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Rendición Final en la Cabina de Grabación

En la cabina cerrada, el productor de 32 años Felix se rinde por completo al reggaetonero de 28, que lo folla salvajemente hasta llenarle el culo.

30 min read October 06, 2026New

Soy Felix, productor musical de treinta y dos años, y a medianoche la cabina de grabación se siente más pequeña que nunca. El aire acondicionado zumba bajo, las luces de la consola parpadean en rojo y azul, y la puerta está cerrada con llave. Lo sé porque yo mismo giré el pestillo cuando Leo entró con esa sonrisa de depredador contento. Leo, veintiocho años, cantante de reggaetón, cuerpo de gym y tatuajes que le bajan por el pecho hasta desaparecer bajo la camiseta negra ajustada. Lleva meses coqueteándome sin vergüenza: roces de cadera cuando se asoma a revisar un fader, miradas largas a mi boca mientras yo ajusto el compresor, comentarios bajos sobre lo bien que me queda el vaquero cuando me agacho a recoger un cable.

Esta noche ninguno de los dos finge. Estamos revisando la última pista —su voz grave, sucia, repitiendo el estribillo una y otra vez en los monitores— y cada vez que él se inclina sobre mí para señalar algo en la pantalla, siento el calor de su pecho contra mi espalda. Mi polla ya está semidura dentro del pantalón. Sé que él lo nota. Sé que la puerta trabada significa que esta vez no vamos a parar.

—Mira cómo te pones cuando te acerco así —murmura contra mi oreja, y su aliento me eriza la nuca—. Llevo semanas, Felix. Semanas pajeándome pensando en tu boca alrededor de mi verga. Gorda, venosa, llenándote la garganta hasta que se te salgan las lágrimas.

Me doy la vuelta en la silla. Estamos tan cerca que nuestras rodillas se tocan. Lo miro a los ojos y confieso lo que llevo tragándome desde la tercera sesión:

—Yo también. He fantaseado con que me folles duro encima de esta consola. Que me bajes los pantalones, me abras y me uses hasta que no pueda pensar en otra puta cosa que no seas tú.

El deseo revienta. Leo agarra mi mandíbula con una mano grande y me besa. Lengua inmediata, hambrienta, sabiendo a menta y a algo más oscuro. Yo le abro la boca y le chupo la lengua mientras mis manos suben por su pecho, notando los músculos duros bajo la tela, los pezones ya duros. Él gime en mi boca, un sonido grave que me llega directo a las bolas. Sus dedos se enredan en mi pelo y tiran un poco, lo justo para hacerme levantar la cara.

—De rodillas —pide entre gemidos, voz ronca—. Quiero ver cómo te rindes del todo, productor. Quiero ver esa boca famosa chupándome la polla como si fuera lo único que te importa.

No dudo. Me deslizo de la silla al suelo de goma de la cabina. El espacio es estrecho; mis rodillas rozan sus botas. Leo se desabrocha el cinturón con prisa, baja la cremallera y saca su verga. Jesucristo. Gruesa, pesada, ya goteando por la punta, venas marcadas a lo largo del tronco oscuro. La cabeza está hinchada y brillante. La agarro con la mano derecha, siento el calor y el pulso, y sin más preámbulos la llevo a la boca.

Saborea salado y limpio. Abro bien, bajo la lengua y lo meto hasta donde puedo. Él gruñe y empuja las caderas. Me ahogo un poco al llegar casi a la base; la garganta se cierra alrededor de él y mis ojos se humedecen. Leo sujeta mi cabeza con las dos manos y empieza a follarme la boca con embestidas cortas y profundas.

—Eso… joder, así. Trágatela. Mira qué puta cara pones con la boca llena de mi polla.

Babeo por las comisuras. Cada vez que retiro la cabeza para respirar, una hebra de saliva une mis labios a su glande. Vuelvo a tragarlo. Chupo fuerte, trabajo la lengua por debajo, juego con las bolas pesadas con la mano libre. Él jadea, dice mi nombre como un insulto cariñoso, y cuando siento que está al borde de correrme le aparto la cabeza con un tirón en el pelo.

—Suficiente. Ahora te toca a ti.

Me levanta como si no pesara. Me pone de cara a la consola grande, me dobla un poco sobre los faders y me baja los pantalones y el bóxer de un tirón hasta las rodillas. El aire frío me roza el culo desnudo. Leo se arrodilla detrás de mí. Siento sus manos abriéndome las nalgas y después su lengua caliente, húmeda, clavándose directo en mi agujero.

—Ah, mierda… —gimo contra la consola, los dedos aferrando el borde de madera.

Me come el culo con hambre real. Lengua profunda, redonda, mojándome, empujando dentro, chupando el borde sensible hasta que me tiemblo las piernas. Escupe y vuelve a meter la lengua. Un dedo se suma, después dos, abriéndome con saliva y paciencia brutal. Mi polla gotea sobre el suelo de la cabina, abandonada y dura.

Cuando decide que estoy listo, se pone de pie. Oigo el crujido del paquete de lubricante que saca del bolsillo trasero —siempre preparado, el hijo de puta— y el sonido húmedo de él embadurnándose la verga. La punta gruesa empuja contra mi entrada.

—Dime que lo quieres —ordena, voz baja contra mi cuello.

—Lo quiero. Fóllame. Fóllame salvaje.

Entra de un empujón largo y profundo. El ardor se mezcla al instante con un placer que me deja sin aire. Me llena por completo; siento cada vena, cada centímetro estirándome. Se queda un segundo hondo, dejándome acostumbrarme, y después empieza a moverse. Embestidas fuertes, de pie, sujetándome las caderas con las manos grandes. El sonido de piel contra piel llena la cabina insonorizada. Cada embestida me empuja contra la consola; los botones se clavan un poco en el pecho y me da igual.

—Tan putamente apretado… llevabas meses necesitando esto, ¿verdad?

—Sí… sí, joder…

Me saca casi del todo y vuelve a enterrarse hasta las bolas. Acelera. Sudor ya en su frente, en mi espalda. Me gira de golpe, me alza y me sienta sobre la mesa de mezclas. Los monitores tiemblan. Me abre las piernas en V, me engancha los muslos sobre sus antebrazos y me embiste en misionero, más profundo todavía, mirándome a la cara.

—Confiesa —exige entre embestidas, la voz rota de placer—. Di qué eres.

—Soy tu puta —jadeo, sin vergüenza—. Tu puta personal. Usa mi culo como quieras, Leo. Lléname.

Su cara se tensa de puro gusto. Folla más rápido, más hondo, el ángulo rozándome la próstata una y otra vez hasta que veo estrellas. Sudamos los dos; el pelo se me pega a la frente. Mi polla rebota entre nuestros cuerpos, dura y abandonada, goteando líquido pre-seminal sobre mi abdomen. Él se inclina y me muerde el hombro mientras me destroza el culo con esa verga gruesa.

Estamos al borde. Lo siento en la forma en que sus embestidas se vuelven irregulares, en cómo sus dedos me hunden más en la mesa. Yo agarro mi propia polla y me masturbo al ritmo de sus embestidas, apretado, rápido.

—Dentro —le ruego—. Córrete dentro de mí.

Leo suelta un gruñido gutural, animal, y se clava hasta el fondo. Siento el pulso de su verga y después la leche caliente llenándome el culo a chorros. Bombea y bombea, caliente, espesa, desbordándome un poco por los bordes mientras él tiembla contra mí. Eso me empuja al límite: me corro con un gemido ahogado, eyaculando fuerte sobre mi propio abdomen, salpicando hasta el pecho, contracciones que me aprietan alrededor de su polla todavía latente dentro.

Nos quedamos así un momento, jadeando, pegados, su semen caliente goteándome entre las nalgas sobre la mesa de mezclas. Leo me besa entonces con una ternura posesiva que contrasta con lo salvaje de hace un minuto: labios lentos, lengua suave, una mano acariciándome la mejilla. Se retira con cuidado. Toma su propia camiseta negra, se la quita y me limpia el semen del abdomen y un poco del que se me escurre del culo, movimientos prácticos y extrañamente dulces. Después me susurra contra la boca, todavía dentro del aliento compartido:

—Esta rendición es solo el comienzo de todas las noches que vamos a quemar juntos aquí dentro… y fuera. La próxima vez te voy a tener horas, Felix. Horas hasta que no sepas ni tu nombre. Y vas a pedírmelo de rodillas otra vez.

Todavía siento su leche caliente dentro de mí mientras me sube los pantalones con esa sonrisa peligrosa. La puerta sigue cerrada con llave. La pista sigue sonando en loop bajo en los monitores. Y yo, con las piernas temblando y el culo lleno, ya estoy pensando en cómo va a ser la segunda ronda cuando él decida que he descansado lo suficiente.

Todavía siento su leche caliente resbalándome por el muslo cuando Leo me da la vuelta otra vez y me empuja contra la consola. No me deja ni abrocharme del todo. Sus dedos gruesos se cuelan bajo la tela medio subida, se hunden en mi culo abierto y empujan su propio semen de vuelta adentro. Yo gimo, las piernas todavía blandas, y confieso en voz alta porque ya no sé callarme:

—Joder, Leo… todavía me late. Me tienes lleno y ya quiero más.

Él sonríe esa sonrisa de depredador contento, se quita la camiseta del todo y me la tira a la cara para que huela su sudor. El pecho tatuado brilla bajo las luces rojas y azules. Me agarra del pelo otra vez, me obliga a mirarlo a los ojos mientras dos, después tres dedos me abren sin prisa, revolviendo la mezcla caliente de saliva, lubri y corrida.

—Mira cómo te abres para mí, productor. Treinta y dos años y te portas como si esta cabina fuera tu puticlub privado. Dime la verdad: ¿cuántas noches te has corrido solo imaginando exactamente esto?

—Demasiadas —jadeo, empujando el culo hacia atrás para tragarle los dedos más hondo—. En el coche, en la ducha, aquí mismo con los auriculares puestos para que nadie oiga. Siempre tú follándome hasta dejarme cojo.

Leo saca los dedos, me los mete en la boca y me obliga a chupar. Saboreo su semen y el sabor a mí mismo. Me arrodillo otra vez sin que me lo pida; el suelo de goma me quema las rodillas. Su verga ya está dura otra vez, gruesa, brillante de restos de lubricante y de mí. La lamo de base a punta, recojo cada gota, la meto entera hasta que la nariz se me aplasta contra su pubis. Él me folla la garganta con embestidas lentas y profundas, sujetándome la cabeza con las dos manos.

—Así… trágatela entera. Quiero verte babeando, ojos llorosos, la cara de puta rendida. Eres mío aquí dentro, Felix. Solo mío.

Me ahogo a propósito, dejo que las lágrimas me rayen las mejillas, chupo con fuerza cada vez que se retira. Mis manos le aprietan las nalgas duras, le abro el culo y le meto la lengua mientras le chupo las bolas. Él gruñe, me jala el pelo hasta casi arrancármelo y me levanta de un tirón. Me sienta a horcajadas sobre sus muslos en la silla grande de la consola. Mi pantalón sigue a media pierna; el suyo también. Me alinea su verga y me deja caer de un golpe.

El ardor me parte en dos otra vez, pero el placer es peor: me llena hasta el fondo, me roza la próstata de inmediato. Me monteo yo solo al principio, subiendo y bajando, sintiendo cómo su leche anterior me lubrica por dentro y se sale a chorritos cada vez que me levanto. Leo me muerde el pezón a través de la camisa, me la rasga un poco, me chupa el pecho mientras me embiste hacia arriba.

—Más fuerte —le pido, voz rota—. Úsame. Quiero que me dejes marcas.

Él agarra mis caderas con fuerza brutal y me embiste desde abajo como un pistón. El sonido húmedo y obsceno llena la cabina insonorizada: piel contra piel, mi culo chapoteando alrededor de su polla, mis gemidos y los suyos. Los monitores siguen con el loop de su voz grave cantando el estribillo; cada “fóllame” de la canción parece hablarnos directamente. Sudor nos escurre entre los pechos. Mi polla rebota libre, roja, goteando sobre su abdomen tatuado. Él me la agarra, me la masturba al ritmo de las embestidas, apretando justo debajo del glande.

—Confiesa más —ordena contra mi boca—. Di lo que eres esta noche.

—Tu agujero —jadeo sin freno—. Tu puta de cabina. Lléname otra vez, Leo. Lléname hasta que se me salga por la boca. Quiero caminar mañana con tu leche resbalándome por los huevos y que nadie sepa por qué cojeo.

Él se ríe bajo, animal, y me tumba de espaldas sobre la mesa de mezclas otra vez. Los faders se clavan en mi espalda; me da igual. Me abre las piernas hasta casi partirme, me las pone sobre sus hombros y me embiste en un ángulo tan profundo que veo blanco. Cada embestida me saca el aire. Me masturba con saña, me escupe en la polla, me frota el semen propio que todavía me gotea del culo. Yo me aferro a sus brazos musculosos, le clavo las uñas, le muerdo el hombro cuando el orgasmo me avisa otra vez.

—No todavía —me dice, y me saca de golpe.

Me dejo caer de rodillas otra vez porque lo entiendo. Me abre la boca con los dedos y me corre la primera ronda de esta segunda carga directo en la lengua: chorros calientes, espesos, salados. Trago lo que puedo, dejo que el resto me pintarrajee la barbilla y el pecho. Él no se ablanda. Me gira, me pone a cuatro patas contra la silla y me vuelve a entrar de un solo empujón salvaje. Ahora folla sin piedad, embestidas cortas y brutales que me hacen babear sobre el asiento. Me azota una nalga, después la otra, hasta dejarlas ardiendo. Me escupe en el agujero y sigue.

—Mira cómo te hinchas alrededor de mí… tan jodidamente listo para ser mi juguete toda la noche. La próxima te voy a atar a esta puta silla y te voy a follar hasta que pidas clemencia. ¿Lo quieres?

—Sí… joder, sí. Átame. Úsame horas. Quiero que me dejes incapaz de sentarme mañana. Quiero tu marca dentro.

Leo acelera. Me alcanza por delante, me agarra la polla y me ordeña al mismo tiempo que me destroza el culo. El segundo orgasmo me parte: me corro a chorros sobre la silla y el suelo, contracciones violentas que le aprietan la verga hasta que él suelta un rugido y se clava hasta las bolas otra vez. Siento la segunda carga caliente bombeándome adentro, más espesa, más abundante, desbordándome por los bordes mientras él tiembla y muerde mi nuca. Me llena tanto que cuando se retira un hilo grueso de semen me cae directo al suelo de goma.

No me deja levantar. Me mantiene a cuatro, me abre las nalgas con las dos manos y me mira el agujero rojo, abierto, goteando. Mete la lengua otra vez, lame su propia corrida, la empuja dentro con la punta y después la saca a chupetones. Yo me estremezco, hipersensible, medio llorando de placer. Él se incorpora, me limpia la cara con su camiseta sudada y me besa con esa misma ternura posesiva de antes, saboreándose a sí mismo en mi boca.

—Todavía no has descansado lo suficiente —susurra contra mis labios, la verga ya medio dura otra vez rozándome el muslo—. La pista sigue sonando. La puerta sigue cerrada. Y yo todavía no he terminado de follarte la cabeza. Esta vez te voy a hacer pedírmelo de rodillas mientras te meto cuatro dedos y te preparo para quedarte abierto el resto de la madrugada. Vas a grabar mi nombre con la voz rota, Felix. Y después vamos a escuchar el loop de tus gemidos mezclados con mi canción… una y otra y otra vez.

Me ayudo a subir los pantalones a medias otra vez, pero él me deja la cremallera abierta a propósito. Su mano grande me agarra el culo por encima de la tela, un dedo empujando el semen de vuelta adentro a través de la tela. El aire acondicionado zumba. Mi polla ya se está despertando otra vez entre las piernas temblorosas. Miro sus tatuajes brillando de sudor, su sonrisa peligrosa, y sé que la noche apenas empieza a quemar de verdad.

Soy Felix, productor de treinta y dos años, y el semen de Leo todavía me resbala caliente por el muslo cuando él me empuja otra vez contra la consola. No me deja recuperarme. Su mano grande me agarra la nuca, me obliga a arquear la espalda y sus tres dedos ya están otra vez dentro, revolviendo su propia corrida, empujándola más hondo. Gimo contra los faders, las piernas temblando, y confieso porque la cabina cerrada me ha quitado toda vergüenza:

—Joder, Leo… me tienes abierto y lleno y ya quiero que me destroces otra vez. Usa mi culo. Quiero sentir cómo me hinchas.

Él ríe bajo, esa risa de reggaetonero de veintiocho años que sabe exactamente lo que hace. Se quita del todo los pantalones, se queda solo con las botas, el pecho tatuado brillando de sudor bajo las luces rojas y azules. Su verga ya está dura otra vez, gruesa, venosa, brillante de restos de lubricante y de mí. Me da la vuelta, me sienta sobre la mesa de mezclas con las piernas abiertas y se arrodilla entre ellas. La lengua caliente me lame el agujero rojo, chupa su leche que se me escapa, la empuja dentro con la punta y después la saca a lengüetazos lentos. Yo me aferro al borde de la madera, la polla rebotando semi-dura contra mi abdomen.

—Mira cómo goteas, productor —murmura contra mi culo—. Treinta y dos años y te portas como si esta cabina fuera tu puticlub. Dime cuántas veces te has corrido solo imaginando que te comía el culo así.

—Demasiadas —jadeo—. En el coche después de las sesiones, en la ducha, aquí mismo con los monitores puestos. Siempre tu lengua, tus dedos, tu verga gorda abriéndome hasta que no pueda pensar.

Leo se pone de pie. Agarra el paquete de lubri otra vez, se embadurna la polla con generosidad y me alinea. Entra de un empujón lento, centímetro a centímetro, dejándome sentir cada vena, cada estiramiento. El ardor se mezcla con el placer que me sube por la columna. Cuando está hasta las bolas se queda quieto, mirándome a los ojos, y empieza a moverse con embestidas profundas y deliberadas. El sonido húmedo de su leche anterior lubricándome llena la cabina insonorizada. Cada embestida me empuja contra los monitores; su voz grave sigue en loop cantando el estribillo, como si se burlara de lo que me está haciendo.

—Más fuerte —le pido, la voz rota—. Fóllame salvaje. Quiero que me dejes marcas en las caderas. Quiero caminar mañana cojeando y recordar exactamente cómo me usaste.

Él agarra mis muslos, me los pone sobre sus hombros y acelera. Embestidas brutales, el ángulo perfecto rozándome la próstata una y otra vez. Veo estrellas. Mi polla gotea líquido pre-seminal sobre mi pecho; él la agarra, me la masturba al ritmo de sus caderas, apretando justo debajo del glande. Sudor nos escurre entre los cuerpos. El aire acondicionado zumba, pero el calor entre nosotros es sofocante. Me inclino, le muerdo el pecho tatuado, le chupo un pezón duro mientras él me destroza el culo.

—Confiesa más —ordena entre gruñidos—. Di lo que eres esta noche, Felix.

—Tu puta de cabina —jadeo sin freno—. Tu agujero personal. Lléname otra vez. Quiero sentir tu leche caliente desbordándome mientras me follas la garganta después. Quiero que me uses hasta que no sepa ni mi nombre.

Leo se ríe, animal, y me saca de golpe. Me tira al suelo de goma otra vez. Me pone a cuatro patas, me abre las nalgas con las dos manos y me escupe directo en el agujero abierto. Después vuelve a entrar de un solo empujón salvaje. Ahora folla sin piedad: embestidas cortas, profundas, el sonido de piel contra piel obsceno y húmedo. Me azota una nalga, después la otra, hasta que arden. Cada palmada me hace apretar alrededor de su verga; él gruñe de gusto. Me alcanza por delante, me ordeña la polla al mismo tiempo, y yo babee sobre el asiento de la silla, los ojos llorosos de placer.

—Así… joder, mírate. Treinta y dos años y te hinchas como un puto juguete alrededor de mí. La próxima te voy a atar a esta silla con cables de micrófono y te voy a follar horas. ¿Lo quieres?

—Sí… joder, sí. Átame. Úsame hasta que pida clemencia. Quiero tu marca dentro todo el día de mañana. Quiero que se me salga tu leche por las piernas mientras mezclo pistas y nadie sepa por qué cojeo.

Él acelera todavía más. El segundo orgasmo de esta ronda me avisa con contracciones violentas; me corro a chorros sobre el suelo de goma, apretándolo tan fuerte que él suelta un rugido y se clava hasta el fondo. Siento la tercera carga caliente bombeándome adentro, espesa, abundante, desbordándome por los bordes mientras él tiembla y muerde mi nuca. Me llena tanto que cuando se retira un hilo grueso cae directo al piso. No me deja levantar. Me mantiene a cuatro, me abre las nalgas y me mira el agujero rojo, hinchado, goteando. Mete cuatro dedos de golpe, los gira, me abre todavía más, revolviendo su corrida.

—Todavía no has descansado lo suficiente —susurra, la voz ronca—. La pista sigue sonando. La puerta sigue cerrada. Y yo voy a prepararte para quedarte abierto el resto de la madrugada. Vas a pedírmelo de rodillas, Felix. Vas a grabar mi nombre con la voz rota y después vamos a escuchar el loop de tus gemidos mezclados con mi canción… una y otra y otra vez.

Me ayudo a poner de rodillas frente a él. Su verga, todavía dura, brillante de semen y lubri, me golpea la mejilla. La lamo de base a punta, recojo cada gota, la meto entera hasta que la nariz se me aplasta contra su pubis. Él me folla la garganta con embestidas lentas y profundas, sujetándome la cabeza. Babeo, lágrimas me rayan las mejillas, chupo con fuerza cada vez que se retira. Mis manos le aprietan las nalgas, le abro el culo y le meto la lengua mientras le chupo las bolas pesadas. Él gruñe mi nombre como un insulto cariñoso.

—Trágatela entera. Quiero verte babeando, ojos llorosos, la cara de puta rendida. Eres mío aquí dentro. Solo mío.

Cuando siento que está al borde otra vez me aparta, me levanta y me sienta a horcajadas sobre sus muslos en la silla grande. Me alinea y me dejo caer de un golpe. El ardor me parte, pero el placer es peor: me llena hasta el fondo, me roza la próstata de inmediato. Me monto yo solo al principio, subiendo y bajando, sintiendo cómo su leche anterior me lubrica y se sale a chorritos. Leo me rasga la camisa del todo, me chupa el pecho, me muerde los pezones mientras me embiste hacia arriba como un pistón. El sonido chapoteante llena la cabina. Mi polla rebota libre, roja, goteando sobre su abdomen tatuado. Él me la agarra, me la masturba apretado.

—Más —le ruego—. Úsame más fuerte. Quiero que me dejes incapaz de sentarme. Quiero tu corrida resbalándome por los huevos mientras grabo tu voz mañana y piense solo en esto.

Él me tumba de espaldas sobre la mesa otra vez. Los faders se clavan en mi espalda; me da igual. Me abre las piernas hasta casi partirme, me las pone sobre sus hombros y me embiste en un ángulo tan profundo que veo blanco. Cada embestida me saca el aire. Me escupe en la polla, me frota el semen que todavía me gotea del culo. Yo le clavo las uñas en los brazos musculosos, le muerdo el hombro. El orgasmo me avisa otra vez, pero él me saca de golpe justo cuando estoy al límite.

—De rodillas —ordena—. Pídemelo. Pídeme que te llene otra vez mientras te meto cuatro dedos y te dejo abierto.

Me deslizo al suelo, las rodillas ardiendo contra la goma. Miro su verga gruesa, goteando, y confieso con la voz rota:

—Por favor, Leo. Métome cuatro dedos. Ábreme más. Después fóllame otra vez hasta llenarme. Quiero tu leche caliente otra vez. Quiero que me uses horas. Quiero grabar tu nombre gimiendo mientras me destrozas. Soy tu puta. Tu agujero. Úsame.

Él sonríe esa sonrisa peligrosa, se arrodilla detrás de mí, me abre las nalgas y mete cuatro dedos de una vez. El estiramiento me hace gemir alto; gira los dedos, me abre, empuja su corrida más hondo. Yo empujo el culo hacia atrás, trago los dedos, y sé que la noche apenas empieza a quemar de verdad. La puerta sigue cerrada. La pista sigue en loop. Y yo, con el culo abierto y el cuerpo temblando, ya estoy rogando por la siguiente embestida que sé que viene.

Soy Felix, productor de treinta y dos años, y los cuatro dedos de Leo me abren como si mi culo fuera solo para él. El estiramiento quema y me hace soltar un gemido ronco contra el suelo de goma, las rodillas ya rojas, el semen anterior resbalándome por los muslos mientras él gira la mano, empuja más hondo, revuelve su propia corrida caliente y me deja temblando. Confieso en voz alta porque la cabina cerrada me ha robado cualquier filtro:

—Más… joder, Leo, ábreme del todo. Quiero sentir cómo me destrozas con la mano antes de meterme esa verga otra vez.

Él ríe bajo, esa risa grave de reggaetonero de veintiocho años que sabe exactamente cuánto aguanto. Se arrodilla detrás de mí, pecho tatuado brillando de sudor bajo las luces rojas y azules, y mete el pulgar también, cinco dedos ahora, abriéndome hasta el límite. Siento cómo el agujero se estira, hinchado, goteando, y mi polla —ya dura otra vez a mis treinta y dos— gotea pre-seminal sobre la goma. Leo escupe dentro, el líquido caliente se mezcla con su leche, y empuja los dedos como un pistón lento.

—Mira cómo te portas, productor —murmura contra mi nuca, mordiéndome la piel—. Treinta y dos años y te conviertes en un puto agujero baboso solo para mí. Dime cuánto lo necesitas.

—Lo necesito todo —jadeo, empujando el culo hacia atrás para tragarle la mano—. Fóllame con los dedos hasta que grite. Después métela. Quiero que me dejes abierto el resto de la madrugada, caminando cojo y con tu marca dentro.

Saca la mano de golpe. El vacío me hace gemir, el agujero palpitando, abierto, rojo. Leo agarra un cable de micrófono del rack —grueso, negro, flexible— y me lo pasa por las muñecas. Me ata las manos a la base de la silla de la consola, nudos firmes que no aprietan demasiado pero me dejan inmóvil de verdad. Me pone a cuatro patas otra vez, nalgas al aire, y me azota una con la palma abierta. El sonido chasquea en la cabina insonorizada. Después la otra. Arden. Yo tiro de las ataduras, el cable muerde un poco la piel, y confieso más porque ya no sé parar:

—Así… márcalo. Úsame atado. Quiero que grabe mis gemidos después, mezclados con tu canción, y me corra escuchándolos mañana mientras trabajo.

Leo se embadurna la verga otra vez con lubricante y con el semen que todavía me gotea. La punta gruesa empuja contra mi entrada abierta y entra de un solo empujón brutal, hasta las bolas. El ardor se mezcla al instante con un placer que me parte la cabeza. Me llena por completo; siento cada vena, cada centímetro estirándome más de lo que los dedos lograron. Se queda hondo un segundo, dejándome acostumbrarme, y después empieza a follarme sin piedad. Embestidas cortas, profundas, el sonido húmedo y obsceno de su leche anterior lubricándome llena todo. Cada embestida me empuja hacia adelante; las ataduras tiran de mis muñecas. Mi polla rebota libre, abandonada, goteando.

—Tan jodidamente abierto… —gruñe él, sujetándome las caderas con fuerza—. Llevabas meses pidiendo esto en silencio, ¿verdad? Confiesa.

—Sí… sí, joder. En cada sesión, mirándote el paquete, imaginando que me atabas así y me follabas hasta no poder sentarme. Soy tu puta de cabina, Leo. Tu agujero personal. Lléname otra vez. Quiero sentir cómo me bombeas caliente mientras me destrozas.

Acelera. Sudor nos escurre entre los cuerpos. El aire acondicionado zumba, pero el calor es sofocante. Me alcanza por delante, me agarra la polla y me ordeña al ritmo de las embestidas, apretando justo debajo del glande. Yo babee sobre el asiento, ojos llorosos, tirando de los cables. La voz de Leo sigue en loop en los monitores —ese estribillo sucio repitiéndose— y cada “fóllame” de la canción parece hablarme directo al culo. Él me escupe en la espalda, me azota otra vez, y me embiste más hondo, rozándome la próstata una y otra y otra vez hasta que veo estrellas.

—Más fuerte —le ruego, voz rota—. Quiero que me dejes marcas en las muñecas y en las caderas. Quiero caminar mañana con tu leche resbalándome por los huevos y que nadie sepa por qué cojeo mientras mezclo pistas.

Leo se ríe, animal, y me saca de golpe. El vacío me hace gemir alto. Me gira —las ataduras me obligan a torcerme—, me pone de espaldas contra la silla, piernas abiertas sobre sus hombros, y vuelve a entrar de un empujón salvaje. Ahora me folla en un ángulo tan profundo que el aire se me escapa en cada embestida. Los faders de la consola me clavan en la espalda; me da igual. Me masturba con saña, me escupe en la polla, frota el semen que me gotea del culo sobre el glande. Yo clavo las uñas en mis propias palmas atadas, le muerdo el hombro cuando puedo alcanzarlo, y confieso sin freno:

—Tu juguete… solo tuyo aquí dentro. Métela hasta que no quepa más. Quiero tu corrida desbordándome mientras me follas la garganta después. Quiero grabar tu nombre con la voz rota y escucharlo en loop toda la puta noche.

Él acelera todavía más. El orgasmo me avisa con contracciones violentas; me corro a chorros sobre mi propio abdomen y su pecho tatuado, apretándolo tan fuerte que él suelta un rugido gutural y se clava hasta el fondo. Siento la cuarta carga caliente bombeándome adentro, espesa, abundante, desbordándome por los bordes mientras él tiembla y muerde mi cuello. Me llena tanto que cuando se retira un hilo grueso cae directo al suelo de goma, uniéndose a los charcos anteriores. No me desata todavía. Me mantiene abierto, me mira el agujero rojo, hinchado, goteando, y mete la lengua otra vez. Lame su propia corrida, la empuja dentro con la punta, la saca a chupetones. Yo me estremezco, hipersensible, medio llorando de placer puro.

—Todavía no has descansado lo suficiente —susurra contra mi culo, voz ronca—. La pista sigue sonando. La puerta sigue cerrada. Y yo voy a hacerte pedir clemencia de rodillas otra vez.

Me desata los cables solo para volver a atarme las muñecas detrás de la espalda. Me pone de rodillas frente a él. Su verga, todavía dura, brillante de semen y lubri y de mí, me golpea la mejilla. La lamo de base a punta, recojo cada gota espesa, la meto entera hasta que la nariz se me aplasta contra su pubis. Él me folla la garganta con embestidas lentas y profundas, sujetándome la cabeza con las dos manos. Babeo por las comisuras, lágrimas me rayan las mejillas, chupo con fuerza cada vez que se retira. Mis manos atadas no pueden tocarlo, así que solo trago, solo me rindo. Él gruñe mi nombre como un insulto cariñoso.

—Trágatela entera. Quiero verte babeando, ojos llorosos, la cara de puta rendida. Eres mío aquí dentro, Felix. Solo mío. Y esta noche te voy a usar hasta que no sepas ni tu puto nombre.

Cuando siento que está al borde otra vez me aparta, me levanta como si no pesara y me sienta a horcajadas sobre sus muslos en la silla grande de la consola. Me alinea su verga gruesa y me dejo caer de un golpe. El ardor me parte en dos, pero el placer es peor: me llena hasta el fondo, me roza la próstata de inmediato. Me monto yo solo al principio, subiendo y bajando con las manos atadas a la espalda, sintiendo cómo su leche anterior me lubrica por dentro y se sale a chorritos cada vez que me levanto. Leo me rasga lo que queda de la camisa, me chupa el pecho, me muerde los pezones duros mientras me embiste hacia arriba como un pistón salvaje. El sonido chapoteante y obsceno llena la cabina. Mi polla rebota libre, roja, goteando sobre su abdomen tatuado. Él me la agarra, me la masturba apretado, justo al ritmo.

—Más —le ruego, voz hecha pedazos—. Úsame más fuerte. Quiero que me dejes incapaz de sentarme mañana. Quiero tu corrida resbalándome por los huevos mientras grabo tu voz y piense solo en cómo me follaste toda la noche.

Él me tumba de espaldas sobre la mesa de mezclas otra vez. Los monitores tiemblan. Me abre las piernas hasta casi partirme, me las pone sobre sus hombros y me embiste en un ángulo tan profundo que veo blanco. Cada embestida me saca el aire. Me escupe en la polla, me frota el semen que todavía me gotea del culo. Yo le clavo los dientes en el hombro cuando puedo, le muerdo, le dejo marcas. El orgasmo me avisa otra vez, pero él me saca de golpe justo cuando estoy al límite, dejándome temblando al borde.

—De rodillas otra vez —ordena, voz baja y peligrosa—. Pídemelo. Pídeme que te llene mientras te meto la mano entera y te dejo abierto para lo que viene.

Me deslizo al suelo, las rodillas ardiendo contra la goma, manos todavía atadas. Miro su verga gruesa, goteando, el pecho tatuado brillando, y confieso con la voz completamente rota:

—Por favor, Leo. Métela. Ábreme más. Fóllame otra vez hasta llenarme. Quiero tu leche caliente otra vez. Quiero que me uses horas. Quiero grabar tu nombre gimiendo mientras me destrozas. Soy tu puta. Tu agujero. Úsame hasta que no quede nada de mí.

Él sonríe esa sonrisa de depredador contento, se arrodilla detrás de mí, me abre las nalgas con las dos manos y mete cuatro dedos de nuevo, después el pulgar, empujando, abriendo, revolviendo. El estiramiento me hace gritar. Gira la mano, me deja temblando, y sé que la noche apenas empieza a quemar de verdad. La puerta sigue cerrada con llave. La pista sigue en loop bajo. Mi culo late abierto y lleno, mi polla dura otra vez entre las piernas, y yo, productor de treinta y dos años con las muñecas atadas y el cuerpo temblando, ya estoy rogando por la siguiente embestida que sé que viene, más salvaje, más profunda, hasta que la madrugada se acabe y yo no sepa ni mi propio nombre.

Soy Felix, productor de treinta y dos años, y los cinco dedos de Leo me abren el culo hasta el límite mientras la saliva y la corrida anterior chorrean por mis muslos. El estiramiento quema delicioso; empujo hacia atrás, trago su mano entera hasta el nudillo y grito contra el suelo de goma porque ya no queda vergüenza en esta cabina cerrada.

—Más hondo, joder… ábreme del todo, reggaetonero. Quiero que me dejes un hueco permanente para tu polla.

Leo saca la mano de un tirón húmedo. El vacío me hace sollozar. Me desata las muñecas solo el tiempo suficiente para girarme de espaldas sobre la mesa de mezclas, las piernas abiertas en V extrema, y vuelve a atarme los cables de micrófono a los laterales de la consola. Quedo expuesto, pecho arriba, polla dura y roja palpitando contra el abdomen. Él se embadurna la verga gruesa una última vez con el semen que me gotea y entra de un solo embujón brutal hasta las bolas. El ardor se funde con un placer blanco que me parte la cabeza. Cada vena me estira; siento el pulso de su sangre dentro.

—Mírate —gruñe contra mi boca, empezando a follarme con embestidas largas y salvajes—. Treinta y dos años y eres mi puta atada a la consola. Confiesa mientras te destrozo.

—Soy tu agujero… tu puta de cabina… lléname hasta que se me salga por la garganta —jadeo, tirando de las ataduras hasta que el cable me marca las muñecas.

Acelera. El sonido chapoteante de su leche anterior lubricándome llena la cabina insonorizada. Cada embestida me clava los faders en la espalda; me da igual. Me alcanza la polla, me ordeña con saña, apretando debajo del glande al ritmo de sus caderas. Sudor nos escurre entre los pechos. Su voz sigue en loop en los monitores, ese estribillo sucio repitiendo “fóllame” como si fuera nuestra canción privada. Yo le muerdo el hombro tatuado, le dejo marcas rojas, y empujo la pelvis para tragarlo más hondo.

—Más fuerte… quiero que me dejes cojo… quiero tu corrida caliente desbordándome mientras amanece.

Leo me saca casi del todo y vuelve a enterrarse hasta el fondo. Cambia el ángulo, rozándome la próstata sin piedad. Veo estrellas. Mis bolas se tensan. Él me escupe en la boca, me obliga a tragar, y me follá la cara con la lengua al mismo tiempo que me destroza el culo. El orgasmo me avisa con contracciones violentas; me corro a chorros espesos sobre mi pecho y su abdomen, salpicando tatuajes, apretándolo tan fuerte que él ruge.

No para. Sigue embistiendo a través de mis espasmos, usando mi culo contrayéndose como un juguete. Cuando las contracciones aflojan me saca, me gira —las ataduras crujen—, me pone a cuatro patas otra vez y vuelve a entrar de un empujón animal. Ahora folla corto y profundo, azotándome las nalgas ya rojas hasta que arden. Cada palmada me hace apretar; él gime mi nombre como un insulto. Me alcanza por debajo, recoge mi propia corrida del pecho y me la mete en la boca para que la chupe mientras me usa.

—Traga… así… eres mío hasta que la madrugada se acabe.

Siento su verga hincharse. Acelera hasta volverse un pistón salvaje. El calor me sube otra vez; mi polla, gastada, se endurece milagrosamente entre las piernas temblorosas. Leo mete dos dedos junto a su polla, me abre todavía más, y el estiramiento me arranca un grito ronco. Entonces se clava hasta las bolas, tiembla y se corre. La quinta carga es espesa, abundante, caliente; bombea y bombea, llenándome hasta que el semen me desborda por los bordes y cae en hilos gruesos al suelo de goma ya manchado. El pulso de su polla dentro me empuja al límite otra vez: me corro seco, solo contracciones y un gemido ahogado, el cuerpo entero sacudido.

Nos quedamos así, jadeando, su pecho pegado a mi espalda sudada, su verga todavía latente adentro mientras los últimos chorros me llenan. Él muerde mi nuca con ternura posesiva, lame el sudor y se retira despacio. El vacío me deja el agujero abierto, rojo, goteando un río blanco que me resbala por los huevos. Me desata los cables con cuidado. Me gira, me limpia la cara con su propia camiseta empapada y me besa lento, saboreando la sal y el semen compartido.

Me ayuda a bajar de la mesa. Las piernas no me sostienen; me sienta en la silla de la consola, el culo abierto goteando sobre el asiento de cuero. Leo se arrodilla entre mis muslos, lame su corrida que se escapa, la empuja dentro con la lengua una última vez y después la bebe de mis bordes hinchados. Yo le acaricio el pelo mojado, todavía temblando.

—Rendición final —susurra contra mi agujero, voz ronca de tantas corridas—. Esta cabina es nuestra. Mañana vuelvo. Y pasado. Hasta que tu culo recuerde solo mi forma.

Me limpia con la camiseta, me sube los pantalones a medias, me deja la cremallera abierta a propósito para que su leche siga escapando. Se pone los pantalones, las botas, se queda sin camiseta. El aire acondicionado zumba bajo. La pista sigue en loop, ahora más baja. Él se inclina, me besa una última vez —labios suaves, lengua perezosa— y camina hacia la puerta. Gira el pestillo, la abre. La luz del pasillo del estudio se cuela fría.

Me quedo sentado, el culo lleno y latente, las muñecas marcadas, el pecho arañado, oliendo a él. Leo sonríe esa sonrisa de depredador contento desde el umbral, me guiña y cierra la puerta tras de sí. Sus pasos se alejan por el pasillo.

Yo, Felix, productor de treinta y dos años, me paso una mano por el abdomen pegajoso y sonrío solo en la cabina todavía cerrada. Lo que Leo no sabe es que hace tres semanas hackeé el sistema de seguridad del edificio y programé las cámaras del pasillo para que se apaguen solas cada vez que él entra después de las once; esta noche, y todas las que vengan, nadie verá jamás cuántas veces me rindo a él.

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