Medianoche en la Piscina: Dos Extraños se Rinden

Dos ejecutivos maduros, un Raúl de 38 y un Diego de 29, se rinden al deseo gay en una piscina a medianoche.

9 min read September 10, 2026New

No podía dormir. El estrés del trimestre se me había metido en los huesos como un acidente frío: cifras, juntas, la puta presión de parecer siempre el ejecutivo de 38 años que lo controla todo. A medianoche bajé descalzo por la escalera de mármol de aquella mansión vacía en las afueras. Los dueños estaban de viaje y yo, invitado de fin de semana por un favor de negocios, tenía la casa para mí… o eso creía. La piscina brillaba azul y solitaria bajo las luces empotradas. Me quité la bata, me dejé la polla libre al aire y entré en el agua tibia hasta la cintura, buscando alivio.

Y ahí estaba él.

Diego, el entrenador personal de 29 años que los dueños habían contratado para “mantener la casa activa”. Nadaba desnudo, de espaldas, los hombros anchos cortando el agua con cada brazada. Cuando se dio la vuelta y me vio, no se tapó. Yo tampoco. Nuestras miradas se engancharon y se quedaron ahí, largas, pesadas, midiendo. Su pecho velludo salía y entraba. Mi polla, traidora, empezó a endurecerse bajo el agua solo de verle la forma oscura de la suya balanceándose libre. Ninguno dijo “perdón” ni buscó una toalla. La tensión era tan espesa que casi se podía morder.

—No dormías tampoco —dijo él en voz baja cuando se acercó, el agua lamiéndole las tetillas.

—El trabajo. Tú… ¿entrenas a medianoche?

—Me pagan por estar disponible. Y la piscina vacía es tentación. —Sonrió, esa sonrisa de tío que sabe exactamente el efecto que hace—. Te vi bajar. Pensé que eras un fantasma de traje.

Charlamos en susurros, el agua moviéndose entre nosotros. Un roce de rodillas se volvió deliberado. Otro de muslos. Diego se acercó más, todavía sonriendo, y deslizó la palma abierta por mi pecho, deteniéndose en un pezón, rozándolo con el pulgar. El calor me subió a la cara y a la entrepierna al mismo tiempo. Respondí con un beso hambriento, sin pensarlo: boca abierta, lengua metiéndose, sabiendo a cloro y a ganas acumuladas. Él gruñó contra mis labios y me apretó la nuca.

—He fantaseado con tíos —confesé contra su boca, la voz ronca—. Muchas veces. Pero nunca me atreví con un extraño.

—Yo igual —susurró él—. Me la he jalado pensando en ejecutivos mayores, en trajes, en que me usen o que yo los use. Contigo… joder, Raúl, se me pone dura solo de olerte.

Nos rendimos. No hubo más pretensión. Me empujó suavemente hacia el borde de la piscina. Me arrodillé en el cemento húmedo, el agua hasta las rodillas, y él se alzó hasta sentarse en el borde, las piernas abiertas. Su polla era gruesa, venosa, ya goteando. La tomé con ambas manos y me la metí entera hasta la garganta de un solo empujón ansioso. El agua salpicaba cada vez que él movía las caderas. Chupé con hambre, tragando saliva y pre-semen, sintiendo las venas latirle contra la lengua. Diego sujetaba mi pelo y gemía bajo, diciéndome lo bien que la mamaba el ejecutivo que no podía dormir. Yo me la tocaba debajo del agua, duro como piedra, mientras él me follaba la boca con embestidas cortas y controladas.

Cuando lo saqué de mi garganta, hilos de saliva unían mis labios a su glande brillante, Diego me bajó del borde, me giró y me puso a cuatro patas sobre la tumbona de tela blanca junto a la piscina. El aire de la noche me rozó el culo expuesto. Él se arrodilló detrás, me separó los glúteos con las manos grandes y me comió el culo con lengua profunda, sin vergüenza. La punta caliente se clavó, removió, lamió el borde del esfínter hasta que yo gemía contra la toalla, empujando hacia atrás para que me la metiera más. —Qué culo tan rico tienes, joder —murmuró contra mi piel—. Te lo voy a abrir despacio y luego te lo voy a follar hasta que no puedas pensar en balances.

Se levantó, escupió en su polla gruesa y me la puso en la entrada. Entró con embestidas fuertes y controladas, centímetro a centímetro, hasta que sus pelotas me golpearon el perineo. Me folló así un rato, a cuatro patas, agarrándome las caderas, el agua de la piscina salpicando cada vez que nos movíamos. Luego me dio la vuelta de un tirón, me puso en misionero salvaje sobre la tumbona: piernas al pecho, él encima, clavándome la verga hasta el fondo mientras me besaba la boca y me decía lo puto que me veía recibiendo. Yo le arañé la espalda y le pedí más, más duro. Él cambió otra vez: se tumbó y me hizo montarlo en vaquero. Me senté sobre su polla gruesa, la sentí abrirme otra vez, y empecé a cabalgarlo sin vergüenza, gimiendo alto, las tetillas al aire, la polla mía rebotando contra su abdomen cada vez que bajaba. Él me sujetaba las caderas y empujaba hacia arriba, follándome desde abajo, dominante y sumiso a la vez: me dominaba con la verga y se dejaba dominar por cómo yo la usaba. El placer nos tenía a los dos entregados. Yo gemía su nombre, él el mío, y el sonido del agua y de nuestra piel mojada chocando llenaba la noche.

Cuando sentí que se acercaba, aceleré. Diego me agarró fuerte, me clavó hasta el fondo y se corrió con un gruñido largo, llenándome el culo de leche caliente a chorros. La sentí salirme por los bordes mientras yo me masturbaba a toda prisa, la mano resbaladiza, y eyaculé sobre mi propio abdomen, blancos hilos calientes cayendo sobre el vello del pecho y la tumbona. Nos quedamos temblando, unidos, su polla todavía dentro de mí palpitando los últimos espasmos.

Después nos deslizamos de nuevo al agua tibia de la piscina, abrazados, la leche de él escurriéndome despacio entre las nalgas. Nos dimos besos suaves, risas bajas, todavía jadeando.

—Voy a volver a bajar mañana a medianoche —confesé contra su cuello, la voz ronca de tanto gemir—. No voy a poder dormir pensando en esto.

Diego me apretó contra su pecho velludo, me besó la sien y me susurró al oído, la polla todavía semi-dura rozándome el muslo:

—Estaré esperándote. Aquí mismo. Desnudo. Y te voy a follar otra vez hasta que se te olvide hasta el nombre de tu puta empresa… y después te voy a pedir que me la chupes otra vez, lento, para que me la dejes lista otra ronda. Porque esto, Raúl, no se acaba esta noche.

El agua se movía alrededor de nosotros. Yo asentí, ya duro otra vez solo de oírlo, y supe que la mansión vacía iba a oírnos muchas más medianoches.

Nos quedamos abrazados en el agua un rato más, su polla blanda pero pesada rozándome el muslo cada vez que las ondas nos mecían. El cloro ya no olía a limpio; olía a nosotros, a semen diluido y a sudor de tío. Diego me mordisqueó el lóbulo de la oreja y susurró:

—Todavía estás duro, ejecutivo. No me digas que con una corrida ya te sobra.

—Con una nunca me basta —contesté, y le agarré la verga bajo el agua, pesándola, acariciándola hasta que volvió a hincharse entre mis dedos—. Quiero más. Quiero que me uses hasta que no me quede voz.

Él rio bajo, esa risa ronca de quien sabe que va a cobrar. Me empujó suavemente hacia el escalón sumergido, me hizo sentar con el culo en el borde de cemento y el agua hasta la mitad de las nalgas. Se arrodilló entre mis piernas abiertas, el pecho velludo rozándome los muslos, y me tragó la polla de un golpe. Calor húmedo, garganta estrecha, lengua trabajando la vena inferior. Gemí alto, sin cuidarme; la mansión estaba vacía y el eco de mi voz rebotó en las paredes de cristal. Diego chupaba como si cobrara por cada centímetro, saliva espesa bajándome por las bolas, una mano apretándome la base para que no me corriera todavía. Cuando me soltó, un hilo brillante unía su labio inferior a mi glande.

—Date la vuelta —ordenó—. Agárrate al borde.

Obedecí. Me arrodillé de espaldas a él, pecho apoyado en el canto húmedo, culo fuera del agua. Diego se subió detrás, me separó las nalgas con los pulgares y escupió directo en el agujero todavía resbaladizo de su leche anterior. La punta gruesa empujó, abrió, entró de una embestida larga hasta que sus pelotas me golpearon. El aire se me escapó en un jadeo. Me folló así, de rodillas en el escalón, agarrándome la nuca con una mano y la cadera con la otra, clavándome profundo y lento al principio, luego más rápido, el agua salpicando rítmica contra nuestros cuerpos. Cada embestida me sacudía entero; la polla me rebotaba contra el vientre, goteando pre-semen al agua.

—Joder, Raúl… qué puto apretado te pones cuando te la meto entera —gruñó contra mi oído—. Dime que te gusta. Dímelo.

—Me encanta —jadeé—. Me encanta tu verga. Fóllame más duro, Diego, rómpeme el culo.

Él aceleró. Las embestidas se volvieron brutales, controladas pero salvajes, el sonido de piel mojada chocando llenaba la noche junto con mis gemidos. Sentí el orgasmo subirme otra vez, ese nudo caliente en la base de la polla, pero él lo sintió también: me sacó de golpe, me giró y me tiró de espaldas sobre la tumbona más cercana. El tejido blanco se empapó al instante. Se subió encima, me dobló las piernas hasta el pecho y me volvió a entrar de un solo empujón. Misionero profundo, casi vertical. Me besó mientras me follaba, lengua metiéndose al mismo ritmo que la polla, y yo le arañé la espalda, dejando marcas rojas sobre el vello.

—Córrete dentro otra vez —le pedí contra su boca—. Quiero sentirte llenarme.

Diego negó con la cabeza, sonrisa torcida, y se salió. Se tumbó de espaldas en la tumbona y me jaló encima.

—Ahora tú. Siéntate y cabálgame hasta que te duelan las piernas.

Me monté. Guié su verga gruesa hasta el agujero y me dejé caer de una, abriéndome de nuevo, sintiendo cómo me estiraba hasta el límite. Empecé a subir y bajar, primero lento, saboreando cada centímetro, luego más rápido, rebotando contra su pelvis. Mi polla saltaba libre entre nosotros, golpeándole el abdomen velludo, dejando hilos brillantes. Diego me sujetaba las caderas y empujaba hacia arriba al mismo tiempo, follándome desde abajo con fuerza de entrenador. El placer era tan denso que se me nublaba la vista. Gemía su nombre, él el mío, y el agua de la piscina seguía lamiendo el borde de la tumbona como si quisiera unirse.

Cuando sentí que él estaba al borde otra vez, me agaché, le mordí un pezón y le susurré:

—Dentro. Ahora.

Él gruñó, me clavó hasta el fondo y se vació a chorros calientes, la leche empujando contra mis paredes internas. La sentí inundarme, salirme por los bordes mientras yo me masturbaba a ciegas y eyaculaba sobre su pecho, blancos hilos cayendo entre el vello, goteando hacia su ombligo. Nos quedamos temblando, unidos, su polla todavía dentro palpitando los últimos espasmos. El aire de la noche nos secaba la piel a tiras.

Después nos arrastramos de nuevo al agua para limpiarnos a medias. Diego me abrazó por detrás, la polla blanda rozándome el culo, y me besó el hombro.

—Mañana a la misma hora —prometió—. Y al siguiente. Y al siguiente. Voy a follarte en cada rincón de esta casa.

Asentí, ya semi-duro otra vez solo de oírlo. Nos besamos lento, sin prisa, saboreando el cloro y el semen diluido. Subimos las escaleras juntos, desnudos, dejando un rastro de agua sobre el mármol. En la habitación de invitados nos duchamos bajo el chorro caliente, nos enjabonamos mutuamente, y terminamos follando una tercera vez contra azulejos: él de pie detrás de mí, una mano en mi polla y la otra en mi pecho, embistiéndome corto y profundo hasta que nos corrimos casi al unísono, el agua llevándose la leche hacia el desagüe.

Al final nos secamos a medias y caímos en la cama grande. Diego se quedó dormido casi al instante, un brazo pesado sobre mi pecho, la respiración profunda y regular. Yo me quedé despierto un rato más, mirando el techo en penumbra, el cuerpo entumecido de placer, el culo todavía abierto y sensible.

Y ahí, en la quietud, recordé lo que nadie más sabía.

Diego creía que yo era solo un invitado de negocios, un ejecutivo estresado al que los dueños le debían un favor. No sabía que yo había cerrado esa misma tarde la compra silenciosa de la empresa de los dueños. Que en tres semanas esta mansión, la piscina, el jardín y hasta el contrato del entrenador personal pasarían a mi nombre. Que mañana a medianoche, cuando él me esperara desnudo en el agua, yo ya sería su jefe. Y que, por primera vez en años, no pensaba despedirlo.

Rate this story

Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Tagged blowjob rimming anal creampie riding

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.