargar las cestas, las manos se rozaban «sin querer». Los dedos de Diego se demoraban un segundo de más en la muñeca de Raúl. El codo de Raúl rozaba la cadera del capataz. El sudor mezclaba olores: tierra, uva aplastada, macho en celo.
—Cuidado con esa cesta, Raúl —dijo Diego, voz ronca, demasiado cerca—. Se te va a caer el racimo… o se te va a caer algo más gordo.
Raúl soltó una risa baja, la polla ya medio dura dentro del calzoncillo.
—Tú solo fíjate en no tropezar mirándome el culo, capataz.
Diego le guiñó un ojo y siguió cortando. Pero la tensión no se cortaba. Cada roce «accidental» era un puto anuncio. El hambre se reconocía mutua: dos cuerpos duros, peludos, hechos al sol y al trabajo, que querían follarse hasta quedar cojos.
Al atardecer, cuando el cielo se tiñó de naranja y morado sobre las parras, el resto de la cuadrilla se fue hacia el camión. Raúl y Diego se quedaron «revisando» la última hilera. Nadie preguntó. El silencio entre las vides era espeso, solo el zumbido de algún insecto y el olor a mosto. Raúl se apoyó en un poste, se secó la frente con el antebrazo y miró a Diego de frente.
—Llevo días imaginándomelo —dijo sin rodeos, voz baja y clara—. Cómo se sentiría tu polla gruesa dentro de mí. Cómo me la meterías hasta las pelotas mientras yo me corría como un puto animal.
Diego se quedó quieto un segundo. Luego sonrió con esa sonrisa lobuna que le hacía brillar los ojos oscuros. Se acercó, le agarró el paquete a Raúl por encima del pantalón y apretó con fuerza, midiendo el grosor, el peso, el calor.
—Quiero follarte hasta dejarte temblando —admitió, voz grave, los dedos aún agarrando—. Quiero que grites mi nombre entre las putas parras y que se te salga la leche sin que te toques. ¿Te parece bien, vendimiador?
Raúl jadeó y asintió, ya con la polla completamente dura contra la palma de Diego.
—Hazlo. Fóllame como quieras.
No hizo falta más. Diego lo agarró por la nuca y lo besó con brutalidad, lengua y dientes, sabor a sudor y a uva. Las manos se volvieron locas: se arrancaron las camisetas, botones, cremalleras. Los pantalones bajaron hasta las botas. La ropa quedó en el suelo entre las cepas como pieles mudadas. Raúl gemía contra la boca de Diego mientras le apretaba el culo peludo; Diego le mordía el labio inferior y le prometía suciedades al oído:
—Te voy a abrir el culo, puto. Te voy a llenar hasta que chorrees por las piernas. Vas a mamarme la verga hasta atragantarte y luego te voy a montar como a una yegua de la finca.
Raúl se arrodilló en la tierra blanda entre las parras sin que se lo pidieran. El sol ya se había escondido, pero el calor de los cuerpos bastaba. Agarró la polla gruesa y venosa de Diego —pesa, caliente, la cabeza ya brillante de precum— y se la metió en la boca de un golpe, glotón, tragándosela hasta las pelotas. El olor a macho, a sudor de jornada, le subió a la cabeza como vino. Diego gruñó, le agarró el pelo corto y le folló la boca con fuerza, empujando hasta que Raúl hizo ruidos húmedos de atragantamiento y baba le corría por la barbilla.
—Eso, trágatela entera, puto glotón… mira cómo te hinchas la cara con mi verga… joder, Raúl, qué bien chupas…
Raúl no se apartaba. Relajaba la garganta, dejaba que Diego usara su boca como un coño, se tocaba la propia polla de vez en cuando solo para no corrérsele demasiado pronto. Cuando Diego tiró de su pelo para sacársela, un hilo de saliva unía aún la cabeza morada a los labios hinchados de Raúl.
—A cuatro patas. Ya.
Raúl obedeció, rodillas y manos en la tierra, el culo al aire, peludo y abierto por las ganas. Diego se arrodilló detrás, le separó las nalgas con las manos grandes y le escupió directo en el agujero. El saliva caliente le bajó por el perineo. Sin más preámbulos —solo un poco de saliva y el precum que ya goteaba— empujó la polla gruesa dentro. Raúl gritó ahogado, el esfínter cediéndole a la fuerza, el ardor mezclado con un placer que le hizo doblar la espalda.
—Joder… Diego… qué gruesa… métemela toda…
Diego le metió hasta las bolas de un embate, le agarró las caderas y empezó a follarlo salvajemente en posición de perrito. Cada embestida hacía que las uvas de la parra más cercana temblaran. Le tiraba del pelo con una mano y con la otra le daba nalgadas secas, el sonido seco y obsceno entre las vides.
—Qué puto estás, Raúl… qué cachondo te pones con la polla hasta el fondo… te gusta que te abran el culo en la finca, ¿verdad, puta de las viñas? Di que sí.
—Sí… soy tu puto… fóllame más duro… rehábeme…
Diego aceleró, el sonido de piel contra piel, de testículos golpeando, de gemidos roncos. El sudor les resbalaba otra vez. Cuando notó que Raúl temblaba, lo giró sin sacársela del todo, lo puso de espaldas en la tierra, le abrió las piernas y lo penetró de nuevo en misionero. Cara a cara. Besos brutales otra vez. Diego le sujetaba las muñecas contra el suelo y le embestía profundo, rozándole la próstata una y otra vez.
—Mírame mientras te corro dentro… mírame, Raúl…
Raúl no se tocaba. La polla le rebotaba contra el propio abdomen peludo, gorda y roja, dejando hilos de precum en el pecho. El placer le subía desde el culo hasta la nuca. Diego jadeaba más fuerte, los músculos del pecho tensos, las venas del cuello marcadas.
—Me corro… me corro en tu culo, puto…
Diego se corrió con un gruñido largo, empujando hasta el fondo, llenándole el culo a chorros calientes. El pulso de la polla dentro lo sintió Raúl como un martillo. Eso bastó. Sin una sola caricia en su verga, Raúl se corrió también, casi al mismo tiempo: chorros espesos le salpicaron el pecho velludo, el estómago, hasta la barbilla, mientras el culo se le contraía alrededor de la polla de Diego en espasmos violentos. Gritó el nombre del capataz entre dientes apretados.
Durante unos segundos solo se oyó la respiración agitada y el leve crujido de alguna cepa. Diego se quedó dentro un momento más, disfrutando de las últimas contracciones. Luego se sacó la polla aún dura y gruesa del culo de Raúl; un hilo de semen le siguió, resbalando por el agujero abierto y rojo. Diego se inclinó, lo besó con rudeza —lengua, dientes, sabor a los dos— y le metió dos dedos de golpe en el culo, moviéndolos para que Raúl sintiera cómo le chorreaban los huevos, el semen caliente y viscoso saliendo alrededor de los nudillos.
—Siente cómo te dejo lleno… chorreándote los huevos por las piernas.
Ambos se rieron, satisfechos, sudorosos, todavía con la respiración alterada. Raúl le agarró la muñeca para que los dedos se quedaran un segundo más adentro, y Diego le lamió una gota de leche del pecho.
—No hemos terminado —dijo Diego en voz baja, sacándose los dedos y limpiándolos en el muslo de Raúl—. Mañana hay más hileras… y yo sigo queriendo usarte.
Raúl sonrió, el culo aún abierto y goteando, la polla blanda pero ya con un atisbo de interés otra vez.
—Entonces no me dejes dormir mucho, capataz. Todavía me debes esa polla en la garganta otra vez… y lo que se te ocurra después.
El cielo ya era casi negro. Entre las parras de La Rioja, el olor a sexo y a vendimia se mezclaba. Diego le dio una última nalgada juguetona y se levantó a recoger la ropa, pero su mirada seguía diciendo que la noche —y los días que venían— solo acababan de empezar.
Diego no se había movido del todo. La mirada de lobo seguía clavada en Raúl mientras se abrochaba el pantalón a medias, la polla aún semi-erecta marcando la tela y brillando con restos de saliva y semen. Raúl se levantó con las piernas flojas, el culo goteándole por el muslo interno, y se acercó sin decir nada. Le agarró la nuca y lo besó otra vez, más lento pero igual de sucio, chupándole la lengua como si quisiera sacarle el alma.
—No me voy a ir así —murmuró Raúl contra su boca—. Me debes más. Quiero que me uses hasta que no pueda caminar mañana.
Diego gruñó, le dio la vuelta contra el poste de la parra y le bajó de nuevo los pantalones hasta las rodillas. La noche era caliente, el aire espeso a mosto fermentado y a macho. Le separó las nalgas otra vez, metió la lengua de lleno en el agujero rojo y abierto, lamiendo su propio semen que le salía a Raúl. Raúl se arqueó, las manos agarradas a la madera, gemidos bajos que se perdían entre las hojas.
—Joder, Diego… lámelo… sácame la leche a lengüetazos…
Diego lo hizo con hambre: lengua ancha, profunda, chupando el borde hinchado, metiendo saliva y semen de nuevo hacia adentro. Luego se incorporó, escupió en la polla ya dura otra vez y se la clavó de un solo empujón. Raúl gritó, el esfínter aún sensible cediendo con un ardor delicioso. Diego lo folló de pie, contra el poste, embestidas cortas y brutales que hacían crujir la madera. Le mordía el hombro, le apretaba la garganta con una mano sin cortarle del todo el aire, solo para sentir cómo el culo se le contraía alrededor.
—Eres un puto agujero caliente… mira cómo me chupas la verga con el culo… te voy a reventar otra vez, Raúl… te voy a dejar el culo en carne viva de tanto follártelo…
Raúl empujaba hacia atrás, pidiendo más. La polla le rebotaba contra el poste, gorda y goteando. Diego aceleró hasta corrérsele dentro otra vez, gruñendo contra su oreja, llenándolo a chorros calientes que se sumaban a los anteriores. No se sacó. Se quedó embutido, respirando agitado, y empezó a moverse despacio otra vez, follándolo con la polla todavía sensible, sacando y metiendo el semen espeso.
—No salgo… me quedo aquí hasta que se me ponga otra vez como una piedra…
Y lo hizo. En minutos volvió a endurecerse dentro del calor resbaladizo de Raúl. Esta vez lo tiró al suelo de espaldas entre las cepas, le subió las piernas a los hombros y se lo montó en misionero profundo, casi doblándolo por la mitad. Cara a cara, sudor cayéndole en la boca de Raúl, besos a dentelladas. Cada embestida le rozaba la próstata sin piedad. Raúl se tocaba la polla ahora, masturbándose al ritmo salvaje de Diego, los huevos tensos.
—Correte en mi cara… quiero tragar tu leche mientras me rompes el culo…
Diego obedeció el deseo a medias: se sacó, se arrodilló sobre el pecho de Raúl y se corrió a chorros gruesos sobre su boca abierta, su barba, sus ojos. Raúl tragó lo que pudo, se lamió los labios y se corrió él también, salpicándose el abdomen peludo mientras Diego le metía tres dedos de golpe en el culo lleno y los movía en círculos, removiéndole la corrida.
Se quedaron ahí un rato, jadeando. Luego Diego lo limpió a lengüetazos, chupándole la leche del pecho y del estómago, y Raúl le chupó la polla blanda hasta dejarla limpia, saboreando el mezcolaje de los dos.
Al día siguiente la vendimia siguió. El sol igual de castigador. La cuadrilla trabajaba en otra ladera, lejos. Raúl y Diego se las arreglaron para quedar en la misma hilera de tempranillo viejo, densa, donde las parras formaban un túnel verde. A media mañana, cuando el calor apretaba, Diego le hizo seña con la cabeza. Se metieron entre las vides más altas. Allí, escondidos, Diego le bajó los pantalones a Raúl de un tirón, le escupió en el culo y se lo folló de pie, una mano tapándole la boca para que no gritara demasiado alto. El sonido de piel contra piel se mezclaba con el de las tijeras de los demás a lo lejos. Raúl venía en silencio, la polla sin tocar, solo con las embestidas en la próstata, la leche cayéndole al polvo entre las raíces.
Por la tarde, en el descanso de la merienda, se escaparon al caseto de herramientas viejo al borde de la finca. Huelía a madera y a aceite. Diego sentó a Raúl en el banco, le abrió las piernas y se la chupó hasta el fondo, garganta relajada, babeando, hasta que Raúl se corrió directo a la lengua y Diego se lo tragó entero. Después Raúl lo puso de rodillas, le folló la boca con la misma brutalidad que había recibido el día anterior, y le vino otra vez, llenándole la garganta. Diego se la sacó y le escupió la leche en la cara a Raúl, que se rió y se la lamió de vuelta.
Al caer la noche volvieron a quedarse los últimos. Esta vez no hubo pretensión de “revisar”. Diego lo agarró por el cinturón y lo arrastró más adentro, donde las parras eran más viejas y el suelo más blando de hojas caídas. Allí la cosa se volvió más salvaje. Se desnudaron del todo. Diego le ató las muñecas a Raúl con su propio cinturón a un poste bajo, de manera que quedara de pie, inclinado, el culo ofrecido. Le dio nalgadas hasta dejarle las nalgas rojas y calientes, le metió los dedos uno tras otro hasta abrirle bien, y luego se lo folló sin piedad, agarrándolo de las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas. Cada embestida hacía que Raúl tirara del cinturón, los músculos del brazo tensos, gemidos roncos.
—Más… rehábeme el culo, capataz… úsame como tu puta de la vendimia… lléname otra vez…
Diego se corrió profundo, se sacó, y empujó el semen que le salía de vuelta adentro con los pulgares. Luego se desató a Raúl, lo tumbó en el suelo y se sentó en su cara. Raúl le comió el culo con lengua y dientes mientras se masturbaba, el sabor a sudor y a tierra. Diego le bajó después, le montó la polla a pelo y se la cabalgó al revés, mirándolo por encima del hombro, el culo de Diego tragándose la verga gruesa de Raúl hasta las pelotas. Raúl le daba nalgadas, le apretaba las caderas, lo follaba hacia arriba.
—Qué culo tienes… aprieta… aprieta esa polla… me voy a correr dentro de ti…
Y lo hizo. Se vació en el culo de Diego con un grito ahogado, las caderas subiendo del suelo. Diego siguió moviéndose hasta que la polla de Raúl se ablandó, luego se la sacó, se giró y le hizo tragar su propia leche del culo a lengüetazos.
Todavía no bastaba. Diego, ya duro otra vez de la excitación, tumbó a Raúl de lado, le levantó una pierna y se lo penetró en cuchara, lento al principio, profundo, después cada vez más rápido. Una mano le apretaba el pecho peludo, la otra le masturbaba la polla al mismo ritmo. El olor a sexo era denso, a uva pisada y a corridas acumuladas. Raúl empujaba hacia atrás, el culo ya sensible, ardiendo de puro uso, y sin embargo pidiendo más.
—Diego… joder… así… más fuerte… me vas a dejar cojo…
—Eso quiero… que mañana cojees y que todos sepan que te han abierto el culo entre las vides… que eres mío estos días de vendimia…
Aceleró hasta el límite. El sonido obsceno de la polla entrando y saliendo del agujero resbaladizo llenaba el aire nocturno. Raúl se corrió primero, chorros que le mancharon la mano de Diego y el suelo. El culo se le cerró en espasmos y eso arrastró a Diego: se clavó hasta el fondo, gruñó el nombre de Raúl y se vació por tercera o cuarta vez esa noche, la polla latiendo dentro, llenándolo otra vez hasta que el semen le salía por los bordes y le bajaba por los huevos.
Se quedaron así, unidos, la respiración agitada mezclándose. Diego no se sacó de inmediato. Siguió dentro, suave, disfrutando de las últimas contracciones del culo de Raúl alrededor de su polla que se iba ablandando poco a poco. Le besó el cuello sudado, le mordisqueó la oreja, le acarició el pecho velludo con la mano todavía manchada de leche. Raúl tenía los ojos medio cerrados, una sonrisa torcida, el cuerpo pesado y caliente contra el de Diego, el culo lleno y goteando despacio entre ellos mientras el aire de La Rioja les enfriaba apenas la piel.
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